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A la pregunta de Lucio Sagris si habíamos sentido
alguna vez el estremecimiento de lo sobrenatural, aquel soplo que en la alta
noche hacía erizarse los cabellos de Job, casi todos nosotros respondimos (a
fuer de burgueses prosaicos que somos) un «no» risueño. Dos o tres, sin embargo,
exclamaron sin titubear que «sí»; y a los restantes, los puso la afirmación
meditabundos.
-La impresión de lo sobrenatural -dijo Sagris,
enderezándose en la mecedora-, a lo menos para mí, reviste formas variadísimas.
No es sólo a la cabecera del moribundo, ni al reflejo de los cirios que
alumbrarán al muerto, ni en la gruta de Lourdes, ni en alta mar, cuando lo
inefable nos roza con sus alas. A veces basta el choque de una mirada, la luz de
unos ojos, el movimiento de unos labios al articular palabras solemnes...
Interrumpieron a Sagris las chungas del auditorio, que
creyó ver en aquellas frases una alusión al amor y a su peculiar afecto
magnético. Al cesar el fuego graneado, Sagris hizo un mohín desdeñoso y un
ademán que significaba «atiendan».
-Manía muy común -pronunció así que callamos- la de
explicarlo todo por la recíproca atracción sexual. Hay en el mundo otras fuerzas
y otras corrientes. Lo más notable de las revelaciones hipnóticas es que han
demostrado hasta la evidencia que una persona enteramente desconocida y extraña
puede, sin preliminar alguno, modificar profundamente nuestra sensibilidad
nerviosa...
-Si es una mujer bonita, vaya si puede -advirtió
Tresmes el incorregible.
-¡Bah! -murmuró flemáticamente Sagris-. El italiano
Caminetto, con sólo fijar en usted las pupilas, le haría caer en sopor muy
profundo... No me armen ustedes disputa sobre el hipnotismo; sacaríamos lo que
el negro del sermón. El hipnotismo, hoy por hoy, tiene parte de charlatanismo y
parte de ciencia, y no vamos aquí a deslindarlas. Que fotografíen efluvios y
cuerpos astrales; yo no necesito esas pruebas materiales de la vida del
espíritu. El mío, a guisa de balanza sensible, nota el peso más leve; cualquier
influencia espiritual lo inclina. ¿Quieren que les confiese hasta qué extremo me
dominó la fuerza de una voluntad? Confesión es, porque mucho hubo de pecado en
mí, y siempre dura el remordimiento.
La cosa ocurrió siendo yo juez en Pontenova, una
villita encantadora, como todas las que bañan las aguas del Miño, sea en la
margen española o en la portuguesa. Debe Pontenova su nombre a un magnífico
puente de la época de Carlos III, por el cual suelen pasar el río y refugiarse
en Portugal los criminales a quienes persigue la Justicia. Así es que en
Pontenova se reconcentra muchas veces la Guardia Civil y los desconocidos de
mala traza infunden recelos. El puente se encontrará como a un cuarto de legua
de la villa. Estos detalles son necesarios para que ustedes comprendan lo que
sigue:
Una tarde, al volver de dar mi acostumbrado paseo, vi a
la orilla de la carretera el cuerpo de un hombre, que más que vivo parecía
cadáver. Acerquéme y noté que respiraba, y al mismo tiempo, al último rayo
rojizo del sol, advertí la siniestra catadura del que yacía recostado en un
montón de guijo. Los andrajos de la ropa, la descalcez de los pies destrozados y
envueltos en trapos, la lividez del rostro, lo hirsuto de la barba, el anhelo de
la respiración decían a las claras lo que era aquel hombre y por qué se
encontraba en el camino de Pontenova. Mi instinto de magistrado se despertó, y
pensé: «Un malhechor... Buena caza para mi amigo el teniente Pimentel».
Cuando me acudía tal idea, el hombre abrió los ojos, y
vi cruzar por ellos un terror humilde, un miedo de liebre, una súplica
elocuentísima. «Ahora eres cristiano y no juez», me gritó dentro una voz
piadosa. Y tendiendo la mano al caído, le ofrecía asilo y socorro.
-No tengo más que hambre y cansancio... Hace cincuenta
horas que no he probado alimento...
Al oír las palabras, y el acento lastimero que las
profería, miré alrededor. La campiña y el camino estaban enteramente solitarios,
y a mi casa, situada en las afueras de la población, podríamos llegar sin
encontrar a nadie. Levanté como supe al desvalido; le hice apoyarse en mi brazo
y, medio arrastra, le llevé hacia las tapias de mi jardín, al cual entraba yo
por una puertecilla que daba a un soto. No tropezamos con alma viviente.
Introduje a mi protegido en un cuarto bajo donde se guardaban trastos de desecho
y, señalándole un sofá, le indiqué que descansase, mientras le traía de comer.
A los diez minutos volví con pan, una botella de jerez,
bizcochos, jamón frío, fruta, queso, y me hice el distraído para permitirle
devorar ansiosamente, a dentelladas, apurando copa tras copa. Y fue una cosa
fulminante: acabar la postrera migaja, escurrir la postrera gota y caer en el
viejo sofá, harto, feliz, dormido como una piedra.
Entonces me retiré y subí a mis habitaciones con ánimo
de dejarle pasar la noche allí y despertarle a la madrugada, a fin de que
cruzase el puente y se salvase. Ni aun se me ocurría reflexionar acerca de lo
extraño de la situación, cuando vino a recordarme mis funciones y mis deberes el
recado de que una mujer solicitaba hablar con el señor juez en aquel mismo
instante. Mandé que entrase, y la claridad de mi lámpara alumbró una figura
imponente.
Era, a juzgar por el traje, una aldeana de Castilla.
Vestía de luto, y su estatura, ya muy elevada, la aumentaban las negras haldas y
el ceñido justillo de estameña. Venía cubierta de polvo; apoyábase en un largo
palo, y sus greñas grises se revolvían sobre una frente atezada, sombreando dos
ojos de brasa, cuyo mirar me subyugó, como subyuga el de algunos retratos
antiguos. Flaquísima, enhiesta, grave, la mujer se quedó en pie al otro lado de
mi mesa-escritorio; y a mis preguntas, contestó en el lenguaje claro y castizo
de su tierra:
-Soy viuda. Desde Burgos vengo siguiendo al asesino de
mi marido, para que no consiga meterse en Portugal. Al principio me llevaba
bastante delantera, pero hace días le voy a los alcances, sin dejarle entrar en
poblado ni descansar en sitio ninguno. He pensado: «En no consintiéndole que
duerma ni que coma, él acabará por entregarse». Y van dos días, por mi cuenta,
que ni ha podido comer ni dormir.
Aquí la mujer calló y me clavó su mirada ígnea, como se
clava un puñal. Al recibirla, sentí ese estremecimiento de que antes tratábamos,
un escalofrío que no tiene nada que ver con el de la enfermedad ni con el que
causa la baja temperatura, un escalofrío «no físico», sino más hondo.
«Lo sabe -pensé-. Sabe de cierto que su enemigo está
aquí, oculto, amparado por el juez...»
Y mientras yo guardaba un silencio cargado de
electricidad, la mujer añadió secamente, sin tratar de moverme a compasión, sino
más bien a estilo del que acusa:
-A mi marido le mató «ése» aguardándole de noche en el
robledal... Cinco cuchilladas le dio: una en el corazón, dos en el cuello, las
otras dos en el vientre... Allí quedó para que lo comiesen los cuervos. Y yo
aguarda, aguarda, hasta que viendo que no volvía, salí a buscarle y le topé así,
con un charco de sangre negra debajo... Al momento dije a la Justicia: Fulano ha
sido... Cuando quisieron echarle mano..., ya estaba él huyendo; pero yo detrás,
como su sombra. Mi casa ha quedado abandonada; ni cerré la puerta al irme. Mi
equipaje, este palo; mi vida, anda que te andarás. Nadie me dio seña ninguna;
pero acerté con el rastro yo sola. En mi pueblo soy una persona acomodada, he
venido pidiendo caridad. «Él» pudo esperarme en despoblado y acogotarme también;
sólo que ya sabía yo que no se atrevería... ¡Porque a mí me acompaña Dios!...
Al pronunciar este santo nombre, con expresión tan
trágica y solemne que creí escucharlo por primera vez, la vengadora alzó un dedo
descarnado y se quedó muda, hincándome en el alma su terrible mirar. Fue un
combate que duró más de un minuto entre sus ojos y los míos, hasta que acabé por
querer desviarlos y no lo logré.
Comprendí que se apoderaba de mí, por la tensión
increíble de su espíritu, por la energía de su deseo. El criminal también había
influido en mí un instante; sólo que satisfecha la materia con la comida, la
bebida y el sueño, el anhelo de salvarse que al pronto demostró, quedó
extinguido. En cambio, la mujer que me presentaba despreciando las necesidades
físicas, en pie, después de correr leguas y leguas, convertida en bronce, pero
bronce caldeado por la llama de la voluntad.
Ríanse ustedes si quieren... Aquella mujer fea y vieja
«pasó a mí», se me incorporó y me fascinó hasta tal punto, que, como en sueños,
automáticamente, me levanté del sillón, tomé la lámpara, eché a andar, y bajando
la escalera seguido de la negra figura, abrí la puerta del cuartucho y señalé al
sofá donde el asesino reposaba...
Sagris, al llegar aquí, respiró fuerte, oprimido por la
angustia.
-Y cuando le ahorcaron ¿sufrió usted?
-No sufrí más, ni siquiera tanto, como al otro día de
entregarle... La vida de aquel malvado, en suma, no me importaba gran cosa. Lo
que me alborotó la conciencia fue el hacerme cargo de que «desde afuera» pueden
impulsarme así, obligarme a un acto tan decisivo... Por efecto de esta página de
mi historia, temo más a una voluntad entera que a un cartucho de dinamita.
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