Cuentos dramáticos
[Serie de 37 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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En tranvía
Los últimos fríos del invierno ceden el paso a la
estación primaveral, y algo de fluido germinador flota en la atmósfera y sube al
purísimo azul del firmamento. La gente, volviendo de misa o del matinal correteo
por las calles, asalta en la Puerta del Sol el tranvía del barrio de Salamanca.
Llevan las señoras sencillos trajes de mañana; la blonda de la mantilla envuelve
en su penumbra el brillo de las pupilas negras; arrollado a la muñeca, el
rosario; en la mano enguantada, ocultando el puño del encas, un haz de lilas o
un cucurucho de dulces, pendiente por una cintita del dedo meñique. Algunas van
acompañadas de sus niños: ¡y qué niños tan elegantes, tan bonitos, tan bien
tratados! Dan ganas de comérselos a besos; entran impulsos invencibles de
juguetear, enredando los dedos en la ondeante y pesada guedeja rubia que les
cuelga por las espaldas.
En primer término, casi frente a mí, descuella un
«bebé» de pocos meses. No se ve en él, aparte de la carita regordeta y las
rosadas manos, sino encajes, tiras bordadas de ojetes, lazos de cinta, blanco
todo, y dos bolas envueltas en lana blanca también, bolas impacientes y
danzarinas que son los piececillos. Se empina sobre ellos, pega brincos de gozo,
y cuando un caballero cuarentón que va a su lado -probablemente el papá- le hace
una carantoña o le enciende un fósforo, el mamón se ríe con toda su boca de
viejo, babosa y desdentada, irradiando luz del cielo en sus ojos puros. Más
allá, una niña como de nueve años se arrellana en postura desdeñosa e indolente,
cruzando las piernas, luciendo la fina canilla cubierta con la estirada media de
seda negra y columpiando el pie calzado con zapato inglés de charol. La futura
mujer hermosa tiene ya su dosis de coquetería; sabe que la miran y la admiran, y
se deja mirar y admirar con oculta e íntima complacencia, haciendo un mohín
equivalente a «Ya sé que os gusto; ya sé que me contempláis». Su cabellera,
apenas ondeada, limpia, igual, frondosa, magnífica, la envuelve y la rodea de un
halo de oro, flotando bajo el sombrero ancho de fieltro, nubado por la gran
pluma gris. Apretado contra el pecho lleva envoltorio de papel de seda,
probablemente algún juguete fino para el hermano menor, alguna sorpresa para la
mamá, algún lazo o moño que la impulsó a adquirir su tempranera presunción. Más
allá de este capullo cerrado va otro que se entreabre ya, la hermana tal vez,
linda criatura como de veinte años, tipo afinado de morena madrileña,
sencillamente vestida, tocada con una capotita casi invisible, que realza su
perfil delicado y serio. No lejos de ella, una matrona arrogante, recién
empolvada de arroz, baja los ojos y se reconcentra como para soñar o recordar.
Con semejante tripulación, el plebeyo tranvía reluce
orgullosamente al sol, ni más ni menos que si fuese landó forrado de rasolís,
arrastrado por un tronco inglés legítimo. Sus vidrios parecen diáfanos; sus
botones de metal deslumbran; sus mulas trotan briosas y gallardas; el conductor
arrea con voz animosa, y el cobrador pide los billetes atento y solícito,
ofreciendo en ademán cortés el pedacillo de papel blanco o rosa. En vez del olor
chotuno que suelen exhalar los cargamentos de obreros allá en las líneas del
Pacífico y del Hipódromo, vagan por la atmósfera del tranvía emanaciones de
flores, vaho de cuerpos limpios y brisas del iris de la ropa blanca. Si al
hacerse el pago cae al suelo una moneda, al buscarla se entrevén piececitos
chicos, tacones Luis XV, encajes de enaguas y tobillos menudos. A medida que el
coche avanza por la calle de Alcalá arriba, el sol irradia más e infunde mayor
alborozo el bullicio dominguero, el gentío que hierve en las aceras, el rápido
cruzar de los coches, la claridad del día y la templanza del aire. ¡Ah, qué
alegre el domingo madrileño, qué aristocrático el tranvía a aquella hora en que
por todas las casas del barrio se oye el choque de platos, nuncio del almuerzo,
y los fruteros de cristal del comedor sólo aguardan la escogida fruta o el
apetitoso dulce que la dueña en persona eligió en casa de Martinho o de Prast!
Una sola mancha noté en la composición del tranvía. Es
cierto que era negrísima y feísima, aunque acaso lo pareciese más en virtud del
contraste. Una mujer del pueblo se acurrucaba en una esquina, agasajando entre
sus brazos a una criatura. No cabía precisar la edad de la mujer; lo mismo
podría frisar en los treinta y tantos que en los cincuenta y pico. Flaca como
una espina, su mantón pardusco, tan traído como llevado, marcaba la exigüidad de
sus miembros: diríase que iba colgado en una percha. El mantón de la mujer del
pueblo de Madrid tiene fisonomía, es elocuente y delator: si no hay prenda que
mejor realce las airosas formas, que mejor acentúe el provocativo meneo de
cadera de la arrebatada chula, tampoco la hay que más revele la sórdida miseria,
el cansado desaliento de una vida aperreada y angustiosa, el encogimiento del
hambre, el supremo indiferentismo del dolor, la absoluta carencia de
pretensiones de la mujer a quien marchitó la adversidad y que ha renunciado por
completo, no sólo a la esperanza de agradar, sino al prestigio del sexo.
Sospeché que aquella mujer del mantón ceniza, pobre de
solemnidad sin duda alguna, padecía amarguras más crueles aún que la miseria. La
miseria a secas la acepta con feliz resignación el pueblo español, hasta poco
hace ajeno a reivindicaciones socialistas. Pobreza es el sino del pobre y a nada
conduce protestar. Lo que vi escrito sobre aquella faz, más que pálida, lívida;
en aquella boca sumida por los cantos, donde la risa parecía no haber jugado
nunca; en aquellos ojos de párpados encarnizados y sanguinolentos, abrasados ya
y sin llanto refrigerante, era cosa más terrible, más excepcional que la
miseria: era la desesperación.
El niño dormía. Comparado con el pelaje de la mujer, el
de la criatura era flamante y decoroso. Sus medias de lana no tenían
desgarrones; sus zapatos bastos, pero fuertes, se hallaban en un buen estado de
conservación; su chaqueta gorda sin duda le preservaba bien del frío, y lo que
se veía de su cara, un cachetito sofocado por el sueño, parecía limpio y lucio.
Una boina colorada le cubría la pelona. Dormía tranquilamente; ni se le sentía
la respiración. La mujer, de tiempo en tiempo y como por instinto, apretaba
contra sí al chico, palpándole suavemente con su mano descarnada, denegrida y
temblorosa.
El cobrador se acercó librillo en mano, revolviendo en
la cartera la calderilla. La mujer se estremeció como si despertase de un sueño,
y registrando en su bolsillo, sacó, después de exploraciones muy largas, una
moneda de cobre.
-¿Adónde?
-Al final.
-Son quince céntimos desde la Puerta del Sol, señora
-advirtió el cobrador, entre regañón y compadecido-, y aquí me da usted diez.
-¡Diez!... -repitió vagamente la mujer, como si pensase
en otra cosa-. Diez...
-Diez, sí; un perro grande... ¿No lo está usted viendo?
-Pero no tengo más -replicó la mujer con dulzura e
indiferencia.
-Pues quince hay que pagar -advirtió el cobrador con
alguna severidad, sin resolverse a gruñir demasiado, porque la compasión se lo
vedaba.
A todo esto, la gente del tranvía comenzaba a enterarse
del episodio, y una señora buscaba ya su portamonedas para enjugar aquel
insignificante déficit.
-No tengo más -repetía la mujer porfiadamente, sin
irritarse ni afligirse.
Aun antes de que la señora alargase el perro chico, el
cobrador volvió la espalda encogiéndose de hombros, como quien dice: «De estos
casos se ven algunos.» De repente, cuando menos se lo esperaba nadie, la mujer,
sin soltar a su hijo y echando llamas por los ojos, se incorporó, y con acento
furioso exclamó, dirigiéndose a los circunstantes:
-¡Mi marido se me ha ido con otra!
Este frunció el ceño, aquél reprimió la risa; al pronto
creímos que se había vuelto loca la infeliz para gritar tan desaforadamente y
decir semejante incongruencia; pero ella ni siquiera advirtió el movimiento de
extrañeza del auditorio.
-Se me ha ido con otra -repitió entre el silencio y la
curiosidad general-. Una ladronaza pintá y rebocá, como una paré. Con ella se ha
ido. Y a ella le da cuanto gana, y a mí me hartó de palos. En la cabeza me dio
un palo. La tengo rota. Lo peor, que se ha ido. No sé dónde está. ¡Ya van dos
meses que no sé!
Dicho esto, cayó en su rincón desplomada, ajustándose
maquinalmente el pañuelo de algodón que llevaba atado bajo la barbilla. Temblaba
como si un huracán interior la sacudiese, y de sus sanguinolentos ojos caían por
las demacradas mejillas dos ardientes y chicas lágrimas. Su lengua articulaba
por lo bajo palabras confusas, el resto de la queja, los detalles crueles del
drama doméstico. Oí al señor cuarentón que encendía fósforos para entretener al
mamoncillo, murmurar al oído de la dama que iba a su lado.
-La desdichada esa... Comprendo al marido. Parece un
trapo viejo. ¡Con esa jeta y ese ojo de perdiz que tiene!
La dama tiró suavemente de la manga al cobrador, y le
entregó algo. El cobrador se acercó a la mujer y le puso en las manos la dádiva.
-Tome usted... Aquella señora le regala una peseta.
El contagio obró instantáneamente. La tripulación
entera del tranvía se sintió acometida del ansia de dar. Salieron a relucir
portamonedas, carteras y saquitos. La colecta fue tan repentina como
relativamente abundante.
Fuese porque el acento desesperado de la mujer había
ablandado y estremecido todos los corazones, fuese porque es más difícil abrir
la voluntad a soltar la primera peseta que a tirar el último duro, todo el mundo
quiso correrse, y hasta la desdeñosa chiquilla de la gran melena rubia,
comprendiendo tal vez, en medio de su inocencia, que allí había un gran dolor
que consolar, hizo un gesto monísimo, lleno de seriedad y de elegancia, y dijo a
la hermanita mayor: «María, algo para la pobre.» Lo raro fue que la mujer ni
manifestó contento ni gratitud por aquel maná que le caía encima. Su pena se
contaba, sin duda, en el número de las que no alivia el rocío de plata. Guardó,
sí, el dinero que el cobrador le puso en las manos, y con un movimiento de
cabeza indicó que se enteraba de la limosna; nada más. No era desdén, no era
soberbia, no era incapacidad moral de reconocer el beneficio: era absorción en
un dolor más grande, en una idea fija que la mujer seguía al través del espacio,
con mirada visionaria y el cuerpo en epiléptica trepidación.
Así y todo, su actitud hizo que se calmase
inmediatamente la emoción compasiva. El que da limosna es casi siempre un
egoistón de marca, que se perece por el golpe de varilla transformador de
lágrimas en regocijo. La desesperación absoluta le desorienta, y hasta llega a
mortificarle en su amor propio, a título de declaración de independencia que se
permite el desgraciado. Diríase que aquellas gentes del tranvía se avergonzaban
unas miajas de su piadoso arranque al advertir que después de una lluvia de
pesetas y dobles pesetas, entre las cuales relucía un duro nuevecito, del nene,
la mujer no se reanimaba poco ni mucho, ni les hacía pizca de caso. Claro está
que este pensamiento no es de los que se comunican en voz alta, y, por lo tanto,
nadie se lo dijo a nadie; todos se lo guardaron para sí y fingieron indiferencia
aparentando una distracción de buen género y hablando de cosas que ninguna
relación tenían con lo ocurrido. «No te arrimes, que me estropeas las lilas.»
«¡Qué gran día hace!» «¡Ay!, la una ya; cómo estará tío Julio con sus prisas
para el almuerzo...» Charlando así, encubrían el hallarse avergonzados, no de la
buena acción, sino del error o chasco sentimental que se le había sugerido.
* * *
Poco a poco fue descargándose el tranvía. En la
bocacalle de Goya soltó ya mucha gente. Salían con rapidez, como quien suelta un
peso y termina una situación embarazosa, y evitando mirar a la mujer inmóvil en
su rincón, siempre trémula, que dejaba marchar a sus momentáneos bienhechores,
sin decirles siquiera: «Dios se lo pague.» ¿Notaría que el coche iba quedándose
desierto? No pude menos de llamarle la atención:
-¿Adónde va usted? Mire que nos acercamos al término
del trayecto. No se distraiga y vaya a pasar de su casa.
Tampoco me contestó; pero con una cabezada fatigosa me
dijo claramente: «¡Quia! Si voy mucho más lejos... Sabe Dios, desde el cocherón,
lo que andaré a pie todavía.»
El diablo (que también se mezcla a veces en estos
asuntos compasivos) me tentó a probar si las palabras aventajarían a las monedas
en calmar algún tanto la ulceración de aquella alma en carne viva.
-Tenga ánimo, mujer -le dije enérgicamente-. Si su
marido es un mal hombre, usted por eso no se abata. Lleva usted un niño en
brazos...; para él debe usted trabajar y vivir. Por esa criatura debe usted
intentar lo que no intentaría por sí misma. Mañana el chico aprenderá un oficio
y la servirá a usted de amparo. Las madres no tienen derecho a entregarse a la
desesperación, mientras sus hijos viven.
De esta vez la mujer salió de su estupor; volvióse y
clavó en mí sus ojos irritados y secos, de horrible párpado ensangrentado y
colgante. Su mirada fija removía el alma. El niño, entre tanto, se había
despertado y estirado los bracitos, bostezando perezosamente. Y la mujer,
agarrando a la criatura, la levantó en vilo y me la presentó. La luz del sol
alumbraba de lleno su cara y sus pupilas, abiertas de par en par. Abiertas, pero
blancas, cuajadas, inmóviles. El hijo de la abandonada era ciego. |
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Adriana
Dejé caer el periódico, exclamando con
sorpresa dolorosa:
-Pero ¡esa pobre Adriana! Morirse así, del
corazón, casi de repente... ¡Nadie estaba enterado que padeciese tal
enfermedad!
-Yo sí lo sabía -declaró el vizconde de
Tresmes-, y aún sabía más: sabía cuándo y cómo adquirió el
padecimiento, y es cosa curiosa.
-Entérenos usted -suplicamos todos.
Y el vizconde, que rabiaba siempre por
enterar, nos contó la historia siguiente:
-Adriana Carvajal, casada con Pedro Gomara,
vivía dichosísima. Los esposos reunían cuanto se requiere para
disfrutar la felicidad posible en el mundo: juventud y amor, salud y
dinero, que son la salsa o condimento de los Primeros platos, sin él
desabridos, amargos a veces. Faltábales, sin embargo, un heredero,
un niño en quien mirarse; pero la suerte no había de mostrarse avara
en esto, y les envió, por fin, el rapaz más lindo que pudo soñar la
fantasía de una madre, apasionada y loca ya desde antes de la
maternidad, como era Adriana. Al nacer el chico (a quien pusieron
por nombre Ventura, en señal de la que les prometía su nacimiento),
Adriana estuvo en grave peligro, y el doctor declaró que no volvería
a tener sucesión. El delirio con que marido y mujer amaban a su
Venturita fue causa de que oyesen complacidos el vaticinio del
doctor. ¡Un solo hijo, y todo para él! ¡Adriana libre ya por siempre
de riesgos y trabajos! Tanto mejor..., y a vivir y a cuidar del
retoño.
Este se crió hermoso y lozano como una
rosa. Yo, que no soy nada aficionado a los chicos -advirtió
sonriendo en vizconde de Tresmes-, confieso que aquél me hacía
muchísima gracia. Aparte de su lindeza (parecía uno de los angelitos
que pintaba Murillo, morenos y de pelo oscuro), tenía un no sé qué
simpático, una mezcla de inocencia y picardía, una risa tan fresca,
unas acciones tan imprevistas y tan originales, una precocidad (pero
no de esas precocidades empalagosas de chiquillo sabio y serio, que
me revientan, sino la precocidad de un diablillo con un ingenio
celestial), que, vamos, no había más remedio que llevarle juguetes y
dulces, por el gusto de sentarle un rato sobre las rodillas.
De la chifladura de sus padres sería inútil
hablar, porque ustedes la adivinan. Estaban chochitos; no conocían
otro Dios que el tal muñeco. Adriana no se había apartado un
instante de su cuna, vigilando a la nodriza, arrebatándole el
pequeño así que acababa de mamar, vistiéndole, desnudándole,
bañándole y guardándole el sueño... Y así que empezó a interesarse
por el mundo exterior, a extender las manitas y a pedir «tochas»,
les faltó tiempo para darle cuanto deseaba y mil objetos más, que ni
se le ocurrían ni podían ocurrírsele. La hermosa casa antigua con
jardín que habitaban los Gomara se llenó de cachivaches. ¡Y bichos!
El arca de Noé. Los caballos de cartón andaban mezclados con los
pájaros vivos; sobre un ferrocarril mecánico veríais un pulcro
galguito de carne y hueso; el coche tirado por carneros era
abandonado por una gran caja de soldados autómatas, que hacían el
ejercicio... Crea usted que derrochaban dinero en semejantes
chucherías, y yo le dije alguna vez a Adriana, porque tenía
confianza con ella:
-Hija, estáis malcriando a este pequeñín...
-Déjele que se divierta ahora -me
contestaba-; demasiado rabiará algún día... ¡Ojalá pueda ofrecerle
siempre lo que le haga dichoso!
El repertorio de los juguetes y sorpresas
se agota pronto, y no sabía ya Adriana qué nueva emoción dar a
Ventura, cuando el cocinero de la casa, que había andado embarcado
diez años y conservaba amigotes en todas las regiones del planeta,
se descolgó un día regalando al chico un mono. Soy poco inteligente
en Historia Natural, y no me pidan ustedes que clasifique la
alimaña; solo les diré que ni era de esos monazos indecorosos y
feroces que nadie se atreve a tener en las casas, como el orangután,
ni tampoco de esos titíes engurruminados y frioleros que se pasan la
vida tiritando entre algodón en rama. Más bien era grande que
pequeño; tenía el pelaje gris verdoso y el hocico de un rojo mate,
como el de hierro oxidado; se veía que estaba en la juventud y
rebosando fuerza, y aunque goloso y travieso como toda la gente de
su casta, no era maligno. Inteligente e imitador en grado sumo, no
podía hacerse delante de él cosa que no parodiase, y su agilidad y
presteza nos divertían muchísimo; era cosa de risa verle fingir que
fregaba platos o que rallaba pan en la cocina, y saltar sobre el
lomo de los caballos para ayudar al lacayo en sus faenas de
limpieza.
A pesar de la índole relativamente benigna
del mono, su inquietud y su vivacidad obligaban a tenerle preso en
una caseta con fuerte cadenilla, porque ya dos veces se había
escapado a corretear por árboles y chimeneas; cuando se le soltaba
había que vigilarle, y a Venturita, que acababa de cumplir los tres
años y que idolatraba en el mono, era preciso guardarle también para
que no desatase la cadenilla, pues lo hacía con habilidad singular.
Una tarde que había yo almorzado en casa de
Gomara y estábamos tomando el té en un cenador del jardín -me
acuerdo como si fuera ahora mismo, porque hay cosas que impresionan,
aunque uno no quiera-, vimos cruzar como un rayo al mono; tan como
un rayo, que más bien lo adivinamos que lo vimos. «¡Adiós, ya se ha
escapado ese maldito de cocer!», dijo Pedro Gomara, levantándose; y
Adriana, con sobresalto instintivo, lo primero que exclamó fue:
«¿Dónde estará Ventura?» «Ese le habrá soltado, de fijo», respondió
Pedro, que frunció el entrecejo ligeramente. En el mismo instante
resonó un agudo chillido de mujer, un chillido que revelaba tal
espanto, que nos heló la sangre; y voces de hombres, las voces de
los criados que nos servían, y que corrían hacia el cenador,
clamando con angustia: «Señorito, señorito», nos obligaron a
precipitarnos fuera. Adriana nos siguió sin decir palabra; un grupo
formado por los sirvientes y la desesperada niñera nos rodeó,
señalando hacia el tejado de la casa; y allí, al borde de la última
hilera de tejas, sentado en el conducto de cinc, que recogía aguas
de lluvias, estaba el mono con el niño en brazos.
El padre, con ademanes de loco, iba a
precipitarse al zaguán para subir a las bohardillas y salir al
tejado; yo pedía una escalera para intentar el desatino de subir por
ella a la formidable altura de tres pisos, cuando Adriana, muy
pálida (¡qué palidez la suya, Dios!) y con los ojos fuera de las
órbitas, nos contuvo, murmurando en voz sorda y cavernosa, una voz
que sonaba como si pasase al través de trapos húmedos:
-Por la Virgen..., quietos..., todos
quietos..., no se mueva nadie... Y silencio..., no chillar..., no
chillar...; hagan como yo... Quietos...; si le asustamos, le tira.
Sentimos instantáneamente que tenía razón
la madre y quedamos lo mismo que estatuas. Era el mayor absurdo que
intentásemos luchar en agilidad y en vigor, sobre un tejado, con un
mono. Antes que nos acercásemos estaría al otro extremo del tejado,
y el niño, estrellado en el pavimento.
Era preciso jugar aquella horrible partida:
aguardar a que el mono, por su libre voluntad, se bajase con el
niño. Yo miraba a Adriana; su palidez, por instantes, se convertía
en un color azulado; pero no pestañeaba. El mono nos hacía gestos y
muecas estrafalarias, apretando y zarandeando a su presa, y de
improviso se oyó distintamente el llanto de la criatura, llanto
amarguísimo, de terror; sin duda acababa de sentir que estaba en
peligro, aunque no lo pudiese comprender claramente. La madre tembló
con todo su cuerpo, y el padre, inclinándose hacia mí, sollozó estas
palabras:
-Tresmes, usted, que es buen tirador... Una
bala en la cabeza... Voy por la carabina.
Idea insensata, delirante, porque aun
siendo yo un Guillermo Tell, al matar al mono haríamos caer al niño;
pero no tuve tiempo de negarme; intervino Adriana con un «no» tan
enérgico, que su marido se mordió los puños... Y la madre,
terriblemente serena, añadió en seguida:
-Si le miramos, nunca bajará... Hay que
retirarse... Hay que esconderse; que no nos vea.
Nos recogimos al cenador, desgarramos la
pared de enredaderas, y desde allí, como se pudo, espiamos al
enemigo. ¿Les estremece a ustedes la situación? ¡Pues estremézcanse
más! Duró veinte minutos. Sí; los conté por mi reloj. En esos veinte
minutos, el mono depositó al niño en el tejado, le acarició como
había visto hacer a la niñera, le obligó a pasear cogido de la mano,
le aupó sobre la chimenea y le llevó a cuestas, a caballito (un
sainete, que en otra ocasión nos haría desternillarnos). Durante
esos veinte minutos, Pedro anhelaba; a Adriana no se le oía ni
respirar. Por fin, el mono miró hacia abajo, hizo varios visajes y,
recogiendo a Ventura, se descolgó rápidamente con su carga, lo mismo
que un funámbulo sin cuerda, al jardín... Entonces salimos con
explosión todos, todos, menos la madre, que había caído redonda, y
el animal, asustado, soltó al chico ileso y se refugió en su caseta.
Aquella tarde Adriana sufrió dos sangrías,
que no sacaron más que gotas negras, y desde entonces padeció del
corazón. Parecía que se había repuesto mucho en estos últimos años;
pero, ¡bah!, la herida era mortal y ella no lo ignoraba...
-¿Y qué fue del mono? -preguntamos como
chiquillos.
-Tuve yo que pegarle el tiro... ¡Si viesen
ustedes que me daba lástima! -repuso el vizconde. |
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Vitorio
-Sí, señores míos -dijo el viejo marqués, sorbiendo
fina pulgarada de «cucarachero», golpeando con las yemas de los dedos la cajita
de concha, lo mismo que si la acariciase-. Yo fui, no sólo amigo, sino defensor
y encubridor de un capitán de gavilla. ¿No lo creen ustedes? ¡Histórico,
histórico! A mi ladrón le ahorcaron en Lugo, y consta en autos.
Lo que se ignoró siempre (los jueces, en ese punto, no
consiguieron hacer ni tanto así de luz) es el verdadero nombre que llevaba el
ladrón, allá en sus mocedades, antes de dedicarse a tan infamante oficio, cuando
se educaba conmigo en el Colegio de Nobles de Monforte. Desde que se metió a
capitán de forajidos le conocieron por Vitorio; así le llamaremos. ¡Líbreme Dios
de echar baldón sobre una familia antigua e ilustre y deshacer lo que el
pobrecillo llevó a cabo con el valor que ustedes verán, si me atienden.
Les aseguro que en el Colegio de Nobles no tuve
compañero que me pareciese más simpático. De carácter vivo y vehemente, de
inteligencia clara y feliz memoria, estudiaba con suma facilidad; los maestros
estaban encantados de él. Al mismo tiempo, travesura que en el colegio se
ejecutase, era sabido: ¿quién la discurrió? Vitorio. No sé qué maña se daba, que
siempre era cabeza de motín, y todos nos poníamos a sus órdenes, reconociendo su
iniciativa y su autoridad. Era en sus resoluciones tenacísimo y violento, pero
pundonoroso hasta dejárselo de sobra, y si alguien me dice entonces que Vitorio
pararía en ladrón, creo que al tal le deshago yo la cara a bofetones.
Como siempre fui enclenque y enfermizo, Vitorio me
había tomado bajo su protección, y más de una vez escarmentó a los colegiales
que me jugaban pasaditas. Esto, y el ascendiente que ejercía por su manera de
ser, hicieron que yo fuese consagrando a Vitorio apasionada adhesión.
Un día recibió Vitorio cartas de su casa, y con ellas
la amarguísima noticia de que su padre, que era viudo, se disponía a contraer
segundas nupcias.
El paroxismo de ira del muchacho, que adoraba en el
recuerdo de su madre, fue tremebundo; espumaba de rabia, se retorcía, se quería
romper la cabeza contra la pared del dormitorio. Le consolé lo mejor que pude, y
cuando ya le creía aplacado, he aquí que se levanta de noche y me propone que
nos descolguemos por la ventana, atando las sábanas unas a otras, y que, andando
diez leguas, lleguemos a tiempo de impedir la boda de su padre. La fascinación
de Vitorio era tal, que al pronto consentí en el absurdo proyecto, y si
invencibles dificultades materiales no nos lo estorbasen, creo que lo
realizamos.
Poco tardé en salir del colegio, y en bastantes años
nada supe de Vitorio. Estudié Derecho en Compostela, me casé, enviudé, y,
teniendo que arreglar cuestiones de intereses, me establecí en mi casa de aldea
de los Adrales, situada entre Monforte y Lugo, en país montuoso.
Hablábase mucho, en las veladas junto al fuego, de la
gavilla que recorría aquellas inmediaciones, y de la original conducta de su
jefe. Contábase que tenía prohibido matar y atormentar, a menos que le hiciesen
resistencia; que jamás despojaba por completo una casa, sino que siempre cuidaba
de dejar algún dinero a los robados, para que no careciesen de todo en los
primeros instantes; que algunas veces sus robos llenaban el fin de reparar
antojos de la suerte, pues daba al pobre lo del rico, al segundón lo del
mayorazgo, al seminarista lo del racionero y al arrendatario lo del señor.
Añadían que era galante con las damas, y que éstas, aunque robadas, no le
querían mal, ni mucho menos. En resumen: la clásica silueta del «bandido
generoso», y si de Vitorio no hubiese más que decir, se podía ahorrar el relato
o sustituirlo por historias muy análogas, verbigracia, la de José María.
Aun cuando yo, por precisión, guardaba en casa dinero
(entonces no era tan fácil como hoy ponerlo a buen recaudo), y aunque no alardeo
de valiente, ello es que las noticias referentes a la gavilla me alarmaron poco,
y seguí cenando siempre con las ventanas abiertas -era muy calurosa la estación-
y quedándome entretenido en leer hasta que me entraba sueño, sin pensar en
cerrarlas. Una noche, estando bien descuidado, cátate que, lo mismo que una
bala, cae a mis pies un hombre, pálido, demacrado, con la ropa hecha trizas, y
sin que yo tuviera tiempo a nada, exclama, cogiéndome de un hombro, en tono
lastimero:
-¡Sálvame, Jerónimo! Soy fulano..., tu compañero, tu
antiguo amigo. Me persiguen, mi vida está en tus manos.
Le hice señas de que no temiese; corrí a trancar la
ventana con barra doble; cerré también las puertas, y tendí los brazos a Vitorio,
porque ya le había reconocido. Aunque desfigurado y muy variado por la edad,
reconstruí aquella cabeza hermosa, morena, de facciones tan delicadas y de tan
viril expresión. No sin gran sorpresa mía, Vitorio se resistió a abrazarme, y
murmuró fatigosamente:
-Dame algo...: hace tres días que no pruebo alimento.
Le serví de la cena que aún estaba allí sin recoger, y
así que reparó sus fuerzas, me dijo:
-No me abraces, Jerónimo. Soy el capitán de gavilla de
quien tanto habrás oído, y por milagro no estoy en poder de los que quieren
ahorcarme. Si me conservas algún cariño, ocúltame y déjame dormir, si no,
échame; pero no digas a nadie cómo y dónde me conociste...
Existía en los Adrales un precioso escondrijo antiguo,
una especie de desván practicado bajo otro desván, oculto por un segundo
tabique, y con salida a una escalerilla recatada en el hueco de la pared, y que
moría al pie del bosque. Allí metí a Vitorio, y aunque la fuerza que le
perseguía rodeó mi casa, y aunque se la dejé registrar sin oponer reparo, no
encontraron al fugitivo, ni era posible, a no estar en el secreto, que sólo
sabíamos el mayordomo y yo. Conjurado el peligro, no quise que se alejase
Vitorio hasta que descansó bien, se lavó, se afeitó, se vistió con ropa mía y
tuvo en el cinto dos ricas pistolas inglesas y en la bolsa oro. No le pregunté
palabra, no le dirigí observaciones ni le di consejos, y esta delicadeza fue,
sin duda, la que le movió a decirme poco antes de marchar:
-Jerónimo, ¿te acuerdas de la boda de mi padre y de
aquel disparate que queríamos hacer en el colegio? Pues de no hacerlo vino mi
perdición. Cuando llegué a mi casa encontré dueña de ella a una madrastra que
obligaba a mi hermana a que la sirviese, y que hasta la pegaba delante de mí,
¡delante de mí! Tú me has conocido... Recordarás mi carácter... ¡Asómbrate! Yo,
al pronto, supe reprimirme, y hablé a mi padre como un hombre habla a otro
hombre. Le dije que quería llevarme a mi hermana, y que sólo le pedía algún
auxilio en dinero para que ella no se muriese de hambre. Me contestó con
desprecio, con enojo, y me ordenó que respetase a mi madrastra. Entonces, fuera
de mí, le dije que mi madrastra no merecía respeto, y que se lo demostraría
antes de un año. Y así fue, Jerónimo: a los pocos meses mi madrastra y yo...
¿Entiendes? ¡Me lo propuse y lo conseguí..., lo conseguí...! ¡Por «aquello», y
no por «lo de ahora», merezco que me cojan y me ahorquen...! En fin: lo cierto
es que mi padre no pudo dudar de su afrenta, y me echó de casa, maldiciéndome,
apaleándome y prohibiéndome que usase su nombre jamás. El resto ya lo sabes...
Adiós, voy a reunirme con mi gente, que andará esparcida por la montaña.
Desapareció y supe que la gavilla se había retirado de
aquellos contornos, metiéndose sierra adentro, por sitios casi inaccesibles. Dos
años después del imprevisto lance, se habló mucho de un robo cometido por
Vitorio en casa de un señor canónigo de Lugo. Consistía la originalidad en que
el robo lo había realizado Vitorio solo, en una ciudad y a las doce del día.
Hallábanse juntos el buen canónigo y cierto clérigo de misa y olla, jugando al
tute, por más señas, cuando vieron entrar a un caballero apersonado y galán que
los saludo muy cortésmente.
-Soy Vitorio -dijo-; pero no se asusten ustedes, que no
traigo ánimo de hacerles ningún mal. Entendámonos como se entiende la gente de
buena educación; vengo por los cinco mil duros en onzas de oro que el señor
canónigo guarda ahí, debajo de esa arquilla; con levantar un ladrillo numerado,
aparecerá el escondrijo.
-¡Cinco mil duros! -gritó el canónigo, más muerto que
vivo-. Pero, señor de Vitorio, ¡si jamás he poseído esa suma!
Y el clérigo, oficiosamente, exclamaba:
-¡Ea!, señor canónigo, no haya más; dé usted al señor
de Vitorio esos cuartos, siquiera por la gracia y la amabilidad con que los
pide.
-Déselos usted, si los tiene, y no disponga de caudales
ajenos -replicaba, afligido, el canónigo.
Y Vitorio, siempre afable, añadía:
-Bien dice el señor canónigo; este cura, mientras le
aconseja a usted que se desprenda de tan gruesa suma, se está escondiendo en la
pretina una tabaquera de plata, como si Vitorio fuese algún ratero que cogiese
porquerías semejantes. Pero, señor canónigo, yo sé que los cinco mil duros ahí
están; yo me veo en un grave apuro (que si no, no molestaría a persona tan
respetable como usted). Buen ánimo; si puedo, he de restituírselos.
Y con gallardo ademán entreabrió su abrigo, viéndose
relucir la culata de unas pistolas (quizás las mías). El trémulo canónigo y el
abochornado clérigo alzaron el ladrillo y entregaron a Vitorio los talegones. El
forajido se inclinó, hizo mil cortesías, y los hombres, que con un grito
hubieran podido perderle, se quedaron más de diez minutos sin habla, mientras
él, tranquilamente, bajaba las escaleras.
Sin embargo, el clérigo, que era sañudo y rencoroso, la
tuvo guardada, como suele decirse. Un día de feria, saliendo de la catedral,
creyó reconocer a Vitorio en un aldeano que llevaba a vender una pareja de
bueyes, y le siguió con cautela. Notó que el aldeano tenía las manos blancas y
finas, y corrió a delatarle. Hizo rodear la taberna donde había observado que
entraba, y así cogieron en la ratonera al célebre capitán, a quien ya sin
esperanzas de alcanzarle perseguían por montes y breñas.
La causa de Vitorio tardó mucho en fallarse. Se
susurraba que, por ser de muy esclarecida y calificada familia, no se atrevían
los jueces a mandarle ahorcar, y que si revelaba su verdadero nombre se le
dejaría evadirse o le indultaría la Reina. Yo me encontraba entonces lejos de mi
país, y las noticias en aquel tiempo no volaban como ahora. Por casualidad
llegué a Lugo el mismo día en que pusieron en capilla a Vitorio. Corrí a verle,
afectadísimo. Habíanme asegurado que la noche anterior una dama muy tapada,
penetrando en la prisión, habló largo tiempo con Vitorio, y sospechando amoríos,
compromisos, lazos que quedaban en el mundo, pregunté a mi antiguo compañero si
tenía algo que encargarme para alguna mujer.
-No -respondió, sonriendo con calma-; no tengo a nadie
que me llore. La señora que estuvo a verme ocultando el rostro es mi hermana, a
quien he prometido solemnemente dejarme ahorcar sin que me arranquen mi nombre
de familia. Y este es el único favor que te pido, Jerónimo: ¡que nadie, nadie
sepa nunca!... No he de deshonrar a mi padre dos veces.
En efecto, Vitorio murió callando; el clérigo de la
tabaquera de plata acudió a presenciar cómo perneaba en la horca; pero el señor
canónigo, que no podía olvidar los finos modales con que le habían quitado sus
cinco mil duros aplicó muchas misas por el alma del infeliz. |
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«Las desnudas»
Una tarde gris, en el campo, mientras las primeras
hojas que arranca el vendaval de otoño caían blandamente a nuestros pies,
recuerdo que, predispuestos a la melancolía y a la meditación por este
espectáculo, hablamos de la fatalidad, y hubo quien defendió el irresistible
influjo de las circunstancias y de fuerzas externas sobre el alma humana, y nos
comparó a nosotros, depositarios de un destello de la Divinidad, con la piedra
que, impelida por leyes mecánicas, va derecha al abismo. Pero Lucio Sagris, el
constante abogado de la espiritualidad y del libre albedrío, protestó, y después
de lucirse con una disertación brillante, anunció que, para demostrar lo absurdo
de las teorías fatalistas, iba a referirnos una historia muy negra, por la cual
veríamos que, bajo la influencia de un mismo terrible suceso, cada espíritu
conserva su espontaneidad y escoge, mediante su iniciativa propia, el camino,
bueno o malo, que en esto precisamente estriba la libertad. -Pertenece mi
historia -añadió- a un cruento período de nuestras luchas civiles, después de la
Revolución de 1868; y evoca la siniestra figura de uno de esos hombres en
quienes la inevitable crueldad y fiereza del guerrillero se exaspera al sentir
en derredor la hostilidad y la enemiga de un país donde todos le aborrecen:
hablo del contraguerrillero, tipo digno de estudio, que mueve a piedad y a
horror. Mientras el guerrillero, bien acogido en pueblos y aldeas, encontraba
raciones para su partida y confidencias para huir de la tropa o sorprenderla,
descuidada, el contraguerrillero, recibido como un perro, sólo por el terror
conseguía imponerse: siempre le acechaban la traición y la delación; siempre oía
en la sombra el resuello del odio. En guerras tales, el país está de parte de
los guerrilleros; o, por mejor decir, las guerrillas son el país alzado en
armas, y el contraguerrillero es el Judas contra el cual todo parece lícito, y
hasta loable.
Ahora, pues, el contraguerrillero de mi historia
-supongamos que se llamaba el Manco de Alzaur- había conseguido realizar el
triste ideal de esta clase de héroes; al oír su nombre, persignábanse las
mujeres y rompían a llorar los chicos. Interpelado el Gobierno en pleno
Parlamento acerca de algunas atrocidades de aquel tigre, protestó de que eran
falsas, y que, si fuesen verdad, recibirían condigno castigo; pero realmente,
las instrucciones secretas dadas al general encargado de pacificar el territorio
en que funcionaba la contraguerrilla del Manco, encerraban la cláusula de
dejarle a su gusto, y cuanto más, mejor. Sin embargo, el general, a quien
repugnaban y estremecían ciertos actos de barbarie, y que además tenía hijas y
era padre tiernísimo, solía encargar mucho al contraguerrillero que, al menos,
no se oprimiese violentamente a las mujeres; y el Manco se comprometió a ello,
jurando que si alguno de su partida incurría en tal delito, le cortaría
inmediatamente las dos orejas. Los contraguerrilleros, que conocían las malas
pulgas de su jefe, se guardaban bien de contravenir a lo mandado.
Si en alguna ocasión lamentó el Manco haber empeñado su
formidable palabra al general, fue el día en que, evacuado por las fuerzas de
Radico y Ollo el pueblo de Urdazpi, penetró la contraguerrilla en este foco del
carlismo. Es de saber que el párroco de Urdazpi se encontraba desde hacía año y
medio al frente de una partidilla, tan escasa en número como resuelta y
hazañosa, y más de diez veces había puesto la ceniza en la frente al Manco
yéndole a los alcances, batiéndole, cogiéndole prisioneros y dispersando a su
gente, con harto corrimiento y rabia del contraguerrillero. El odio al cura de
Urdazpi era ya como un frenesí en el Manco, y en Urdazpi vivían cinco lindas y
honestas muchachas, carlistas y devotas, sobrinas del párroco faccioso, hijas de
su única hermana, fusilada por los liberales en la anterior guerra. Cuando
trajeron ante el Manco, amarillas cual la muerte y tan sobrecogidas que ni
podían llorar a las cinco infelices, se alzó un tumulto en el alma feroz del
contraguerrillero; la promesa al general combatía los ímpetus salvajes de un
corazón sediento de venganza, la venganza inicua de ensañarse en la familia de
su enemigo, y devolvérsela vilipendiada y manchada, como se devuelve un trapo
que ha limpiado el suelo de la cámara donde se celebra orgía impura. Meditó un
instante, frunciendo las hirsutas cejas bajo las cuales encandecían dos ojos de
brasa; de pronto, una sonrisa feroz dilató su boca; había encontrado el medio de
no faltar a su palabra, y al mismo tiempo de mancillar al cura en la persona de
sus sobrinas. Dio en vascuence una orden terminante, y poco después las cinco
doncellas, enteramente despojadas de sus ropas, eran paseadas y empujadas al
través de las calles del pueblo, entre rechifla, denuestos, golpes y groseros
equívocos de los inhumanos que las rodeaban, ebrios de vino y de sangre. El
Manco había anunciado que sería reo de pena capital cualquiera de sus
contraguerrilleros que no se limitase a mofarse de la desnudez de aquellas
desdichadas vírgenes, las cuales, estúpidas de vergüenza, intentando velarse el
rostro con el pelo, echándose por tierra para que el fango de las calles las
sirviese de vestido, pedían con llanto entrecortado y desgarrador que les
devolviesen su ropa y las fusilasen pronto; y al verlas como estatuas de
dolorido e injuriado mármol, el Manco en persona, o satisfecho o ablandado ya,
escupió a los desnudos y mórbidos hombros de la más joven, y dijo con bestial
risa: «Ahora ya pueden volverse a su madriguera estas carcundas».
Considerar el estado de ánimo de las sobrinas del cura
después del afrentoso suplicio, es como si nos asomásemos a un abismo de
desesperación. Nótese que eran mujeres de intachable conducta, de grave recato,
de profunda religiosidad, más bien exaltada; que las respetaban en el pueblo por
honradas y las celebraban por hermosas; que a pesar de su fe no tenían vocación
monástica, y entre los mozos incorporados a la partida del cura, más de uno
rondaba sus ventanas y pensaba en bodas a la conclusión de la guerra. Pero
después del horrible atropello del Manco, para las sobrinas del párroco de
Urdazpi se había cerrado el horizonte, se habían acabado las perspectivas de la
vida y del mundo. La gente, al hablar de ellas, sólo las llamaban Las
desnudadas, y este apodo infamante era como inmensa mancha extendida sobre su
piel, quemada por tantos impuros ojos. Abrumadas bajo la carga de la desventura,
permanecían recluidas en casa, sin asomarse a la ventana siquiera sin salir ni a
la iglesia; ¡la iglesia, que es el refugio de todos los dolores! Como si
estuviesen contaminadas de lepra, como a los lazrados que la Edad Media aislaba,
les traía una amiga, movida a compasión, lo necesario para su sustento, y se lo
dejaba en el portal, en un cesto, diariamente, pues ni aun de ella consentían
ser vistas y habladas. Así vivieron un año...
-Pues por ahora -dijimos a Lucio Sagri,
interrumpiéndole-, su historia de usted demuestra que, sometidas a unas mismas
circunstancias, las cinco sobrinas del cura de Urdazpi adoptaron un género de
vida absolutamente idéntico.
-¡Aguarden, aguarden! -clamó Lucio-. No se ha concluido
el episodio. Al año, la consabida amiga avisó para el entierro de una de las
sobrinas, la menor. Aquélla a cuyos cándidos hombros desnudos había escupido el
Manco. Enferma de tristeza desde el día de su desgracia, había ocultado su
padecimiento por no ver al médico, o más bien porque el médico no la viese. Y la
primera salida de la Desnudada fue con los pies para adelante, camino del
cementerio. Pocos días después dejó la casa otra Desnudada, la mayor. Hizo su
viaje de noche, con la cara envuelta en tupido velo, y apareció en Vitoria, en
la casa matriz de las religiosas de una Orden que tiene por misión asistir a los
enfermos y amparar a los niños abandonados.
Quedaban solamente en Urdazpi tres de las sobrinas del
cura; pero de allí a medio año escapáronse juntas dos de ellas, y se
incorporaron a la partida, que por entonces recorría las cercanías en triunfo.
Una de las muchachas tuvo ocasión de pelear como un hombre, con denuedo rabioso,
contra las tropas liberales hasta que una bala le atravesó el fémur y pereció
desangrada. En cuanto a la otra...
-¿Murió también? -preguntamos.
-Peor que si muriese -contestó melancólicamente el
narrador-. No sé qué será de ella; rodará por Bilbao; es lo probable. Esa no
supo comprender que por mucho que desnuden el cuerpo, el pudor y decoro sólo se
pierden cuando se desnuda el alma.
-¿Y la quinta sobrina del cura de Urdazpi?
-¡Ah! Esa vive hoy al lado de su tío, que se acogió a
indulto al terminar la guerra civil. Humilde y resignada, ya madura, atendiendo
a sus labores domésticas y a sus devociones, no parece recordar que en algún
tiempo quiso vivir apartada de sus semejantes... Y en el pueblo la respetan,
¡vaya si la respetan! A pesar de que no puede olvidarse la espantosa acción del
Manco, nadie se atrevería a llamarla Desnudada en alta voz. |
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Semilla heroica
-Si la santidad de la causa es la que hace al mártir,
lo mismo podremos decir del héroe -declaró Méndez Relosa, el joven médico que
desde un rincón de provincia empezaba a conquistar fama envidiable-. Sólo es
héroe el que se inmola a algo grande y noble. Por eso aquel pobre arrapiezo, a
quien asistí y que tanto me conmovió, no merece el nombre de héroe. A lo sumo,
fue una semilla que, plantada en buena tierra, germinaría y produciría
heroísmo...
-Con todo -objeté- si respecto al mártir las enseñanzas
de la Iglesia nos sacan de dudas, sobre el héroe cabe discutir. El concepto del
heroísmo varía en cada época y en cada pueblo. Acciones fueron heroicas para los
antiguos, que hoy llamaríamos estúpidas y bárbaras. Hasta que los ingleses lo
prohibieron, en la India se creía -y se creerá aún, es lo probable- que
constituye un rasgo sublime, edificante, gratísimo al Cielo, el que una mujer se
achicharre viva sobre el cadáver de su marido
-No niego -declaró Méndez- que la gente llama heroísmo
a lo que realiza su ideal, y que el ideal de unos puede ser hasta abominable
para otros. El embrión de héroe cuya sencilla historia contaré estuvo al
diapasón de ciertos sentimientos arraigados en nuestra raza. Lo que le causó esa
efervescencia que hace despreciar la muerte, fue «algo» que embriaga siempre al
pueblo español. Lo único que revela que el ideal a que aludo es un ideal
inferior, por decirlo así, es que para sus héroes, aclamados y adorados en vida,
no hay posterioridad; no se les elevan monumentos, no se ensalza su memoria...
Las plazas de toros -continuó después de una breve
pausa- han cundido tanto en el período de reacción que siguió a la Revolución de
septiembre, que hasta nuestra buena ciudad de H*** se permitió el lujo de
construir la suya, a la malicia, de madera, pero vistosa. Cuando se anunció que
el célebre Moñitos, con su cuadrilla, estrenaría la plaza durante las fiestas de
nuestra patrona la Virgen del Mar, despertóse en H***, más que entusiasmo,
delirio. No se habló de otra cosa desde un mes antes; y al llegar la gente
torera, nos dio, no me exceptuó, por jalearla, obsequiarla, convidarla y traerla
en palmitas desde la mañana hasta la noche. Les abrimos cuenta en el café, les
abrumamos a cigarros y les inundamos de jerez y manzanillas. Nos cautivaba su
trazo franco y gravemente afable, aunque tosco; nos hacía gracia su ingenuidad
infantil, su calma moruna, aquel fatalismo que les permitía arrostrar el peligro
impávidos, y, en suma, aquel estilo plebeyo, pero castizo, de grato sabor
nacional. En poco días cobramos afición a unos hombres tan desprendidos y
caritativos, valientes hasta la temeridad y nunca fanfarrones, creyendo
descubrir en ellos cualidades que atraían y justificaban la simpatía con que en
todas partes son acogidos.
Yo me aficioné especialmente a un mocito como de quince
años, pálido desmedrado, nervioso, que atendía por el alias de Cominiyo. Venía
la criatura con los toreros en calidad de monosabio, y era la perla de su
oficio; un chulapillo vivo y ágil como un tití, que parecía volar. Desde la
primera de las cuatro corridas de aquella temporada en H***, Cominiyo llamó la
atención y se ganó una especie de popularidad por su arrojo, su agilidad de
tigre, sus gestos cómicos y su oportunidad en acudir a donde hacía falta. La
parte que representaba Cominiyo en el drama desarrollado en el redondel era bien
insignificante; pero él se ingeniaba para realzar un papel tan secundario, y
cuando de los tendidos brotaban frases de elogio para el rapaz, sus macilentas
mejillas se iluminaban con pasajero rubor de orgullo, y sus ojos negros
ricamente guarnecidos de sedosas pestañas, irradiaban triunfal lumbre.
Cominiyo me había confiado sus secretas ambiciones.
Como el poeta de buhardilla sueña la coronación en el Capitolio; como el recluta
sueña los tres entorchados; como el oscuro escribiente la poltrona, Cominiyo
soñaba ser picador. En vez de ir a las ancas del caballo, quería ir delante,
luciendo la fastuosa chaquetilla de doradas hombreras, el ancho sombrerón de
fieltro, los calzones de ante, el rígido atavío de esos hombres curtidos y
recios, de piel de badana, en que no hacen mella los batacazos. Pero ¿cuándo
lograría Cominiyo ascender tan alto? Probablemente así que hubiese demostrado de
una manera indudable su gran corazón; así que hiciere «una hombrá». Y dispuesto
estaba a hacerla a cualquier hora, y más que dispuesto deseoso, que el valor
pide ocasión y tiempo.
En la cuarta corrida presentóse la ocasión tan anhelada
y por cierto que con trágico aparato. El tercer toro, hermoso bicho, de gran
poder, dio un juego tal desde que salió a la plaza, que llegó a causar cierto
pánico: como aquél pocos. Después de destripar por los aires a dos caballos, la
emprendió con el que montaba el picador Bayeta, y en un santiamén dejó al jinete
aplastado bajo la cabalgadura, en la cual se ensañó y cebó furioso. Crítica era
la situación del picador. El peso del jaco le asfixiaba, y si se rebullese, con
él la emprendería el toro. En vano la cuadrilla, a capotazos, quería engañar y
distraer a la fiera, y Bayeta, ahogándose, asomada la cabeza por detrás del
espinazo del jaco moribundo. Ya el toro se lanzaba hacia la nueva presa, y ya el
picador se veía recogido y despedido hasta las nubes, cuando una figurilla
menuda apareció firmemente plantada sobre el vientre del tendido caballo, y,
retando al toro con temeraria bizarría, le hirió repetidas veces con la mano en
el inflamado morro y hasta osó juguetear con los agudos cuernos mientras
salvaban al picador. Cominiyo, que realizada la proeza intentaba salir escapado,
saltó hacia atrás, resbaló en la viscosa sangre, un charco rojo que el caballo
había soltado de los pulmones, y el toro le pilló allí mismo, contra las tablas,
y le enganchó y levantó en alto y lo dejó caer inerte.
Corrí a la enfermería y reconocí la herida del
muchacho, comprobando una cosa horrible que, a pesar de la impasibilidad
profesional, me causó grima. El toro había cogido a Cominiyo por la espalda, en
la región lumbar; sin duda la fiera tenía astillado el cuerno, y en la astilla
sacó un jirón del hígado, una sangrienta piltrafa. Cominiyo no tenía salvación,
y su lucha con la muerte, sostenida por la juventud y la índole de la misma
lesión, fue larga y cruel. Ocho días le devoró la fiebre inflamatoria, y como él
ignoraba la gravedad de la herida, se agitaba en un frenesí de alegres
esperanzas y de ambiciosas aspiraciones. La ovación tributada a su hazaña le
tenía borracho de gozo, y me decía entusiasmado, mientras yo trataba de calmar
sus dolores, que eran atroces, sobre todo al principio:
-Me he portado como los hombres. Digasté: ¿seré
picador?
El día en que le acompañamos al cementerio, yo al ver
que le echaban encima la húmeda tierra, pensé mucho sobre el heroísmo. Sería una
irrisión plantar laureles en sepultura del rapaz..., y sin embargo, a mí me
parecía que de la misma madera del alma de Cominiyo están hechas las almas de
algunos que podrían reclamar la sombra del árbol sagrado para su tumba.
Mientras regresábamos comentando la suerte del atrevido
monosabio, yo recordaba una copla popular.
Hasta la leña en el monte
tiene su separación;
una sirve para santos;
otra para hacer carbón. |
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Justiciero
De vuelta del viaje, acababa el Verdello de despachar
la cena, regada con abundantes tragos del mejor Avia, cuando llamaron a la
puerta de la cocina y se levantó a abrir la vieja, que, al ver a su nieto, soltó
un chillido de gozo.
En cambio, Verdello, el padre, se quedó sorprendido, y,
arrugando el entrecejo severamente, esperó a que el muchacho se explicase. ¿Cómo
se aparecía así, a tales horas de la noche, sin haber avisado, sin más ni más?
¿Cómo abandonaba, y no en víspera de día festivo, su obligación en Auriabella,
la tienda de paños y lanería, donde era dependiente, para presentarse en Avia
con cara compungida, que no auguraba nada bueno? ¿Qué cara era aquella, rayo? Y
el Verdello, hinchado de cólera su cuello de toro, iba a interpelar rudamente al
chico, si no se interpone la abuela, besuqueando al recién venido y ofreciéndole
un plato de guiso de bacalao con patatas oloroso y todavía caliente.
El muchacho se sentó a la mesa frente a su padre.
Engullía de un modo maquinal, conocíase que traía hambre, el desfallecimiento
físico de la caminata a pie, en un día frío de enero; al empezar a tragar daba
diente con diente, y el castañeteo era más sonoro contra el vidrio del vaso
donde el vino rojeaba. El padre picando una tagarnina con la uña de luto, dejaba
al rapaz reparar sus fuerzas. Que comiese..., que comiese... Ya llegaría la hora
de las preguntas.
No tenía otro hijo varón; una hija ya talluda se había
casado allá en Meirelle, ¡lejos! Este chico, Leandro, endeble nació y endeble se
crió. Al cabo, fruto de una madre tísica. Para proporcionarles bienestar a la
madre y al hijo, el Verdello trajinaba día y noche por anchas carreteras y
senderos impracticables, ejercitando con ardor su tráfico de arriería, comprando
en las bodegas de los señores cosecheros y revendiendo en figones y tabernas el
rico zumo de las vides avienses. Vino que catase y adquiriese el Verdello, vino
era, ¡voto al rayo!, y vino de recibo en color y sabor. No necesitaba el
arriero, para apreciar la calidad del líquido, beber de él; se desdeñaría de
hacer tal cosa. Le bastaba, estando en ayunas, echar dos o tres gotas en la
punta de la lengua, esto para el sabor; y para el color, otras tantas en la
manga de la camisa, arremangada sobre el fornido brazo. Tal mancha, tal calidad.
Y allí quedaban las manchas color de violeta, con armas parlantes de la
arriería. El Verdello podía decir, con solo mirar a las manchas, qué bodegas del
Avia daban el vino más honradamente moro.
¡Buen oficio el de arriero!¡Buen oficio para el hombre
que gasta pelos en el corazón, que de nada se asusta y se lleva en el cinto sus
cuatro docenas de onzas, o, ahora que no hay onzas, su fajo de billetes de a
cien, y como seguro de las onzas y los billetes, en un bolsillo del chaquetón,
el revólver cargado, y en otro, la navaja, amén de la vara de aguijón con puño y
a veces la escopeta de tirar a las perdices en tiempo de vacaciones! Porque hay
sitios de la carretera que se pueden pasar durmiendo; pero los hay que es poco
rezar el Credo, y conviene estar dispuesto a santiguar a tiros a los bromistas.
Ya se habían querido divertir con Verdello, y un corte de hoz y dos abolladuras
de estacazo tenía en la cabeza; pero llevó que contar el gracioso. Mejor dicho,
no lo contó más que una semana.
Y sólo un Verdello es capaz de andar siempre
atravesando por los caminos, sin parar y aguantando heladas, lluvias y calores.
Así es que no quiso que Leandro siguiera el perro oficio. El muchacho estaría
mejor a la sombra, bajo tejas, abrigado y comiendo a sus horas. Y así que
cumplió los trece años, le colocó en una tienda de Auriabella, una casa muy
decente. Al despedirse del chico con efusión de cariño brusco y bárbaro, medio a
pescozones, el padre le leyó la cartilla: «Aquí se cumple... Aquí el hombre se
porta, y si no, ¡ojo conmigo...! Honradez... Trabajar... Como te descuides en lo
menor, ya puedes prepararte, ¡rayo!»
No hubo necesidad de desplegar rigor. El principal de
Leandro escribía satisfecho. Era listo el chiquillo, sabía despachar, complacer,
y ascendía poco a poco desde la escoba de barrer la tienda y las cabezas de
cardo de alzar el pelo a los paños, al libro de contabilidad. Con el tiempo
vendría a ser el alma de establecimiento. La mujer del Verdello, devorada por la
consunción, murió tranquila respecto al porvenir de su hijo, viéndole ya, en su
fantasía tendero acomodado, grueso, tranquilo, de levita los domingos y en el
bolsillo del chaleco su buen reloj de oro.
Viudo, sin más compañía que la vieja, el Verdello,
aunque robusto y atlético, no pensaba en volver a casarse. Que se casase el
rapaz, que ya tenía sus diecinueve años. Alusiones y reticencias del principal
habían puesto al padre en sospechas de que Leandro andaba en pasos algo libres.
¡Cosas de la edad! Que no le distrajesen de la obligación..., y lo demás no
importa... ¿A qué venía el ceño del patrón, cuando reconocía que el chico no
faltaba de su sitio nunca, y ni el mostrador ni la caja quedaban desamparados ni
un minuto? ¿Pues acaso él, el propio Verdello, si rodaba por mesones y tugurios
de ciudades, no tenía sus desahogos, sin otras consecuencias? ¡Bah! Un hombre es
un hombre... y con más motivo un rapaz.
Sin embargo, al verle llegar así, a horas impensadas,
cabizbajo, desencajado, el padre sintió allá dentro algo cortante y frío, como
el golpe de un puñal. ¿Qué sucedía? ¿Qué embuchado era aquel, demonio? Y la
mirada de sus pupilas fieras se clavaban en Leandro, queriendo encontrar otras
pupilas que rastreaban por el plato, mientras los blancos dientes seguían
castañeteando o de miedo o de frío...
Acabóse la cena y salió la abuela a preparar la cama, a
rebuscar un jergón y una manta, proyectando la añadidura de sus refajos
colorados, ¡helaba tanto aquella noche!, y solo ya el padre con el hijo, salió
disparada la pregunta:
-¿Tú qué hiciste? ¡Rayo! ¿Tú qué hiciste? Sin mentir...
Como el muchacho callase, dando mayores señales de
abatimiento, el Verdello pateó, y en un arranque, soltó la bomba.
-¡Tú has robado! ¡Tú has robado!
Con inmensa angustia, con movimiento infantil, Leandro
quiso echarse en brazos de su padre; pero este le rechazó de un modo instintivo
y violento, lanzándole contra la pared. El muchacho rompió a sollozar, mientras
el arriero, entre juramentos y blasfemias, repetía:
-¡Has robado..., cochino! Robaste la caja, robaste a tu
principal... ¡Para pintureros vicios! Y ahora lloras... ¡Rayo de Judas! ¡Me...!
Echaba espuma por la boca, braceaba, cerraba los
puños... De repente se aquietó. Para quien le conociese, era aquella quietud muy
mala señal. Callado, derecho en medio de la cocina, alumbrado por el hediondo
quinqué de petróleo y las llamas del hogar, parecía una grosera estatua de barro
pintado, con trágicos rasgos en el rostro, donde se traslucían los negros
pensares. ¡Tener un ladrón en casa!, Él, el Verdello, había sido toda su vida
hombre de bien a carta cabal; su palabra valía oro, sus tratos no necesitaban
papel sellado, ni señal siquiera. Palabra dicha, palabra cumplida. En las
bodegas y las tabernas ya conocían al Verdello. Traficar y ganar; pero con
vergüenza, sin la indecencia de quitar un ochavo a nadie... ¿Quién se fiaría ya
del padre de un ladrón? ¡Rayos! Y con desdén glacial, como si escupiese un resto
de colilla, arrojó al rostro del muchacho la frase:
-El robar no te viene de casta.
No hubo más respuesta que sollozos, y el padre añadió
con la misma frialdad;
-¿Cuánto cogiste? Porque mañana temprano salgo yo a
devolverlo.
Alentó algo el culpable, y, tratando de asegurar la
voz, murmuró débilmente y entre hipos:
-Ciento noventa y siete pesos y dos reales...
No pestañeó el arriero. Podía pagar. Se quedaba sin
economía, pero... ¡Dios delante! Eso, en comparanza de otras cosas. Mientras
echaba sus cuentas, con la mano derecha se registraba faja y bolsos sin duda
requisando el capital que guardaba allí, fruto de las ventas realizadas en Cebre
y en Parmonde... Acabado el registro, se volvió hacia el muchacho, y señaló a la
puerta trasera de la cocina:
-¡Anda ahí fuera! ¡Listo!
¿Fuera? ¿A qué? No servía replicar. Leandro obedeció.
¡Que bocanada de hielo al entrar en la corraliza! La noche era de la de órdago:
las estrellas competían en brillar en el cielo, la escarcha en el suelo, y el
pilón del lavadero se acaramelaba en la superficie. El mastín de guarda ladró al
divisar a los dos hombres; pero su fiel memoria afectiva le iluminó al instante,
y loco de alegría se arrojó a Leandro, apoyándole en el pecho las patas. Y
cuando padre e hijo pasaron el portón de la corraliza, el can echó detrás,
meneando todavía la cola, brincando de gozo. Anduvieron por sembrados y maizales
cosa de un cuarto de hora, hasta que el Verdello hizo alto al pie de las tapias
de un huerto, derruidas ellas y abandonado él. Y, empujando al muchacho, le
arrimó al tapial y se colocó enfrente, ya empuñando el revólver.
Leandro se le desvió con un salto rápido de su instinto
animal. Comprendía, y su juventud, la savia de los veinte años, protestaba
sublevándose. ¡No; morir, no! Quiso correr, huir a campo traviesa. Y aquel
temblor de antes, el de los dientes, el de las manos, descendió a sus piernas
flacuchas de mozo enviciado en mujerzuelas, y le doblegó y le hizo caer
postrado, medio de rodillas, balbuciendo:
-¡Perdón! ¡Perdón!
El padre se acercó; vio a la semiclaridad de los astros
dos ojos dilatados por el terror, que imploraban..., e hizo fuego justamente
allí, entre los dos ojos, cuya última mirada de súplica se le quedó presente,
imborrable. Cayó el cuerpo boca abajo, y el golpe sordo y mate contra la tierra
endurecida por la helada sonó extrañamente; el perro exhaló un largo aullido, y
el arriero se inclinó; ya no respiraba aquella mala semilla. |
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Elección
Lentamente iba subiendo la cuesta el carro vacío, de
retorno, y sus ruedas producían ese chirrido estridente y prolongado que no
carece de un encanto melancólico cuando se oye a lo lejos. Para el labriego, es
causa de engreimiento la agria queja del carro; pero esta vez en el corazón de
Telme, resonaba con honda tristeza. A cada áspero gemido sangraba una fibra.
Tranquilos en su vigor, los bueyes pujaban, venciendo el repecho; la querencia
les decía que por allí iban derechos al brazado de hierba, acabado de apañar.
Sus hocicos babosos, recalentados por la caminata, se estremecían, aspirando la
brisa del anochecer, en que flotaba el delicioso perfume de la pradería.
A la puerta de la casucha esperaba la mujer de Telme,
la tía Pilara, seca, negruzca, desfigurada, más que por la maternidad y los
años, por las rudas faenas campestres. Ayudó Pilara a su marido a desuncir el
carro, y mientras él encendía un cigarrillo, acomodó los bueyes en el establo
separado por un tabique del «leito» conyugal. No cruzaron palabra. No era que no
se quisieran; al contrario, queríanse bien aquellos dos seres, a su modo: sino
que el labriego es lacónico de suyo, y la absoluta comunidad de intereses hace
entenderse sin gastar saliva. La actitud de Telme y su gesto decían a Pilara
cuanto le importaba saber. El hijo había salido útil, según el
reconocimiento..., y por ende ya era «del rey»; era soldado.
Con un nudo en la garganta, con escozor en los
párpados, dispuso Pilara la cena, colocando sobre la artesa las dos escudillas
de humeante caldo de «pote». Las despacharon, y, ahorrando luz, se acostaron al
punto. Oíase el rumiar de los bueyes, moliendo la hierba jugosa, y no se oía a
marido y mujer rumiar la pena, atravesada en el gaznate. Dieron vueltas. Suspiró
Pilara; Telme gruñó. ¡Vete noramala, sueño de esta noche!
De pronto -aún no pensaban en cantar los gallos- saltó
de la celdilla que sirve de cama al campesino mariñán, y encendiendo un «mixto»
y la candileja de petróleo, pasó al establo y se dispuso a sacar la yunta.
Pilara, sorprendida, medio soñolienta, le siguió. ¿Qué era aquello? ¿Iba a la
feria, por fin? Que esperase tan siquiera hasta que ella trajese para los
animales otra carga de «herbiña»... Y el labriego, brusco y sombrío, respondió a
media habla:
-No es menester... No van con el carro. No llevan más
labor que echar una pata delante de otra...
La mujer se quedó como de piedra. No insistió. ¿Para
qué? Sobraban explicaciones. Había comprendido. La limitada vida del labriego se
compone de hechos de significación indudable. Quien lleva a la feria la yunta
sin el carro, va a venderla. A eso iba Telme; a deshacerse de sus hermosos
bueyes para librar al mozo.
Pasado el primer instante, como barril de mosto al que
le quitan el tapón, se soltó a chorros la aflicción de Pilara. La marcha de los
bueyes, para no volver más, era cosa tan dura, que la aldeana sintió un dolor
físico en las entrañas; le arrancaban lo mejor de su casa, lo mejor de la
parroquia, lo bueno del mundo, ¡En cuatro leguas de «arredor» no había yunta
como aquélla, bueyes tan parejos, tan rojos, de un color rojo brillante como el
limpio cobre, tan gordos, tan grandes, de tanta ley para el trabajo, y tan
mansos y amorosos, que un chiquillo de siete años los lindaba!
Verdad que tampoco se conocía otro rapaz como Andresiño,
más garrido, más sano, más hombre... ¡Y también querían arrebatárselo! ¡Nuestra
Señora nos ayude, San Antonio nos valga! Pilara sollozaba a gritos, arañándose
el atezado rostro.
Telme, entre tanto, en la corraliza, pasaba el «adival»
por entre las astas de los bueyes, y rezongaba, rechazando a su desconsolada
mujer.
-¡Pues o los bueyes o el mozo! Una de dos.
Echó la aldeana los brazos al buey de la izquierda, el
Marelo -el más guapo y forzudo, el que lucía una estrellita blanca en el testuz-
y a su manera, torpemente y hociqueando, besó los anchos ojos, tibios y
pestañudos, de la bestia.
La caricia equivalía a una despedida; la madre, lo
mismo que el padre, «escogía» al suyo, al hijo; no querían, enviarlo allá, a las
islas del demonio, donde la fiebre y la peste chupan a los hombres y el machete
los descuartiza. ¡Asús mío! Pero una cosa es «escoger» a quien cumple que se
escoja, y otra no tener ley a la yunta, ¡que para no tenérsela, había que ser de
palo! Porque, a más de que aquella yunta le ponía la ceniza en la frente a todas
las de la Mariña, se ha de mirar de que Pilar y Telme llevaban años quitándose
el mendrugo de la boca para dárselo a los bueyes. La corteza de borona, la
encaldada de patatas, calabazo y berza, son alimentos que comparten el labrador
y el buey; lo que hace encaldada para el animal, hace caldo para el dueño. Si el
buey engorda, es que el labrador se priva, mermando su ración. La vanidad, ese
tenacísimo sentimiento humano, que nunca pierde sus derechos, también alienta en
los labradores. Toda la parroquia envidiaba la yunta, hasta tal extremo, que
Pilara les había colgado de las astas, de suerte que cayese en el remolino
central del testuz, un evangelio y dos dientes de ajo encerrados en una bolsa,
remedio contra la «envidia», que para el aldeano es una fuerza misteriosa, capaz
de maleficiar. Pero, aunque dañina, la envidia es lisonjera. Telme iba por el
camino real con sus bueyes, que ni el Papa en su silla. Y ahora..., ni fachenda,
ni provecho, ni orgullo, ni labranza; al agua todo. El carro, perpetuamente
inmóvil y en la corraliza; las tierras, sin arar; los lucrativos «carretos» de
piedra y arena, para otro... No había remedio. ¡La elección estaba hecha!
Así que se alejó Telmo y dejó de oírse el paso
acompasado de la yunta, Pilara secó en el dorso de la áspera mano los últimos
lagrimones, y, resignadamente, se puso a disponer lo necesario para la cocedura.
Con llorar no se calienta el horno ni se amasa la harina.
La aldeana bregó sin descanso. Mientras partía y
disponía la leña y sobaba la masa con las oscuras manos, la congoja iba
calmándose. Adiós los bueyes..., pero ya vendría el rapaz. Si buena era la
yunta, Andresillo mejor. A forzudo y voluntario, ninguno le ganaba. En un día
despabilaba él más obra que en una semana otros. Y ni pinga de vino, ni
camorrista, ni amigo de ir de tuna. Ganas tenía de arrendar un lugar y casarse;
pero ahora que sus padres se quedaban por él sin la luz de los santos ojos...,
ya les ayudaría a juntar para otra pareja. Con lo que tenían guardado en el pico
del arca y el jornal de Andrés, en dos o tres años...
No pasaba de mediodía cuando regresó Telme, cabizbajo,
solo ya, con las manos vacías, enrollado el «adival» alrededor del cuerpo. Esta
vez, Pilara preguntó ansiosa: «¿Cuánto? ¿Cuánto?» Telme tardó en responder. Al
cabo, mohíno, al ir a sentarse a comer el pote con unto rancio y la «borona»
enmohecida -la «bolla» fresca no había salido aún del horno, ni saldría hasta la
tarde-, desató la lengua, entre reniegos, porque ya sabía Telme que lo que
bajase de cinco mil y pico era regalar la yunta; y en aquella maldita feria no
parece sino que se habían juramentado los compradores para no ofrecer arriba de
cuatro mil. Y era pillada y «mala idea», porque tan pronto como se los dejó a un
chalán desconocido, con acento andaluz, en cuatro mil y pico, otro de Breanda le
dio ventaja al chalán y se los llevó. Pero ¡tenían que ir al arca...! Y pronto,
pronto. Que él pediría emprestada la burra a Gorio de Quintás, y a las tres,
Dios mediante, había de estar en Marineda, depositando el dinero a cambio del
hijo.
Abrieron el arca como si se hubiesen abierto las venas.
Pilara cruzaba las manos, gemía bajito, alzaba al cielo los ojos, se cogía la
cabeza, al volver del revés sobre la artesa el calcetín de lana gorda: los
ahorriños de tanto tiempo. Estaban en moneda sonante, en metálico; el labriego
no quiere guardar papel. Había duros relucientes del nene, otros oxidados, mucha
peseta, calderilla roñosa. Aunque sabían al dedillo la cantidad recontaron:
sobraba un pico. Telme añudó lo necesario en un pañuelo de algodón azul, por no
mezclarlo con lo de la venta, que iba casi todo en billetes de a ciento, oculto
a raíz de la carne. Hecho esto, salió en demanda de la pollina.
Pilara aguardó, aguardó hasta las altas horas. No sabía
si su hombre dormía aquella noche en Marineda, para volver con el mozo,
temprano. Se acostó al fin. A cosa de la una oyó llamar a voces, y conoció la de
Telme. La sangre le dio una vuelta. Saltó en camisa, encendió la candileja,
abrió: Telme, con la cara color de difunto, estaba delante de ella. ¡Madre mía
de las Angustias! ¿Qué pasaba? ¿Y Andresiño?
-¡Calla! -profirió Telme-. No me hables, que pego fuego
a la casa, y te parto los lomos y se los parto al mismísimo divino Dios... Ya
hemos quedado solos, mujer, sin bueyes y sin hijo. ¡El chalán de la feria... me
metió cuatro billetes falsos!
Y el padre, en vez de realizar sus amenazas de partir
los lomos a todo el mundo, se dejó caer al suelo y se arrancó el pelo a puñados,
llorando como las mujeres. |
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«La Chucha»
Lo primerito que José San Juan -conocido por el
Carpintero- hizo al salir de la penitenciaría de Alcalá, fue presentarse en el
despacho del director.
Era José un mocetón de bravía cabeza, con la cara gris
mate, color de seis años de encierro, en los cuales sólo había visto la luz del
sol dorando los aleros de los tejados. La blusa nueva no se amoldaba a su
cuerpo, habituado al chaquetón del presidio; andaba torpemente, y la gorra
flamante, que torturaba con las manos, parecía causarle extrañeza, acostumbrado
como estaba al antipático birrete.
-Venía a despedirme del señor director -dijo
humildemente al entrar.
-Bien, hombre; se agradece la atención -contestó el
funcionario-. Ahora, a ser bueno, a ser honrado, a trabajar. Eres de los menos
malos; te has visto aquí por un arrebato, por delito de sangre, y sólo con que
recuerdes estos seis años, procurarás no volver... Que te vaya bien. ¿Quieres
algo de mí?
-¡Si usted fuera tan amable, señor director...; si
usted quisiera...
Animado por la benévola sonrisa del jefe, soltó su
pretensión.
-Deseo ver a una reclusa.
-Es tu «chucha», ¿verdad?... Bueno; la verás.
Y escribió una orden para que dejasen entrar a Pepe el
Carpintero, en el locutorio del presidio de mujeres. Bien sabía el director lo
que significaban aquellas relaciones entre penados, los galanteos a distancia y
sin verse de «chuchos» y «chuchas»; el amor, rey del mundo, que se filtra por
todas partes como el sol, y llega donde éste no llegó nunca, perforando muros,
atravesando rejas.
Tenían casi todos los penados en la penitenciaría de
mujeres una «galeriana» que por cariño remendaba y lavaba su ropa; una compañera
de infortunio, a la cual no habían visto nunca, y cuyas atenciones pagaban con
cargo rebosando sentimentalismo ridículo..., pero sincero. Era el sacro amor,
introduciéndose en aquel infierno para burlarse de la seriedad de las leyes
humanas; la vida y sus efectos floreciendo allí donde el castigo social quiere
convertir a los réprobos en cadáveres con apariencia de vida. El presidio, un
convento vetusto, y el penal de mujeres, soberbio y flamante, contemplábanse
desde cerca, mudos, inmutables; pero un soplo de pasión contenida y ardiente, de
primavera amorosa, germinando entre la mugre de la «casa muerta», iba de uno a
otro edificio como la caricia fecundadora que por el aire se envían las palmeras
de distinto sexo.
Tan grande emoción embargaba a Pepe al dirigirse al
locutorio de mujeres, que sus piernas, temblorosas, acortaban el paso..., ¿Cómo
sería su «chucha»? ¡Por fin iba a verla! Y pensando en las formas de que la
había revestido su imaginación en las noches de insomnio o en los solitarios
paseos patio abajo y arriba, todo el pasado revivía de golpe en su memoria. Para
comenzar, su entrada en presidio, resultado de tener mal vino y pronta la mano;
los primeros meses de sorda excitación, de huraño aislamiento, viendo deslizarse
los días como pesadas ondulaciones de un río gris y triste. Después, cuando hizo
amigos, extrañáronse de que un muchacho cual él, guapo y terne, que si estaba en
trabajo era por ser muy pobre, no tuviera su «chucha», su «chucha» como los
demás. Ellos se encargaban del arreglo; escribirían a sus amigas, y no faltaría
en la casa de enfrente quien atendiese a tan buen mozo. Un día le dijeron que su
«chucha» se llamaba Lucía, más conocida por el apodo de la Pelusa, y Pepe le
escribió, encontrando dulce satisfacción en saber que más allá de aquellos muros
había alguien que pensaba en él y se interesaba por su vida. Pronto a este goce
espiritual se unieron satisfacciones del egoísmo: alababan la limpieza de su
ropa blanca y sentían envidia al ver ciertos manjares, obra todo de la Pelusa de
la enamorada «chucha», que, invisible como un duende, tenía para él cuidados
maternales.
-Pero, camarada, ¡y qué suerte la tuya! -le decían los
compañeros de pelotón con mal encubierta envidia.
-Esa Pelusa es de oro -añadía un veterano del presidio,
oráculo de la gente joven-. Consérvala, chaval, que mujeres así entras pocas en
libra.
-Pero ¿cómo es? -preguntaba Pepe con creciente
curiosidad-. ¿Es joven?¿Por qué está presa?
-Algo mayor que tú debe de ser, pues creo que no es
ésta la primera vez que visita la casa..., pero ¿qué te importa que sea joven o
vieja? Tú déjate querer, que esa es la obligación de los buenos mozos, y cuando
salgas en libertad, búscate otra que te atienda lo mismo.
Pepe protestaba. Sentía duplicarse el agradecimiento
hacia aquella mujer; las relaciones, que al principio le parecían cosa de risa
-buena únicamente para distraer el tedio encierro-, le llegaban muy adentro ya,
y la gratitud se volvía atracción, viendo que no pasaba día sin que en el
rastrillo le entregasen para él paquetes de tabaco, prendas de ropa o algo de
comer que le sostenía fuerte, robusto y sano, librándole del rancho insípido del
penal, la peor engañifa para el hambre.
Pocos días dejaban de escribirse. Las primeras cartas
respiraban este énfasis amoroso aprendido en los epistolarios populares; pero
fueron haciéndose más sinceras, según los dos amantes, por aquel reiterado
contacto de alma: iban conociéndose. Hablaban de su situación, de la desgracia
en que se veían, en términos vagos, como si les causara rubor decir por qué y de
qué modo, y contaban fecha tras fecha el tiempo que les faltaba para cumplir. Él
saldría libre un año antes que ella... ¡Con qué tristeza lo repetía la pobre
«chucha»! Y José protestaba con entereza de muchacho enérgico, caballeresco a su
manera, incapaz de faltar a la palabra. Él esperaría a que saliera ella; se
casarían y serían felices; lo decía de corazón, sintiéndose ligado para toda su
vida por el reconocimiento a sacrificios que habían endulzado sus amargas horas.
No sabía si aquello era amor; realmente, nunca se había
sentido dominado por mujer alguna; no recordaba más que lances fáciles, los
encuentros causales de su época obrera; pero a su «chucha»... la quería sin
conocerla y juraba no abandonarla jamás. No porque estuviese en presidio era un
canalla capaz de olvidar a aquella mujer que pensaba en él a cada momento y
trabajaba porque nada le faltase. Consistía su única preocupación en saber algo
de la historia o del aspecto de su «chucha». Por desgracia, los mandaderos no la
conocían; en la Galera, regida por monjas, no entraba otro hombre sino el
director; y con escrupulosa delicadeza, ni él ni ella se atrevían en sus cartas
a hablar del pasado ni de sus personas, como temiendo que al entrar luz se
rasgara el ambiente del misterio amoroso y se disipase el hechizo. Los últimos
días, ¡qué turbación tan intensa!... Pepe hablaba entusiasmado de la próxima
salida, y ella contestaba lacónicamente; sus palabras respiraban tristeza, casi
se lamentaba de que el hombre amado recobrase la libertad, recelando despertar
del ensueño de seis años. Y la misma impaciencia de sus últimos días de escribir
dominaba a Pepe cuando entró en el locutorio de las penadas. Después de entregar
la orden del director, quedóse solo, hasta que por fin, a través de la tupida
reja, oyó suaves pisadas femeniles. Dos monjas se apostaron inmóviles en el
fondo de la galería, donde no podían oír las palabras, pero sí seguir con la
vista todos los movimientos de la que ocupaba el locutorio; y una galeriana fue
aproximándose con paso torpe, cual si le asustase llegar a la reja.
No hizo movimiento alguno. ¡Las monjas no le habían
entendido! Aquella mujer no era la que él buscaba; y miró con extrañeza a la
reclusa, especie de payaso de la miseria, disfrazado con faldas grises; criatura
exigua, demacrada, encogida, los ojos saltones veteados de sangre, de pelo
canoso, cerril y escaso, alborotado sobre la frente y asomando entre los labios
lívidos una dentadura enorme, amarillenta, de caballo viejo. La mujer aparecía,
además, mal pergeñada, sucia, como si enfaenada en la furia del trabajo se
hubiese olvidado de sí misma. Se miraron algunos instantes con extrañeza, y
acabaron sonriendo, convencidos de la equivocación.
-No; no es usted -dijo Pepe-. Yo busco a la Pelusa. Me
acaban de poner en libertad y vengo a conocerla.
La galeriana se hizo atrás con rápido movimiento de
mujer cuyo sistema nervioso está en perpetua tensión por el género de vida.
-¿Eres tú..., tú...? ¡Pepe!
Y se lanzó contra los hierros, como si buscase verle
mejor, devorarle con los ojos.
Permanecieron silenciosos breves instantes. Ella,
pasada la primera impresión, mostró profundo desaliento; sus ojos se llenaban de
lágrimas, tributo pagado a la decepción horrible. Él absorbía con la mirada la
degradación de aquella ruina, que parecía haber recogido en su persona la vejez
y la inmundicia de todo presidio... ¡Dios, cuán fea era! Tragándose el llanto,
sofocando su tristeza, la Pelusa fue la primera en romper el silencio, como si
deseara terminar cuanto antes aquella escena penosa y difícil.
-¿Vienes a despedirte?... Bien hecho; se estima. Mira:
yo, mientras viva, no te olvidaré.
Y bajó la cabeza para no mirarle; dijérase que su
presencia le causaba daño, revolviendo el rescoldo de su cariño de la
entraña..., condenado a extinguirse.
-No, Lucía; vengo no más a verte. Ni me despido ni me
voy... Vengo a decirte... que soy el mismo... y a cumplirte la palabra.
Pepe profirió esto con fuerza, con acometividad,
ofendiéndole la sospecha de que aquella entrevista pudiese ser la última.
Entonces la «chucha» se atrevió a contemplarle; pero con expresión de tierna
lástima, a estilo de madre que agradece dulces mentiras del hijo.
-No quieres darme mal rato... Bien, hombre... Dios te
lo pague; pero ya ves como soy: vieja, un susto, y, además, poca salud... ¡Si
supieras qué guerra les doy a las pobres hermanas con este corazón que siempre
me está doliendo!...
Se detuvo al llegar aquí, cual si se avergonzase. Su
cara, de una palidez blanduzca, tono de cera amasada con arcilla, se coloreó,
animándose. Hizo un esfuerzo y continuó:
-Estoy aquí por ladrona; no he hecho otra cosa en mi
vida sino robar... Y a ti, ¡basta verte!, tienes cara de bueno; habrás venido
por alguna desgracia..., vamos, por bronca o cosa parecida. No me engañes, ¿para
qué?... No vas a salir con que me quieres, hijo... Mirame bien... ¡Si puedo ser
tu madre!
Impresionado por las palabras de la reclusa, Pepe
quería discutirlas, y las acogía con furiosos movimientos de cabeza; pero Lucía
prosiguió, sin darle tiempo a que protestase:
-Estoy más enferma de lo que parece; después de este
trago, ya sé que no salgo de aquí con vida, ¡ay, cómo me duele el perro
corazón!... Es que me han engañado; yo creí que eras uno de tantos, un verdadero
«chucho», uno del presidio... Y por eso te quise; ¡nada, cosas que se le ponen a
una en la cabeza; humo que se le mete allí!... ¡Y estaba yo más atontecida! ¡Ea,
hombre!, márchate y no te acuerdes del santo de mi nombre, Dios te dé suerte,
cuanta mereces, y que encuentres una mujer según necesitas... Porque tú vales un
imperio... ¡Eres mucho mozo, caramba!
Lo murmuraba con el alma entera, pegando su pobre
cabeza de caricatura a los hierros, apretando contra ellos sus manos
descarnadas, ansiosas de tocar al deseado de sus ensueños, que se presentaba en
la realidad, joven, arrogante y con aquel aire de bondad y simpatía...
-No, Pelusa -contestó el mocetón con entereza-. Yo soy
muy hombre, y los hombres sólo tenemos una palabra. Prometí casarme contigo y
esperaré a que salgas. No vengo a despedidas, sino a que me conozcas..., y a
decirte hasta luego. ¿Si te creerás que se olvidan seis años de sacrificios, de
vestirme y matarme el hambre, mientras tú sabe Dios lo que comerías y como
vivirías?... Pues ni que fuera yo un señorito de esos que viven estrujando a las
mujeres...
Seguía la Pelusa agarrada a los hierros, y vacilaba lo
mismo que si aquellas palabras cayesen con tremenda pesadumbre sobre su cuerpo
endeble.
-Pero ¿va de veras? -murmuró, con voz ronca-. ¿Serás
capaz de quererme así como soy?... ¿Vas a esperarme todo un año?
-Mira, Pelusa -continuó el muchacho- yo no sé si te
quiero como a las otras mujeres. Lo que te digo es que no pienso irme y no me
iré... ¿Que no eres guapa, guapa? Conformes. ¿Pero es que en el mundo sólo las
guapas han de encontrar quien las quiera? No me importa lo que fuiste ni por qué
entraste aquí: a mi lado serás otra cosa. Esperaré trabajo, el director, que es
bueno, me empleará en las obras de la casa, si es preciso pasaré necesidad,
pediré limosna... Lo que te aseguro es que no me largo, y que ahora soy yo,
¡yo!, quien traerá a su «chucha» ropa y comida.
Lucía cerraba los ojos. Parecía que le deslumbraban las
fogosas palabras de aquel hombre, y echaba atrás el rostro contraído por
grotesca mueca que expresaba asombro y felicidad.
-Tengo aquí clavado el agradecimiento -prosiguió Pepe-
y ganas de llorar cuando pienso en lo que has hecho por mí. ¿Dices que podrías
ser mi madre? Lo serás si quieres; yo no he conocido a la mía. Sales y viviremos
juntos; trabajaré para ti sin pensar más en copas ni en amigos; a mi lado
engordarás y te remozarás, ¡y a no acordarse de este sitio! Tu aquí encontraste
un hombre de bien, y yo la primera mujer de mi vida.
-¡Dios mío!... ¡Virgen Santísima! ¡Virgen!...
Era la Pelusa, que se desplomaba lentamente, mientras
sus manos se cubrían de arañazos al desasirse y deslizarse por el enrejado duro
y pinchador.
Cayó como un fardo de harapos, estremeciéndose,
balbuciendo entre convulsiones, con vocecilla infantil:
-¡Pepe, Pepe mío!
Las dos monjas, mudos testigos de la entrevista, vieron
caer a la Pelusa y corrieron para recoger del suelo aquel montón de infelicidad.
Otras monjas, atraídas por los gritos, comenzaron por
expulsar a Pepe del locutorio; a pesar de sus ruegos y exclamaciones, las
hermanas no se daban cuenta de lo ocurrido. Si gustaba podía volver otro día,
con permiso del director...
Pero ni lo pidió ni tuvo que buscar trabajo. ¿Para qué?
Al día siguiente la Pelusa era borrada del registro del penal. El soplo de
ventura y de vida que el «chucho» había llevado consigo al locutorio rompió el
corazón de la miserable y la hizo libre. |
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El vino del mar
Al reunirse en el embarcadero para estibar el balandro
Mascota, los cinco tripulantes salían de la taberna disfrazada de café llamada
de «América» y agazapada bajo los soportales de la Marina fronterizos al
Espolón; tugurio donde la gentualla del muelle: marineros, boteros, cargadores y
«lulos», acostumbra juntarse al anochecer. De cien palabras que se pronuncien en
el recinto oscuro, maloliente, que tiene el piso sembrado de gargajos y
colillas, y el techo ahumado a redondeles por las lámparas apestosas, cincuenta
son blasfemias y juramentos, otras cincuenta suposiciones y conjeturas acerca
del tiempo que hará y los vientos reinantes. Sin embargo, no se charla en
«América» a proporción de lo que se bebe; la chusma de zuecos puntiagudos,
anguarina embreada y gorro catalán es lacónica, y si fueseis a juzgar de su
corazón y sus creencias por los palabrones obscenos y sucios que sus bocas
escupen, os equivocaríais como si formaseis ideas del profundo Océano por los
espumarajos que suelta contra el peñasco.
Acababan de sonar las ocho en el reloj del Instituto
cuando acometieron aquellos valientes la faena de la estibadura, entre gruñidos
de discordia. Y no era para menos. ¿Pues no se emperraba el terco del patrón en
que la carga de bocoyes de vino, si había de ir como siempre en la cala, fuese
sobre cubierta? Aquello no lo tragaba un marinero de fundamento como tío
Reimundo, alias Finisterre, que había visto tanta mar de Dios. Ahí topa la
diferencia entre los que navegaron en mares de verdad, donde hay tiburones y
huracanes, y los que toda la vida chapalatearon en una ponchera. ¡Zantellas del
podrido rayo! ¿Quería el patrón que el barco se les pusiese por sombrero? ¡Era
menester estar loco de la cabeza, corcias! ¡Para más, en noche semejante, con lo
falsa que es esa costa de Penalongueira, y habiendo empezado a soplar el Sur, un
viento traidor que lleva de la mano el cambiazo al «Nordés»! No se la pegaba al
tío Reimundo la calma de la bahía, sobre cuya extensión tersa y plácida
prolongaban las mil luces de la ciudad brillantes rieles de oro; al viejo le
daba en la nariz el aire «de allá», de mar adentro, la palpitación del oleaje
excitado por la mordedura de la brisa. Todo esto, a su manera, broncamente, a
media habla, lo dijo Finisterre. El Zopo, otro experto, listo de manos y
contrahecho de pies, opinaba lo mismo.
Pero Adrián y el Xurel -mozalbetes que acababan de
alegrarse unas miajas con tres copas de caña legítima y sentían duplicados sus
bríos- ya estaban rodando los bocoyes para encima de la Mascota. Sabedores de
que aquellos toneles encerraban vino, los manejaban con fiebre de alegría
codiciosa, calculando la suma de goces que encerraban en sus panzas colosales.
¿A ellos qué les importaban los gruñidos de Finisterre? Donde hay patrón no
manda marinero.
Entre gritos furiosos para pujar mejor, el «¡ahiaaá!» y
el «¡eieiea!» del esfuerzo, acabóse la estibadura en una hora escasa. Sobre el
cielo, antes despejado, se condensaban nubes sombrías, redondas, de feo cariz.
Un soplo frío rizaba la placa lisa del agua. Juró Finisterre entre dientes y
renegó el patrón de los agoreros miedosos. Mejor si se levantaba viento; ¡así
irían con la vela tan ricamente! El balandro no era una pluma, y necesitaba
ayuda, ¡carandia! Y ocupó su lugar, empuñando el timón. ¡Ea, hala, rumbo avante!
Como por un lago de aceite marcharon mientras no
salieron de la bahía. Según disminuía y se alejaba la concha orlada de
resplandor y el rojo farol del Espolón llegaba a parecer un punto imperceptible,
y otro la luz verde del puerto, el vientecillo terral insistía, vivaracho, como
niño juguetón. Habían izado la cangreja, y la Mascota cortó el oleaje más
aprisa, no sin cabecear. Descasaban los remeros, bromeando. Sólo Finisterre se
ponía fosco. A cada balance de la embarcación le parecía ver desequilibrarse la
carga.
Ya transponía la barra, y el alta mar luminosa, agitada
por la resaca, se extendía a su alrededor. Para «poncheras» según el
despreciativo dicho del tío Reimundo, la ponchera «metía respeto». El patrón, a
quien se le iba disipando el humo de la caña, fruncía las cejas, sintiendo
amagos de inquietud. Puede que tuviese razón aquel roñicas de Finisterre; la
mar, sin saber por qué, no le parecía «mar de gusto»... Tenía cara de zorra,
cara de dar un chasco la maldita...
Al vientecillo se le antojó dormirse, y una especie de
calma de plomo, siniestra, abrumadora, cayó encima. Fue preciso apretar en los
remos porque la vela apenas atiesaba. El balandro gemía, crujía, en el penoso
arranque de su marcha lenta. Súbitas rachas, inflando la cangreja un momento,
impulsaban la embarcación, dejándola caer después más fatigada, como espíritu
que desmaya al perder una esperanza viva. Y cuando ya veían a estribor la costa
peligrosa de Penalongueira, que era preciso bordear para llegarse al puertecillo
de Dumia y desembarcar el género, se incorporó de golpe Finisterre, soltando un
terno feroz. Acababa de percibir, allá a lo lejos ese ruido sordo y fragoroso de
la tempestad repentina, del salto del aire que azota de pronto la masa líquida y
desata su furor. El patrón, enterado, gritaba ya la orden de arriar la vela.
Aquello fue ni visto ni oído.
Enormes olas, empujándose y persiguiéndose como leonas
enemigas, jugaban ya con el balandro, llevándolo al abismo o subiéndolo a la
cresta espantosa. De cabeza se precipitaba la embarcación, para ascender
oblicuamente al punto. El patrón, sintiendo su inmensa responsabilidad, hacía
milagros, animando, dirigiendo. ¡La tormenta! ¡Bah! Otras había pasado y salido
con bien, gracias a Dios y a Nuestra señora de la Guía, de quien se acordaba
mucho entonces, con ofrecimientos de misa y excotos de barquitos, retratos de la
Mascota para colgar en el techo del santuario... Verdad; no era el primer
temporal que corrían; pero..., no llevaban la carga estibada sobre cubierta,
sino en el fondo de la cala, bien apañadita, como Dios manda y se requiere entre
la gente del oficio. Y los que había cometido aquella barbaridad supina, ahora,
a pesar de las furiosas voces de mando de patrón, perdían los ánimos para remar,
como si sintiesen en las atenazadas mejillas el húmedo beso de la muerte... Sólo
una resolución podía salvarlos. Finisterre la sugirió, mezclando las
interjecciones con rudas plegarias. El patrón resistía, pero el cariño a la vida
tira mucho, y por unanimidad resolvió largar al agua los malditos bocoyes.
¡Afuera con ellos, antes de que se corriesen a una banda y sucediese lo que se
estaba viendo venir! Sin más ceremonias empujaron una de las barricas para
lanzarla por encima de la borda...
Los que intentaron la faena sólo tuvieron tiempo de
retroceder a saltos. La barrica andaba; la barrica se les venía encima ella
sola. Y las demás, como rebaño de monstruos panzudos la seguían. Corrían,
rodaban locas de vértigo, a hacinarse sobre la banda de babor, y el balandro,
hocicando, con la proa recta a la sima, daba espantoso salto, el pinche-carneiro
vaticinado por Finisterre, y soltando en las olas toda su carga, barricas y
hombres, flotaba quilla arriba, como una cáscara de nuez.
La primera noticia del naufragio se supo en el
puertecillo de Ángeles, frontero a la bahía, porque dos bocoyes salieron allí, a
la madrugada, y quedaron varados en la playa al retirarse la marea. Corrió el
rumor de la presa, y se apiñaron en la orilla más de cien personas -pescadores,
aldeanos, carreteros, carabineros, sardineras, mujerucas, chiquillería-. Nadie
ignoraba lo que significa la aparición de bocoyes llenos en una playa de la
costa. Aún les retumbaba en los oídos el bramar de la tormenta. Pero ahora hacía
un sol hermoso, un día magnífico, «criador». Era domingo; por la tarde bailarían
en el castañal; y con la presa, no había de faltar vino para remojar la gorja.
¡Nadie hizo comentarios tristes, sino los pescadores, que, sin embargo, se
consolaron pensando en el rico vientre de las barricas...! Solo una vejezuela,
que había perdido a su mozo, su hijo, de veinte años, en un lance de mar, escapó
de la playa dando alaridos y apostada cerca del carro en el cual fueron llevados
los toneles al campo de la romería, chillaba:
-¡No, bebades, no bebades! Ese vino sabe a la sangre de
los hombres y al amarguío de la mar.
Le hicieron el mismo caso que los tripulantes del
balandro a Finisterre. |
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Fuego a bordo
-Cuando salimos del puerto de Marineda -serían, a todo
ser, las diez de la mañana- no corría temporal; sólo estaba la mar rizada y de
un verde..., vamos, un verde sospechoso. A las once servimos el almuerzo, y
fueron muchos pasajeros retirándose a sus camarotes, porque el oleaje, no bien
salimos a alta mar, dio en ponerse grueso, y el buque cabeceaba de veras.
Algunos del servicio nos reunimos en el comedor, y mientras llegaba la hora de
preparar la comida nos divertíamos en tocar el acordeón y hacer bailar al pinche,
un negrito muy feo; y nos reíamos como locos, porque el negro, con las cabezadas
de la embarcación y sus propios saltos, se daba mil coscorrones contra el
tabique. En esto, uno de los muchachos camareros, que les dicen estuarts, se
llega a mí:
-Cocinero, dos fundas limpias, que las necesito.
-Pues vaya usted al ropero y cójalas, hombre.
-Allá voy.
Y sin más, entra y enciende un cabo de vela para
escoger las fundas.
¡Aquel cabo de vela! Nadie me quitará de la cabeza que
el condenado..., ¡Dios me perdone!, el infeliz del camarero, lo dejó encendido,
arrimado a los montones de ropa blanca. Como un barco grande requiere tanta
blancura, además de las estanterías llenas y atestadas de manteles, sábanas y
servilletas, había en el San Gregorio rimeros de paños de cocina, altos así, que
llegaban a la cintura de un hombre. Por fuerza, el cabo se quedó pegadito a uno
de ellos, o cayó de la mesa, encendido, sobre la ropa. En fin: era nuestra
suerte, que estaba así preparada.
Yo no sé qué cosa me daba a mí el cuerpo ya cuando
salimos de Marineda. Siempre que embarco estoy ocho días antes alegre como unas
castañuelas, y hasta parece que me pide el cuerpo algo de broma con los amigos y
la familia. Pues de esta vez..., tan cierto como que nos hemos de morir...,
tenía yo el viaje atravesado en el gaznate, y ni reía ni apenas hablaba. La
víspera del embarque le dije a mi esposa:
-Mujer, mañana tempranito me aplancharás una camisola,
que quiero ir limpio a bordo.
Por la mañana entró con la camisola, y le dije:
-Mujer, tráeme el pequeño que mama.
Vino el chiquillo y le di un beso, y mandé que me lo
quitasen pronto de allí, porque las entrañas me dolían y el corazón se me subía
a la garganta. También la víspera fui a casa del segundo oficial, el señorito de
Armero, y estaba la familia a la mesa; y la madre, que es así, una señora muy
franca, no ofendiendo lo presente, me dijo:
-Tome usted esta yema, Salgado.
-Mil gracias, señora; no tengo voluntad.
-Pues lléveles éstas a los niños... ¿Y qué le pasa a
usted, que está qué sé yo cómo?
-Pasar, nada.
-¿Y qué le parece el viaje, Salgado?
-Señor, la mar está bella, y no hay queja del tiempo.
-No, pues usted no las tiene todas consigo. Le noto
algo en la cara.
Para aquel viaje había yo comprado todos los chismes
del oficio; por cierto que en la compra se me fue lo último que me quedaba:
setenta duretes. Los chismes eran preciosos: cuchillos de lo mejor, moldes
superiores, herramientas muy finas de picar y adornar; porque en el barco, ya se
sabe: le dan a uno buena batería de cocina, grandes cazos y sartenes, carbón
cuanto pida, y víveres a patadas; pero ciertas monaditas de repostería y de
capricho, si no se lleva con qué hacerlas... Y como yo tengo este pundonor de
que me gusta sobresalir en mi arte y que nadie me pueda enseñar un plato... Por
cierto que esta vanidad fue mi perdición cuando sostuve restaurante abierto. Me
daba vergüenza que estuviese desairado el escaparate, sin una buena polla en
galantina, o solomillo mechado, o jamón en dulce, o chuletas bien panadas y con
su papillotito de papel en el hueso... Y los parroquianos no acudían; y los
platos se morían de viejos allí; y cuando empezaban a oler, nos los comíamos por
recurso; mis chiquillos andaban mantenidos con trufas y jamón, y el bolsillo se
desangraba... Si no levanto el restaurante, no sé qué sería de mí; de manera que
encontrar colocación en el barco y admitirla fue todo uno. Pensaba yo para mi
chaleco: «Ánimo, Salgado; de veintiocho duros que te ofrecen al mes, mal será
que no puedas enviarle doce o quince a la familia. No es la primera vez que te
embarcas; vámonos a Manila; ¿quién sabe si allí te ajustas en alguna fonda y te
dan mil o mil quinientos reales mensuales, y eres un señor?». Lo dicho: la
suerte, que arregla a su modo nuestros pasos... Estaba de Dios que yo había de
perder mis chismes, y pasar lo que pasé, y volver a Marineda desnudo.
¿En qué íbamos? Sí, ya me acuerdo. Faltaría hora y
media para la comida, cuando me pareció que por la puerta del ropero salía humo.
El que primero lo notó no se atrevía a decirlo: nos mirábamos unos a otros, y
nadie rompía a gritar. Por fin, casi a un tiempo, chillamos:
-¡Fuego! ¡Fuego a bordo!
Mire usted, no cabe duda: lo peor, en esos momentos en
que se suceden cosas horrorosas, es aturdirse y perder la sangre fría. Si cuando
corrió el aviso se pudiese dominar el pánico y mantener el orden; si media
docena de hombres serenos tomasen la dirección, imponiéndose, y aislasen el
fuego en las tripas del barco, estoy seguro de que el siniestro se evitaba. Yo,
que todo lo presencié, que no perdí detalle, puedo jurar que no entiendo cómo en
un minuto se esparció la noticia, y ya no se vieron sino gentes que corrían de
aquí para allí, locas de miedo. Para mayor desdicha empezaba a anochecer, y la
mar cada vez más gruesa y el temporal cada vez más recio aumentaba el susto.
Aquello se convirtió en una Babel, donde nadie se entendía ni obedecía a las
voces de mando.
El capitán, que en paz descanse, era un mallorquín de
pelo en pecho, valentón, y no tiene que dar cuenta a Dios de nada, pues el
pobrecillo hizo cuanto estuvo en su mano; pero le atendían bien poco. Acaso
debió levantar la tapa de los sesos a alguno para que los demás aprendiesen;
bueno, no lo hizo; él fue el primero a pagarlo, ¡cómo ha de ser! Nos metimos él
y yo por el corredor de popa, con objeto de ver qué importancia tenía el
incendio; y apenas abrimos la puerta de hierro, nos salió al paso tal columna de
humo y tal cortina de llamas, que apenas tuvimos tiempo a retroceder, cerrar y
apoyarnos, chamuscados a medio asfixiar, en la pared. Yo le grité al capitán:
-Don Raimundo, mire que se deben cerrar también las
puertas de hierro a la parte de proa.
Él daría la orden a cualquiera de los que andaban por
allí atortolados; puede que el tercero de abordo; no sé; lo cierto es que no se
cumplió, y en no cumplirse estuvo la mitad de la desgracia. Nosotros, a toda
prisa, nos dedicamos a refrescar con chorros de agua las puertas de hierro, para
que el horno espantoso de dentro no las fundiese y saltasen dejando paso a las
llamas. ¿De qué nos sirvió? Lo que no sucedió por allí sucedió por otro lado.
Nos pasamos no sé cuánto tiempo remojando la placa, envueltos en humareda y
vapor; mas al oír que por la proa salían las llamas ya, se nos cansaron los
brazos, y huyendo de aquel infierno pasamos a la cubierta.
Verdaderamente cesó desde entonces la batalla con el
fuego y las esperanzas de atajarlo, y no se pensó más que en el salvamento; en
librar, si era posible, la piel; eso, los que aún eran capaces de pensar; porque
muchísimos se tiraron al suelo, o se metieron a arrancarse el pelo por los
rincones, o se quedaron hechos estatuas, como el tercero de a bordo, que tan
pronto se declaró el incendio se sentó en un rollo de cuerdas y ni dijo media
palabra, ni se meneó ni soñó en ayudarnos.
A las dos horas de notarse el fuego la máquina se paró.
Si no se para, tenemos la salvación casi segura; ardiendo y todo, llegaríamos al
puerto. Lo que recelábamos era que el vapor comprimido y sin desahogo hiciese
estallar la caldera. Todos preguntábamos al engineer, un inglés muy tieso, muy
callado y con un corazón más grande que la máquina. No se meneaba de su sitio,
ni se demudó poco ni mucho; abrió todas las válvulas, y nos dijo con flema:
-Mi responde con mi head, máquina very-good, seguros
por ella no explosión.
Al ver que la pobre de la máquina se paraba, nos
quedamos, si cabe, más aterrados; no creíamos que el incendio llegase hasta
donde, por lo visto, llegaba ya; comprendimos que el fuego no estaba localizado
y contenido sino que era dueño de todo el interior del buque y no había más
remedio que cruzarse de brazos y dejarle hacer su capricho.
-¡Barco perdido, don Raimundo! -dije al capitán.
-Barco perdido, Salgado.
-¿Y nosotros?
-Perdidos también.
-Esperanza en Dios, don Raimundo. Y él se echó las
manos a la cabeza, y dijo de un modo que nunca se me olvida:
-¡Dios!
Yo no sé qué le habíamos hecho a Dios los trescientos
cristianos que en aquel barco íbamos; pero algún pecado muy gordo debió de ser
el nuestro para que así nos juntase castigos y calamidades. De cuantas noches de
temporal recuerdo -y mire usted que algo se ha navegado-, ninguna más atroz, más
furiosa que aquella noche. Una marejada frenética; el barco no se sostenía; ola
por aquí, ola por acullá; montes de agua y de espuma que nos cubrían; ya no era
balancearse; era despeñarse, caer en un precipicio; parecía que la tormenta
gozaba en movernos y abanicarnos para avivar el incendio. Soplaba un viento
iracundo; llovía sin cesar; y la noche, tan negra, tan negra, que sobre cubierta
no nos veíamos las caras. Unos lloraban de un modo que partía el corazón; otros
blasfemaban; muchos decían: «¡Ay, mis pobres hijos!». No entiendo cómo el
timonel era capaz de estarse tan quieto en su puesto de honor, manteniendo fijo
el rumbo del barco para que no rodase como una pelota por aquel mar loco.
Pronto empezaron a alumbrarnos las llamas, que salían
por la proa, no ya a intervalos, sino continuamente, igual que si desde adentro
las soplasen con fuelles de fragua. Lo tremendo de la marejada hizo que no se
pensase en esquifes; meterse en ellos se reducía a adelantar la muerte. En esto
gritaron que se veía embarcación a sotavento.
¡Un buque! Desde que se declaró el incendio no habíamos
cesado de disparar cohetes y fuegos de bengala, con objeto de que los buques, al
pasar cerca de nosotros, comprendiesen que el barco incendiado contenía gente
necesitada de socorro. Y vea usted cómo Dios, a pesar de lo que dije antes,
nunca amontona todas las desgracias juntas. Aún tenemos que agradecerle que el
sitio del siniestro es un punto de cruce, donde se encuentran las embarcaciones
que hacen rumbo al Atlántico y al Mediterráneo. Pocas millas más adelante ya no
sería fácil hallar quien nos socorriese.
Al ver el buque, la gente se alborotó, y los más
resueltos arriaron los esquifes en un minuto. Allí no había capitán, ni
oficiales, ni autoridad de ninguna especie; los contramaestres se cogieron el
esquife mejor, y cabiendo en él treinta personas, resultó que lo ocuparon sólo
cinco. Ya se sabe lo que hace el miedo a morir; ni se repara en el peligro, ni
hay compasión, ni prójimo. Sin mirar lo furioso del oleaje y lo imposible que
era nadar allí, se echaron al mar muchísimas personas por meterse en los
esquifes. Aún parece que oigo las voces con que decían al contramaestre.
-¡Espere, nuestramo Nicolás, espere por la madre que le
parió; la mano, nuestramo!
Y él, en su maldita jerga catalana, respondía:
-N'om fa res; n'om fa res.
Y cuando los infelices querían halarse al esquife y se
agarraban a la borda, los de adentro, desenvainando cuchillos, amenazaban
coserlos a puñaladas.
De esta vez hubo ya bastantes víctimas; los esquifes se
alejaron, y nuestra esperanza con ellos. Después de recoger a aquellos primeros
náufragos, el buque siguió su rumbo, porque no le permitía mantenerse al pairo
el temporal.
A todo esto, ¡si viese usted cómo iba poniéndose la
cubierta! Oíamos el roncar del incendio, que parecía el resoplido de un
animalazo feroz, y a cada instante esperábamos ver salir las llamas por el
centro del buque y hundirse la cubierta. Nos arrimábamos cuanto podíamos a la
parte de popa, pues además el calor del suelo se hacía insoportable, y del piso
de hierro cubierto con planchas de madera salían, por los agujeros de los
tornillos, llamitas cortas, igual que si a un tiempo se inflamasen varias
docenas de fósforos, sembrados aquí y acullá. Ya ni el frío ni la oscuridad eran
de temer; ¡qué disparate!, buena oscuridad nos dé Dios: la popa algunas veces
estaba tan clara como un salón de baile; iluminación completa: daba gusto ver el
horizonte cerrado por unas olas inmensas, verdes y negruzcas, que se venían
encima, y sobre las cuales volaba una orillita de espuma más blanca que la
nieve. También divisamos otro buque, un paquebote de vapor, que se paraba, sin
duda, para auxiliarnos. ¡Estaba tan lejos! Con todo, la gente se animó. El
segundo, el señorito de Armero, se llegó a mí y me tocó en el hombro.
-Salgado, ¿puede usted bajar a la cámara? Necesito un
farol.
-Mi segundo, estoy casi ciego... Con el calor y el humo
me va faltado la vista.
-Aunque sea a tientas..., quiero un farol.
Vaya, no sé yo mismo cómo gateé por las escaleras; la
cámara era un horno; el farol todavía estaba encendido; lo descolgué y se lo
entregué al segundo, convencido de que le daba el pasaporte para la eternidad,
pues el esquife en que él y otros cuantos se decidieron a meterse era el más
chico y estaba muy deteriorado. Lo arriaron, y por milagro consiguieron sentarse
en él sin que zozobrase. Entonces empezó la gente a lanzarse al mar para
salvarse en el esquife, y pude notar que, apenas caían al agua, morían todos.
Alguno se rompió la cabeza contra los costados del buque; pero la mayor parte,
sin tropezar en nada, expiró instantáneamente. ¿Era que hervía el agua con el
calor del incendio y los cocía? ¿Era que se les acababan las fuerzas? Lo cierto
es que daban dos paladitas muy suaves para nadar, subían de pronto las rodillas
a la altura de la boca, y flotaban ya cadáveres.
Los del esquife remaban desesperadamente hacia el barco
salvador. Supe después que a la mitad del camino, notaron que el esquife, roto
por el fondo, hacía agua y se sumergía; que pusieron en la abertura sus
chaquetas, sus botas, cuanto pudieron encontrar; y no bastando aún, el señorito
de Armero, que es muy resuelto, cogió a un marinerillo, lo sentó o, por mejor
decir, lo embutió en el boquete, y le dijo (con perdón):
-¡No te menees, y tapa con el...!
Gracias a lo cual llegaron al buque y les pudimos ver
ascendiendo sobre cubierta. No sé si nos pesaba o no el habernos quedado allí
sin probar el salvamento. ¡Los muertos ya estaban en paz, y los salvados..., qué
felices! El buque aquel tampoco se detenía; era necesario aguardar a que Dios
nos mandase otro, y resistir como pudiésemos todo el tiempo que tardase. Es
verdad que nuestro San Gregorio aún podía durar. Al fin, era un gran vapor de
línea, con su cargamento, y daba qué hacer a las llamas. El caso era refugiarse
en alguna esquina para no perecer abrasados.
Al capitán se le ocurrió la idea de trepar a la cofa
del gran árbol de hierro, del palo mayor. Mientras el barco ardía, creyó él
poder mantenerse allí, seguro y libre de las llamas, como un canario en su
jaula. Yo, que le vi acercarse al palo, le cogí del brazo en seguida.
-No suba usted, capitán; ¿pues no ve que el palo se
tiene que doblar en cuanto se ponga candente?
El pobre hombre, enamorado del proyecto, daba vueltas
alrededor del palo estudiando su resistencia. Creo que si más pronto le anuncio
la catástrofe, más pronto sucede. El árbol..., ¡pim!, se dobló de pronto, lo
mismo que el dedo de una persona, y arrastrado por su peso, besó el suelo con la
cima. Por listo que anduvo el capitán, como estaba cerca, un alambre candente de
la plataforma le cogió el pie por cerca del tobillo y se lo tronzó sin sacarle
gota de sangre, haciendo a un tiempo mismo la amputación y el cauterio; respondo
de que ningún cirujano se lo cortaba con más limpieza. Le levantamos como se
pudo, y colocando un sofá al extremo de la popa, le instalamos del mejor modo
para que estuviese descansado. Se quejaba muy bajito, entre dientes, como si
masticase el dolor, y medio le oí: «¡Mi pobre mujer!, ¡mis hijitos queridos!,
¿qué será de ellos?». Pero de repente, sin más ni más, empezó a gritar como un
condenado, pidiendo socorro y medicina. ¡Sí, medicina! ¡Para medicinas
estábamos! Ya el fuego había llegado a la cámara y a pesar del ruido de la
tormenta oíamos estallar los frascos del botiquín, la cristalería y la vajilla.
Entonces el desdichado comenzó a rogar, con palabras muy tristes, que le
echásemos al agua, y usando, por última vez, de su autoridad a bordo, mandó que
le atásemos un peso al cuerpo. Nos disculpamos con que no había con qué atarle,
y él, que al mismo tiempo estaba sereno, recordó que en la bitácora existe una
barra muy gruesa de plomo, porque allí no puede entrar ni hierro ni otro metal
que haga desviar la aguja imantada. Por más que nos resistimos, fue preciso
arrancarla y colgársela del cuello, y como el peso era grande y le obligaba a
bajar la cabeza, tuvo que sostenerlo con las dos manos, recostándose en el
respaldo del sofá. Como llevaba en el bolsillo su revólver, lo armó, y suplicó
que le permitiesen pegarse un tiro y le arrojasen al mar después. ¡Naturalmente
que nos opusimos! Le instamos para que dejase amanecer; con el día se calmaría
la tormenta, y algún barco de los muchos que cruzaban nos salvaría a todos. Le
porfiábamos y le hacíamos reflexiones de que el mayor valor era sufrir. Por
último desmontó y guardó el revólver, declarando que lo hacía por sus hijos nada
más. Se quejó despacito y se empeñó en que habíamos de buscar y enseñarle el pie
que le faltaba. ¿Querrá usted creer que anduvimos tras del pie por toda la
cubierta y no pudimos cumplirle aquel gusto?
Después del lance del capitán, ocurrió el del oficial
tercero, y se me figura que de todos los horrores de la noche fue el que más me
afectó. ¡Lo que somos, lo que somos! Nada; una miseria. El tercero era un joven
que tenía su novia, y había de casarse con ella al volver del viaje. La quería
muchísimo, ¡vaya si la quería! Como que en el viaje anterior le trajo de Manila
preciosidades en pañuelos, en abanicos de sándalo, en cajitas en mil monadas. No
obstante... o por lo mismo... en fin ¡qué sé yo! Desgracias y flaquezas de los
mortales..., el pobre andaba triste, preocupado, desde tiempo atrás. Nadie me
convencerá de que lo que hizo no lo hizo «queriendo» porque ya lo tenía pensado
de antes y porque le pareció buena la ocasión de realizarlo. Si no, ¿qué trabajo
le costaba intentar el salvamento con el señorito de Armero? Ya determinado a
morir, tanto le daba de un modo como de otro, y al menos podía suceder que en el
esquife consiguiese librar la piel. Bien; no cavilemos. El no dio señales de
pretender combatir el fuego, y mientras nosotros manejábamos el «caballo» y
soltábamos mangas de agua contra las puertas, envueltos en llamas y humo, él,
quietecito y como atontado. Al marcharse el señorito de Armero, le llamó a la
cámara para entregarle su reloj, un reloj precioso con tapa de brillantes, y dos
sortijas muy buenas también, encargándole que se las llevase a su novia como
recuerdo y despedida. Lo que yo digo; el hombre se encontraba resuelto a morir.
Luego subió a popa, y le vi sentado, muy taciturno, con la cabeza entre las
manos.
A dos pasos me coloqué yo. Él se volvió y me dijo:
-Cocinero, ¿tiene usted ahí un cigarro?
-Mi oficial, sólo tengo picadura en el bolsillo del
chaquetón... Pero este tiene tabacos, de seguro... añadí, señalando a un
camarero que estaba allí cerca.
¿Querrá usted creer que el bruto del camarero se
resistía a meter la mano en el bolsillo y soltar el cigarro?
-Animal -le grité-, no seas tacaño ahora. ¿De qué te
servirá el tabaco, si vamos todos a perecer?
En vista de mis gritos, el hombre aflojó el cigarro. El
tercero lo encendió y daría, a todo dar, tres chupadas; a cada una le veía yo la
cara con la lumbre del cigarro: un gesto que ponía miedo. A la tercera chupada,
acercó a la sien el revólver, y oímos el tiro. Cayó redondo, sin un «ay».
Nadie se asustó, nadie gritó; casi puede decirse que
nadie se movió, estábamos ya de tal manera, que todo nos era indiferente. Sólo
el capitán preguntó desde el sofá:
-¿Qué es eso? ¿Qué ocurre?
-El tercero que se acaba de levantar la tapa de los
sesos.
-¡Hizo bien!
De allí a poco rato, murmuró:
-Echadle al mar.
Obedecimos, y a ninguno se le ocurrió rezar el
Padrenuestro.
¡Es que se vuelve uno estúpido en ocasiones semejantes!
Figúrese usted que en los primeros instantes recogió el capitán, de la caja,
seis mil duros y pico en oro y billetes; seis mil duros y pico que anduvieron
rodando por allí, sobre cubierta, sin que nadie les hiciese caso ni los mirase.
En cambio, al piloto se le había metido en la cabeza buscar el cuaderno de
bitácora y se desdichaba todo porque no daba con él, lo mismo que si fuese
indispensable apuntar a qué altura y latitud dejábamos el pellejo. Pues otra
rareza. En todo aquel desastre, ¿quién pensará usted que me infundía más
lástima? El perro del capitán, un terranova precioso, que días atrás se había
roto una pata y la tenía entablillada; el animalito, echado junto al timón,
remedaba a su amo, los dos iguales, inválidos y aguardando por la muerte. ¡Si
seré majadero! El perro me daba más pena.
Ya las llamas salían por sotavento y la mañana se iba
acercando ¡Qué amanecer, Virgen Santa! Todos estábamos desfallecidos, muertos de
sed, de frío, de calor, de hambre, de cansancio y de cuanto hay que padecer en
la vida. Algunos dormitaban. Al asomar la claridad del día, salió del centro del
barco una hoguera enorme; por el hueco del palo mayor se habían abierto paso las
llamas, y la cubierta iba, sin duda, a hundirse, descubriendo el volcán.
Contábamos con el suceso, y a pesar de que contábamos, nos sorprendió
terriblemente. Empezamos a clamar al Cielo, y muchos a enseñarle el puño
cerrado, preguntando a Dios.
-¿Pero qué te hicimos?
El capitán, que tiritaba de fiebre, me dijo gimiendo:
-¡Agua! ¡Por caridad, un sorbo de agua!
¡Agua! Puede que la hubiese en el aljibe. Así que lo
pensé fui hacia él y se me agregaron varios sedientos, poniendo la boca en unos
remates que tiene el aljibe y son como biberones por donde sale el agua. ¡Qué de
juramentos soltaron! El agua, al salir hirviendo, les abrasó la boca. Yo tuve la
precaución de recibirla en mi casquete y dejarla enfriar. El capitán continuaba
con sus gemidos. Tuve que dársela medio templada aún. ¡Me miró con unos ojos!
-Gracias, Salgado.
-No hay de qué, capitán... ¡Se hace lo que se puede!
La tormenta, en vez de ir a menos, hasta parece que
arreciaba desde que era de día. Para no caer al mar, nos cogíamos a la
barandilla. Pasó un barco, y por más señales que le hicimos, no se detuvo; y
debió de vernos, pues cruzó a poca distancia. A mí me dolían de un modo cruel
los ojos secos por el fuego, y cuanto más descubría el sol, menos veía yo, no
distinguiendo los objetos sino como a través de una niebla. Por otra parte, me
sentía desmayar, pues desde el almuerzo de la víspera no había comido bocado, y
se me iba el sentido. Casualmente, se encontraron sobre cubierta, descuartizadas
y colgadas, las reses muertas para el consumo del buque, y con el calor del
incendio estaban algo asadas ya. Los que nos caíamos de necesidad nos echábamos
sobre aquel gigantesco rosbif, medio crudo, y refrescábamos la boca con la
sangre que soltaba. Nos reanimamos un poco.
A mediodía sucedió lo que temíamos: quedó cortada la
comunicación entre la popa y la proa, derrumbándose con gran estrépito media
cubierta y viéndose el brasero que formaba todo el centro del barco. Salieron
las llamas altísimas, como salen de los volcanes, y recomendamos el alma a Dios,
porque creíamos que iban a alcanzarnos. No sucedió esto por dos razones:
primera, por tener el buque, en vez de obra muerta de madera, barandilla de
hierro, segunda, por estar las puertas de hierro cerradas hacia la parte de
popa, lo cual contuvo el incendio por allí, obligándole a cebarse en la proa. De
todas maneras, no debían las llamas de andar muy lejos de nuestras personas, ya
que a eso de las tres de la tarde empezamos a advertir que el piso nos tostaba
las plantas de los pies. Atamos a una cuerda un cubo, y lo subíamos lleno de
agua de mar, vertiéndolo por el suelo para refrescarlo un poco. Ya comprendíamos
lo estéril del recurso, y en medio de lo apurados que estábamos, no faltó quien
se riese viendo que era menester levantar primero un pie y luego bajar aquel y
levantar el otro para no achicharrarse. Serían las tres. El capitán me llamó
despacio
-Salgado, ¡cuánto mejor era morir de una vez!
-Para morir siempre hay tiempo, mi capitán. Aún puede
que la Virgen Santísima nos saque de este apuro.
Claro que yo se lo decía para darle ánimos; allá, en mi
interior, calculaba que era preciso hacer la maleta para el último viaje. Bien
sabe Dios que no pensaba en las herramientas que había perdido ni en mi propia
muerte, sino en los chiquillos que quedaban en tierra. ¿Cómo los trataría su
padrastro? ¿Quién les ganaría el pan? ¿Saldrían a pedir limosna por las calles?
A lo que yo estaba resuelto era a no morir asado. Miré dos o tres veces al mar,
reflexionando cómo me tiraría para no romperme la cabeza contra el casco y no
sufrir más martirio que el del agua cuando me entrase en la boca. Para acabar de
quitarnos el valor, pasó un barco sin hacer caso de nuestras señales. Le
enseñamos el puño, y hubo quien gritó:
-¡Permita Dios que te veas como nos vemos!
Ya nos rendía los brazos la faena de bajar y subir
baldes de agua, que era lo mismo que apagar con saliva una hoguera grande, y
convencidos de que perdíamos el tiempo y que era igual perecer un cuarto de hora
antes o después, el que más y el que menos empezó a pensar cómo se las
arreglaría para hacer sin gran molestia la travesía al otro barrio. Yo me
persigné, con ánimo de arrojarme en seguida al mar. ¡Qué casualidades! Hete aquí
que aparece una embarcación, y en vez de pasar de largo, se detiene.
Ya estaba el barco al habla con nosotros: una goleta
inglesa, una hermosa goleta, que desafiaba la tempestad manteniéndose al pairo.
Los que conservaban ojos sanos pudieron leer en su proa, escrito con letras de
oro, Duncan. Empezamos a gritar en inglés, como locos desesperados:
-Schooner! Schooner! Come near!
-Trhow te the water! -nos respondían a voces, sin
atreverse a acercarse.
¡Echarnos al agua! ¡No quedaba otro recurso y este era
tan arriesgado! En fin qué remedio: los esquifes no podían aproximarse, por el
temporal, y el buque menos aún. Nuestro San Gregorio, cercado por todas partes
de llamas inmensas, ponía miedo. Había que escoger entre dos muertes: una segura
y otra dudosa. Nos dispusimos a beber el sorbo de agua salada.
El primer chaleco salvavidas que nos arrojaron al
extremo de un cabo se lo ofrecimos al capitán.
-¡Ánimo! -le dijimos-. Póngase usted el chaleco, y al
mar; mal será que no bracee usted hasta la goleta.
-¡No puedo, no puedo!
-Vaya, un poco de resolución.
Se lo puso y medio murmuró gimiendo:
-Tanto da así como de otro modo.
Y acertaba. Aquello fue adelantar el desenlace, y nada
más. Se conoce que o la humedad del agua, o el sacudimiento de la caída, le
abrieron las arterias del pie tronzado, y se desangró en un decir Jesús; o acaso
el frío le produjo calambre; no sé, el caso es que le vimos alzar los brazos,
juntarlos en el aire y colarse por el ojo del salvavidas al fondo del mar.
Quedaron flotando el chaleco y la gorra, a él no le vimos más en este mundo.
Seguían echándonos, desde la goleta, cabos y
salvavidas, y la gente, visto el caso del capitán, recelaba aprovecharlos. Yo me
decidí primero que nadie. Ya quería, de un modo o de otro, salir del paso. Pero
antes de dar el salto mortal reflexioné un poco y determiné echarme de soslayo,
como los buzos, para que la corriente, en vez de batirme contra el buque, me
ayudase a desviarme de él. Así lo hice, y, en efecto, tras de la zambullida, fui
a salir bastante lejos del San Gregorio. Oía los gritos con que desde el
schooner me animaban, y oí también el último alarido de algunos de mis
compañeros a quienes se tragó el agua o zapatearon las olas contra los buques.
Yo choqué con la espalda en el casco del Duncan: un golpe terrible, que me dejó
atontado. Cuando me halaron, caí sobre cubierta como un pez muerto.
Acordé rodeado de ingleses. Me decían: ¡Go!, ¡cook!, ¡go!
¡a la cámara! Me incorporé y quise ir a donde me mandaban, pero no veía nada, y
después de tantos horrores me eché a llorar por primera vez, exclamando:
-My no look..., ciego..., enséñeme el camino.
Me levantaron entre dos y me abracé al primero que
tropecé, que era un grumete, y rompió también a llorar como un tonto. No sé las
cosas que hicieron conmigo los buenos de los ingleses. Me obligaron a beber de
un trago una copa enorme de brandy, me pusieron un traje de franela, me dieron
fricciones, me acostaron, me echaron encima qué sé yo cuántas mantas y me
dejaron solito.
¿Qué sentí aquella noche? Verá usted... Cosas muy
raras; no fue delirar, pero se le parecía mucho. Al principio sudaba algo y no
tenía valor para mover un dedo, de puro feliz que me encontraba. Después, al oír
el ruido del mar, me parecía que aún estaba dentro de él y que las olas me
batían y me empujaban aquí y allí. Luego iban desfilando muchas caras; mis
compañeros, el terceto a la luz del cigarro, el capitán y gentes que no veía
hacía tiempo, y hasta un chiquillo que se me había muerto años antes...
En fin, por acabar luego: llegamos a Newcastle, se me
alivió la vista, el cónsul nos dio una guinea para tabaco, y a los pocos días
nos embarcamos en un barco español con rumbo a Marineda ¡Qué diferencia del
buque inglés! Nuestros paisanos nos hicieron dormir en el pañol de las velas,
sobre un pedazo de lona; apenas conseguimos un poco de rancho y galleta por
comida; como si fuésemos perros.
De la llegada, ¿qué quiere usted que diga? A mi mujer
le habían dado por cierta mi muerte; en la calle le cantaban los chiquillos
coplas anunciándosela. Supóngase usted cómo estaba y cómo me recibió. Ahora he
de ir al santuario de La Guardia: no tengo dinero para misas; pero iré a pie
descalzo, con el mismo traje que tenía cuando me hallaron sobre la cubierta del
Duncan: chaleco roto por los garfios del salvavidas, pantalón chamuscado y la
cabeza en pelo; se reirán de verme en tal facha, no me importa, quiero besar el
manto de la Virgen y rezar allí una Salve.
Me faltará para pan, pero no para comprar una
fotografía del San Gregorio... ¿Ha visto usted cómo quedó? El casco parece un
esqueleto de persona, y aún humea; el cargamento de algodón arde todavía, dentro
se ve un charco negro, cosas de vidrio y de metal fundidas y torcidas...
¡Imponente!
¡Que si me da miedo volver a embarcarme! ¡Bah! ¡lo que
está de Dios..., por mucho que el hombre se defienda...! Ya tengo colocación
buscada ¿Quiere usted algo para Manila? ¿Que le traiga a usted algún juguete de
los que hacen los chinos? El domingo saldremos...
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Di al cocinero del San Gregorio unos cuantos puros.
Tiene el cocinero del San Gregorio buena sombra y arte para narrar con viveza y
colorido. Durante la narración, vi acudir varias veces las lágrimas a sus ojos
azules, ya sanos del todo. |
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La paz
Declarada la guerra entre los dos bandos enemigos, cada
cual pensó en armarse. La elección de jefes no ofrecía dificultad: Pepito Lancín
era aclamado por los de los bandos de la izquierda, y Riquito (Federico)
Polastres, por los de la derecha. Merecían los dos caudillos tan honorífico
puesto. Con su travesura y su viveza de ingenio inagotable, Pepito Lancín
conseguía siempre divertir a los compañeros de colegio, discurriendo cada día
alguna saladísima diablura y volviendo loco al catedrático de Historia, don
Cleto Mosconazo, a quien había tomado por víctima. Ya le tenía dentro del
tintero una rana viva; ya le disparaba con la cerbatana garbanzos y guisantes;
ya le untaba de pez el asiento para que se le quedasen pegadas las faldillas del
gabán; ya le colocaba un alfiler punta arriba en el brazo del sillón, donde el
señor Mosconazo tenía costumbre de pegar con la mano abierta mientas explicaba a
tropezones las proezas de Aníbal o las heroicidades de Viriato el pastor. Verdad
que, después de cada gracia, Pepito Lancín «se cargaba» su castigo
correspondiente: ya el tirón de orejas, ya el encierro a pan y agua, ya la hora
de brazos abiertos o de rodillas, y cuando algún disparo de la cerbatana hacía
blanco en la nariz del profesor, este recogía el proyectil y lo deslizaba bajo
la rótula del delincuente arrodillado. Parece poca cosa estarse de rodillas
sobre un garbanzo una horita ¿eh? ¡Pues hagan la prueba y verán lo que es bueno!
Lejos de mermar el prestigio de Pepito Lancín, los
castigos sufridos con estoicismo alegre, mezclando las muecas de burla con las
contracciones de dolor, le hacían más popular entre los muchachos. En cuanto a
Riquito Polastres, su fama reconocía otro origen; las cualidades morales e
intelectuales, la constancia y la agudeza eran privilegio de Lancín; de
Polastres, la fuerza física, unos puños como pesas de gimnasia y un pecho como
la proa de un navío. El diminutivo de Federiquito parecía un epigrama, mirando
aquel corpachón y aquellas manazas descomunales, y presenciando cómo el
muchacho, de una puñada, hacía astillas el pupitre, y de una morrada deshacía
una jeta «de hombre»; porque en esto se fundaba la gloria, la prez de Riquito; a
los doce años había calentado los morros al asistente del papá de su novia, que
quería espantarle del portal como se espanta a un perro faldero. Sí, ¡buen
faldero te dé Dios! Aún tenía el zanguango del asistente un ojo hecho una
lástima y un carrillo inflamado, de resultas de la trompada fenomenal que le
atizó Riquito...
Esta contraposición de aptitudes que se observaba en
los dos jefes de bando provocó la declaración de la guerra, porque cada día se
chungueaban los izquierdos a cuenta de los derechos, tratando a Riquito de
«mulo» y de «zoquete», y los derechos acusaban a los izquierdos de «gallinas» y
de «señoritas almidonadas», lo cual es altamente ofensivo y no puede quedar
impune. Nada, nada, a armar una guerra; el campo de batalla sería el descampado
fronterizo al hospital y a espaldas del Cuartel Nuevo; allí se vería quién es
quién, y si los de la izquierda gastan enaguas o pantalones. No ha de ser una
pedrea vulgar, como otras, sino una batalla en regla, igual que las que traen
los periódicos; se emplearán armas blancas y de fuego; cada cual recogerá de su
casa lo que encuentre, y los dos bandos se encontrarán a las seis de la mañana,
una hora antes de entrar en clase -porque después pasa gente y andan cerca «los
del orden»-, en el sitio señalado, al mando de sus jefes respectivos.
Ni un combatiente faltó de las filas.
El entusiasmo, el ardor bélico, se reflejaban en todos
los semblantes. De armamento, a decir verdad andábamos medianamente: éste traía
una pistola de salón descargada; aquél un cuchillo de mesa; lo que más abundaba
eran las navajas y los cortaplumas, los sables de juguete y algún bastón de
estoque sustraído a papá. Sin embargo, Pepito Lancín, entreabriendo su
americana, mostró con orgullosa sonrisa un cinturón de cuero y, atravesado en
él, un magnífico revólver de níquel; Riquito se retorció de envidia. ¡Un
revólver como Dios manda, un revólver de verdad! Para aplastar completamente a
su adversario, Lancín dijo con fatuidad suma:
-Cargadito con seis tiros... Y en el bolsillo cápsulas.
Sonrió Riquito con desprecio. No necesitaba armas: le
bastaban sus puños. Así lo declaró en alta voz: las armas, para los cobardes,
para las gallinas de la izquierda del colegio. Los dos bandos se hicieron muecas
y cruzaron los insultos de costumbre; después, a la voz severa de los jefes, se
replegaron para situarse en línea de batalla. De pronto, el denodado Lancín se
adelantó al centro del espacio libre y encarándose otra vez con Riquito, exclamó
perentoriamente:
-Ahora veréis lo que es el valor de los españoles.
¡Muchachos! ¡Viva España! ¡A la balloneta!
El caso es que Riquito era tan cerrado de meollo, que
al pronto no entendió la significación de aquel grito, y lo repitió
inconscientemente, haciendo coro a su enemigo. ¿Que viviese España? ¡Claro! Eso
¿qué tenía de particular? Los murmullos de su tropa le sorprendieron. ¿Por qué
protestaban y enseñaban los puños, no a los «izquierdos», sino a él, a su
excelencia el general Polastres? ¿Por qué repetían: «No nos da la gana, barajas.
¡Eso no, contra!»? Para comprender lo que sucedía fue preciso que uno de los más
despabilados «derechos» metiéndole los dedos por los ojos a su jefe, le gritase:
-¡Barajas, tonto, que no queremos ser nosotros los
mambises y que ellos sean los españoles!
Tenía razón. ¿Cómo no se le había ocurrido
inmediatamente? ¡Aquel tunarra de Lancín los quería fastidiar! ¡Ah, granuja!
Rebosando indignación, echando chispas, Polastres corrió hasta el general
enemigo, sin temor a que le envolviesen y le hiciesen prisionero viéndole solo.
Sentíase capaz de hundir las paredes con la frente; iba ciego, frenético, por lo
sangriento de la burla. Por instinto de caballerosidad, los adversarios le
aguardaron a que se explicase.
-Oye tú, Lancín, ¿quiénes éramos nosotros?
-¡Anda éste! Erais los mambises -respondió Pepito,
apretando la culata de su revólver, por el fino gusto de acariaciarla.
-¿Y vosotros?
-Eramos españoles, ya se sabe. ¿Qué habíamos de ser?
-¡Claro, como que íbamos a entrar así! No vale. ¡No se
nos antoja, barajas! ¿piensas que te moneas conmigo?
-Y entonces, ¿cómo va a ser, bruto, animal? Si no
éramos contrarios, cata que no había guerra.
-¡Pues que la haya o que no la haya! Eres muy listo tú.
Déjanos a nosotros ser españoles y ser vosotros los enemigos.
-No puedo -objetó con suprema dignidad Lancín.
-¿No? ¡Verás si puedes, rayo! Del lapo que te voy a
soltar..., te dejo negro, y estarás muy propio.
-¡Pero, adoquín, si tengo la bandera ya! -contestó
riendo triunfalmente el general Pepito, que sacó del bolsillo un trapo de
percalina amarillo y rojo, resto probablemente de algún adorno de mástil en las
últimas fiestas que había celebrado la ciudad, y lo tremoló orgulloso en el
aire, repitiendo el patriótico grito lanzado momentos antes y contestado antes y
ahora po los dos ejércitos. Al escucharlo por segunda vez, al ver ondear la
bandera la hueste de Riquito se precipitó y rodeó a Lancín, aclamando lo mismo
que él aclamaba con voces atipladas y roncas, pero con una cordialidad y alegría
que revelaba disposiciones pacíficas; y el jefe, confuso, no encontrando
solución al problema -más fácil le parecía arremeter contra todos: contra el
enemigo y contra los que se le pasaban traidoramente-, exclamó avergonzado,
llorando como un becerro:
-Me has partido... Esto «no sirve»... No puede haber
batalla... Si todos éramos españoles, no nos podíamos pegar. También te aseguro
que cuando yo te pille, y no esté delante nadie, y no tengas bandera...
-¡Vaya una gracia que harás! Tienes una fuerza que
parece de buey -contestó altivamente Lancín, disparando su revólver al aire,
mientras lo dos ejércitos fraternizaban y Riquito se arrepentía ya de su amenaza
poco generosa.
Las mamás de los guerreros nunca supieron de la que
habían escapado. |
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Suerte macabra
¿Queréis saber por qué don Donato, el de los carrillos
bermejos y la risueña y regordeta boca se puso abatido, se quedó color tierra y
acabó mu riéndose de ictericia? Fue que -oídlo bien- le cayó el premio gordo de
Navidad, los millones de pesetas...
Antes de ese acontecimiento, don Donato era un hombre
que podía llamarse feliz, si tal adjetivo no pareciese un reto al destino, que
siempre está enseñando los dientes a los mortales. Encerrado en su droguería y
herboristería de la calle de Jacometrezo, haciendo todos los días a la misma
hora las mismas cosas insípidas y rutinarias, don Donato era plácidamente
optimista; sus excesos y lujos consistían en alguna escapatoria a los teatrillos
alegres porque don Donato aborrecía la literatura triste -al teatro se va a
reír-, y sus derroches, en traerse a casa las mejores frutas y legumbres del
mercado del Carmen, pues adoraba, a fuer de obeso, los alimentos flojos.
Jugador empedernido de lotería, nunca perdió sorteo, y
no sólo se arriesgaba él, sino que tomaba parte con amigos y hasta les
encomendaba la adquisición de décimos en administraciones que por cualquier
motivo juzgaba afortunadas, dentro de las laboriosas combinaciones que realizaba
para perseguir y acorralar a la suerte, a quien un día u otro estaba cierto de
coger por las alas. ¿En qué se fundaba tal seguridad? No podía decirlo; pero le
alentaba una fe robusta, un instinto o presentimiento (llámenle los escépticos
como quieran). Supersticioso y calculista pueril, sucedíale a veces pararse en
seco ante el número de una casa o el de un coche simón y correr la
Administración a pedir el mismo número. Lo que más le confirmaba en su manía era
la circunstancia que realmente parecerá extraña a todo el que conozca la lotería
un poco: en la ya larga existencia de jugador de don Donato, que jugaba cada
sorteo, en algunos doble y triple, no le había caído, no digamos un premio
regular, pero ni una aproximación, ni un reintegro en Nochebuena, ni nada,
nada... Esta singular reserva de la fortuna le parecía a don Donato signo
infalible de que sólo se ocultaba para venir un día de pronto, fulminante,
terrible, con los brazos abiertos y las manos tendidas, llenas de oro.
Hará dos años, estudiando don Donato la marcha del
«gordo», del premio deslumbrador de Navidad, observó que desde tiempo inmemorial
no había caído en M***, y, herida su imaginación por esta circunstancia, encargó
a un amigo corresponsal que allí tenía que le tomase «un billete» nada menos. A
vuelta de correo recibió la respuesta y el número del billete adquirido, en el
cual el comprador se reservaba un décimo. Giró el dinero don Donato; guardó como
oro en paño el número y la carta comprobante, y esperó el sorteo, con fatalismo
de musulmán. Sin emoción compró la lista cuando la oyó vocear, y al fijar los
ojos en el glorioso número, una oleada de sangre afluyó a su cabeza... Era el
número adquirido en M***; el propio número...; el suyo, el esperado, el de los
millones...; allí estaba claro como la luz. ¡El premio, el premio... La Fortuna,
abierta de brazos, derramando oro con sus anchas manos pródigas!
Se repuso de pronto Don Donato. ¿Pues qué, no contaba
con aquello desde tantos años hacía? ¡Era lógico que al fin viniese! Una alegría
intensa, serena, le embargaba plácidamente, mientras corría a cerciorarse...,
aunque estaba seguro de que resultaría verdad. Y verdad resultó. No quedaba más
que recoger, cobrar y disfrutar a pulso lo cobrado.
No queriendo hacer pública su dicha, por quitarse
murgas y sablazos; pensando que nadie ejecuta las cosas mejor que el interesado,
aquella misma noche tomó en tren y no paró hasta dar con su cuerpo en M***.
Llegó a hora avanzada de la noche siguiente, molido y asendereado, como
sedentario que viaja sin ganas y por precisión, y hubo de recogerse a una posada
para aguardar con la luz del día la hora de presentarse a su corresponsal y
reclamar el billete. Al acostarse pensó en madrugar; mas de puro quebrantado le
tomó el sueño y despertó muy tarde. Vistióse, y, con indefinible sobresalto,
corrió a casa del amigo, en cuyas manos se encontraba el tesoro. En la esquina
de la calle vio gentío: monagos, mujerucas que lanzaban exclamaciones de
compasión; escuchó las notas del piporro, la salmodia de los curas; rompió por
entre la compacta muchedumbre; se abrió paso hasta el portal, y, al querer
enfilar la escalera tropezó con un ataúd que bajaba en hombros... Ya lo
adivinas, lector: encerraba el cadáver del poseedor del billete premiado.
Después de cortos momentos de angustia cruel, don
Donato se resolvió a penetrar, sin encomendarse a Dios ni al diablo, hasta el
gabinete donde lloraba la viuda. Brutalmente -millones quitan escrúpulos-
formuló la cuestión y reclamó el billete. Era de temer un desmayo: no lo hubo;
la viuda, digna y tranquila, franqueó a don Donato el mueble donde el difunto
guardaba sus papeles de mayor interés. A la primera de cambio encontraron en el
cajón central una cédula de letra del muerto, que decía así: «Día tantos..., he
comprado para el señor don Donato Galíndez, droguero en Madrid, un billete
entero de lotería, número tantos, que conservo en mi poder»... Y debajo: «Día
tanto...: recibida letra importe billete, menos un décimo que reservo para
mí...» Abrió tanto los ojos la viuda con lo del décimo, y desde aquel mismo
instante se consagraron ella y don Donato, rivalizando en celo, a registrar la
casa de abajo arriba; pero aún cuando gastaron tres días en pesquisas
minuciosas, nada pudieron encontrar. El billete había desaparecido.
Al cuarto día, don Donato, que tenía fiebre y estaba
medio loco, iba a retirarse amenazando a la justicia, cuando la viuda,
llamándole a un rincón y titubeando, le dijo quedamente:
-¿Sabe usted que..., que pienso una cosa? Se me ha
clavado aquí -y apoyaba el índice en el entrecejo.
-¿Qué cosa, señora mía?
-Que..., tal vez..., ese..., ese billete..., esté...
Si; casi de fijo está...
-¿Dónde, voto a mil pares?...
-¡Está... enterrado..., con mi esposo!
-¡Enterrado!
-¡Enterrado! -exclamó don Donato a punto de que lo
enterrasen también.
¿Lo creerán ustedes? Si no lo creen, hacen mal. El
terror a los muertos era tan profundo en don Donato, que si no le anima y
envalentona la viuda, tal vez renuncia entonces a perseguir su billete.
-No dude que está allí -insistía ella más resuelta cada
vez-, porque «llevó puesta» su levita nueva, la de paño fino, y es la misma que
usó tres o cuatro días antes de morir... Juraría que el billete va en el
bolsillo. Como mi esposo falleció casi de repente...
Azuzado por la valerosa señora, don Donato se enteró de
las formalidades necesarias para hacer exhumar judicialmente un cadáver, y
pareciéndole empresa erizada de dificultades y hasta de peligros, resolvió echar
por la calle de en medio y sobornar al encargado de la custodia del cementerio
para que abriese el nicho y el ataúd. Encuéntrase el cementerio de M*** situado
a orillas del mar, y la noche en que se realizó la lúgubre hazaña era de
tormenta horrible; silbaba el viento entre los negros cipreses, y el sordo e
imponente murmurio del Océano tenía los tonos de queja de maldición y de llanto;
clamores sobrehumanos por los amenazadores y tristes, parecidos a un coro de
voces de muertos. A don Donato le corría el sudor en frías gotas, desde el
cráneo hasta la nuca; sus dientes castañeaban y sus piernas flaqueaban como si
fuesen de algodón. Destapiaron el nicho; para sacar la caja tuvo el droguero que
ayudar, pues pesaba bastante; y cuando se alzó la tapa de cinc, la primera
bocanada de putrefacción, el hedor cadavérico dio, más que en las narices, en el
alma a don Donato. La viuda, siempre animosa, le dijo al oído:
-¡Ea!... registre usted; no vaya a creer, si registro
yo, que le engaño.
Acercó el sepulturero la linterna; don Donato, con
esfuerzo sobrehumano, se inclinó sobre la caja; vio una cara espantosa, verde
ya; unos ojos abiertos, vidriados y aterradores, una barba fosca, unos labios
lívidos...; y solo cuando la viuda repitió con energía:
-Pero, ¡regístrele usted!
Sólo entonces, lo repito, se dio cuenta de lo más
horroroso... ¿Qué había de registrar? ¡El cadáver estaba desnudo! Cayó
desplomado el droguero, mientras la viuda, con acento de desesperación,
exclamaba:
-¡Estúpida de mí! ¡Por qué no picaría yo a tijeretazos
la ropa! ¡Cuando la ven entera se la llevan los muy ladrones!
......................................................................
Se dio el oportuno aviso a la policía; se registraron
las casas de empeño y préstamos de toda España; mas no apareció el siniestro
billete, y el premio se lo guardó la Hacienda, frotándose las manos (es una
manera de decir). Probablemente, el ladrón de la levita arrojó al mar, sin
examinarlos, los papeles que halló en los bolsillos, por temor a que le
comprometiesen... Lo cierto es que don Donato, a su vez, cayó enfermo y murió
consumido de hipocondría, enseñando los puños a una figura imaginaria, que debía
de ser la descarada, la idiota de la suerte. |
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El guardapelo
Aunque son raros los casos que pueden citarse de
maridos enamorados que no trocarían a su mujer por ninguna otra de las infinitas
que en el mundo existen, alguno se encuentra, como se encuentra en Asia la
perfecta mandrágora y en Oceanía el pájaro lira o menurio. ¡Dichoso quien
sorprende una de estas notables maravillas de la Naturaleza y tiene, al menos,
la satisfacción de contemplarla!
Del número de tan inestimables esposos fue Sergio
Cañizares, unido a Matilde Arenas. Su ilusión de los primeros días no se parecía
a esa efímera vegetación primaveral que agostan y secan los calores tempranos,
sino al verdor constante de húmeda pradera, donde jamás faltan florecillas ni
escasean perfumes. Cultivó su cariño Sergio partiendo de la inquebrantable
convicción de que no había quien valiese lo que Matilde, y todos los encantos y
atractivos de la mujer se cifraban en ella, formando incomparable conjunto.
Matilde era para Sergio la más hermosa, la más distinguida, donosa, simpática, y
también, por añadidura, la más honesta, firme y leal. Con esta persuasión él
viviría completamente venturoso, a no existir en el cielo de su dicha -es ley
inexorable- una nubecilla tamaño como una almendra que fue creciendo y
creciendo, y ennegreciéndose, y amenazando cubrir y asombrar por completo
aquella extensión azul, tan radiante, tan despejada a todas horas, ya reflejase
las suaves claridades del amanecer, ya las rojas y flamígeras luminarias del
ocaso.
La diminuta nube que oscurecía el cielo de Sergio era
un dije de oro, un minúsculo guardapelo que, pendiente de una cadenita ligera,
llevaba constantemente al cuello Matilde. Ni un segundo lo soltaba; no se lo
quitaba ni para bañarse, con exageración tal, que como un día se hubiese roto la
cadena, cayendo al suelo le dijo, Matilde, pensando haberlo perdido, se puso
frenética de susto y dolor; hasta que, encontrándolo, manifestó exaltado júbilo.
Desde el primer momento de intimidad conyugal, que
permitió a Sergio ver brillar sobre el blanco raso del cutis de Matilde el punto
de oro del guardapelo, aquel punto se le clavó en el alma, atrayendo sus ojos
como si le hipnotizase. No llevaba Matilde cerca del corazón otra alhajilla ni
escapulario, ni cruz, ni medalla, y Sergio, deseando arrojar de sí vagos
temores, supuso buenamente que el guardapelo encerraría algún emblema religioso.
Alzándolo como al descuido, preguntó:
-¡Tienes aquí una Virgen?
-No -respondió lacónicamente Matilde.
-¿Algún santo de tu devoción?
-Tampoco.
-¡Ah! -murmuró el esposo. Y se mordió los labios. Hay
en el amor verdadero un instinto de delicadeza y altivez que impone la
discreción: cuanto más crece el ansia de «saber», mayor es la exigencia de que
sea franco y sincero, y que lo sea espontáneamente, el ser querido; se desea
deber la tranquilidad a una expansión de cariño y ternura, Sergio sintió que su
dignidad amorosa no le permitía insistir en la pregunta, y fingió olvidarse de
ella; pero le quedó la espina hincada muy adentro.
Aparentó estar alegre, cuando realmente se encontraba
abatido y melancólico, y apenas acertaba a pensar sino en el guardapelo de su
esposa. ¿Que contenía? Hubiese dado la vida por salir de dudas... pero oyéndolo
de boca de ella misma, de sus dulces labios, en uno de esos arranques leales y
divinos en que los espíritus se besan, entrelazan y funden. Mas como Matilde,
aunque siempre zalamera y halagadora, continuaba callándose lo del guardapelo,
Sergio comprendió que se confundía su razón, que padecía mucho, y que, cuando
tenía delante a su mujer, linda, adornaba, dispuesta a amantes expansiones, en
vez de ver su codiciada hermosura, solo veía el siniestro punto de oro, el
guardapelo fatal.
Matilde notó por fin la preocupación de su marido, y
con coquetería y mimos quiso arrancarle la confesión de sus causas. Un día,
tanto apretó, que Sergio, vencido -el que ama, fácilmente se rinde-, reclinando
la cabeza en el seno de su mujer, declaró que le atormentaba ignorar lo que
contenía aquel tan estimado guardapelo.
-¿Y era eso? -respondió Matilde sonriente-. ¡Válgame
Dios! ¡Por que no lo dijiste más pronto! En este guardapelo..., hay un mechón de
pelo de mi padre.
La explicación parecía muy satisfactoria; y, sin
embargo, Sergio, al oírla, sentía hondo estremecimiento allá en lo íntimo de su
conciencia. No le había sonado bien la voz de Matilde; no encontraba en ella ese
timbre claro, que es como el eco de la verdad. Por primera vez desde su boda
tuvo un violento arranque, y señalando a la cadena, ordenó:
-Abre ese guardapelo.
Leve palidez se extendió por las mejillas de Matilde,
pero obedeció; apretó el resorte, y Sergio divisó, tras su cristal, un mechón de
pelo fino, de un rubio ceniza... En vez de echar los brazos al cuello de su
mujer, que repetía: «¿Lo ves?», Sergio volvió a percibir otro golpe, otra fría
puñalada... Retiróse lentamente, y aquel día los esposos no se hablaron.
Matilde, quejándose de jaqueca se acostó a mediodía, y Sergio salió al campo a
pasear.
Cavilaba, discurría. Su suegro, ya difunto, y a quien
había conocido calvo, con cerquillo de pelos grises, ¿sería en su juventud tan
rubio? La cosa era bastante difícil de averiguar. Probablemente nadie recordaba
ese detalle, pues para nadie tenía importancia, sino para él. Sergio, en aquella
hora de su vida. ¿Quién le diría la verdad? Los días siguientes, disimulando la
inquietud, preguntó a troche y moche, frecuentó el trato de contemporáneos de su
suegro, revisó retratos antiguos, fotografías, una miniatura... Nada logró sacar
en limpio, más que noticias contradictorias.
Por fin, recordó que hacía pocos meses Matilde le había
interesado en una recomendación a favor de un quinto, nieto de cierta buena
mujer que había sido niñera de su padre, y que vivía aún en una aldea cercana.
Sergio, afanoso, ensilló el caballo y no paró hasta apearse ante la cabaña de la
viejecita. Esta, que frisaba en los ochenta y tres años, estaba impedida, medio
ciega y casi sorda. Costóle gran trabajo a Sergio hacer comprender a la anciana
su extraña pregunta. ¿De qué color tenía el pelo su suegro, cuando era niño? Al
fin, la vieja, meneando la cabeza decrépita, respondió en cascada voz, alzando
el dedo índice:
-¿El pelo? Lo tenía negrito, negrito como la endrina.
¡Ay! Era muy guapo.
Sergio, que al pronto se quedó convertido en piedra,
salió después corriendo como un loco. Matilde había mentido. ¡La condenaba aquel
testimonio irrevocable! No podía ser recuerdo filial el mechón rubio.
Una semana tardó Sergio en volver a su hogar. Anduvo
errante, desatinado, y durante aquella semana puede decirse que recorrió el
ciclo de vida del sentimiento y que agotó entera la copa de la duda y la
desesperación, sufriendo la profunda miseria moral que acompaña a los celos. Los
dos primeros días dio por seguro que Matilde era una gran culpable y decidió
matarla. Los dos siguientes supuso que el mechón no recordaba sino algún
inocente amorío de la adolescencia. Y al correr los tres últimos empezó a
sonreírle una hipótesis que a cada paso se le figuraba más cuerda y razonable:
la anciana, chocha ya se había equivocado, como se equivocan hasta en lo más
patente otras dos centenarias temblonas, la historia y la tradición. Al séptimo
día, en el alma de Sergio, el amor consiguió reconstruir su mundo ideal: la
condenada vieja mentía, era una bellaca embustera y maliciosa; el padre de
Matilde tenía el pelo rubio, muy rubio, en último caso, si aquel mechón fuese
«una memoria»..., ¿qué importaba? No hay mujer que no conserve un guardapelo y
lo lleve, si no al cuello, en el corazón, lo que es peor, ¡peor infinitamente!
Y Sergio, dolorido, pero resignado y ferviente, volvió
al lado de Matilde, acostumbrado ya al brillo siniestro del punto de oro. |
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La ventana cerrada
-Si alguna febril curiosidad he padecido en mi vida
-declaró Pepe Olivar, el original escritor que hizo ilustre el prosaico
seudónimo de Aceituno-; si me convencí prácticamente de que por la curiosidad se
puede llegar a la pasión, fue debido al enigma de una ventana cerrada siempre, y
detrás de la cual supuse que vivía, o más bien que moría, una mujer a quien no
conseguí ver nunca... ¡Nunca!
-Eso parece leyenda de antaño, cuento misterioso de la
época romántica -exclamó uno de nosotros.
-¿Y tú te figuras, incauto -repuso Aceituno
sarcásticamente-, que ha inventado algo el Romanticismo? ¿Supones que no hubo
románticos sino allá por los años del treinta al cuarenta? ¿Desconoces el
romanticismo natural, que no se aprende? ¿Piensas que la imaginación puede
sobrepujar a la realidad? Las infinitas combinaciones de los sucesos producen lo
que ni aún entrevé la inspiración literaria. De esto he tenido en mi vida muchas
pruebas; pero la historia de la ventana... ¡ah!, esa pertenece no al género
espeluznante, sino a otro, poco lisonjero ciertamente para mí... Con todo, no
careció de poesía: poesía fueron, y poesía de gran vibración, las violentas
emociones que logró producirme.
Supón que yo era muy muchacho: iba a cumplir los
diecinueve, y desde C*** acababa de trasladarme a Madrid para completar mis
estudios en la Facultad de Medicina y despabilarme (así decía mi padre, que me
tenía por un rapaz encogido y torpe). Es frecuente que los chicos, por exceso de
sensibilidad, parezcan lerdos; así me pasaba a mí; andaba por el mundo como
dormido, mientras en mi interior se representaban novelas, dramas y tragedias,
siempre con el mismo protagonista, siempre con el mismo protagonista: el pobre
estudiante de Medicina, que desde el balcón de una casa de huéspedes de las más
baratas miraba pasar el torbellino de la corte, el descenso de los elegantes
trenes hacia el paseo y los toros, el movimiento incesante, vertiginoso, de una
de las grandes arterias madrileñas.
Dominaba mi balcón del cuarto piso no sólo la ancha
calle que sabéis, sino las estufas, dependencias y jardines de cierto magnífico
palacio. Cuando el bullicio callejero me aburría; cuando, rendido de estudiar
para prepararme a los exámenes o de tragar libros y almacenar conocimientos, o
de darme un atracón de versos, soñaba con siestas en el campo y excursiones al
través de las rientes campiñas galaicas reposaba fijando la vista en lo que
familiarmente llamaba «mi jardín». Dada la penuria de vegetación del interior de
Madrid, el tal jardín se me figuraba un oasis consolador de la estrechez de mi
cuarto, del tiesto de albahaca tísica que cultivaba mi patrona, de la falta de
dinero para salir al campo los domingos. Frondosos y crecidos eran los árboles
que sombreaban la fachada del palacio; pero, en otoño, los de hoja caduca, al
despojarse de su rozagante vestido verde, me descubrían, en el segundo piso, en
el ángulo del edificio, muy distinta del pórtico por donde salían los carruajes,
«la ventana»...
Al pronto no extrañé que aquella ventana, alta y
rasgada, fuese la sola que jamás se abría, la única que, protegida siempre por
el abrigo de su tupido cortinaje de seda, permanecía velada como un santuario y
cerrada como la reja de una prisión. Así que caí en la cuenta, lo único que me
atraía del palacio espléndido era la ventana dichosa. Mi vista, que antes
registraba afanosamente los dorados salones, las bien decoradas estancias, los
gabinetes llenos de delicados chirimbolos, el lujo severo del comedor, con sus
bandejas de plata repujada, y sus flamencos tapices -cosas que daban idea de una
vida superior, desconocida para mí-, ahora desdeñaba tal espectáculo, y «atraída
por un imán más poderoso», como dice Hamlet, no se apartaba del ángulo del
edificio, de la ventana nunca abierta.
Con insinuantes preguntas a mi patrona, haciendo
charlar a mis compañeros de hospedaje y café, que se jactaban de conocer a fondo
la crónica madrileña, quise averiguar la biografía de los moradores del palacio.
Si bien todos afirmaban saberla a ciencia cierta y con pelos y señales, al
precisar solo obtuve datos truncados y hasta contradictorios, que me pusieron en
mayor confusión.
El dueño del palacio era un opulento magnate que había
pasado larguísimas temporadas en el extranjero desempeñando altos puestos
diplomáticos. Por su alejamiento de la Patria y por su carácter reservado y
altanero, tenía en Madrid, escasos amigos y contadas relaciones, y era de los
que ni se dejan ver ni quieren gente. Al tratarse de la familia del señorón,
empezaban las opuestas versiones y las noticias novelescas. Según unos, el
magnate estaba viudo de cierta bellísima inglesa, y tenía consigo a una hija no
menos hermosa, único fruto de su enlace; según otros, la inglesa no había muerto
y residía en el palacio secuestrada por los bárbaros celos del esposo... Gentes
de imaginación volcánica aseguraban que la dama emparedada del palacio no era
sino una odalisca robada en Constantinopla, y muchos la convertían en princesa
circasiana venida de los países donde es más puro el tipo humano en la raza
blanca, y donde la mujer, satisfecha con tener a su lado al señor y dueño, no
aspira ni a sentir en las losas de la calle su diminuta babucha bordada de
perlas... Estas suposiciones, me derramaron en las venas vitriolo y fuego.
¡Recuerdo que frisaba yo en los veinte años, y que no había amado aún! Noches
enteras me pasé fantaseando la ventana cerrada que guardaba, a mi parecer, la
clave de mi destino. Con el corazón palpitante espiaba la aparición de la mujer
que alguna vez, fatalmente entreabriría el cortinaje y pagaría mis miradas con
una sola, resumen de la dicha... No me cabía duda; la primera ojeada de la
cautiva sería chispa de rayo, premio de mi insensata y romancesca devoción... Me
procuré unos gemelos marinos para mejor escrutar el arcano de la ventana. Conté
las mallas del encaje del transparente, las bellotas de pasamanería del
cortinaje doble, los arabescos del brocado... Cuando se encendían dentro las
lámparas, yo veía pasar y repasar una sombra gallarda, esbelta, ya arrastrando
flotante bata, ya ceñida por severo traje oscuro; sombra divina, cuerpo de mi
ensueño loco... ¿Lo creerán o dirán que exagero? Hasta tal punto me sacaban de
quicio la dama invisible y la ventana cerrada, que eran indiferentes a mi
juventud fogosa todas las mujeres y se me hacía aborrecible la lectura como no
encontrase en los libros alguna situación semejante a la mía...
¡Los planes que forjé! ¡Los delirios que se me
ocurrieron! ¿Por qué secuestraban a aquella mujer celestial? ¿Qué tirano, qué
verdugo era el magnate? ¡Qué nombre daba a sus derechos? ¿Padre? ¿Marido?
¿Raptor y amante celoso? ¿Había yo de tolerar el crimen? ¿No podía el oscuro
estudiante, el cero social, libertar a la prisionera? ¿Tanto costaba escalar la
tapia, saltar la puerta, aprovechar descuidos de los servidores, deslizarse
escalera arriba, aparecer de súbito en el cuarto de la hermosa, caer a sus pies
y decir en voz conmovida: «Aquí me tienes; el cielo te depara un redentor»?
Sólo que del pensamiento al hecho... A pesar de mi
fiebre amorosa y heroica, el aspecto señorial del palacio, la gravedad del
portero de librea de gala, lo sólido del enverjado, los ladridos roncos del
colosal dogo de Ulm, la saludable memoria del Código y también la certidumbre de
mi bolsillo vacío (no hay cosa que así cohíba), hacía que mis propósitos se
desvaneciesen como el humo. Y quiso la pícara casualidad que una mañana que me
levanté muy resuelto, al mirar al jardín y al palacio, pensé que me daba un
accidente... ¡La ventana, la ventana!, estaba abierta de par en par.
Exhalé un grito, asesté los gemelos... La habitación,
un elegante y muelle boudoir femenino, se encontraba vacía, desierta,
solitaria... Recorrí las demás ventanas del palacio, todas abiertas, y en los
salones ni alma viviente... El portero, ya sin librea, fumaba en el jardín; dos
mozos retiraban plantas y jarrones a la estufa. Bajé mis cuatro pisos, crucé la
calle, me llegué a la verja, tiré de la campana, pregunté... los señores, la
víspera, se habían marchado a Berlín.
-¿Y llegaste a averiguar, ¡oh insigne Aceituno!, quién
era la dama secuestrada?
Pepe Olivar sonrió con ironía y humorismo, no sin
mezcla de tristeza y nostalgia, su sonrisa propia, la marca de su estilo.
-Reíos también, ¡es muy chusco! Era la esposa del
magnate una inglesa... y secuestrada, ya lo creo..., pero por su propia
voluntad, único medio de que no rompa sus hierros una mujer. Esta padecía una
enfermedad de la piel; una de esas afecciones tercas y repugnantes que
desfiguran el rostro. De flor de Albión se había convertido en berenjena
madura..., y como la prescripción era evitar la más leve corriente del aire, no
salía del tocador... Por otra parte, no quería que la viese nadie con la cara
echada a perder. Un doctor alemán restauró las rosas y la nieve de aquella faz,
que yo adoré sin haberla visto. |
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Infidelidad
Con gran sorpresa oyó Isabel de boca de su amiga
Claudia, mujer formal entre todas, y en quien la belleza sirve de realce a la
virtud, como al azul esmalte el rico marco de oro, la confesión siguiente:
-Aquí, donde me ves, he cometido una infidelidad
crudelísima, y si hoy soy tan firme y perseverante en mis afectos, es
precisamente porque me aleccionaron las tristes consecuencias de aquel capricho.
-¡Capricho tú! -repitió Isabel atónita.
-Yo, hija mía... Perfecto, sólo Dios. Y gracias cuando
los errores nos enseñan y nos depuran el alma.
Con levadura de malignidad, pensó Isabel para su bata
de encaje:
«Te veo, pajarita... ¡Fíese usted de las moscas
muertas! Buenas cosas habrás hecho a cencerros tapados... Si cuentas esta, es a
fin de que creamos en tu conversión.»
Y, despierta una empecatada curiosidad y una
complacencia diabólica, volvióse la amiga todo oídos... Las primeras frases de
Claudia fueron alarmantes.
-Cuando sucedió estaba yo soltera todavía... La
inocencia no siempre nos escuda contra los errores sentimentales. Una chiquilla
de dieciséis años ignora el alcance de sus acciones; juega con fuego sobre
barriles atestados de pólvora, y no es capaz de compasión, por lo mismo que no
ha sufrido...
La fisonomía de Claudia expresó, al decir así, tanta
tristeza, que Isabel vio escrita en la hermosa cara la historia de las continuas
y desvergonzadas traiciones que al esposo de su amiga achacaban con sobrado
fundamento la voz pública. Y sin apiadarse, Isabel murmuró interiormente:
«Prepara, sí, prepara la rebaja... Ya conocemos estas
semiconfesiones con reservas mentales y excusas confitadas... El maridito se
aprovecha; pero por lo visto has madrugado tú... Pues por mí, absolución sin
penitencia, hija... ¡Y cómo sabe revestirse de contrición!»
En efecto, Claudia, cabizbaja, entornaba los brillantes
ojos, velados por una humareda oscura, profundamente melancólica.
-Dieciséis años. Era mi edad..., y había un ser a quien
entonces quería acaso más que a ninguno. Todos los momentos de que podía
disponer los dedicaba a acariciarle, a hacerle demostraciones de ternura, que él
pagaba con otras mil voces más apasionadas y alegres...
-¡Claudia! -exclamó Isabel con pudibundo mohín.
-Isabel... -repuso ésta-, tranquilizate, y que no te
parezca cómica la revelación... ¡Si vieses qué lejos de mí está el tomar a broma
este episodio! ¡Ojalá pudiese! El ser querido era un perro...
-¡Ah! -gritó Isabel, que no pecaba de necia-. Debí
figurármelo... Sólo un perro justifica el lirismo con que te expresabas... Sólo
el corazón del perro encierra lealtad, sinceridad y nobleza bastante para
satisfacer a una soñadora como tú...
-Y ahí está la razón de mis remordimientos... -afirmó
seriamente Claudia-. Si yo hubiese vendido a un ser capaz de venderme..., mi
conciencia estaría casi tranquila. Habría arriesgado algo, me habría expuesto a
represalias..., mientras que así...
-Comprendo, comprendo -balbuceó Isabel, conmovida a
pesar suyo.
-A pesar del tiempo transcurrido, aún me persiguen los
recuerdos de mi maldad... Los años nos hacen más blandos de corazón. La juventud
ve delante de sí tantas esperanzas, que no quiere mirar al dolor ni apiadarse
del daño que aturdidamente ocasiona... Mi error no tuvo disculpa, ni siquiera la
del buen gusto. Ivanhoe, mi primer favorito, era un perrazo magnífico, un
terranova de pelo ensortijado y negrísimo, como denso tapiz de astracán. De
cabeza noble e inteligente, el mirar de sus grandes ojos de venturina destellaba
una bondad ideal. ¡Decía un mundo de cosas! Cuando venía a descansar la cabezota
en mi regazo y fijaba en mis pupilas las suyas magnéticas, yo leía en ellas la
resolución de morir por mí, si fuera preciso.
La sombra de un peligro, la entrada de una persona
desconocida, contraían con repentina ferocidad el hocico de Ivanhoe, que
enseñaba sus blancos dientes amenazándolos, gruñendo sordamente. De día me
seguía paso a paso; de noche dormía travesado en el umbral de mi puerta. Mi
pureza no necesitaba otro guardián, y mis padres acostumbraban decir que con
Ivanhoe iba yo más defendida que con tres criados.
En esto sucedió que vino de París mi tía la de Bellver,
y me trajo un regalo carísimo. Empezaban a ponerse de moda los grifones, y
dentro del manguito me presentó uno, diminuto hasta la ridiculez y feo hasta la
sublimidad: «una delicia», voz unánime de cuantos lo admiraron en la tertulia.
Un matorral de pelo gris sucio se cruzaba y confundía en la cara del animalejo,
escondiendo sus ojos desproporcionados, parecidos a enormes cuentas de azabache
y descubriendo sólo la nariz, trufita húmeda reluciente y donosa hasta la
caricatura. Clown -así se llamaba el bichejo- fue nuestro juguete, frágil,
original y envidiado porque no se conocía otro en Madrid; y la miseria de mi
vanidad me incitó a consagrar a Clown exclusivamente todos mis halagos, a no
separarlo de mí, a adoptarle por favorito, olvidando enteramente a Ivanhoe. Es
más: llegué a expulsar a Ivanhoe de mi presencia y de mi cuarto, porque asustaba
al grifón, el cual, muy tembleque, como todos los perros chiquitines, se
convertía en azogado al ver al colosal terranova. Me entregué sin reparo al
nuevo cariño, y si no le encargué a Clown un trousseau lujosísimo de sedas,
encajes y plumas (ya sabes que esto se hace hoy, como que existen modistas
especiales y hasta figurines para perros), al menos me dediqué a lavarlo,
peinarlo, perfumarlo y atusarlo, y le construí un collarín precioso de perlitas,
sacrificando mi mejor brazalete para los pasadores de diamantes. Mis amigas
rabiaban por no tener otro Clown. Yo lo sacaba en carruaje, en el manguito o en
el rincón de mi chaqueta, entre el brazo y el seno; y al lucir tan gracioso dije
viviente, al ostentarlo como una niña ostenta una muñeca más cara que todas, me
pavoneaba y me hinchaba de orgullo, sin pensar ni un instante en el olvidado...
El olvidado había procedido con la mayor dignidad, con
la delicadeza más absoluta. Bastaríale mover una pataza para aplastar al rival
intruso; pero se desdeñó hasta de ladrarle: tan mezquino enemigo no merecía los
honores del ataque y de la protesta. Si se hubiese tratado de un perrazo..., ya
Ivanhoe disputaría mi ternura a dentelladas. Ante aquel ser exiguo, Invanhoe
comprendió que no le tocaba descender a ningún extremo celoso. Se abatió,
encogió la cola, agachó la cabeza y, resignadamente, descendió a la cuadra,
donde los cocheros se encargaron de cuidarlo.
-Ese perro era «un caballero» -interrumpió Isabel.
-Y yo..., «¡una infame!» -declaró amargamente Claudia-.
Ivanhoe, solo, enfermo, abandonado entre gente grosera y estúpida... No me
enteré sino cuando no había remedio... «Tiene la rabia mansa -me dijeron-, y
aunque no hace daño ni muerde, habrá que pegarle un tiro».Sentí un golpe
repentino en el corazón. Me escapé, me escurrí furtivamente hasta la cuadra, y
me acerqué al montón de paja maloliente en que yacía tendido Ivanhoe. A mí voz
entreabrió las pupilas y meneó débilmente la cola, como diciendo: «Gracias, soy
tu amigo, soy aquel mismo, a pesar de todo...». Habían notado mi escapatoria y
me arrancaron de allí deshecha en llanto, ahogada por los sollozos, convulsa; me
encerraron en mi habitación, y a la media hora oí en el patio dos detonaciones
de arma de fuego...
Claudia calló y apretó en silencio, enérgicamente, la
mano de Isabel. Después de una pausa dijo sonriendo:
-Ivanhoe me perdonó, porque en él no cabía otra cosa.
¡Quien no me ha perdonado ha sido el Destino..., el gran vengador! No me ha
traído suerte la infidelidad... El que a hierro mata... |
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De vieja raza
A cada salto de la carreta en los baches de las calles
enlodadas y sucias, las sentencias a muerte se estremecían y cruzaban largas
miradas de infinito terror. Sí, preciso es confesarlo: las infelices mujeres no
querían que las degollasen. Aunque por entonces se ejercitaba una especie de
gimnasia estoica y se aprendía a sonreír y hasta lucir el ingenio soltando
agudezas frente a la guillotina, en esto, como en todo, las provincias se
quedaban atrasadas de moda, y los que presentaban su cabeza al verdugo en
aquella ciudad de Poitou no solían hacerlo con el elegante desdén de los de la
«hornada» parisiense. Además, las víctimas hacinadas en la carreta no se
contaban en el número de las viriles amazonas del ejército de Lescure, ni habían
galopado trabuco en bandolera con las partidas del Gars y de Cathelineau.
Señoras pacíficas sorprendidas en sus castillos hereditarios por la revolución y
la guerra, briznas de paja arrebatadas por el torrente, no se daban cuenta
exacta de por qué era preciso beber tan amargo cáliz. Ellas ¿qué habían hecho?
Nacer en una clase social determinada. Ser aristócratas, como se decía entonces.
Nada más. Los cuatro cuarteles de su escudo las empujaban al cadalso. No lo
encontraban justo. No comprendían. Eran «sospechosas», al decir del tribunal;
«malas patriotas». ¿Por qué? Ellas deseaban a su patria toda clase de bienes:
jamás habían conspirado. No entendían de política. ¡Y dentro de un cuarto de
hora...!
Cinco mujeres iban en la carreta: dos hermanas
solteronas, viejísimas, las que mayor resignación demostraban en el trance; una
dama como de treinta años, esposa de un guerrillero, separada de él desde el
mismo día de sus bodas, que no le había visto nunca más porque no podía
sufrirle, y pagaba ahora el delito de llevar tal nombre; una viuda, la condesa
de L'Hermine, y su hija Ivona, criatura de dieciocho años, de primaveral
frescura y perfecta belleza. Bajo el gorrillo o cofia de blancos vuelos, el pelo
suelto y rubio de la niña se escapaba formando aureola a la cara cubierta de
mortal palidez, y en que las pupilas color de violeta y los cárdenos labios
parecían toques de sombra sepulcral. Las manos, atadas atrás, temblaban, los
dientes castañeteaban; doblábase desmayado el cuerpo.
Sin embargo, desde la mitad del camino, que era largo
por encontrarse la prisión en las afueras de la ciudad y en el centro de la
plaza, Ivona de L'Hermine, enderezándose, demostró inquietud nerviosa, delatora
de una esperanza. Dos veces el oficial que mandaba la escolta de «azules» a
caballo se había acercado a la carreta y murmurando al oído de Ivona algunas
palabras, un cuchicheo. Tiñó el carmín las mejillas descoloridas de la doncella:
no era el rubor de la modestia, ni el dulce sofoco de la pasión: no eran los
sentimientos que en un alma joven despiertan las expresiones del amoroso
rendimiento. Por más que el oficial fuese mozo y gallardo, Ivona no reparaba en
su apuesta figura. Otra cosa encendía su rostro: la vida, la mágica vida, la
vida que no había saboreado y que iba a perder. Al casi paralizado corazón
acudían de nuevo la sangre, y los ojos de violeta recobraban su luz. ¡No morir!
Instintivamente, desde que Ivona oyó la primera frase
balbuceada por el oficial, trató de desviar el rostro, evitando el de su madre.
Esta, en cambio, clavaba en Ivona los ojos, fijos, ardientes, interrogadores. Ya
a la salida de la cárcel pudo notar la impresión producida en el oficial por la
hermosura de Ivona. La condesa no tenía ideas políticas; no le importaba Luis
XVII martirizado en el Temple; mal de su grado se veía envuelta por los sucesos;
deber la vida a un republicano no le parecía humillante. Se la debería
gustosísima, aceptaría la de su hija; pero... ¿y la honra?
Por espacio de largos años, recluida en sus hacienda,
lejos del mundo, sólo había atendido la condesa a educar a Ivona con máximas de
honestidad y de recato, cultivándola entre blancuras de azucena, fortificándola
por el ejemplo de la más casta viudez. La corrupción de la corte espantaba a la
condesa, y hasta había momentos en que recordaba a Luis XV, justificaba la
revolución y la consideraba castigo divino, merecido y necesario. La fe y el
culto supersticioso de aquella mujer no eran la monarquía ni el antiguo régimen,
sino la pureza, la religión del armiño que llevaba en su título nobiliario y en
la empresa de su blasón. Y al observar cómo el oficial devoraba con la mirada a
Ivona, al ver que deslizaba en su oído palabras que la reanimaban
instantáneamente, pensó para sí: «Quiere salvarla. ¿A ella sola? ¿A qué
precio?».
Increíble parece que una idea triunfe del horror que
nos domina, al ver abierta la negra boca del no ser, las fauces de la eternidad.
La condesa, en tan decisivos momentos, olvidando el miedo, sólo pensaba en Ivona
ultrajada, mancillada, llevada por el oficial a su pabellón como una mujerzuela,
después de que la hubiese arrebatado al patíbulo. Y no cabía duda: la niña
aceptaba el trato: quizá su inocencia ignorase las condiciones; pero lo admitía:
era vivir, era evitar el amargo trance. Mientras la indignación hervía en el
alma de la madre, la hija volvía la cabeza para buscar con sus ojos, antes
amortiguados, resplandecientes ahora, suplicantes, agradecidos, al jefe de la
escolta, que le dirigía una sonrisa tranquilizadora, de inteligencia... Y ya
llegaban; todo iba a consumarse; la carreta empezaba a abrirse paso difícilmente
por entre las oleadas de la multitud que llenaba la plaza, en cuyo centro,
siniestra, y rígida silueta, se alzaba la guillotina, recogiendo un rayo de sol
en su cuchilla de acero...
Al detenerse la carreta, los soldados, atentos a una
orden del oficial, hicieron bajar a la condesa y a Ivona. Quedaron las demás
sentenciadas dentro, aguardando su turno: rezando las viejas, la esposa del
guerrillero renegando de su suerte y pidiendo compasión. La condesa advirtió que
la llevaban a ella primero y que su hija quedaba como rezagada al pie de la
escalera, medio perdida ya entre el gentío. El hielo del espanto, el
estremecimiento que la vista del patíbulo había derramado en sus venas,
provocando un sudor frío instantáneo, se convirtieron en una especie de furor
silencioso, de desesperada vergüenza. Ya veía los dedos del oficial desordenando
los rizos rubios de Ivona, y la imagen sensible, la representación de la afrenta
era más cruel y más amarga que la del suplicio. «No lo conseguirán», decidió con
resolución terrible. Acordóse de que por descuido o transigencia le habían
dejado desatadas las manos. Como si quisiese confortarse el corazón, deslizó la
mano por la abertura del su corpiño. Algo sacó oculto en el hueco de la mano. Y
cuando el verdugo se acercó a sostenerla para que subiese los peldaños de la
escalerilla, en rápida confidencia le dijo no se sabe qué, deslizándole en la
diestra un puñado de oro. Se ignorará lo que dijo..., pero, por los resultados,
se adivina.
Sucedió una cosa que al pronto no acertaron a
explicarse los que presenciaban la escena tristísima, y en aquellos tiempos ya
casi indiferente a fuerza de ser habitual. Y fue que el verdugo, retrocediendo,
cogió brutalmente a la señorita de L'Hermine por el talle, por donde pudo, y en
un segundo la empujó a la escalera, y a empellones la subió a la plataforma. La
condesa la ayudaba, se hacía atrás, impulsaba también a su hija y la arrojaba a
los brazos del ejecutor de la ley. Hízose tan rápidamente la maniobra, y era tal
el oleaje del pueblo, que rugía e insultaba, la confusión en que la escolta se
había apelotonado, que cuando el oficial, atónito, se precipitó, quiso
intervenir, Ivona caía en la báscula, y la media luna se deslizaba mordiendo la
garganta torneada, contraída por el espasmo del terror supremo, que ni gritar
permite...
El verdugo agarró por los mechones largos y rubios la
lívida cabeza de la niña, que destilaba sangre, y la presentó a los
espectadores. Y la condesa de L'Hermine, al acercarse sin resistencia para
recibir la misma muerte, pensaba con satisfacción heroica:
«¡Gracias que pude esconder en el pecho las monedas!» |
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Benito de Palermo
Preguntáronle sus amigos al marqués de Bahama
-riquísimo criollo conocido por su fausto, sus derroches y su aristocrática
manía de defender la esclavitud- porqué singular capricho llevaba a su lado en
el coche y sentaba a su mesa a cierto negrazo horrible, de lanuda testa y morros
bestiales, y por contera siempre ebrio, siempre exhalando tufaradas de
aguardiente, que no lograban encubrir el característico olorcillo de la Raza de
Cam.
-Hay -le decían- negros graciosos, bien configurados,
de dientes bonitos, de piel de ébano, de formas esculturales. Pero éste da
grima. Más que negro es verde violeta; es una pesadilla.
Y el marqués, sonriendo, defendía a su negrazo con
algunas frases de conmiseración indolente:
-¡Probrecillo! ¡Qué diantre!... Yo soy así.
Al cabo en una alegre cena donde se calentaron las
cabezas, merced a que se bebió más champaña y más manzanilla y más licores de lo
ordinario, y lo ordinario no era poco; viendo yo al marqués animado, decidor -en
plata, algo chispo-, aproveché la ocasión de repetir la pregunta. ¿Por qué
Benito de Palermo -así se llamaba el negrazo- gozaba de tan extraordinarias
franquicias? Y el marqués, a quien le relucían los hermosos ojos negros, de
pupila ancha, contestó sonriendo y señalando a Benito, que yacía bajo la mesa,
completamente beodo:
-Por borracho, cabal; por borracho.
No logré que entonces se explicase más, Parecióme tan
rara la causa de privanza de Benito como la privanza misma. De allí a dos días,
paseando juntos, recordé al marqués su extraña contestación y él, arrojando el
magnífico «recorte» que chupaba distraídamente, murmuró con entonación perezosa:
-Bueno; pues ya que solté esa prenda, diré lo que
falta... Ahora se sabrá cómo si no es por la borrachera de Benito estoy yo
muerto hace años, y de la muerte más horrorosa y cruel.
No ignora usted que me he educado en los Estados
Unidos, y me aficioné a los viajes desde la niñez, porque allí el viajar se
considera complemento de toda escogida educación. Antes de cumplir los
veinticinco años había recorrido las principales ciudades de Francia, Inglaterra
y Alemania; sabía cómo se vive en cada nación culta. En París, sobre todo, me
había pasado inviernos enteros. Sin embargo, la monotonía de la civilización
empezaba a causarme tedio, y me hurgaba el caprichillo de ver países menos
cultos a la moderna. Dediqué unos meses a registrar la hermosa Italia, parando
mucho en Roma y consagrando temporaditas a Florencia, Nápoles, Sicilia, Malta y
Córcega. Y engolosinado ya -Italia siempre será un paraíso-, propúseme realizar
al año siguiente otro delicioso viaje, el de Oriente: Grecia, Turquía y
Palestina. Para venir a lo que importa de este cuento, lleguemos ya a Atenas,
donde, por recomendaciones que llevaba, encontré excelente acogida en el cuerpo
diplomático y en la corte, lo cual, y otra, cosa que añadiré contribuyó a que se
prolongase mi estancia en la capital de Grecia bastante más de los que pensaba.
Es el caso que en una fonda magnífica de Florencia
había yo visto, por espacio de pocas horas, a una hermosísima inglesa, la cual
grabó en mi espíritu una impresión que no habían conseguido borrar el tiempo ni
la distancia. Era de esas mujeres que no se olvidan porque a la belleza plástica
incomparable, reunía una gracia, una viveza y una originalidad excéntrica y
picante, que empeñaban en perseguirla y adorarla. El vulgo cree que todas las
inglesas son sosas; pero yo le aseguro a usted que la que sale donosa vale por
diez. Eva... (suponga usted que se llamaba así) era viuda, y viajaba con una
dama de compañía, sin rumbo fijo a donde le llevaba su imaginación artística y
fogosa. En los cortos momentos que conseguí hablarle, volvióme loco. No me
atrevía a galantearla abiertamente, y sólo con los ojos le revelé el efecto que
en mí causaba.
Debo advertir que no me hizo maldito caso, que me
toreó, y en una vuelta que di me encontré con que había desaparecido, sin que me
fuese posible acertar con ella, por más que la busqué desalado al través de toda
Italia.
Calcule usted mi sorpresa y mi emoción, cuando en el
primer sarao a que asisto en la embajada inglesa en Atenas, me encuentro a Eva
radiante de hermosura, divinamente prendida y dispuesta a valsar. Excuso decir
que inmediatamente me dediqué a cortejarla y a fuerza de atenciones logré
algunas ligeras señales de complacencia, pequeños indicios de que no le era
desagradable mi persona. Sin embargo, en los saraos sucesivos, y en todos los
lugares donde yo procuraba encontrarme con Eva y acompañarla, noté cuán difícil
era ganar terreno en aquel corazón caprichoso y rebelde. Eva me desesperaba con
sus coqueterías y sus arrechuchos; nunca estaba yo seguro de llegar a vencerla;
si me veía alegre me quería triste; y si yo decía negro, ella respondía blanco.
Creo que este sistema me trastornaba más, y ya me encontraba a punto de darme a
todos los demonios, cuando...
-Pero -interrumpí- lo que no sale a relucir es Benito
de Palermo; y confieso que Benito me importa más que la hermosa Eva.
-Cachaza, ya llegaremos a Benito -respondió, sonriendo,
el marqués-. Iba a decir que por entonces fue cuando parte de la colonia inglesa
que se encontraba en Atenas dispuso organizar una excursión a caballo y en
coche, con objeto de visitar la célebre llanura de Maratón.
-¡Ah! -exclamé estremeciéndome involuntariamente-. ¡Ya
sé, ya sé! ¡Con que lo tocó a usted ese chinazo! ¡Qué cosa tan horrible!
-Veo que recuerda usted el episodio. ¿No es para
olvidarlo, no! Toda la Prensa europea habló de eso detenidamente, publicando
grabados, retratos y por menores, día por día. Pues sepa usted que la expedición
se combinó en la embajada entre un rigodón y un vals de Strauss. La colonia
acogió la idea con fruición y entusiasmo; las mujeres, sobre todo, estaban
alborotadísimas. Pero yo, que había conversado largamente con palikaros,
intérpretes y comerciantes judíos, recordé las noticias que me habían dado sobre
una gavilla de bandoleros que infestaba las inmediaciones de Atenas, y cuyo
número, arrojo y sanguinarias costumbres eran motivo suficiente para alarmarse y
reflexionar. Emití un dictamen de prudencia, indicando que convendría, o llevar
numerosa y bien armada escolta, o renunciar al proyecto. Y entonces adquirí la
persuasión de que todos los ingleses tienen vena. Lord*** y los demás, que
formaron parte de la fatal expedición, sonrieron desdeñosamente cuando les hablé
de peligros; y a aquella sonrisa, que ya me encendió la sangre, correspondió Eva
con algunas frases tan secas y burlonas, que me restallaron como latigazos sobre
las mejillas. Vino a decir que el que no se sintiese con ánimos para arrostrar
el riesgo haría mucho mejor en quedarse, pues las inglesas no quieren compañía
sino de gente resuelta, capaz de no achicarse ante los bandidos, caso de
haberlos, que eso estaba por ver. El que recuerde los veintiséis años que yo
tenía y lo enamorado que andaba de Eva comprenderá que me propuse formar parte
de la expedición, aunque supusiese que nos acechaban todos los salteadores del
mundo. ¡Ir con Eva de viaje! ¡Galopar a su lado! ¡Qué felicidad! Y ella, al
conocer mi propósito, giró como una veletita me sonrió, y estuvo conmigo
insinuante, coqueta, hasta mimosa. La excursión quedó fijada para la mañana
siguiente; al despuntar el día nos reuniríamos en un punto dado, fuera de las
murallas de Atenas llevando cada cual o coche o caballo, provisiones y armas. De
los guías se encargaba Lord***.
Aquí aparece Benito de Palermo; no se impaciente usted,
que ya sale el figurón. Nacido en casa de mis padres, yo le llevaba conmigo como
quien lleva un perro de lanas, porque la verdad es que no me servía para maldita
la cosa, pues siempre ha sido torpón y desidioso. Escondiéndole la bebida, aún
se lograba hacer carrera de él, pero en cuanto lo cataba, un cepo, una piedra.
En Atenas a fuerza de prohibir yo en el hotel que le diesen a probar ni vino ni
alcohólicos, íbamos saliendo del paso. Al regresar de la embajada, la víspera de
la excursión, llamo al bueno de Benito, y le doy órdenes y las llaves, y le
encargo repetidamente que al rayar el día tenga mi caballo ensillado y
preparadas mis armas, y me despierte aunque sea a trompicones; hecho lo cual me
adormezco pensando en Eva.
Cuando abro los ojos, el sol entra a torrentes en mi
cuarto. Despavorido, me echo de la cama y miro el reloj; marcaba las once. Grito
como un insensato llamando a Benito. Benito no contesta. Salgo al cuarto del
tocador, de allí al pasillo... y tropiezo con un bulto negro, una bestia que
ronca...; es Benito, ¡Benito, más borracho que un pellejo! Comprendo
instantáneamente... Dueño de mis llaves, había asaltado un armario donde yo
guardaba, entre mis trastos, una cave a liqueurs, y a aquellas horas la
cabalgata se encontraría cerca de Maratón, y yo sería para Eva el ser más
despreciable y más ridículo.
Desde que estaba en el viejo continente, no había
empleado el bejuco. Cegué, y arremetiendo contra el negro, le di tal soba, que
volvió en sí llorando y gimiendo que le asesinaban. Cuando me harté de pegarle,
pensé en ensillar el caballo y reunirme a la comitiva... Pero era preciso buscar
guía, pues de otro modo, ¿cómo orientarme en la planicie? Y antes de que el guía
pareciese, ya se divulgaba por Atenas la noticia espantosa; los bandoleros
habían copado la expedición, cogiendo prisioneros a los expedicionarios, después
de una heroica resistencia y de herir gravemente a alguno; las mujeres habían
sufrido peor suerte, escarnecidas a la vista de sus maridos y hermanos, que,
atados de pies y manos, no las podían defender... Ya supone usted cuál me
quedaría, no he sufrido nunca impresión más atroz.
-Recuerdo el caso... Se llevaron a los ingleses,
exigiendo un enorme rescate y amenazando con atormentarlos mientras el rescate
no llegara... Si no me equivoco a Lord*** le fueron mechando y cortando en
pedacitos: no hay idea de martirio semejante...
-¡Ea!, pues de eso me libré yo por estar Benito
borracho perdido -afirmó el marqués, requiriendo la petaca-. Desde entonces le
dejo beber lo que quiera... y el amo aquí es él.
-Según eso, ¿habrá usted comprendido que un hombre de
color no es un perro?
-Claro que no. Los perros no se emborrachan nunca.
-¿Y Eva? ¿Sufrió el destino de las otras? Estaría muy
bien empleado.
-¡Pues ahora caigo en que falta lo mejor! -exclamó el
marqués-. Eva, por un antojito, porque no le gustaba su traje de amazona,
también se había quedado en Atenas... ¡y si Benito me despierta y acierto a ir
con la expedición, no sólo pierdo la vida, sino los deliciosos ratos que debí a
Eva después..., cuando ya se ablandó su corazón intrépido! |
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Ley natural
Voy a escribir una historieta de amores. A pesar de la
ciencia, de la economía política, de la política contra la economía, de los
problemas militares, de las huelgas y las manifestaciones, el amor conserva aún
su atractivo pueril, su gracia patética o sonriente. Es el amor todavía un
angélico revoltoso, salado y dulce, y el aire de sus rizadas alitas, durante las
abrasadas siestas del verano, refresca las sienes de mucha gente moza. Fáltale
al amor actualidad, pero le sobra eternidad. Mi cuento demostrará por
millonésima vez, que el dominio del amor se extiende a todas las criaturas y
que, según a porfía repiten poetas y autores dramáticos, no hay para el amor
desigualdades sociales.
Llamábase mi heroína Muff, que en alemán quiere decir
«manguito», y le pusieron tal nombre porque, en efecto, el fino pelaje que la
revestía daba a su diminuto corpezuelo cierta semejanza con un manguito de rica
piel gris. Dama hubo que se equivocó y echó mano a Muff, pero la dueña de la
lindísima grifona intervino, exclamando:
-Cuidado... que salgo perdiendo yo. No hay manguitos de
ese precio.
Verdad indiscutible, de las que se demuestran con
cifras. Hasta dos mil francos puede costar un manguito si es de chinchilla de
primera, y por Muff se pagaron al contado tres mil. Hoy las pieles han subido:
me refiero a los precios de entonces. Todavía es preciso agregar al coste de
Muff el importe de sus joyas; dos collares chien, de perlitas uno, otro de coral
rosa con pasadores de diamantes, y un par de cascabeles de oro incrustado de
rosas y zafiros, dije útil, pues revelaba con su tilinteo la presencia de Muff y
la salvaba de morir aplastada de un pisotón. No omitamos tampoco en el
presupuesto de Muff -nada ha que omitir, tratándose de presupuestos- el valor
del elegante trousseau remitido de París, donde existen modistas y talleres
especialmente dedicados a este ramo. Poseía Muff y lucía con frecuencia, según
la estación, sus mantas acolchadas de terciopelo, raso y gro Pompadour, con
bolsillito para el microscópico pañuelo perfumado de lilas blanc; sus botas de
caucho o cabritilla, sus collarines de rizada pluma, y creo ocioso añadir que
dormía en lecho de edredón con múltiples cojines bordados y blasonados.
¡Ah! Si las riquezas, la ostentación, el lujo, la
vanidad, bastasen a los corazones sensibles, ¡quién más feliz que Muff! Era su
existencia la realización de un cuento de hadas. Habitaba un palacio lleno de
preciosidades artísticas; tenía a su servicio una doncella, diligente, cuidadosa
y mimosa, la Paquita, que, después de bañar a Muff en agua tibia, frotarla con
jabón exquisito, enjuagarla con suave lienzo y peinarla, hasta esponjar sus
plateadas sedas, le servía en cuencos de porcelana golosinas selectas y,
terminada la refacción, frotaba los dientecillos de su ama con un cepillo
empapado en elixir, a fin de que tuviese el aliento balsámico, y fresca la boca.
Si Muff salía, iba en coche, por supuesto, enganchado para ella expresamente;
llevábanla al Retiro, y el lacayo, bajándola en el punto más solitario y de aire
más puro la dejaba brincar y correr, hacer ejercicio higiénico, solazarse a su
libertad. Tampoco faltaban a Muff satisfacciones de amor propio. Cuantos la
veían, extasiábanse con la monada del manguito vivo y alababan el pelo
argentado, los ojos negros, inmensos, medio velados por las revueltas sedas, el
hociquito diminuto, semejante a un trufa, la jeta encantadora. Así y todo, entre
tantos mimos y esplendores, andaba mustia la grifona, y a veces sus vastas
pupilas expresaban nostálgica aspiración.
Cuando Dios creó a los seres allá en las frondas
tupidas del Edén, clavóles adentro, muy adentro, en lo íntimo y profundo de la
voluntad, un aguijón, un estímulo, especie de alfiler que sin cesar punza y se
hinca y no consiente minuto de sosiego. Reclinada en sus fofos almohadones de
seda, o agasajada en brazos del lacayo, acariciada por Paquita, o correteando
por las sendas enarenadas del Retiro, Muff sentía la punta aguzada hincarse más
honda. «No eres feliz, pobre Muff, te falta la sal de la vida, la esencia del
licor», sugería el alfiler por medio de tenaces picaduras reiteradas; y Muff, en
lánguida postura, con el hocico ladeado y una patita péndula, suspiraba, y al
anhelar de su pecho, el cascabel de oro del collar hacía misterioso «tilín». Un
sagaz observador comprendería al punto lo que le dolía a Muff; pero no supieron
entenderlo sus poseedores, o no quisieron, si se da crédito a versiones que
parecen autorizadas. En consejo de familia fue sentenciada Muff a ignorar
eternamente las alegrías amorosas y las sublimes, pero arduas, faenas de la
maternidad. Objeto de lujo, primoroso bibelot, no debía estropearse. Y al
notarla melancólica, decía la Paquita, presentando tentador plato de dorados
bizcochos:
-¡Anda, monina, tontina, no «pienses» en «eso»!
Un atardecer, al bajarse Muff de su coche en las
umbrías del Retiro, vio que se acercaba a ella, muy brincador y animado, feísimo
perrucho. Era un ruin gozquejo callejero, de esos que por turno mendigan y
muerden, que rebuscan ávidamente piltrafas entre la basura y perecen
estrangulados a manos de laceros municipales. Al ver al chucho, con su zalea
amarillenta y sucia, el primer movimiento de Muff fue un remilgito desdeñoso.
Violo el lacayo y atizó al gozque soberano puntapié, que le hizo exhalar un
alarido doliente. La compasión reemplazó al desdén, y Muff corrió hacia el
lastimado, deseosa de consolarlo.
Ya él volvía, sin miedo ni rencor, a rabisalsear en
torno de Muff. Empezó el juego con amistosos ladridos, mordisquillos en chanza,
hociqueos y otras manifestaciones expresivas e indiscretas de la cordialidad
perruna. Los separaron, y Muff fue recogida a casa; pero al siguiente día,
apenas descendió del coche, halló de nuevo al gozquecillo, alegre, insinuante,
porfiado como él solo. Quiso la maliciosa casualidad que también el lacayo
guardián de Muff tuviese un encuentro, el de su paisana la niñera Lucía,
muchacha rubia de buen palmito. Mientras los dos paisanos pegaban la hebra, la
aristocrática grifona y el can plebeyo se entendían gustosos. Quizá la
sentimental perita confesó sus aspiraciones románticas y el vacío de su dorada
esclavitud; acaso el pobrete apasionado de aquella beldad de alto coturno
refirió sus luchas por la existencia, sus días de inanición, la vagancia, los
palos recibidos, el poema de una miseria sufrida con estoico desprecio. Lo
cierto es que, insensiblemente, aprovechando la distracción de su custodio, Muff
se apartó del coche, y, guiada por el perrucho, perdióse entre las alamedas y
macizos de árboles, en dirección a la salida del Retiro, hacia Atocha. ¡El
seductor iba delante, enseñando el camino; Muff le seguía, intrépida, sin
volver, el hocico atrás; y al rápido trotecillo de sus menudas patitas,
tilinteaba suavemente, en ritmo musical, con una especie de emoción, el áureo
cascabel, al cual enviaba corrientes de electricidad el corazón venturoso!
Todos los periódicos anuncian la pérdida de Muff. La
gratificación ofrecida es cuantiosa. Muff, sin embargo, no aparece. ¿Qué ha sido
del manguito viviente, del rebujo de argentadas sedas, entre las cuales lucen
las negrísimas pupilas enormes? ¿Que hicieron de Muff la vida nómada, el
abandono, la necesidad? ¿La robó un aficionado y no quiere restituirla? ¿Yace en
la alcantarilla tiesa, helada, despojada de su collar y su cascabel de oro y
piedras? ¿O, aceptando su humilde destino, ha dejado voluntariamente las galas
de la riqueza, y, tiritando, acompaña a su esposo, ronda con él al amanecer y
hoza en los montones de estiércol para engañar el hambre, el hambre, enemigo del
amor, severo juez que, inflexible, lo castiga, verdugo que lo mata? |
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El comadrón
Era la noche más espantosa de todo el invierno. Silbaba
el viento huracanado, tronchando el seco ramaje; desatábase la lluvia, y el
granizo bombardeaba los vidrios. Así es que el comadrón, hundiéndose con delicia
en la mullida cama, dijo confidencialmente a su esposa:
-Hoy me dejarán en paz. Dormiré sosegado hasta las
nueve. ¿A qué loca se le va a ocurrir dar a luz con este tiempo tan fatal?
Desmintiendo los augurios del facultativo, hacia las
cinco el viento amainó, se interrumpió el eterno «flac» de la lluvia, y un aura
serena y dulce pareció entrar al través de los vidrios, con las primeras
azuladas claridades del amanecer. Al mismo tiempo retumbaron en la puerta
apresurados aldabonazos, los perros ladraron con frenesí, y el comadrón,
refunfuñando se incorporó en el lecho aquel, tan caliente y tan fofo. ¡Vamos,
milagro que un día le permitiesen vivir tranquilo! Y de seguro el lance
ocurriría en el campo, lejos; habría que pisar barro y marcar niebla... A ver,
medidas de abrigo, botas fuertes... ¡Condenada especie humana, y qué manía de no
acabarse, qué tenacidad en reproducirse!
La criada, que subía anhelosa, dio las señas del
cliente; un caballero respetable, muy embozado en capa oscura, chorreando agua y
dando prisa. ¡Sin duda el padre de la parturienta! La mujer del comadrón, alma
compasiva murmuró frases de lástima, y apuró a su marido. Este despachó el café,
frío como hielo, se arrolló el tapabocas, se enfundó en el impermeable, agarró
la caja de los instrumentos y bajó gruñendo y tiritando. El cliente esperaba ya,
montado en blanca yegua. Cabalgó el comadrón su jacucho y emprendieron la
caminata.
Apenas el sol alumbró claramente, el comadrón miró al
desconocido y quedó subyugado por su aspecto de majestad. Una frente ancha, unos
ojos ardientes e imperiosos, una barba gris que ondeaba sobre el pecho, un aire
indefinible de dignidad y tristeza, hacían imponente a aquel hombre. Con
humildad involuntaria se decidió el comadrón a preguntar lo de costumbre: si la
casa donde iban estaba próxima y si era primeriza la paciente. En pocas y bien
medidas palabras respondió el desconocido que el castillo distaba mucho; que la
mujer era primeriza, y el trance tan duro y difícil, que no creía posible salir
de él. «Sólo nos importa la criatura», añadió con energía, como el que da una
orden para que se obedezca sin réplica. Pero el comadrón, persona compasiva y
piadosa, formó el propósito de salvar a la madre, y picó al rocín, deseoso de
llegar más pronto.
Anduvieron y anduvieron, patrullando las monturas en el
barro pegajoso, cruzando bosques sin hoja, vadeando un río, salvando una
montañita y no parando hasta un valle, donde los grisáceos torreones del
castillo se destacaban con vigoroso y escueto dibujo. El comadrón, poseído de
respeto inexplicable se apeó en el ancho patio de honor, y, guiado, por el
desconocido, entró por una puertecilla lateral, directamente, a una cámara baja
de la torre de Levante, donde, sobre una cama antigua, rica, yacía una bellísima
mujer, descolorida e inmóvil. Al acercarse, observó el facultativo que aquella
desdichada estaba muerta; y, sin conocerla se entristeció. ¡Es que era tan
hermosa! Las hebras del pelo, tendido y ondeante, parecían marco dorado
alrededor de una efigie de marfil; los labios color de violeta, flores
marchitas; y los ojos entreabiertos y azules, dos piedras preciosas engastadas
en el cerco de oro de las pestañas densas. La voz del desconocido resonó, firme
y categórica:
-No haga usted caso de ese cadáver. Es preciso salvar a
la criatura.
De mala gana se determinó el comadrón a cumplir los
deberes de su oficio. Le parecía un crimen, aunque fuese con buen fin, lacerar
aquel divino cuerpo. Obedeció, no obstante, porque el desconocido repetía con
acento persuasivo, y terrible, tuteando al médico:
-No la respetes por hermosa. Está muerta, y nada muerto
es hermoso sino en apariencia y por breves instantes. La realidad ahí es
descomposición y sepulcro. ¡Nunca veneres lo que ha muerto! ¡Inclínate ante la
vida!
Y de pronto, en el instante mismo en que el facultativo
se disponía a emplear el acero, el extraño cliente le cogió la mano,
susurrándole al oído:
-¡Cuidado! Conviene que sepas lo que haces. Ese seno
que vas a abrir encierra no un ser humano, no una criatura, sino «una verdad».
Fíjate bien. Te lo advierto. ¿Sabes lo que es «una verdad»? Una fiera suelta que
puede acabar con nosotros, y acaso con el mundo. ¿Te atreves, ¡oh comadrón
heroico!, a sacar a luz «una verdad»?
-El comadrón vaciló; el frío del instrumento que
empuñaba se comunicaba a sus venas y a sus huesos. Castañeteaban sus dientes;
temblaba de cobardía y de egoísmo. «¡Una verdad!» Ni hay tea que así incendie,
ni rayo que así parta, ni torrente que así devaste, ni peste tan contagiosa. ¿Y
quién le había de agradecer que cooperase al feliz nacimiento de una verdad?
¿Qué mayor delito para su mujer, sus amigos, su pueblo, su nación tal vez? ¿Qué
crimen se paga tan caro? Quería arrojar el bisturí... Por último, la conciencia
profesional triunfó. ¡El deber, el deber! No se podía dejar morir al engendro. Y
después de una faena angustiosa, realizada con seguro pulso y mano certera,
presentó al desconocido una criatura extraña y repugnante, una especie de
escuerzo, de trazas ridículas, negruzco, flaco, informe.
-Este monigote no puede ser «una verdad» -exclamó,
respirando a gusto, el facultativo.
-Porque es «verdad» te parece fea al nacer -declaró el
desconocido, que miraba con transporte a la criatura-. Cuando las verdades
nacen, horrorizan a los que las contemplan. Hasta que las abrigamos en nuestro
pecho; hasta que les damos el calor de nuestra vida y el jugo de nuestra sangre;
hasta que afirmamos su belleza como si existiese; hasta que nos cuestan mucho,
no son hermosas. Esta, ya lo ves, ha acabado con su madre... ¡No se lleva
impunemente en las entrañas una verdad! Y ahora la verdad queda huérfana; queda
abandonada. Yo no he de ampararla. Obligaciones estrechas me llaman a otra
parte. Soy el que anuncia, no el que protege y salva. ¿Quieres tú encargarte de
la recién nacida? ¿Tienes valor? ¿Eres digno de proteger a la verdad?
Cuando así le interpelan, no hay hombre que no guste de
fanfarronear un poco. En el alma se despierta la viril arrogancia, y responde al
llamamiento como el corcel de batalla al toque penetrante del clarín. Hace la
vanidad oficio de resolución, y por un instante es sincero el deseo de la
gloriosa batalla y el ansia del sacrificio. El comadrón tendió los brazos,
recibió en ellos al raquítico ser, y declaró gallardamente:
-Ya tiene padre.
El desconocido le echó una ojeada especial, seria,
escrutadora, hondísima; ojeada de abismo abierto. ¿Reconvención o alabanza?
¿Duda o fe? Nunca se supo. Lo cierto es que el comadrón envolvió en paños
blancos a la recién nacida; que comió pan y bebió vino, para reconfortarse; que
ensilló otra vez su rocín, y con la criatura en brazos y tapada y agasajada,
emprendió la vuelta.
Declinaba la tarde; los rayos oblicuos del sol eran
como miradas de severos ojos, nublados por el desengaño y enrojecidos por la
indignación secreta. Las aves callaban, las pocas aves que se ven en los últimos
meses del invierno; pero no tardaría el mochuelo en exhalar su queja ronca,
porque ya se acercaba la mala consejera: la noche.
Y el comadrón, sin dejar de apurar a su montura,
pensaba en la llegada. ¡Presentarse así, llevando en brazos un crío! ¡Si al
menos fuese un angelito, una monada, una manteca con hoyuelos, una peloncita
rubia y sedosa, dispuesta a encresparse en sortijillas! ¡Pero aquel monstruo!
Desvió los paños, contempló a la criatura... Ya no estaba amoratada. Respiraba
bien. Parecía más fuerte y más grande. Entre sus labios lucían, ¡qué asombro!,
cuatro blancos dientes. ¡Qué robusta nacía la maldita! Y cual si quisiese
demostrar el brio y el ansia vital con que salía al mundo, la recién nacida -
buscó el dedo del comadrón y lo mordió. Después rompió a llorar, con llanto
vehemente, ávido, que aturdía.
El comadrón sintió impaciencia y enojo. ¿De qué manera
acallaría el grito de la verdad, ese grito tan molesto, capaz de atraer a los
malhechores? Tapar la boca... Primero apoyó la palma de la mano; después
furioso, porque seguía el escándalo, envolvió la cabeza de la criatura en la
vuelta del impermeable; y, por último, apretó, apretó, hasta que lentamente se
apagaron los quejidos... Cayó la noche; llegó el momento de vadear el río; y
como la criatura, silenciosa ya, estorbaba en brazos, el comadrón desenvolvió el
abrigo, cogió el cuerpo, lo balanceó y lo arrojó a la corriente. |
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El voto de Rosiña
Si hay luchas electorales reñidas y encarnizadas,
ninguna como la que presenció en el memorable año de 18... el distrito de
Palizás (no se busque en ningún mapa). Digo que la presenció, y digo mal,
porque, en efecto, la representó a lo vivo, y aún, con mayor exactitud, la
padeció, sangró de ella por todas las venas. Cuando obtuvo la victoria el
candidato ministerial, hecho trizas quedó el distrito. Piérdese la cuenta de los
atropellos, desafueros, barrabasadas, iniquidades y trapisondas que costó
«sacar» al joven Sixto Dávila, protegido a capa y espada por el ministro, pero
combatido a degüello por el señor don Francisco Javier Magnabreva, conspicuo
personaje de la anterior situación.
Sixto Dávila, muchacho simpático y ambiciosillo, había
aceptado aquel distrito de batalla..., entre varias razones de peso, porque no
le daban otro; y contando con su actividad y denuedo, impulsado por las brisas
favorables que siempre soplan en la juventud -ya se sabe que no es amiga de
viejos la señora Fortuna-, se propuso trabajar la elección, estar en todo y no
perder ripio. A caballo desde las cinco de la mañana hasta las altas horas de la
noche; ayunando al traspaso o comiendo lo que saltaba; descabezando una siesta
cuando podía; afrentando con su intacto capital de salud y vigor los reumatismos
y la apoltronada pachorra de su contrincante, Sixto incubó su acta hasta sacarla
del cascarón vivita y en regular estado de limpieza.
No fueron únicamente energías físicas las que derrochó
el mozo candidato. También hizo despilfarros oportunos de frases amables,
persuasivas y discretas. Con un instinto y una habilidad que presagiaban
brillante porvenir, Sixto Dávila supo decir a cada cual lo que más podía
gustarle, y se captó amigos gastando esa moneda que el aire acuña: la palabra.
Aunque la gente de Palizás es suspicaz y ladina y no se
deja engatusar fácilmente, la labia de Sixto dio frutos, especialmente al
dirigirse a una mitad del género humano que no entiende de política y obedece a
las impresiones del corazón. Sabía el candidato ministerial presentar a los
electores las doradas perspectivas y los horizontes risueños del favor y la
influencia; pero se excedía a sí mismo al hablar a las mujeres, halagando su
amor propio. Hay quien opina que Sixto, al desplegar tales recursos, no hacía
sino practicar una asignatura que tenía muy cursada, y es posible que así fuese,
lo cual en nada amengua el mérito del muchacho.
Como suele suceder a los grandes actores, que hasta sin
querer están en escena, Sixto, durante su tournée electoral, solía gastar
pólvora en salvas, regalando miel sólo por regalar, sin miras interesadas y
egoístas. Así, verbigracia, con Rosiña la tejedora. Era Rosiña una pobre
huérfana; no pudiendo cultivar la tierra por falta de hombres en su casa, y
reducida a sacar a pastar una vaca por las lindes, se ganaba la vida con un
telar primitivo y rudo, teniendo el lino que ella misma tascaba y hasta hilaba
pacientemente a la luz del candil en invierno. ¿Qué necesitaba Rosiña para
subsistir? Un mendrugo de borona, un pote de coles, una manzana verde, una
sardina salada, una taza de leche «presa»... Dios, que viste a los lirios del
campo, más holgazanes que Rosiña, pues nos consta que no hilan ni tejen, había
adornado a la humilde «tecelana» con una primavera en las mejillas y un apretado
haz de rayos de sol en la trenza doble que colgaba hasta sus caderas, y al pasar
Sixto por delante de la choza y oír el runrún... del telar activo, y divisar a
la laboriosa muchacha -aunque sabía perfectamente que no tenía padre, hermano,
ni novio que pudiesen votarle-, se detuvo, se bajó del jaco, pidió agua «de la
ferrada» o leche «de la vaquiña», bebió, alabó, agradeció y sostuvo con Rosa una
plática que sólo podrían narrar las ramas del cerezo que sombrea el arroyo más
cercano.
Ocurrió este pequeño episodio dos días antes de que
cierto formidable cacique, al servicio y devoción del señor de Magnabreva, se
decidiese, desesperado ya, a jugar el todo por el todo, a fin de salvar la
elección comprometidísima y a dos dedos de perderse irremisiblemente. Lo apurado
del caso le sugería un supremo recurso, que el desalmado vacilaba en emplear,
porque hay remedios heroicos que pueden ser funestos, sobre todo cuando no se
administran desde las alturas del Poder... Más que el inminente triunfo de Sixto
tentó al cacique la ciega confianza del joven candidato «No quiero ser cunero
antipático, diputado impuesto, sino popular y querido», decía Sixto, gozándose
en aparecer donde menos se contaba con él, en sorprender a sus partidarios con
iniciativas propias. Esto decidió al enemigo. El golpe se tramó en una
tabernucha, cuyo dueño era de los contrarios de Sixto; la taberna se alzaba al
borde de la carretera, no lejos de la choza de Rosiña. Habíanse reunido allí los
más ternes, los capaces de hacer una hombrada dejándose encausar después,
seguros de que mano próvida y que alcanzaba muy lejos les había de mullir
colchón para que no les doliese el porrazo. Uno de los conspiradores, conocido
por varias siniestras fechorías, era radical: quería «dejar seco» a Sixto
Dávila; otro proponía un secuestro; pero el cacique, prudente y cauto, emitió
distinto parecer; nada de navajazos, nada de armas de fuego, que hacen ruido y
alarman; nada de escopetas, ni siquiera de garrotes.
-Aquí lo que interesa es que se inutilice..., para la
elección, vamos... para estos días; que no pueda menearse, porque... si sigue
meneándose y apretando, ¡nos revienta! Tú, Gallo -ordenó al primero-, me vas a
traer hoy un carreto de arena fina de la mar... ¡que así como así, te hace falta
para echar a la heredad del trigo! Tú... -mandó al dueño de la taberna- le dices
a la mujer que amañe unos sacos de lienzo bien hechitos y larguitos y fuertes...
Él ha de pasar por aquí mañana al anochecer, para ir a Doas, a casa del cura...
¡Y cuidado, muchos golpes en la espalda... pero a modo, a modo, como quien no
hace daño...!
La mañana que siguió al conciliábulo, Rosiña fue
llamada por la tabernera para que suministrase el lienzo, y cortase, y cogiese,
y rellenase los sacos... Nadie desconfiaba de la rapaza, a quien la tabernera,
además, encargó el mayor sigilo. «Son para hacerle unos cariños a un galopín,
mujer...» Por alusiones e indiscreciones, Rosiña adivinó quién sería el
acariciado; y temblando lo mismo que una vara verde, empezó su faena. La mano no
acertaba a manejar la aguja, los ojos se nublaban. Demasiado sabía ella los
«cariños» que con los sacos de arena se hacen. El que los recibe no dura mucho,
no... Al pronto sólo advierte gran postración, profundo decaimiento; queda
molido, rendido, deseoso únicamente de extenderse en la cama pero sin dolor
alguno, sin enfermedad; y pasan días, y no recobra el apetito, y palidece, y
arroja sangre por la boca hasta que al fin... Y Rosiña veía al señorito guapo y
llano y de palabreo tierno, que le había pedido agua de la «ferrada», tendido
entre cuatro cirios, menos amarillos que su rostro...
Al anochecer, como Sixto, al galope de su caballejo se
aproximase a la taberna, el jaco pegó un respingo, y el jinete vio surgir de
pronto una mujer que se agarró a la brida con fuerza. Reconoció a Rosiña, la
tejedora..., y sus primeras frases fueron alegres galanterías. Pero la moza,
balbuciente de terror, pidió atención, refirió una historia... Sixto -después de
vacilar un instante- echó pie a tierra y con el caballo del diestro, emparejando
con Rosiña, guiado por ella, callados los dos, tomó a campo traviesa en busca de
un sendero oculto por los árboles. Para volver atrás era tarde, y seguir
adelante, una temeridad insensata. Su vida peligraba, y con horrible peligro...
«No tenga miedo, señorito, que en mi casa no le buscan», advirtió la moza, al
disponerse a dar acomodo en el establo de su vaca a la montura del candidato.
En efecto, nadie le buscó allí; a la mañana la Guardia
Civil, avisada por Rosiña le recogió y escoltó hasta dejarle en salvo. Y Sixto
Dávila venció en toda línea; pero no sospecha nadie en Gobernación ni en los
pasillos del Congreso que el triunfo se debió al voto de Rosiña, la tejedora. |
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Vivo retrato
Los sentimientos más nobles pueden pecar por exceso; lo
malo es que esta verdad a duras penas la aprende el corazón..., y la razón sirve
de poco en conflictos de orden sentimental. Oíd un caso..., no tan raro como
parece.
Gonzalo de Acosta era modelo de hijos buenos, amantes,
fanáticos. Huérfano de padre desde muy niño, se había criado en las faldas de su
madre; ella le cuidó, le educó, le sacó al mundo; le formó, por decirlo así, a
su imagen y semejanza. Entró en la vida Gonzalo dominado por una convicción
arraigadísima: la de que todas las mujeres pueden ser débiles y falsas, salvo la
que nos llevó en su seno. Lo que ayudaba a confirmar a Gonzalo en su idolatría
filial era la aprobación, la simpatía de la gente. Por el hecho de respetar a su
madre, el mundo le respetaba a él, y las niñas casaderas le ponían azucarado
gesto, y las mamás le sonreían con más benevolencia. Cuando pasaba por la calle
llevando a su madre del brazo, una atmósfera de aprobación y de consideración
halagadora le acariciaba suavemente.
A la edad en que se asimilan los elementos de cultura y
se forma el criterio propio, Gonzalo, a pesar de sus dudas sobre ciertas
materias arduas, se mantuvo en buen terreno, confesando que lo hacía
principalmente por no desconsolar y escandalizar a su santa madre. Con ella oía
misa muchas veces; por ella llevaba al cuello un escapulario de los Dolores; y
hasta cuando ella no estaba presente, por ella hacía Gonzalo, sin analizarlas,
mil graciosas y dulces niñerías.
Frisaba ya Gonzalo en los veintiocho, y su madre
comenzó a insinuarle que pensase en bodas. La casualidad le hizo conocer
entonces a una señorita hermosa, discreta, bien educada, rica; un fénix que ni
escogido con la mano. La misma madre de Gonzalo fue quien le obligó a observar
las perfecciones de Casilda y le sugirió pretenderla. Casilda aceptó con franca
alegría y expansión los obsequios de Gonzalo, y a los seis meses de conocerse
los futuros, bendijo la iglesia su matrimonio.
En una de esas largas y trascendentales conversaciones
que se entretejen durante el primer cuarto de la luna de miel, y que tanto
descubren los caracteres y los pensamientos. Gonzalo habló largamente de su
madre y del puesto que ocupaba en sus afectos y en su existencia. Casilda
escuchaba, primero sonriente, después reflexiva y grave. Impulsado por la
plenitud del corazón, Gonzalo confesó que había pretendido a Casilda atendiendo
a las indicaciones maternales, y que por eso mismo creía segura la dicha, puesto
que en su madre no cabía error. Al oír esto relampaguearon los preciosos ojos de
Casilda; y apartando el brazo con que rodeaba el cuello de su esposo, dijo
firmemente estas o parecidas razones:
-Has hecho mal en todo eso, Gonzalo; muy mal. No he de
limitar el cariño que tu madre te inspira; pero creo que no te es lícito
quererla más que a mí, y que en algo tan personal y tan íntimo como el lazo de
unión entre esposos, la iniciativa no puede ser ajena, sino propia. A los padres
no les escogemos; pero al que hemos de amar toda la vida, el dueño de nuestro
albedrío, es un rey electivo, y somos responsables de la elección. Por lo que
veo, tú no me elegiste. Para tu modo de entender el matrimonio, debiste buscar
siquiera una niña apática, que se contentase con un amor reflejo de otro amor;
yo soy una mujer que sabe amar y exige el pago; que quiere ser honrada y aspira
a encontrar en su esposo toda la felicidad a que tiene derecho. Lo absurdo de tu
modo de sentir engendra en mí otro absurdo semejante, y es que de hoy más
sentiré celos de tu madre, celos del alma..., y ya no viviremos en paz nunca; lo
conozco, porque me conozco.
Gonzalo, aunque sorprendido, no dio gran importancia a
las expansiones de su mujer. Con halagos y ternezas probó a calmarla, y se creyó
victorioso así que reconquistó el brazo de Casilda, aquel que se había desviado
de su cuello. Pero un brazo no es un alma.
Desde el instante funesto, la luna de miel tuvo velo de
nubes. No tardó en ver Gonzalo que Casilda buscaba las distracciones, la
sociedad y el bullicio, como si quisiese aturdirse o explorase horizontes
nuevos. Poco a poco, Gonzalo, en su pesimismo, comenzó a dudar, primero del
cariño, y después, de la fidelidad de Casilda. Herido, ulcerado, rebosando
humillación, fue a refugiarse en el único sitio donde creía poder desahogar sus
penas: el seno de su madre. Y al abrazarla y al bañarle el rostro de lágrimas
ardientes, exclamaba el hijo: «No hay más mujer buena que tú, mamá. Debí no
repartir mi amor; debí conservarlo para ti sola. Perdóname y vivamos como si
nada hubiese sucedido». En efecto, aquel mismo día se separaron los esposos.
Casilda se fue a vivir a París.
De allí a un año o poco más recibió Gonzalo dos golpes
terribles. Perdió a su madre... y supo que Casilda tenía una niña, nacida a los
seis meses de la separación.
Pasado el primer estupor, una claridad repentina
iluminó su espíritu haciéndole ver todo de distinta manera que antes. La muerte
de su madre, le enseñaba cómo el amor filial, con ser tan puro y tan sagrado, no
puede, por su esencia misma, acompañarnos hasta el sepulcro, de suerte que la
«compañera» es únicamente la esposa; y el nacimiento de aquella niña le decía a
las claras que el amor es antorcha que las generaciones se transmiten de mano en
mano, y el que nos dieron nuestras madres se lo restituimos a nuestros hijos
después.
Lo tremendo de la situación de Gonzalo consistía en
que, a pesar de la agitación y la emoción profundísima que el nacimiento de la
niña le causaba, su desconfianza mortal y las apariencias de última hora no le
permitían creer que fuese realmente su sangre. Le enloquecía la idea de
paternidad representada por aquella niña; pero faltábale la fe, primera virtud
del padre, base de su felicidad inmensa. El silencio de Casilda, el tiempo que
iba transcurriendo sin nuevas de París, ayudaron al convencimiento amargo y
vergonzoso de Gonzalo. Solo, dolorido, misántropo, fue dejando correr su edad
viril entre desabridas diversiones y trasnochadas aventuras.
Hacía quince años que arrastraba vivir tan intolerable,
cuando una noche, en el teatro de la Comedia, mirando por casualidad a un palco
entresuelo, se creyó víctima de un error de los sentidos: tal vuelco dio su
sangre, viendo a la muchacha encantadora que acababa de dejar los gemelos sobre
el antepecho y se inclinaba para mirar hacia las butacas, sonriente. La muchacha
era el retrato vivo, animado, de la madre de Gonzalo, tal cual la representaba
precioso lienzo de Madrazo, con la frescura de la primera juventud. Si la figura
se hubiese bajado del cuadro, no podía ser más asombrosa la semejanza, ayudaba
por el parecido de la moda actual con la moda de 1830. Trémulo, espantado, al
mismo tiempo que frenético de alegría, Gonzalo entrevió, en el asiento de
respeto del palco, otra cabeza de mujer que conoció, a pesar del estrago del
tiempo transcurrido: su esposa Casilda. Y la conciencia de que aquella jovencita
era su hija del corazón, le inundó como una ola que lo arrebata todo: dudas,
penas, el pasado entero.
Habría que gastar muchas páginas en referir los pasos
que dio Gonzalo, la suma de actividad que desplegó, para conseguir que le fuese
permitido vivir cerca de la hija revelada y adorada en un minuto, el minuto
divino de verla.
-¡Inútil esfuerzo, lucha estéril en que consumió sus
últimas energías! Una carta decisiva, escrita por Casilda algunas horas antes de
regresar a Francia, decía, sobre poco más o menos, lo siguiente: «Nuestra hija
me quiere a mí como tú quisiste a tu madre. Si la separas de mí no lo resitirá.
Es tarde para todo: resígnate, como yo me resigné en otra edad más difícil. Lo
único que me dejaste es la niña: no la cedo».
Y Gonzalo, mordiendo de dolor el pañuelo con que
enjugaba sus ojos, murmuró:
-Es justo. |
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El décimo
¿La historia de mi boda?
Óiganla ustedes; no deja de ser rara.
Una escuálida chiquilla de pelo greñoso, de raído
mantón, fue la que me vendió el décimo de billete de lotería, a la puerta de un
café a las altas horas de la noche. Le di de prima una enorme cantidad, un duro.
¡Con qué humilde y graciosa sonrisa recompensó mi largueza!
-Se lleva usted la suerte, señorito -afirmó con la
insinuante y clara pronunciación de las muchachas del pueblo de Madrid.
-¿Estás segura? -le pregunté, en broma, mientras
deslizaba el décimo en el bolsillo del gabán entretelado y subía la chalina de
seda que me servía de tapabocas, a fin de preservarme de las pulmonías que
auguraba el remusguillo barbero de diciembre.
-¡Vaya si estoy segura! Como que el décimo ese se lo
lleva usted por no tener yo cuartos, señorito. El número... ya lo mirará usted
cuando salga... es el mil cuatrocientos veinte; los años que tengo, catorce, y
los días del mes que tengo sobre los años, veinte justos. Ya ve si compraría yo
todo el billete.
-Pues, hija -respondí echándomelas de generoso, con la
tranquilidad del jugador empedernido que sabe que no le ha caído jamás ni una
aproximación, ni un mal reintegro-, no te apures: si el billete saca premio...,
la mitad del décimo, para ti. Jugamos a medias.
Una alegría loca se pintó en las demacradas facciones
de la billetera, y con la fe más absoluta, agarrándome una manga, exclamó:
-¡Señorito! Por su padre y por su madre, déme su nombre
y las señas de su casa. Yo sé que de aquí a cuatro días cobramos.
Un tanto arrepentido ya, le dije como me llamo y donde
vivía; y diez minutos después, al subir a buen paso por la Puerta del Sol a la
calle de la Montera, ni recordaba el incidente.
Pasados cuatro días, estando en la cama, oí vocear «la
lista grande». Despaché a mi criado a que la comprase, y cuando me la subió, mis
ojos tropezaron inmediatamente con la cifra del premio gordo: creía soñar; no
soñaba; allí decía realmente 1.420... mi décimo, la edad de la billetera, ¡la
suerte para ella y para mí! Eran muchos miles de duros lo que representaban
aquellos benditos guarismos, y un deslumbramiento me asaltó al levantarme,
mientras mis piernas flaqueaban y un sudor ligero enfriaba mis sienes. Hágame
justicia el lector: no se me ocurrió renegar de mi ofrecimiento... La chiquilla
me había traído la suerte, había sido mi «mascota»... Era una asociación en que
yo sólo figuraba como socio industrial. Nada más Justo que partir las ganancias.
Al punto deseé sentir en los dedos el contacto del
mágico papelito. Me acordaba bien: lo había guardado en el bolsillo exterior del
gabán, por no desabrocharme, ¿Dónde estaba el gabán? ¡Ah!, allí colgado en la
percha... A ver... Tienta de aquí, registra de acullá... Ni rastro del décimo.
Llamo al criado con furia, y le preguntó si ha sacudido
el gabán por la ventana... ¡Ya lo creo que lo ha sacudido y vareado! Pero no ha
visto caer nada de los bolsillos; nada absolutamente... Le miró a la cara; su
rostro expresa veracidad y honradez. En cinco años que hace que está a mi
servicio no le he cogido jamás en ningún gatuperio chico ni grande... Me sonrojo
lo que se me ocurre, las amenazas, las injurias, las barbaridades que suben a
mis labios.
Desesperado ya, enciendo una bujía, escudriño los
rincones, desbarajo armarios, paso revista al cesto de los papeles viejos,
interrogo a la canasta de la basura... Nada y nada; estoy solo con la fiebre de
mis manos, las sequedad de mi amarga boca y la rabia de mi corazón.
A la tarde, cuando ya me había tendido sobre la cama a
fumar, para ver de ir tragando y dirigiendo la decepción horrible, suena un
campanillazo vivo y fuerte, oigo en la puerta discusión, alboroto, protestas de
alguien que se empeña en entrar, y al punto veo ante mí a la billetera, que se
arroja en mis brazos, gritando con muchas lágrimas:
-¡Señorito, señorito! ¿Lo ve usted? Hemos sacado el
gordo.
¡Infeliz de mí! Creía haber pasado lo peor del
disgusto, y me faltaba este cruel y afrentoso trance: tener que decir,
balbuciendo como un criminal, que se había extraviado el billete, que no lo
encontraba en parte alguna y que, por consecuencia, nada tenía que esperar de mí
la pobre muchacha en, cuyos ojos negros, ariscos, temí ver relampaguear la duda
y la desconfianza más infamatoria...
Pero la billetera alzándolos todavía húmedos me miró
serenamente y dijo encogiéndose de hombros:
-¡Vaya por la Virgen! Señorito... no nacimos ni usted
ni yo pa millonarios.
¿Cómo podía recompensar la confianza de aquella
desinteresada criatura?
¿Cómo indemnizarla de lo que le debía, sí, de lo que le
debía? Mi remordimiento y la convicción de mi grave responsabilidad pesaba sobre
mí de tal suerte, que la traje a casa, la amparé, la eduqué y por último me casé
con ella.
Lo más notable de esta historia es que he sido feliz.
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La puñalada
Mucho se hablaba en el barrio de la modistilla y el
carpintero.
Cada domingo se los veía salir juntos, tomar el
tranvía, irse de paseo y volver tarde, de bracete, muy pegados, con ese paso
ajustado y armonioso que sólo llevan los amantes.
Formaban contraste vivo. Ella era una mujercita
pequeña, de negros ojazos, de cintura delgada, de turgente pecho; él, un mocetón
sano y fuerte, de aborrascados rizos, de hercúleos puños -un bruto laborioso y
apasionado-. De su buen jornal sacaba lo indispensable para las atenciones más
precisas; el resto lo invertía en finezas para su Claudia. Aunque tosco y mal
hablado, sabía discurrir cosas galantes, obsequios bonitos. Hoy un imperdible,
mañana un ramo, al otro día un lazo y un pañuelo. Claudia, mujer hasta la punta
del pelo, coqueta, vanidosa, se moría por regalos. En el obrador de su maestra
los lucía, causando dentera a sus compañeritas, que rabiaban por «un novio» como
Onofre.
«Novio»... precisamente novio no se le podía llamar.
Era difícil, no ya lo de las bendiciones sino hasta reunirse en una casa, una
mesa y un lecho porque ¿y las madres? La de Onofre, vieja, impedida; además, un
hermano chico, aprendiz, que no ganaba aún. Así y todo, Onofre se hubiese
llevado a Claudia en triunfo a su hogar, si no es la madre de la modista,
asistenta de oficio, más despabilada que un candil. Cuando en momentos de tierna
expansión, Onofre insinuaba a Claudia algo de bodas..., o cosa para él
equivalente, Claudia, respingando, contestaba de enojo y susto:
-¿Estás bebido? Hijo, ¿y mi madre? ¿La suelto en el
arroyo como a un perro? Con la triste peseta que ella se gana un día no y otro
tampoco, ¿va a comer pan si yo le falto? Déjate de eso, vamos... ¡Que se te
quite de la cabeza!
No se le quitaba. Pasar con Claudia ratos de violenta
felicidad, era bueno; pero cuánto mejor sería tenerla siempre consigo, a toda
hora, sin tapujos..., sin que pudiese la madre cortales las comunicaciones, como
había hecho ya en momentos de enfado. Además, teniendo a Claudia a su vera,
públicamente suya, tal vez se le curasen los celos. Los padecía en accesos de
furor que trataba de ocultar. Claudia era una gran chica, con su aire de
señorita, su talle, que un dependiente de comercio había llamado de palmera... y
él, él, tan basto, tan encallecido, ¡que ni firmar sabía! Verdad que tenía
fuerza en los brazos y calor en el alma..., y coraje para matarse con
cualquiera; eso sí... ¿Bastaba?
Debía bastar, en ley de Dios; sino que ¡se ven tales
cosas! Ya dos veces había observado Onofre un hecho extraño. Al rondar la casa
de Claudia (aquella maldita casa tenía imán), veía en el portal a la madre, señá
Dolores, secreteando con un caballero muy bien portado de gabán de pieles. ¿Era
figuración de Onofre? Al divisarle la vieja daba señales de inquietud y el señor
se despedía atropelladamente. No importa, no se le despintaba; entre mil de su
casta le conocería. Algo grueso, nariz de cotorra, patillas grises, ojos
vivos... ¿Qué embuchado se traían? ¿Se trataba de Claudia? «Muy tonto soy -pensó
Onofre-; pero, ¡Cristo!, el dedo en la boca no han de metérmelo».
Esto ocurrió hacia Pascua florida. Después de un
invierno riguroso y tristón, la primavera desentumecía los cuerpos; los árboles
echaban hojas y flores a granel, el sol picaba y reía. El año anterior, ¡Onofre
no lo olvidaba!, Claudia, al principiar el buen tiempo, había querido pasear
todas las tardes, sin faltar una. Salían temprano, él del taller y ella del
obrador, y se iban por ahí hasta las diez dadas. La convidaba a merendar, la
hartaba de pájaros fritos y de fresilla. ¡Un despilfarro! Y este año apenas
conseguía decidirla a vagabundear dos días por semana. Reacia andaba la chica.
¡Atención, Onofre!
-¿Quién te ha dado ese dije de oro? -preguntó de
repente parándose en mitad de la calle, el carpintero a su compañera.
-¿De oro? Si es de dublé... -murmuró ella, azorada.
-A un hombre no se le miente, y si me vuelves a salir
por dublé, te meto en casa de mi compadre el platero, y te abochorno la cara.
¡Oro con piedras! ¡Copones! ¿Se puede saber por qué has mentido?
-Verás -balbució Claudia-. Es que... por si te
enfadabas... Tenía ahorrados unos cuartos... Lo compré de lance...
-¿Enfadarme yo? ¿Cuándo has visto que me mezcle en tus
gastos hija? ¿Lo compraste? ¿Dónde? ¿A quién?
-Me lo vendió la corredora, la Chivita... ¿No la
conoces tú? Es una con pelos en la barba...
Calló Onofre. Un relámpago de lucidez horrible acababa
de cegarle. ¡Aquello era otro embuste! ¡Una fila de embustes! ¿Con que la
Chivita? Él la encontraría aquella misma noche...
Pasaban por la plazuela de Santa Ana. Los árboles del
jardín convidaban a descansar a su sombra, de poblados y de verdes que los tenía
el abril. Risas de chiquillería, llamadas de niñeras se confundían con los
trinos de los canarios y jilgueros «maestros» colgados en jaulas, a las puertas
de las tiendas de pájaros y perros. Claudia se paró delante de una de estas
tiendas; lo acostumbraba; le gustaban mucho los bichos. Hizo fiestas a un loro,
a un gato de Angora, a un falderín, y se entretuvo más con las palomas. ¡Qué
ricas! Las había moñudas, de cuello empavonado, de patas calzadas...
-¡Ay! -exclamó-. ¡Esa tiene sangre!... Está herida.
Era una paloma de la casta conocida por «de la
puñalada». Sobre el buche, curvo y blanquísimo, un trozo rojo imitaba
perfectamente la herida fresca.
-Le habrá dado un corte su palomo -dijo gravemente
Onofre-. También los palomos serán capaces de barbaridades si otros les festejan
la hembra.
Claudia apartó los ojos y se coloreó. El dicho de
Onofre, sin tener nada de particular, le sonaba de un modo muy raro. ¡A saber si
era la conciencia! No se tranquilizó, ni mucho menos, cuando Onofre insistió,
poniéndose pesado, en regalarle aquella paloma de la cortadura. ¡Si no la podía
cuidar; si no la podía mantener! Si apenas tenía tiempo de echar cordilla al
gato! ¡Si faltaba jaula!
-También compro la jaula. No te apures. Hermosa, yo no
te podré ofrecer de lo que vende Ansorena... pero vamos, ¡que una pobre paloma!
¿Me vas a desairar? ¿No quieres nada mío?
Hablaba en irritada voz. Claudia no se atrevió a
negarse. Cargó Onofre con la jaula de mimbres y acompañó hasta su puerta a la
muchacha. De allí, derecho, en busca de la corredora. La encontró luego;
casualmente estaba en casa. Y sin duda el carpintero, en su interrogatorio, se
clareó, descubrió lo que traía entre cejas..., porque la Chivita, avezada a
tales indagatorias, imperturbable y con el tono más persuasivo contestó que sí,
que ella había vendido a Claudia el dije.
-¿Que día? -insistió Onofre, tozudo.
-¡Ay hijo! ¡Pues no es usted poco curioso! Si una se
fuese a acordar con tanto como vende...
-¿Qué costó? ¿Tampoco lo sabe?
-¡Jesús! Aunque me pidiese declaración el señor juez...
Veremos si me acuerdo mañana...
Desde la escalera, volviéndose hacia la puerta
mugrienta de la Chivita y cerrando los puños, el mocetón rugió entre dientes,
con ira inmensa:
-¡Condenada de al...! ¡Todos conchabados para
mentirme!...
De casa de la Chivita se fue Onofre a la taberna que
encontró más a mano. Era sobrio; no le divertía achisparse. Sólo que hay casos
en que un hombre... Pidió aguardiente: lo que emborrachase lo más pronto.
Necesitaba convertirse en cepo, no pensar hasta el otro día. Y echó copa tras
copa; por fin, se quedó amodorrado, con la cabeza caída sobre la sucia mesa de
la tasca.
A la mañana siguiente, a eso de las ocho, salía Claudia
para ir como siempre, al obrador. Era la última vez; se despediría de la
maestra, de las compañeras, de la labor, de los pinchazos en la yema del dedo.
«Aquel señor» -el del dije, el de las grises patillas, las quería en su casa, a
ella y a su madre, tratadas como reinas. La madre, ama de llaves...; la hija,
ama... ¡de todo! Proposiciones así no se desechan. ¿Y Onofre?... En primer
lugar, Onofre no sabía las señas del caballero. Hasta que las averiguase...
Después... pasado tiempo... Onofre se resignaría. Así y todo, Claudia llevaba el
corazón apretado. Miedo, miedo, un miedo invencible. Al entrar con la jaula de
la paloma, señá Dolores había gritado alarmada: «Fuera con eso, mujer; si parece
que tiene una puñalá de veras... ¡Vaya un regalo, la Virgen!» Y en sueños,
revolviéndose en la estrecha cama, la puñalada sangrienta en el pecho blanco
perseguía a Claudia. Le parecía que la herida estaba en su propio seno, y que la
sangre, en hilos, manaba y empapaba lentamente las sábanas y el colchón. La
pesadilla duró hasta el amanecer.
Ahora iba aprisa. Recogería el jornal, la almohadilla,
los avíos, y «¡abur, señora!» ¡Aire! A descansar, a comer bien, a vestir seda,
en vez de coserla para otras mujeres menos guapas. Claudia corría, deseosa de
llegar. En la esquina, distraídamente, tropezó, resbaló, quiso incorporarse. Una
mano ruda la sujetó al suelo; una hoja de cuchillo brilló sobre sus ojos, y se
le hundió, como en blanda pasta, en el busto, cerca del corazón. Y el asesino,
estúpido, quieto, no segundó el golpe -ni era necesario-. La sangre se extendía,
formando un charco alrededor de la cabeza lívida, inclinada hacia el borde de la
acera; y Onofre, cruzado de brazos, aguardaba a que le prendiesen, mirando cómo
del charco se extendían arroyillos rojos, coagulados rápidamente. |
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En el Santo
-¡Menudo embeleco! -había exclamado, colérica, la
Manuela cuando Lucas ordenó a Sidoro que se pusiese la chaqueta para bajar a la
pradera de San Isidro.
En cambio, Sidoro sintió palpitar de alegría su
corazoncito de seis años, encogido por la constante aspereza del trato feroz que
le daba su madrastra... o lo que fuese: la Manuela, mujerona con que ahora vivía
Lucas. En la infancia, decir novedad y cambio es decir esperanza ilimitada y
hermosa. ¡Bajar al Santo! ¿Quién sabe lo que el Santo guardaba en sus manos
benditas para los niños sin madre, para los niños apaleados y hambrientos?
Loco de contento se incorporó Sidoro al grupo, si bien
le agrió ya el primer gozo tener que cargar con un cestillo atestado de
provisiones. Pesaba mucho, y Sidoro hubiese implorado que le aliviasen la carga,
a no temer uno de los pellizcos de bruja, retorcidos y rabiosos, con que la
Manuela le señalaba cardenal para medio mes. Suspirando, alzó el cestillo como
pudo, y salieron calle de Toledo abajo, por entre olas de gentes, con un sol
capaz de freír magras, un sol más canicular que primaveral.
Tragando el polvo que soliviantaban ómnibus,
carricoches y simones, pasaron el puente de Toledo y llegaron al cerro, donde
hervía más compacta la alegre multitud. Lucas habló de entrar a rezarle al
Santo; pero la Manuela, levantando de un puntillón a Sidoro, que había caído
empujado por el remolino y agobiado por el peso, renegó de la idea y prefirió
comprar torrados, avellanas y rosquillas, y buscar donde merendar. La sed les
resecaba el gaznate, y Lucas, portador de la colmada bota, notando su grata
turgencia entre el brazo y las costillas, aprobó la determinación.
No fue fácil encontrar sitio conveniente a la sombra y
cerca del río. Los rincones agradables andaban muy solicitados. Por fin,
bastante tarde, descubrieron un ruin arbolillo, y se acomodaron al pie,
forjándose la ilusión de que las ramas les abrigaban la cabeza. Sidoro,
derrengado, soltó la cesta; Manuela fue sacando vituallas, y allí empezó el
embaular y los besos a la del tinto. Lucas se acordó de echarle a su hijo un
pedazo de tortilla y una hogaza, como quien echa un hueso a un cachorro;
después... no pensaron más en la criatura; y como el vinazo y el hartazgo quitan
la vergüenza, Lucas le tomó la cara a Manuela, allí mismo, sin pizca de reparo.
Con torpes pies, por llevar tan calientes los cascos, la pareja rompió a andar
hacia el cerro, donde era mayor el bullicio, y donde los tiovivos y los
merenderos y barracones convidaban al jolgorio; el niño, al tratar de seguirlos,
se halló detenido por un corro formado alrededor de un ciego coplero y
guitarrista; y cuando quiso reunirse con su gente, incorporarse, encontróse solo
entre la multitud, portador del cesto ya vacío y la bota floja y huera...
Se echó a llorar. Duros y malos como eran, aquel hombre
y aquella mujer le amparaban. Se sintió abandonado, náufrago en un mar muy
crespo, muy profundo y tormentoso. El gentío pasaba sin hacer caso del
chiquillo: éste le empujaba, el otro le desviaba con lástima, y una mano pronta
y desconocida le arrebató la boina de la cabeza... Nadie le preguntaba la causa
de su llanto; ¡para eso estaban! Entre el infernal bureo de la romería,
cualquiera atiende al llanto de un rapaz. El tecleo de los pianos mecánicos, el
rasguear de los guitarros, los cantares de los beodos, los pregones de las
rosquilleras, los mil ruidos que exhalan una muchedumbre apiñada, harta,
jaranera, procaz, en plena juerga al aire libre, exasperada por el olor a aceite
rancio de las buñolerías y el vaho tabernario de las barracas-bodegones,
ahogaban los sollozos del niño, como la viviente oleada de la multitud envolvía
y absorbía y arrastraba mecánicamente su cuerpo...
Por instinto, Sidoro se dejó llevar. Andando, andando,
podría encontrar tal vez a la pareja, o ¿quién sabe?, al Santo en persona. Pues
si en la romería no se encontraba al Santo, ¿a qué venía toda aquella gente? Y
el Santo sería muy bueno, que para eso era Santo, y por eso le rezaban y le
retrataban en figuritas de barro, y por eso los ángeles le ayudaban a arar.
¿Dónde estaba el Santo? Sidoro recordaba que Lucas, antes de buscar sitio para
la merienda, había hablado de ir a la ermita. ¿Qué sería la ermita? De seguro,
un sitio en que recogen y consuelan a los niños abandonados...
Mientras buscaba al glorioso labrador, Sidoro, a pesar
suyo, miraba los puestos, los centenares de tinglados donde se exhiben y
despachan los maravillosos pitos, que adornan rosetones de plata y florones de
papel rojo, las efigies pintorreadas de esmeralda, cobalto y bermellón, las
medallas y escapularios, la grosera loza, las figuritas de toreros y picadores,
los monigotes con cabeza de ministros, los grupos de ratas, las caricaturas
escatológicas, los jarros atestados de claveles de violento aroma, las hiladas
de botijos bermejos y blancos, las apetitosas rosquillas, los puestos de
avellaneros, con sus balanzas relucientes y sus sacos entreabiertos, rebosando,
tentando a la mano del niño... Y aquella orgía de colorines fuertes y chillones,
aquel vaivén incesante de la muchedumbre, aquellos sonidos discordantes, el
sentirse impulsado, zarandeado, arrebatado como una paja por el torrente humano;
la asfixiante atmósfera que respiraba, la desolación de su abandono, en vez de
arrancar lágrimas a la criatura, secaron las que corrían de sus ojos y le
produjeron una especie de embriaguez febril. Sin cuidarse de responsabilidades,
abandonó la bota y el cestillo, y se dejó caer en tierra, a la puerta de un
merendero donde bebían y cantaban canciones picantes, ininteligibles para Sidoro.
Una moza, sofocada, sentada en el suelo, daba la teta a una criatura. Sidoro vio
esta escena, el grupo siempre conmovedor y sagrado, y confusas reminiscencias,
no de la memoria, sino de los sentidos y la sensibilidad, más concreta en la
niñez, le recordaron que también a él le habían arrullado con palabras de azúcar
y de delirio, las palabras inefables de la maternidad, y un rostro amado, un
rostro que no podía olvidarse, surgió de entre la niebla del pasado... ¡pasado
tan corto y tan reciente! Y entonces, una de esas penas sin límites que sufren
los niños, cayó sobre el alma del huérfano.
En un instante, con el recuerdo del cariño y la ternura
de su madre, a quien no había vuelto a ver nunca, Sidoro evocó las crueldades y
desamor de la Manuela, y toda su carne tembló, pues no había en ella lugar donde
las despiadadas uñas de la mujerona no hubiesen dejado rastro de tortura... Y la
criatura, en su desconsuelo infinito, mientras la tarde caía y las luces de los
puestos comenzaban a abrir su pupila de llama, se revolcó sobre el árido suelo,
con muchas ganas de dormirse en un sueño largo, largo, largo, y despertarse al
lado de su madre, o de San Isidro, o de alguien que tuviese entrañas para los
pequeños y los débiles. A fuerza de aturdimiento, de cansancio, de calor, de
susto, de tristeza, se quedó, efectivamente, dormido... Despertó porque le
aporreaban y le tiraban del pelo a puñados. Era la Manuela, gritando
enronquecida y furiosa.
-A este maldito sí le encontramos...; pero ¿y la bota
nueva, y mi cestillo, y la servilleta, y el vaso que venían en él? ¡Condenao,
verás en cuanto lleguemos a casa! |
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Santos Bueno
Hacía tiempo -muchos meses- que no le veía yo por
ninguna parte: ni en la calle, ni en el Casino de la Amistad, ni en la Pecera,
ni siquiera en la barriada nueva que se está construyendo. Porque Santos Bueno
es de los que tienen afición a ver edificar y gustan de plantarse delante de los
andamios con las manos a la espalda, diciendo sentenciosamente: «Estas sí que
son vigas de recibo; no pandarán».
Extrañando tan largo eclipse, temiendo que Santos Bueno
estuviese enfermo de cuidado, resolví buscarle en su casa, donde le encontré
entregado a sus habituales tareas, apacible y afable como de costumbre.
-¿Qué es esto? ¿Se ha metido usted cartujo? ¿Es voto de
clausura?
-No, señor...; ¡no, señor! -respondió sonriendo
Santos-. Si yo salgo y me paseo. No parece sino que vivo encerrado.
-¿Que sale usted? Pues no le veo nunca.
-Porque salgo un poco tarde..., a las horas en que no
hay gente.
-Esconderse se llama esa figura.
Volvió Santos a sonreír con aquella su indescriptible
expresión enigmática, y dijo tranquilamente:
-Pues ha acertado usted. Hay ocasiones en que... se
encuentra uno muy a gusto escondido.
Adiviné que bajo la teoría de las ventajas del
escondite se ocultaba alguna crisis dolorosa de la vida de Santos Bueno.
Yo creía conocerle, y además sabía su historia y sus
aspiraciones, como se saben en un pueblo pequeño las de cada hijo de vecino.
Santos Bueno era un burgués modesto, sin grandes aspiraciones; ni pobre ni rico,
poseía un capitalito, producto de la afortunada venta de unos bienes
patrimoniales, lindantes con el prado de un indianete, que por tal circunstancia
los había pagado a peso de oro.
Con estos caudales, Santos proyectaba realizar un sueño
ya muy antiguo: construirse en las afueras de la ciudad una casita que tuviese
jardín y vivir en ella sin emociones, pero sin desazones, cultivando legumbres y
rosas. Es de advertir que la casita con jardín es la bella ilusión de los
marinedinos.
No sé por qué se me vino a la imaginación que con
aquellos dineros podrían relacionarse la actitud y el retraimiento de Santos, y
movido de una curiosidad compasiva, le interrogué:
-¿Y esa casita, ese chalet, cuándo lo empezamos? ¿Me
convida usted a café en el jardín para el día de su santo del año que viene?
Demudóse el rostro de Santos, y hasta se me figuró que
en sus ojos temblaba el reflejo cristalino que indica que se humedecen...
-Ya no hago la casita -murmuró con abatimiento.
-¿Qué no la hace usted? ¿Cómo es eso? ¿Se ha jugado
usted los capitales?
-Bien sabe usted que no me da por ahí...
-¿Pues qué ocurre? ¿Ha pensado usted en otra inversión?
¿Ha emprendido algún negocio?
-Si usted me promete no decir nada a nadie...
-Pierda usted cuidado, don Santos. La tumba es una
cotorra comparada conmigo.
-Pues es el caso que..., que he... prestado... esa
suma.
-¿Prestado? ¿Al cien por cien mensual? ¿Con garantía?
¡Ah usurero!
-Déjese de bromas, Garantía... Tengo la de la honradez
de mi deudor.
-¡Ay pobre don Santos! ¿Quién me lo ha engañado?
-No, le advierto a usted que es persona que goza de
excelente fama... Para ser franco: mi ánimo no era prestar, ni a ese ni a nadie.
Me cogió desprevenido: no pude negarme; a él le constaba que tenía yo fondos. Vi
un padre de familia en aprieto, en compromiso, en vergüenza..., me prometió
amortizar cada mes... ¡En fin, que no tengo el corazón de bronce!
-¿Conque prestamitos a padres de familia pobres, pero
bribones? ¿Y qué tal? ¿Amortiza? ¿Amortiza?
-Por ahora..., no.
-¿Cuántos meses han pasado?
-Seis..., es decir, hoy se cumplen siete...
-Y usted, después de haber hecho esa obra benéfica y
desinteresada, ¿por que se esconde? Eso si que quisiera saberlo.
-Le diré... Son tonterías de mi carácter...
¡Rarezas...! Es que, hace algún tiempo, me encontré en la calle a mi deudor y le
pedí..., vamos, con muy buenos modos..., que empezase a amortizar... lo que
pudiese..., nada más que lo que pudiese... Y me contestó de una manera...; en
fin, que me negó lo prometido, y casi, casi, me negó la deuda misma... Y desde
entonces no salgo a la calle..., porque si me lo encuentro, me dará vergüenza y
tendré que hacer como si no le viese. Sí, vergüenza... Porque es fea su acción,
¿verdad? |
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Sustitución
No hay nadie que no se haya visto en el caso de tener
que dar, con suma precaución y en la forma que menos duela, una mala noticia. A
mí me encomendaron por primera vez esta desagradable tarea cuando falleció
repentinamente la viuda de Lasmarcas, única hermana de don Ambrosio Corchado.
Yo no conocía a don Ambrosio; en cambio, era uno de los
tres o cuatro amigos fieles del difunto Lasmarcas, y que visitaban con asiduidad
a su viuda, recibiendo siempre acogida franca y cariñosa. Las noches de invierno
nos servía de asilo la salita de la señora, donde ardía un brasero bien pasado,
y las dobles cortinas y las recias maderas no dejaban penetrar ni corrientes de
aire ni el ruido de la lluvia. Instalado cada cual en el asiento y en el rincón
que prefería, charlábamos animadamente hasta la hora de un té modesto y fino,
con galletas y bollos hechos en casa, tal vez por razones de economía.
Nos sabía a gloria el té casero, y concluíamos la
velada satisfechos y en paz, porque la viuda de Lasmarcas era una mujer de
excelente trato, ni encogida, ni entremetida, ni maliciosa en extremo, ni
neciamente cándida, y en cuanto amiga, segura y leal como, ¡ojalá!, fuesen todos
los hombres. Al saber que había aparecido muerta en su cama, fulminada por un
derrame seroso, sentimos el frío penetrante del «más allá», el estremecimiento
que causa una ráfaga de aire glacial que nos azota el rostro al entrar en un
panteón. ¡Así nos vamos, así se desvanece en un soplo nuestra vida, al parecer
tan activa y tan llena de planes, de esperanzas y de tenaces intereses!
Precisamente la noche anterior habíamos ido de tertulia a casa de la señora de
Lasmarcas; aún nos parecía verla ofreciéndonos un trozo de bizcochada, que
alababa asegurando ser receta dada por las monjas de la Anunciación...
Advertidos de la desgracia los amigos íntimos, se
decidió que yo me encargaría de avisar al hermano de la difunta. Don Ambrosio
Corchado no vivía en la misma ciudad que su hermana, sino a dos leguas, en una
posesión de donde no salía jamás, y donde la viuda residía en la temporada de
verano. Rico y poco sociable, don Ambrosio realizaba el tipo de solterón: no
quería molestar al mundo, y menos toleraba que el mundo le molestase a él. A su
manera, lo pasaba perfectamente, introduciendo mejoras en su finca, dirigiendo
la labranza y cebando gallinas y cerdos. Es cuanto sabíamos de don Ambrosio.
Para cumplir sin tardanza mi cometido, encargué un coche, y a los tres cuartos
de hora lo tenía ante la puerta, con repique de cascabeles y traqueteo de ruedas
chirriantes.
Entré en el desvencijado vehículo y tomamos la
dirección de la finca. Era preciosa la mañana, vibrante, alegre, llena de sol y
luz, preludiando la primavera, que se acercaba ya. Reclinado en el fondo del
birlocho, viendo desaparecer por la ventanilla el pintoresco paisaje, me entró,
a pesar del buen tiempo y del aire puro y vivo, una dolorosa melancolía, una
especie de aprensión y de timidez violenta.
El corazón se me encogió, pensando en lo que debía
participar a don Ambrosio, y en cómo empezaría a hacerle paladear el trago para
que sintiese menos su amargor. Me representaba con eficacia lo dramático del
momento. Don Ambrosio no tenía otra hermana, ni más familia en el mundo. La
señora de Lasmarcas no dejaba hijos que pudiese recoger su hermano y que
alegrasen su solitaria vejez. ¡Una hermana! El ser a quien acompañamos desde la
cuna; con quien hemos jugado de niños; ser que lleva nuestra sangre; que ha
compartido nuestros primeros inocentes goces, nuestros primeros berrinches; que
ha sido nuestro confidente, nuestro encubridor, que vio nuestras travesuras y se
emocionó con nuestros amoríos infantiles; la mamá pequeña, la amiga natural, la
cómplice desinteresada, la defensora. El que no conoce otro afecto; el que de
todos los suyos conserva una hermana, ¡qué sentirá al saber que la ha perdido!
Sin duda alguna, lo que el árbol cuando le hincan el hacha en mitad del tronco,
cuando lo hienden y parten. Además, ¡era tan súbita la muerte! Tal vez don
Ambrosio se había forjado mil veces la ilusión de que su hermana, más joven que
él, le cerraría los ojos.
Estos pensamientos exaltaron mi imaginación, me
causaron tan indefinible angustia, que al pararse el coche ante el portón de la
finca llevaba yo los ojos humedecidos de lágrimas. Dominé mi debilidad, salté a
tierra, y al preguntar por don Ambrosio a un hombre que igualaba la arena del
patio, soltó él de muy buena gana el escardillo y me guió, pasando por hermosos
jardines adornados con fuentes y por un huerto de frutales, a una pradería,
donde varios gañanes trabajaban en segar hierba y amontonarla en carros, bajo la
inspección de un vejete de antiparras azules y sombrero de paja. Era don
Ambrosio en persona.
Me saludó con sorpresa, y al decirle que venía por un
asunto de cierta importancia, mostró bastante amabilidad. Explicóme que el
pradito aquel rendía todos los años más de treinta carros de hierba seca, que se
vendía como pan bendito; y cediendo a la propensión de hablar sólo de lo que se
roza con preocupaciones del orden práctico, añadió que temía que viniese a
llover, y activaba la faena a fin de recoger la hierba en buenas condiciones.
Después me señaló a una esquina del prado, que cruzaba un limpio riachuelo, y me
preguntó si creía la fuerza del agua suficiente para hacer mover un molino
harinero que pensaba instalar allí. Su cara arrugadilla y su cascada voz
adquirían gravedad al enunciar estos propósitos. Yo, entre tanto buscaba sitio
por donde herirle; pero dos o tres insinuaciones acerca de la mala salud de la
viuda no arrancaron más que un distraído «vaya, vaya». Entonces resolví apretar
y entré en materia: venía precisamente porque la señora, algo enferma desde
ayer...
-Sí, molestias del invierno, catarrillos -respondió
maquinalmente.
Me sublevó la salida, y solté las dos palabras
«enfermedad grave»... Al través de los azules vidrios noté que parpadeaba el
viejo.
-¿Grave? Y el médico ¿qué dice?
-No hubo tiempo de consultarle... -exclamé-. Ya ve
usted, las cosas repentinas...
-Pues que se consulte, que se consulte -repitió
volviéndose para ver pasar un carro cargado a colmo-. ¡Eh -gritó dirigiéndose a
los gañanes-, brutos, que se os cae la mitad de la hierba! ¡Sujetad bien la
carga, por Cristo!
-¿No le digo a usted -interrumpí alzando también la
voz- que no dio lugar a consultar nada? Fue de pronto..., la...
Se me atragantaba la palabra terrible; pero al fin la
solté:
-¡La... la muerte!
Don Ambrosio hizo un movimiento hacia atrás. Sus
vidrios azules centellearon al sol, Titubeando murmuró:
-De manera... que... que...
-Que ha fallecido su hermana de usted, sí, señor; esta
mañana se la encontraron cadáver... en la cama... Un derrame seroso.
El viejo guardó silencio, columpiando la cabeza.
Después de una pausa, tosiqueó y dijo tranquilamente:
-¡Válgate Dios! Le llegó su hora a la pobre... Bueno;
si hay cualquier dificultad para el entierro, que... que cuenten conmigo... Por
poco más... ¿sabe usted?, que se haga todo con decencia... En cien duros arriba
o abajo no deben ustedes reparar.
-¿No vendrá usted al funeral? -pregunté devorando al
viejo con los ojos.
-Verá usted... Con el prado a medio segar y este tiempo
tan a propósito..., imposible. ¡Bueno andaría esto si faltase yo! Mañana
justamente viene el maestro de obras para tratar lo del molino... Hay que rumiar
el contrato, porque si no esas gentes le pelan a uno. ¿Y usted qué opina?
¿Tendrá fuerza el agua? Ahora en primavera no hay cuidado; pero ¿en otoño?
Salí de allí en tal estado de exasperación, que batí la
portezuela del coche al cerrarla, contribuyendo a desbaratar el fementido
birlocho. Otra vez me dominaba una tristeza invencible; me sentía ridículo, y la
miseria de nuestra condición me abrumaba al pensar en aquel vejete insensible
como una roca, que sólo se ocupaba en el prado y el molino y se olvidaba de la
proximidad de la muerte. ¡Valiente necedad mis precauciones y mis recelos para
darle la noticia! De pronto se me ocurrió una idea singular. Mi acceso de
sensibilidad compensaba la indiferencia de don Ambrosio. El verdadero «hermano»
de la pobre muerta era yo, yo que había sentido el dolor fraternal, yo que me
había sustituido, con la voluntad y el sentido, al hermano según la carne. En el
mundo moral como en el físico nada se pierde, y todos los que tienen derecho a
una suma de cariño, la cobran, si no del que se la debe, de otro generoso
pagador. Consolado al discurrir así, saqué la cabeza por la ventana y dije al
cochero (de veras que se lo dije):
-Más aprisa, que necesito disponer el funeral de mi
hermana. |
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La «Compaña»
Invierno. Después de un día corto, lluvioso y triste,
la noche es clara, de luna; la helada prende en sus cristales, resbaladizos y
brillantes como espejos, el agua de la charcas y ciénagas, y en la ladera más
abrupta de la montaña se oye el oubear del lobo hambriento. Dentro de la casucha
del rueiro humilde, la llama de la ramalla de pino derrama la dulce tibieza de
sus efluvios resinosos, y el glu-glu del pote conforta el estómago engañando la
necesidad, pues el pobre caldo de berzas sólo mantiene porque abriga.
Desviada de la aldea por el soto de altos castaños,
próxima a la iglesia y al cementerio, la ruin casuca de la vieja señora Claudia
-alias Cometerra, porque en sus juventudes mascaba a puñados la arcilla del
monte Couto-también siente el bienestar del cariñoso fuego. Todo el día,
calándose hasta las médulas, ha trabajado su nieto Caridad, y el brazado de
ramalla y la leña todavía húmeda y la hierba que rumia la becerrita roja él se
las ha agenciado... No preguntéis dónde. Quien no tiene bosque ni pradería suya,
ha de merodear por tierras de otro. ¿Qué señor le arrienda un lugar a un mocoso
de quince años, hijo de un presidiario muerto en Ceuta? El colono ha de ser
libre de quintas, casado y de buena casta. ¡Valiente adquisición la de aquella
bruja que pedía por las puertas una espiga de maíz o una corteza mohosa, y la de
aquel galopín, que no dejaba en los términos de la parroquia cosa a vida!
También hay clases en la aldea... Y los hijos de dos o tres labradores de los
más acomodados, de pan y puerco, se la tenían jurada a Caridad. Porque puede
pasar el esquilmo de la rama y del tojo, y hasta el apañar hierba en linderos
que no tienen dueño; pero arrancar la patata ya en sazón o desvalijar un panel
del hórreo... eso son palabras mayores, y como le pillasen..., ¡guarda el
escarmiento!
Caridad, entre tanto, traía a casa bien repleto su
«paje» de mimbres. Aquel día formaban el botín golpe de castañas maduras,
bellotas y, ¡presa extraordinaria!, tres o cuatro hermosos huevos frescales...
Cuando tenía suerte en su caza de víveres, ¡la abuela le pagaba tan bien!
Inagotable repertorio de consejas, tradiciones y patrañas, Cometerra, acurrucada
en el rincón del lar, mientras con mano temblona pelaba las patatas o desgranaba
las espigas, rubias, hablaba, narraba, ensartaba sus cuentos de mil mentiras...
Y Caridad no conocía otro goce. Las historias de la abuela eran a la vez su
única escuela y su único teatro, el pasto de su imaginación virgen, fresca,
insaciable, de chiquillo que no sabe leer, y que presiente la novela y la
poesía, identificándolas, en su ignorancia, con la vida y la realidad.
Tal vez en aquel precoz enfermizo desarrollo de la
fantasía influyese el mismo aislamiento a que le condenaban sus menudos
latrocinios y la azarosa suerte y las fechorías de su padre. Es lo cierto que
Caridad creía a puño cerrado..., ¿qué es creer?, «veía». El mundo triste y
agorero de la vieja mitología galaica le rodeaba a todas horas. El miedo a lo
desconocido encogía su alma y derramaba hielo de mortal pavor en sus venas,
atrayéndole, sin embargo, con misterioso atractivo, llamándole. Temía y deseaba
la aparición sobrenatural, y mientras sus manos, mecánicamente, cogían lo ajeno,
su espíritu inculto sentía el escalofrío del mundo invisible que nos rodea, y
cuyo hálito quejoso se percibe en los murmullos del bosque y en el fluyente
llanto de agua...
Esta noche de invierno, cercana ya la vigilia de los
difuntos, Cometerra explica a su nieto lo que es la «Compaña» o «Hueste». Es una
legión de muertos que, dejando sus sepulturas, llevando cada cual en la
descarnada mano un cirio, cruzan la montaña, allá a lo lejos, visibles sólo por
la vaga blancura de los sudarios y por el pálido reflejo del cirio
desfalleciente. ¡Ay del que ve la «Compaña»! ¡Ay del que pisa la tierra en que
se proyecta su sombra! Si no se muere en el acto la vida se le secará para
siempre a modo de hierba que cortó la fouce. Quebrantando, sin fuerzas, tocado
de extraño, mal contra el cual no existen remedios, irá encaminándose poco a
poco a la cueva, porque la «Hueste» recluta así a los que encuentra en el
camino, los alista en sus filas, refuerza su ejército de espectros... ¡Infeliz
del que ve la «Compaña»!...
En su pobre y frío lecho de hojas de maíz, Caridad se
revuelve pensando en la fúnebre procesión. El fuego del lar se ha extinguido; la
abuela ronca acurrucada a pocos pasos; se escucha fuera el gañir del lobo y la
queja casi humana del mochuelo... La tentación es demasiado fuerte. De seguro
que a estas horas desfila por el monte, en doble hilera de luces, la gente del
otro mundo. ¡Verla! Caridad no se acuerda que verla es morir. Quizá no le
importa. El apego a la vida no nace temprano; el arbolillo sin raíces no se
agarra a la corteza terrestre. El miedo, en Caridad, es como un espasmo: su alma
estremecida teme y desea a la vez. Y deslizándose de la dura cama, a tientas va
hacia la puerta, abre el cancel, se asoma y mira.
Velada la luna, antes esplendente, por nubarrones de
trágica forma, negrísimos, los objetos aparecen confusos, las manchas de la
arboleda se pierden entre la turbieza gris de la lejanía. Caridad, tiritando,
echa a andar en dirección a la iglesia. Sin darse cuenta del porqué, supone que
la «Hueste» ronda las tapias del cementerio. Lo singular es que, al ir en busca
de la procesión de las almas, el chiquillo tiembla, sus dientes castañean, sus
pupilas se dilatan, su sangre se cuaja, su corazón por momentos cesa de latir.
Y, sin embargo, anda, anda, fascinado; ansioso, pisando la escarcha con
descalzos pies, amoratados y rígidos. Allá donde se alza el muro del camposanto,
una claridad difusa, unos campos de luz verdosa le llaman con palpitaciones de
mortaja flotante y, con humaradas de cirio que se extingue. Allí está de seguro
la «Hueste»... Ya cree verla, verla distintamente, y hasta escucha reprimidos
sollozos, ahogados gritos que pueden confundirse con la ironía de la carcajada
brutal... Sin transición, sin espacio a decir Jesús, a llamar a su madre como la
llaman los heridos de muerte. Caridad se desploma. A un mismo tiempo le ha
partido la cabeza un garrotazo y le ha abierto la garganta el corvo filo de una
céltica bisarma, que a la vez que desagüella sujeta a la víctima. La sangre,
caliente, se coagula sobre la helada superficie del terruño. Los mozos se
retiran, dejando tieso allí al ladronzuelo, y murmurando, serios ya, porque no
habían pensado ir tan lejos, ni hubiesen ido a no mediar el mosto nuevo y la
vieja «caña»:
-Quedas escarmentado. |
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La dentadura
Al recibir la cartita, Águeda pensó desmayarse.
Enfriáronse sus manos, sus oídos zumbaron levemente, sus arterias latieron y
veló sus ojos una nube. ¡Había deseado tanto, soñado tanto con aquella
declaración!
Enamorada en secreto de Fausto Arrayán, el apuesto mozo
y brillantísimo estudiante, probablemente no supo ocultarlo; la delató su
turbación cuando él entraba en la tertulia, su encendido rubor cuando él la
miraba, su silencio preñado de pensamientos cuando le oía nombrar; y Fausto, que
estaba en la edad glotona, la edad en que se devora amor sin miedo a
indigestarse, quiso recoger aquella florecilla semicampestre, la más perfumada
del vergel femenino: un corazón de veinte años, nutrido de ilusiones en un
pueblo de provincia, medio ambiente excitante, si los hay, para la imaginación y
las pasiones.
Los amoríos entre Fausto y Águeda, al principio, fueron
un dúo en que ella cantaba con toda su voz y su entusiasmo, y él, «reservándose»
como los grandes tenores, en momentos dados emitía una nota que arrebataba.
Águeda se sentía vivir y morir. Su alma, palacio mágico siempre iluminado para
solemne fiesta nupcial, resplandecía y se abrasaba, y una plenitud inmensa de
sentimiento le hacía olvidarse de las realidades y de cuanto no fuese su dicha,
sus pláticas inocentes con Fausto, su carteo, su ventaneo, su idilio, en fin.
Sin embargo, las personas delicadas, y Águeda lo era mucho, no pueden absorberse
por completo en el egoísmo; no saben ser felices sin pagar generosamente la
felicidad. Águeda adivinaba en Fausto la oculta indiferencia; conocía por
momentos cierta sequedad de mal agüero; no ignoraba que a las primeras brisas
otoñales el predilecto emigraría a Madrid, donde sus aptitudes artísticas le
prometían fama y triunfos; y en medio de la mayor exaltación advertía en sí
misma repentino decaimiento, la convicción de lo efímero de su ventura.
Un día estrechó a Fausto con preguntas apremiantes:
-¿Me quieres de veras, de veras? ¿Te gusto? ¿Soy yo la
mujer que más te gusta? Háblame claro, francamente... Prometo no enfadarme ni
afligirme.
Fausto, sonriente, halagador, galante al pronto, acabó
por soltar parte de la verdad en una aseveración exactísima:
-Guedita: eres muy mona..., muy guapa, sin adulación...
Tienes una tez de leche y rosas, unas facciones torneadas, unos ojos de
terciopelo negro, un talle que se puede abarcar con un brazalete... Lo único que
te desmerece..., así..., un poquito..., es la pícara dentadura. Es que a no ser
por la dentadura..., chica, un cuadro de Murillo.
Calló Águeda, contrita y avergonzada; pero apenas se
hubo despedido Fausto, corrió al espejo. ¡Exactísimo! los dientes de Águeda,
aunque sanos y blancos, eran salientes, anchos a guisa de paletas, y su
defectuosa colocación imponía a la boca un gesto empalagoso y bobín. ¿Cómo no
había advertido Águeda tan notable falta? Creía ver ahora por primera vez la fea
caja de su dentadura, y un pesar intenso, cruel la abrumaba... Lágrimas
ardientes fluyeron por sus mejillas, y aquella noche no pegó ojo dando vueltas,
entre el ardor de la fiebre a la triste idea... «Fausto ni me quiere ni puede
quererme. ¡Con unos dientes así!»
Desde el instante en que Águeda se dio cuenta de que en
realidad tenía una dentadura mal encajada y deforme, acabóse su alegría y
vinieron a tierra los castillos de naipes de sus ensueños. Rota la gasa dorada
del amor, veía confirmados sus temores relativos a la frialdad de Fausto; mas
como el espíritu no quiere abandonar sus quimeras, y un corazón enamorado y
noble no se aviene a creer que su mismo exceso de ternura puede engendrar
indiferencia, dio en achacar su desgracia a los dientes malditos. «Con otros
dientes, Fausto sería mío quizá». Y germinó en su mente un extraño y atrevido
propósito.
Sólo el que conozca la vida estrecha y rutinaria de los
pueblos pequeños, la alarma que produce en los hogares modestos la perspectiva
de cualquier gasto que no sea de estricta utilidad, la costumbre de que las
muchachas nada resuelvan ni emprendan, dejándolo todo a la iniciativa de los
mayores, comprenderá lo que empleó Águeda de voluntad, maña y firmeza, hasta
conseguir dinero y licencia para realizar sus planes... Fausto había volado ya a
Madrid; el pueblo dormitaba en su modorra invernal, y Águeda, levantándose cada
día con la misma idea fija, suplicaba, rogaba, imploraba a su madre, a su
padrino, a sus hermanas, sacando a aquélla una pequeña cantidad, a aquél un
lucido pico, a éstas de la alcancía los ahorros..., hasta juntar una suma, con
la cual, llegada la primavera, tomó el camino de la capital de la provincia...
Iba resuelta a arrancarse todos los dientes y ponerse una dentadura ideal,
perfecta.
Águeda era muy mujer, tímida y medrosa. No se preciaba
de heroína y la espantaba el sufrimiento. Un escalofrío recorrió sus venas,
cuando, discutido y convenido con el dentista el precio de la cruenta operación,
se instaló en la silla de resortes, y encomendándose a Dios, echó la cabeza
atrás...
No se conocían por entonces en España los anestésicos
que hoy suelen emplearse para extracciones dolorosas, y aunque se tuviese
noticia de ellos, nadie se atrevía a usarlos, arrostrando el peligro y el
descrédito que originaría el menor desliz en tal delicada materia. Tenía, pues,
Águeda que afrontar el dolor con los ojos abiertos y el espíritu vigilante, y
dominar sus nervios de niña para que no se sublevasen ante el atroz martirio.
Desviados, salientes y grandes eran sus dientes todos.
Había que desarraigarlos uno por uno. Águeda, cerrando los ojos, fijó el
pensamiento en Fausto. Temblorosa, yerta de pavor, abrió la boca y sufrió la
primera tortura, la segunda, la tercera... A la cuarta, como se viese cubierta
de sangre, cayó con un síncope mortal.
-Descanse usted en su casa -opinó el dentista.
Volvió, sin embargo, a la faena al día siguiente,
porque los fondos de que disponía estaban contados y le urgía regresar al
pueblo... No resistió más que dos extracciones; pero al otro día, deseosa de
acabar cuanto antes soportó hasta cuatro, bien que padeciendo una congoja al
fin. Pero según disminuían sus fuerzas se exaltaba su espíritu, y en tres
sesiones más quedó su boca limpia como la de un recién nacido, rasa,
sanguinolenta... Apenas cicatrizadas las encías, ajustáronle la dentadura nueva,
menuda, fina, igual, divinamente colocada: dos hileritas de perlas. Se miró al
espejo de la fonda; se sonrió; estaba realmente transformada con aquellos
dientes, sus labios ahora tenían expresión, dulzura, morbidez, una voluptuosa
turgencia y gracias que se comunicaba a toda la fisonomía... Águeda, en medio de
su regocijo, sentía mortal cansancio; apresuróse a volver a su pueblo, y a los
dos días de llegar, violenta fiebre nerviosa ponía en riesgo su vida.
Salió del trance; convaleció, y su belleza,
refloreciendo con la salud, sorprendió a los vecinos. Un acaudalado cosechero,
que la vio en la feria, la pidió en matrimonio; pero Águeda ni aún quiso oír
hablar de tal proposición, que apoyaban con ahínco sus padres. Lozana y adornada
esperó la vuelta de Fausto Arrayán, que se apareció muy entrado el verano, lleno
de cortesanas esperanzas y vivos recuerdos de recientes aventuras. No obstante,
la hermosura de Águeda despertó en él memorias frescas aún, y se renovaron con
mayor animación por parte del galán los diálogos y los ventaneos y los paseos y
las ternezas. Águeda le parecía doblemente linda y atractiva que antes, y un
fueguecillo impetuoso empezaba a comunicarse a sus sentidos. Cierto día que,
hablando con uno de sus amigos de la niñez, manifestó la impresión que le
causaba la belleza de Águeda, el amigo respondió:
-¡Ya lo creo! Ha ganado un cien por cien desde que se
puso dientes nuevos.
Atónito, quedó Fausto. ¿Cómo? ¿Los dientes? ¿Todos, sin
faltar uno? ¡Cuánto trastorna la vanidad femenil! Y soltó una carcajada de
humorístico desengaño...
Cuando, años después, le preguntó alguien por qué había
roto tan completamente con aquella Águeda, que aún permanecía soltera y llevaba
trazas de seguir así toda la vida, Fausto Arrayán, ya célebre, glorioso, dueño
del presente y del porvenir, respondió, después de hacer memoria un instante:
-¿Águeda...? ¡Ah, sí! Ahora recuerdo... ¡Porque no es
posible que entusiasme una muchacha sabiendo que lleva todos los dientes
postizos!... |
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Inspiración
El taller a aquella hora, las once de la mañana, tenía
aspecto alegre y hasta cierta paz doméstica: limpio aún, barrido, no manchado
por las colillas y los fósforos, los fragmentos de lápiz de color y el barro de
las botas, con la alegre luz solar que entraba por el gran medio punto,
acariciaba los muebles y arrancaba reflejos a los herrajes del bargueño, a los
clavos de asterisco de los fraileros, y a los estofados del manto de la gótica
Nuestra Señora. La horrible careta nipona reía de oreja a oreja, benévolamente,
y Kruger, el enorme y lustroso dogo de Ulm, echado sobre un rebujo de telas de
casulla, deliciosas por sus tonos nacarados que suavizaba el tiempo, dormitaba
tranquilo, reservando sus arrebatos de cariño, expresados con dentelladas y
rabotadas, para la tarde.
Luchaba, desesperadamente Aurelio Rogel instalado ante
el caballete y el lienzo limpio, con una de esas crisis de desaliento que
asaltan al artista en nuestra época sobresaturada de crítica y recargada con el
peso de tantos ideales y tantas teorías y tantas exigencias de los sentidos
gastados y del cerebro antojadizo. ¿Qué pondría en aquella tela rasa y
agranitada? ¿A qué expresión responderían las manchas de los colores que
aguardaban en fila, al margen de la bruñida paleta, como soldados dispuestos a
entrar en combate? Sentíase cansado Aurelio de «academias y estudios»; del
eterno dibujar por dibujar, persiguiendo de cerca a la línea y al contorno, sin
saber para qué, con la falta de finalidad del avaro que atesora, pero que no
hace circular la riqueza. Aquella ciencia del dibujo, en que Aurelio se preciaba
de haber vencido y superado a todos sus compatriotas, tildados de malos
dibujantes; aquel dominio de la forma, en tal momento, le parecería estéril,
vano, si no podía servirle para encarnar una idea. Y la idea la veía surgir como
vapor luminoso, flotando ante sus ojos soñadores, sin lograr que se concretase y
definiese; así es que, descorazonado, no se resolvía a coger el lápiz.
¿Qué iba a haber? Dentro de un cuarto de hora
aparecería el modelo, el eterno modelo; uno de los eternos modelos, mejor dicho.
O el tagarote aguardentoso, velludo y bestial; o la moza flamenca y zafia, que
dejaba en el taller olor a bravía y a jabón barato; o el mozalbete achulado,
afeminado, el pâle voyou; serie de cuerpos plebeyos y viciosos, cuya vista había
llegado a irritar los nervios de Aurelio hasta el punto de enfurecerle. ¿Dónde
estaba la Belleza?
«La crearé sin modelo alguno -pensaba-; la sacaré de mi
mente, de mis aspiraciones, de mi corazón, de mi sensibilidad artística...»
Pero a la vez que afirmaba este programa, se daba
cuenta, de que no podía realizarlo; que le sujetaban lazos técnicos, la
costumbre idiota de mirar hacia un objeto, la fidelidad escrupulosa, la
impotencia para trasladar al lienzo lo que los ojos no hubiesen visto y
estudiado en realidad.
Así es que, cuando sonó la campanilla anunciando la
llegada del modelo -segura a tales horas- el pintor sintió un estremecimiento de
repugnancia invencible.
«Hoy le despido», resolvió. Y, de mal talante, salió a
abrir.
Hizo un movimiento de sorpresa. La persona que llamaba
era desconocida, una joven, casi una niña, representaba quince años a lo sumo. A
la interrogación de Aurelio, respondió la muchacha dando señales de temor y
cortedad:
-Vengo... porque me ha dicho tío Onofre, el Curda...,
¿no sabe usté?, pues que como está muy malísimo..., y dijo que usté le aguardaba
pa retratarle..., le traigo el recao que no vendrá.
-Bien, hija -contestó Aurelio satisfecho y como libre
de una carga-. ¿Y qué tiene tío Onofre?
-Eso del trancazo -declaró la muchacha. En la cama está
hace tres días, y paece que le han molío toos los huesos.
Y como a pesar de que en apariencia estaba cumplida la
misión de la chiquilla, esta no se quitaba del marco de la puerta, el pintor,
compadecido, la apartó diciendo:
-Pasa hija. Ven, te daré un poco de vino de Málaga...
Entró la niña tímidamente, pero sin remilgos ni
dificultades, y ya en el taller, miró alrededor con ojos asombrados, que
expresaban el respeto por lo que no se comprende y un vago susto. De pronto sus
pupilas tropezaron con un desnudo de mujer; el de la mocetona flamenca y zafia,
representada en una contorsión de ménade, sobre el mismo rebujo, de telas
antiguas en que Kruger dormitaba ahora. Y Aurelio, que examinaba a la chiquilla,
ya fuera de la penumbra de la antesala, con esa ojeada del artista que sin
querer detalla y desmenuza, se echó atrás y se fijó lleno de interés. La palidez
clorótica de la niña, al aspecto del «estudio de mujer», se había transformado
en el color suave de la rosa que las floristas llaman «carne doncella», pasando
poco a poco, mediante una gradación bien caracterizada, a tonos cuya belleza
recordaba la de las nubes en las puestas de sol. Como si invisibles ventosas
atrajesen la poca sangre de las venas y las arterias a la piel, subieron las
ondas, primero rosadas y luego de carmín, a las mejillas, a la frente, a las
sienes, a toda la faz de la criatura; y en el pasmo de su inocente mirar, y en
la expresión de indecible sorpresa de su boca, se reveló una belleza interior
tan grande, que Aurelio estuvo a punto de caer de rodillas.
Nada dijo la niña; nada el pintor tampoco. Sólo cuando
la oleada de vergüenza empezó a descender también, gradualmente, preguntó
Aurelio, tímido a su vez:
-¿Eres tú hija del tío Onofre?
-No señor... Soy su ahijá. No tengo padre ni madre.
-¿Con quién vives?
-Con tío Onofre.
-¿Le sirves de criada? ¿Trabajas?
-Trabajo lo que puedo -fue la respuesta humilde-. Hay
mucha necesiá... Si no fuera por los señoritos que retratan a tío Onofre, no se
como saldríamos del apuro. Y ahora, con la enfermedá...
Envalentonada por la dulzura con que Aurelio le había
hablado, prosiguió la niña:
-Nos vamos a ver negros. En casa, señorito, no hay una
peseta. Como tío Onofre tiene esa mal costumbre de la bebía... Si no es la
bebía, hombre más bueno no se encuentra en to Madrí. Pero el maldito amílico...,
que le tiene corroías las entrañas... Y como tío Onofre sabe que usté y el otro
señorito pintor que vive en el Pasaje son tan caritativos..., pues me dijo,
dice: «Te vas allas, Selma, y que en igual de retratarme a mí, te retraten a ti
por unos días..., porque al fin ellos lo que quieren es retratar a cualquiera
sinfinidá de veces..., y la guita que te la den por adelantao..., y a ver si nos
remediamos.»
Contempló Aurelio al nuevo modelo que se le ofrecía,
con la mirada involuntariamente dura y cruel del chalán y del inteligente en el
mercado. Al través de la pobre falda de zaraza y del roto casaquillo, adivinó
las líneas. Eran seguramente adorables, delicadas y firmes a la vez, con la
pureza del capullo cerrado y la gracia de la juventud, que lo convertirá pronto
en flor gallarda, de incitadora, frescura. La proporción del cuerpo, la redondez
del talle, la elegancia del busto, la gracia de la cabeza, todo prometía un
modelo delicioso, de los que no se encuentran ni pagados. Aurelio se regocijó.
¡Quizá estaba allí la inspiración de la obra maestra!
Pero cuando iba a pronunciar el sacramental:
«Desnúdate», el recuerdo de la ola de sangre inundando el rostro, ascendiendo
hasta la frente y las sienes, borrando con su matiz de carmín las facciones, le
detuvo, apagando en su garganta el sonido. Se sintió enrojecer, a su turno; le
pareció haber cometido, allá interiormente, alguna acción vergonzosa. Y
acercándose a la niña fue esto lo que le dijo:
-Te retrataré; pero con la condición de que no te
retrate nadie más que yo. ¿Entiendes? pago doble... No vas a casa de ningún otro
señorito. Yo te daré dinero... Ahora hija mía..., para que te retrate..., te
colocarás así..., así..., mirando a esa figura. ¿Quieres?
Y, mientras las mejillas de la niña y a sus sienes
virginales subía otra vez, ante el impúdico y vigoroso «estudio» de la Ménade,
la ola de vergüenza, Aurelio, con nerviosa vehemencia primero, con pulso seguro
después, manchaba el lienzo bocetando su cuadro, «Pudor», que le valió en la
Exposición el primer triunfo, una segunda medalla. |
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Oscuramente
La casuca, al borde del camino, separada de la cuneta
por un jardín no mayor que un pañuelo, era simpática, enyesada, con ventanas
pintadas de azul ultramar rabioso, y un saledizo de madera que decoraban
pabellones de rubias espigas de maíz. En el jardín no dejaban cosa a vida
gallinas y el gallo, escarbando ellas con humilde solicitud y él con arrogante
desprecio; pero así y todo, los rosales «lunarios» se cubrían de finas rosas
lánguidas, las hortensias erguían sus copos celestes, y un cerezo enorme,
amaneradamente puesto por casualidad a la izquierda de la casa, daba fresca
sombra. Aquella vista podía ser asunto de país de abanico, y mejor si la animaba
la presencia de la chiquilla alegre y reidora, en quien la vida amanecía con
lozanos brotes y florescencias primaverales.
Huérfana era Minga, pero no había notado la soledad ni
el abandono, gracias a su hermano Martín, que le prodigó mimos de madraza y
protección de padre. La niñez no siente nostalgias de lo pasado cuando es dulce
lo presente. Minga no recordaba el regazo maternal. Era Martín -solían repetirlo
los demás mozos de la aldea, y no siempre con piadosa intención -como una mujer,
El sabía amañar el caldo y arrimar el pote a la lumbre; él lavaba, torcía y
tendía la ropa; él vendía en la feria la manteca, la legumbre, los huevos; él
vestía y desnudaba a Minga mientras fue muy pequeña, y la tomaba en brazos y la
sonaba y desenredaba la vedija de seda blonda, luminosa y vaporosa como un nimbo
de santidad... También la llevaba de la mano a la iglesia, porque Martín era
algo sacristancillo. Ayudaba al señor cura, y su vaga aspiración, si no hubiese
tenido que dedicarse a cuidar de su hermana, sería cantar misa, adornar mucho
los altares, ponerle a su Virgen flores, colgarle arracadas de perlas.
La condición de Martín, su índole afeminada y pulcra,
se conocía en lo limpio de la casuca enyesada y reluciente, en la ocurrencia de
rodearla de jardín, en el primoroso seto de cañas, en el vestir de Minga,
siempre aseada y hasta engalanada con pañolitos de seda los días festivos, y en
cierta cortesía humilde que Martín mostraba a todos, a la gente de la aldea y al
señorío, multiplicando las fórmulas obsequiosas, los «vayan con salud» y los
«Dios los acompañe». No hubo sombrerón de fieltro menos pegado a la cabeza que
el de Martín, ni rapaz más enemigo de parrandas y tunas, ni que así aborreciese
el cigarro y la perrita, ni que con tal premura se escabullese del atrio o de la
robleda al presentir que iba a armarse «una de palos». Rozándole o empujándose
pasaban las mozas jaraneras y comprometedoras, que en todas partes las hay, y
Martín no apartaba los ojos del suelo. Únicamente sonreía a las muchachas cuando
ellas cogían por banda a Minga y la hartaban de rosquillonas, duras, como
guijarros, o de zonchos fríos, o de caramelos pringosos. La cuerda de aquel
cariño fraternal, casi paternal por la diferencia de edades, era lo que vibraba
en Martín con vibraciones hondas, con latidos de corazón inmenso.
¡Qué rechifla se levantó en la aldea al saberse cómo
Martín había caído soldado! ¡Soldado aquella madamita, aquel miedoso, aquél que
sabía coser y planchar y lavar como las hembras! ¡Aquél que ni gastaba navaja,
ni bisarma, ni una triste vara aguijadora! No hubo quien no se riese: los viejos
con bocas desdentadas, las mozas con bocas frescachonas de duros dientes. Sin
embargo, prodújose la reacción. Los pobres tienen prójimo, las comadres de la
aldea, las que han enviado hijos al servicio del rey, son piadosas. Y al ver a
Martín tan pasmado, tan alicaído, tan encogido de alma, las buenas comadres
probaron a consolarle a su modo con palabras de resignación, de esperanza
quimérica, fantaseando intervenciones de santos y milagros sin pizca de
verosimilitud. Martín agachaba la cabeza, cruzaba las manos, miraba a Minga y
callaba... Él sabía que era forzoso ir, no sólo al cuartel, sino a algo más
terrible, que no se explicaba, que tenía para él mucho de misterio y más de
horror, de eso que se ve en las ansias de la pesadilla... ¡La guerra...! ¡La
guerra lejos, lejísimos..., más allá de los mares!
Pasábamos una tarde por delante de la casucha, y el
señor cura, que nos acompañaba, señaló hacia la cerrada puerta, el jardín comido
por las ortigas y zarzales, el balcón sin sus ristras de espigas, todo solitario
y muerto, con esa muerte de los objetos que indica la ausencia del espíritu, de
la actividad humana, vivificadora, ¡Ay! El señor cura no se consolaba de la
falta de Martín. ¿Dónde encontraría otro así para ayudar a misa, encender y
despabilar velas, doblar y guardar las vestiduras, otro madamita igual, mañoso,
dócil, bien hablado, bien mandado?... ¡Y pensar que se lo habían llevado a
pelear con los negros! ¡Qué cosas! ¡Qué desdichas!
-¿Y la niña, la hermanita? -pregunté recordando una
cabeza con aureola de rizos alborotados de un rubio blanquecino, una risa
infantil, unos labios de cereza, unos ojos celestes.
-¡La niña! -repitió el cura-. ¡Esa..., ya ni se acuerda
de tal hermano! La recogió la tabernera, ¿no sabe?, la mujer del Xuncras..., y
como no tiene chiquillos, están con ella que no atinan donde la pongan. Hay
criaturas así, que son hijas de la suerte. Figúrese lo que le esperaba a la
chiquilla. O meterse a servir (¿y de qué sirve una criada de once años?), o ir
al Hospicio, o dedicarse a pedir limosa... Y por cuánto la víspera de la marcha
de Martín, al pobre rapaz le tienta Dios a entrar en el tabernáculo del Xuncras
para echar unos vasos y quitarse las melancolías; y le sacan vino, y caña, y
bala rasa, ¡yo que sé!, y a los pocos tragos -como él nunca lo cataba- se le
sube a la cabeza y rompe a llorar y a gritar y a decir que le daba el corazón
que no volvería y que Minga se moriría de necesidad... Y resulta que la
tabernera, un corazón de mantequilla de Soria, también suelta el trapo, se le
agarra al cuello y le ofrece cargar con Minga. El marido se oponía; pero la
mujer le convenció de que allí se necesitaba una rapaza para fregar los vasos y
barrer... Y quien friega y barre es la tabernera, y Minga está como la reina,
mano sobre mano y bien regalada, y riéndose y cantando... Es alegre como unas
pascuas. ¡Buen cascabel se prepara ahí! ¡Si da grima ver aquella cara tan
satisfecha y al mismo tiempo la ropa de luto!
Y al notar, mi sorpresa, el cura prosiguió:
-¿No lo sabía? ¡Claro que sí!, al instante... Si fuese
un holgazán, un vicioso, un quimerista, un bocarrota, aquí volvería sano y
salvo... Como era tan modosiño y doblaba tan bien las casullas, ¡duro en él! Fue
una de esas cosas de pronto, sin chiste... Una emboscada, una trampa en que cayó
el destacamento. Lo supe por carta que se recibió en Marineda, de un sargento
que escapó con vida. Diez o doce murieron y entre ellos Martín. No lo trajeron
los periódicos; ¡si fuesen a traer las menudencias!... A Martín le saltaron a la
cara dos negrotes. Lo particular es que aseguran que se defendió como una fiera.
Estoy por no creerlo. ¡Pobre madamita! Milagro si no se puso de rodillas a que
le perdonasen. El sargento parece de Sevilla. ¿Pues no dice que Martín envió al
otro barrio a uno de los mambises, que era un animal atroz? ¿Y no cuenta que
casi podría con el segundo, y si no fuese porque tropezó y resbaló y el otro se
le echó sobre el cuerpo y con todo el peso, lo acaba? ¡Bah, bah! El asunto es
que a Martín...
Un gesto expresivo, una mano girando con rapidez
alrededor de la garganta, completaron la frase.
-Y aún ayer apliqué por él la misa -añadió el señor
cura cuando ya doblábamos el pinar. |
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El ahogado
Atacado de hipocondria y roído de tedio; cansado del
mundo, de los hombres, de las mujeres y hasta de los caballos; agotados los
nervios y vacía el alma, Tristán decidió morir. ¡Bueno fuera quedarse, porque
sí, en un mundo tan patoso y de tan poca lacha; un mundo en que los goces se
resuelven en bostezos, y en desencantos las ilusiones! Acabar de una vez; dormir
un sueño que no tuviese el contrapeso del despertar probable. Y Tristán,
resuelto ya a la acción, empezó a pensar en el «modo».
La verdad ha de decirse: el pícaro «modo» era como un
hueso que se le atragantaba a Tristán. Entre el sincero deseo de dejar la vida y
el acto de quitársela media un solo movimiento; ¡pero qué movimiento, señores!
Comparado con este, parece fácil el de levantar en peso una montaña... Las
indecisiones de Hamlet, tortas y pan pintado en comparación con las de muchos
infelices hijos de este siglo, a un tiempo codiciosos y temerosos del no ser. Ni
pizca de cobarde tenía Tristán; pero el valor no es cantidad fija; hay quien no
teme a un león, y se pone pálido al ver a una cucaracha. Nervioso, de
imaginación cruel, Tristán se horripilaba del instante fugacísimo en que la bala
del revólver destrozase la masa de su cerebro, o la cuerda estrujase brutalmente
su garganta. Por extraña contradicción convencido del aniquilamiento final,
hasta le preocupaba lo que sucedería «después» a su cuerpo, y veía la escena
póstuma, el grupo formado alrededor de su cadáver y oía las frases triviales,
las inevitables reflexiones lastimosas de amigos y sirvientes, todo ello
ridículo, semigrotesco, parodia de algo trágico y grande no realizado. Su buen
gusto se sublevaba contra semejante final, «Morir, si; pero sin dar espectáculo;
irse de la vida como quien se retira de un salón, discretamente.» Maduro el
propósito, Tristán discurrió que el lugar más oportuno de ponerlo por obra era
un viejo castillo que poseía a orillas del mar. Recogiéndose allí algún tiempo,
la sociedad, si al pronto extrañaba su falta ya le habría olvidado cuando
sucediese lo que debía suceder...
El caso era no dejar rastro alguno. «Como averigüen
Perico Gonzalo y Manolo Lanzafuerte mi paradero, allí se descuelgan a pretexto
de cazar o pescar...». Y rodeó su último y solitario viaje del complicado
misterio propio de otras escapatorias más gratas. «Creerán que mi fuga tiene
cómplice...», se dijo a si propio, con irónica tristeza, el futuro suicida.
Al verse en el castillo, antiguo solar de su familia,
Tristán comprendió que no cabía mejor fondo para el sombrío cuadro que intentaba
pintar. Las abruptas montañas, las renegridas piedras, los paredones que la
hiedra asaltaban, la costa erizada de escollos, la playa siempre azotada por el
recio oleaje, la torre donde anidaban lechuzas y búhos, respiraban desolación y
fúnebre melancolía. Acrecentaba el horror del paisaje la estación, que era la
del equinoccio de otoño con sus furiosas tempestades y los frecuentes naufragios
por la niebla, empujadas por el temporal, venían a encallar y a deshacerse en
los traidores bajíos de la Corvera, próximos a la playa que se extendía a los
pies de la residencia de Tristán. El incesante y ronco mugido del oleaje; el
horizonte cerrado en brumas o surcado por lívidas exhalaciones; la tierra
empapada en agua; el arenal sembrado de despojos, tablas y barricas, cuando no
de cadáveres, armonizaban tan bien con el estado de ánimo y los proyectos de
Tristán, que decidió buscar reposo en el fondo de las aguas, haciendo creer que
le había arrebatado una ola. Y para familiarizarse con la idea, bajaba a la
playa diariamente, sintiendo que se apoderaba de su alma el vértigo de lo
desmesurado y la atracción del hondo abismo. Su plan de suicidio se concertaba
aprisa, y se le agarraba al espíritu de tal manera, que ya soñaba con él lo
mismo que se sueña con la primera cita de una mujer hermosa y adorada.
Una tarde de horrible tempestad, en el que el huracán
sacudía las veletas del castillo y retorcía los árboles, desmelenando locamente
el ramaje, creyó Tristán que era llegado el momento de ejecutar su
determinación, y descendió, o, mejor dicho, se despeñó al arenal, luchando a
brazo partido con el viento y alumbrado por el repentino fulgor de los
relámpagos. Uno que encendió el horizonte le mostró, sobre la cresta de enorme
ola, algo que podía ser o profecía o imagen fiel de su destino: era el cuerpo de
un hombre, un ahogado que, flotando, venía a ser despedido contra los escollos.
«Me pondré un buen peso a la garganta para no sobrenadar», calculó Tristán al
divisar al muerto que se acercaba; y dos minutos después, la ola gigantesca,
rompiéndose en las rocas a flor de tierra ya, depositaba sobre la arena al
ahogado.
Tristán se precipitó hacia él por instinto, y, alzando
el cadáver, lo arrastró hacia el fondo del arenal, reclinándolo en una peña. A
la claridad macilenta del poniente pudo observar que era un hombre joven y
robusto. «¡Cuánto habrá luchado éste -pensó- para evitar lo que yo busco a todo
trance!» Palpó el torso desnudo, magullado por las piedras, y no creyó advertir
en él la rigidez de la muerte. Hasta le pareció percibir un resto de calor
vital. Sintió una sacudida eléctrica. «¡Vive! ¡Este hombre vive aún!» Temblando
de emoción, recordando los primeros socorros que deben prestarse a los ahogados,
colocó al hombre con la cabeza alta, le inclinó hacia el lado derecho y le
sacudió reiteradamente hasta que hubo arrojado un chorro de agua por la boca.
Volvió a hincar la palma sobre la tetilla izquierda, y creyó notar un débil
latido del corazón, que le hizo exhalar un grito de alegría. Con sobrehumano
vigor, cargando a hombros el cuerpo inerte, se lanzó por la cuesta que trepaba
al castillo. El peso era grande; a mitad de la cuesta, notó Tristán que la
respiración le faltaba; detúvose un instante, y con doblados bríos siguió
después, sin detenerse hasta soltar al ahogado en la cocina del castillo, donde
ardía un buen fuego de leña.
-¡Pronto! -gritó Tristán a sus servidores-. Vengan
mantas; a calentar ladrillos y a llenar botellas de agua hirviendo; a traer un
colchón. ¿Hay aguardiente?
Y mientras corrían para facilitarle lo que reclamaba,
Tristán, inclinado sobre el cuerpo, veía con inquietud la azulada palidez del
rostro, señal cierta de la asfixia, y creía que la chispa de vida, la débil
llama, iba a extinguirse. «Hay que intentar el gran remedio.» Y con más ilusión
que nunca había probado al acercar sus labios a los de ninguna mujer, pegó su
boca a la boca yerta del ahogado, acechando el primer soplo de aire, mientras
sus manos fuertes y elásticas oprimían rítmicamente el esternón y el vientre,
provocando, por medio de enérgicas tracciones, la respiración artificial.
Palpitante de esperanza y de caridad, se regocijaba cuando a la boca fría
asomaban buches de agua amarga, mezclados con impurezas. ¿Si era que ya
penetraba en los pulmones el aire bienhechor? De súbito percibió bajo sus labios
un estremecimiento ligero; no cabía duda: ¡el hombre respiraba! Afanoso, redobló
la espiración, enviando aquella onda tibia que era la existencia, la
resurrección, la salvación del moribundo... Y así que el rostro de éste se
coloreó ligeramente, así que se entreabrieron sus párpados, Tristán, rendido,
sin darse cuenta de lo que hacía, cayó de rodillas, cruzó las manos, y dos
lágrimas pequeñas, dulces, frescas, se descolgaron de sus lagrimales...
A estas horas, Tristán no se ha suicidado, ni es de
creer que piense en suicidarse. ¿Consistiría en que apreció la vida cuando la
dio envuelta en su aliento? ¿Será que el tedio se disipa con la primera buena
obra, como el fantasma al canto del gallo? |
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El molino
Desde lejos no lo veríais, por que lo tapa densa
cortina de castaños y grupos de sauces y mimbreras, cuyo fino verdor gris
armoniza con la pálida esmeralda del prado. Pero acercaos, y os prende y cautiva
la gracia del molino rústico; delante la represa, festoneada de espadañas, poas,
lirios morados y amarilla cicuta; la represa, con su agua dormida, su fondo de
limo en que se crían anguilas gordas y cuarreadoras ranas; luego, las cuatro
paredes blancas de la casuca, su rojo techo, su rueda negruzca que bate el agua
con sordo resuello y fragor... Y en la puerta, de pie, con las abiertas palmas
apoyadas en las macizas caderas, iluminado el moreno rostro por los garzos ojos
y los labios de guinda, empolvado a lo Luis XV el revuelto pelo rizoso, divisáis
a Mariniña, la molinera, que mira hacia la vereda del soto, esperanzada de que
no tardará en asomar por ella Chinto Moure...
Para ir al molino jamás faltan pretextos; siempre hay
un ferrado de millo, un saco de trigo que moler con destino a la hornada de la
semana. Los de la aldea ya lo saben: Chinto está dispuesto a desempeñar la
comisión, dando las gracias encima. Provisto de una aguijada con que pica a su
caballejo y de un luengo «adival» para amarrarle los sacos al lomo; descalzo en
verano, calzado en invierno con gruesos borceguíes de suela de palo, Chinto
emprende su caminata desde la parroquia de Sentrove hasta el molino de Carazás,
por ver un rato a Mariniña y gustar con ella sabroso parrafeo, entre el revolar
de las finas nubes del moyuelo y la música uniforme del rodicio que tritura el
grano incesantemente.
¿Por qué, si tenían sus pensares tan juntos y sus
corazones tan allegados como la blanca muela y el rubio maíz, no disponían
casarse la Mariniña y el Chinto? Nadie lo ignoraba en la parroquia: Chinto no
había entrado aún en suerte; y su terror del cuartel y del uniforme era tal, que
si le tocaba un mal número, había resuelto largarse a la América del Sur en el
primer barco que del puerto de Marineda saliese... Y aún por eso se burlaban y
hacían chacota larga de Mariniña los mozos de Carazás y los de las circunvecinas
parroquias, anunciándole que con un amante y esposo tan cobarde y apocado, mal
defendidos andarían el día de mañana la mujer y el molino, mal cobradas las
maquilas, mal reprimidos los intentos de retozo con la frescachona y rozagante
molinera.
El exterior de Chinto no puede negarse que prestaba
fundamento a estas suposiciones y augurios del porvenir. De estatura mediana,
esbelto, con una cabeza ensortijada semejante a la de los santos del retablo de
la iglesuela románica en que oyen misa los de Carazás, Chinto parecía linda
doncella disfrazada con hábito de varón; su voz era suave; su acento, humilde;
sus modales, tímidos y corteses. El trabajo del campo no había sido bastante
para curtir su piel, y al entreabrirse su camisa de estopa descubría un blanco
cutis, raso y terso, una dulce seda que enloquecía a Mariniña... Porque conviene
saber que la molinera, aquella moza resuelta y enérgicamente laboriosa, «una
loba», como decían las comadres del rueiro, se enternecía, se bababa de gusto,
se moría, en fin de amor por el mozo delicado y aniñado -hasta afeminado podría
decirse- que todas las noches andaba y desandaba la vereda del molino.
No es que a Mariniña le faltasen otras proporciones. Al
contrario: mujer más rondada y pretendida no existía en tres leguas a la
redonda, desde la orillamar y los puertecillos de pesca que bañan las plateadas
ondas de la ría, hasta los cerros de Britón, donde empiezan a erguirse los rudos
peñascos célticos entre sombríos pinares. No consistía tanto en las turgentes
formas y las floridas mejillas de la molinera como en el maldito señuelo de la
molienda, en la complicidad del rodicio, en la familiaridad de la maquila. En la
aldea no hay «Casinos» ni «Veloces» no se sabe qué sean un sarao ni un raou;
pero no os fiéis; lo que pasa en la corte entre paredes vestidas de seda, ocurre
allí en el atrio de la iglesia a la salida de la misa mayor, en la «desfolla»,
en el campo de la romería o en las noches del molino...
Sobre todo en las noches del molino; en verano, a la
clara luz de la luna; en invierno, a la dudosa claridad de la candileja de
petróleo, conciértanse las voluntades y se teje la guirnalda de amapolas y
manzanilla del rústico amor. La brisa, la aglomeración del trabajo, obligan a
moler la noche entera, y esperando su saco se juntan allí rapaces y rapazas,
cruzando coplas de enchoyada, vivo diálogo galante, de finezas y desdenes, de
sátira y picardía, que a veces acompaña la pandereta en argentino repique. Y en
la atmósfera caldeada del «salón» campesino, Mariniña reina y atrae las
voluntades: ya arisca, ya risueña; pronta a la chaza; instantánea en reprimir a
los obsequiadores desmandados y sueltos de manos en demasía; activa y fuerte en
el trabajo, animosa y de recios puños para erguir el saco lleno o ayudar a
descargarlo y a vaciarlo..., no hay mozo, de los que al molino concurren, que no
piense en la molinera, y no le profese ojeriza y tirria a Chinto, murmurando de
él con frases despreciativas e irónicas: «¡Vaya un gusto raro, ir a antojarse de
aquel papirrubio, de aquella madamita, a quien le venían las sayas antes que el
calzón! ¡Uno capaz de desfondarse de miedo a la idea de servir al rey! ¡Uno que
hasta no fumaba, ni gastaba navajilla ni «echaba palabras», ni el día de la
fiesta cataba el aguardiente! ¡Un «papulito» que nunca había arrimado un palo a
nadie, ni sabía romper una cabeza a golpe de bisarma!
La rabia de los desairados pretendientes contra el
afortunado Chinto les inspiró una idea diabólica. Entraron en la conjura
Santiago de Andrea, Mingos el de Sentrove, Carlos Antelo, Raposín... la «trinca»
de calaverones de montera que solían recorrer las aldeas en son de parranda y
tuna, pegando atruxos retadores y arrimándose a la cancilla de las raparigas
casaderas para disparar coplas picantes... Sucedía esto allá por noviembre,
cuando la senda que guía al molino se empapaba en rocío glacial, y las caídas
hojas de los castaños formaban mullido tapiz, y los cendales de la niebla,
envolviendo el paisaje en velo espeso, dejaban entrever las siluetas descarnadas
de los árboles, parecidas a espectros de luengos brazos.
Sabedores los conjurados de que Chinto pasaría en
dirección al molino a eso de la media noche, envolviéronse en blancas sábanas,
encasquetáronse en la cabeza ollas con un par de agujeros cada una, y dentro,
sendos cabos de vela de sebo; retorcieron haces de paja, y se apostaron en la
linde del castañal, a la hora en que la luna se esconde y el mochuelo saluda a
las tinieblas con su queja lúgubre.
Tardaba Chinto en llegar; no se oía rumor alguno en el
sendero, sino a lo lejos el sollozo del molino, y el frío y la impaciencia
producían honda desazón en los conspiradores. Al principio habían reído y
bromeado, celebrando la ocurrencia, que era, como ellos decían, «una pava»
preciosa. Remedar una procesión de fantasmas, de almas del otro mundo, la
fúnebre «compaña», encender el cabo de sebo y los haces de paja y desfilar así
ante el medroso Chinto..., ¡para reventar de risa! Pero transcurría la vigilia;
el rocío, lento y helado, impregnaba los huesos; y a lo lejos fanfarroneaba el
cántico del gallo..., y ni señales de Chinto. Empezaban a deliberar si
convendría retirarse, a tiempo que allá, de lo oscuro del bosque, salió un
gemido, una queja sobrenatural. Otra queja más doliente, si cabe, respondió a la
primera, y los cabellos de los conspiradores se erizaron al divisar dos blancos
bultos que surgían de entre los castaños y avanzaban lentamente con sepulcral
majestad. Los más, remangando el sabanón, echaron a correr; Mingos, el de
Sentrove, cayó accidentado; Carlos Antelo se postró de rodillas y empezó a
confesarse y pedir perdón de sus culpas; Santiago de Andrea fue el único que
quiso arremeter contra los aparecidos; y lo hiciera si una pedrada certísima,
dándole en mitad de la frente, no le tumba en el suelo, medio muerto de veras...
Sábese todo en las aldeas, y a vueltas de mil
supersticiosas invenciones y cuentos de «trasnos» y brujas, se averiguó la
verdad, y se solazaron en el molino a expensas de los burlados burladores.
Porque era la avisada y traviesa Mariniña, y era Chinto, por ella prevenido y
aleccionado, quienes, con el disfraz de fantasmas y con un buen fragmento de
cuarzo de la carretera habían dispersado la hueste y santiguado al de Andrea, el
más terco de los rondadores que a la molinera asediaba. La rabia, el despecho,
la vergüenza inspiraron al mozo un ansia terrible de vengarse, y de vengarse
donde todos lo viesen, a la faz de la parroquia. Resolvió, pues, la primera
noche que en el molino estuviese reunida gente bastante para servir de testigos,
desafiar a Chinto y sentarle la mano a bofetadas y coces, hasta desbaratarle.
A tiempo que con tan sañudos propósitos entraba en el
molino Santiago (pocos días después de Reyes), hallábanse Mariniña y su mozo
ocupados en colocar un saco de harina, riendo tiernamente cuando sus dedos se
tropezaban o sus rostros se aproximaban, en el calor de la tarea. Al punto
conoció la molinera que el desdeñado y apedreado galán venía pendenciero, y con
disimulada seña ordenó a Chinto que se apartase. La angustia y el temor de que
pudiesen llegar los desquites a poner en riesgo la vida de Chinto, prestaron a
Mariniña en aquel instante una rapidez de concepción y una energía de acción
mayor aún de la acostumbrada. Encarándose con Santiago, y riendo y provocándole,
le propuso loitar.
Esta costumbre de la lucha, que ya va desapareciendo,
subsiste aún en algunas comarcas galaicas, resto quizá de un estado social
belicoso en que la mujer combatía al lado del varón. Luchan todavía las mozas
entre sí, y hasta desafían al mozo, degenerando entonces la batalla en
deleitable juego. Pero desde el instante en que Santiago -cuya sangre ardía en
tumultuosa ebullición- se arrodilló frente a Mariniña, también arrodillada,
comprendió por instinto que aquella lucha no sería como otras; que iba de veras.
Sólo con ver el movimiento de la moza al arremangarse, el brillo de sus ojos
orgullosos, la rigidez de su talle, la dura barra de su entrecejo, se adivinaba
la loita seria, en que se trata de derrengar al contrario, empleando todo el
vigor de los músculos y toda la resolución del alma.
Mientras Chinto, pálido y tembloroso, se acogía a un
rincón, los adversarios se asían de las manos, poniendo en tensión el antebrazo
y acercándose hasta mezclar el afanoso aliento. Mozos y mozas, en corro, se
empujaban por ver mejor, apostaban y discutían. Santiago desplegaba plenamente
su fuerza, al notar que Mariniña, por momentos, le dominaba el pulso. Rojo el
semblante, sudoroso el cutis, pugnaba el rapaz, en tanto que la amazona, firme y
recia, sostenía su empuje ganando terreno. Tenerla así, tan cerca turbaba a
Santiago, quitándole el sentido; y ella, indiferente, atenta sólo a vencer,
aprovechaba el trastorno de su adversario, e insensiblemente se le imponía. Al
fin giró en el vacío la muñeca derecha del varón; doblóse el brazo; el izquierdo
también cedió al pujante impulso de la mujer..., y Santiago, dando el «pinche»,
fue lanzado hocico contra tierra, sujetándole la triunfante Mariñina que sin
piedad, le hartaba de mojicones, le molía a puñadas en la nuca y en los lomos,
le refregaba el rostro en el salvado y la harina que cubrían el piso, y no le
permitía levantarse hasta que se confesaba rendido, vencido, dispuesto a aceptar
la paz bajo cualquier condición que se le ofreciese.
Apenas se alzó Santiago, magullado, enharinado y con
careta, Mariniña le sacó a la represa del molino, donde, mojando su delantal le
lavó ella misma la cara. Y mimosa y dulce, como es siempre la gallega, por
forzuda y briosa que la haya criado Dios, dijo a su enemigo derrotado:
-Por la madre que te ha parido no me has de espantar a
Chinto, «pobriño», que el infeliz no sirve para hacer «barbaridás» como tú y más
yo, y es un santo, sin mala intención, que con su sangre se pueden componer
medicinas... Y si él es medroso, yo soy valiente, diaño... Y no he de casar más
que con él, y si cae soldado, se vende el molino y se compra hombre... Si me
tienes ley, Santiaguiño, con Chinto no te metas... ¿Palabra?
Suspiró el mozo, y acaso no sería porque le doliesen
los arañazos ni los chichones, miró a Mariniña, toda roja aún de la lucha; le
dio un cachete familiar, de cariño y resignación, y respondió lacónicamente,
secándose con el pico del mandil que no se había humedecido en la represa:
-Palabra. |
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Aventura
La señora de Anstalt, mujer de un banquero opulentísimo,
nerviosa y antojadiza, agonizaba de aburrimiento el domingo de Carnaval, después
del almuerzo, a las dos de la tarde. ¡Qué horas de tedio iba a pasar! ¿En qué
las emplearía? No tenía nada que hacer, y la idea de mandar que enganchasen para
dar vueltas a la noria del eterno Recoletos, contestando a las insipideces o
humoradas de los tres o cuatro muchachos de la crema que acostumbraban destrozar
su landó tumbándose sobre la capota; la perspectiva del bolsón de raso pitado,
lleno de caramelos y fondants; lo manido y trivial de la diversión, le hacía
bostezar anticipadamente. ¿Se decidiría por la Casa de Campo o la Moncloa? ¡Qué
melancolía, qué humedad palúdica, qué frío sutil de febrero, de ese que mete en
los tuétamos el reuma! No, hasta abril la naturaleza es avinagrada y dura.
«¡Lástima no ser muy devota! -pensó Clara Anstalt-, porque me refugiaría en una
iglesia... «
Mujer que se aburre en toda regla, y no es devota, y es
neurótica a ratos, está en peligro inminente de cometer la mayor extravagancia.
Clara, de súbito, se incorporó, tocó el timbre, y la doncella se presentó; al
oír la orden de su ama hizo un mohín de asombro; pero obedeció en el acto, sin
preguntas ni objeciones de ninguna especie; salió y volvió al poco rato,
trayendo en una cesta mucha ropa doblada.
-¿Está usted segura, Rita, de que es la librea nueva,
la que no se ha estrenado aún?
-¡Señora! Como que ni la ha visto Feliciano: la trajo
el sastre ayer noche; la recogí yo de mano del portero, y pensaba entregársela
ahora...
-Que no sepa que ha venido. Deje usted esa cesta en mi
tocador, y vaya usted a comprarme una cabeza entera de cartón, la más fea y la
más cómoda que se encuentre.. Una que no me impida respirar... ¿El señor ha
salido ya?
-Hace un tato.
-Pues todo en silencio, chitito..., ¿eh?
Regresó Rita prontamente, con sobrealiento; Clara se
impacientaba, corría de aquí para allí y reía en alto, como los niños cuando se
prometen una diversión loca, incalculable. Encerráronse en el tocador ama y
criada, y ésta recogió a aquélla el sedoso pelo, y le calzó las botas de campaña
del lacayito, después de vestirle el calzón de punto y la levita corta, y
ceñirle el cinturón de cuero. Por último, afianzó en sus hombros la careta
enorme.
Desfigurada así, con la vestimenta que se adaptaba
perfectamente a sus formas gráciles, esbeltas y sin turgencias, parecía un
señorito fino que por ocultarse mejor ha pedido prestada la librea del mozo de
cuadra.
Clara brincó de júbilo. La asaltó la idea de si podrían
maltratarla, y pensó llevar un arma; pero recordando una frase favorita de su
marido: «No hay bala que alcance como un billete de mil», sacó de su secrétaire
bastante dinero y lo echó en el fondo de un saco de brocatel, cubriendo la boca
con una capa de confetis y escarchadas violetas. «Saldré por las habitaciones
del señor al jardín. Traiga usted la llave y mire si anda alguno que me vea». Y
ya en la verja, que caía a una calle solitaria, Clara, una vez más, se volvió
hacia Rita aplicando el dedo a los labios de cartón, como si repitiese:
«¡Silencio!»
Al verse en la calle, primero anduvo muy aprisa;
después acortó el paso, saboreando su regocijo. ¡Verse libre, sola, ignorada,
perdida entre la multitud, sin trabas ni convenciones sociales; dueña de ir a
donde quisiese, de entretenerse en un espectáculo nuevo y original, el de la
gente pobre, el populacho, en cuyo oleaje empezaba a sumergirse! En efecto;
encontrábase Clara a la entrada de la calle de Génova, por donde descendían
hacia el paseo de coches abigarrados grupos, una corriente no interrumpida de
gentuza, que arrastraba pilluelos y mascarones desharrapados. Envueltas en la
raída colcha y enarbolando la destrozada escoba o el pelado plumero; embutidos
en la lustrina verde, colorada o negruzca de los diablos rabudos; ostentando la
blusita del bebé o agitando a cada movimiento millones de tiras de papel de
colorines chillones que de arriba abajo los cubrían, los mascarones pasaban
alegres y bullangueros, charlando en falsete, requebrando a las chulas de
complicado moño, literalmente oculto bajo una densa capa de confetti
multicolores, que volaban en derredor a cada movimiento de la airosa cabeza.
Algunas de aquellas mocitas de rompe y rasga, al pasar cerca de Clara,
tomándola, como era natural, por un lacayito atildado y mono, la provocaban, la
requebraban con pullas picantes. Clara se reía; no recordaba haberse divertido
tanto desde hacía muchísimo tiempo.
La animación del Carnaval callejero se le subía a la
cabeza, como se sube el mosto ordinario, pero fresco y vivo, de una fiesta
popular. Encontraba el día hermoso, la vida buena, y un aire de primavera, al
través de los agujeros de la máscara, acariciaba su boca y sus ojos. «Si lo
saben y me despellejan» -pensaba-, «peor para ellos. Yo habré pasado una tarde
encantadora. Ahora me acerco al paseo y me entretengo en insultar a todos mis
amiguitos y amiguitas... ¡Valientes infelices!... Allí estarán aguantando
jaquecas y comiendo pato...» Cuando discurría así, una vocecilla aguda resonó a
sus pies, y unas manos débiles y tenaces se agarraron a sus botas.
-Oye, tú..., dame una limosna, por amor de Dios, que
tengo mucha hambre.
Clara bajó la vista. Cien veces había oído el mismo
sonsonete, y una moneda de cobre bastaba para desembarazarla del mendiguillo.
Éste se me pega como una garrapata -pensó-. No tiene ganas de soltarme». Sacó
del bolsillo del levitín una peseta y se la presentó al niño. Esperaba una
expresión de júbilo, frases truhanescas y desenfadadas, de esas que saben decir
los pordioserines del arroyo...
Con gran asombro vio que el chico, al tomar la peseta,
cogía aprisa la mano del supuesto lacayo y la besaba humilde. Una especie de
vergüenza y de pena desconocida hasta entonces penetró en el alma de la opulenta
señora de Anstalt. ¡No había pensado nunca que con una peseta -cantidad para
ella sin valor apreciable, como para otros el céntimo- se podía hacer brotar un
chorro de agradecimiento tan ardoroso y tan espontáneo! Bajó los ojos
trabajosamente con el estorbo de la cabeza de cartón, y, tomando al chico en
brazos, le alzó en vilo.
-Pequeño, ¿de quién eres hijo? A ver.
-De nadie -contestó el pilluelo.
-¿Cómo es eso? ¿De nadie? ¿No tienes padre?
-No lo sé..., no lo conozco.
-¿Y madre?
-Sá muerto hace ocho días de una enfermedad muy mala.
-¿Y tú?
-A mí... querían llevarme al asilo; pero me escapé, y
ando así por la calle. De noche me meto en el rincón de una puerta... De día
pido limosna.
Clara reflexionó un momento. Después dejó en el suelo
al chico, y le acarició la cabeza con la mano.
-Te quieres venir a una casa donde te darán de comer y
dormirás en cama buena y caliente?
El chiquillo, al pronto, no respondió. Precoz instinto
de independencia absoluta se alzaba sin duda en su espíritu, y las ventajas
materiales del ofrecimiento no le tentaban; sin duda, su endeble pescuezo
advertía la molestia del yugo, y sus manos descarnadas, vivo testimonio de la
miseria fisiológica de un organismo sometido a las privaciones, se rebelaban
contra los grillos y las esposas que pretendían ponerle en nombre del
bienestar... Mientras dudaba y se sentía inclinado a escaparse corriendo, a fin
de que no le llevasen a ningún lugar que tuviese techo y paredes, la mano de
Clara, despojada del rudo guante, suave, femenil, halagaba el pelo enmarañado y
golpeaba amorosa las escuálidas mejillas del granuja... Y este, magnetizado de
pronto, exclamó:
-Vamos, vamos a esa casa..., ¡si estás tú en ella!
A la efusión el chico respondió inmediatamente, como un
chispazo eléctrico al contacto de los alambres, el impulso ardoroso,
irresistible, maternal, de la señora, que volvió a coger en brazos al pequeño, y
no pudiendo besarle, le apretó contra su corazón.
-Sí, hijo mío... Estaré... ¡Verás cómo he de quererte!
..............................................................
Para que la resolución de Clara sea más meritoria, el
mundo la ha calumniado, suponiendo que la criatura que recogió y que tan
cariñosamente cuida y educa es un hijo hurtado, un contrabando doméstico. ¿Qué
le importa a Clara? Ya no bosteza de tedio ninguna tarde del año. |
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El oficio de difuntos
-¿Creé usted -me preguntó el catedrático de Medicina-
en algún presagio? ¿Cabe en su alma superstición?
Cuando me lo dijo, nos encontrábamos sentados, tomando
el fresco, a la puerta de la bodega. La frondosa parra que entolda una de las
fachadas del pazo rojeaba ya, encendida por el otoño. Parte de sus festoneadas
hojas alfombraba el suelo, vistiendo de púrpura la tierra seca, resquebrajada
por el calor asfixiante del mediodía. Los viñadores, llamados «carretones»,
entraban y salían, soltando al pie del lugar su carga de uvas, vaciando el hondo
cestón del cual salía una cascada de racimos color violeta, de gordos y
apretados granos.
¡Famosa cosecha! Yo veía ya el vino que de allí iba a
salir, el mejor, el más estimado del Borde... Y medio distraída, respondí:
-¿Presagios? No... A no ser que... ¡Ah! Sí; un hecho le
contaría...
-¿Algo que le haya «sucedido» a usted?
-¿A mí?... No. Se me figura (no me pregunte usted la
causa de esta figuración) que a mí «no puede» sucederme nada. Y efectivamente,
en toda mi vida...
-Entonces, permitame que no haga caso de los cuentos
que traen personas impresionables..., o embusteras.
-No es cuento -afirmé, olvidándome ya de la interesante
faena de la vendimia que presenciaba, y retrocediendo con el pensamiento a
tiempos juveniles-. Es un caso que presencié. Así que usted lo oiga, comprenderá
cómo no hubo farsa ni mentira. La explicación... no la alcanzo. En estas
materias, ni soy crédula y medrosa, ni escéptica a puño cerrado. ¡Qué quiere
usted! Vivimos envueltos en el misterio. Misterio es el nacer, misterio el
vivir, misterio el morir, y el mundo, ¡un misterio muy grande! Caminamos entre
sombras, y el guía que llevamos..., es un guía ciego: la fe. Porque la ciencia
es admirable, pero limitada. Y acaso nunca penetrará en el fondo de las cosas.
Sacudió el catedrático su cabeza encanecida, sonrió y
apoyando la barba en la cayada del bastón, se dispuso a escucharme -y a
pulverizarme después porque suponía que iba a referirle algún sueño-. Los
artistas no somos de fiar: vivimos esclavizados por la imaginación y cumpliendo
sus antojos.
-¿Ha conocido usted a Ramoniña, Novoa? -principié yo.
-¿Que si la he conocido? Me llamaron a consulta el año
pasado, cuando la operaron en Compostela, de un sarcoma en el pecho izquierdo.
Por señas que desaprobé la operación, que sirvió para adelantar la muerte
algunos días. Allí solo cabía dejar marchar las cosas a su desenlace inevitable.
-Pues sepa usted que Ramoniña, en sus mocedades, fue la
chica más alegre y bailadora de todo el Borde. Su padre, don Ramón Novoa de
Vindome, tenía el prurito de divertirla; la vestía muy maja; no le negaba
capricho alguno. Adoraba en ella, porque era vivo retrato de su difunta mujer, a
quien había profesado una especie de devoción y culto.
No se concebía función ni feria sin que Ramoniña Novoa
se presentase a lucir su mantón de flores -era la moda-, su traje de seda con
volantes, su mantilla de casco. Los señoritos del Borde la obsequiaban mucho, y
ella coqueteaba con unos y con otros, sin decidirse ni acabar de escoger, según
deseaba don Ramón, que, al estilo antiguo y patriarcal, rabiaba por un nieto.
Creían los antiguos que cuando quiere castigarnos Dios,
realiza nuestros deseos insensatos. De improviso, Ramoniña, dejándose de
coqueteos y bromas se enamoró hasta los tuétanos, ¿y de quién? De un pobrete
estudiante, hijo de un cirujano romancista y sobrino del cura de Cebre, un
perdido gracioso, que hacía versos y tocaba la pandereta con las rodillas y los
codos. ¡Valiente boda para la mayorazga de Novoa de Vindome, del solar de
Fajardo! El padre, inquieto al principio, furioso después, hizo la oposición a
rajatabla y no perdonó medio de quitarle a Ramoniña de la cabeza semejante
locura. La encerró en casa; la llevó a Auriabella; rogó; avisó; amenazó; puso en
juego a los frailes, al confesor, a los parientes, a las amigas, al señor
obispo... En vano. La cosa estaba adelantada ya; la libertad del campo y la
falta de sospecha en los primeros tiempos habían estrechado el lazo y arraigado
la pasión en el alma de la señorita..., y una noche se escapó con el
estudiantillo, dejando a su padre en la mayor aflicción y vergüenza.
-Hemos concluido. Que se casen -decidió el señor
Novoa-. Le entregaré la dote de su madre a mi hija..., y que no vuelva yo jamás
a oír nombrarla ni a verla delante de mí.
Ya sabe usted lo que suele suceder. El panal de miel
robada, al principio es dulce, pero acaba en hieles. El estudiante no varió de
condición al casarse; con la dote de la esposa creyó poder darse vida cómoda y
alegre, y no miró lo que gastaba, creyendo que, al acabarse, el señor de Novoa
remediaría. Más éste fue inflexible, y cerró la puerta y la bolsa.
Los esposos se habían ido a vivir a Auriabella, y
Ramoniña, triste y preocupada por más de un motivo -se decía que el marido
tocaba la pandereta en sus carnes y la zurraba de firme-, escribió al padre
carta sobre carta, sin obtener respuesta. Había nacido un chiquitín -aquel
heredero tan deseado-, y cuando la criatura tuvo tres años y Ramoniña tres mil
desengaños, vino a verme, para rogarme que la acompañase en la expedición que
pensaba emprender al pazo de Vindome, con propósito de echarse a los pies de don
Ramón, presentarle la criatura y lograr el abrazo de reconciliación y paz. «Si
no veo a papá -decía-, creo que me muero».
-No vaya usted -aconsejé a Romoniña-. No la recibirá
don Ramón. Mire usted que le he hablado poco hace, y está firme en que no ha de
cruzar con usted palabra en este mundo. «Sólo en la hora de la muerte la
perdonaría...» son sus palabras. Y la hora de la muerte anda lejos. El señor de
Novoa parece un mozo: está fuerte, come bien, sale a cazar, no le duele nada;
hasta parece que piensa en volver a casarse. Dice que se ha propuesto tener un
hijo varón. Sesenta años mejor llevados, no los hay en todo el Borde.
Ramoniña me miró con expresión de honda ansiedad, de
infinita angustia, e insistió en que deseaba «probar la suerte». Como la vi tan
afligida, tan consumida por las penas, no supe negarme, y dispusimos la marcha.
Salimos de Auriabella a la una de la tarde, en uno de
los días más largos del año; el veinte de junio. Íbamos a caballo, porque no
existe carretera entre Auriabella y el pazo de Vindome. Nuestras cabalgaduras,
unos jacuchos del país, trotaban duro; delante, un criado llevaba al arzón al
niño; detrás, nosotras dos y un espolique; Ramoniña encaramada en el albardón,
no sin miedo, porque ya se encontraba algo adelantado su segundo embarazo. El
camino... ¿Usted bien conoce el camino de Auriabella a Vindome? Hasta el alto de
las Taboadas, regular; pero en llegando a la iglesia de Martiños, un puro
derrumbadero. Se la va a uno la cabeza si mira hacia el valle, allá en el fondo;
y se marea si contempla las revueltas de un sendero estrechísimo. Es hermoso
pero imponente.
Por eso, sin duda, según llegábamos a donde se divisa
ya el campanario de Martiños, gritó Ramoniña que quería bajarse y andar a pie el
trecho que faltaba hasta el pazo. Accedí a sus deseos, natural en su estado y
situación de ánimo, y dejando a las monturas adelantarse con el espolique, nos
quedamos algo rezagadas, andando despacio. El sol se ponía, y allá, en el valle,
empezaba a condensarse la niebla. A aquel paso, llegaríamos a Vindome al
anochecer. Ramoniña me preguntaba afanosa:
-¿Cree usted que mi padre no me dejará dormir siquiera
en casa esta noche?
Se me han fijado, como si los estuviese presenciando
ahora, los detalles de aquel suceso. Llegábamos junto a un pinar que se llama de
las Moiras, y como se había levantado brisa, me puse el abrigo que llevaba al
brazo. En esto se alzó la voz de Ramoniña, exclamando con acento de profundo
terror:
-¡Jesús! ¡Jesús! ¿Oye usted? ¿Oye usted? ¡Jesús, María!
-¿Qué he de oír?
-Ahí... A la parte de Martiños... En la iglesia...
-Pero ¿qué? -repetí alarmada; tal era el espanto que la
voz de mi compañera revelaba.
-¡El Oficio de difuntos! ¡Lo están cantando! ¡Lo están
cantando!
Atendí a pesar mío. No se escuchaba sino el largo y
quejoso murmurio de la brisa de la tarde en las copas de los pinos, y el trote,
ya distante de nuestras cabalgaduras. Así se lo dije a Ramoniña, riéndome. Pero
ella, abrazándose a mí, ocultando la cara en mi pecho, temblando, deshecha en
sollozos, repetía:
-¡Es el Oficio de difuntos! ¡Si se oye
perfectamente!... Son muchas voces... ¡Lo cantan! ¡Lo cantan!... ¡Jesús!
Hice una pausa, y el catedrático me interrumpió:
-Bien, ¿y qué? Una alucinación del oído. En estado de
embarazo es lo más frecuente...
-Sí -objeté yo-; pero sepa usted que, cuando llegamos
al pazo de Vindome, nos encontramos con que don Ramón acababa de morir
súbitamente, de apoplejía; que su cuerpo estaba caliente aún; que ni aquel día
ni los anteriores se había cantado el Oficio de difuntos en la iglesia de
Martiños; y que Ramoniña lo oyó distintamente desde el pinar de las Moiras; ¿ve
usted?, hacia allí... |
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«Juan Trigo»
El héroe de mi cuento nació..., no es posible saber
dónde; lo único que dice Clío, musa de la Historia, es que cierta tarde del mes
de julio apareció recostado sobre las amapolas, desnudito como un gusano, al
margen de un trigal, en el tiempo de la siega. Por poco más le dejan en mitad
del sendero, donde le aplastasen al pasar los inmensos carros cargados de rubia
mies.
Vieron los segadores y segadoras a la criatura dormida
en su santa inocencia, y la recogieron con ternura, bromeando entre sí, poniendo
al nene el nombre de «Juan Trigo» y asegurándole una suerte loca, como de quien
empieza su vida entre la misma abundancia.
Sin dilación pareció cumplirse el vaticinio. No había
en la aldea -¡rarísima casualidad!- ninguna mujer que estuviese criando; pero la
esposa del señor marqués, dueño del campo de trigo y de otros muchísimos, y de
la más hermosa quinta en seis leguas a la redonda, acababa precisamente de dar a
luz una niña muerta, y se temía por la madre si no desahogaba la leche agolpada
en su seno. El médico aconsejó que la noble dama criase al niño abandonado, y
éste encontró así, desde el primer instante, sustento, regalo y amor. Le
envolvieron en finos pañales, le trataron a cuerpo de rey y creció hermoso y
fuerte, rebosando viveza y alegría. La marquesa le cobró tierno afecto, más que
de nodriza, de madre, y como no se creía que aquellos señores pudiesen ya tener
sucesión, todos presumían que «Juan Trigo» iba a ser el heredero de su caudal y
nombre. A deshora, corridos más de diez años, la naturaleza sorprendió al
marqués con otra niña y a la marquesa con la muerte, causada por el difícil y
trasnochado lance; y aunque Juan, como muchacho, no comprendió del todo lo que
perdía, lo sintió y adivinó, y se le vio muchos meses extrañamente abatido y
triste.
No obstante, su situación, al aparecer, no había
cambiado. O en memoria de su esposa o por verdadero cariño, el marqués seguía
tratándole como antes: hasta le demostraba preferencia, con tal extremo, que
empezó a divulgarse la conseja de que Juan era verdadero hijo del marqués, fruto
de secretos amoríos, y que le correspondería «hoy o mañana» una buena parte de
la herencia. Confirmó tal suposición el ver que Juan fue enviado a un
aristocrático y famoso colegio inglés, donde cursó estudios más brillantes que
útiles, y del cual volvió a los veintitrés años hecho un cumplido gentleman.
Acogióle la sociedad con halagos y sonrisas, aunque a sus espaldas se comentase
lo ambiguo de su posición; y como era gallardo y simpático y tenía hasta el
prestigio de la leyenda y del misterio, las señoras le recibieron con sumo
agrado, demostrando claramente que la presencia de Juan no les infundía horror
ni cosa que lo valga. En aquella ocasión, si Juan hubiese tenido afición a las
flores, sin gran esfuerzo reúne un lindo ramillete de rosas, pensamientos y «no
me olvides», cuyo aroma seguiría aspirando con la memoria en la edad madura;
pero Juan estaba enamorado -enamorado callada y tenazmente- de la hija del
marqués, Dolores, en quien reconocía las facciones de la que le había servido de
madre: niña de sorprendente hermosura, que, según la frase del Libro Santo,
había robado el corazón de Juan con sólo el crujir de sus zapatitos; unos
zapatos de fino charol, prolongados y lustrosos sobre la transparente media de
seda. Crujir que Juan reconocía entre los mil ruidos de la creación, lo mismo
que reconocía las cascaditas de su reír juvenil, el roce de su falda corta, el
perfume tenue de su flotante melena y el «¡rissch!» de su abaniquillo al abrirlo
la impaciente mano.
Creyó Juan que no se le conocía el loco deseo; pero las
chiquillas son, en esto, linces, y Dolores notó que la querían, y no sólo lo
notó, sino que mostró tal inclinación a Juan, que éste, vencido, confesó de
plano. La niña, más inexperta, más vehemente, más ignorante de las terribles
consecuencias de un mal paso, arregló entonces la escapatoria, combinando y
facilitando las cosas de tal manera que, dado el escándalo, el padre no tuviese
más arbitrio que otorgar su consentimiento.
Se urdió el complot sin que nadie sospechase palabra;
mas la víspera del día señalado, Juan, descolorido y trémulo, se echó a los pies
del marqués, y le reveló la trama. Como todo el que quiere de veras, prefería su
propia desventura al daño ajeno; anteponía al egoísmo de su pasión el honor y la
felicidad de Dolores. Así pagaba el pobre expósito su deuda a la casa donde le
acogieron y ampararon; así reconocía, al través de la tumba, los cuidados
maternales recibidos de la señora a quien no podía olvidar. Al consumar el
sacrificio, su alma sangraba; y cuando el marqués, alabando mucho su honrada
sinceridad, le tomó, por primera providencia, el billete para Londres, Juan, en
vez de salir hacia el tren, cayó en la cama, donde le postró una fiebre
ardentísima.
Hizo el marqués que le cuidasen; puso entre tanto a
Dolores en un convento de monjas, graves y buenas guardianas; y ya en franca
convalecencia Juan, para mayor cautela -porque todas las precauciones son pocas,
y quien una vez tropieza expuesto está a caer-, solicitó para el mozo un puesto
lejos, lejos..., lo más lejos posible. Y se lo concedieron en Ultramar, y tan
pingüe, que a ser Juan de otra condición a la vuelta de pocos años tendría hecha
la suerte. Hasta el codo se podía meter la mano en aquella bendita prebenda
administrativa, y es de creer que, al otorgársela, se contaba con que la
aprovechase; porque el padre de Dolores, que, a pesar de las hablillas, no tenía
con Juan más parentesco que el puramente moral de haberle protegido, sentía
cierto remordimiento al desampararle, y encomendaba a la generosidad de nuestro
presupuesto el porvenir del mozo, sin darse cuenta de que éste, a falta de claro
abolengo, poseía enérgica honradez. Lo único que trajo Juan de ultramar, a la
vuelta de cuatro años, fueron unos mezquinos ahorros, que gastó en intentar la
curación de un padecimiento hepático; y como el marqués había fallecido y estaba
casada Dolores, se encontró Juan, al empezar a bajar la árida cuesta de la edad
madura, solo y pobre como cuando le recogieron en el trigal.
Entonces, sin explicarse la razón, sintió un deseo
inexplicable de volver a ver el sitio y la quinta donde había pasado una niñez
relativamente tan dichosa. Llegó a aquellos lugares por la tarde, a pie, apoyado
en un bastón grueso; lo primero que hizo fue dar la vuelta a la tapia de la
quinta, evocando mil recuerdos que surgían en tropel al aspecto de cada árbol y
ante la figura de cada piedra. Su corazón latió de pronto con ímpetu; en el
vetusto mirador, enramado de rosales, suspendido sobre el camino, acababa de ver
a una señora y dos niños; ella, haciendo labor, los chicos, observando con
curiosidad al pasajero encorvado y triste, de amarillento rostro. La señora,
avisada por los chicos, levantó la cabeza y fijó en Juan la ojeada inerte que se
concede al desconocido. Juan huyó; los ojos de Dolores, mirándole de aquel modo,
le cortaban el alma. No paró hasta llegar a un campo de trigo, a la sazón
maduro, salpicado de amapolas, como cuentas de coral sobre una trenza rubia. Los
segadores, cantando alegremente, habían iniciado su faena, y los haces se
amontonaban ya en un ángulo de la heredad; pero acercábase la puesta del sol, y
pronto se retirarían a sus casuchas. Juan se aproximó a una mujer y preguntó con
ansia:
-¿Es en este campo donde hace muchos años recogieron a
un niño?
-Allí, señor -respondió la mujer con esa complacencia
solícita de los aldeanos, soltando su hoz y levantándose para preceder a Juan y
enseñarle el camino. Como unos diez minutos habrían andado, cuando la segadora
se paró e hirió con el pie la orilla del sendero, pronunciando:
-Aquí mismo. Estaba en pelota, como le parieron. Mire
si lo sabré bien, que yo era entonces moza y fui la primera que cogió al rapaz
en brazos. Y mi hermano que le vio así, entre la abundancia, le puso «Juan
Trigo». Nos daba mucha lástima, ¡ángel de Dios!... Las que andábamos segando le
queríamos mantener con leche de vaca, y yo quería llevarle para donde mí; pero
le cayó una suerte muy grande; la señora marquesa le recogió y le criaba ella y
le tuvo en una hartura muy grandísima. Ahora será un caballero.
Juan calló. La amargura se desbordaba en su alma.
Pensaba que podría haber sido el prohijado de aquella aldeana, vivir con ella,
ayudarla a segar la mies, no conocer otros afanes ni otros deseos. Dejándose
caer al suelo, en el mismo sitio donde le habían encontrado pegó la faz a la
tierra, y sus lágrimas la empaparon lentamente. |
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El camafeo
Mientras corrió su primera juventud, Antón Carranza se
creyó nacido y predestinado para el arte. El arte le atraía como el acero al
imán, y le fascinaba como el espejuelo a la alondra. Donde sus ojos encontraban
una línea elegante, una forma bella, un tono de color intenso y original, allí
se quedaban cautivos en éxtasis de admiración, mientras luchaba en su alma noble
pena de no haber sido el creador de aquella hermosura, y una ilusión arrogante
de llegar a producirla mayor, más original y poderosa por medio del estudio y el
trabajo.
Años y desengaños necesitó para adquirir el triste
convencimiento de que carecía de inspiración, de genio artístico. Sus tentativas
fueron reiteradas, insistentes, infructuosas. Crispáronse en vano sus dedos
alrededor del pincel, de la gubia, del palillo, del buril, del barro húmedo. Si
no podía ser pintor ni escultor, a lo menos quería descollar como adornista,
como grabador, como tallista; por último, desesperanzado ya, intentó resucitar
los primores de orfebrería de Benvenuto Cellini; y si bien por cuenta propia no
hizo nada digno de eterno olor, con la joyería, su vocación artística
desalentada se convirtió en provechosa especulación industrial; se asoció a un
joyero de fama, montó el taller a gran altura y se dedicó a negociar,
escondiendo la incurable herida de su ardiente aspiración y sus mil fracasos.
El joyero que recibió de socio a Antón Carranza tenía
una hija, cuyo enlace con el artista fue la base de la nueva razón social.
Luisa, la esposa de Carranza, no era bonita, ni aun agraciada: la desfiguraba su
tez amarillenta, sus facciones angulosas y una cojera muy visible. Carranza, con
todo, aceptó el trato sin repugnancia alguna; su futura le inspiraba, a falta de
sentimientos más vehementes, simpatía y cariño. Como suele suceder a los hombres
excesivamente poseídos de la fiebre artística, desconocía Carranza otras
pasiones; la mujer era para él una necesidad momentánea, y el matrimonio una
prudente garantía de paz y de afecto. Casóse, pues, satisfecho y tranquilo, y se
condujo como marido bueno y leal.
Rico y en situación de satisfacer sus caprichos,
Carranza rebuscó y adquirió preciosidades; ya que no acertaba a modelar
estatuas, las hizo desenterrar en Nápoles y Grecia, y pudo colocar en su
despacho-taller un lindo Fauno, una curiosa Belona policromada, encanto de los
arqueólogos, y varios fragmentos de mérito e interés.
Conocida su afición, presentáronle los vendedores
medallas de revelado cuño y piedras grabadas, y entre varios ejemplares que no
rebasaban del límite de lo usual y corriente, la lúcida ojeada del artista
malogrado descubrió un camafeo griego, que, desde luego, reconoció y diputó por
pieza única tal vez en el mundo. Ni el famoso, contemporáneo de Alejandro, que
representa a Psiquis y el Amor; ni la Venus marina, de Glicón; ni la celebre
sardónica de la galería Farnesio, podían eclipsar a aquel sencillo camafeo, que
sólo ostentaba una cabeza de mujer o, mejor dicho, de diosa. La ignorancia
relativa del traficante cedió la divinidad por un precio irrisorio, atendida la
importancia del camafeo, y Antón Carranza, dueño del inestimable tesoro, lo
guardó con transporte en una caja de malaquita y pedrería, de donde lo sacaba
mañana, tarde y noche para contemplarlo a su sabor.
¡Qué sobriedad y pureza de líneas, qué misteriosa vida
respiraba aquella cabeza! Cuatro rasgos; unos planos que apenas se indican; unas
superpuestas capas de ágata que se matizan insensiblemente..., y una obra
maestra, digna de conservar un nombre al través de los siglos; una obra que fija
y encarna la idea de una beldad sublime. ¿Por qué no había acertado jamás él,
Antón Carranza, a concebir nada que se asemejase a aquel camafeo prodigioso? Una
obra así bastaría para hacerle feliz toda la vida, colmando su anhelo y
realizando su destino...; ¡y nunca, nunca de sus dedos torpes y su estéril
fantasía había de brotar algo que se pareciese al camafeo!
Su entusiasmo por la piedra adquirió carácter extraño y
enfermizo. Con fijeza más propia de la perturbación mental que de la cordura,
pasábase Carranza horas enteras mirando el portento y tratando de explicarse qué
secreta fuerza, qué rayo luminoso llevaba en sí el desconocido que hacía tantos
siglos produjo aquel milagro. Quizá ni él mismo sospechó el valor de la huella
genial que imprimió en la dura ágata su diestra paciente y firme. Quizá alguna
joven de Mitilene o de Samos lució en el anular o colgó a su garganta el camafeo
sin conocer que poseía una riqueza ideal. Ni los que lo habían desenterrado y
vendido ahora, en el siglo presente, comprendieron lo que tenían entre manos. El
primer verdadero poseedor de la joya era Antón Carranza... Y en arrebato
nervioso de desordenada pasión, Carranza pegaba los labios al camafeo, lo
estrechaba contra su pecho, queriendo incrustarlo en él, adherirlo a su carne...
Notó por fin Luisa y notaron todos los de la casa,
dependientes y amigos, clientes y responsables, alarmantes síntomas en Antonio;
y los que le veían de cerca se asustaron de su afición a la soledad, su hábito
ya adquirido de encerrarse a deshora, su silencio en la mesa, y le tuvieron por
maniático, opinando que los intereses comerciales de la sociedad peligraban en
su poder. Era para Luisa doblemente triste que se hubiese anublado la razón de
su esposo, ahora que, cumplidos sus más dulces deseos, se sentía encinta y
soñaba en el momento inefable de estrechar a la criatura que esperaba.
Consultado al médico acerca del estado de Carranza, y habiéndole observado
despacio, con persistencia y disimulo, su fallo fue terrible: tratábase de un
caso de monomanía tenaz, acompañada de graves desórdenes en las funciones del
hígado y del corazón; y para salvar la razón y acaso la vida del enfermo era
preciso encerrarle sin tardanza en una casa de salud, sujetándole a un método
riguroso.
No hubo más remedio que acceder, y Carranza, una
mañanita, fue conducido al triste asilo, donde, separado de los que le amaban,
iba a verse abandonado del mundo... Con peregrina indiferencia se dejó llevar el
maniático; tenía consigo el camafeo, y nada más necesitaba para ser dichoso en
la región de sus delirios. Luisa iba a verle con frecuencia, pero se
interrumpieron sus visitas cuando llegó el esperado trance; el nacimiento de una
niña puso su existencia en peligro, dejándola semiparalítica y sujeta a ataques
dolorosos, y transcurrió largo tiempo sin que pudiese ver al pobre recluso.
Decía el médico que Carranza mejoraba y pronto saldría de su encierro; pero
corrían meses y años y no llegaba el momento feliz.
Luisa, que amaba a su marido tiernamente, no tenía otro
consuelo sino ver crecer a su hija, y envanecerse de su sorprendente hermosura.
La niña, en efecto, era una perla. No se parecía a su madre ni a su padre; ni el
mínimo rasgo de sus facciones recordaba a los que le habían dado el ser. Las
líneas de su rostro, puras y correctísimas, desesperarían a un escultor por su
incopiable elegancia y delicadeza y los rizos que se agrupaban sobre su frente y
caían sobre su cuello torneado tenían una colocación graciosa y noble, como sólo
la obtiene el arte.
Un día, Luisa, sintiéndose algo aliviada, se metió en
un coche con su hija, se apeó a la puerta del asilo. Al penetrar en la
habitación que ocupaba su esposo, al mirarle, exhaló un grito de terror y pena:
pálido, demacrado, con la mirada fija, Carranza contemplaba un objeto, y de esta
contemplación nada podía distraerle, era el camafeo..., y siempre el camafeo.
Luisa comprendió con espanto que el enfermo no la reconocía, y herida en el
alma, guiada por su instinto de madre, presentó, elevó a la niña en alto.
Carranza dejó caer sobre ella una mirada indiferente... De súbito, sus ojos se
animaron, brillaron, recobraron la luz de la inteligencia y del amor; sus brazos
se abrieron, sus dedos soltaron el camafeo mágico y fatal; sus lágrimas
brotaron, y, como el que se despierta, corrió hacia su mujer y su hija...
¡Acababa de advertir que la faz de la niña era la misma faz de la diosa grabada
en la piedra dura..., y comprendía que, sin saberlo, había prestado ser y
realidad, carne y hueso, a la belleza soberana! |
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Voz de la sangre
Si hubo matrimonios felices, pocos tanto como el de
Sabino y Leonarda. Conformes en gustos, edad y hacienda; de alegre humor y
rebosando salud, lo único que les faltaba -al decir de la gente, que anda
siempre ocupadísima en perfeccionar la dicha ajena, mientras labra la desdicha
propia- era un hijo. Es de advertir que los cónyuges no echaban de menos la
sucesión pensando con buen juicio que, cuando Dios no se la otorgaba, Él sabría
por qué. Ni una sola vez había tenido Leonarda que enjugar esas lágrimas
furtivas de rabia y humillación que arrancan a las esposas ciertos reproches de
los esposos.
Un día alteró la tranquilidad de Leonarda y Sabino la
llegada intempestiva de la única hermana de Leonarda, que vivía en ciudad
distante, al cuidado de una tía ya muy anciana, señora de severos principios
religiosos. Venía la joven pálida, desfigurada, llorosa y triste, y apenas
descansó del viaje, se encerró con sus hermanos, y la entrevista duró una hora
larga.
A los tres o cuatro días salieron juntos la señorita y
el matrimonio a pasar una temporada en la casa de campo de Sabino, posesión
solitaria y amenísima. Nadie extrañó esta resolución porque a fines de abril la
tal quinta es un oasis, y más explicable pareció todavía la excursión de recreo
que en septiembre emprendieron los consortes, los cuales no regresaron de
Francia y de Inglaterra hasta el año siguiente. Lo que se comentó bastante fue
que al volver trajesen consigo una niña preciosa, con la cual se volvía loca
Leonarda, que aseguraba haberla dado a luz en París. Como nunca faltan
maliciosos, alguien encontró a la nena excesivamente desarrollada para la edad
de cuatro meses que le atribuían sus padres; hubo chismes, murmuraciones,
cuentas por los dedos, sonrisitas y hasta indagaciones y «tole tole» furioso.
Pero corrió el tiempo, ejerciendo su oficio de aplicar el bálsamo de olvido
bienhechor; la hermana de Leonarda se sepultó en un convento de Carmelitas; el
retoño creció; los esposos le manifestaron cada día más amor paternal..., y las
hablillas, cansadas de sí propias, se durmieron en brazos de la indiferencia.
La verdad es que cualquiera se enorgullecería de tener
una hija como Aurora; este nombre pusieron Leonarda y Sabino a su vástago. Nunca
se justificaron mejor las preocupaciones del vulgo respecto a las criaturas cuyo
nacimiento rodean circunstancias misteriosas, dramas de amor y de honor. Una
belleza singular, excesivamente delicada, tal vez; una inteligencia, una
dulzura, una discreción que asombraban; suma habilidad, exquisito gusto, y sobre
todo esto, que es concreto y puede expresarse con palabras, algo que no se
define: el «ángel», el encanto, el don de atraer y de embelesar, de llevar
consigo la animación, creando como dijo Byron de Haydea, «una atmósfera de
vida»; esto poseía Aurora, y no es milagro que Sabino y Leonarda estuviesen
literalmente chochitos con ella.
Pagábales la criatura en la mejor moneda del mundo. Su
amor filial tenía caracteres de pasión, y solía decir Aurora que no pensaba
casarse nunca, no por no abandonar a sus padres -que sería imposible ni pensar
en ello-, sino por no tener que repartir con nadie el ardiente cariño que les
consagraba. Los que oían de tan rosada y linda boca estas paradojas e hipérboles
del afecto, envidiaban a Leonarda y Sabino la hija hurtada.
Habían pasado años sin que Aurora aceptase los
homenajes de ningún pretendiente, cuando apareció cierta mañana en casa de
Sabino un caballero que podemos calificar de gallo con espolones, pero apuesto,
elegante; con trazas de adinerado, aspecto muy simpático y ese aire de dominio
peculiar de los hombres que han ocupado altos puestos o conseguido grandes
triunfos de amor propio, viviendo siempre lisonjeados y felices. Solicitó el
caballero hablar a solas con Sabino y Leonarda; pero como hubiesen salido, rogó
se le permitiese ver un instante a la señorita Aurora. La muchacha le recibió en
la sala, sin turbarse, y le dio conversación un rato, ruborizándose cuando el
desconocido le dirigió alabanzas en las cuales se revelaba profundo, vivo y
secreto interés. La entrevista duró poco; llegaron los padres de Aurora, y con
ellos se encerró el galán, cuyas primeras palabras fueron para decir,
inclinándose hasta el suelo, que allí tenían un gran culpable -al seductor de su
hermana y padre de Aurora- dispuesto a reparar en lo posible sus yerros y
delitos, recogiendo a la niña y ofreciéndole amparo, fortuna y nombre.
Sabino meditó algunos instantes antes de responder,
luego cruzó con Leonarda una mirada expresiva, y volviéndose al recién llegado,
pronunció serenamente:
-Queremos a Aurora bastante más que si la hubiésemos
engendrado, es nuestro único hechizo, la alegría de nuestra vejez, que ya se
acerca; pero le aseguro a usted que la dejaremos libre. Si ella quiere, con
usted se irá. Si ella no quiere, prométanos que la niña se quedará con nosotros
para toda la vida y usted no pensará en reclamarla. Y para que vea usted que no
influimos en su determinación escóndase detrás de ese cortinaje y oirá cómo la
interrogamos y lo que responde.
Accedió el caballero y se ocultó. De allí a pocos
instantes entraba Aurora, y Sabino le dirigió el siguiente interrogatorio:
-¿Qué te ha parecido ese señor que vino a hablarnos?
-¿Digo la verdad, papá, como de costumbre? ¿La verdad
enterita?
-¡Ya se sabe que sí!
-¡Pues me ha parecido muy bien! Me ha parecido la
persona más..., más agradable... que he visto en mi vida, papá.
-¿Tanto como eso?
-Sí por cierto. Me ha fascinado... ¿No me mandas que
hable con franqueza?
-¿Le preferirías a nosotros? Sigue siendo franca.
Es distinto lo que siento por vosotros, Él me gusta...
de otra manera.
-¿Vivirías contenta con él?
-¡Mira, papá..., puede que sí!
-Piénsalo bien, niña.
-No hay que pensarlo. Es un sentimiento, y lo que de
veras se siente no se piensa. Nunca he sentido así. Yo también he de preguntar;
qué ¿este señor..., os ha pedido mi mano?
-¡Tu mano! ¡Tu mano! ¡No se trata de eso! -gritó con
espanto Leonarda.
-¿Pues..., entonces? No entiendo -murmuró Aurora
afligida.
-¡Figúrate... es una suposición..., que ese señor
fuese... tu padre! ¡Tu verdadero padre!
-¿Mi padre? ¡Eso sí que no puedo figurármelo! ¡Como
padre, ni le he mirado..., ni podría mirarle nunca! Ya os he dicho que es
distinto; ¡que a vosotros os quiero de otro modo!
-Vete, hija mía -murmuró Sabino confuso y consternado,
creyendo oír detrás de la cortina un gemido triste. Y así que se retiró Aurora,
obediente, cabizbaja y muda, el desconocido salió, mostrando un rostro color de
cera y unos ojos alocados.
-No les molesto a ustedes más -murmuró en ronco
acento-. Ya sé cuál es mi castigo. Procuré estudiar el modo de inspirar cierta
clase de sentimientos... y los inspiro con una facilidad que ha llegado a
infundirme tedio y horror. Midas todo lo convertía en oro... yo todo lo
convierto en pecado. El cariño puro, el sagrado cariño de padre, veo que no lo
mereceré nunca. Borren ustedes mi recuerdo de la imaginación de Aurora, ¡y que
no sepa jamás mi nombre, ni lo que realmente soy para ella!
-Tal vez -indicó la compasiva Leonarda- el atractivo
que ejerce usted sobre esa criatura, tan indiferente con los demás, sea la voz
de la sangre.
-Si es voz de la sangre, es voz que maldice -respondió
el tenorio saludando respetuosamente y saliendo abrumado por el dolor. |
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