Cuentos sacroprofanos
[Serie de 36 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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«La Borgoñona»
El día que encontré esta leyenda en una crónica
franciscana, cuyas hojas amarillentas soltaban sobre mis dedos curiosos el
polvillo finísimo que revela los trabajos de la polilla, quedéme un rato
meditabunda, discurriendo si la historia, que era edificante para nuestros
sencillos tatarabuelos, parecía escandalosa a la edad presente. Porque hartas
veces observo que hemos crecido, si no en maldad, al menos en malicia, y que
nunca un autor necesitó tanta cautela como ahora para evitar que subrayasen sus
frases e interpreten sus intenciones y tomen por donde queman sus relatos
inocentes. Así todos andamos recelosos y, valga esta propia metáfora, barba
sobre el hombro, de miedo de escribir algo pernicioso y de incurrir en
grandísima herejía.
Pero acontece que si llega a agradarnos o a producirnos
honda impresión un asunto, no nos sale ya fácilmente de la cabeza, y diríase que
bulle y se revuelve allí cula el feto en las maternas entrañas, solicitando
romper su cárcel oscura y ver la luz. Así yo, desde que leí la historia
milagrosa que -escrúpulos a un lado- voy a contar, no sin algunas variantes,
viví en compañía de la heroína, y sus aventuras se me aparecieron como serie de
viñetas de misal, rodeadas de orlas de oro y colores caprichosamente iluminadas,
o a modo de vidriera de catedral gótica, con sus personajes vestidos de azul
turquí, púrpura y amaranto. ¡Oh, quién tuviese el candor, la hermosa serenidad
del viejo cronista para empezar diciendo: «¡En el nombre del Padre...!»
- I -
Eran muchos, muchos años o, por mejor decir, muchos
siglos hace; el tiempo en que Francisco de Asís, después de haber recorrido
varias tierras de Europa, exhortando a la pobreza y a la penitencia, enviaba sus
discípulos por todas partes a continuar la predicación del Evangelio.
Los pueblecitos y lugarejos de Italia y Francia estaban
acostumbrados ya a ver llegar misioneros peregrinos, de sayal corto y descalzos
pies, que se iban derechos a la plaza pública y, encaramándose sobre una piedra
o sobre un montón de escombros, pronunciaban pláticas fogosas, condenando los
vicios, increpando a los oyentes por su tibieza en amar a Dios. Bajábanse
después del improvisado púlpito y los aldeanos se disputaban el honor de
ofrecerles hospitalidad, lumbre y cena.
No obstante, en las inmediaciones de Dijón existía una
granja aislada, a cuya puerta no había llamado nunca el peregrino ni el
misionero. Desviada de toda comunicación, sólo acudían allí tratantes dijonenses
a comprar el excelente vino de la cosecha; pues el dueño de la granja era un
cosechero ricote y tenía atestadas de toneles sus bodegas, y de grano su troj.
Colono de opulenta abadía, arrendara al abad por poco dinero y muchos años
pingües tierras, y según de público se contaba, ya en sus arcas había algo más
que viento. Él lo negaba; era avaro, mezquino, escatimaba la comida y el salario
a sus jornaleros, jamás dio una blanca de limosna y su mayor despilfarro
consistía en traer a veces de Dijón una cofia nueva de encaje o una medalla de
oro a su hija única.
Omite la crónica el nombre de la doncella, que bien
pudo llamarse Berta, Alicia, Margarita o cosa por el estilo, pero a nosotros ha
llegado con el sobrenombre de la Borgoñona. De cierto sabemos que la hija del
cosechero era moza y linda como unas flores, y a más tan sensible, tierna y
generosa como duro de pelar y tacaño su padre. Los mozos de las cercanías bien
quisieran dar un tiento a la niña y de paso a la hucha del viejo, donde
guardaba, sin duda, pingüe dote en relucientes monedas de oro; mas nunca
requiebros de gañanes tiñeron de rosa las mejillas de la doncella, ni
apresuraron los latidos de su seno. Indiferente los escuchaba, acaso burlándose
de sus extremos y finezas amorosas.
Un día de invierno, al caer la tarde, hallábase la
Borgoñona sentada en un poyo ante la puerta de la granja, hilando su rueca. El
huso giraba rápidamente entre sus dedos, el copo se abría y un tenue hilo, que
semejaba de oro, partía de la rueca ligera al huso danzarín. Sin interrumpir su
maquinal tarea, la Borgoñona pensaba involuntariamente en cosas tristes. ¡Qué
solitaria era aquella granja, Madre de Dios! ¡Qué aire tenía de miseria y de
vetustez! ¡Nunca se oían en ella risas ni canciones; siempre se trabajaba
callandito, plantando, cavando, podando, vendimiando, pisando el vino,
metiéndolo en los toneles, sin verlo jamás correr, espumante y rojo, de los
tanques a los vasos, en la alegría de las veladas!
«¿A qué tanto afanarse? -reflexionaba la niña-. Mi
padre taciturno, vendiendo su vino, contando sus dineros a las altas horas de la
noche; yo, hilando, lavando, fregando las cacerolas, amasando el pan que he de
comer al día siguiente... ¡Ah!, ¡naciese yo hija de un pobre artesano de Dijón,
de un vasallo del obispo, y sería más dichosa!»
Distraída con tales pensamientos, la Borgoñona no vio a
un hombre que por el estrecho sendero abierto entre las viñas caminaba despacio
hacia la granja. Muy cerca estaba ya, cuando el ruido de su báculo sobre las
piedrezuelas del camino movió a la doncella a alzar la cabeza con curiosidad que
se trocó en sorpresa así que hubo contemplado al forastero, el cual frisaría a
lo sumo en los veinticinco años, si bien la demacración del rostro y el aire
humilde y contrito le disimulaban la mocedad. Un sayal gris, que era todo él un
puro remiendo, le resguardaba mal del frío; una cuerda grosera ceñía su cintura;
traía la cabeza descubierta, desnudos los pies y muy maltratados de los
guijarros y apoyábase en un palo de espino. Al punto comprendió la Borgoñona que
no era un mendigo, sino penitente, el hombre que así se presentaba, y con
palabras dulces y ademanes llenos de reverencia, le tomó de la mano y le hizo
entrar en la cocina y sentarse junto al fuego. Veloz como una saeta corrió al
establo, y ordeñó la mejor vaca para traer al peregrino una taza de leche
caliente. Partió del enorme mollete de pan un buen trozo, que migó en la taza, y
arrodillándose casi, mostrando mucho amor y liberalidad, sirvió a su huésped.
Él agradeció en breves frases la caridad que le hacían,
y mientras despachaba el frugal alimento comenzó a explicar, con suave
pronunciación italiana, cosas que suspendieron y embelesaron a la Borgoñona.
Habló de Italia, donde el cielo es tan azul, el aire tan tibio y, en especial,
de la región de Umbria, amenísima en sus valles, y en sus montes severa. Después
nombró a Asís, y refirió los prodigios que obraba el hermano Francisco, el
serafín humano, el cual seguían, atraídos por sus predicaciones, pueblos
enteros. Citó a una joven muy bella y de sangre noble, Clara, cuya santidad
portentosa era respetada no sólo por los hombres, sino hasta por los lobos de la
sierra. Añadió que el hermano Francisco había compuesto, para alabar a Dios y
desahogar sus afectos de amor celestial, tiernos cánticos; y como la Borgoñona
solicitase oírlos, el forastero cantó algunos; y aunque no entendía la letra, el
tono y el modo de cantar del desconocido hicieron arrasarse en lágrimas los ojos
de la niña. El forastero tenía los suyos bajos, rehuyendo ver el rostro
femenino, que adivinaba fresco, gracioso y juvenil. Ella, en cambio, devoraba
con la mirada aquellas facciones nobles y expresivas, que la mortificación y el
ayuno habían empalidecido.
Cerrada ya la noche, fueron entrando en la cocina los
mozos y mozas de labranza, encendiéronse candiles y antorchas de resina,
aumentóse el fuego con haces de secos sarmientos de vid y preparáronse a
aprovechar la velada, ellas hilando, ellos cortando y afilando estacas
destinadas a sostener las cepas de viña. Todos miraban curiosamente al
forastero, que en la misma actitud humilde permanecía junto el fuego, silencioso
y sin adelantar las palmas de sus amoratadas manos hacia el grato calorcillo de
la llama. Un rumor contenido se dejó oír cuando entró el amo de casa: todos
querían saber qué diría el avaro de la presencia del huésped.
Pero la Borgoñona, saliendo a recibir a su padre con
afabilidad suma, le contó cómo ella había ofrecido hospitalidad a aquel santo, a
fin de que no pasase la noche al frío en algún viñedo. No mostró el viejo gran
disgusto, y contentóse con encogerse de hombros, yendo a sentarse a su sitio
acostumbrado en el banco, cerca del hogar. La velada empezó pacífica.
De pronto, el forastero, saliendo de su letargo,
levantó la cabeza, y como si notase por primera vez que estaba próximo a una
hoguera alegre y chispeante, comenzó a decir a media voz algunas palabras sobre
la hermosura del fuego y la gratitud que el hombre debe a Dios por tan gran
beneficio. La Borgoñona tocó al codo a su vecina, ésta transmitió la seña y en
un instante callaron las conversaciones de la cocina para oír al penitente.
Éste, arrastrado por su propia elocuencia, iba elevando la voz hasta pronunciar
con entusiasmo su discurso.
De la consideración del fuego pasó a los demás bienes
que nos otorga la bondad divina, y que estamos obligados a repartir con el
prójimo por medio de limosna. Si, obligados, pues de toda riqueza somos
usufructuarios no más. ¿De qué sirve, por ejemplo, el tesoro encerrado en el
arca del avaro? ¿De qué el trigo abundante en los graneros del hombre duro de
corazón? ¿Creen ellos acaso que el Señor les dio tan cuantiosos bienes para que
los guarden bajo llave y no alivien las necesidades del prójimo? ¡Ah! ¡El día
del tremendo juicio, su oro será contrapeso horrible que los arrastre al
infierno! ¡En vano tratarán entonces de soltar lo que en vida custodiaron tanto:
allí, sobre sus lomos, estará el tesoro de perdición, y con ellos se hundirá en
el abismo!
A medida que arengaba el penitente, los ojos del
auditorio se fijaban en el cosechero, el cual, retorciéndose en el banco, no
sabía qué postura tomar ni qué gesto poner. El penitente, incorporándose,
hablaba ya casi a gritos, con voz vibrante y sonora. De repente, mudando de
registro, encareció los placeres de la limosna, la dulzura inefable del espíritu
que premia el sacrificio de bienes perecederos dados por el amor de Dios. Sus
frases persuasivas fluían como miel, sus ojos estaban húmedos y revulsos. Las
mujeres del auditorio, profunda y dulcemente conmovidas, soltaron la rienda al
llanto, y mientras ellas acudían a los delantales para secar sus lágrimas, otras
rodeaban al peregrino y se empujaban para besar el borde de su túnica. La
Borgoñona, con las manos cruzadas, parecía como en éxtasis.
El cosechero, que había dejado escapar visibles
muestras de impaciencia, no pudo sufrir semejante escena, y murmurando entre
dientes empujó a unos y otros fuera de la cocina, dando por concluida la velada.
Cuando dejó de oírse el ruido de los gruesos zapatos de los labradores que
partían, pidió lacónicamente la cena. Según costumbre del país, la Borgoñona
sirvió a su padre y al forastero. Éste, callado y humilde como al principio,
apenas honró el rústico banquete y rogó le permitiesen retirarse. La Borgoñona
le condujo a una sala baja donde había extendida paja fresca, y en seguida,
volviéndose a la cocina, intentó cenar.
Los bocados se le atravesaban en la garganta; su
estómago rehusaba el alimento, y viendo a su padre sombrío y ceñudo, resolvióse
a preguntar qué opinaba acerca de los discursos del peregrino y lo que había
dicho respecto a la caridad.
-Paréceme, padre -añadió-, que si no nos engaña el
gentil predicador, nuestro fin será irnos al infierno en derechura, pues en
nuestra casa hay oro, pan y vino en abundancia y nunca damos limosna.
Al pronunciar estas palabras, sonreíase dulcemente para
congraciar al viejo. Pero él, montando en cólera terrible, golpeó fuertemente la
mesa con su vaso de estaño, maldijo a la hija que había traído a casa aquel
mendigo desharrapado y loco, que acaso fuese un bandido disfrazado, y amenazó ir
sin demora a cogerle de un brazo y echarle de la granja; con lo cual, la
doncella se retiró a su cuarto trémula y confusa.
En toda la noche apenas logró pegar los ojos. Veía al
viajero, oía de nuevo su persuasiva y cálida voz y notaba las variaciones de su
rostro, trasfigurado por la unción y fervor de la plática. El lecho de la
Borgoñona tenía ascuas y espinas; su conciencia estaba tan despierta como si
hubiese cometido un crimen; durmióse un instante y vio en sueños a su padre
arrastrado por negros demonios que le aporreaban con sacos llenos de monedas.
Apenas un rayo de luz pálida anunció el amanecer, la Borgoñona saltó de la cama
y, a medio vestir y en cabello, corrió a la estancia del peregrino.
Éste tenía la puerta abierta y rezaba de rodillas con
los brazos en cruz. Hallábase tan arrebatado en la oración, que le pareció a la
niña que más de un palmo se levantaba del suelo. Al ruido de los pasos de la
Borgoñona, el forastero se puso en pie de un salto y mostró el rostro bañado en
lágrimas, y al mismo tiempo resplandeciente de un júbilo celestial; pero cuando
se fijó en la Borgoñona, al punto mudó de semblante. Fue como si le cerrasen con
llave las facciones. Bajó los ojos y, cruzándose de brazos, preguntó a la niña
qué deseaba. Ella, con movimiento rapidísimo, se echó a sus pies, y abrazando
sus rodillas toda turbada, rompió a decirle que en aquella casa había riquezas
estériles, tesoros malditos, que causarían la perdición de su dueño; que allí
jamás se había dado al pobre ni un puñado de espigas, antes era su sudor el que
rellenaba las arcas; que ella se encontraba arrepentida y resuelta, para
asegurar su salvación y la de su padre, a irse por el mundo descalza, pidiendo
limosna y haciendo penitencia, para lo cual pedía al forastero su bendición y
que la llevase en su compañía y le enseñase a predicar y a seguir la regla del
beato Francisco, la humanidad y pobreza absoluta.
Permanecía el misionero mudo, inmóvil. No obstante, las
palabras de la Borgoñona debían de producirle extraño efecto, porque ésta sentía
que las rodillas del penitente se entrechocaban temblorosas, y se veía su faz
demudada y sus manos crispadas, cual si se clavase en el pecho las uñas. La
doncella, creyendo persuadir mejor, tendía las palmas, escondía la cara en el
sayal empapándolo en sus lágrimas ardientes. Poco a poco, el pendiente aflojó
los brazos y por fin los abrió, inclinándose hacia la niña. Pero de pronto, con
una sacudida violenta, se desprendió de ella y casi la echó a rodar por el
suelo. La cabeza de la Borgoñona dio contra las losas del pavimento y el
penitente haciendo la señal de la cruz y exclamando «¡Hermano Francisco, valme!»,
saltó por la ventana y se perdió de vista en un segundo. Cuando la Borgoñona se
incorporó llevándose la mano a la frente lastimada, sólo quedaba del misionero
la señal de su cuerpo en la paja donde había dormido.
- II -
Todo el día se lo pasó la Borgoñona cosiendo una túnica
de burel grosero, de la misma tela con que solían vestirse los villanos y
jornaleros vendimiadores. Al anochecer salió a la granja y cortó un bastón de
espino; bajó a la cocina y tomó de un rimero de cuerdas una muy gruesa de
cáñamo, y subiendo otra vez a su habitación, empezó a desnudarse despacio,
dejando sobre la cama, colocadas en orden, las diversas prendas de su traje.
En el siglo XIII, pocas personas usaban camisas de
lino. Era un lujo reservado a los monarcas. La Borgoñona tenía pegado a las
carnes un justillo de lienzo grueso y un faldellín de tela más burda aún.
Quitóse el justillo y soltó sobre sus blancas y mórbidas espaldas la madeja de
su pelo rubio que de día aprisionaba la cofia. Esgrimió la tijera, que solía
llevar pendiente de la cintura, y desmochó sin piedad aquel bosque de rizos, que
iban cayendo suavemente a su alrededor, como las flores en torno del arbusto
sacudido por el aire. Se sentó la cabeza, y hallándola ya casi mocha igualó los
mechones que aún sobresalían; luego se descalzó; aflojó la cintura del
faldellín, se puso el sayal sosteniendo el faldellín con los dientes por no
quedarse del todo desnuda; soltó al fin la última prenda femenina, se ciñó la
cuerda con tres nudos como la traía el pendiente, y empuñó el bastón. Pero
acudió una idea a su mente, y recogiendo las matas de pelo esparcidas aquí y
allí, las ató con la mejor cinta que tenía y las colgó al pie de una tosca
Nuestra Señora, de plomo, que protegía la cabecera de su lecho. Aguardó a que la
noche cerrase, y de puntillas, se lanzó a oscuras al corredor; bajó a tientas la
escalera carcomida, se dirigió a la sala baja donde había hospedado al
penitente, abrió la ventana y salió por ella al campo. Tal arte se dio a correr,
que cuando amaneció estaba a tres leguas de la granja, camino de Dijón, cerca de
unos hatos de pastores.
Rendida se metió en un establo, del cual vio salir el
ganado antes, y acostándose en la cama de las ovejas, tibia aún, durmió hasta el
mediodía. Al despertarse resolvió evitar a Dijón, donde algún parroquiano de su
padre podría conocerla.
En efecto, desde aquel día procuró buscar las aldeas
apartadas, los caseríos, solitarios, en los cuales pedía de limosna un haz de
paja y un mendrugo de pan. Mientras caminaba, rezaba mentalmente, y si se
detenía, arrodillábase y oraba con los brazos en cruz, como el peregrino. El
recuerdo de éste no se apartaba un punto de su memoria y copiaba por instinto
sus menores acciones, añadiendo otras que le sugería su natural despejo.
Guardaba siempre la mitad del pan que le ofrecían, y al
día siguiente lo entregaba a otro pobre que encontrase en el camino. Si le daban
dinero, iba corriendo a distribuirlo entre los necesitados, pues recordaba que,
según el penitente, nunca el beato Francisco de Asís consintió tener en su poder
moneda acuñada.
Al paso que seguía esta vida la Borgoñona, se
desarrollaba en ella un don de elocuencia extraordinaria. Poníase a hablar de
Dios, de los ángeles, del cielo, de la caridad, del amor divino, y decía cosas
que ella misma se admiraba de saber y que las gentes reunidas en derredor suyo
escuchaban embelesadas y enternecidas. Dondequiera que llegaba la rodeaban las
mujeres, los niños se cogían a su túnica y los hombres la llevaban en triunfo.
Es de notar que todos la tenían por un jovencito muy
lindo, y a nadie se le ocurrió que fuese una doncella quien tan valerosamente
arrostraba la intemperie y demás peligros de andar por despoblado. Su pelo
corto, su cutis oscurecido ya por el sol, sus pies endurecidos por la descalcez
le daban trazas de muchacho, y el sayal grueso ocultaba la morbidez de sus
formas.
Gracias al disfraz, pudo pasar entre bandas de soldados
mercenarios y aun de salteadores, sin más riesgo que el de sufrir algunos
zurriagazos con las correas del tahalí, género de broma que no perdonaban los
soldados. Muchos se compadecieron de aquel rapaz humilde y le dieron dinero y
vino; otros se burlaron; pero nadie atentó a su libertad ni a su vida.
En la selva de Fontainebleau sucedióle a la Borgoñona
la terrible aventura de abrigarse bajo un árbol de donde colgaban humanos
frutos: los pies péndulos de un ahorcado la rozaron la frente. Entonces, con
valor sobrehumano, abrió una fosa, sin más instrumentos que su bastón de pino y
sus uñas. Descolgó el cadáver horrendo, que tenía la lengua fuera y los ojos
saliéndose de las órbitas, y estaba ya picado de grajos y cuervos, y mal como
supo, reuniendo sus fuerzas, lo enterró. Aquella noche vio en sueños al
penitente, que la bendecía.
Pero tantas fatigas, tan larga abstinencia, tan duras
mortificaciones, una vida tan áspera y desacostumbrada, abrieron brecha en la
Borgoñona y su salud empezaba a flaquear, cuando llegó a una gran villa, que
preguntando a los aldeanos verduleros, supo era París.
Entró, pues, en París pensando si quizá moriría allí el
peregrino, si lo encontraría casualmente y podría rogarle que le proporcionase
un asilo como el que Clara ofrecía a sus hijas, un convento donde acabar su
penitencia y morir en paz. Con estos propósitos se internó en un laberinto de
calles sucias, torcidas, estrechas, sombrías: el París de entonces.
Embargaba a la Borgoñona singular recelo. En aquella
ciudad vasta y populosa, donde veía tanto mercader, tanto arquero, tantos judíos
en sus tenduchos, tantos clérigos graves que pasaban a su lado sin volver la
cabeza, no se atrevía a pedir hospitalidad, ni un pedazo de pan con que aplacar
el hambre. Los edificios altos, las casas apiñadas, las plazuelas concurridas,
todo le infundía temor.
Vagó como alma en pena las horas del día, entrando en
las iglesias para rezar, apretándose la cuerda para no percibir el hambre, y a
la puesta del sol, cuando resonó el toque de cubrefuego, que acá decimos de la
queda, cubriósele a ella verdaderamente el corazón, y con mucha angustia rompió
a llorar bajito, echando de menos por primera vez su granja, donde el pan no
faltaba nunca y donde, al oscurecer, tenía seguro su abrigado lecho. Al punto
mismo en que estas ideas acudían a su atribulado espíritu, vio que se acercaba
una vejezuela gibosa, de picuda nariz y ojuelos malignos, y le preguntaba
afablemente: ¿Cómo tan lindo mozo a tales horas solito por la calle, y si era
que por ventura no tenía posada?
-Madre -contestó la Borgoñona- si tú me la dieses,
harías una gran caridad, pues cierto que no sé dónde he de dormir hoy, y a más
no probé bocado hace veinticuatro horas.
Deshízose la vieja en lástimas y ofrecimientos, y
echando a andar delante guió por callejuelas tristes, pobres y sospechosas,
hasta llegar a una casuca, cuya puerta abrió con roñosa llave.
Estaba la casa a oscuras; pero la vieja encendió un
candil y alumbró por las escaleras hasta un cuarto alto.
Ardía un buen fuego en la chimenea. La Borgoñona vio
una cama suntuosa, sitiales ricos y una mesa preparada con sus relucientes
platos de estaño, sus jarras de plata para el agua y el vino, su dorado pan, sus
bollos de especias y un pastel de aves y caza que ya tenía medio alzada la
cubierta tostadita.
Todo olía a lujo, a refinamiento, y aunque el caso era
sorprendente, atendido el pergeño de la vieja y la pobreza del edificio, como la
Borgoñona sentía tanta hambre y de tal modo se le hacía agua la boca ante el
espectáculo de los manjares, no se entretuvo en manifestar extrañeza.
Iba buenamente a sentarse y a trinchar el pastel, pero
la vieja lo impidió. Convenía aguardar al dueño de la habitación, un hidalgo
estudiante muy galán, que ya no tardaría, y era de tan afable condición, que a
buen seguro que no pondría el menor reparo en partir su cena con el forastero.
En efecto, bien pronto, se oyeron resueltos pasos, y
entró en la estancia un caballero, mozo, envuelto en oscura capa y con pluma de
garza en el airoso birrete.
Al verle, quedóse estupefacta la Borgoñona, y no era
para menos, pues aquel gallardo caballero tenía la mismísima cara y talle del
penitente. Conoció sus grandes ojos negros, sus nobles facciones. Sólo la
expresión era distinta. En ésta dominaba un júbilo tumultuoso, una especie de
energía sensual. Quitóse el birrete, descubriendo rizados y largos cabellos;
soltó la capa, y contestó con una carcajada a las disculpas de la vieja, que
explicaba cómo aquel pobrecito penitente partiría con él, por una noche, la cena
y el cuarto. Sentóse a la mesa muy risueño, y declaró que, aunque el camarada no
parecía muchacho de buen humor, él haría por que la cena fuese divertida. Dijo
esto con la propia voz sonora del penitente, tan conocida de la Borgoñona.
Retiróse la vieja y la Borgoñona tomó asiento confusa y
atónita, mirando a su comensal y sin dar crédito al testimonio de los sentidos.
Mientras mataba el hambre con el apetitoso pastel, sus ojos no se apartaban del
mancebo, que comía y bebía por cuatro y, con mil chanzas, llenaba el vaso y el
plato de la Borgoñona, que proseguía comparando al misionero con el estudiante.
Sí, eran los mismos ojos, sólo que antes no brillaba en
ellos un fuego vivido y generoso, ni cabía ver el negro de las pupilas, porque
estaban siempre bajos. Sí, era la misma boca, pero marchita, contraída por la
penitencia, sin estos labios rojos y frescos, sin estos dientes blancos que
descubría la sonrisa, sin este bigote fino que acentuaba la expresión
provocativa y caballeresca del rostro. Sí, era la misma frente blanca y serena,
pero sin los oscuros mechones de pelo que en torno jugueteaban. Era el mismo
aire, pero con otras posturas menos gallardas y libres.
Y así, poco a poco, tratando de cerciorarse de si el
penitente y el hidalgo componían un solo individuo, la doncella iba deteniéndose
con sobrada complacencia en detallar las gracias y buenas partes del mancebo, y
ya le parecía que si era el penitente, había ganado mucho en gentileza y
donosura.
El caballero, festivamente, escanciaba vino y más vino,
y la Borgoñona, distraída, lo bebía. El vino era color de topacio, fragante,
aromatizado con especias, suave al paladar, pero después se sentía correr por
las venas como líquida llama.
A cada trago de licor, la Borgoñona juzgaba a su
compañero de mesa más discreto y bizarro. Cuando la mano de éste, al ofrecerle
el vaso, por casualidad, rozaba la suya, un delicioso temblor, un escalofrío
dulcísimo, le subía desde las yemas de los dedos hasta la nuca, difundiéndose
por el cerebro y el corazón. Su razón vacilaba, la habitación daba vueltas, la
luz de cada uno de los cirios que alumbraban el festín se convertía en miles de
luces. Y he aquí que el caballero, después de beber el último trago, se levantó,
y juró que a fe de hidalgo estudiante, era hora de acostarse y digerir, con un
sueño reparador, la cena.
Semejantes palabras despejaron un poco las embotadas
potencias de la Borgoñona. Acordóse de que en la habitación no había más que un
solo lecho, y alzándose de la mesa alegó humildemente, en voz baja, que sus
votos obligaban a tener por cama el suelo, y que así dormiría, no siendo razón
que se molestase el señor hidalgo. Pero éste con generoso empeño, protestó que
no lo sufriría, y tendiendo en el suelo su capa, afirmó que dormiría sobre ella
si el mozo penitente no le otorgaba un rincón del lecho, donde ambos cabían muy
holgados.
La doncella se negó con espanto a admitir la
proposición, y el estudiante con vigor juvenil, cogióla en brazos y la depositó
sobre la cama. Ella, sintiendo otra vez desmayar su voluntad, cerró los ojos, y
con singular contentamiento se dejó llevar así, apoyando la cabeza en el hombro
del caballero y percibiendo el roce de sus negros y perfumados bucles.
Abrió el estudiante la cama, metió dentro a la
Borgoñona, arregló la sobrecama bordada de seda y, con la misma dulzura con que
se habla a los niños, preguntó si no le sería lícito al menos tenderse a los
pies, que siempre estarían más blandos que el santo suelo. No encontró la
Borgoñona objeción fundada que oponer, y el hidalgo se envolvió en su capa y se
tumbó, poniendo por cabezal un almohadón, y al poco tiempo se le oyó respirar
tranquilamente, como si durmiese.
La Borgoñona, en cambio, se revolvía inquieta. En vano
quería recordar las oraciones acostumbradas a aquella hora. No podía levantar el
espíritu; su corazón se derretía, se abrasaba; el penitente y el estudiante
formaban para ella una sola persona, pero adorable, perfecto, por quien se
dejaría hacer pedazos sin exhalar un ¡ay! La blandura del lecho incitando a su
cuerpo a la molicie, reforzaba las sugestiones de su imaginación; en el silencio
nocturno, le ocurrían las resoluciones más extremosas y delirantes: llamar al
hidalgo, declararle que era una doncella perdida de amores por él, que la tomase
por mujer o esclava, pues quería vivir y morir a su lado.
Pero ¿y aquellas matas de pelo colgadas al pie de la
efigie de Nuestra Señora, acaso no eran prenda de un voto solemne? Con estas
zozobras, las frentes se le abrían, las venas saltaban, zumbaban los oídos y la
respiración sosegada del estudiante se la figuraba a la joven honda como el
ruido de gigantesca fragua. ¡Oh tentación, tentación!
Sentóse en el lecho, y a la luz del fuego, que aún
ardía, miró al estudiante dormido, pareciéndole que en su vida había contemplado
cosa mejor, más sabrosa. Y así, embebida en el gusto de mirar, fuese acercando
hasta casi beberle el aliento.
De pronto el durmiente se incorporó bien despierto,
abriendo los brazos y sonriendo con sonrisa extraña. La doncella dio un gran
grito, y acordándose del penitente, exclamó:
-¡Hermano Francisco, valme!
Al mismo tiempo saltó del lecho y huyó de la habitación
como loca.
Cuatro a cuatro bajó las escaleras; halló la puerta
franca y encontróse en la calle; siguió corriendo, y no paró hasta una gran
plaza, donde se elevaba un edificio de pobre y humilde arquitectura; allí se
detuvo sin saber lo que le pasaba.
Trató de coordinar sus pensamientos; los sucesos de la
noche le parecían soñados, y lo que la confirmaba en esta idea era que no podía,
por más que se golpease la frente, recordar la linda figura del estudiante. La
última impresión que de ella guardaba era la de un rostro descompuesto por la
ira, unas facciones contraídas por furor infernal, unos ojos inyectados, una
espumante boca.
Del edificio humilde salieron cuatro hombres vestidos
de túnicas grises amarradas con cuerdas y llevando en hombros un ataúd. La
Borgoñona se acercó a ellos, y ellos la miraron sorprendidos, porque vestía su
mismo traje. Impulsada por indefinible curiosidad, la doncella se inclinó hacia
el ataúd abierto y vio, acostado sobre la ceniza, sin que pudiese caber duda
alguna respecto a su entidad, el cadáver del penitente.
-¿Cuándo murió ese santo? -preguntó, trémula y
horrorizada.
-Ayer tarde, al sonar el cubrefuego.
-Y ese edificio donde vivía, ¿qué es?
-Allí habitamos los pobres de la regla de San Francisco
de Asís, los Menores, tus hermanos -contestaron gravemente, y se alejaron con su
fúnebre carga.
La Borgoñona llamó a la portería del convento.
Nadie adivinó jamás el sexo del novicio, hasta que su
muerte, después de una larga y terrible penitencia, hubo de revelarlo a los
encargados de vestirle la mortaja. Hicieron la señal de la cruz, cubrieron el
cuerpo con un paño tupido y lo llevaron a enterrar al cementerio de las
Minoritas o Clarisas, que ya existían en París. |
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La sed de Cristo
Cuando desde la altura de su patíbulo,
abriendo las desecadas fauces, exhaló Cristo la más angustiosa de
las Siete Palabras, María Magdalena, que estaba como idiota de
dolor, estrechamente abrazaba al tronco de la cruz, se estremeció y,
recobrando energía y actividad, a impulsos de una compasión que la
penetraba toda, se lanzó en busca de agua que aplacase la sed del
moribundo Maestro.
No muy lejos del Calvario, sabía Magdalena
que manaba, entre peñascos, purísimo y cristalino manantial. Pidió
prestada una taza de arcilla a un hombre del pueblo de Jerusalén, de
los que en tropel rodeaban la cruz, y se encaminó hacia la escondida
fuente. Poco tardó en encontrarla, sintiendo profundo regocijo al
pensar que aquella linfa fresquísima calmaría, siquiera
momentáneamente, los sufrimientos del mártir. Surtía el chorro, más
claro que cristal, de una grieta tapizada de musgo y finos helechos,
y el rumor de su corriente lisonjeaba el oído y el corazón. Al
recoger en el cuenco de barro el agua, Magdalena notó que estaba
fría, helada, casi, y de nuevo se alegró, pensando lo refrigerante
que sería para Jesús el sorbo. Con su taza rebosante corrió al lugar
del suplicio, y a fuerza de ruegos logró que le permitiesen los
sayones amontonar unas piedras y encaramarse hasta acercar el agua a
los labios cárdenos del crucificado. Y cuando esperaba verle
paladear el agua consoladora, he aquí que Jesús la rechaza, moviendo
la cabeza y repitiendo en un soplo imperceptible: «Sed tengo».
Con la penetración del amor -porque en
verdad os digo que no hay nada que ilumine el entendimiento de la
mujer como amar mucho y de veras-, Magdalena adivinó que Cristo
deseaba otra bebida más exquisita y rara que el agua natural, y era
necesario traérsela a cualquier precio. Mientras se precipitaba
hacia Jerusalén, iba recordando que el despensero y mayordomo del
tetrarca Herodes la había obsequiado antaño con un falerno
añejísimo, ardiente como fuego y dulce como miel, del cual una sola
gota es capaz de reanimar un yerto cadáver. Suplicante y presurosa
rogó la arrepentida a su antiguo galán, y como accediese a sus
ruegos, volvió al Calvario radiante, escondiendo bajo su manto el
ánfora de inestimable valor, y apoyó el pico en la boca de Jesús. Un
movimiento más acentuado de repugnancia y un débil gemido donde casi
expiraba inarticulado el lastimoso «Sed tengo», revelaron a la
Magdalena que tampoco esta vez poseía el medio de calmar las
torturas de la santa víctima.
En su desconsuelo y en su enojo contra sí
misma por no haber acertado, reverdeció más y más en la Magdalena la
memoria de su escandalosa juventud. Bien presente tenía que un
patricio romano, epicúreo fastuoso, lector de Horacio y algo poeta,
que por la hermosa hierosolimitana hizo mil locuras, solía hablar de
los banquetes del Olimpo pagano y de la misteriosa virtud e
incomparable esencia del néctar de los dioses, que infunde la
felicidad e inyecta vida a oleadas en las venas exhaustas y en el
cuerpo expirante. Y como si algún maléfico poder oculto -tal vez el
de Satanás, empeñado hasta la última hora en tentar al Redentor para
probar su divinidad- fuese cómplice del insensato anhelo de la
pecadora, he aquí que se sintió arrollada y transportada con
velocidad increíble en alas del viento, que la depositó suavemente
sobre la cumbre de una montaña deliciosa, poblada de olivos,
laureles, naranjos cuajados de azahar, que alternaban con boscajes
de mirtos y rosales en flor, de embriagador perfume. Bajando
airosamente la escalinata de un elegante templete de mármol blanco,
salió al encuentro de Magdalena hermoso mancebo sonriente, de rizos
color de jacinto y brillantes pupilas, y le presentó una crátera de
oro maravillosamente cincelada, donde chispeaba un licor
transparente, rosado, de fragancia embriagadora, que trastornaba los
sentidos. Llena de gozo, Magdalena estrechó contra su pecho la
sagrada ambrosía y sólo pensó ya en ofrecérsela a Jesús, porque era
imposible que aquel licor glorioso, escanciado por Ganímedes, no
arrebatase el alma del mártir, haciéndole olvidar sus dolores. Sólo
con llevar la copa de ambrosía en las manos sentíase Magdalena presa
de dulce fiebre y deliquio, y la Naturaleza le parecía más bella, el
sol más claro y el aire más ligero, elástico y luminoso. ¡Desengaño
cruel! Así que pudo acercar una copa colmada de ambrosía a los
labios de Jesús, cuyos tendones estallaban y cuyo rostro descomponía
un padecer horrible, el moribundo hizo un gesto de violenta
repulsión, y licor y copa rodaron al suelo, derramándose sobre la
seca tierra la bebida de los dioses paganos.
Entonces Magdalena, víctima de la
tentación, sintió redoblar su amargura. Los resabios de los años de
iniquidad resurgieron, porque el pecado deja sedimentos en el alma y
sube a la superficie apenas lo remueve la pasión, y aunque la
doctrina de Cristo había inflamado el espíritu de aquella mujer,
faltaba todavía que la penitencia la purificase y destruyese la
vieja levadura. Sucedió, pues, que Magdalena, ofuscada por el dolor
de ver que no sabía estancar la sed de Cristo, se imaginó que el
Cordero torturado, si rechazaba el falerno que halaga el paladar y
la ambrosía que transporta la imaginación tal vez aceptaría el vino
de la venganza y de la ira; tal vez se aplacasen sus sufrimientos al
gustar la sangre del enemigo que le clavó en la afrentosa cruz. Y
con este pensamiento, Magdalena se acercó a uno de los sayones, el
mismo que había fijado sobre la cabeza de Cristo la escarnecedora
placa del Inri, y, engañándole, le llevó lejos del Calvario, a un
lugar desierto, y aprovechando su descuido le hirió en el cuello con
su propia espada, empapó la caliente sangre en una esponja y volvió
segura de que Jesús bebería. Y esta vez, al contrario, fue cuando
Cristo, con sobrehumano impulso, se irguió sobre los traspasados
pies, y exclamó con fúnebre entonación: «Sed tengo.»
María Magdalena cayó al pie de la cruz,
desplomada, retorciéndose las manos y arrancándose a mechones las
rubias y sueltas guedejas. Su impotencia para aliviar la sed de
Cristo la enloquecía, y principió a acusarse interiormente de su
impura existencia, sintiendo sobre la frente humillada el rubor y la
pena de tanta disipación, del seco erial de su conciencia, donde no
tuvo asilo la piedad. Muchas noches, mientras ella derrochaba oro en
su opulenta mesa y se reclinaba sobre tapices tirios y pérsicas
alfombras, los pobres, a su puerta, esperaban como perros las
migajas del festín, y las mujeres de bien, velándose el rostro,
apresuraban el paso para no oír las risotadas y las canciones
impúdicas. Por eso, sin duda, no podía disfrutar ahora el consuelo
de aplacar la sed de Cristo, sed que neciamente creyó satisfacer con
el vino de la gula, la ambrosía del placer o la sangre de la
venganza. Y al recapacitar, ablandábase poco a poco el corazón de la
pecadora, y subiendo a sus ojos el agua del arrepentimiento y de la
humildad fluía de sus lagrimales, resbalando lentamente por sus
mejillas. Era tanto lo que lloraba Magdalena, que parecía liquidarse
su espíritu, y las lágrimas empapaban la ropa y los hermosos
extendidos cabellos. Y como levantase los ojos hacia el rostro de
Jesús, vio en él una súplica, un ansia tan viva y tan amorosa que,
inspirada, juntó las manos y recogió en el hueco de ellas aquel
sincero llanto de contrición, y alzándose hasta Jesús, lo llegó a su
boca. Por primera vez, en lugar del acongojado «Sed tengo», Jesús
respondió a la Magdalena abriendo los labios y bebiendo ávidamente,
al par que transfiguraba su rostro una expresión de inefable dicha.
La tradición que acabo de referir no tiene
ningún valor ante las enseñanzas de la Iglesia, ni la menor
autenticidad, ni creo que deba considerarse más que como un sueño,
invención o leyenda poética, encontrada en los papeles de un rabino
que se convirtió al cristianismo. Magdalena no es aquí la santa; es
únicamente figura o símbolo del pecador, que aún no conoce el camino
verdadero, que aún lucha con los resabios del pecado.
Y como los fariseos pretendieron torcer el
sentido de ese apólogo, declaro que sólo significa lo siguiente: el
arrepentimiento, la humildad, la contrición, es lo más grato a
Jesús, doctrina clarísima del Evangelio. |
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Las tijeras
-El matrimonio -decía el padre Baltar, terciando sin
asomos de intransigencia en una discusión asaz profana-, el matrimonio se parece
a las tijeras.
-¿A las tijeras, padre?... -exclamó uno de los
presentes manifestando extrañeza-. ¿Sabe usted que es una comparación original?
-Más que original, adecuada -declaró el padre,
rehusando con una seña la segunda copa de kummel de Riga-. Las tijeras, como
ustedes saben, son unos instrumentos que constan de dos partes iguales o muy
parecidas unidas por un eje y un clavito del mismo metal. Aunque cada parte de
las tijeras sea fina y bien templada, si falta el eje... las tijeras no sirven.
Unidas por ese clavito, pueden hacer primores y cortar divinamente la tela de la
vida.
-Entendido -dijo otro de los que escuchaban al padre
(hombre experto, algo marrullero y escamón)-. Sólo falta que usted nos diga si
cree que abundan las tijeras excelentes.
-Lo excelente no suele abundar nunca..., o al menos
somos tan descontentadizos, que siempre nos parece poco -respondió sonriendo
aquel hombre evangélico y al par (hermosa conjunción) bien educado-. Aunque el
intríngulis del matrimonio consiste en el eje..., también la calidad de las
mitades importa mucho... Entren ustedes en una tienda y pidan tijeras. Les
sacarán dos docenas, todas, al parecer, iguales, todas del mismo coste. Sólo
llevándose las dos docenas a su casa, y usándolas, podrían hacer verdadera
elección: al uso se descubre la condición de la tijera. Las costureras están tan
persuadidas de esto, que tijera que les «sale buena» no la darían por una onza.
¡Yo he encontrado tijeras de oro! ¿Qué tiene de particular? ¡El amor natural,
acendrado por la ley divina!... Voy a referirles a ustedes un caso que presencié
y que conmovió..., aunque no pasa de ser un drama vulgar, y sus héroes, gente
llana y prosaica...
Hallándome en el convento de S*** para restablecerme de
unas calenturas que cogí en Tánger, y que se agarraban como lapas, tuve ocasión
de conocer, entre otras muchas familias, a un matrimonio, tenderos de paños,
franelas y cotonías, establecidos en los soportales de la plaza Antigua, no
lejos de la catedral. No se confesaban conmigo, sino con el cura de su
parroquia, pero gustaban de consultarme, amistosamente. Ella se llamaba doña
Consuelo y el esposo don Andrés. Acomodados y bien avenidos, podrían ser
dichosos si no tuviesen un hijo de la misma piel de Barrabás, que les daba un
disgusto cada mañana y un sonrojo cada tarde. Pendenciero, estragado y
derrochador, ni las lágrimas de su madre, ni las reprimendas de su padre, ni las
exhortaciones que, a ruego de ambos, le dirigí varias veces, consiguieron que
renunciase a una sola de sus malas mañas; y en vista de que parecía incorregible
el mozo, mi consejo fue que le enviasen a una tierra donde la necesidad y la
falta de arrimo le obligasen a mirar por sí.
Cuadró bien la idea al padre, y la misma madre vio que
era el único recurso; y habiendo elegido el desterrado Manila, a Manila se le
despachó con muy apremiantes cartas de recomendación para el rector de un
convento de nuestra Orden.
A los seis meses empecé a recibir gratas noticias de la
conducta de mi recomendado: alababan su laboriosidad, su listeza; iba
enmendándose. Los viejos, al saberlo, no cabían en su pellejo de gozo. Era el
rector el que me transmitía tan buenas nuevas, pues el muchacho no acostumbraba
escribir.
Así pasó algún tiempo, hasta que un día la carta del
rector, en vez de felicidades, trajo una nueva terrible: el hijo de don Andrés
había sido muerto a cuchilladas, en riña, al salir de una gallera. Yo quedaba
encargado de ponerlo en conocimiento de los padres.
Triste era la comisión, pero de tristezas andamos
rodeados siempre, y juzgando que el padre tendría más fortaleza en el primer
momento que la madre, llamé a mi celda a don Andrés y trasteándole lo mejor que
supe, le hice beber el trago. No estuvo reacio en comprender: más bien parece
que adivinaba. Apenas indiqué «heridas», tradujo «muerte». No lloró, pero la
expresión de su cara era como la del reo cuando, al abrirse la puerta de la
prisión, se encuentra al pie de la escalera del patíbulo (y me sirvo de esta
comparación porque he auxiliado a algunos infelices en tan amargo trance).
Así que don Andrés pudo respirar, cruzó las manos:
«Padre, tengo que pedirle a usted un gran favor. Entre los dos, vamos a que no
sepa Consuelo lo sucedido. Mi mujer era hace pocos años rolliza y muy fuerte; el
tósigo del hijo la ha matado: pronto cumplirá los sesenta y padece una
enfermedad grave, una especie de consunción. Si sabe la desgracia, «se va
detrás» en seguida. Si logramos ocultarle que han matado al niño... (le llamaban
así, aunque pasaba de los veintisiete), puede que dure algo más. Yo corro con
todos los gastos que allá se hayan ocasionado... entierro, Justicia... Perdono
de corazón a los asesinos... pero que Consuelo no se entere.»
¿Hice bien o mal en acceder? No lo sé; el alma me pedía
complacer a aquel desventurado. Cada quince o veinte días fui a la tienda, con
cartas forjadas, que suponía haber recibido de Manila, en que se hablaba del
ausente y se alababan sus progresos en el trabajo, la formalidad y la virtud.
Doña Consuelo, en quien el mal avanzaba a ojos vistas,
y que ya tenía una tos incesante y una fatiga cruel se reanimaba con la lectura;
la celebraba con extremos pueriles y exigía que don Andrés compartiese su
regocijo.
-¿Ves, Andrés, cuántos favores nos hace San Antonio?
-exclamaba con los ojos vidriados por un llanto que yo atribuía al exceso del
contento-. ¿Ves qué fortuna? Ya es bueno el niño; ya se porta honradamente. Así
que pase allí algunos años... volverá aquí y le pondremos al frente de nuestro
negocio. Padre Baltar, voy a darle un poco de dinero para que allá se lo
entreguen; bien sabemos lo que es la juventud... y yo no quiero que le falte
nada al hijo mío.
Y su marido, ahogándose, poniéndole la cara de color
violeta, contestaba:
-Bueno, mujer; tráele al padre aquellos treinta
duros... pero para eso no es menester afectarse. ¡Qué tonta!
Era una cosa de compadecer: los duros que me entregaba
la madre para que los disfrutase el hijo, me ordenaba el padre secretamente
invertirlos en sufragios por su alma...
Yo no me apartaba de mi papel un punto, pues veía a
doña Consuelo empeorar; cada día hubiese sido más peligrosa la puñalada de la
noticia. Don Andrés, o temeroso de una indiscreción mía o por deseo de no
apartarse de la enferma, siempre estaba presente cuando yo iba a acompañarlos un
rato. Los encontraba juntos como pájaros posados sobre la misma rama y que se
aprietan para no sentir tanto el frío; ella tosiendo y afirmando que «no era
nada»; él, amoratado, semiasfixiado, asmático, pero sacando fuerzas de flaqueza
para bromear con su mujer y hasta para echarle flores, lo cual en otras
circunstancias me parecería cómico y risible, y en aquéllas me enternecía.
Y adelante con la farsa de las cartas, que producían
tal efecto en la pobre madre, que hasta creí notar que me hacía señas cuando su
marido no nos miraba; señas de aprobación, de súplica, de agradecimiento. Yo las
interpretaba así: «Aunque el muchacho haga alguna tontería, siga usted diciendo
a Andrés que se conduce como un ángel.» Esto no pasaba de suposición mía, pues
repito que jamás encontré sola a doña Consuelo.
Una tarde me llamaron a deshora. Don Andrés venía a
decirme que su mujer se moría o poco menos, que tenía el capricho de confesarse
conmigo precisamente y que era indispensable inventar una carta con nuevas de
que llegaba «el niño»... «A ver si así la sacamos adelante por unos días»,
añadió, tan tembloroso que no supe rehusarle el último favor. Apenas entré en el
cuarto de doña Consuelo, ésta miró a su marido, y don Andrés salió, no sin
hacerme un expresivo gesto, advirtiendo e implorando.
Me acerqué al lecho de la enferma, que movía los labios
apresuradamente como si rezase; me senté a su cabecera y le dirigí esas frases
afectuosas que son cucharaditas de bálsamo y que ya por costumbre decimos a los
moribundos; pero fue grande mi sorpresa al ver que, volviendo hacia mí un rostro
en que brillaba el agradecimiento, y cogiéndome la mano para besarla, me dijo:
-Padre Baltar, ¡qué Dios le pague tanto, tanto tiempo
como hace que está engañando a mi marido! ¡Prométame que no le desengañará
después de que me muera!
-¿Qué es eso? ¿Engañar?... -pregunté, creyendo que
desvariaba con la debilidad y la calentura.
-Si no fuera por usted -prosiguió sin atenderme-,
Andrés estaría también agonizando, porque sabría lo «del niño»... ¡Que no lo
sepa nunca!
-¿Lo del chico? -exclamé, recordando mi compromiso con
don Andrés-. ¡Si el chico está perfectamente, y va a llegar, y abrazará a usted
pronto!
-Sí que le abrazaré... en el otro mundo... Conmigo no
se moleste, que lo supe al momento, y hasta me lo daba el corazón. ¿Usted cree
que no tenía allá persona encargada de escribirme cuanto le pasase a mi hijo?
Las cartas venían a nombre de una amiga, y así Andrés no podía enterarse si le
sucedía algo malo... Y como yo le había escrito al padre rector pidiéndole que
sólo le dijesen a mi marido las cosas buenas y alegres... cuando usted venía con
las cartas fingidas de que el niño vivía y trabajaba... le ayudaba a usted a
engañar al pobre Andrés... que no está nada bueno... y que no le convienen las
desazones... Me ha costado trabajo disimular, padre... porque en tantos años de
matrimonio no le he callado otra cosa...
Aquí cortó su narración el padre, y mirando alrededor,
vio nuestras caras animadas por la simpatía más vehemente.
-¡De manera que los dos lo sabían, y mutuamente se lo
ocultaban! ¡Qué drama interior! -exclamó el que primero había hablado.
-De esas tijeras, padre -dijo el escéptico-, bien puede
usted afirmar que eran de oro puro, con incrustaciones de brillantes.
-Puedo afirmar que las he visto abiertas en figura de
cruz -contestó el padre intencionadamente. |
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El palacio de Artasar
Después de Salomón, el rey más poderoso y opulento de
la tierra fue, sin duda, Artasar, descendiente directo de uno de aquellos tres
Magos que vinieron a postrarse en el establo y gruta de Belén, guiados por la
luz de una estrella misteriosa, nueva, diferente de las demás, estrella que
abría en el azul del firmamento surco diamantino.
Artasar conservaba entre otras muy gloriosas de su
estirpe la tradición de la jornada de su antecesor a adorar al Mesías, Redentor
del mundo; pero ya el bendecido recuerdo iba perdiéndose, y en el cielo turquí
cada día se borraba más el rastro de la estrellita, así como su claridad celeste
palidecía en el corazón del descendiente de los Magos (que fueron doctos por su
arte de adivinar, y santos porque les infundió gracia el haber apoyado los
labios sobre los tiernos piececillos del recién nacido Jesús). ¿Qué mucho que
Artasar olvidase las enseñanzas transmitidas por los Magos, si Salomón, hijo de
David, autor de libros sagrados, favorecido por el Señor con el don de la
sabiduría, prevaricó de tan lastimosa manera, llegando a incensar a los ídolos?
Mientras el hombre vive en la tierra, sujeto está a la tentación.
Artasar se parecía al hijo de David en la
magnificencia, en el ansia de rodearse de lo más precioso, delicado y raro
venido de los confines del orbe. Cada día, galeras cargadas de riquezas
abordaban a los puertos del reino de Artasar trayendo al monarca presas y joyas.
Alfombras blandas como el vellón de la oveja; tapices de seda, cuyos bordados
representaban batallas y lances de amor; imágenes de mármol, de egregia
desnudez; pebeteros de oro que embalsamaban el ambiente; jarrones y vasos de
plata y ágata; pieles de tigre y plumas de avestruz se amontonaban en la regia
mansión estrecha ya para contener tantos tesoros.
Mas ¿quién podrá llenar el abismo de un corazón?
Artasar el magnífico vivía inquieto y triste. Ansiaba construir otro palacio,
por ser ya el suyo mezquino y estrecho para la innumerable muchedumbre de
guardias, cortesanos, esclavos, concubinas, tañedores, juglares, bufones,
palafreneros y cocineros que en él se albergaban. Y empezó a soñar con un
palacio nunca visto, que eclipsase al que Salomón edificó en trece años, sobre
columnas de bronce y con el inmenso mar de bronce, cuyo borde imitaba pétalos de
azucena.
El palacio debía ser tal, que inmortalizase el nombre y
el recuerdo de Artasar por todos los venideros siglos, y que la fantasía no
pudiese concebir nada tan espléndido ni tan deleitoso. A este fin, Artasar
-acordándose de aquel Hiram que trazó el de Salomón -convocó a los más famosos
arquitectos de su reino y de los vecinos, y, ofreciéndoles grandes recompensas,
ordenó que dibujasen los planos de una residencia cual él la quería: amplia,
suntuosa, cincelada como una diadema real. Los arquitectos fueron presentando
sus planos, pero en los ojos de Artasar no encontraron gracia. Ninguno de ellos
realizaba la quimera de su imaginación; ninguno correspondía al ideal que se
había formado de un palacio nunca visto, sin igual en el mundo.
Cuando ya Artasar desesperaba de conseguir que le
adivinasen el loco deseo y acomodasen a él la realidad, he aquí que le pide
audiencia un hombre anciano demacrado, de luenga barba, de humilde aspecto, que
traía bajo el brazo un bulto, afirmando que aquél era el proyecto de palacio que
el rey aprobaría. No abonaban mucho las trazas al desconocido arquitecto, pero
el desahuciado cualquier remedio ensaya, y Artasar permitió al anciano que
entrase. Apenas el monarca hubo fijado los ojos en el plano en relieve y en los
dibujos, batió palmas.
Aquello era su sueño, interpretado por un mágico que
leía en su mente. Aquellas soberbias columnatas, aquellos balcones de
majestuosos balaustres, aquellas galerías revestidas de mármoles y piedras
preciosas, aquellos techos de cedro y oloroso pino, aquellas estancias cuyo
bruñido pavimento tenía reflejos de agua, aquellos bosques, aquellas fuentes
monumentales, aquellos miradores calados por mano de las hadas, aquellos
pensiles colgados en el aire, aquellas torres que desafiaban las nubes...
aquello era ideal, lo que ningún rey del mundo poseía; y Artasar, al verlo,
tendió la regia mano cubierta de anillos, larga y fina y morena como el fruto de
la palmera, y exclamó:
-Constrúyase el palacio como tú lo has proyectado, ¡oh
varón sapientísimo! Yo te daré cuanto pidas, cuanto necesites. Para ti se abrirá
mi tesoro secreto, y en los subterráneos de mi morada encontrarás oro, perlas,
bezoares, diamantes y rubíes en cantidad suficiente para edificar no un palacio,
una ciudad entera, con su casería, sus templos y su recinto fortificado. Y dime:
¿dónde te ocultabas y por qué es tan miserable tu aspecto, siendo tú un sabio
tan grande?
-No soy sabio -respondió el viejo-. He vivido en el
retiro, orando y haciendo penitencia.
-Desde hoy te conocerá el universo por el monumento que
vas a erigir -declaró Artasar, que, en efecto, mandó poner a disposición del
viejo sus riquezas y una inmensa extensión de territorio fértil, donde había
selvas profundas y caudalosos ríos, llanuras risueñas y lagos apacibles.
Al cabo de un año, plazo fijado por el arquitecto para
terminar el palacio, Artasar quiso ver las obras, y se trasladó al lugar donde
creía que ya se elevaba su nueva vivienda.
Grande fue su sorpresa, fuerte su cólera, al no
advertir por ninguna parte señales de jardines ni de palacio. Notó, eso sí, que
aquel territorio, antes desierto, estaba pobladísimo, pues salían a aclamarle
tribus enteras, niños y mujeres que aguardaban el paso del rey y le bendecían;
pero ni aun logró divisar piedras y materiales esparcidos por el suelo, que
anunciasen trabajos de edificación. Entonces Artasar, indignado, mandó que
trajesen al arquitecto a su presencia, con propósito de hacerle desollar y
colgar su piel, sangrienta aún, a las puertas de la ciudad, para escarmiento de
prevaricadores. El viejo se presentó, tan humilde, tan demacrado, tan modesto
como el primer día; y cuando el rey le increpó, dio esta respuesta extraña:
-El palacio que deseabas está construido, ¡oh rey!, y
si quieres venir conmigo, tú solo, voy a mostrártelo en seguida.
Siguió Artasar lleno de curiosidad al anciano, y juntos
se internaron en lo más selvoso y retirado de la floresta. Pronto salieron de la
espesura a las orillas de un inmenso lago natural, y allí el viejo se detuvo. El
sol se ponía; el firmamento aparecía rojo, abrasado, esplendente. Y el
arquitecto, tomando de la mano a Artasar, le dijo con grave voz:
-Los tesoros que me has confiado, ¡oh rey!, los he
repartido entre los miserables, entre los que sufrían hambre y sed, entre los
que oían llorar al niño recién nacido porque el seno de la angustiada madre no
daba leche. Mas no por eso he dejado de alzarte el palacio que deseabas, y tan
soberbio te lo alcé, tan admirable, que ningún monarca de la tierra podrá
jactarse de poseer uno así. Mira... ¿no lo ves? Allí lo tienes. ¡En el cielo se
levanta ahora tu palacio!
Y Artasar miró, y vio efectivamente de entre las nubes
de grana surgir un maravilloso edificio. Sobre columnas de plata, bronce y
alabastro se erguían las bóvedas de dorado cedro, esculpidas con artificio tan
hábil, que parecían un piélago de olas de oro. Cúpulas de esmalte azul coronaban
el alcázar, y largas galerías de diáfano cristal, con cornisas de pedrería y
mosaico, se prolongaban hasta lo infinito, entre el misterio de una vegetación
fantástica, de hojas de esmeralda y de flores de vivo rubí y de oriental zafiro,
cuyos cálices exhalaban una fragancia que embriagaba y calmaba los sentidos a la
vez.
Y Artasar, transportado, se arrodilló a los pies del
arquitecto y los besó, con el alma inundada de gozo.
Cuando regresaban de la selva, Artasar notó con
sorpresa que el rastro casi extinguido de la estrella de los Magos fulguraba
aquella noche como un collar de brillantes. |
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El niño de San Antonio
Entre varias personas de entendimiento que no tenían ni
el mal gusto y la mala ventura de ser impíos, ni la fanfarronería de ser
intolerantes, suscitóse la atractiva e inagotable cuestión de lo sobrenatural,
viniendo a discutirse el milagro, por qué era tan frecuente antaño y hoy escasea
de tal modo. Hubo quien se limitó a decir «escasez»; pero no faltó quien
resueltamente pronunciase la palabra «desaparición».
Los que defendían la persistencia del milagro
protestaron en nombre de las maravillas que se realizan en Lourdes los días de
procesión solemne: los paralíticos curados instantáneamente al sumergirse en
aquellas aguas, estremecidas, como las de la piscina probática, por el aleteo
del ángel que desciende a infundirles virtud; en nombre de las llagas de Luisa
Lateau -adornada por la virtud del Cielo con cinco sangrientas señales-. A esto
respondieron los escépticos que las llagas de Luisa Lateau eran un fenómeno
patológico ya explicado por la ciencia, y que las curaciones de Lourdes se
originaban de una impresión puramente subjetiva, un sacudimiento moral que
repercute en el organismo, caso comparable a los felices resultados que obtienen
algunos médicos empleando el hipnotismo para combatir males que no hallan
remedio en la botica. Entonces, uno de los presentes, Tristán de Cárdenas, que
había guardado silencio durante la discusión, tomó la palabra, y todo el mundo
calló para oírle, pues su voz era armoniosa y vibrante, y su palabra, nunca
vulgar, chispeaba a veces elocuencia fogosa.
-Si ustedes creen en Dios -dijo con su habitual
energía-, no comprendo cómo le regatean la omnipotencia. No niego que hay
ocasiones en que esta omnipotencia se manifiesta de un modo más evidente en el
orden sensible, en lo físico; pero en el orden metafísico no concibo
manifestación más clara de la que diariamente, con la razón, no cesamos de
percibir. ¿Suponen ustedes que no hay «milagros»? Lo que no hay es «naturaleza».
Si aquí cupiese una disertación filosófica, me comprometo a probar esta que
parece paradoja, siendo una verdad de Perogrullo. El milagro es inmanente. El
universo es un milagro espantoso de puro grande y de puro incomprensible. No lo
vemos porque formamos parte de él. Jesús dijo a una santa que suspiraba por
hallarle: «Difícil es que me encuentres si no me buscas en ti misma, en tu
propio corazón.»
-Bien -arguyeron interrumpiéndole-: todo eso será muy
cierto, pero nos quedamos lo mismo que estábamos en cuanto a explicar por qué
antes abundaban los milagros en el orden sensible y ahora no se ve uno para un
remedio.
-Verán ustedes cómo lo explico -dijo Tristán-. Estoy
conforme: en otro tiempo, Dios se manifestaba en todo su esplendor a las
multitudes. Cuando separaba las aguas del mar Rojo al paso del pueblo hebreo y
las juntaba contra Faraón; cuando echaba un clavo a la rueda del carro solar y
sacaba aguas vivas de la peña; cuando convertía en rosas los panes y en corderos
a los leones del circo; entonces, ¡quién lo duda!, las naciones y las razas se
convertían en tropel y el milagro dirigía la marcha de la Historia. Ha sucedido
con esto de la manifestación divina lo que con la poesía, que al principio fue
épica y colectiva, y ahora ya no puede ser más que lírica e individual. Créanme
ustedes: ahora hay milagros lo mismo que en la Edad Antigua, sólo que son
milagros líricos, para una sola persona, y el que los siente no los cuenta,
porque, dada la incredulidad general, teme que se mofen y le tengan por
mentecato. Para proclamar un milagro se necesita hoy ser más valiente que el
Cid. ¿Bajan ustedes los ojos? Seguro estoy de que cada cual de ustedes tiene su
milagro oculto; cada cual ha percibido el calor de la zarza que ardía en el
monte Horeb... ¿A que ninguno me desmiente? Lo que pasa es que nos lo
guardamos... Secretum meum mihi... Créanlo ustedes: si no fuese por el miedo,
saldrían aquí cosas notables. Y si no fuese por la inconsecuencia propia del
hombre, y por alguno de los tres enemigos del alma, en particular... nos
meteríamos en la Trapa.
No sabiendo qué oponer a argumentos tan especiosos,
apretamos a Tristán de Cárdenas para que nos contase su milagro, mas no pudimos
conseguirlo, se negó resueltamente, declarando que era el mayor de los cobardes
y temía nuestras burlas. Sin embargo, cuando se disolvió la tertulia y quedamos
solos en el gabinete, a mi primera insinuación, Tristán entornó los ojos como el
que quiere recordar, y habló así:
-Al empezar mi historia, temo que lo que a mí me
pareció prodigio no le parezca a usted sino un suceso casual o insignificante...
Es lo que antes decíamos: los milagros, hoy día, son internos o individuales. Yo
experimenté ciertas impresiones que se me figuraron causadas por la intervención
directa, en mi vida, de un poder superior a todos los poderes de la tierra; si
usted no comparte mi fe, respétela al menos, ya que abro mi corazón tan
lealmente.
Bien sabe usted que yo tuve un niño; pero no sabrá tal
vez que soy... es decir, ¡que era!, un padre amantísimo, un padrazo de ésos que
viven pendientes de la salud de la criatura, que se baban al oír sus gracias y
se pasan el día con ella en brazos, prestándose a sus caprichos y dejándose
arrancar el bigote. Además de este cariño instintivo y natural, yo creía
firmemente que mi inocente hijo era símbolo de mi ángel custodio, y que su
presencia santificaba mi casa y mi espíritu. Mis pasiones y mis flaquezas las
ofrecía al pie de la cuna como al pie de un altar. Se me antojaba que si yo era
bueno, Dios me conservaría mi hijo. ¿Ha leído usted los poemas indios? En ellos,
a cada paso, salen a relucir unos ascetas que, por la virtud de sus
mortificaciones, llegan a adquirir tan sobrehumano vigor, que se imponen a los
dioses mismos. La idea me agrada, y es, en el fondo, la que expresa el Evangelio
al decir que el «reino de los Cielos sufre violencia». La bondad es una poderosa
energía; yo me revestí de bondad, a fin de evitar una prueba que creía no tener
ánimo para resistir.
La prueba vino. La criatura cayó enferma, de una de
esas fiebrecillas que al pronto no alarman, pero que, día tras día, consumen.
Figúrese usted mis vigilias, mis terrores, mi calvario. Es decir, creo que no
habiendo pasado por tales amarguras, ni concebirse pueden. Desesperando de los
remedios humanos, miré hacia arriba y no atreviéndome a presentarme a Dios sin
intercesor, abrumé a ruegos y colmé de ofertas a San Antonio de Padua, al amigo
de las mujeres y de los niños, al «santo» por antonomasia, de quien yo había
sido devoto siempre.
El santo no me oyó... ¡Ah! ¿Usted creía que el milagro
había consistido en sanar al enfermito? ¡Bah! Milagros de ésos los hace el santo
diariamente... ¿No ve usted a cada paso que un chico se echa fuera de una
ventana y no se cae; que otro empuja un quinqué de petróleo, lo vuelca y no se
abrasa; que éste rueda cien escaleras y no se hace ni un chichón; que aquél se
mete entre las ruedas de un coche y no saca ni un rasguño? ¿No oye usted decir a
las madres que sus hijos «viven de milagro»?
El mío murió. Me puse como un insensato; sí, creo que
estuve fuera de juicio bastante tiempo. Me entró no «misantropía», sino otra
cosa más rara: «misoteísmo», mala voluntad contra Dios y sus santos. No dejé de
creer, pero sí de amar. Casi diría que aborrecí. Mis delirios, mis rabiosos
pecados de aquella época, fueron otras tantas blasfemias en acción. Cesé de
practicar; olvidé las oraciones; no pisé en un año los templos.
El día del aniversario de mi pequeño, a la misma hora
en que había volado su blanca almita, como yo vagase sin rumbo por las calles de
Madrid, me detuve a la puerta de una iglesia donde no recordaba haber estado
jamás. Encontrábame tan triste, tan solo, tan anegado en las aguas del dolor,
que, sin reflexionar lo que hacía, entré. Era el punto de la caída de la tarde,
y lo primero que divisé en un altar lateral fue la efigie de San Antonio de
Padua. Sentí como un golpe, y me acerqué vivamente colérico a pedirle cuentas al
santo, a preguntarle por qué me había quitado a mi hijo, mi gloria. De pronto me
quedé mudo de sorpresa. Usted habrá reparado, sin duda, en que a San Antonio de
Padua siempre lo representan los escultores con el Niño en brazos. Pues bien,
por primera vez en mi vida, veía un San Antonio sin niño... y mientras los ojos
de la efigie parecían fijarse en los míos severamente, noté que su mano, alzando
el dedo índice señalaba al cielo.
-Pero eso ¿lo imaginó usted, o lo vio en realidad?
-pregunté cuando a Tristán se le calmó algo la emoción.
-¡Imaginarlo! La efigie existe, y puede usted
cerciorarse cuando quiera.
-Pues, en efecto, no conocía efigies de San Antonio sin
el Niño -murmuré como si hablase conmigo mismo. |
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La máscara
-Mi «conversión» -dijo Jenaro al dejarse caer en el
banco de piedra dorado por el liquen y sombreado por el corpulento nogal, cuyas
hojas volaban desprendidas a impulsos del viento de otoño- mi conversión se
originó de... una especie de visión que tuve en un baile. Apostemos a que usted
con su amable escepticismo, va a salir diciendo que, en efecto, tengo trazas de
hombre que ve visiones...
-Acierta usted -respondí sonriendo y fijándome
involuntariamente en el rostro del solitario, cuyos ojos cercados de oscuro
livor y cuyas demacradas mejillas delataban, no la paz de un espíritu que ha
sabido encontrar su centro, sino la preocupación de una mente visitada por ideas
perturbadoras y fatales-. Respetando todo lo que respetarse debe, propendo a
creer que ciertas cosas son obra de nuestra imaginación, proyecciones de nuestro
espíritu, fenómenos sin correlación con nada externo, y que un régimen
fortificante, una higiene sabia y severa, de ésas que desarrollan el sistema
muscular y aplacan el nervioso, le quitarían a usted hasta la sombra de sus
concepciones visionarias.
-¿Niega usted los presentimientos, las revelaciones a
distancia? ¿No ha leído usted casos de espíritus que acuden al llamamiento de
los vivos?
-¡He leído tanta historia! -contesté procurando emplear
tono conciliador-. No negaré en crudo todo eso, ni lo trataré de superchería y
farsa; negar es tan comprometido como afirmar, y lo mejor es suspender el
juicio. Sin embargo, la fe católica me prohíbe ser supersticiosa; la razón me
manda desconfiar de apariencias; y ya que un Santo Tomás quiso ver para creer...
bien podemos tener la misma exigencia los que no somos santos. Cuando vea algo
maravilloso...
-No lo verá usted nunca -murmuró con tenacidad de iluso
el pobrecillo de Jenaro-. El que está prevenido de antemano contra las
revelaciones del «más allá», que renuncie a ellas. Ese sentido positivo no es
sólo una coraza y un blindaje, es un velo tupido que ciega los ojos del
sentimiento y del alma. No, usted jamás verá cosa alguna.
«Gracias a Dios», pensé para mi sayo; pero el
convencimiento de que no lograría persuadir a aquel enfermo de la mente, me
obligó a reservar mis impresiones. Y dije a Jenaro en alta voz, condescendiendo:
-Al menos, hágame usted «ver» ahora, con su
narración... Cuénteme usted ese cuento bonito de cómo llegó a convertirse, a
desengañarse y a meterse en estos andurriales, dedicado por completo a huir del
mundo y a socorrer a los infelices. Crea usted que, mediante eso que llaman
«autosugestión», seré capaz de «ver» momentáneamente lo mismo que usted haya
visto, y de saborear la poesía terrorífica de su relato.
-Pues oiga usted -respondió satisfecho de desahogar, de
hablar de una impresión terrible, con la cual sin duda luchaba algunas veces a
solas, como Jacob con el ángel-. El hecho ocurrió precisamente cuando estaba yo
más ajeno a pensar en nada serio y vivía envuelto en distracciones y amoríos.
Había terminado mis estudios; había viajado un par de años a fin de completar mi
instrucción, familiarizándome con algunas lenguas vivas; acababa de hacerme
cargo de mi hacienda, perfectamente administrada durante mi menor edad, caso
raro, por mi tío y tutor; y sin cuidados ni penas, halagado del mundo que me
abría los brazos, sólo pensé en lo que se llama «pasarlo bien», seducido por ese
Madrid donde reina el espíritu de disipación y donde se diría que la vida no
tiene más objeto que deslizarse arrastrada por la corriente del goce. La mía
volaba así, sin otro anhelo que estrujar el momento presente para que suelte
todo su jugo de emociones gratas.
No necesito detallarlas ni trazar el cuadro de mi
existencia, igual a la de tantos desocupados ricos e inútiles. Sólo diré, porque
interesa a mi cuento, que todo aquél que busca el goce por sistema, muchas veces
halla el aburrimiento más insufrible. Uno de los sitios que ostentan el rótulo
de diversión y, por lo general, engendran el hastío, son los bailes de máscaras.
El atractivo del antifaz y del disfraz, el triunfante señuelo del misterio nos
hace fantasear mil sorpresas deliciosas; pero ya la sátira y la comedia se han
apoderado de este tema del baile de máscaras para ridiculizar semejantes
ilusiones y demostrar que, de cien veces, noventa y nueve y media nos espera un
chasco ridículo. No obstante, esa probabilidad aislada y remota basta para
excitar la imaginación y llevarnos allí, de donde salimos renegando.
La noche del lunes de Carnaval caí, pues, en uno de
esos bailes que suelen dar las sociedades artísticas, y en cuya atmósfera parece
que circula un poco de aire bohemio, jovial y animador.
Yo había comido con amigos de mi edad, mozos alegres, y
para prepararnos a la trasnochada y al probable fastidio apuramos algunas
botellas de vino espumante y tomamos café fuerte; así es que me encontraba en un
estado de excitación humorística, dispuesto a cualquier diablura y con ánimos
para conquistar el mundo. Entré en el salón central precisamente cuando se iban
a rifar las panderetas, y la gente, dejando desiertos los otros salones, se
arremolinaba en torno de la rifa. Como no tenía el menor empeño en que me tocase
cualquier botecillo, no intenté romper el muro de la carne humana, y me dirigí a
otro saloncito retirado, muy adornado de espejos y flores, y casi desierto en
aquel instante. Iba distraído, examinando maquinalmente la decoración, cuando
una serpentina amarilla se enroscó a mi cuerpo y escuché agria carcajada. Me
volví y vi que las roscas del ligero papel las disparaba la mano de una Locura
vestida de negro, con pasamanos color de oro. «Ya pareció el argumento de esta
noche», pensé, acercándome a la que así me provocaba, y notando con agradable
extrañeza que aquella máscara no podría ser una cocinera disfrazada, sino, sin
duda alguna, una persona de mi clase, de mi esfera, de mi misma categoría
social. Saltaba a la vista en el menor detalle de su esbeltísima figura y en el
conjunto de su disfraz, no alquilado ni prestado, sino hecho a medida y cortado
a la perfección.
Mis gustos artísticos me graduaban de inteligente en
indumentaria femenina, y yo veía que aquella falda de negro raso riquísimo,
orlada de frescas gasas amarillas, delataba la tijera de modista experta y
hábil; y aquellas medias negras bordadas, que cubrían un tobillo de tan
aristocrática delgadez y un empeine tan curvo, eran de la seda más elástica y
fina; y aquellos larguísimos guantes, también de seda y bordados igualmente de
oro, acababan de estrenarse; y el sonoro cascabel, que de la orilla del picudo
gorro colgaba sobre la frente, era de oro cincelado, enriquecido con verdaderos
diamantes. Al mismo tiempo, yo, que conocía a todas las mujeres algo visibles de
todos los círculos de Madrid, no acertaba con ninguna que tuviese aquella figura
acentuada, aquella estatura alta, aquella exagerada gracilidad de formas,
aquellas líneas inverosímiles, tan prolongadas y enjutas. Al acercarme a la
máscara y estrecharla con bromas y requiebros, en vano intenté columbrar, bajo
el negrísimo antifaz, algo del rostro; con tal exactitud se adaptaban a él la
engomada seda y las densas blondas del barbuquejo.
«Será -pensé- alguna aventurera extranjera que ha
venido a correr un bromazo aquí». Pero mudé de opinión cuando la Locura
respondió a mis galanteos en excelente castellano, con voz irónica y mofadora,
con acento sordo, sin eco, de inflexiones burlonas, casi insultantes.
Poco después bailábamos. No acostumbraba yo entregarme
a tal ejercicio; mas me sentía tan empeñado por la elegante máscara, que le
propuse valsar sólo por acercarme a ella, por sentir el contacto de su cuerpo,
que sospeché flexible como el de una serpiente. Y al estrecharlo, me pareció
duro, rígido, de una materia resistente y seca, a pesar de lo cual me producía
embriaguez rara, ni más ni menos que si aquella mujer, encontrada en un baile
por casualidad, completamente desconocida para mí, fuese algo mío, algo que me
pertenecía y de que no podía separarme.
Mientras valsábamos, ella callaba, y cuando la convidé
a beber una copa de champaña helado, colgóse de mi brazo, y bajo el antifaz me
figuré que sonreía.
Loco de entusiasmo, realmente impresionado por mi
conquista, pedí un reservadísimo gabinete, y encargué que nos trajesen lo mejor,
lo más selecto. Aquella aventura vulgar en el fondo, pero realzada por la
distinción y el porte de una mujer a todas luces aristocrática, desdeñosa,
mordaz, ingeniosa en sus respuestas, me parecía verdadero hallazgo de noche de
Carnaval, de esos regalos que hace a la juventud la Fortuna. Tal era entonces mi
ceguedad moral, que la ocasión de cometer un pecado se me antojaba un mimo de la
suerte.
Mis ojos no se apartaban de la máscara, y a la luz de
las bujías que iluminaban la mesa la encontraba más original, más atractiva, más
fascinadora que antes. Sus pies estrechos calzados de raso amarillo, se cruzaban
con gracioso abandono; sus brazos apoyados en el respaldo de la silla, libres ya
de guantes, eran de una palidez marmórea y de una delicadeza escultural. Su
garganta desnuda, su escote pulido, sin gota de sudor, tenían el tono suave del
marfil. Su pelo, de un rubio fuerte, casi rojo, flameaba en torno del antifaz.
Anhelando ver la cara que permanecía tan oculta, me arrodillé para implorar de
la Locura que se descubriese, jurando que la quería, que la adoraba hacía mucho
tiempo, y aunque ella no lo supiese, la seguía, la buscaba, iba en pos de su
huella por todas partes, ebrio de amor, trastornado, loco... Y, ¡oh sorpresa!,
sin dulcificar su irónica voz, me respondió:
-Ya lo sé, ya lo sé que me quieres y me buscas sin
cesar... Ya sé que tras de mí corres a todas horas; ya sé que soy el fanal que
te guía. Hace años que también espero el momento de reunirme contigo para
siempre, hasta la eternidad... Bebamos ahora, que luego te enseñaré mi rostro.
Obedecí y escancié el vino, cuya frialdad salpicaba de
aljófar por fuera la copa de transparente muselina, y besé la mano de la
máscara, tan helado como el champaña. La glacial sensación me exaltó más: con
movimiento súbito arranqué el antifaz, rompiendo sus cintas..., y retrocedí de
horror, porque tenía delante...
-¿Una calavera? -pregunté interrumpiendo, pues creía
conocer el desenlace clásico.
-¡No! -exclamó Jenaro con hondo escalofrío provocado
por el recuerdo-. ¡No! ¡Otra cosa peor..., otra cosa!... ¡Una cara difunta,
color de cera, con los ojos cerrados, la nariz sumida, la boca lívida, las
sienes y las mejillas envueltas en esa sombra gris, terrosa que invade la faz
del cadáver! Un cadáver. Y para colmo de espanto, el pelo rojizo, movible y
encrespado, que rodeaba la cara y parecía la fulgurante melena de un arcángel,
se inflamó de pronto como una aureola de llamas sulfúreas, de fuego del
infierno, que iluminase siniestramente la muerta cara. ¡Un difunto, y «difunto
condenado»! Eso era la elegante, la esbelta, la burlona Locura, vestida como los
ataúdes, de negro con cabos de oro.
Jenaro calló un momento, y después añadió tembloroso:
-Apagadas las bujías por no sé qué invisible mano, sólo
el nimbo de terribles llamas alumbraba el gabinete, y yo, que estaba medio
desmayado sobre un sillón oí el acento mofador que me decía:
-No soy la muerte; soy «tu muerte», tu propia muerte, y
por eso te confesé que me buscabas con afán... ¡Por ahora no podemos
reunirnos... pero hasta luego, Jenaro!
-No me avergüenzo de reconocerlo -prosiguió Jenaro
humildemente- al fin perdí el sentido... como una niña, como una dama... Al
volver del desvanecimiento, me encontré solo en el gabinete. Las bujías ardían,
y en las dos copas aljofaradas por fuera lucía el áureo vino... Huí del gabinete
y del baile; caí enfermo, sane, me retiré del mundo... Y aquí tiene usted la
historia de mi conversión. ¿Qué opina usted de ella?
-Opino -respondí con involuntaria sinceridad- que esa
noche estaba usted ya malucho y un poco caliente de cascos...; que la Locura
vestida de raso negro era una cocotte pálida y con el pelo teñido, pagada tal
vez por algún compañero de francachela para embromar a usted... y que, por lo
demás... convertirse es bueno siempre, y la caridad una excelente ocupación.
Jenaro me miró con lástima profunda se levantó y echó a
andar hacia su casa. |
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Miguel y Jorge
Encontráronse a orillas de un río del Paraíso, muy azul
y muy manso, y complacidos de encontrarse, a un mismo tiempo se pararon y se
saludaron cortésmente, mirándose con singular gozo. Y a fe que los dos tenían
que ver, y aun en qué regocijar la vista.
Miguel llevaba descubierta su cara imberbe, de
facciones enérgicas y finas, de tez blanca y sonrosada como la de una linda
doncella. La alzada visera del yelmo resplandecía sobre su frente como una
diadema, y los rubios cabellos en bucles serpentinos y elásticos, flotaban
acariciando el cuello de marfil, que no tapaba la escotada gola de acero nielado
de oro. Su ceñida loriga de escamas de plata señalaba con hermosas líneas las
formas vigorosas y exquisitas de un gallardo torso. Las puntas de su banda de
crespón carmesí, recamada de perlas se anudaban al costado y caían hasta la
pierna desnuda bajo el rico faldellín. Dos gruesos topacios abrochaban la
tobillera de sus sandalias y su puño derecho luciendo la valiente musculatura,
afianzaba una lanza de bruñido fresno, con flecos de seda en torno de la moharra
aguda y terrible. Las fuertes alas del arcángel eran de la pluma más suave y
blanca, pero hacia la extremidad se teñían de viva púrpura, como si se hubiesen
humedecido en sangre de los enemigos de Dios.
Jorge no tenía alas. Era un hombre, un grave guerrero,
hermoso a su manera, digno de la franca admiración con que le miraba Miguel.
Alto y membrudo, llevaba con marcial desembarazo, y como si no advirtiera su
peso, el arnés entero de batalla, de coraza bombeada, añadido de brazales,
rodilleras, quijotes, grebas, gorguera y yelmo, todo labrado a la milanesa,
historiado, cincelado y deslumbrador. Al andar, las piezas de la armadura se
entrechocaban y exhalaban un sonido vibrante y metálico. Airoso penacho de
plumas coronaba el casco, que tenía por cimera un endriago de esmalte verde. El
rostro de Jorge respiraba ardor y lealtad: pálido, de garzos ojos, una
puntiaguda barba castaña lo hacía más varonil.
-¡Oh, Jorge, príncipe batallador! -dijo por fin el
arcángel sonriendo dulcemente-. ¡Cuánto me place haberte encontrado! Ven,
acompáñame, si es que alguna orden de nuestro rey no te lo prohíbe.
-Libre estoy y tiempo me sobra -respondió Jorge-. A
poco más mi armadura se cubrirá de orín, y mi brazo no sabrá botar la lanza, ni
descargar el fendiente mis puños. Ya he colgado el escudo del árbol de las
Hespérides, y los inocentes angelitos, los muertos en edad temprana, se
divierten en herirlo para oír el sonido claro y agudo del acero.
-Aún te invocan, Jorge -declaró con respetuoso acento
Miguel-. Aún tu imagen ecuestre, en actitud de hundir el lanzón en la garganta
del escamoso drago, se ostenta sobre pechos ilustres. Aún tu nombre se pronuncia
con fe, para que detengas en su camino a la tarántula inmunda y venenosa, y la
paralices hasta que sea aplastada. Contra todo lo vil, lo asqueroso, lo
repulsivo, Jorge, a ti te llaman.
Departiendo así habían llegado a una gruta que abría su
boca en un remanso del celeste río. Polvo de plata tapizaba el suelo y a trechos
abrían sus cálices los gladiolos y se erguían las espadañas, semejantes a hoja
de espada desnuda.
Las prismáticas estalactitas centelleaban como
diamantes, y un manantial límpido ofrecía sus aguas deliciosas a los dos héroes,
que al beberlas después de las batallas habían recobrado mil veces fuerzas y
valor. Jorge no quiso beber, ¿para qué?; pero Miguel absorbió en el hueco de su
mano un trago copioso. Después se sentaron en un trozo de cristal de roca,
diáfano y puro como el aire.
-Ya sé -dijo Jorge pensativo- que me han hecho patrono
de los caballeros y que es uso entre la gente poderosa y desocupada llevar una
medalla fina con mi efigie en la cadena del reloj. Hasta las mujeres la lucen en
brazaletes y dijes, broches y agujas. Ya sé también que me recuerdan cuando se
desliza por la pared la medrosa sombra de la negra y velluda araña, a la cual mi
nombre tiene la virtud de dejar inmóvil, encogida de pavor. Pero bien sabes,
caudillo invencible, que entre todos ésos que ostentan la medalla de San Jorge
no hay ninguno digno de ser recibido en la estrecha Orden de la caballería
andante. ¡Digno de ser recibido! ¡Merecedores de ser expulsados casi todos!...
¿Cuál de ellos ha guardado castidad, palabra y honor? ¿Cuál ha amparado al
huérfano, respetado a la doncella, protegido a la viuda, deshecho entuertos,
atemorizado a follones y malandrines? ¿Cuál ha acometido sin temer, sin
flaquear; sufrido hambre, sed y fatiga, despreciando la materia por seguir
incesantemente la luz misteriosa del ideal? Príncipe Miguel, mi misión en la
tierra ha concluido; mi espada puede romperse en dos pedazos, mi brillante
armadura enmohecerse; ya nadie sigue mis pasos aplastando al eterno dragón de la
maldad y de la vileza. En el garito infame he visto gente que ostentaba mi
medalla caballeresca, y la he encontrado con horror, sirviendo de membrete de un
papel perfumado con el odioso almizcle de las mujeres perdidas...
Miguel escuchaba a Jorge atentamente, serio y grave, el
lindo rostro sonrosado como el de una doncella. No podía negar que las
aseveraciones del gran príncipe eran fundadas. En efecto, las costumbres y los
ritos de la caballería iban desapareciendo del mundo.
Volvióse por fin hacia Jorge, y con aquella tierna
reverencia que demostraba él, espíritu puro e inmortal, al que sólo un mortal
había sido en su vida terrena, dijo en voz más sonora y melodiosa que el ruido
de la fuente de cristal cayendo en el pilón formado por las brillantes agujas de
la roca:
-Tú puedes ya, príncipe, descansar en tu gloria. Para
ti, lo más bello del mundo: los recuerdos, las torres góticas con bizarras
almenas, las fortalezas que antes que rendidas abrasó el incendio, los vidrios
de colores donde campea arrogante el heráldico blasón, las ejecutorias en que
narran altos hechos el fino pincel del miniaturista, los viejos romances que
entonaron los juglares y los troveros, las tumbas silenciosas donde duermen los
que fueron invictos capitanes y caballeros sin miedo y sin tacha. Envaina la
espada si quieres; yo no puedo. Los tiempos de la caballería pasaron; los del
Espíritu Santo no pasan nunca.
Al hablar así, Miguel se volvió hacia la entrada de la
gruta, en la cual acababa de aparecerse un soldado de sus milicias, un ángel de
cuerpo tan transparente y fluido, que al través de él se veía el río, como se ve
un trozo de cielo azul a través de una argentada nube.
-Ya me llaman -exclamó Miguel levantándose, requiriendo
la lanza, que había dejado arrimada a la pared de la gruta, y embrazando el
escudo de diamante que le presentaba el angélico escudero-. Bajo a la Tierra.
Lucifer me pide batalla ahora, y dispara contra mí proyectiles hasta hoy no
usados; sus armas son acuñadas monedas, y si no acudo, la pobre Humanidad
sucumbiría, porque esta batalla es más recia que ninguna.
-¿Quieres que te siga, que pelee a tu lado? -preguntó
con ansia Jorge, cuyas narices se dilataban y cuyos ojos chispeaban llenos de
marcial fiereza.
-No, príncipe -respondió el arcángel, sonriendo-. ¡La
táctica ha variado tanto desde que lidiabas tú! ¡Sé que sufrirías mucho si
bajases a la tierra, patrón de los caballeros! |
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Corpus
En el sombrío y sucio barrio de la Judería vivían dos
hermanos hebreos, habilísimo platero el uno, y el otro sabio rabino y gran
intérprete de las Escrituras y de las doctrinas de Judas-Ben-Simón, que son la
médula del Talmud.
De noche, cuando cesaba la tarea del oficial y las
lecturas y oraciones del teólogo, se reunían a conservar íntimamente, se
confiaban su odio a los cristianos y su perpetuo afán de inferirles algún
ultraje, de herirles en lo que más aman y veneran.
Nehemías, el platero, proponía atraer a la tienda al
primer niño cristiano que pasase y sangrarle para tener con qué amasar los panes
ázimos de la venidera Pascua. Pero Hillel, el rabino, decía que ésa era mezquina
satisfacción y que a los cristianos no había que sustraerles un chicuelo, sino a
su Dios, a su Dios vivo, al mismo Rabí Jesuá, presente en el Sacramento.
Quiso la fatalidad que un día, cuando ya se acercaba el
Corpus, se descompusiese la magnífica custodia de plata, el mejor ornato de las
procesiones, y como en el pueblo sólo Nehemías era capaz de componerla, al
tenducho del hebreo vino a parar la obra maravillosa de algún discípulo de Arfe.
La vista del soberbio templete, con sus tres cuerpos
sostenidos en elegantes columnas y enriquecidos por estatuas primorosas, con su
profusión de ricas molduras y de cincelados adornos, enfureció más y más a
Nehemías y a Hillel. Rechinaron los dientes pensando que mientras el señor de
Abraham y de Isaac ve arrasado su templo, el humilde crucificado del cerro del
Gólgota posee en todo el mundo palacios de mármol y arcas de plata, oro y
pedrería. Una idea infernal cruzó por la mente de Hillel el rabino; la sugirió a
su hermano, y fue dócilmente realizada.
Nehemías forjó para sí una llavecita igual a las tres
que abrían el sagrario y que guardaban en su poder tres dignidades del Cabildo.
Entregó a su tiempo la custodia bien compuesta, limpia, resplandeciente, y
esperó ocasión propicia de utilizar su llave.
La ocasión ha llegado. Hillel, que aguarda con el
corazón palpitante de esperanza y ansiedad, abre la puerta a su hermano, el cual
se desliza furtivamente, escondiendo algo bajo los pliegues de su mugrienta
hopalanda. Un rugido de gozo del rabino contesta a las sordas frases del
platero, que murmura:
-Lo traigo aquí.
Y acercándose a la mesa, arroja sobre ella un paño que
Hillel desenvuelve, y dentro del cual, ¡oh alegría salvaje!, aparecen siete
transparentes y delicadas Hostias.
-Los ojos de Hillel despiden lumbre. Una risa
espasmódica desgarra su laringe, y con furia de demonio escupe dos veces sobre
las Formas sacras. Su rostro, alumbrado por la luz dura y amarilla del velón de
tres mecheros, recuerda las esculturas de rabiosos sayones que en los pasos
tiran de la cuerda o golpean a Cristo...
-¡Ése es su Dios, su Mesías! -exclamaba el talmudista
con infinito desdén.
-¿Qué te parece, hermano? ¿Cómo le burlaremos mejor?
¿Se lo echaremos a la marrana? ¿Lo revolveremos con la basura del estercolero?
-Hillel -contesta Nehemías, que ha permanecido
inmóvil-, no sé qué decirte; me siento temeroso y confuso. Si ese pan no es más
que pan, al ultrajarlo procedemos como el niño que no sabe dirigir sus actos y
se entrega a cóleras necias. Si ese pan es realmente el Mesías de los
cristianos, ¡ah!, entonces vivimos en tinieblas los que no quisimos reconocerle
por el Hijo de Dios.
Hillel mira a su hermano con asombro y desprecio
profundo; pero el platero, torvo y trémulo, exclama:
-Has de saber que esas Hostias pesaban como si fueran
de plomo. Hillel, haz tú lo que quieras con ellas. Yo te las he traído, pero
lavo mis manos; no caiga sobre mí la iniquidad.
El rabino crispa el rostro para sonreír con ironía
inmensa, ocultando la amargura que le causa la flaqueza de Nehemías, y de
pronto, arrojando al suelo las Formas, las patea y danza sobre ellas con
frenesí, para reducirlas a partículas impalpables, que se confundan e incorporen
a la inmundicia del suelo...
Al cabo de diez minutos, cuando el judío, sudoroso y
con la vista extraviada, se detiene y mira a ver si aún quedó algún fragmentillo
de las Hostias, ve que todas siete están enteras, en fila, blancas como pétalos
de azucena, tersas, inmaculadas...
Nehemías se convirtió y fue bautizado. Las Hostias
milagrosas no se guardan ya como reliquias, porque en cierta grave enfermedad
una reina de España quiso comulgar con ellas, y a esta comunión se atribuyó su
restablecimiento. |
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El cuarto...
Gran batahola aquel día, en el siempre pacífico y
silencioso palacio episcopal de Arcayla. Entradas y salidas de presbíteros y
canónigos, con la tejuela bajo el brazo y los manteos flotantes, y de señorones
y caciques de la ciudad y de veinte leguas a la redonda, muy soplados, de levita
cerrada, guantes prietos, acabaditos de estrenar, y bastones de puño dorado y
reluciente contera; zambra en las amplias cocinas, bullir de pinches y
marmitones, limpiando legumbres, batiendo claras y picando jamón; llegada de
mandaderas de convento con recados de las monjitas y fuentes de natillas muy
bordadas y festoneadas; bureo y trajín magno en el comedor, para disponer y
adornar la luenga mesa de cuarenta cubiertos, disimulando que el servicio no era
parejo, y que el señor obispo, no contando con dar banquetes de tanto rumbo,
había tenido que pedir prestado un suplemento de mantelería, de cristalería, de
servicio de plata y de vajilla de loza... El caso se consideraba mortificante
para el amor propio del mayordomo «de Palacio», y dos o tres veces sus labios
apretados dejaron escapar frases agridulces (más agrias que dulces, si toda la
verdad ha de decirse), contra «el exceso de la caridad», porque «en todo cabe
exceso», y el no «hacerse cargo» de que las dignidades y altos puestos tienen
sus exigencias, y docena y media de tenedores con mellas no es nada para la casa
de un prelado, expuesto a que de repente le caiga encima el chaparrón de un
convite tan solemne como aquél...
¡Friolera! ¡El ministro del ramo, el de Gracia y
Justicia en persona, que al pasar por Arcayla quería entregar en propia mano al
más joven de los obispos españoles y uno de los más venerables ya por sus
merecimientos y ejemplar virtud, el pectoral de amatista, regalo de una altísima
persona!
Mal como se pudo, remediáronse las deficiencias y
discordancias del servicio, y hasta quedó la mesa que daba gozo, con sus ocho
compoteras de variados dulces monjiles, sus tres canastillas llenas de
magníficas flores naturales, sus cuatro platos de escogidas frutas, sus cinco
ramilletes de helados, caramelo y almendras, sus dos piñas, obsequio de un
indiano, sus servilletas dobladas y repulgadas figurando una serie de blancas
mitras, sus seis candelabros de plata con bujías de color, y su profusión de
copas para los diversos vinos que habían de servirse.
Acudieron a «ver la mesa» algunas señoras de lo
principal de Arcayla, y se extasiaron, llenas de orgullo y cayéndoseles la baba,
por el lucimiento de su obispo ante los peces gordos de Madrid; que, al cabo,
sobre Arcayla refluía el honor dispensado al obispo, y ahora verían los
envidiosos y los malos e incrédulos cómo se estima en elevadas esferas al que lo
merece, y cómo no hacían ellos nada de más en desvivirse por su pastor.
Las tres acababan de sonar pausadamente en el gran
reloj de la torre de la arcaylense catedral, y el obispo, de ocupar una de las
presidencias de la mesa, frente al ministro, que aceptaba, sonriendo e
inclinándose, la otra, cuando el portero de Palacio vio cruzar el zaguán y
dirigirse resueltamente hacia la escalera a una señora desconocida, de aspecto
en tal sitio asaz extraño.
Para ojos inexpertos, ignorantes de ciertos artificios
del tocador, la dama... o lo que fuese, representaba cuarenta años a lo sumo;
para los inteligentes, sabe Dios si podrán añadirse a la cuenta cuatro lustros
bien corridos. Cinchado por un corsé magistral, el talle de la señora se
gallardeaba señalando ciertas curvas osadas, mórbidas aún. El traje era de corte
exagerado y provocativo; y el sombrero, redondo, enorme, recargado de plumaje y
broches de brillantes falsos, sombreaba la cara lunar, barnizada de afeites, en
que los labios de bermellón se destacaban como herida reciente, mientras el
pelo, teñido de un rubio de cobre, fulguraba recordando la aureola de fuego de
Satanás.
Indignado y escandalizado, el portero se acercó en
actitud hostil a la intrusa, y al llegarse a ella recibió una bocanada de
esencias y perfumes que por poco le tumba de espaldas, apestándole más que si
fuese vaho de infernal azufre, emanación de las calderas malditas.
-¡Eh, señora, eh! ¡No se pasa! -gruñó el portero. Pero
la dama, que sin duda esperaba recibimiento semejante, se lanzó impávida por la
escalera de piedra, empujó la mampara de damasco y se coló de rondón en la
antesala, donde un familiar platicaba con dos o tres rezagadas devotas, con
media docena de señores formales y tal cual bulle-bulle desperdigado del séquito
del ministro.
En pos de la intrusa, subía el portero, desalado, sin
aliento ni para reiterar el «no se pasa». Familiar, damas y caballeros
volviéronse sorprendidos, mientras la señora, arrogante, se plantaba
desafiándolos, retando si era preciso al universo.
-Señora -advirtió el familiar acudiendo en auxilio del
portero-, no puede usted ver a su ilustrísima; tenga la bondad de retirarse.
-¿Que no puedo verle? -repitió la perfumada,
despidiendo a cada contoneo del talle la misma inequívoca peste almizclada y
oriental-. ¿Que no puedo? ¡Eso ya lo vamos a ver ahora! ¡No poder ver yo al
obispo de Arcayla! ¡Pues está bueno!
-Imposible, señora; lo siento mucho -exclamó el
familiar, algo preocupado. Y bajando cautelosamente la voz, porque notaba la
extrañeza y recelo indefinible del grupo reunido en la antesala-. Su
ilustrísima, en este instante, está comiendo... Mañana, a otra hora..., veremos
si es posible que conceda a usted una audiencia.
-¡Audiencia a mí! Atrás, so simple... Audiencia...
¿audiencia a su madre?...
La frase cayó como una bomba en el grupo de la
antesala. ¡Madre! Si la intrusa llega a soltar otra cosa, una enormidad
realmente atroz, no sería mayor el escándalo. ¡Madre! ¡»Aquello», la madre del
obispo de Arcayla! Salía cierto lo que decían en voz baja los impíos de la
Prensa y los rebeldes del cabildo; lo que llamaban calumnia infame los amigos y
admiradores del prelado: que éste era un hijo espurio, recogido por su padre a
fin de que no se degradase al contacto de la mujer galante y venal que le había
llevado en sus entrañas. ¡Aquella historia de oprobio se confirmaba con la
presencia de la pájara, de la empedernida y vieja pecadora. ¡Y qué oportunidad
la suya, aparecerse en tal momento! El familiar se interpuso, aterrado, tan
fuera de sentido que ni acertaba a formar cláusula.
-La señora madre de su ilustrísima..., ha..., ha..., ha
fallecido hace muchos años -tartamudeó, cruzando las manos con angustia,
implorando misericordia.
-¡Fallecer! ¡Pronto me ha enterrado usted, curita!
-exclamó riendo cínicamente la del perfume. Y como una cabra, deslizóse de entre
el grupo hostil. Guiada por su instinto maléfico, se lanzó al largo pasillo, y,
no sin tropezar con un mozo que llevaba una fuente de frito y volcarla entera,
hizo irrupción en el comedor. El familiar la seguía desesperado, sin conseguir
darle alcance.
Cuando vio surgir, a manera de espectro del pasado, a
la mujer que tan amenazado le tenía con «armar la gorda» si no le enviaba dinero
y más dinero, el obispo de Arcayla palideció y se demudó, como el sentenciado
cuando ve el patíbulo. No amor, no ternura, sino vergüenza y espanto le causaba,
por terrible anomalía, la presencia de la que le había concebido en el pecado,
abandonado en la niñez, olvidado en la juventud y abochornado y torturado en la
edad viril. Cabalmente la ignominia y degradación de la madre impulsaron al hijo
a abrazar el sacerdocio, renunciando para siempre al amor, al hogar, a toda
perspectiva de felicidad mundana. ¡Y ahora se le presentaba, le echaba en rostro
la afrenta, allí, en presencia de todos, delante de los que venían a honrarle,
en ocasión de estar recibiendo públicamente un testimonio de respeto, un
homenaje halagüeño y merecido!
Era hombre el obispo, era de carne su corazón, y se
retorcieron en él las víboras de una tentación horrible... ¡Desmentir, negar,
expulsar a aquella mujer, sin perder un minuto, como a una pobre loca! Pero casi
en el mismo instante, los brillantes del rico pectoral que estrenaba enviaron un
rayo claro a sus pupilas... ¡La cruz resplandeció!
Y, descolorido, sereno, grave, cerrando los ojos,
pisoteándose las pasiones, el obispo se levantó, fue al encuentro de la intrusa,
tendió la frente al beso de los impuros labios maternales..., y, volviéndose a
los convidados, dijo en voz algo velada, pero tranquila:
-Mi madre ha querido honrar hoy mi mesa... Madre,
siéntese donde le corresponde: la presidencia, frente al señor ministro.
Años después decía el obispo, cargado de edad y de
méritos, envuelta su humildad en la púrpura cardenalicia, como el cielo se
envuelve en las magnificencias del ocaso:
-Así como hay «hijos de lágrimas», puede haber padres y
madres «de penitencia». Yo pedí tanto por mi madre, que tuve el consuelo de
verla morir en un convento de Arcayla, adonde se retiró voluntariamente. |
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El martirio de sor Bibiana
Vestida ya con el hábito blanco y negro de Santo
Domingo, sor Bibiana, pasados los primeros fervores de novicia, sintió renacer
aquella inquietud, aquella fiebre que la consumía sin cesar desde la
adolescencia. Más allá del cumplimiento de sus votos, del rezo, de la minuciosa
observancia de la regla, de la existencia tranquila y metódica del convento,
entreveía algo diferente: un horizonte celeste y puro, y sin embargo, surcado
por relámpagos de pasión, elementos dramáticos que aumentaban su belleza,
encendiéndola y caldeándola.
Mientras meditaba a la sombra de los cipreses tristes y
las adelfas de rosada flor que crecían en el huerto conventual; mientras pasaba
las gruesas cuentas del rosario y entonaba en el coro las solemnes antífonas,
que resuenan hondas y misteriosas cual profecías, su espíritu volaba por las
regiones del sueño y en su pecho ascendía poco a poco la ola de los suspiros.
Dos años hacía que sor Bibiana alimentaba secretamente
aspiraciones quiméricas e indefinidas, cuando se supo en el convento que algunas
hermanas dejarían la vida contemplativa por la activa, y saldrían a ejercitar la
virtud en un hospitalillo cuidando enfermos y asistiendo moribundos. Fundado tal
establecimiento por dos sacerdotes, sin más recursos que la caridad pública, el
obispo, asociándose a la buena obra, les ofrecía el personal de enfermeras
reclutado en los monasterios. Bibiana se brindó gozosa; al fin encontraba un
camino que recorrer: la deseada senda de espinas, que a su corazón parecía de
flores. Y desde el primer día se dedicó a la faena con una especie de
transporte, derrochando salud y juvenil energía, encontrando un goce en las
privaciones y un interés extraordinario en las más insípidas y monótonas labores
del hospital. Con la sonrisa en los labios y el regocijo en los ojos, volaba de
las salas de enfermos al ropero y al botiquín, del botiquín a la cocina, y sus
manos pulcras, empalidecidas y blancas como azucenas en claustro, se encallecían
y se ponían rojas al contacto de las cacerolas que fregaba, acordándose de San
Buenaventura, el cual también fregó con sus manos de serafín la pobre
cacharrería conventual. No tomaba descanso, no quería sentarse ni un momento, y
en las cortas horas que consagraba al sueño indispensable, despertábase con
sobresalto cien veces, recelando que la llamaba el quejido de un enfermo o el
tilinteo de las llaves de la superiora.
No obstante, al año de asistir empezó a extinguirse el
entusiasmo de sor Bibiana. No era que vigilias y fatigas rindiesen su cuerpo,
era que lo invariable, constante y oscuro de la labor abrumaba su espíritu.
Volvían a acosarla las mismas ansias que en el convento; volvía a soñar con algo
que tampoco en el hospital encontraba. La senda de espinas no subía enroscándose
hacía la cima del enhiesto monte; se desarrollaba uniforme, sin interrupción,
por una planicie árida. Lo que hacía ella, Bibiana, igual podría hacerlo una
sirvienta, una lega de ésas que como máquinas funcionan, sin sentir vehemente
impulso de heroico sacrificio. Mudar apósitos, doblar ropa blanca, graduar
medicamentos, hacer camas, acercar a los labios del enfermo la taza de caldo o
el vaso de limonada refrescante parecíanle ya a sor Bibiana, adquirido el
hábito, quehaceres caseros que se cumplen por rutina, con el alma a cien leguas
y el pensamiento adormecido. La repetición del acto embotaba la fina percepción
y gastaba el celo de Bibiana; sólo el sentimiento del deber la sostenía, y a
cada orden de la superiora obedecía estrictamente, pero sin ilusión. Una voz, la
voz tentadora de antes, le murmuraba allá dentro: «Bibiana... Hay algo más.»
Ocurrió que por aquel tiempo vino a ingresar en el
hospital un enfermito, del cual las monjas, aunque tan hechas a ver dolores y
males, se compadecieron profundamente. Era un niño de cinco años, con todo el
brazo izquierdo devorado por horrible quemadura, atribuida a negligencia
intencional quizá, de la indiferente madrastra que no había venido a verle ni
una vez, abandonándole como a pajarillo que el temporal lanzó del nido al pie
del árbol. Rubio y lindo, demacrado por tanto sufrir, el niño atrajo a las
hermanas en derredor de la cama donde gemía. Eran mujeres; bajo el sayal latía
su seno que pudo haber lactado, y las traspasaba de lástima tanta inocencia
desamparada y torturada cruelmente.
Degenerada la llaga en mortal úlcera, amenazando la
negra cangrena, era preciso cortarle el brazo entero a la criatura. Tenían las
monjas húmedos los ojos y descolorida la faz cuando el médico dispuso que se
trajese lo necesario para proceder inmediatamente a la operación. Y la
superiora, enternecida, con voz de abuela a la cabecera de su nietecillo,
preguntó si no había medio de salvar al enfermo sin aquella carnicería
espantosa.
-Hay un remedio... -contestó el doctor-, pero... ¡si
este niño tuviese madre! Porque una madre únicamente... Ya ve usted: era preciso
cortarle a una persona sana y fuerte un trozo de carne para injertarla sobre la
úlcera y dar vida a esos tejidos muertos. El medio es atroz... Ni pensarlo.
La superiora calló; pero sus ojos mortificados,
marchitos, vagaron por el grupo de las monjas, entre las cuales muchas eran
robustas y jóvenes. Aquellos ojos graves y elocuentes parecían decir: «¿No hay
alguien que ofrezca su carne por amor de Jesucristo?» El silencio de la
superiora fue contagioso: las hermanas, trémulas, sobrecogidas, no respiraban
siquiera.
De pronto, una de ellas se destacó del círculo, y
haciendo ademán de recogerse las mangas, exclamó con voz vibrante:
-¡Yo, señor doctor; yo, servidora!
¡Sor Bibiana, que si de algo temblaba era de gozo! ¡Por
fin! Aquello era lo soñado, el dolor súbito, intenso, sublime, el valor sin
medida, la voluntad condensada en un rayo; aquello el martirio, y allí,
sostenida en el aire por brazos de ángeles, invisible para todos, para ella
clara y resplandeciente, estaba la corona que descendía de los cielos
entreabiertos!
Rodeaban a Bibiana sus compañeras santamente afrentadas
y envidiosas; la superiora la abrazó murmurando bendiciones, y el médico,
inclinándose respetuosamente, descubrió el brazo blanco, mórbido, virginal, de
una gran pureza de líneas, y buscó el sitio en que había de coger la firme
carne. Y cuando, hecha la ligadura, al primer corte del acero, al brotar la
sangre, se fijó en el rostro de la monja, que acababa de rehusar el cloroformo,
notó en la paciente una expresión de extática felicidad y escuchó que sus labios
puros murmuraban al oído del operador, con la efusión del reconocimiento y la
suavidad de una caricia:
-¡Gracias! ¡Gracias! |
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Los hilos
Mucho se comentó la repentina «zambullida» de un hombre
tan joven, festejado, rico, e ilustre como Jorge Afán de Rivera. En la flor de
sus años, Jorge, tipo de sociabilidad entre los vagos de Madrid, se retiró a una
finca que poseía en lo más selvático y bronco de los montes de Extremadura,
negándose a ver a nadie, a recibir a ningún amigo, a abrir cartas y telegramas y
viviendo sin más compañía que la de algunos servidores, gañanes y pastores, que
atendían al cuidado de la casa y del ganado, pero a quienes sólo por
indispensable necesidad admitía el amo a su presencia.
Repito que se hicieron mil comentarios sobre el acceso
de misantropía de Jorge. Quién lo atribuyó a desengaños amorosos; quién, a
pérdidas al juego; quién, al descubrimiento de trágicas historias de familia...
Los íntimos de Jorge -que éramos Paco Beltrán y yo- nos reíamos al oír tales
hipótesis. Ni Jorge había sufrido desengaño alguno, ni sabíamos que amase de
veras a ninguna mujer: sus aventuras eran cosa pasajera, sin consecuencias.
Todavía menos jugador que enamorado: no tocaba una carta y le aburría la Bolsa.
En cuanto a historias de familia, mi padre, que había sido constante amigo del
suyo, aseguraba que no era posible en tan honrado hogar ningún misterio
bochornoso. Por suponer algo, supusimos que Jorge padecía uno de esos males del
alma que no tienen nombre conocido, y así pueden impulsar al suicidio como al
claustro o al manicomio. Jorge quería ser ermitaño laico... Ya se cansaría de
vivir entre fieras y volvería al mundo, a divertirse por todo lo alto, como en
sus buenos tiempos...
Y con esa esperanza íbamos olvidando suavemente al
amigo, cuando recibimos un urgente telegrama, una nueva terrible. Cazando por
los breñales se le había disparado la escopeta a Jorge Afán, había recibido el
plomo en el vientre y se hallaba expirante.
Beltrán y yo salimos en el primer tren, y sólo llegamos
a tiempo de recoger el último suspiro del desdichado, pero no de oír su voz,
pues se encontraba tan a punto de muerte, que tal vez no se dio cuenta de que
éramos nosotros, llamados por él, los que apretábamos su mano. Por mutuo
convenio nos declaramos los amos allí, para evitar desmanes de servidores y
hacer dignos funerales al amigo muerto.
La noche que precedió a su entierro y mientras le
velábamos, volvimos a comentar el extraño destino de aquel hombre que
voluntariamente había truncado su existencia social; y Paco sacando del bolsillo
una llavecita dorada, dijo con alterada voz, señalando a un mueble antiguo, con
ricos herrajes, perdido en un rincón del vasto aposento:
-En ese mueble debe encerrarse el secreto de Jorge,
porque esta llave que le encontramos en el cuello, pendiente de una cinta, al
amortajarle, es la que abre el bargueño.
La tentación era demasiado fuerte para nuestra
curiosidad, y, entendiéndonos de una ojeada, nos decidimos a usar la llave. Cayó
la cubierta, dejando ver la graciosa cajonería dorada y las columnitas del
templete, y encontramos los cajones llenos de frioleras sin valor, hasta acertar
con uno que encerraba un manuscrito de letra de Jorge. Nos apoderamos del
tesoro, y lo desciframos a la luz de las velas que alumbraban el cadáver... Era
extenso; pero lo resumiré en pocos renglones, a fin de que el lector conozca la
singular alucinación de aquel desventurado amigo nuestro:
«Maldigo -viene a decir en sustancia la confesión de
Jorge- la curiosidad que me impulsó a asistir a algunas sesiones de espiritismo
y sugestión hipnótica en casa de Mirovitch, el secretario de la Embajada rusa.
No es que llegase a prestar fe a tales historias; antes por el contrario, me
parecieron casi todas ellas patrañas y mojigangas buenas para chiquillos; pero,
sin duda, la excitación que tales jugueteos con el mundo invisible causaron en
mi sistema nervioso fue honda y funesta: sin duda vibraron en mí cuerdas
desconocidas y muy sensibles, pues desde entonces comencé a advertir un fenómeno
que no sé si existe tan solo en mi imaginación exaltada, o tiene alguna
correspondencia con la realidad, y se debe a causas físicas que ignoramos aún,
pero que la ciencia estudiará y demostrará en los siglos venideros.
Es el caso que al día siguiente de la última sesión -en
que Mirovitch, fijando en mí tenazmente sus ojos verde esmeralda, había
intentado dormirme- fue cuando sentí el primer ataque del padecimiento; fue
cuando empecé a ver «los hilos», los horribles hilos que forman la misteriosa
tela donde mi alma agoniza.
Intentaré explicar lo que son estos hilos, para que si
alguien lee después de mi muerte mi confesión, comprenda que yo no estaba loco,
sino a lo sumo alucinado: que fui víctima de una morbosa perturbación de los
sentidos, pero que mi razón supo interpretar mis visiones.
Sucedió que al otro día de la sesión espiritista, ya
aburrido de tales farsas y resuelto a no tomar más parte en ellas, me fui al
Real, donde cantaban Hugonotes. Había un lleno, y estaban allí todas mis
relaciones: todas las mujeres que, afables y expresivas, me saludaban con dulces
sonrisas, todos los hombres me apretaban la mano afectuosamente. Recorrí con los
gemelos butacas y palcos. A tiempo que dirigía los cristales al rostro de la
condesa de Saravia, bella dama a quien yo trataba mucho y respetaba más, por su
intachable reputación y la dignidad de su porte, distinguí, ¡Jesús me valga!, el
primer hilo. Era -me acuerdo bien- rojo, como abrasadora llama y salía del
corazón de la señora, yendo, después de flotar y culebrear en el aire, a
enroscarse sutilmente en el cuerpo de Tresmes, el galanteador más perdido de la
corte. Al pronto no entendí la significación del maldito hilo. Froté con el
pañuelo los vidrios de los gemelos y me froté después los ojos. No cabía duda,
el hilo ardentísimo iba de la intachable esposa a buscar al galán impuro.
Persuadido de que estaba malo de la vista, torcí los
gemelos y encontré la carita angelical de Chuchú Cárdenas, una de esas criaturas
de dieciséis años que perecen desprendidas de un lienzo murillesco, un rostro
matizado por el rubor y aureolado por la candidez virginal..., y vi, sin que
cupiese duda, otro hilo dorado que salía de su ebúrnea frente y se deslizaba
hasta las butacas para introducirse en el bolsillo del opulento negociante
Rondón, calvo como una bola de billar, gordo y colorado como un pavo, por más
señas...
Varié de objetivo con repugnancia; pero fue inútil;
dondequiera que me volviese, la atmósfera del teatro se poblaba de hilos que
flotaban en todas direcciones, y la lucerna de cristal, fija en medio, me
parecía, con más razón que nunca, enorme araña pronta a saltar sobre la presa.
Vi un hilo negrísimo, de odio y traición, que iba del político X*** a su jefe
natural y gran protector Z***; un hilo verde, asqueroso, de la recién casada
Eloísa D*** a la decrépita persona del general N***; un doble hilo oscuro, de
envidia mortal, que recíprocamente se enviaban las dos amigas A*** y B***; un
hilo sombrío, de fúnebre aspecto, del mozo H*** a su padre R***, que no acababa
de morirse y dejarle su codiciada herencia... Y yo veía tenazmente los hilos,
invisibles para todos, y sentía espesarse la tela oscura y polvorienta que me
rodeaba, y crecer hasta el paroxismo mi angustia y mi horror, que me oprimía el
espíritu. Allí se patentizaban los bajos apetitos, las vilezas, las miserias de
nuestra condición, reveladas por los hilos infames, de concupiscencia, de
codicia, de dolo, de maldad, de instintos homicidas... Y como el fenómeno se
repitiese las noches siguientes; temiendo que de las personas a quienes creía yo
inspirar algún efecto puro y generoso saliesen también hacia mí los hilos,
resolví de pronto recogerme a la soledad más completa y poder, con tal arbitrio,
conservar algunas ilusiones, sin las cuales no cabe vivir, a no ser en el
infierno.»
Al terminar la lectura del manuscrito que he resumido
brevemente, Paco Beltrán y yo nos miramos despacio, estremecidos, y luego nos
volvimos a contemplar la faz del muerto, serena, afilada ya por la nariz, con
esa palidez de cera que presta tanta majestad a las caras de los que
emprendieron el gran viaje.
-¿Crees tú que estaba loco? -me pregunto Beltrán.
-Loco lúcido -respondí, pasándome la mano por la frente
y enrollando el manuscrito para guardarlo. |
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Posesión
El fraile dominico encargado de exhortar a la mujer
poseída del demonio, para que no subiese a la hoguera en estado de impenitencia
final, sintió, aunque tan acostumbrado a espectáculos dolorosos, una impresión
de lástima cuando al entrar en el calabozo divisó, a la escasa luz que penetraba
por un ventanillo enrejado y lleno de telarañas, a la rea.
Escuálida y vestida de sucios harapos, reclinada sobre
el miserable jergón que le servía de cama, y con el codo apoyado en un banquillo
de madera, la endemoniada, que se había llamado en el siglo Dorotea de Guzmán,
que había sido orgullo de una hidalga familia, alegría de una casa, gala y
ornato de las fiestas, parecía un espectro, una de esas mendigas que a la puerta
de los conventos presentaban la escudilla de barro para recibir la bazofia de
limosna. Su estado de demacración era tal, que a pesar de verse por los
desgarrones del mísero jubón las formas de su seno, el dominico, que era un
asceta y solía luchar con tentaciones crueles, no sintió turbación ni rubor, y
sólo la piedad, la dulce y santa piedad, le impulsó a ofrecer a Dorotea amplio
pañuelo de hierbas, y a decir benignamente:
-Cúbrase, hermana.
De tanta miseria y abyección tomó pie el fraile para
empezar a convencer a Dorotea de que sacudiese el yugo de un amo que así paga a
sus fieles servidores. Y mientras la posesa clavaba en el religioso sus grandes
pupilas color de humo, donde, de cuando en cuando brillaba fosfórica chispa, él
habló copiosamente, con unción y ternura, encareciendo la amorosa efusión de
Cristo, que siempre tiene abiertos los brazos para recibir al pecador, la
continua intercesión de su Santa Madre, la infinita misericordia del Criador,
que sólo nos pide un instante de contrición para borrar todos nuestros delitos.
Mas no tardó en advertir el dominico que la sentenciada le oía con salvaje
insensibilidad, bajo la cual trepidaba una cólera sorda; y entonces pensó que
convendría, para abrir brecha en un alma contaminada por la presencia de
Satanás, hablar un lenguaje humano, casi egoísta, buscar palabras que irritasen
a la pecadora y la forzasen a una discusión, en que saldría vencedor el
dominico.
-Dorotea -dijo, tuteándola con violencia y enojo-, mira
que ya pronto comparecerás ante ese Dios que va a pedirte cuenta de tus actos, y
que a una vida de sufrimientos pasajeros seguirá otra de suplicios perdurables.
Un paso, un segundo, es el tránsito a la eternidad, y esa eternidad es fuego, no
como el de aquí, que causa la muerte, y con la muerte trae el descanso, sino
interminable, horrendo, continuo, que renueva las carnes para volverlas a tostar
y recuaja los huesos para calcinarlos otra vez. Pobre oveja que has seguido al
hediondo macho cabrío, ahí tienes lo que te espera. ¿No te avergüenzas de ser
esclava del demonio? ¿No lloras al menos tu esclavitud?
La endemoniada seguía guardando el mismo hosco
silencio; pero, de pronto, se estremeció. Era que el dominico, enternecido por
sus propias palabras, había dejado asomar a sus ojos humedad de llanto; y la
mujer, conmovida, tal vez a su pesar por aquel indicio inequívoco de
conmiseración, dijo sombríamente:
-Yo no puedo llorar. Lo primero que hizo mi dueño y
señor Satanás fue quitarme las lágrimas de las pupilas y el calor de los
miembros. Toca y verás.
Y alargando una mano, rozó la del dominico, que
retrocedió espantado de la glacial, de la mortuoria frigidez de aquella piel que
creía abrasada por la fiebre.
-No me compadezcas -añadió orgullosamente-. La
sensibilidad y el ardor que faltan por fuera se han refugiado en mi corazón, que
es un brasero de llama rabiosa.
-Eso mismo les sucede a los santos -murmuró el dominico
con angustioso afán-. Que ese fuego no se apague; pero purifícalo ofreciéndoselo
a Jesús.
-No -respondió con energía la endemoniada, cuyo rostro
se contrajo y cuyos ojos, donde boqueaba el horno de la escondida hoguera,
bizcaron repentinamente con frenético estrabismo.
-Pero ¿por qué, desdichada hermana? Dame una razón, una
siquiera. De cuantas sentenciadas me ha tocado exhortar, sólo tú has callado, en
vez de blasfemar y maldecir. Maldice, que lo prefiero. Ya sé que han sido
inútiles los exorcismos, los conjuros, el hisopo, las oraciones, las santas
reliquias; ya sé que el demonio no ha salido de ti, porque no quisiste tú que
saliese, y como Dios, que ha podido criarte sin tu voluntad, no puedo contra tu
voluntad salvarte, el espíritu impuro se alberga aún en tu seno. No he pensado
en emplear contra ti la fuerza; te pido y te ruego, si es menester de rodillas,
que me des una explicación de tu ceguedad. Eras hermosa y eres horrible; eras
dama principal y pudiente, y eres menos que las mujerzuelas de la calle; eras
buena y honrada, y eres ludibrio y vergüenza de tu sexo... ¿En qué moneda te
paga el maldito? ¿Qué felicidad ignominiosa te da a cambio de todo lo que
sacrificas por él?
Crispando los labios y arrancando del pecho un suspiro
ronco, respondió la poseída:
-Ya que te empeñas en saberlo, lo sabrás. No creas que
en este momento habita en mí el que llamas espíritu maligno. Sufría con los
exorcismos y las reliquias y se apartó de mí. Pero sé que volverá, y sé que
cuando me achicharren nos vamos a reunir para siempre.
-¡Qué horror! -exclamó, santiguándose, el dominico.
-Escucha -prosiguió la endemoniada-. No ignoras que en
el mundo fui mujer de calidad, ensalzada por linda, respetada por noble,
codiciada por rica, aplaudida por discreta. Estas prendas me atrajeron
rondadores y galanes; pero ninguno supo hacer que yo pagase sus finezas. Pasaron
por delante de mis rejas o de mi estrado y los desdeñé, porque mi alma, que se
remontaba muy alto, aspiraba, secretamente, a algo más grande, a un príncipe, a
un monarca, a un ser extraordinario, desconocido y superior. Sucedió que una
prima hermana mía, que acababa de vestir el sayal de las carmelitas y a quien yo
solía visitar en su reja, comenzó a hablarme exaltadamente de sus nupcias con
Jesús, de los éxtasis y deliquios que gozaba en brazos de su celestial Esposo y
de lo despreciables que parecen, en cotejo de tan divinos regalos, los amoríos y
las aventuras de la tierra. Estos coloquios me trastornaron y emprendí una vida
de devoción y de mortificaciones que hizo creer a todos, y a mí la primera, que
sentía una vocación monástica firme e irresistible. Mientras tanto, en mi
interior yo me despedazaba de congoja, de inquietud y de tedio, y un día, en un
arranque de sinceridad, dije a mi prima la monja: «Ya no te envidio. Soy
demasiado altanera para envidiar un Esposo que con infinitas esposas habrás de
repartir. Ahora mismo, en centenares de claustros y en miles de celdas, tu
desposado visita a otras mujeres. Desprecio lo que no es sólo mío.»
-¡Diabólica soberbia! -gimió el fraile-. ¡Era el
tentador quien te sugería esa locura!
-Aquella noche -prosiguió Dorotea-, estando yo a punto
de recogerme y habiendo soltado ya de la redecilla la mata de pelo, he aquí que
se me aparece...
-¿Un monstruo horrendo?
-Un mancebo pálido y triste, pero hermoso, muy hermoso.
-¿Con olor a azufre? ¿Con pezuña hendida?
-No; con un cerco de luz rojiza alrededor de la rizada
melena rubia.
-¡Virgen santa! Era, sin duda, un íncubo.
-¿Un íncubo? -repitió, sorprendida, Dorotea.
-Así llamamos al demonio cuando toma bella forma de
varón para manchar y escarnecer a una mujer desdichada como tú.
-No se trata de escarnecer ni de manchar, pues el
aparecido y yo entretuvimos la noche conversando castamente. Refirióme su
historia punto por punto, y supe que era un gran príncipe, arrojado de los
reinos de su padre por un instante de rebeldía, y que mientras a su padre todos
le ensalzan y pronuncian su nombre con adoración, del hijo rebelde abominan y
maldicen. Cuando supe que nadie le quería, cuando comprendí su desventura
inmensa empecé a sentir que le quería yo y a soñar que mi amor le compensase
todo cuanto había perdido, hasta los reinos de la gloria. Al amanecer se fue,
pero volvió a la noche siguiente, trayendo un botecillo de un ungüento, con el
cual me frotó las plantas de los pies y las palmas de las manos, y salí volando
por el ventanillo. Cruzamos espacios inmensos, y abatiéndonos a tierra entramos
en unas cuevas muy profundas, abiertas en el seno de altas montañas, y cuyo
techo parecía de diamantes. Allí se apiñaba una muchedumbre inmensa, que
reconocía la autoridad de mi señor, y bullía al pie de su trono una hueste de
mujeres hermosísimas, cortesanas, reinas o diosas, desde la rubia Venus y la
morena Cleopatra hasta la insaciable Mesalina y la suicida Lucrecia. Y como yo
sintiese en el corazón la mordedura de los celos vi que las apartaba
indiferente, sin mirarlas, y oí que decía: «No temas; yo no soy como el «Otro»,
yo no me reparto... Te pertenezco, Dorotea, pero tu también me perteneces a mí
en vida y muerte». Cada noche, al dar las doce, le esperé y le acompañé, y fui
venturosa.
-¡No llames ventura a las infames torpezas en que te
encenegaba el enemigo de Dios! -protestó el dominico.
-¡Si no he cometido torpeza alguna! -respondió
altivamente Dorotea-. Lo primero en que convinimos él y yo fue en que nuestro
cariño sería el de dos espíritus, y mantuvimos el pacto. Mi señor tuvo a menos
sujetarme con las cadenas de la materia, y cifró su orgullo en poseer mi alma, y
nada más que mi alma, por voluntad mía. Mil veces me ha repetido que gracias a
mí, puede alabarse de un triunfo que sólo a Dios parecía reservado: el de ser
querido espiritualmente, sin mancha de concupiscencia. En cambio, yo sé que no
tengo rivales, y que soy el único bien de mi señor. Nada me importa el
vilipendio ni el tormento que me han dado. La muerte, la deseo. Cuanto antes
enciendan el brasero para mí, más pronto me reuniré con «él».
Y volviendo la espalda al fraile, la posesa ocultó el
rostro en la esquina de la pared resuelta a no decir otra palabra.
Cuando salió el dominico de la prisión de la relapsa
empedernida, sollozó, besando el Crucifijo pendiente de su grueso rosario:
-¡Cómo permites, Jesús mío, que te parodie Satanás!
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La lógica
Justino Guijarro es digno de que le consagre una
mención la historia individual, que llaman los profanos literatura novelesca.
Aunque el drama de la existencia de Justino Guijarro no haya obtenido la fama
que merece, a título de caso significativo y curioso, los que le conocimos y
recibimos sus últimas revelaciones en momentos terribles no debemos dejar
sepultada en el olvido la memoria de hombre tan extraordinario.
Ante todo, sepan las generaciones venideras que Justino
Guijarro murió en el patíbulo. No vayan a suponer (apresurémonos a decirlo) que
Justino fue en el mundo de los vivos algún malhechor de oficio, algún capitán de
gavilla. No vayan a confundirle tampoco con los que asaltan casas para
saquearlas, o dejan seco a un prójimo para apoderarse de su cartera, repleta de
billetes de Banco. Ni menos le identifiquen con esos energúmenos poseídos de
instinto brutal que estrangulan a una mujer por celos o porque los desdeñó. A
Justino nunca le dominaron furiosas concupiscencias ni bajas codicias; como que
vivió entregado al estudio, a la meditación, chapuzado y sumergido en los
insondables lagos del pensamiento y colando por finísimo tamiz las ideas, que
otros menos cavilosos se tragan sin mascar. Distinguióse, además, Justino por su
religiosidad exacerbada, de la cual, piense lo que quiera el lector, habrá de
reconocer que es demostración elocuente lo que va a saber recorriendo estas
páginas, donde descubro el secreto de un alma singular, única tal vez.
Justino había nacido con el cráneo puntiagudo, angosto,
indicación exterior de lo elevado de sus especulaciones y lo espiritual de su
modo de ser. Desde niño discurrió tan estricta y ajustadamente, que sus
raciocinios eran cuñas hincadas en el cerebro. Perseguía hasta sus últimos
términos las consecuencias de una premisa, y ¡ay! del que discutiendo le
concediese lo mínimo; una leve concesión proporcionaba a Guijarro argumentos
irrefutables con que apurar a su adversario y rendirle por fin. Se le temía;
nadie quería medirse con él, y dijérase que en él revivían aquellos escolásticos
de la Edad Media, capaces de partir en cuatro un cabello de mujer rubia.
Con el propio método que aplicaba a las cuestiones
intelectuales resolvía Justino los problemas de la vida práctica; empresa
doblemente peliaguda, pues nadie ignora que esta pícara vida que padecemos es
compleja, sinuosa y contradictoria a veces como ella sola, sin que se pueda
evitar, y el más terne e inflexible de los pensadores se ve obligado, ya que no
a caer siete veces al día, por lo menos a transigir setenta con las
circunstancias. Justino, sin embargo, no entendiendo de transacciones, optaba
por tener setenta choques diarios y pasar otras tantas veces por necio e
insufrible; el mundo es tal, que no concibe que nadie siga la línea recta, así
conduzca al precipicio. Los disgustos que Justino sufría debieron de contribuir
no poco a exaltar su grande ánimo y a sugerirle las extrañas resoluciones que
pronto se verán.
Era casado Justino; su lógica religiosa le había
inducido al matrimonio desde los primeros años de la juventud. Muchos tardó en
tener sucesión; pero al cabo se notaron en la esposa de Justino señales
inequívocas de que se aproximaba un feliz acontecimiento, y nació un chico
precioso, frescachón y robusto, de ésos que envanecen a los padres.
No obstante, Justino, en vez de complacerse y
regocijarse con su paternidad, dio en ponerse mohíno y melancólico. Cada vez que
le presentaban el chico, que la madre, entusiasmada, le subía hasta los labios
del padre para que le estampara un beso, el rostro de Justino se contraía, y sus
ojos, nublados por la meditación, despedían una luz triste y lúgubre...
-Al ver a mi hijo -traslado aquí las propias palabras
del ínclito pensador desconocido, cuya historia voy narrando-, yo no podía
sentir lo que siente el vulgo de los padres; un goce pueril y meramente
instintivo, un impulso animal... Al contrario: un mundo de reflexiones acudía a
mi mente; su peso me abrumaba y me confundía. La responsabilidad que gravitaba
sobre mí era incalculable, inmensa; en mis manos, a mi cargo, tenía el porvenir
de un hombre, de un ser racional. Al hablar de «porvenir», comprenderá usted,
conociéndome ya por mis confesiones, que no me refiero al «porvenir» tal cual lo
entienden los otros padres, y que sólo abarca los días de una existencia
transitoria. Dinero, honores, posición, salud... ¡Qué son esos bienes de un
minuto para quien ve, con la inteligencia, con la razón, con las potencias
superiores, en fin, desarrollarse lentamente la inmensa procesión de los siglos,
y considera, en cambio de los espasmos de un vértigo sublime, el horizonte
infinito de la eternidad!
El cuerpo de mi hijo, montón de carne blanca y
sonrosada, no existía para mí o, si existía, no tenía valor alguno; pero ¡su
alma, su alma inmortal, destello divino comunicado a la materia! «Salva su alma
-me decía a cada instante la voz cristalina de la «Lógica», mi maestra y
consejera infalible-. Salva su alma, evítale el pecado, ábrele de par en par las
puertas de oro del Cielo». Y para salvar su alma yo no tenía más remedio que
uno, y, después de largo combate conmigo mismo, lo puse en práctica. Cierta
noche, mientras la madre dormía rendida de cansancio de haber dado el pecho, me
acerqué a la cuna de mi hijo, dormido también; eché sobre su carita el embozo de
la sábana; luego, las dos almohadas; apoyé las palmas de las manos con toda mi
fuerza... y me sostuve así hasta que... hasta que lo salvé, enviándole a gozar
la eterna bienaventuranza.
La muerte de mi hijo -prosiguió Justino después de una
pausa profunda- se atribuyó a causas naturales. Pero yo quedé a vueltas con el
problema no menos grave, que era el de mi propia salvación. La «Lógica» me decía
que si salvaba a otro, por razones de mayor cuantía estaba en el caso de
salvarme a mí mismo, puesto que la salvación es el fin supremo a que deben
encaminarse nuestros pasos en la tierra. Al salvar a mi hijo había cargado mi
conciencia sin poderlo evitar, con un pecado: convenía expiarlo; todo esto era
lógico y más lógico aún que si la muerte me cogía de sorpresa, mal preparado,
marraba el negocio de mi alma, el solo negocio importante.
Necesitaba, pues, dos cosas: hacer penitencia en esta
vida y saber a punto cierto cuál había de ser el instante de mi muerte, para
encontrarme prevenido y dispuesto. No valía suicidarse; el que se suicida no
muere en gracia. Era preciso discurrir otra combinación y, lógicamente, encontré
una luminosísima. Esperé el momento en que mi esposa muy afligida desde el
fallecimiento del niño, regresaba de la iglesia, donde había confesado y
comulgado, y aprovechando la buena disposición en que se encontraba y el
instante en que se inclinaba para desabrocharse las botas, di sobre ella armado
de un cuchillo de cocina, y de la primera puñalada... la salvé. Cuando expiró,
cubierto de su sangre, me presenté a la Justicia. Mi parricidio (así lo
llamaron) era según decían, patente y horrible; fui sentenciado a morir, y en
los largos días de la prisión tuve tiempo para hacer mortificaciones, ponerme a
bien con Dios (lo espero) y arreglar todos mis asuntos de conciencia de tal
suerte, que, al ofrecer el cuello a la argolla expiatoria, llevaré lógicamente
noventa y nueve probabilidades contra una de salvarme también...
Lo único que me confunde, lo único que ha turbado mi
espíritu, ya casi sumergido en la contemplación de lo ultraterrenal, es que el
sacerdote que viene a consolarme en esta capilla, en vez de alabar la lógica de
mi conducta, parece persuadido de que no hice sino atrocidades... Verdad que es
un pobre cura de misa y olla, y temo que por falta de cultura y preparación
filosófica no comprenda la alteza de mi concepción, el admirable equilibrio de
mis actos... En vano le repito hasta la saciedad un argumento irrefutable.
Pecado fue matar a mi mujer y a mi niño: lo conozco y lo deploro; mas si todos
somos pecadores, y yo no podía jactarme de haber vivido sin pecar, a lo menos
mis pecados son de tal naturaleza, que han abierto el paraíso a los dos seres
que más amé, y probablemente a mí me lo abrirá mi expiación... El cura, hombre
sencillo y limitado, cuando le presento esta conclusión agudísima no responde
sino meneando la cabeza y murmurando ciertas frases que considero ¡lógicas a
todas luces; por ejemplo: «La misericordia de Dios alcanza a los malvados, y con
más razón a los ilusos y a los maniáticos y dementes. Déjese de lógicas, y rece
y llore, y arrepiéntase cuanto pueda.» |
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El aviso
-No desconfiemos nunca -decía el padre Baltar, curtido
ya en las lides del confesionario-, no desconfiemos nunca de la salvación de un
alma, porque sería desconfiar también, ¡qué horror y qué absurdo! de la inefable
Misericordia. ¿No han oído ustedes de unos granitos de trigo que se encontraron
en el fondo de las Pirámides, allá en la cámara sepulcral de los Faraones, donde
al parecer sólo existía la lobreguez de la muerte? Pues alguien que pasó por
loco sembró ese trigo, y el grano, con sus dos mil años de fecha, germinó, echó
espiguita y de aquella espiguita pudo amasarse una hogaza de pan. ¿Qué digo
«pan»? ¡Se pudo amasar «una hostia», el cuerpo de Cristo sacramentado! Si los
que registramos las tinieblas de las almas, que a veces son cámaras sepulcrales
con hedor de muerte, dejásemos apagarse la lámpara de la esperanza, ¿qué
haríamos?... ¡Sentarnos a llorar en las tinieblas!
Voy a referirles a ustedes -prosiguió- un sucedido, que
puedo contar porque no lo aprendí en los dominios del sigilo absoluto, o sea en
la confesión. El mismo protagonista de la historia se la confió a algún amigo, y
aunque no hemos de considerarla pública, tampoco es hoy ningún secreto.
Era el héroe, a quien llamaré Román, un hombre como hay
bastantes en la sociedad contemporánea; cristiano y católico, y hasta sincero
creyente, pero indócil a la regla y a la ley y tomando por letra muerta los
preceptos establecidos para vivificar las almas. No desacataba los mandamientos
de la Iglesia; preciábase, al contrario, de observarlos; pero hacía mangas y
capirotes de los de la ley de Dios; como aquí todos somos gente formal, no
repararé en decir que el capítulo en que Román se creía más exento de obligación
era el de las mujeres. Este error es comunísimo, y no contribuye poco a sostener
la anemia y la miseria fisiológica de las generaciones actuales. La pureza de
costumbres es un tónico, y el pueblo que sabe conservarla, conserva también la
virilidad y la salud. Ya ven ustedes que prescindo del aspecto religioso y moral
de la cuestión y sólo miro el social. Es para mí motivo de gran sorpresa el ver
que hoy, con tanto como se invoca la higiene y se procura la robustez corporal,
se erige en axioma que todo es lícito en ciertas materias, y las restricciones,
antiguallas y ridiculeces deben caer en desuso. Suprimir la responsabilidad;
desatar el apetito; cubrirlo todo con el manto de la risa; transformar el mundo
civilizado en bosque donde el cazador acecha la caza, ¿qué es sino retroceder al
estado de barbarie? No me extraña el retroceso en los ateos y en los impíos, que
van a él por la fuerza de la necesidad moral; pero me duele que almas como la de
Román, a pesar de continuas amonestaciones allí donde no hablamos nosotros sino
Jesucristo en persona, a pesar de la medicina, recaigan siempre, desdeñando
parte de la ley como se desdeña un texto viejo y arrinconado.
Viniendo a la historia -continuó el padre reponiéndose
de una involuntaria emoción-, diré a ustedes que Román, acérrimo defensor de una
causa política siempre vencida, guerrillero varias veces, se había visto en
trances apuradísimos, y en la última guerra civil, encontrándose rodeado de
enemigos, herido y perdiendo sangre, debió la vida a un indomable veterano, el
general Andueta, que, con riesgo de la suya, le acorrió. Cuidóle después en la
ambulancia, le escogió para ayudante, y tratada la paz, le proporcionó medios de
que viviese en Madrid con algún decoro. Retirado hacía años Andueta con su
familia en una aldea de los Pirineos, enfermo y acribillado de mal cerradas
cicatrices, Román casi no sabía de él, pero conservaba el culto de su recuerdo,
y a veces me daba una misita de a duro «por la salud y la dicha del general
Andueta, marqués de la Real Confianza». Entro en estos pormenores para que vean
ustedes si tenía chispa de incrédulo Román. ¡De incrédulo! Tanto como de
ingrato... Las misas las ayudaba él en persona.
Indiferente por naturaleza al lucro, siempre apurado de
dinero, vivía Román en una modesta casa de huéspedes de la calle de Atocha, con
las incomodidades y estrecheces propias de tales alojamientos. Era el verano,
tiempo en que Madrid se despuebla, y sólo tres huéspedes albergaba la posada: un
burgalés venido a despertar cierto expediente; Román, que era fijo, y una
señorita como de diecinueve años, silenciosa, triste, vestida pobremente, de
riguroso luto. El humor franco y comunicativo de Román no bastaba para animar la
mesa redonda; pero a pocos días marchóse el burgalés y quedaron solos Román y la
señorita, comiendo y almorzando juntos. No sería Román el que era, no tendría el
criterio que tenía si no juzgase ridículo verse mano a mano con una mujer joven
y agraciada y no ponerle, como suele decirse, los puntos. No sentía por ella
pasión, ni aun el capricho tenaz que la remeda; no le quitaba el sueño por
ningún estilo la enlutada a Román; pero la encontraba allí, y era suficiente.
Informóse de la pupilera, y averiguó que la señorita se llamaba María Mestre;
que era huérfana; que venía muy recomendada de unas monjas de Pamplona a buscar
colocación en alguna casa rica para acompañar señoritas o cuidar de los niños;
que se dudaba que la encontrase, ni aun a la entrada del invierno, porque para
tales oficios sólo gustan las extranjeras, las gringas; y que doña Micaela, la
susodicha patrona, le aconsejaba que bajase los humos y entrase de doncella,
único medio de saldar la cuenta del hospedaje, que iba engrosando.
Semejantes noticias, lejos de purificar la intención de
Román respecto a la pobre muchacha, la inflamaron con el torpe incentivo de la
fácil ocasión. No formó ningún plan, sino que se dejó llevar de la corriente, y
la estrategia se la dictaron los acontecimientos. Empezó prodigando a María mil
atenciones en la mesa, y la muchacha comenzó a deponer su reserva y mutismo.
Estas cosas se enredan como los gajos de cereza; de dar gracias y decir sí y no,
se pasa a dialogar, de dialogar a platicar; de aquí a la sobremesa larga y a
celebrar ocurrencias y chistes, luego al contento de estar juntos, a aceptar un
paseíto a la hora en que refresca, en la jardinera tranvía; más tarde, una taza
de chocolate o un vaso de horchata de chufas; después la excursión de noche, a
pie, hacia las arboledas de la Florida o del Depósito de Aguas... Finalmente,
llegó Román a requerirla de amores y ella a dejarse requerir, pues la afición ya
tenía raíces en el pensamiento. Suprimo -advirtió con dignidad el sacerdote- los
detalles de ésta que bien puede llamarse seducción, porque ni debo
puntualizarlos ni hay quien no los advine. Aunque María, inexperta y abandonada,
quiso defenderse, no lo hizo con la resolución necesaria, y hubo un día en que
Román la combatió de tal suerte que pudo dar por hecho que aquella misma noche
conseguiría su vergonzoso triunfo. Quedaron citados, y Román, agitado e
intranquilo sin saber por qué, se echó a la calle con ánimo de entretener las
horas que faltaban.
Hacía un calor bochornoso; el celaje madrileño estaba
color de plomo y púrpura, como el del célebre boceto de Goya, y la tempestad
amagaba con rápidas exhalaciones, que por momentos rasgaban con luz sulfúrea las
nubes. Román iba al azar, callejeando, distraído y absorto, sin reflexionar en
qué; cuando dentro de la lógica del pecado debía hallarse gozoso, en realidad
sentía una especie de angustia. La costumbre le trajo a las puertas de la
iglesia donde yo celebraba entonces y donde muchas veces me había servido de
acólito, vio que entraba gentío y entró también por instinto o pensando tal vez
que un acto de devoción atenuaba la gravedad del delito ya inminente... La
iglesia estaba iluminada por cientos de cirios; el altar mayor adornado con
flores; revestidas de colgaduras de damasco encarnado las paredes; era el último
día de una solemne novena, y había manifiesto, gozos, reserva y plática.
-¿Predicaba usted? -exclamamos interrumpiendo al padre
Baltar.
-Creo que sí -contestó, algo cortado-; pero no me
atribuyan ustedes mérito ninguno, porque cuando Román entró en la iglesia, el
sermón había concluido e iban a reservar. ¡El único predicador que da en mitad
del corazón es Cristo! Román fijó la mirada en el Sagrario, y al reflejo de los
cirios, conservando tal vez en la pupila el color de las nubes o el tono de las
cortinas, vio que la Sagrada Forma no era blanca, sino roja, de un rojo intenso,
¡rojo de sangre! Espantado se abrió camino entre la multitud, y salió a la
calle, y halló el cielo no ya encarnado a trechos, sino incendiado todo él, como
una hoguera; y volviendo a entrar en el templo, se arrodilló, sollozó, y sólo
cuando salió el último fiel y comprendió que se iba a cerrar tomó lentamente el
rumbo de su posada...
¿Creerán ustedes que iba arrepentido, que iba resuelto
a quitarse del peligro y del pecado?... ¡Ojalá! No por cierto. Sería no conocer
la psicología de hombres como Román. Iba a la manera del esquife cuando una ola
lo sube y otra lo baja, y, sin embargo, poco a poco se acerca al abismo. Al
ascender por la escalera de la casa de huéspedes, ya casi había desechado el
temor, y las lágrimas de atrición se habían secado en sus ojos... Entró en el
comedor con la fiebre de la culpable esperanza, con el vértigo de una ilusión
que viste de flores cuanto toca... Allí debía esperarle María. Y allí le
esperaba, en efecto; pero con ella, en íntimo coloquio, se encontraba también un
mozo de veinte años, de riguroso luto igualmente y tan parecido a María, que el
más ciego los tuviera por hermanos. Al entrar Román se levantó el enlutado mozo
y le tendió una carta, y como Román le mirase sorprendido, dijo cortés y
tristemente:
-Es de su amigo de usted, del general Andueta.
-¡Del general Andueta! -repitió, aturdido y sin
comprender, Román.
-Soy su hijo... Ésta es mi hermana -explicó con
afabilidad el muchacho-. Aquí usaba el nombre de mamá porque ya ve usted...,
teniendo que ponerse a servir..., un apellido tan famoso como el de Andueta...
No diga usted nada a nadie, que yo también vengo con ánimo de trabajar, y me da
fatiga. Seremos Mestre hasta que Dios...
-Pero mi general..., su padre de usted... -tartamudeó
Román, que temblaba con todo su cuerpo y hasta con su alma.
-Ha subido al cielo... -pronunció el mozo con
solemnidad-. Escribió esta carta muy poco antes de morir, para recomendarme a
usted..., porque decía que era usted su mejor amigo, su otro hijo, y que era
usted muy bueno..., ¡muy bueno! En usted confiamos, pues...
-Y de esta vez, ¿se dio Román por avisado? -preguntamos
al padre Baltar.
-Tan avisado..., que aquella misma noche se mudó a otra
posada, y al año se casó con María... ¡Un matrimonio ejemplar!
-¡El granito de trigo! -exclamamos satisfechos. |
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Sequía
El ilustre sabio Marín Pujol vivía persuadido de que su
existencia era sumamente útil a la Humanidad. Esta persuasión siempre es grata,
siempre contribuye a que nos reclinemos satisfechos en la almohada, y a que la
comida siente bien. Marín Pujol, en nombre de la ciencia, se reconocía digno de
los encomios de sus admiradores y de las distinciones del Gobierno.
Esta ciencia de Marín Pujol no hay que decir que era la
legítima, la auténtica, la que sólo admite por base del conocimiento el hecho y
el dato experimental. Fuera de los hechos y los datos, todo vana palabrería,
afirmaciones gratuitas, castillos en el aire y quimeras forjadas para engañar a
la pobre gente incauta y crédula. De la teología, ni aun se tomaba el trabajo de
hablar Marín Pujol; y profesaba tirria mayor a la metafísica, que calificaba de
paparrucha insigne. Como Marín Pujol era frío y flemático, no se indignaba
abiertamente con los que incurrían en la debilidad de filosofar y de inquirir si
en el mundo hay algo más que aparentes evoluciones de una quisicosa llamada
fuerza al través de la materia; pero inspirábanle los ilusos tranquilo desprecio
y los consideraba cerebros endebles y sin jugo, algo que, intelectualmente, es
análogo al niño o a la mujer. Ciertas declamaciones de ciertos individuos contra
el materialismo y el positivismo, declamaciones que Marín Pujol graduaba,
probablemente no sin razón, de alharacas hipócritas, habían afianzado el desdén
en su espíritu y remachado en sus labios la negación helada y serena.
Acostumbraba el sabio salir al campo los domingos para
disfrutar del buen olor de las carrascas y tomillares, y hacer su poquillo de
geología. Unas veces iba enteramente solo; otras, acompañado de tres amigos de
su mismo humor y aficiones. No les brindaba grandes atractivos la escueta
Naturaleza castellana, y, realmente, estas excursiones eran un medio de
contrarrestar la pésima influencia de una semana entera pasada en el gabinete,
en el laboratorio o en la clínica, leyendo, estudiando y calentándose los
cascos. En aquellos días de asueto les entraban a los sabios arrechuchos de gozo
y de pueril travesura, ocasionados por el sol, el aire libre y puro, los
incidentes del corto viaje, el hambre canina que se despertaba en sus fatigados
estómagos y el placer de una refacción sazonada por la mejor de las salsas, la
muy célebre de San Bernardo. Y era para ellos fiesta verdadera, aunque ninguno
oyese misa, la excursioncilla barata, reanimadora y casi inútil, dígase la
verdad, para el adelanto de la ciencia.
Un domingo de marzo, radiante y tibio como si fuese de
mayo, salieron por el primer tren Marín Pujol y los tres acostumbrados
excursionistas, a saber: Sánchez Abrojo, el médico; Daura, el químico, y Méndez
Arcos, el antropólogo. En virtud de especiales razones iban aquel domingo los
sabios de mejor talante que nunca. A Marín Pujol acababan de traducirle al sueco
su obra predilecta, y tenía en su poder y llevaba en el bolsillo, para enseñarlo
y lucirlo, el primer ejemplar. Sánchez Abrojo había realizado una operación
difícilísima, algo, dicho profanamente, semejante a calar una cabeza humana lo
mismo que quien cala un melón de Añover, y le rebosaba justa satisfacción por
todos los poros del cuerpo. Daura creía poseer ya la fórmula definitiva para
clarificar el vino, y esperaba de ella gran rendimiento pecuniario; y Méndez
Arcos sabía de buena tinta que sus investigaciones y escritos sobre los
establecimientos penales iban a ser causa de que se construyese una cárcel
primorosa, lo que se llama una cárcel de recreo, con baños, gabinete de lectura
y hasta sala de juegos no prohibidos. Sentían, pues, los cuatro expedicionarios
profundamente toda la hermosura y benignidad del tiempo, y la idea del almuerzo
a la sombra de alguna peña o debajo de una encina, sobre la alfombra de tomillo
y cantueso, les dilataba el espíritu.
Bajáronse en una estación extraviada, un solitario
apartadero, y emprendieron la caminata comentando festivamente todo lo que veían
en el paisaje, que era bien árido y raso como una tabla. Ya distaban pocos
kilómetros de un pueblecillo, y hasta divisaban el campanario despuntando en el
horizonte, pero no querían acercarse, prefiriendo un cigarro al arrimo de
cualquier matorral y descubrir un arroyo, que no faltaría. De repente, a Daura,
que siempre se había preocupado de las cuestiones prácticas, se le ocurrió una
pregunta: «¿Quién había traído el almuerzo?» Porque en la última expedición se
convino que para la próxima le correspondía a Marín Pujol el suministro de
víveres... Y Marín Pujol, dando un grito de terror muy cómico, exclamó que
estaban perdidos: descuido de avisar al ama de llaves, mala cabeza... Si
esperaban comer de lo que él trajese, ya podían hacerse sobre la barriga una
cruz. Al pronto, los sabios lo echaron a broma. Así experimentarían el ayuno al
traspaso de los primeros cristianos, y se cerciorarían de si Succi era o no era
un trapalón. Pero a la media hora comenzaron a dar punzadas los estómagos y se
acordó llegarse en busca de sustento al lugar.
No pasaría éste de unas diez o doce casas, agrupadas
alrededor de la escueta y empinada torre de la iglesia. Bajo el sol ya
abrasador, aunque primaveral, el lugar parecía dormido; ni se veía un alma ni se
oía una voz; sin duda los moradores estaban labrando las tierras; y ni rastro de
mesón, o venta, o cosa que lo valiese. Los sabios empezaban a ponerse asaz
carilargos, cuando por la puerta de una corraliza, que cerraba un muro de
adobes, vieron asomar medio cuerpo de una mujer muy arrugada y vieja, pero de
semblante bondadoso y expresivo, que los miraba con marcado interés. Animado por
este precedente, Daura, que ya se caía de necesidad, se resolvió a entrar en la
corraliza y decir llanamente a la anciana que él y sus compañeros tenían hambre
y que agradecerían de todas veras una cazuela de migas o unas sopas de ajo. Y la
vieja, guiñando por la fuerza del sol sus ojos, del color de los búhos,
respondió enfática y solemnemente:
-Adelante; se las daré por amor de Dios.
Miráronse los cuatro sabios: no les había sucedido
jamás que por amor de Dios les diesen cosa alguna; verdad que tampoco ellos
habían dado un comino por amor de Dios a nadie. Pasaron y se sentaron en el
mismo corral, en un banco puesto debajo de una parra sin hojas, pero que
entoldaban trozos de pleita raída y sucia. La vieja se metió en la casa, y
pronto un olorcillo consolador y refocilante se esparció por la atmósfera,
anunciando que en la sartén se doraban las migas. Sin desatender su fritada, la
vieja iba y venía, tendiendo un rústico mantel, presentando toscos vasos de
vidrio, trayendo agua, vino y un duro y fementido queso que pareció excelente a
nuestros desfallecidos sabios.
Lo que les llamaba la atención era que durante estos
preparativos, y lo mismo después, cuando sirvió las migas, que estaban diciendo
«comedme»..., la vieja contemplaba a sus improvisados huéspedes con amor y
entusiasmo, ni disimulado ni reprimido, y parecía caérsele la baba a hilo por la
desdentada boca; siendo tan claras y evidentes las señales de gozo, reverencia y
satisfacción de aquella infeliz, que en un momento en que ella no estaba
presente, Marín Pujol tomó la palabra y dijo a sus socios:
-No puede ser, queridos amigos, sino que esta buena
mujer nos ha conocido y sabe perfectamente quiénes somos, dándose cuenta, allá a
su manera aldeana y sencilla, de lo que hemos hecho en honor de nuestro siglo y
de nuestros semejantes. No estará en pormenores; ignorará, por ejemplo, que mi
gran obra sobre La transmisión de la energía acaba de ver la luz en Estocolmo
(aquí tengo el ejemplar); no se habrá enterado del reciente triunfo de Sánchez,
ni de las útiles investigaciones de Daura, ni de los trabajos valiosos de
Méndez...; pero a su modo y por instinto nos adivina, y nos rinde homenaje lo
mejor que puede y sabe. Yo creo que la ofenderemos gravemente si le ofrecemos
pagar su obsequio en metálico, y que únicamente una atencioncilla delicada, por
ejemplo, el envío de otro ejemplar de mi traducción...
Aquí Daura, el más escéptico, soltó carcajada
formidable, y como la vieja reapareciese trayendo un plato de avellanas, se
encaró con ella, y en campechano tono, le preguntó:
-Madre, ¿sabe usted quiénes somos? ¿Nos recibe bien
porque nos conoce?
-Sí, señor -contestó ella, con una sonrisa entre
picaresca y dulce, que dilató sus innumerables arrugas-. Sé quién son ustés, y
Dios los bendiga -añadió, haciendo ademán de coger, para besarla, la mano de
Daura, que la retiró, poniéndose colorado-. Lo explicaré mal... -prosiguió la
vieja-; pero ya me entenderán ustés. Ustés son..., a modo así..., de predicaores,
amos, y vienen a estos pueblos a decirnos algo de Dios, y de la otra vía, y de
la gloria, y de lo que hay que sudar pa ser buenos. ¡Y poco falta que nos hacían
ustés! Porque estamos, como el que dice, con el ojo cerrao, y el alma adormecía,
hechos unos lilailas. ¡Secos estamos como los terrones allá por la canícula! El
cura de este pueblo, la verdá, nunca nos preíca ni nos dice esta boca es mía;
despacha su misa en un soplo..., y callao como un mulo siempre. Aquí no hay
conventos, ni frailes, ni amparo pa el que quiere tratar la salvación. Por eso,
cuando los vi a ustés con esa cara mortificá, y esa ropa negra, y esos libros en
la faltriquera..., un brinco me dio la sangre, y dije entre mí: «Alégrate,
Niceta, que ahí viene el remedio para la sequía... Misioneros tenemos, y ojalá
que caigan en tu casa... «¡Y vean ustés; antes de oírles, solo con verles... ya
se me abrieron las fuentes del corazón, y aquí me tienen ustés llorando como una
boba!... ¡El Señor los bendiga!
Los sabios tuvieron el buen gusto de no echarse a reír.
Daura intentó sacar a la vieja de su engaño, pero no fue creído, y optó por
declararse misionero y ofrecer un sermón en plazo breve. A pesar de la
improvisada comida y del día espléndido, regresaron cabizbajos y pensativos al
tren de la tarde, y Marín Pujol, tocando a Daura en el codo, señaló la tierra
resquebrajada, polvorosa, morena y dura que no revelaba el estremecimiento de la
germinación, y dijo reflexivamente:
-Pues mire usted: también yo pienso a veces que
padecemos una sequía muy larga. |
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Desde afuera
A la pregunta de Lucio Sagris si habíamos sentido
alguna vez el estremecimiento de lo sobrenatural, aquel soplo que en la alta
noche hacía erizarse los cabellos de Job, casi todos nosotros respondimos (a
fuer de burgueses prosaicos que somos) un «no» risueño. Dos o tres, sin embargo,
exclamaron sin titubear que «sí»; y a los restantes, los puso la afirmación
meditabundos.
-La impresión de lo sobrenatural -dijo Sagris,
enderezándose en la mecedora-, a lo menos para mí, reviste formas variadísimas.
No es sólo a la cabecera del moribundo, ni al reflejo de los cirios que
alumbrarán al muerto, ni en la gruta de Lourdes, ni en alta mar, cuando lo
inefable nos roza con sus alas. A veces basta el choque de una mirada, la luz de
unos ojos, el movimiento de unos labios al articular palabras solemnes...
Interrumpieron a Sagris las chungas del auditorio, que
creyó ver en aquellas frases una alusión al amor y a su peculiar afecto
magnético. Al cesar el fuego graneado, Sagris hizo un mohín desdeñoso y un
ademán que significaba «atiendan».
-Manía muy común -pronunció así que callamos- la de
explicarlo todo por la recíproca atracción sexual. Hay en el mundo otras fuerzas
y otras corrientes. Lo más notable de las revelaciones hipnóticas es que han
demostrado hasta la evidencia que una persona enteramente desconocida y extraña
puede, sin preliminar alguno, modificar profundamente nuestra sensibilidad
nerviosa...
-Si es una mujer bonita, vaya si puede -advirtió
Tresmes el incorregible.
-¡Bah! -murmuró flemáticamente Sagris-. El italiano
Caminetto, con sólo fijar en usted las pupilas, le haría caer en sopor muy
profundo... No me armen ustedes disputa sobre el hipnotismo; sacaríamos lo que
el negro del sermón. El hipnotismo, hoy por hoy, tiene parte de charlatanismo y
parte de ciencia, y no vamos aquí a deslindarlas. Que fotografíen efluvios y
cuerpos astrales; yo no necesito esas pruebas materiales de la vida del
espíritu. El mío, a guisa de balanza sensible, nota el peso más leve; cualquier
influencia espiritual lo inclina. ¿Quieren que les confiese hasta qué extremo me
dominó la fuerza de una voluntad? Confesión es, porque mucho hubo de pecado en
mí, y siempre dura el remordimiento.
La cosa ocurrió siendo yo juez en Pontenova, una
villita encantadora, como todas las que bañan las aguas del Miño, sea en la
margen española o en la portuguesa. Debe Pontenova su nombre a un magnífico
puente de la época de Carlos III, por el cual suelen pasar el río y refugiarse
en Portugal los criminales a quienes persigue la Justicia. Así es que en
Pontenova se reconcentra muchas veces la Guardia Civil y los desconocidos de
mala traza infunden recelos. El puente se encontrará como a un cuarto de legua
de la villa. Estos detalles son necesarios para que ustedes comprendan lo que
sigue:
Una tarde, al volver de dar mi acostumbrado paseo, vi a
la orilla de la carretera el cuerpo de un hombre, que más que vivo parecía
cadáver. Acerquéme y noté que respiraba, y al mismo tiempo, al último rayo
rojizo del sol, advertí la siniestra catadura del que yacía recostado en un
montón de guijo. Los andrajos de la ropa, la descalcez de los pies destrozados y
envueltos en trapos, la lividez del rostro, lo hirsuto de la barba, el anhelo de
la respiración decían a las claras lo que era aquel hombre y por qué se
encontraba en el camino de Pontenova. Mi instinto de magistrado se despertó, y
pensé: «Un malhechor... Buena caza para mi amigo el teniente Pimentel».
Cuando me acudía tal idea, el hombre abrió los ojos, y
vi cruzar por ellos un terror humilde, un miedo de liebre, una súplica
elocuentísima. «Ahora eres cristiano y no juez», me gritó dentro una voz
piadosa. Y tendiendo la mano al caído, le ofrecía asilo y socorro.
-No tengo más que hambre y cansancio... Hace cincuenta
horas que no he probado alimento...
Al oír las palabras, y el acento lastimero que las
profería, miré alrededor. La campiña y el camino estaban enteramente solitarios,
y a mi casa, situada en las afueras de la población, podríamos llegar sin
encontrar a nadie. Levanté como supe al desvalido; le hice apoyarse en mi brazo
y, medio arrastra, le llevé hacia las tapias de mi jardín, al cual entraba yo
por una puertecilla que daba a un soto. No tropezamos con alma viviente.
Introduje a mi protegido en un cuarto bajo donde se guardaban trastos de desecho
y, señalándole un sofá, le indiqué que descansase, mientras le traía de comer.
A los diez minutos volví con pan, una botella de jerez,
bizcochos, jamón frío, fruta, queso, y me hice el distraído para permitirle
devorar ansiosamente, a dentelladas, apurando copa tras copa. Y fue una cosa
fulminante: acabar la postrera migaja, escurrir la postrera gota y caer en el
viejo sofá, harto, feliz, dormido como una piedra.
Entonces me retiré y subí a mis habitaciones con ánimo
de dejarle pasar la noche allí y despertarle a la madrugada, a fin de que
cruzase el puente y se salvase. Ni aun se me ocurría reflexionar acerca de lo
extraño de la situación, cuando vino a recordarme mis funciones y mis deberes el
recado de que una mujer solicitaba hablar con el señor juez en aquel mismo
instante. Mandé que entrase, y la claridad de mi lámpara alumbró una figura
imponente.
Era, a juzgar por el traje, una aldeana de Castilla.
Vestía de luto, y su estatura, ya muy elevada, la aumentaban las negras haldas y
el ceñido justillo de estameña. Venía cubierta de polvo; apoyábase en un largo
palo, y sus greñas grises se revolvían sobre una frente atezada, sombreando dos
ojos de brasa, cuyo mirar me subyugó, como subyuga el de algunos retratos
antiguos. Flaquísima, enhiesta, grave, la mujer se quedó en pie al otro lado de
mi mesa-escritorio; y a mis preguntas, contestó en el lenguaje claro y castizo
de su tierra:
-Soy viuda. Desde Burgos vengo siguiendo al asesino de
mi marido, para que no consiga meterse en Portugal. Al principio me llevaba
bastante delantera, pero hace días le voy a los alcances, sin dejarle entrar en
poblado ni descansar en sitio ninguno. He pensado: «En no consintiéndole que
duerma ni que coma, él acabará por entregarse». Y van dos días, por mi cuenta,
que ni ha podido comer ni dormir.
Aquí la mujer calló y me clavó su mirada ígnea, como se
clava un puñal. Al recibirla, sentí ese estremecimiento de que antes tratábamos,
un escalofrío que no tiene nada que ver con el de la enfermedad ni con el que
causa la baja temperatura, un escalofrío «no físico», sino más hondo.
«Lo sabe -pensé-. Sabe de cierto que su enemigo está
aquí, oculto, amparado por el juez...»
Y mientras yo guardaba un silencio cargado de
electricidad, la mujer añadió secamente, sin tratar de moverme a compasión, sino
más bien a estilo del que acusa:
-A mi marido le mató «ése» aguardándole de noche en el
robledal... Cinco cuchilladas le dio: una en el corazón, dos en el cuello, las
otras dos en el vientre... Allí quedó para que lo comiesen los cuervos. Y yo
aguarda, aguarda, hasta que viendo que no volvía, salí a buscarle y le topé así,
con un charco de sangre negra debajo... Al momento dije a la Justicia: Fulano ha
sido... Cuando quisieron echarle mano..., ya estaba él huyendo; pero yo detrás,
como su sombra. Mi casa ha quedado abandonada; ni cerré la puerta al irme. Mi
equipaje, este palo; mi vida, anda que te andarás. Nadie me dio seña ninguna;
pero acerté con el rastro yo sola. En mi pueblo soy una persona acomodada, he
venido pidiendo caridad. «Él» pudo esperarme en despoblado y acogotarme también;
sólo que ya sabía yo que no se atrevería... ¡Porque a mí me acompaña Dios!...
Al pronunciar este santo nombre, con expresión tan
trágica y solemne que creí escucharlo por primera vez, la vengadora alzó un dedo
descarnado y se quedó muda, hincándome en el alma su terrible mirar. Fue un
combate que duró más de un minuto entre sus ojos y los míos, hasta que acabé por
querer desviarlos y no lo logré.
Comprendí que se apoderaba de mí, por la tensión
increíble de su espíritu, por la energía de su deseo. El criminal también había
influido en mí un instante; sólo que satisfecha la materia con la comida, la
bebida y el sueño, el anhelo de salvarse que al pronto demostró, quedó
extinguido. En cambio, la mujer que me presentaba despreciando las necesidades
físicas, en pie, después de correr leguas y leguas, convertida en bronce, pero
bronce caldeado por la llama de la voluntad.
Ríanse ustedes si quieren... Aquella mujer fea y vieja
«pasó a mí», se me incorporó y me fascinó hasta tal punto, que, como en sueños,
automáticamente, me levanté del sillón, tomé la lámpara, eché a andar, y bajando
la escalera seguido de la negra figura, abrí la puerta del cuartucho y señalé al
sofá donde el asesino reposaba...
Sagris, al llegar aquí, respiró fuerte, oprimido por la
angustia.
-Y cuando le ahorcaron ¿sufrió usted?
-No sufrí más, ni siquiera tanto, como al otro día de
entregarle... La vida de aquel malvado, en suma, no me importaba gran cosa. Lo
que me alborotó la conciencia fue el hacerme cargo de que «desde afuera» pueden
impulsarme así, obligarme a un acto tan decisivo... Por efecto de esta página de
mi historia, temo más a una voluntad entera que a un cartucho de dinamita.
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El pecado de Yemsid
Refieren los viejos códices persas y cuentan las
tradiciones conservadas en la India entre los emigrados «parsis», que guardan la
religión reformada por Zoroastro, que no hubo en los ámbitos de la tierra rey
más celebrado que Yemsid (ni el mismo Suleimán, a quien los hebreos llaman
«Salomón»). Todo cuanto bueno y grato existe en el mundo, a Yemsid lo debieron
sus súbditos, y gracias él, una comarca antes pobre y de groseras y selváticas
costumbres, se transformó en emporio de civilización y en paraíso terrenal.
Viendo que su pueblo combatía con hondas, garrotes y
hachas de sílex, inventó Yemsid las corvas cimitarras, las tajantes espadas, las
corazas y cotas de fino temple y los puntiagudos cascos que ostentan los
guerreros en las miniaturas del Schah-Nameh del poeta Firdusi; y los persas,
antes indefensos y vencidos, fueron temidos de sus enemigos y dilataron los
confines de su nación hasta más allá de la Bactriana y del Eúfrates. Viendo que
andaban medio desnudos o vestidos de tosca lana, enseñóles a recoger, hilar y
teñir las delicadas fibras del lino y hacer flexibles telas de lindos colores.
Notando que moraban en chozas cónicas o en cuevas abiertas en la caliza, les
mostró cómo se edifican amplias casas sustentadas en postes de cedro o en
pilastras de jaspe, y cómo se trae al patio, rodeado de flores y arbustos, el
surtidor de agua que recae en los tazones sembrando el aire de aljófares. Y el
esmerado cultivo de la tierra y el sistema de la jardinería, y el trazado de las
vías que unieron a la joven Persépolis con la antigua Babilonia, y el
establecimiento de los bazares y ferias que dieron salida a los productos del
suelo persa y riqueza a sus habitantes. Todo fue venturosa iniciativa del gran
Yemsid.
No contento con haberles ofrecido victorias y oro,
quiso proporcionarles gustos refinados y delicias incomparables, y esparció por
su reino las enseñanzas del canto, de la música, de la poesía y de las artes,
así como los secretos de la preparación de los aromas y esencias, ámbar, algalia
e incienso, y de las bebidas y licores exquisitos que arrebatan los sentidos y
acrecientan la intensidad de la vida, duplicando las facultades para el goce.
Y como si desease cifrar y compendiar en una sola
fruición delicadísima y sublime el conjunto de cuantos bienes y deleites había
proporcionado a sus vasallos, Yemsid creó para ellos «la mujer», esa «mujer» de
finísimo tipo que reproducen las pinturas persas, la de rostro pálido como la
luna, cejas de irreprochable arco, inmensos ojos de gacela, cabellera oscura
como el jacinto, talle redondo y fino como el ciprés.
La creó del modo que se crea a la mujer, a la dama: por
el adorno, por la elegancia, por la molicie, por el retiro y el descanso, a fin
de que el pie, desnudo en la bordada babucha, sean una concha de nácar, y la
mano, un pétalo de rosa del Gulistán.
La creó enseñando a los pecadores del golfo y a los que
recorren las costas más allá del estrecho de Ormuz, a arrancar del seno de las
aguas los corales encendidos y las redondas y lucientes perlas que en sartas
rodean el cuello de las favoritas.
La creó trayendo de Arabia muelles, alfombras y
cojines, donde se reclinase en lánguida postura, y ordenando a los poetas que la
cantasen en sus estancias, y los músicos que afinasen las guzlas para que a su
son se armasen danzas en los terrados, cuando la noche descorre su manto de
estrellas.
Y con la aparición radiante de la mujer, los persas
creyeron que descendían al mundo de los genios de la luz o las celestes Peris,
que revelan la belleza de la existencia inmortal.
Entre tanto, el monarca bienhechor vivía recluido en
los jardines de su palacio, en un recinto cerrado y misterioso, donde no
penetraba nadie. Era, en el fondo de agreste bosquecillo, una pobre cabaña igual
a la de los leñadores y carboneros, con techo de paja y piso terrizo. Allí,
desnudo bajo el ardiente sol, ceñidos los riñones con una cuerda de cáñamo,
comiendo desabridas raíces que él mismo recogía, bebiendo el agua de un pantano,
llevaba el poderoso Yemsid la austera existencia del penitente.
Cuando se presentaba en público, le escoltaban mil
soldados ninivitas, con corazas de plata, y le precedían doce elefantes blancos,
con caparazones de púrpura. Pero en el retiro de su cabaña, después de haber
saturado de dichas y placeres a sus súbditos, Yemsid se sometía voluntariamente
a crueles maceraciones, y ni aún sabía el color de las pupilas de las
innumerables esclavas hermosísimas que velaban todas las noches, encendida la
perfumada lámpara, ungida de nardo y almizcle, en las cámaras interiores de
palacio, esperando a su dueño.
Y como llevase ya muchos años de tan extraña vida, una
tarde, a la hora en que el sol se oculta, apareciósele el Mal Principio, Arimán
en persona, y le interrogó:
-¿Por qué te sujetas a tantas privaciones, Yemsid,
mientras colmas de deleite y alegría a tus vasallos?
-Ahora lo sabrás, Maldito... -contestó desdeñosamente
el rey-. Lo sabrás para gloria mía y afrenta tuya. Es que he querido dejar a los
demás hombres las satisfacciones pasajeras y terrenales, y reservarme la dicha
de ser el único de mi imperio que vive espiritualmente. Para ellos, el efímero
recreo de los sentidos y de la imaginación, los perfumes, los acordes de la
música, los suspiros de la poesía, las caricias de la mujer; para mí, la armonía
de los planetas al girar en sus órbitas, los conciertos interiores de las siete
virtudes, las emanaciones de la divinidad de Ormuz y las invisibles sonrisas de
las inteligencias celestiales. Por eso, Maldito, tienes que prosternarte en mi
presencia. ¡Yo te subyugo, mediante la fuerza de mi santidad!
Aparentando confusión y terror, Arimán se prosternó, en
efecto. Pero entre espasmos de alegría infernal, pensó para sí:
«¡Eres mío! ¡Eres mío!»
De allí a algún tiempo empezó a esparcirse por Persia
la noticia de que el poderoso Yemsid, el bienhechor, el civilizador, no era un
mortal, sino una encarnación de la divinidad en forma humana, y muchos
aduladores fabricaron idolillos que tenían la figura del rey, y los adoraron y
les ofrecieron sacrificio. Era Arimán el que difundía esta voz. Pero cuando
Yemsid lo supo, estremeciéndose de gozo, sin advertir que, envuelto en sus
negras alas, el Mal Principio repetía no menos regocijado:
-¡Eres mío! ¡Mío el gran monarca de Persia!
Ciego de orgullo, resolvió Yemsid presentarse en el
templo revestido con el traje del Fuego, bordadas las llamas de pedrería sobre
su túnica y ceñida la frente con la mitra solar. Y como muchos que le acataban
rey se resistían a reconocerle dios, los condenó a morir entre espantosos
suplicios. Enajenáronle estas crueldades la voluntad de su pueblo, y cuando el
príncipe de Arabia, Doac, al frente de su belicosas huestes, sitió a Persépolis,
los habitantes le abrieron las puertas.
Huyó Yemsid, ocultándose en las cuevas y en las ruinas,
mas al fin le descubrieron y le llevaron maniatado a la presencia del vencedor.
-Serradle al medio el cuerpo -ordenó éste-, y perezcan
así los que son dobles en su alma y con las prácticas de los santos encubren la
soberbia de los demonios. |
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«Omnia Vincit»
Esteban llevaba, no con buen ánimo, sino con regocijo,
el peso de sus votos. Era de los que ingresan en el seminario por pura vocación
y de éstos no hay muchos, pues si hogaño el clero en general tiene quizá mejores
costumbres que antaño, no cabe duda que el gran impulso religioso va
extinguiéndose y escaseando las vocaciones decididas y entusiastas.
La de Esteban debe contarse entre las más resueltas.
Así que se vio investido del privilegio de sostener entre sus manos el cuerpo de
Cristo, que por la fuerza de las palabras de la Consagración descendía desde las
alturas del cielo, Esteban quiso ser digno de tal honor, y entregándose a la
mortificación y a la piedad, gozó la fruición del sacrificio, el deleite de
renunciar a todo con abnegación suprema y pisotear bienes, mundanas alegrías,
efímeras felicidades, mentiras de la carne y de la imaginación, por una verdad,
pero tan grande, que sólo puede llenar nuestro vacío.
Al ordenarse no había pensado Esteban ni un momento en
pingües curatos, en prebendas descansadas, en capellanías aparatosas. La mitra
no brillaba en sus sueños, ni vio refulgir sobre su dedo, cual mística violeta,
la amatista pastoral.
Lo que ansiaba era, por el contrario, una función útil
y oscura. Sus propósitos consistían en fundar, con sus bienes y con lo que
juntase implorando aquí y allí (en la humillación estaría el mérito
precisamente) alguna institución de beneficencia: un hospital, un asilo, un
sanatorio, un refugio para el dolor. Esteban que era valiente y, sin querer,
cifraba su orgullo en cultivar esta virtud varonil, tenía determinado que los
infelices recogidos en su instituto fuesen enfermos de mal horrible, repugnante
y contagioso, como lepra y cáncer. Y al consultarse y medir sus fuerzas, sólo
recelaba que le hiciesen traición cuando más las necesitase; que al llamar por
el heroísmo, el heroísmo desapareciese como manantial sorbido por la arena.
Para ensayar y probar sus bríos, Esteban buscaba
ocasiones de instalarse a la cabecera de los que padecían enfermedades
repulsivas, y los asistía con ternura y celo incansables, cerciorándose de que
la voluntad se impone a los sentidos, y las leyendas donde se refiere que las
úlceras pueden convertirse en rosas y despedir fragancia celestial, no son más
que bello símbolo de la misteriosa transformación que la caridad realiza
extrayendo aromas de la fetidez, como extrae perlas de lágrimas...
Una tarde avisaron a Esteban de que un enfermo grave
-un mendigo- reclamaba su asistencia espiritual. Vivía el enfermo en calle asaz
extraviada. Esteban le encontró ya en trance tan angustioso y con tales bascas y
agonías, que vio cercano su fin.
En efecto, a la una de la madrugada, el moribundo,
volviéndose hacia la pared, exhalaba el último aliento. Cerrado que hubo los
ojos al cadáver, Esteban salió para descansar algo y regresar, así que
amaneciese, con mortaja, velas, dinero para la caja: lo indispensable que
faltaba allí, por ser la miseria mucha.
La una de la madrugada es hora intempestiva para un
sacerdote, y Esteban, al encontrarse en la calle silenciosa, experimentó una
impresión desagradable, una crispación de nervios. Un gato negro, famélico, que
sin duda merodeaba buscando piltrafas y mendrugos entre los montones de basura,
pasó rozándole los manteos, y Esteban se estremeció al entrever la silueta
embrujada del animal.
Casi al mismo tiempo, al revolver de la esquina,
destacóse un bulto de la penumbra de una puerta entreabierta sobre un portal
angosto y sombrío. Era una mujer que vestía el uniforme del vicio callejero: el
pañolito de seda echado a la frente, medio encubriendo los caracoles de los
ricillos, y el pañolón de lana color café, estrechamente ceñido al cuerpo y
subido a la altura de la boca con flexión característica de la mano. Innoble
tufarada de polvos de arroz baratos y esencias de violento almizcle se exhalaban
de aquella criatura, y a la luz amarilla del farol relucía el colorete de sus
labios, el albayalde de sus mejillas, y sus ojos, torpemente agrandados con
tiznones.
Rápida y procaz, la moza se acercó al sacerdote y le
cogió de la manga, articulando descarado requiebro. Sintió Esteban la misma
impresión que si le tocase un reptil. Echóse atrás, y con ojos que abofeteaban,
lanzó a la mujer una mirada llena de inmenso desprecio, de asco invencible,
mientras sus labios, en voz que escupía, pronunciaba una frase durísima,
contundente. La mujer soltó la manga y el sacerdote siguió su camino.
Apenas hubo andado cien pasos, notó extraño
desasosiego, pero en el corazón, algo que pudiera llamarse remordimiento de
conciencia. Advertía un descontento de sí propio, tan grave y profundo que le
ahogaba. La imagen de la mujer se le aparecía nuevamente; pero en vez de sonreír
provocando, tenía los ojos preñados de lágrimas y el rostro enrojecido de
vergüenza. La representación de la pecadora fue tan viva, que Esteban creyó
sentir su aliento y su gemido muy cerca del rostro. Se detuvo, vaciló, se pasó
la mano por la frente, y al fin, volviendo atrás, desanduvo lo andado, y en la
esquina, delante del portal lóbrego y miserable, vio a la de pañolón en la misma
actitud de acecho.
Sí; allí estaba; pero en vez de llamar a Esteban como
antes, al divisarle se hizo a un lado, queriendo esconderse. El sacerdote se
acercó. La mujer retrocedía más y más, incrustándose en las tinieblas del
sospechoso y mal oliente portal, y alzando el mantón para encubrir el rostro.
Cuando se convenció de que Esteban se aproximaba
adrede, la mujer, ronca, enérgicamente, exclamó:
-¡Con cualquiera y no con usted!
Titubeó Esteban dos segundos. Al fin, venciendo un
nuevo impulso de horror, dijo balbuciente y cruzando las manos:
-Se equivoca usted, hermana... Si he dado la vuelta, es
porque la traté a usted muy mal..., y le quiero pedir perdón. He insultado a
usted antes; me arrepiento... Perdóneme; se lo suplico.
Ella le miró recelosa y atónita, y él, entre tanto, la
examinaba a su vez. Representaba la sin ventura de treinta a treinta y cinco
años: escuálida y marchita bajo los afeites que la embadurnaban, su boca enjuta,
sus ojos febriles, su hálito fatigoso, delataban la mala salud, tal vez el
hambre. En su cara revelábase tedio y cansancio; en su actitud, la humildad
insolente de ser quien todos tienen fuero para pisotear. Una ola de lástima se
derramó por el alma de Esteban. Lleno de unción, tomó sin falsos pudores la
diestra calenturienta de la mujer, y murmurando amorosamente:
-Hermana, si me perdona, hágame un favor. Véngase a mi
casa. No esté usted ni un minuto más en esta calle, ni vuelva a subir «ahí».
Dudosa aún sobre las verdaderas intenciones de Esteban,
fluctuando entre el asombro y la desconfianza, la mujer aceptó, vencida por la
benignidad con que se expresaba aquel sacerdote joven, de rígidas líneas, de
macilenta faz. Hay en la cortesía de los modales y en la calma de la voz algo
que se impone a la gente plebeya y tosca. La meretriz echó a andar, y fue una
singular pareja la que hacían por las desiertas calles el ministro de Dios y la
vulgar cortesana, silenciosos, midiendo el paso, sordos a los comentarios de
algún maldiciente; porque ni la caridad entiende de escrúpulos, ni de recato la
infamia.
A la puerta de su vivienda, Esteban se detuvo, y
sacando un llavín, se lo entregó a la mujer.
-Entre usted -le dijo-, hay fuego, luz, cena y cama;
todo preparado para cuando yo llegase. Caliéntese usted, coma, acuéstese,
duerma... pero antes de acostarse rece, si es que sabe, un avemaría. Mañana nos
veremos. Hasta mañana.
-Sé rezar, no se crea usted -contestó la mujer; e hizo
muestra de arrodillarse, si Esteban lo consintiese.
No preguntó más. Había comprendido por fin.
¿Comprendido? No, adivinado; que la mujer del pueblo no necesita reflexionar; se
asimila instantáneamente las acciones generosas y los grandes movimientos del
corazón. Subió sin temor; devoró la frugal cena; se agazapó en la estrecha
camita de hierro..., y al ver a la cabecera una escultura de la Virgen, ante la
cual parpadeaba un lamparín de aceite, rezó con fe absoluta: así rezan los
creyentes pecadores.
Esteban pasó la noche en la calle. Fue una noche
venturosa; la noche de bodas de su espíritu. Embriaguez divina, inefable
exaltación le impedían sentir ni el frío, ni el sueño, ni el desfallecimiento
del estómago. Como el caballero andante que vela sus armas antes de salir a
buscar gloriosas aventuras; como el enamorado que ronda los balcones de su
amada, no notaba siquiera que tenía cuerpo, y que ese cuerpo de barro reclamaba
lo suyo. Allá arriba, en la propia casa de Esteban, estaba el ideal, el objeto
de su vida, la razón de su ser. Lo había visto a la breve luz de relámpago que
deslumbró a San Pablo, de la estrella que guió a los reyes de Oriente. Era el
llamamiento, la voz, la señal de arriba, la iluminación, la revelación.
¿Qué vale asistir a los enfermos y llagados del cuerpo?
El vicio hiede más que la lepra y tiene más raíces que el pólipo; y luchar con
el vicio que repugna, con el vicio que provoca en el alma la náusea del asco y
el hervor amargo del menosprecio, eso es meritorio, eso es lo que no hará el
enfermero laico, tal vez impío, y sólo puede hacer el Nazareno, de quien es
figura y ministro el sacerdote...
Esteban fundó un asilo de penitencia y redención. Hoy
ha caído el asilo en manos frías y mercenarias; pero mientras vivió el fundador
y pudo incendiarlo con su caridad, el asilo obró maravillas. Creed que ningún
destello de amor se pierde; creed que no hay mármol que no ablande el amor.
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La penitencia de Dora
Aunque Alejandría fuese entonces una ciudad de
corrupción y molicie, pagana aún, y pagana con terca furia, contenía matrimonios
cristianos unidos por el amor más acendrado y tierno. Dora era del número de
esposas fieles que, cerrando su cancilla al anochecer, pasaba la velada con su
marido hasta que un mozo perverso, menino del emperador, todo perfumado de
esencias, de rizada barba, después de rondarla mucho tiempo y enviarle mensajes
y presentes por medio de cierta vieja hechicera zurcidora de voluntades, logró
sorprenderla en una de esas horas en que la virtud desfallece, y ayudado de mal
espíritu, triunfó de la constancia de Dora.
Vino el arrepentimiento pisando los talones al delito,
y Dora, avergonzada, resolvió dejar su casa, su hogar, su compañero, y
condenarse a soledad perpetua y a perpetuo llanto. Cortó sus largos y finos
cabellos; rapó sus delicadas cejas; vistióse de hombre y fue a llamar a las
puertas de un monasterio que distaba como seis leguas de Alejandría, suplicando
al abad que la admitiese en el noviciado. Por probar su vocación, el abad ordenó
al postulante pasar la noche en el atrio del monasterio.
Era el lugar solitario y hórrido: el aire traía a los
oídos de Dora el rugir de las fieras, que bajaban a beber al río, y a su nariz
la ráfaga de almizcle que despedían los caimanes emboscados entre cañas y
juncos. Con los brazos en cruz, se dispuso a morir; pero amaneció: una faja de
anaranjada claridad anunció la salida de un sol de fuego, y las puertas del
monasterio se abrieron, resonando el esquilón que convocaba a la primera misa.
Dora desplegó en su noviciado un fervor inaudito hasta
en aquellos lugares donde el ascetismo y la mortificación tenían aulas y
maestros que no han sido igualados nunca. Temerosa de que al destrozar la
intemperie sus ropas se averiguase su sexo, no se atrevió Dora a encaramarse
sobre su estela; pero -excepto la terrible gimnasia de los numerosos estilitas
que eran estatuas vivas de la penitencia, bronceados por el sol implacable-,
Dora practicó cuantas mortificaciones puede concebir la fantasía soñando un
ideal de martirio.
Mordazas y cadenas de hierro; abrojos y espinas a raíz
de la carne; ayunos y abstinencias de agua, hasta que se le pegase a las fauces
la seca lengua y su aliento fuese como el del can que ha corrido mucho;
caminatas sobre las destrozadas rodillas; disciplinas, lecho de guijarros,
manjares desazonados adrede..., todo lo apuró la arrepentida, sin saciar sus
anhelos de padecer y padecer más y más. Y no eran las torturas materiales lo que
en las horas de tinieblas convertían sus ojos en dos arroyos de lágrimas. Era la
nostalgia de su hogar, la memoria de su compañero, a quien quería con
incontrastable amor, tal vez más desde que le había afrentado secretamente.
Sabedor el demonio de estas aflicciones de Dora, solía tomar la figura del
esposo ausente, llegarse a ella diciéndole los requiebros y dulzuras que solía
cuando se hallaban juntos, suplicarle que volviese a su lado, que la falta
estaba perdonada y expiada de sobra...; pero antes quería Dora caerse muerta que
aparecerse ante los ojos del que amaba y había ofendido.
Acostumbraban en el monasterio ordenar al que creían
joven penitente los oficios más humildes, y un día el abad mandó a Dora que
fuese con los camellos a buscar trigo a la ciudad, y que si no podía volverse
antes de anochecido, se quedase a dormir en un molino próximo a la puerta de
Roseta. Obedeció Dora, y faltándole tiempo, quedóse en el molino. A pesar de
maceraciones y ayunos, Dora, con el pelo ensortijado que volvía a crecer, aún
parecía un mancebo como unas flores; y habiéndola visto una cortesana del barrio
de Racotis, se entró en el molino a requerir al que por monje tenía. Rechazada
la mujerzuela, quedó picada en su amor propio y deseosa de venganza, y
hallándose después encinta, cuando nació un niño lo envió al abad en un cesto de
mimbres, diciendo que era hijo de cierto mal penitente que había pasado en el
molino tal noche. Acosaban a Dora las apariencias; con una sola palabra podría
vindicarse; pero aceptó la humillación y calló. Entonces el abad le impuso un
castigo extraño. «Monje pecador -le dijo-, de hoy más te ordeno que vivas en el
monte, y allí críes y cuides a ese niño, fruto de tu maldad. Si os devoran las
fieras, será justicia de Dios. Toma la criatura y vete».
Dora cogió en brazos al niño e hizo la señal de la cruz
y salió hacia la montaña.
Guarecida en una caverna, dedicóse a criar al
pequeñuelo. Con leche de ovejas le sustentó, y para darle abrigo fabricó una
pobre choza cónica, de adobes. Renunciando a las austeridades que podrían
destruir su salud y dejar sin amparo a la tierna criatura, se consagró a
trabajar, a cultivar un huerto, a sembrar y plantar en él legumbres y frutales,
a cercarlo de una empalizada; a fin de vestir al muchacho, hiló copos de lana y
lino y tejió groseras telas. Agricultora e industriosa, Dora atendió a todas las
necesidades del rapaz y consiguió verle crecer fuerte, sano, lindo y alegre. Y a
medida que crecía y lozaneaba, notó Dora en sí amor vehemente, calor de entrañas
maternales para el pobre ser abandonado, que no había conocido otra familia ni
otro arrimo en el mundo. Advirtió con sorpresa que no acertaba a apartarse ni un
minuto de la criatura; que vivía suspensa de su graciosa charla y embelesada con
sus monerías, sus dichos salados y encantadoras travesuras; y que, al
acrecentarse en su alma este cariño arrollador como las olas que azotan el faro,
las representaciones del pasado iban borrándose de su memoria: el remordimiento
de su flaqueza, la nostalgia de su esposo, la vergüenza y el dolor, el
arrepentimiento y el deseo de expiar la culpa.
Todo, todo desaparecía ante el niño, en cuya compañía
sentíase Dora como en la bienaventuranza, pensando haber encontrado el norte y
fin de su existencia cuando con sus manitas le halagaba el rostro, o la besaba
con sus labios de fresco clavel.
En este estado de descuido vivía Dora, cuando una tarde
de estío al sacar agua de la cisterna, creyó ver en el fondo de ella un rostro
triste y pálido -el propio rostro de su marido-. Mas no era en la cisterna, sino
en el espíritu de Dora, donde reaparecía la dolorida imagen; y para advertencia
bastó. Sin dilación, la mísera pecadora tomó de la mano al niño, y
despedazándose por dentro, sintiendo que sus extrañas chorreaban sangre -porque
adoraba en el rapaz más que si lo hubiese parido y amamantado-, corrió al
monasterio, echóse a los pies del abad y, deshecha en lágrimas, entre desmayos y
accidentes, confesó la verdad toda.
-Me diste este niño por castigo, y yo he poseído en él
el gozo más grande que puede haber en el mundo. Ahí tienes por qué te lo entrego
pues no es lícito a una pecadora tan grande conservar lo que la llena de ventura
y de contento. Me vuelvo al monte, y en la caverna más horrenda que encuentre
volveré a emprender mi penitencia con doble rigor para recuperar el tiempo
perdido y castigar el delito de antes y la tibieza de ahora. Permíteme que una
vez más estreche en mis brazos al niño..., y adiós; no volverás a saber de mí
hasta que recojas mi cuerpo para enterrarlo.
El abad, que era varón de Dios, levantó a Dora del
polvo donde yacía postrada, y le dijo solemnemente:
-Ve en paz y ruega por mí. La penitencia que hagas de
hoy en adelante no es necesaria ya para obtener el perdón de tu pecado. Al
separarte de este niño, al renunciar a lo que amas, hiciste la mejor
penitenciaría. Más fácil es azotarse los lomos que azotarse el corazón, y menos
duele un cilicio en la cintura que en la voluntad. La última prueba será corta:
pronto recogeré tu santo cuerpo.
Y al año lo recogió piadosamente, como piadosamente
debe leerse esta historia, algo semejante a la de Santa Teodora Alejandrina,
cuya fiesta celebra la Iglesia el 14 de septiembre. |
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Ceniza
Ya despuntaba la macilenta aurora de un día de febrero,
cuando Nati se bajó del coche y entró en su domicilio furtivamente, haciendo uso
de un diminuto llavín inglés. No tenía que pensar en recatarse del cochero, pues
el coche no era de alquiler, y alguien que acompañaba a la dama, al salir ella,
se agazapó en el fondo de la berlina.
Nati subió precipitadamente la solitaria escalera, muy
recelosa de encontrar algún criado que en tal pergeño le sorprendiese. El temor
salió vano, pues reinaba en la suntuosa casa silencio profundo. Sin duda, no se
había despertado ninguno de sus moradores. En la antesala, Nati se halló a
oscuras, sintiendo bajo los pies la blandura del denso y profundo tapiz de
Esmirna. A tientas buscó el registro de la luz eléctrica; giró la llave, y se
inundó de claridad el recinto. Orientada ya, abriendo y cerrando puertas con
precaución, cruzando un largo pasillo y dos o tres espaciosos salones ricamente
alhajados, Nati, en puntillas, llegó a su tocador. Encendidas las luces, hizo lo
que hace indefectiblemente toda mujer que vuelve de un baile o una fiesta: se
miró despacio al espejo. Éste era enorme, de cuerpo entero, de tres lunas
movibles, y las iluminaban oportunamente gruesos tulipanes de cristal rosa,
facetados. Nati vio su imagen con una claridad y un relieve impecables.
Apreció todos los detalles. El dominó blanco, arrugado,
mostraba sobre la tersura del raso, pegajosos y amarillentos manchones de vino;
un trozo de delicada blonda pendía desgarrado, hecho trizas. Caído hacia atrás
el capuchón y colgado de la muñeca el antifaz de terciopelo, se destacaba el
rostro desencajado, fatigado, severo a fuerza de cansancio y de crispación
nerviosa. Las sienes se hundían, las ojeras oscurecían y ahondaban, los ojos
apagados revelaban la atonía del organismo; la boca se sumía contraída por el
tedio, las mejillas eran dos rosas marchitas y lacias, dos flores sin agua, sin
perfume, pisoteadas, hechas un guiñapo. El pelo, desordenado y revuelto sin
gracia, se desflecaba sobre la frente, y en la garganta, poco mórbida, las
perlas parecían cuajadas lágrimas de remordimiento y de vergüenza...
Nati se estremeció, sintió un escalofrío mientras iba
desnudándose, quitándose los zapatos de seda, desprendiendo alfileres y
desabrochando corchetes. Cuando, después de soltar el dominó y de arrancarse las
joyas, abrió el grifo del lavabo y se pasó por ojos y cara la esponja húmeda,
volvió no ya a estremecerse, sino a temblar, a tiritar de frío, notando un
malestar que le llenó de aprensión. No era, sin embargo, enfermedad; era la
náusea, la invencible repugnancia que engendran los desórdenes y es su reato y
su castigo.
¿Será ella misma, Nati, la que ha pasado así la noche
del martes de Carnaval? ¿Ella la que ha preparado aquel capuchón, la que ha
combinado el modo de salir secretamente, la que ha jugado su decoro y su fama
por unas horas de delirio? ¿Qué hacia ella en aquel palco, entre aquellos
insensatos, en aquella cena, cerca de aquel hombre cuyo hálito quemaba, cuyos
labios reían provocadores, cuyas palabras destilaban en el corazón llama y
ponzoña? Aquellas necias carcajadas, con la cabeza echada atrás, con la boca
abierta y descompuesta la actitud, ¿las había exhalado ella? Aquellas frases a
cual más profanas y libres, ¿era Nati, la esposa, la madre de familia, la dama
respetada por todos, quien las había escuchado, y consentido, y celebrado entre
el aturdimiento y la algazara de la bacanal?
Nati miró a la vidriera, que había quedado abierta. Una
claridad lívida, azulada y triste hacia amarillear la de los focos eléctricos.
Era el amanecer que derramó en las venas de Nati más hielo. Apagó las luces, se
envolvió en una bata acolchada y con inmensa fatiga se dejó caer en el ancho
diván oriental. Por un instante le pareció que cerraba sus ojos invencible
sueño; pero casi al punto la despabiló una idea. ¡Miércoles de Ceniza! Había
escogido la mañana del Miércoles de Ceniza... para su desatinada aventura.
... ¡Miércoles de Ceniza!... El mismo día en que su
madre, después de una vida de virtudes y sufrimientos, había entregado el alma;
día que conmemoraba para Nati el más triste aniversario. ¿Cómo no se acordó
antes de arreglar la escapatoria? ¿Cómo la imagen del martes de Carnaval borró
de su mente el recuerdo del Miércoles de Ceniza?
Saltó Nati del diván, dando diente con diente, pero
animada por una resolución: la de expiar, la de hacer penitencia, la de
reconciliarse con Dios sin tardanza. Abrió el armario y se calzó ella misma:
descolgó un traje, el más sencillo, negro; se echó una mantilla, se envolvió en
un abrigo..., y desandando lo andado, volviendo a recorrer salones y pasillos,
bajando la escalera, lanzóse a la calle. Iba como en volandas, impulsada por una
sed de purificación parecida al deseo de lavarse que se nota después de un largo
viaje, cuando nos encontramos cubiertos de suciedad y de impurezas. ¡La Iglesia!
¡La redentora, la consoladora, la gran piscina de agua clara agitada por el
ángel y en que se sumerge el corazón para salir curado de todos los males y
nostalgias! Nati corría, pareciéndole que cuanto más se apresuraba más se
alejaba de la bienhechora iglesia. Por fin la divisó, cruzó el pórtico,
persignándose, tomó agua bendita y se arrodilló delante del altar, donde un
sacerdote imponía la ceniza a unos cuantos fieles madrugadores... Nati presentó
la frente, oyó el fatídico Memento homo, quia pulvis eris..., y sintió los dedos
del sacerdote que tocaban sus sienes, y a la vez un agudo dolor, como si la
hubiesen quemado con un ascua... Al mismo tiempo, los devotos, postrados
alrededor, la miraron fijamente, y deletreando lo que en su frente se leía
escrito, repitieron atónitos: «¡Pecado!»
Alzóse Nati de un brinco, y huyó de la iglesia. Había
amanecido del todo; era hermosa la mañanita, y las calles estaban llenas de
gente. Nati percibió que se volvían, que la contemplaban con extrañeza, que la
señalaban, que se reían, que exclamaban: «¡Pecado! ¡Pecado!»
Y los transeúntes se detenían, y se formaban grupos, y
la palabra «pecado», pronunciada por cien voces, formaba un coro terrible de
reprobación y maldición, que resonaba en los oídos de la señora como el rugido
del mar en los del náufrago... «¡Pecado! ¡Pecado!...», dicho en el tono de la
indignación, de la cólera, del desprecio, de la mofa, de la ironía, de la
conmiseración también... Nati bajaba el velo, quería taparse la frente donde
aparecía en caracteres rojos el letrero fatídico...; pero la negra granadina
volvía a subir, y la humillada frente se presentaba descubierta ante la
multitud... Nati puso las manos, pero conoció que se volvían transparentes como
el vidrio, y que al través se leía el letrero más claro, más rojo... Entonces,
horrorizada, exhaló un clamor de agonía y se desplomó al suelo moribunda.
Cuando Nati despertó -porque realmente se había quedado
dormida sobre el diván-, vio al abrir los ojos (el tocador estaba inundado de
sol) a su marido de pie, examinando la careta y el arrugado dominó, caídos
delante del diván, hechos un rebujo. |
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Las cerezas
Cierto día de fiesta del mes de junio, a los postres de
una comida de aldea, de las que se prolongan y degeneran en sobremesas
interminables, tuve ocasión de hacer una de esas observaciones, detrás de las
cuales suele vislumbrarse oculta una novela íntima o latir el asunto de un
drama. Hallábase sentado frente a mí el párroco de Gondar, y como le daba de
lleno en el rostro la luz de la ventana, luz que se abría paso entre las ramas
de los rosales, ya sin flor, pude notar que se inmutaba y se le cubrían de
amarillez las siempre coloradas mejillas al servirle el criado un frutero de
cristal donde se apiñaban, negreando de tan maduras, las últimas cerezas.
Lo demudado de la cara, el movimiento nervioso de la
mano crispada al rechazar el frutero, eran inequívocos, y no podían proceder
únicamente de repugnancia de su paladar a la sabrosa fruta; delataban algo más:
una especie de horror, que sólo originan muy hondas causas morales. Apunté la
observación y resolví salir cuanto antes de la curiosidad. Una hora después
charlaba confidencialmente con el párroco, recorriendo la larga calle de
castaños que rodea como un cinturón de sueltos cabos flotantes el soto.
Antes de resumir el relato del cura, debo decir que
nuestro clero rural tiene en él un representante muy típico. Sencillo, encogido
y hasta rudo en sus maneras; nada gazmoño, según se demostrará en esta historia;
más hombre que eclesiástico y más aldeano que burgués; más positivo que
idealista, y asaz incorrecto en esas exterioridades que el clero de otras
naciones tanto cultiva y estudia, el párroco de Gondar -como muchos curas de
aldeas en España- conserva en su corazón, sin hacer de ello pizca de alarde, un
convencimiento del deber que en momentos críticos y en casos extremos puede
convertirle en mártir y en héroe. Del pueblo en su origen, tienen las
condiciones y también las virtudes del pueblo.
-Ya me da rabia -decíame el párroco bajando los ojos y
frunciendo las cejas- que se me note tanto la impresión que la vista de las
cerezas me produce. ¡Hay que vencerse, caramba! Y, o poco he de poder, o llegaré
a comerme sin escrúpulos una libra de esas cerezas de pateta..., que, si me
descuido, me cuestan el alma o la vida.
-¿El alma... o la vida, nada menos? -repetí con
sorpresa e interés.
-Nada menos. ¿Qué tiene de extraño? ¿No perdió Esaú,
por un plato de lentejas, su derecho de primogenitura y el porvenir de toda su
casta? Pues las cerezas aún saben mejor que las lentejas, que sólo para dar
flato sirven.
Conformes en la superioridad de la cereza comparada a
la lenteja, y viéndome que esperaba atentamente la historia, el párroco tomó la
ampolleta muy gustoso:
-Ha de saber usted que allá, hará unos siete años, no
estaba yo en la mejor armonía con el coadjutor de mi parroquia... No soy el
único cura a quien esto le sucede, y siempre ha de haber rencillas en el mundo,
mientras los hombres no se vuelvan ángeles... Al decir que no estaba en la mejor
armonía, debí decir que no estábamos propiamente como el gato y el perro... No
quiero hacer mi apología; pero a la verdad, él tenía la culpa; él era más artero
y más zorro que yo..., y supo maquinar una conjuración tan hábil, que puso en
contra mía a todos los feligreses, tanto, que tuve soplo que no debía salir de
noche porque era fácil que detrás de un vallado me soltasen, ¡pum!, un tiro.
También me avisaron de que algún día me matarían a palos, fingiendo una de esas
riñas que se arman entre borrachos en las fiestas. El granuja hizo correr la voz
de que yo había jurado dejar sin misa a la gente el día más solemne y con estas
y otras infinitas artimañas, que sería muy largo contar, logró aislarme y
colocarme en situación muy penosa para un cura.
Cada cual tiene su defecto: yo soy algo terco y muy
soberbio; por eso me desdeñé de refutar las calumnias de mi enemigo, y fui
consintiendo que se les diese crédito, y hasta por tema y fanfarronería -era uno
entonces más muchacho que ahora y corría la sangre más caliente y más
alborotada- me dejé decir que sí, que dejaría sin misa a la parroquia cuando se
me antojase, y a ver si había hombre para pedirme cuentas de eso ni de cosa
ninguna. Por aquí vino el daño que pudo suceder...; por aquí y por las cerezas
malditas.
El día del Sacramento, los mozos de la aldea
dispusieron costear una función con misa, y para darme en cara quisieron que se
celebrase en la iglesia del anejo. Yo tenía que asistir, claro es, y concluida
mi misa mayor monté a caballo sin volver a la rectoral, porque en el anejo me
esperaría, según costumbre, la «parva» o desayuno. Al llegar cerca de la iglesia
noté que estaba la gente toda en remolino y que, al verme, los mozos prorrumpían
en gritos y amenazas y levantaban las varas, bisarmas y palos como para herirme.
No me asusté; pasé entre ellos, y apeándome a la puerta de la sacristía, entré.
Allí no había nadie; sin duda andaban por la iglesia disponiendo la función.
Sobre los cajones en que se guardan los ornatos vi un pañuelo desatado y lleno
de cerezas hermosísimas. Yo venía acalorado; el gaznate se me resecaba del polvo
y también del berrinche; las cerezas convidaban, de tan frescas y tan maduras...
Alargué la mano y me comí tres de un gajo solo. Apenas las había tragado,
apareció en la puerta interior mi enemigo, como si saliese de debajo de tierra,
y, sin mirarme, medio escondiendo la cara, me dijo (parece que aún le oigo
aquella voz tan falsa y sorda):
-Ahí viene el sacristán... Puede revestirse para misar,
que todo está ya preparado...
¡Revestirme! Vamos, en el primer momento me quedé hecho
un santo de piedra. Vi que había caído en la trampa y sólo tuve ánimos para
preguntar, así, todo tartamudo:
-¡Misar! Pero ¡si ésta la dice usted!...
Y el gran embustero, muy sereno:
-Estuve enfermo de cólico por la mañana, y tuve que
tomar medicinas... Ya le mandé allá recado de que hoy doblaba usted.
-¿Recado? Ningún recado se ha recibido.
-Pues fue allá el Cuco bien temprano.
Yo sabía que el tal Cuco era el paniaguado y compinche
de mi enemigo, y no necesité más para comprender la asechanza.
-Pues no llegó -grité ya atufado y muy sobre mí.
-Pues no importa -contestó el bribón (¡Dios me
perdone!)- porque usted vendrá en ayunas.
Mire usted, el tantarantán de furia que me entró al oír
esto parecía un ataque de alferecía: los dientes míos sonaban como castañuelas.
Me habían cazado lo mismo que una liebre. ¡Cogido, cogido! No me cabía duda;
detrás de la puerta me atisbaba mi enemigo, y así que me vio comer las tres
cerezas, apareció, seguro ya de atraparme.
Bien combinado: o mi vida, que me la quitarían a palos
los mozos -se les oía jurar, y maldecir, y bramar detrás de la puerta- o mi
alma, que iba a matar cometiendo un sacrilegio horrible... Aquí no valen
bravatas; la verdad pura; yo titubeaba; el sudor me corría en gotas por la
frente abajo, y era frío, frío, lo mismo que la escarcha; la vista se me turbaba
y el corazón se me encogía como si lo apretasen poco a poco en una prensa de
hierro...
Aquello no sé si duró un segundo o diez minutos; porque
hay ocasiones en que el tiempo no se calcula. «Usted está en ayunas», repetía el
malvado para tentarme... Pero, ¡qué pateta!, una cosa es ser pecador e
imperfectísimo y otra que, cuando se trata del Cuerpo y de la Sangre de Nuestro
Señor Jesucristo, no le tiemblen a uno de respeto las carnes... Me acordé de lo
que es la misa... Cesé de sudar, se me aclararon los ojos, se me puso expedita
la lengua y descarándome con mi enemigo, le dije así..., no sé de qué manera...:
creo que con una especie de alegría y de afán de padecer:
-No estoy en ayunas, no... He comido tres cerezas de
las que usted puso ahí... ¡Si tiene usted conciencia, hará que no me rompan el
alma, y si no..., ya sé que me espera la misericordia de Dios, porque no he
querido hacerme reo de su Cuerpo sacratísimo! Que vengan, que me trituren...
¡Hay otra vida, y en ella le aguardo!
No sé si fueron estas mismas las palabras ni sabría
ahora pronunciarlas como en aquel trance; lo cierto es que el hombre se me quedó
así, parado, sobrecogido... Su cara cambió de expresión, y para mí, le entró el
mismo sudor que acababa de quitárseme y le castañetearon también los dientes...,
hasta que, en un arrebato, se me echa de rodillas y me dice:
-Absuélvame, reconcílieme, que voy a misar... Fue
verdad lo del cólico; pero no lo de las medicinas... Yo sí que estoy en
ayunas...
Le absolví; dijo su misa...; ayudé a la función..., y
tan campantes. Sólo que cuando veo una cereza se me aprieta la garganta como si
aún estuviésemos en la sacristía y se oyesen tras la puerta los reniegos de los
que querían escabecharme...
-¿Y no fue usted, desde ese día, amigo del coadjutor?
-pregunté con emoción y gozo.
-¡Sí, amigos! Al llegar las elecciones ya me preparó
siete emboscadas diarias. Sólo estuvimos en paz aquel minuto, que se colocó
entre nosotros Cristo Nuestro Señor... |
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El Santo Grial
Aquella madrugada, al recostarse, más cerca de las
cuatro que de las tres, en el diván del Casino, Raimundo, sin saber a qué
atribuirlo, sintió hondamente el tedio de la existencia. Echada la cabeza atrás,
aspirando un cigarrillo turco de ésos que contienen ligera dosis de opio, entró
de lleno en los limbos del fastidio desesperanzado. Al advertir los pródromos
del ataque de tan siniestra enfermedad, revivió mentalmente la jornada, analizó
sus existencia y adquirió la certeza de que, en su lugar, otro hombre se
consideraría dichoso.
¿Qué había hecho? Levantándose a las once, después de
un sueño algo agitado, las pesas, las fricciones, el masaje, el baño, el aseo,
los cuidados de una higiene egoísta y minuciosa duraron hasta la hora del
almuerzo. Éste fue delicado, selecto, compuesto de manjares sólidos sin pesadez,
que ahorran trabajos digestivos y reponen las fuerzas vitales.
En pos del almuerzo, ejercicio y sport; paseo en coche
de guiar, la tónica acción del aire puro que azota el rostro, la alegría de la
claridad, la animación de las calles, el fresco verdor de los parques públicos,
ya embalsamados por la florescencia blanca y rosa de la acacia... Luego, apearse
a la puerta del Congreso, y hora y media de intencionada esgrima en la sección,
donde Raimundo, con su cultura y sus ideas personales, estaba formándose un
núcleo de amigos, la base de una posición política, una aureola para los años de
madurez. Y a casa a escape, a vestirse, habiendo de sentarse a la mesa de la
señora de Armería... Comida encantadora, organizada con la habilidad y tino
social que a la de Armería distingue; doce personas que todas simpatizan y
tienen gusto en reunirse, pero no tan íntimas que se cansen de verse juntas; dos
políticos de talla, un sabio académico, un artista famoso muy huraño y por lo
mismo apetecido; un diplomático extranjero, ya españolizado y del género ameno,
y algunas señoras de alto copete o de singular hermosura y elegancia...
La casualidad, siempre complaciente y buena, quiso que
entre estas últimas se contase una muy especial amiga de Raimundo; por
casualidad también salieron a la vez casi, y como Raimundo no tenía coche allí y
la calle no era céntrica, ofreció la dama a su acompañante un asiento. Al llegar
aquí, los recuerdos de Raimundo, con ser tan recientes, se confundieron y
embrumaron, como si los velase de niebla el humo azul del cigarrillo turco que
contenía opio... Sólo distinguía bien un conocido perfume de white rose adherido
a su ropa, y sólo podía precisar con exactitud que a cosa de las dos entró en el
casino y jugó su partida de poker, y ahora, después de rápida ojeada a los
diarios, estaba allí, invadido por un hastío mortal, detestando la realidad, el
momento, el punto del espacio en que se determinaba su existir; criticando
implacablemente, con dolorosa exasperación, el vacío de los goces materiales de
la civilización, enervante, que no basta, que irrita la concupiscencia del
espíritu al satisfacer la del cuerpo. «Yo he comido, he bebido y me he recreado,
pero hay algo en mí que tiene hambre, y sed, y se queja, y llora...»
Sobre todo lo sucedido durante el día; sobre las
impresiones, en su mayor parte físicas, destacábase una del orden intelectual
referente a cierta conversación oída a la hora del café, en el gabinete Luis XVI
de la señora de Armería. El artista -un gran músico- hablaba con el académico
del simbolismo de Wagner. Trataban del palacio o basílica del Santo Grial, y el
académico afirmaba que era una idea de los Templarios, empeñados en construir el
misterioso templo de Salomón y encerrar en él la clave y el significado de la
creación entera. «Allí -decía el sabio- supusieron que había de custodiarse el
vaso de la redención, nada menos que el Santo Grial, que contiene líquida,
fresca y ardiente la sangre de Cristo, recogida por José de Arimatea. ¿No nota
usted qué simbolismo tan precioso? ¿Y no le encanta el sentido profundo de la
condición impuesta a los que han de ver con sus ojos el invisible Grial? Para
ver el Grial es estrictamente necesario...» Raimundo recordó que, al llegar
aquí, la señora a quien después acompañó, la que olía a white rose, le había
llamado, golpeándole suavemente en la manga del frac con el abanico. «Dígame
usted qué hay del lance de la Jaruco con la Lobatilla, anoche en el teatro...
Parece que fue delicioso...» Y Raimundo, mientras el cigarrillo turco se
consumía, experimentaba una indefinible desazón, angustia, pena; un anhelo
vehemente por enterarse de lo que es necesario si se ha de ver, con los ojos de
la cara y después con los ojos del alma, el invisible Grial...
Entornando los párpados, Raimundo perdió de vista el
salón del Casino, su lujo vulgar, sus dorados insolentes, sus cortinajes de
tapicería industrial y moderna, su alumbrado eléctrico excesivo; y, poco a poco,
con la lentitud de los fenómenos naturales, cambió la decoración y, sobre el
fondo del éter, surgió un edificio singular y espléndido. Era redondo como el
planeta que habitamos, y tan alto que su cúpula majestuosa se confundía con las
nubes. Por su bóveda de un azul de zafiro, tachonada de brillantes, giraban un
disco grande de oro y otro más pequeño, de plata, representación del sol y la
luna; y al girar, producían los discos una música a maravilla armoniosa y dulce,
que casi no se escuchaba sino con la mente. El suelo del edificio, revestido de
traslúcido y refulgente cristal, mostraba en relieve peces, monstruos marinos,
rocas, algas y corales, representando la extensión y variedad del Océano.
Correspondiendo a los cuatro puntos cardinales, las
estatuas de oro de los cuatro evangelistas decoraban el pórtico del edificio, y
por vidrieras esmaltadas, fijas en ventanas góticas del trabajo más exquisito,
entraba la luz, refractándose y descomponiéndose en las franjas de pedrería que
se engastaban en las paredes. Trepaba por éstas, caprichosamente entrelazada a
las columnas, colgando sus festones por las arcadas hasta la altura de la
bóveda, una asombrosa vid; sus hojas eran de esmeralda y los racimos de granate,
pero tan redondos y bien tallados, que parecían uvas verdaderas llenas y
maduras. Raimundo sintió impulsos de extender la mano, coger un racimo y
refrigerarse... «Es el templo del Santo Grial, no hay duda -discurría Raimundo-,
y ahí, en el centro, donde se condensa una nube blanca, aljofarada, como formada
de gotitas de rocío; sobre ese pedestal de ónice debe de encontrarse el vaso
divino de que oí hablar y que contiene la Sangre..., el Grial mismo». Impulsado
por esta idea, acercóse, alargó los brazos para disipar la nubecilla, y el
rocío, en perlitas menudas, le mojó las manos y el rostro; pero nada vio;
cegábale la humedad, y el rocío corría por sus mejillas a manera de un arroyo de
llanto.
Mientras se desesperaba y maldecía, he aquí que vienen
lentamente, de los cuatro puntos cardinales señalados por estatuas de oro,
largas teorías de figuras vestidas de blanco, de rojo, de ricos tisúes, de
andrajos míseros. Cantando himnos de gozo, dirígense al santuario en que
Raimundo sólo encontraba lágrimas, y llegados al pie de la nube, se postran,
adoran, alzan las manos con extático terror, o cruzan los brazos sobre el pecho,
dando, en fin, muestras de contemplar algo celeste que los sumía en transportes
de beatitud.
Acercóse Raimundo a uno de los devotos, muchacho como
de quince años, pálido, demacrado, ascético, capullo marchito por el hielo antes
de abrirse, y le preguntó humildemente:
-¿Dónde estamos? ¿Cómo se llama este edificio tan
admirable?
El adolescente, sin alzar los ojos, respondió:
-Se llama el palacio del Santo Grial, representación
del universo. ¡Es un símbolo! Todo lo creado es palacio del Santo Grial para las
almas puras y los corazones fervorosos. Dondequiera encontraremos este palacio:
mejor dicho, lo llevamos en nuestra compañía.
-¿Y la nube? -insistió Raimundo-. ¿Qué hay detrás de
ella?
-¿Nube? -replicó el adolescente-. ¡Pobre ciego! ¡Si ahí
no existe nube! ¡Si ahí resplandece el Grial, el vaso sacrosanto! -y su voz, al
decirlo, temblaba de amor y de alegría, de compasión y de fervor.
-¡El Grial! -exclamó Raimundo-. ¡Debo de estar ciego,
sí; ciego del todo! ¡Por caridad!, ¡oh bienaventurado!, ¡dime... dime qué se
necesita para ver el Santo Grial!
El jovencillo clavó en Raimundo sus pupilas color de
amatista, y con piedad inmensa, con una caridad que encendía su mirar,
arrancándole destellos de piedra preciosa, pronunció:
-¡Se necesita no ser pagano!...
Y Raimundo, ya despierto, saltó en el diván y oyó el
choque de los tacos y el sordo rodar de las bolas de marfil, y las risas, y las
voces, y percibió los efluvios del conocido perfume de white rose, que le
causaron náusea... |
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El talismán
La presente historia, aunque verídica, no
puede leerse a la claridad del sol. Te lo advierto, lector, no vayas
a llamarte a engaño: enciende una luz, pero no eléctrica, ni de gas
corriente, ni siquiera de petróleo, sino uno de esos simpáticos
velones típicos, de tan graciosa traza, que apenas alumbran, dejando
en sombra la mayor parte del aposento. O mejor aún: no enciendas
nada; salte al jardín, y cerca del estanque, donde las magnolias
derraman efluvios embriagadores y la luna rieles argentinos, oye el
cuento de la mandrágora y del barón de Helynagy.
Conocí a este extranjero (y no lo digo por
prestar colorido de verdad al cuento, sino porque en efecto le
conocí) del modo más sencillo y menos romancesco del mundo: me lo
presentaron en una fiesta de las muchas que dio el embajador de
Austria. Era el barón primer secretario de la Embajada; pero ni el
puesto que ocupaba, ni su figura, ni su conversación, análoga a la
de la mayoría de las personas que a uno le presentan, justificaban
realmente el tono misterioso y las reticentes frases con que me
anunciaron que me lo presentarían, al modo con que se anuncia algún
importante suceso.
Picada mi curiosidad, me propuse observar
al barón detenidamente. Parecióme fino, con esa finura engomada de
los diplomáticos, y guapo, con la belleza algo impersonal de los
hombres de salón, muy acicalados por el ayuda de cámara, el sastre y
el peluquero -goma también, goma todo-. En cuanto a lo que valiese
el barón en el terreno moral e intelectual, difícil era averiguarlo
en tan insípidas circunstancias. A la media hora de charla volví a
pensar para mis adentros: «Pues no sé por qué nombran a este señor
con tanto énfasis.»
Apenas dio fin mi diálogo con el barón,
pregunté a diestro y siniestro, y lo que saqué en limpio acrecentó
mi curioso interés. Dijéronme que el barón poseía nada menos que un
talismán. Sí, un talismán verdadero: algo que, como la «piel de
zapa» de Balzac, le permitía realizar todos sus deseos y salir
airoso en todas sus empresas. Refiriéronme golpes de suerte
inexplicables, a no ser por la mágica influencia del talismán. El
barón era húngaro, y aunque se preciaba de descender de Tacsonio, el
glorioso caudillo magiar, lo cierto es que el último vástago de la
familia Helynagy puede decirse que vegetaba en la estrechez,
confinado allá en su vetusto solar de la montaña. De improviso, una
serie de raras casualidades concentró en sus manos respetable
caudal: no sólo se murieron oportunamente varios parientes ricos,
dejándole por universal heredero, sino que al ejecutar reparaciones
en el vetusto castillo de Helynagy, encontróse un tesoro en monedas
y joyas. Entonces el barón se presentó en la corte de Viena, según
convenía a su rango, y allí se vieron nuevas señales de que sólo una
protección misteriosa podía dar la clave de tan extraordinaria
suerte. Si el barón jugaba, era seguro que se llevaba el dinero de
todas las puestas; si fijaba sus ojos en una dama, en la más
inexpugnable, era cosa averiguada que la dama se ablandaría.
Tres desafíos tuvo, y en los tres hirió a
su adversario; la herida del último fue mortal, cosa que pareció
advertencia del Destino a los futuros contrincantes del barón.
Cuando éste sintió el capricho de ser ambicioso, de par en par se le
abrieron las puertas de la Dieta, y la secretaría de la Embajada en
Madrid hoy le servía únicamente de escalón para puesto más alto.
Susurrábase ya que le nombrarían ministro plenipotenciario el
invierno próximo.
Si todo ello no era patraña, efectivamente
merecía la pena de averiguar con qué talismán se obtienen tan
envidiables resultados; y yo me propuse saberlo, porque siempre he
profesado el principio de que en lo fantástico y maravilloso hay que
creer a pie juntillas, y el que no cree -por lo menos desde las once
de la noche hasta las cinco de la madrugada-, es tuerto del cerebro,
o sea medio tonto.
A fin de conseguir mi objeto, hice todo lo
contrario de lo que suele hacerse en casos tales; procuré conversar
con el barón a menudo y en tono franco, pero no le dije nunca
palabra del talismán. Hastiado probablemente de conquistas amorosas,
estaba el barón en la disposición más favorable para no pecar de
fatuo y ser amigo, y nada más que amigo, de una mujer que le tratase
con amistosa franqueza. Sin embargo, por algún tiempo mi estrategia
no surtió efecto alguno: el barón no se espontaneaba, y hasta
percibí en él, más que la insolente alegría del que tiene la suerte
en la mano, un dejo de tristeza y de inquietud, una especie de negro
pesimismo. Por otro lado, sus repetidas alusiones a tiempos pasados,
tiempos modestos y oscuros, y a un repentino encumbramiento, a una
deslumbradora racha de felicidad, confirmaban la versión que corría.
El anuncio de que había sido llamado a Viena el barón y que era
inminente su marcha, me hizo perder la esperanza de saber nada más.
Pensaba yo en esto una tarde, cuando
precisamente me anunciaron al barón. Venía, sin duda, a despedirse y
traía en la mano un objeto que depositó en la mesilla más próxima.
Sentóse después, y miró alrededor como para cerciorarse de que
estábamos solos. Sentí una emoción profunda, porque adiviné con
rapidez intuitiva, femenil, que del talismán iba a tratarse.
-Vengo -dijo el barón- a pedirle a usted,
señora, un favor inestimable para mí. Ya sabe usted que me llaman a
mi país, y sospecho que el viaje será corto y precipitado. Poseo un
objeto..., una especie de reliquia..., y temo que los azares del
viaje... En fin, recelo que me lo roben, porque es muy codiciada, y
el vulgo le atribuye virtudes asombrosas. Mi viaje se ha divulgado;
es muy posible que hasta se trame algún complot para quitármela. A
usted se la confío; guárdela usted hasta mi vuelta, le seré deudor
de verdadera gratitud.
¡De manera que aquel talismán precioso,
aquel raro amuleto estaba allí, a dos pasos, sobre un mueble, e iba
a quedar entre mis manos!
-Tenga usted por seguro que si la guardo,
estará bien guardada -respondí con vehemencia-; pero antes de
aceptar el encargo quiero que usted me entere de lo que voy a
conservar. Aunque nunca he dirigido a usted preguntas indiscretas,
sé lo que se dice, y entiendo que, según fama, posee usted un
talismán prodigioso que le ha proporcionado toda clase de venturas.
No lo guardaré sin saber en qué consiste y si realmente merece tanto
interés.
El barón titubeo. Vi que estaba perplejo y
que vacilaba antes de resolverse a hablar con toda verdad y
franqueza. Por último, prevaleció la sinceridad, y no sin algún
esfuerzo, dijo:
-Ha tocado usted, señora, la herida de mi
alma. Mi pena y mi torcedor constante es la duda en que vivo sobre
si realmente poseo un tesoro de mágicas virtudes, o cuido
supersticiosamente un fetiche despreciable. En los hijos de este
siglo, la fe en lo sobrenatural es siempre torre sin cimiento; el
menor soplo de aire la echa por tierra. Se me cree «feliz», cuando
realmente no soy más que «afortunado»: sería feliz si estuviese
completamente seguro de que lo que ahí se encierra es, en efecto, un
talismán que realiza mis deseos y para los golpes de la adversidad;
pero este punto es el que no puedo esclarecer. ¿Qué sabré yo decir?
Que siendo muy pobre y no haciendo nadie caso de mí, una tarde pasó
por Helynagy un israelita venido de Palestina, y se empeñó en
venderme eso, asegurándome que me valdría dichas sin número. Lo
compré..., como se compran mil chucherías inútiles..., y lo eché en
un cajón. Al poco tiempo empezaron a sucederme cosas que cambiaban
mi suerte, pero que pueden explicarse todas..., sin necesidad de
milagros -aquí el barón sonrió y su sonrisa fue contagiosa-. Todos
los días -prosiguió recobrando su expresión melancólica- estamos
viendo que un hombre logra en cualquier terreno lo que se merece...,
y es corriente y usual que duelistas inexpertos venzan a
espadachines famosos. Si yo tuviese la convicción de que existen
talismanes, gozaría tranquilamente de mi prosperidad. Lo que me
amarga, lo que me abate, es la idea de que puedo vivir juguete de
una apariencia engañosa, y que el día menos pensado caerá sobre mí
el sino funesto de mi estirpe y de mi raza. Vea usted cómo hacen mal
los que me envidian y cómo el tormento del miedo al porvenir
compensa esas dichas tan cacareadas. Así y todo, con lo que tengo de
fe me basta para rogar a usted que me guarde bien la cajita...,
porque la mayor desgracia de un hombre es el no ser escéptico del
todo, ni creyente a machamartillo.
Esta confesión leal me explicó la tristeza
que había notado en el rostro del barón. Su estado moral me pareció
digno de lástima, porque en medio de las mayores venturas le mordía
el alma el descreimiento, que todo lo marchita y todo lo corrompe.
La victoriosa arrogancia de los hombres grandes dimanó siempre de la
confianza en su estrella, y el barón de Helynagy, incapaz de creer,
era incapaz asimismo para el triunfo.
Levantóse el barón, y recogiendo el objeto
que había traído, desenvolvió un paño de raso negro y vi una cajita
de cristal de roca con aristas y cerradura de plata. Alzada la
cubierta, sobre un sudario de lienzo guarnecido de encajes, que el
barón apartó delicadamente, distinguí una cosa horrible: un
figurilla grotesca, negruzca, como de una cuarta de largo, que
representaba en pequeño el cuerpo de un hombre. Mi movimiento de
repugnancia no sorprendió al barón.
-¿Pero qué es este mamarracho? -hube de
preguntarle.
-Esto -replicó el diplomático- es una
maravilla de la Naturaleza; esto no se imita ni se finge; esto es la
propia raíz de la mandrágora, tal cual se forma en el seno de la
tierra. Antigua como el mundo es la superstición que atribuye a la
mandrágora antropomorfa las más raras virtudes. Dicen que procede de
la sangre de los ajusticiados, y que por eso de noche, a las altas
horas, se oye gemir a la mandrágora como si en ella viviese cautiva
un alma llena de desesperación. ¡Ah! Cuide usted, por Dios, de
tenerla envuelta siempre en un sudario de seda o de lino: sólo así
dispensa protección la mandrágora.
-¿Y usted cree todo eso? -exclamé mirando
al barón fijamente.
-¡Ojalá! -respondió en tono tan amargo que
al pronto no supe replicar palabra.
A poco el barón se despidió repitiendo la
súplica de que tuviese el mayor cuidado, por lo que pudiera suceder,
con la cajita y su contenido. Advirtióme que regresaría dentro de un
mes, y entonces recobraría el depósito.
Así que cayó bajo mi custodia el talismán,
ya se comprende que lo miré más despacio; y confieso que si toda la
leyenda de la mandrágora me parecía una patraña grosera, una vil
superstición de Oriente, no dejó de preocuparme la perfección
extraña con que aquella raíz imitaba un cuerpo humano. Discurrí que
sería alguna figura contrahecha, pero la vista me desengañó,
convenciéndome de que la mano del hombre no tenía parte en el
fenómeno, y que el homunculus era natural, la propia raíz según la
arrancaran del terreno. Interrogué sobre el particular a personas
veraces que habían residido largo tiempo en Palestina, y me
aseguraron que no es posible falsificar una mandrágora, y que así,
cual la modeló la Naturaleza, la recogen y venden los pastores de
los montes de Galaad y de los llanos de Jericó.
Sin duda la rareza del caso, para mí
enteramente desconocido, fue lo que en mal hora exaltó mi fantasía.
Lo cierto es que empecé a sentir miedo o, al menos, una repulsión
invencible hacia el maldito talismán. Lo había guardado con mis
joyas en la caja fuerte de mi propio dormitorio; y cátate que me
acomete un desvelo febril, y doy en la manía de que la mandrágora
dichosa, cuando todo esté en silencio, va a exhalar uno de sus
quejidos lúgubres, capaces de helarme la sangre en la venas. Y el
ruido más insignificante me despierta temblando y, a veces, el
viento que mueve los cristales y estremece las cortinas se me antoja
que es la mandrágora que se queja con voces del otro mundo...
En fin, no me dejaba vivir la tal
porquería, y determiné sacarla de mi cuarto y llevarla a una
cristalera del salón, donde conservaba yo monedas, medallas y
algunos cachivaches antiguos. Aquí está el origen de mi eterno
remordimiento, del pesar que no se me quitará en la vida. Porque la
fatalidad quiso que un criado nuevo, a quien tentaron las monedas
que la cristalera encerraba, rompiese los vidrios, y al llevarse las
monedas y los dijes, cargase también con la cajita del talismán. Fue
para mí terrible golpe. Avisé a la Policía; la Policía revolvió
cielo y tierra; el ladrón pareció, sí señor, pareció; recobráronse
las monedas, la cajita y el sudario... pero el talismán confesó mi
hombre que lo había arrojado a un sumidero de alcantarilla, y no
hubo medio de dar con él, aun a costa de las investigaciones más
prolijas y mejor remuneradas del mundo.
-¿Y el barón de Helynagy? -pregunté a la
dama que me había referido tan singular suceso.
-Murió en un choque de trenes, cuando
regresaba a España -contestó ella más pálida que de costumbre y
volviendo el rostro.
-¿De modo que era talismán verdadero
aquel...?
-¡Válgame Dios! -repuso-. ¿No quiere usted
concederle nada a las casualidades? |
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Reconciliación
-Yo la aborrecía como el que más -dijo el semifilósofo-,
¡y cuidado que la aborrecen los mortales! Pero se me figura que mi odio revestía
un carácter especial de violencia y desprecio. No sólo me parecía horrible, sino
antipáticamente ridícula, y me burlaba de sus gestos, del aparato que la rodea,
de los versos y artículos que inspira, de las industrias que sostiene, de las
carrozas figurando templetes, de los cocheros y lacayos «a la Federica»; de las
coronas de siemprevivas y violetas de trapo que parecen roscones; de los
pensamientos tamaños como berzas sobre cuyas negras hojas reluce, adherido con
goma arábiga, un descomunal lagrimón de vidrio... Groseras representaciones
simbólicas, que me inspiraban en vez de respeto, mofadora risa, y que me hacían
exclamar al encontrarme por las calles un entierro: «Ahí va la última mascarada.
Como «me lleven» así..., soy capaz de resucitar y de dar el disgusto magno a mis
herederos.»
Quizá «ella» se enteró de que yo la detestaba tan seria
y encarnizadamente. Lo cierto es que una noche, de verano y muy apacible,
encontrándome en perfecta salud y sin acordarme para nada de la desagradable
acreedora de la Humanidad, como me entretuviese en el jardín respirando el suave
aroma de los dondiegos y las madreselvas, y recreándome en la fantástica forma
que presta la luna a los árboles y a las lejanías, de pronto vi a la Muerte, a
la Muerte en persona, sentada a mi verita, en el mismo banco, y clavando en mí
sus profundos ojos de esfinge.
¿Que cómo supe que era la Muerte? ¡Bah! Se la conoce en
seguida, ni más ni menos que si la estuviésemos tratando a todas horas. No
creáis, sin embargo, que la Muerte se me presentó como suelen pintarla, reducida
al estado del mondo esqueleto, armado con una guadaña, sosteniendo un reloj de
arena, enseñando los dientes amarillos y entrechocando pavorosamente los huesos.
Ésas son fantasías de poetas y pintores. No se necesita reflexionar mucho para
comprender que entre lo que llamamos «muerte» y el período en que el cuerpo se
convierte en esqueleto pelado media una distancia grande, que sólo salva la
imaginación, y que significar la Muerte por medio de una armazón óseo, es como
si figurásemos el nacimiento con un poquillo de albúmina o un germen invisible.
La Muerte que se me apareció era una bella mujer con
todas sus carnes, mórbidas y frescas aún, si bien descoloridas. A no ser por la
palidez intensa de la cara y los brazos, que llevaba descubiertos, la Muerte
parecería vivir. Sus pupilas grandes, fijas y dilatadas, miraban de un modo
interrogador. Vestía -según pude distinguir a la clara luz de la luna- de una
gasa color azul de cielo salpicada de puntitos menudos que relucían como
estrellas. Desde que se presentó a mi lado, la templada atmósfera se enfrió,
como si soplase una brisa húmeda y glacial.
Al pronto no me atreví a interrogarla. Estoy seguro de
que a ti, lector, te sucedería lo mismo: la Muerte, vista de cerca, por más que
se adorne, y componga, siempre infundirá una miaja de respeto..., es decir, de
asco. Y advirtiendo ella lo que me sucedía, se adelantó a hablarme con voz
sumamente dulce, insinuante y melodiosa, que suscitaba el presentimiento o el
recuerdo del sonido delicadísimo de una flauta de plata.
-He venido -dijo blandamente- a que hagamos las paces.
No me avengo a que todos me miren con repugnancia y a que sea mi nombre un
espantajo. ¡Qué injusticia! De venir al mundo deberían espantarse los hombres;
pero... ¿de salir de él? Y mira, será chiquillada: lo que más me duele es que me
llamen fea. Dime sinceramente: ¿soy fea yo? ¿No es mucho más feo al nacer; no es
más prosaico, más doloroso, más sucio, más difícil, hasta más ridículo? Piensa
cómo se nace y cómo se muere, y manifiéstame tu opinión. Muertes bellas,
heroicas, grandiosas, recordarás infinitas; nacimiento heroico no sé de ninguno.
El hombre, cuando nace, sólo afirma su existencia orgánica. Al morir, en cambio,
¡cuántas cosas grandes se han afirmado generosamente: ideas altas y nobles,
santas creencias, sentimientos ardientes y profundos! ¿No es cierto que hay
vidas que no tienen más valor ni más significación que la que yo vengo a
prestarles en un momento supremo? Hubo hombres -a centenares- que sólo viven
porque murieron bien.
-Estoy enterado -contesté de mala gana-. Un bel
morir... como dijo no sé quién... Y a fe que no soy el único que ignora quién
dijo esa sobada frase. Tu tienes razón, hermana Muerte; pero, mira, no lo
podemos remediar; no nos haces gracia. Desde que estás ahí, ¡por ejemplo!,
siento frío y se me ha encogido el corazón.
-Sin embargo, apostaré a que me vas encontrando menos
fea, y, sobre todo, ya no te parezco risible. Estoy segura de llegar a
agradarte, a conquistarte, si me sigues tratando. ¡Quién sabe! ¡Podrás amarme
quizá! En eso me diferencio también de la Vida. A ésta se la recibe con alegría
y alborozo; se espera de ella todo lo bueno, todo lo apetecible, las cosas más
bonitas y seductoras... Y pregúntale a tus semejantes, pregúntate a ti mismo, si
la insolente ladrona desuellacaras cumple lo que prometió. ¡Pregunta, sí, si
alguien queda satisfecho de ella, si hay quien no la maldiga, si hay quien,
después de arrancarle la máscara, se aviene a recibirla de nuevo con su secuela
de dolores, berrinches y aburrimiento intolerable! En cambio, ¿quién se queja de
mí? ¡Observa cómo los que yo me llevo dejan traslucir en sus facciones
inexplicable alivio, expresión de conformidad, de sosiego dulce y plácido! Es
que yo les colmo a todos las medidas. Doy a cada cual lo que soñó.
-Eres una elocuente abogada -respondí a la Muerte
procurando desviarme de ella con disimulo-, y casi me vas persuadiendo; sin
embargo, hay en ti algo difícil de soportar, y es eso de que no sepamos adónde
nos conduces.
-¿Será a sitios peores que la Tierra?
-Imposible -respondí con gran fe.
-La palabra que acabas de pronunciar es la condena de
la vida -respondió la mujer pálida, fascinándome con sus enigmáticos ojos y
atrayéndome como atrae lo desconocido, hasta tal punto que, involuntariamente,
me acerqué a ella; y notándolo, me sonrió, y me pasó por la cara unas flores
marchitas que olían a cera y a incienso. Al respirarlas, empecé a sentir que la
Muerte es una sirena.
-Lo que no te perdono -exclamé reaccionando- es tu
maldad, tu impía y cruel acción de llevarte a los que amamos. Comprendo que si
me llevas no resistiré ni protestaré; pero, ¡ay de ti si te acercas a los seres
preferidos! ¿Cómo no quieres que te maldigan los que te ven llegar tranquila e
inevitable, cuchillo en mano, para separarle el corazón en dos mitades, llevarte
la una y dejar la otra aquí llorando gotas de sangre y hiel? Vamos, Muerte,
ahora sí que no tienes nada que alegar en tu defensa. Jamás nos reconciliaremos
contigo si tocas a un pelo de la cabeza sagrada. Por eso te llamamos tirana y
odiosa; por eso tu aspecto nos crispa y nos indigna, y nunca nos habituaremos a
ti, maldición de Dios que pesa sobre nosotros.
La mujer del rostro pálido permaneció algún tiempo
callada, sin contestar a mi invectiva. Al fin, lentamente, puso mano de hielo en
mi hombro y dijo con acento que penetraba hasta las últimas capas del cerebro:
-Es cierto que separo a los que se aman, que desanudo
los brazos, que aíslo las bocas, que pongo entre los cuerpos la valla de bronce
del sepulcro, que traigo al espíritu la indiferencia, a la memoria el sopor, que
me río irónicamente de los juramentos en que se invocó la eternidad, y que el
llanto no me apiada, ni el dolor me importa... Pero ¡en cambio!...
-En cambio..., ¿qué? No hay beneficio que tanto daño
pueda compensar.
-Sí lo hay. En cambio..., ¡óyeme bien!... Soy la
vengadora segura, infalible, que nunca falta. Tarde o temprano cumplo los
sacrílegos deseos y entrego al enemigo la cabeza del enemigo.
Y pasó por la faz de mármol de la muerte una vaga
sonrisa de complicidad con la pasión, pasión que en aquel momento sentí con
rubor que me subyugaba. Reconciliado enteramente con el espectro, le tendí los
brazos en un transporte de rencor satisfactorio y de feroz alegría... Y no tuve
tiempo de avergonzarme y arrepentirme de este anticristiano impulso, porque la
Muerte había desaparecido y sólo quedaba a mi alrededor el silencio, el olor de
las madreselvas, la luna convirtiendo en lago sin límites las lejanías y los
términos del valle, y la majestad tranquila de la inmortal Naturaleza. |
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La moneda del mundo
Érase un emperador (no siempre hemos de decir un rey) y
tenía un solo hijo, bueno como el buen pan, candoroso como una doncella (de las
que son candorosas) y con el alma henchida de esperanzas lisonjeras y de
creencias muy tiernas y dulces. Ni la sombra de una duda, ni el más ligero asomo
de escepticismo empañaba el espíritu juvenil y puro del príncipe, que con los
brazos abiertos a la Humanidad, la sonrisa en los labios y la fe en el corazón,
hollaba una senda de flores.
Sin embargo, a su majestad imperial, que era, claro
está, más entrada en años que su alteza, y tenía, como suele decirse, más
retorcido el colmillo, le molestaba que su hijo único creyese tan a puño cerrado
en la bondad, lealtad y adhesión de todas cuantas personas encontraba por ahí. A
fin de prevenirle contra los peligros de tan ciega confianza, consultó a los dos
o tres brujos sabihondos más renombrados de su imperio, que revolvieron
librotes, levantaron figuras, sacaron horóscopos y devanaron predicciones; hecho
lo cual, llamó al príncipe, y le advirtió, en prudente y muy concertado
discurso, que moderase aquella propensión a juzgar bien de todos, y tuviese
entendido que el mundo no es sino un vasto campo de batalla donde luchan
intereses contra intereses y pasiones contra pasiones, y que, según el parecer
de muy famosos filósofos antiguos, el hombre es lobo para el hombre. A lo cual
respondió el príncipe que para él habían sido todos siempre palomas y corderos,
y que dondequiera que fuese no hallaba sino rostros alegres y dulces palabras,
amigos solícitos y mujeres hechiceras y amantes.
-Eres príncipe, eres mozo, eres gallardo -advirtió el
viejo meneando la cabeza-, y por eso juzgas así. Mas yo, como padre, debo
abrirte los ojos y que te sirva de algo mi experiencia. Sométete a una prueba y
me dirás maravillas. Ponte al cuello este amuleto mágico, y ve recorriendo las
casas de tus mejores amigos... y amigas. Pregúntales si te quieren de veras y
pídeles una moneda en señal de cariño. Te la darán muy gustosos; recógelas en un
saco y vuélvete aquí con la colecta.
Obedeció el príncipe, y a la tarde regresó a palacio
con un saco de dinero tan pesado, que lo traían entre dos pajes.
-Ahora -mandó el emperador- que has recogido fondos,
disfrázate de artesano o de labriego y vete por esos caminos, pagando tus gastos
con las monedas que te dieron hoy.
Cumplió el príncipe la orden y salió solo y en humilde
traje, llevando en el cinto, bolsa y calzas el dinero de su coleta. En la
primera posada donde paró ya quisieron apalearle por pretender pagar con moneda
falsa el gasto. En la segunda, le apalearon de veras. Y en la tercera, echóle
mano la Santa Hermandad, por falso monedero; hasta que, compadecidos de sus
lágrimas, le soltaron los cuadrilleros en una aldea, donde resolvió no presentar
más el dinero de sus amigos... y amigas y regresar a palacio pidiendo limosna.
Cuando llegó ante su padre, y éste le vio tan pálido,
tan deshecho, tan maltratado y tan melancólico, le preguntó con aire de
victoria:
-¿Qué tal la moneda del mundo?
-De plomo, padre... Falsísima... Pero lo que yo lloro
no es esa moneda, sino otra de oro puro que también perdí.
-¿Cuál, hijo mío?
-Mis ilusiones, que me hacían dichoso -sollozó el
príncipe; y mirando a su padre con enojo y queja, se retiró a su cuarto, en el
cual se encerró para siempre, pues de allí sólo salió a meterse cartujo,
quedándose el imperio sin sucesor. |
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Entrada de año
Fresco, retozón, chorreando juventud, el Año
Nuevo, desde los abismos del Tiempo en que nació y se crió, se dirige
a la tierra donde ya le aguardan para reemplazar al año caduco,
perdido de gota y reuma, condenado a cerrar el ojo y estirar la pata
inmediatamente.
Viene el Año Nuevo poseído de las férvidas
ilusiones de la mocedad. Viene ansiando derramar beneficios, regalar a
todos horas y aun días de júbilo y ventura. Y al tropezar en el umbral
de la inmensidad con un antecesor, que pausadamente y renqueando
camina a desaparecer, no se le cuece el pan en el cuerpo y pregunta
afanoso:
-¿Qué tal, abuelito? ¿Cómo andan las cosas
por ahí? ¿De qué medios me valdré para dar gusto a la gente?
Aconséjame... ¡A tu experiencia apelo!...
El Año Viejo, alzando no sin dificultad la
mano derecha, desfigurada y llena de tofos gotosos, contesta en voz
que silba pavorosa al través de las arrasadas encías.
-¡Dar gusto! ¡Si creerá el trastuelo que se
puede dar gusto nunca! ¡Ya te contentarías con que no te hartasen de
porvidas y reniegos! De las maldiciones que a mí me han echado, ¿ves?,
va repleto este zurrón que llevo a cuestas y que me agobia... ¡Bonita
carga!... Cansado estoy de oír repetir: «¡Año condenado! ¡Año de
desdichas! ¡Año de miseria! ¡Año fatídico! Con otro año como éste...»
Y no creas que las acusaciones van contra mí solo... Se murmura de
«los años» en general... Todo lo malo que les sucede lo atribuyen los
hombres al paso y al peso de los años... ¡A bien que por último me
puse tan sordo, que ni me enteraba siquiera!...
Aquí se interrumpe el Año decrépito, porque
un acceso de tos horrible le doblega, zamarreándole como al árbol
secular el viento huracanado. Y el Año mozo, que ni lleva pastillas de
goma ni puede entretenerse en cuidar catarros y asmas, prosigue su
camino murmurando con desaliento:
-Adiós, abuelito... Aliviarse... Se hace
tarde y voy muy de prisa...
Al entrar en la Tierra, sentíase
descorazonado. Como suele decirse, se le había caído el alma a los
pies, y además creía herida su dignidad y ofendida su rectitud al
acercarse a gentes que le maldecirían y le achacarían, sin razón, sus
adversidades y desventuras.
Hasta tal extremo fatiga esta cavilación al
muchacho -advierto que el año de mi historia era muy delicado y
pundonoroso-, que decide apelar a una especie de plebiscito. Si le
rechaza la mayoría, si en él ven un enemigo los mortales, hállase
resuelto a suprimirse, a disolverse en la nada, borrando antes con el
dedo las cifras de su nombre ya escritas en la gigantesca y negra
pizarra del Destino. Un suicidio por decoro antes que una vida
detestable entre la universal execración.
Con tan firme propósito, el Año Nuevo,
vagando por las calles de populosa ciudad, cruza la primera puerta que
ve franca, por la cual salen quejidos lastimeros. Sobre duro camastro
yace tendida una vejezuela, seca como pergamino, inmóvil. En sus
miembros paralizados sólo vive el dolor. El año se inclina,
compadecido, e interroga a la impedida afectuosamente:
-¿Qué es eso, madre? Mal lo pasamos, ¿eh?
-¡Ay, hijo! Esto se llama rabiar y
condenarse... Tengo dentro un perro que me roe los huesos sin
descanso... ¡Y sin esperanzas de curación! ¡Cuatro años que llevo así!
-¿De modo que no querrá usted llevar uno más?
-exclamó el chico con anhelo-. Porque yo soy el Año que viene ahora, y
si usted gusta, puedo quitarme de en medio. Desaparezco por
escotillón. Usted descuenta ese añito de los que le faltan de
padecer... ¡y a vivir... o a morir, según Dios disponga!
Profundo espanto se pinta en la cara
amojamada de la vieja. Brillan de terror sus apagados ojos, y cruzando
las manos -sólo estaba baldada de la cadera abajo- implora así:
-¡No, Añito del alma, no te vayas, no te
quites! No, Añito, eso no. ¡Ya parece que me siento algo aliviada...!
¡Me anuncia el corazón que no has de ser malo como tus antecesores!...
¡Un añito! ¡Y a mi edad, que quedan tan pocos!
Maravillado sale el Año de allí, y como anda
tan ligero, presto deja atrás la ciudad y se encuentra en una especie
de colonia obrera, albergue de los trabajadores en las minas de
azogue.
Sórdida estrechez se delata en el aspecto de
las casuchas, y las filas de seres humanos que a la incierta luz del
amanecer se dirigen a hundirse en las entrañas de la mina, llevan
estampadas en el rostro las huellas del veneno que impregna su
organismo. Su palidez verdosa, su temblor mercurial incesante causan
escalofrío y miedo.
El Año, espantado de tal vista, se acerca al
que más tiembla, que no parece sino muñequillo de médula de saúco bajo
la influencia de eléctrica corriente, y le hace la misma proposición
que a la vieja tullida.
El temblor del desdichado aumenta. Hiere de
pie y de mano, danzando como si le hubiese picado la tarántula
maligna. Sus ojos ruegan, sus rodillas se doblan y entre dos zapatetas
suplica afligido:
-¡Eso nunca, señor de Año! ¡Por lo que usted
más quiera, no me quite un pedazo de la dulce vida! ¡Es el único bien
que poseo!
Apártase el Año, entre horrorizado y
despreciativo, y con la rapidez propia de su marcha (el tiempo vuela,
ya se sabe), al instante llega a orillas del mar, ve un presidio y se
introduce en una de sus cuadras.
Residencia para todos odiosa, sombría,
mefítica, emponzoñada por hediondas emanaciones, ¿qué será para el
hombre que no cesa de dar vueltas a tremenda idea fija: la certidumbre
de haber sido condenado sin culpa a cadena perpetua, y de que,
mientras se consume en el penal, abrumado de ignominias, el verdadero
criminal, que le robó libertad y honor, se pasea tan tranquilo,
lisonjeado del mundo, favorecido de la propia mujer del preso?
Y los abyectos compañeros de cadena, al
observar en el presidiario inocente un instinto de honradez, una
imposibilidad de adaptarse a la degradación, le han tomado por esclavo
y víctima, y a fuerza de golpes le obligan a que les sirva y desempeñe
los menesteres más bajos.
Cuando el Año penetra en la cuadra, el
desdichado preso se ocupa en liar los sucios petates de la brigada
toda.
«Lo que es éste, acepta -discurre el Año
entre sí-. A vivir semejante, será preferible el nicho.»
Al formular la proposición, seguro de que la
oiría con transporte, el Año sonríe; pero el presidiario, apenas
comprende, se subleva, chilla, pone las manos como para defender o
pegar.
¡No faltaba más! ¡Después de tanta inmerecida
desventura, iban a robarle un año de existencia! ¡En seguida! ¿Y si
mañana reconocían su inculpabilidad y le echaban a la calle? ¡Pues
hombre!
Confuso y aturdido huye del presidio el Año
Nuevo. ¿A qué repetir la tentativa? Nadie quería perder minuto de esta
vida tan injuriada y tan perra...
Sin embargo, por tranquilizar su conciencia,
recorre el Año los lugares en que se llora, las mansiones del dolor y
la necesidad, las famélicas buhardillas, los campos que riega el sudor
del labriego, los asquerosos burdeles, los hospitales, los asilos de
la mendicidad, las leproserías, las glaciales prisiones siberianas...
Doquiera le dicen «arre allá» cuando pretende cercenarles un año de
suplicio...
Ahíto de ver tanta desdicha, el Año quiere
reposar una hora en alguna casa alegre, rica y elegante, y se detiene
en el palacio de un señor poderoso, a quien rodearon desde la cuna
prosperidades y lisonjas, sobre quien llovieron amores, honores y
riquezas.
En una estancia que más parece museo, donde
tapices de armoniosos tonos apagados sirven de fondo a relucientes y
arrogantes armaduras antiguas; recostado en un sillón guadamecí,
descansando la sien sobre el puño, está el potentado, siguiendo con
lánguido mirar los reflejos de la llama que arde en la chimenea.
«¿Qué dirá éste de mi proposición? -calcula
el Año-. Saltará al oírla. Me cruza con aquella tizona, de fijo.»
¡Y por chancearse, por curiosidad, ofrece el
consabido trato... Doce meses menos, un recorte en la tela del
vivir!... Alza la frente el magnate, sonríe penosamente, y tendiendo
la diestra, farfulla como si tuviese pereza de hablar:
-Convenido: venga esa mano... ¡Doce meses de
aburrimiento que desquito! Mil gracias... No tengo arranque para
pegarme un tiro; pero así, indirectamente, es otra cosa...
Y entonces el Año Nuevo se encoge de hombros,
alejase de la señorial mansión, y anuncia a son de trompeta, en
calendarios y diarios, su entrada en la casa de locos de la Humanidad. |
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Tiempo de ánimas
No cuento ni conseja, sino historia.
La costa de L*** es temible para los navegantes. No hay
abra, no hay ensenada en que puedan guarecerse. Ásperos acantilados, fieros
escollos, traidoras sirtes, bajíos que apenas cubre el agua, es cuanto allí
encuentran los buques si tuercen poco o mucho el derrotero. Y no bien se acerca
diciembre y las tempestades del equinoccio, retrasadas, se desatan furiosas, no
pasa día en que aquellas salvajes playas no se vean sembradas de mil despojos de
naufragio.
Favorable para la caza la estación en que el otoño cede
el paso al invierno, con frecuencia la pasábamos en L***, y más de una vez
sucedió que Simón Monje -alias el Tío Gaviota- nos trajese a vender barricas de
coñac o cajas de botellas pescadas por él sin anzuelo ni redes. El apodo de
Simón dice bien claro a qué oficio se dedicaba desde tiempo inmemorial el viejo
ribereño.
Las gaviotas, como todos saben, no abaten el vuelo
sobre la playa sino al acercarse la tormenta y alborotarse el mar. Cuando la
bandada de gaviotas se para graznando cavernosamente y se ven sobre la arena
húmeda millares de huellas de patitas que forman complicado arabesco, ya pueden
los marineros encomendarse a la Virgen, cuya ermita domina el cabo: mal tiempo
seguro. A la primera racha huracanada, al primer bandazo que azota el velamen de
la lancha sardinera, Simón Monje salía de su casa, y así que la mar se atufaba
por lo serio en las largas noches del mes de Difuntos, solía verse vagar por los
escollos una lucecica. El farol de Gaviota, que pescaba.
No era bien visto en la aldea Simón. Al fin y a la
postre, mientras los demás se rompían el cuerpo destripando terrones o exponían
la vida saliendo a la costera del múgil, él, en unos cuantos días revueltos,
garfiñaba, sabe Dios cómo, lo suficiente para prestar onzas a rédito y pasar
descansadamente el año. Además, el aspecto de Gaviota confieso que también a mí
me parecía antipático y una miaja siniestro... Cara amarilla, nariz ganchuda,
barba saliente que con la nariz se juntaba, mirar torvo y receloso, párpados
amoratados, greñas color ceniza, componían una cabeza repulsiva, aunque con
rasgos inteligentes. Sin embargo, aparte de su equívoca profesión de pescador de
despojos, no daba Simón pretexto a las murmuraciones de la aldea. Puntual en el
pago del canon de la renta de su vivienda, foro nuestro, servicial y respetuoso
con los señores, moro de paz con sus iguales, demostraba además una devoción
extraordinaria, desviviéndose por el culto de la Virgen de la ermita. Gracias a
Simón, la lámpara no se apagaba nunca, sobraba la cera y dos veces al año se
celebraba en el santuario función solemne costeada por el viejo. Una de las
funciones se verificaba invariablemente durante el mes de Ánimas y en sufragio
de las almas de los náufragos cuyos restos escupía a veces el oleaje contra los
escollos o sobre el playal. Y esta misa de Difuntos la oía Gaviota postrado, la
faz contra el suelo, barriendo el piso con las canas, repitiendo por centésima
vez la súplica de perdón de su horrendo pecado que no se resolvía a confesar,
pues el que se confiesa ha de restituir, y si él restituyese tendrá que
despojarse de su oro, y su oro lo tenía aún más adentro en el corazón que el
remordimiento y que el temor de la divina Justicia...
En la estación veraniega, mientras el mar luce sonrisa
de azur, mientras el arenal es de oro, las olas fosforecen de noche y las algas
flotan suavemente bajo el cristal del agua nítida, Gaviota olvida a ratos la
historia terrible y disfruta en paz sus ganancias. Lo malo es que llega octubre,
que el celaje se espesa en cúmulos de plomo, que gimen y rugen el viento y la
resaca, y que la bruma, al desgarrar sus densos tules en los picos de los
peñascos, finge fantasmas envueltos en sudarios blanquecinos... Y viene el mes
de los muertos, el mes en que el otro mundo se pone en relación con nosotros, el
mes en que la atmósfera se puebla de espíritus invisibles, en que un vaho de
lágrimas, ascendiendo del Purgatorio, humedece el aire..., y entonces Gaviota, a
cada viaje a la playa en busca de botín, siente el terror helarle más la sangre
en las venas, y sus dedos, que un día se ciñeron al pescuezo de un hombre vivo
aún para acabar de asfixiarle y quitarle a mansalva el cinto pletórico de
monedas, se crispan y se fijan paralizados, como si ya los agarrotase la agonía.
«Confesarse, restituir», sugiere la conciencia; pero el instinto repite:
«Adquirir, adquirir más», y afianzando el farolillo, dejando que la áspera brisa
seque el sudor del miedo en las sienes, allá va Gaviota entre las tinieblas a
espigar lo que lanzan los abismos...
Bien se acuerdan en la parroquia de L***; el último
merodeo de Simón fue la noche de Difuntos del año pasado. Aunque pudiesen
olvidar lo que a Gaviota sucedió no olvidarían la tempestad tan horrible que se
llevó el campanario de la ermita y arrancó de cuajo muchos pinos del pinar que
la rodea. Frenético, delirante, el Océano quería tragarse la orilla; el trueno
asordaba, el rayo cegaba y el empuje del vendaval parecía estremecer las rocas
hasta sus profundas bases, alzando montañas líquidas que empezaban por ser una
línea gris en el horizonte; luego, un monstruo de enormes fauces y cabellera
blanquísima, galopando hacia tierra como para devorarla. Ninguna barca salió a
la mar; las mujeres acudieron al santuario a pedir por los que en ella
anduviesen, y como si la Virgen hubiese extendido la mano, al anochecer se quedó
el viento y se adormecieron las olas. A poco, si los de la aldea no se hubiesen
encerrado en sus casuchas, podrían ver la luz del farolillo de Gaviota oscilando
entre las tinieblas por lo más escabroso de la orilla.
Al pie de los bajos que llamaremos de Corveira fijóse
la vagarosa luz. Simón la había dejado en el hueco de una peña y registraba el
playazo. Conocía perfectamente los sitios adonde las corrientes traen la presa,
y tanto los conocía, que cabalmente había sido «allí»... Los dientes de Simón
castañeteaban: ¡aquella noche de noviembre pertenecía a los muertos! Saltando de
charco en charco y de escollo en escollo, dirigióse a un recodo del cantil,
donde su mirada penetrante distinguía un bulto de extraña forma, probablemente
un mueble, un lío de ropa, señal cierta del desastre de una gran embarcación.
Frío espanto clavó a la arena los pies de Gaviota al advertir que no era sino un
cuerpo humano..., el cuerpo de un náufrago. Entre las sombras blanqueaba
vagamente el rostro, negreaba la vestimenta, se dibujaban y acusaban las
formas...
El primer impulso de Simón fue huir. Duró un instante.
La codicia se la disfrazaba de humanidad. «Puede estar vivo, y quién sabe si «a
éste» lo salvo.» Cogió el farolillo y acercóse titubeante como un ebrio. Llegó
la claridad a la cara del náufrago: un rostro juvenil, tumefacto, congestionado,
helado. «Bien muerto está...» Entonces reparó en el traje rico, en la cadena de
oro que cruzaba el chaleco: el infeliz, sin duda, se había arrojado vestido al
agua, y los dedos ganchudos del Gaviota deslizáronse, afanosos, hasta los
bolsillos del chaleco, repletos, abultados. Probablemente en esta tarea hizo el
peso de Simón jugar los músculos pectorales del cadáver que ya se creían
inmóviles hasta el solemne día del Juicio. Sólo así explicaron los médicos que
el rígido brazo pudiera erguirse de pronto y la yerta mano caer sobre las
mejillas de Simón.
A la gente de L***, la explicación no le satisface; es
más, no la comprende siquiera. ¿Quién mueve el brazo de un difunto para
abofetear a un criminal empedernido sino esa misma fuerza que alza en el mar la
ola y agrupa en el cielo las nubes: la fuerza de la eterna Justicia?
Guardó cama dos días el Tío Gaviota: uno vivo, otro de
cuerpo presente: al tercero lo enterraron. Se había confesado con muchas
lágrimas y ejemplar arrepentimiento. |
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El antepasado
-Durante la temporada de los baños de mar -dijo
Carmona, nuestro proveedor de historias espeluznantes- hice migas con un
muchacho que ostenta un apellido precioso, mitad español y mitad italiano,
evocador de nuestras glorias pasadas: Ramírez de Oviedo Esforcia. Familiarmente,
los que le conocíamos en la linda playa de V*** le llamábamos Fadriquito, y
abreviando Fadrí. Existía curioso contraste entre los sonoros y heroicos
apellidos de Fadrí y su persona. Era una criatura endeble, anémica, clorótica,
de afeminado semblante, de ojos claros y transparentes como el agua de dulce
carácter y exquisita finura; y los facultativos, al enviarle a V***, le habían
encargado que viviese en la playa; que se saturase de aire salobre, que se
impregnase de sales marinas; en broma, decíamos que para remedio de su sosería,
y en realidad, para prestar algún vigor a su empobrecida complexión y a su
organismo débil y exangüe. «¡Qué quieren ustedes...! -repetía Fadrí-. Soy
huérfano, no tengo quien me cuide... y he de cuidarme solo.»
El joven aristócrata se me aficionó, y juntos nos
bañábamos, almorzábamos, salíamos a paseo y concurríamos al casino. Había yo
notado en Fadrí una singularidad, que despertó mi instinto de observador: al
desnudarse para entrar en las olas, se cuidaba de no descubrir la garganta ni un
momento, manteniéndola envuelta en un pañuelo blanco muy ancho, que sustituía
por otro, después de arroparse en la sábana con el mayor recato. Los cuellos
almidonados de sus camisas subían casi hasta las orejas, y esto, que algunos
creyeron afectación de elegancia, lo relacioné con el detalle del pañuelo,
sospechando que podría tener por objeto encubrir los estigmas de la escrófula,
que llamamos lamparones. Sin embargo, «algo» me indicaba causa distinta para tan
excesiva precaución; y un día, a pretexto de echarle la sábana, me arreglé de
suerte que el pañuelo quedó en mis manos, y patente la garganta de mi amigo.
Él exhaló un gemido, como si le hubiesen arrancado el
vendaje de una llaga; y yo reprimí un grito -tan extraño me pareció lo que
veía-. Superaba a mis presentimientos... Destacándose sobre la blancura de los
hombros y las espaladas, señalaba el arranque del cuello ancha marca circular,
entre sangrienta y lívida, de irregular contorno, semejante a la huella que deja
el cuchillo al separar del tronco la cabeza. Diríase que, después de cortada,
habían vuelto a colocarla allí, y que al menor movimiento rodaría al suelo. No
me quedaría, si sucediese, más helado de lo que me quedé, notando la horrible
señal. Fadrí se cubría ya, con trémulas manos, y yo permanecí inmóvil; el
asombro me paralizaba la lengua. Por fin, recobrando el uso de la palabra, me
deshice en tan sinceras y sentidas excusas, que el pobre muchacho sólo contestó
a ellas con un abrazo largo y expresivo como amistosa confidencia...
Y la confidencia tenía que seguir al abrazo, por ley
natural de las cosas. Acaso Fadrí la deseaba, pues el corazón no resiste
fácilmente la pesadumbre de ciertos secretos... Por la tarde nos sentamos sobre
una peña de la costa, en lugar solitario y salvaje, y al pavoroso ruido de la
resaca se mezcló la voz de Fadrí, relatándome lo que tanto deseaba saber: la
historia de la señal.
-Después de cinco años de matrimonio estéril -empezó-,
mis padres iban perdiendo la esperanza de tener hijos. Los médicos lo atribuían
a la complexión de mi madre, que era enfermiza, nerviosa y de una exaltada
sensibilidad; y para que se robusteciese le aconsejaron una larga residencia en
el campo y una vida enteramente rústica: de levantarse temprano, acostarse con
las gallinas, comer mucho, pasear a pie y evitar todo género de emociones.
¡Sobre todo, las emociones le eran funestas! Para dejarla más tranquila y
atender a varios asuntos pendientes, mi padre resolvió no acompañarla a la finca
de Castilbermejo, que era el lugar escogido por su amenidad y salubridad, y
también porque la familia del mayordomo, gente honrada y adicta, cuidaría y
atendería a la señora.
Me agrada Castilbermejo -advirtió mi padre- porque, si
bien en los siglos XV y XVI fue una fortaleza donde se batió el cobre, al
reconstruirla se convirtió en una casa grande, cómoda y apacible. Ya no queda
allí ni rastro de los tiempos crueles..., sino la historia de la cabeza, que
supongo es una patraña.
-¿De la cabeza? -preguntó mi madre con interés-. ¿Qué
cabeza es ésa?
-¡Nada, mentiras! -se apresuró a exclamar él, ya
arrepentido-. Como no estuve en Castilbermejo desde chiquillo, apenas
recuerdo...
Ella insistió, y mi padre, de mala gana, dio algunos
detalles.
-Pues aseguran que existe en la casa, dentro de un
cofre de terciopelo granate, la cabeza de un antepasado, un Esforcia, que
degollaron en Italia en el siglo XVI... Parece que fue hijo o sobrino de aquel
famoso Galeazzo, el que envenenó a su propia madre, Blanca Visconti...
¡Tonterías, consejas! Ya te estás poniendo pálida, criatura... No debí ni mentar
semejante embuste.
Calló ella, olvidóse el incidente, y mi madre salió al
fin para Castilbermejo, sentándole divinamente los primeros días de rusticación.
Según confesó después la pobrecilla, el campo le produjo efectos tan
bienhechores, que no pensó en la cabeza del antepasado, aunque la relación de mi
padre se había quedado fija en su imaginación vehemente, como un clavo en la
pared. El aire puro, el sol, la paz y el sosiego de la comarca, la leche fresca,
la fruta, el sueño tranquilo, los cuidados y sencilla amabilidad de la familia
del mayordomo, influyeron tan provechosamente en la señora, que su rostro
recobró el color, su estómago el apetito y su carácter la alegría de los pocos
años. No obstante, ¿se ha fijado usted en este fenómeno? El campo, si
tranquiliza los nervios, también a la larga, por efecto de la soledad y de la
misma carencia de cuidados, ocupaciones y distracciones, acaba por exaltar la
fantasía. Esto le sucedió a mi madre. Al mes o poco más de residir en
Castilbermejo, la idea de la cabeza cortada empezó a preocuparla día y noche -de
noche especialmente-. La veía en sueños, destilando sangre, y se despertaba
estremecida, a las altas horas, como si un fantasma acabase de tocarla con mano
glacial... Comprendiendo -porque era una señora de claro talento- lo quimérico
de estas figuraciones, no quería decir palabra de ellas a los que la rodeaban ni
preguntar por el cofre de terciopelo, recelosa de que se trasluciese su delirio
en la pregunta... Había momentos en que sospechaba que tal vez, positivamente,
fuese todo una conseja ridícula; y así, entre incrédula y fascinada decidió
registrar la casa, hasta ver confirmados o deshechos sus temores. No sabía ella
misma si deseaba o recelaba encontrar la cabeza. Quizá consideraba una
desilusión el no descubrir el cofre.
A pretextos de arreglos, muy propios de una dama
hacendosa, revolvió la casa de arriba a abajo, escudriñando los desvanes, los
sótanos y hasta las bodegas; pero el cofre no aparecía. Cuando ya iba cansándose
de pesquisas infructuosas, recibió una carta de mi padre, avisando que llegaba a
pasar una semana de campo. Alegre, olvidada momentáneamente de sus quimeras,
púsose a arreglar y disponer el vasto aposento que servía de dormitorio,
limpiándolo y adornándolo cuanto pudo, trayendo flores del huerto y despejando
para guardarropa las hondas alacenas que formaban uno de los lados de la
habitación. En el estante más alto hacinábanse objetos llenos de moho y de
humedad, frascos de caza, monturas antiguas, papeles amarillentos; y la hija del
mayordomo, que encaramada en una escalera, iba sacando estos trastos, chilló de
pronto:
-Aquí hay también uno a modo de cajón... ¿Lo bajo?
-Bájalo -ordenó mi madre, que extendió las manos y
recogió cuidadosamente una caja no muy grande, desvencijada, sombría, con
herrajes comidos de orín, y cuya tapa, desprendida de los goznes, se ladeó y
descubrió en el interior un objeto trágico y terrible: una cabeza cortada,
momificada, que aún conservaba parte del pelo y la intacta dentadura.
Fadrí se interpuso, suspiró y clavó los ojos en los
míos.
-¡El cofre! -exclamé, sugestionado.
-¡El cofre!... ¡Usted suponga la sacudida nerviosa que
sufrió mi madre! Lo que buscaba por toda la casa, el enigma, lo tenía allí, en
su cuarto, a dos pasos de su cabecera, en el único sitio que no se le había
ocurrido examinar. Cuando llegó mi padre la encontró con unas convulsiones muy
violentas. A fuerza de cuidados y cariño, logró que se repusiese un poco, y la
sacó enseguida de Castilbermejo. ¡De allí a nueve meses y días nací yo..., con
esta señal que usted ha visto!
Volvió a guardar silencio Fadrí, y pregunté, lleno de
compasión:
-¿Y... su madre de usted...?
-No pudieron ocultárselo... ¡Fue su perdición, fue lo
que acabó de trastornar su cerebro! Murió en la casa de salud del doctor Moyuela...,
que prometió con su sistema devolverle la razón... ¿Mal antecedente, verdad? Yo
necesito doble método y grandes precauciones... ¡Esas cosas se heredan! |
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La comedia piadosa
- I -
Casuística
Ni los años ni los corrimientos habían ofendido
demasiadamente la hermosura de doña Petra Regalado Sanz, a quien conocía por
Regaladita la buena sociedad de Marineda. De un cabello negro como la pez, aún
quedaban abundantes residuos entrecanos, peinados con el arte en sortijillas; de
un buen talle y de unas lozanas carnes trigueñas, una persona ya ajamonada y
repolluda, pero muy tratable, como dicen los clásicos; de unos ojuelos vivos y
flechadores, «algo» que aún podía llamarse fuego y lumbre; de unas manitas
cucas, otras amorcilladas, pero hoyosas y tersas como rasolíes. Con tales
gracias y prendas, no cabe duda que Regaladita estaba todavía capaz de dar un
buen rato al diablo y muchisímas desazones al ángel custodio: por fortuna
(apresurémonos a declararlo, no le ocurra al lector a sospechar de la honestidad
de nuestra heroína), Regaladita no pensaba en tal cosa, sino muy al contrario,
como veremos, y con altísimos y cristianos pensares.
Era viuda, de marido que, por vivir poco, no molestó en
extremo, aunque sí lo bastante para que Regaladita le cobrase cierto asquillo a
la santa coyunda y se propusiese no reincidir. Disfrutaba una rentita modesta en
papel del Estado, suficiente para el desahogo de una señora «pelada», como ella
decía. Cortaba el cupón apaciblemente, y ni la apuraban malas cosechas, ni
emigraciones, ni desalquilos, ni impuestos, ni litigios, ni otros inconvenientes
que traen a mal traer a los propietarios de fincas rústicas y urbanas. En
cambio, las alteraciones del orden público y de la paz europea solían causarle
jaqueca y flato. Cuando sus amigas veían a Regaladita con ruedas de patata en
las sienes, ya se sabe: echaban la culpa a Ruiz Zorrilla o al emperador de
Alemania.
Mas no por eso se crea que la vida de Regaladita se
deslizaba como manso arroyuelo, exenta de cuidados y de aspiraciones y de
poéticas nostalgias. ¡Ah, eso no! Regaladita no se daba por contenta con su
«pasar» decoroso, su vivienda abrigada como un nido, sus buenas relaciones y sus
frecuentes goces de vanidad al verse más conservada que manzana en el frutero.
Regaladita, allá en lo recóndito de su corazón, acariciaba un sueño ambicioso,
inverosímil... ¡Nada menos que el de llegar a santa!... ¡Santa a estas alturas!
Penitencia asidua del padre Incienso, todos los
sábados, al arrodillarse al pie de la rejilla, manifestaba Regaladita a su
confesor firmes y ardientes propósitos de avanzar por el camino de la perfección
espiritual, y de tratar rigurosamente al asno, o sea al cuerpo antojadizo y
goloso. Entiendan, señores, por Dios, que los antojos del asno de Regaladita no
eran antojos de ésos que abochornan. La idea de ciertos feísimos pecados ni
cruzaba por su mente. Las tentaciones de sensualidad que Regaladita combatía con
amazónico denuedo tenían por causa algún plato sabroso, algún sorbo de rancio
jerez, paladeado con morosa delectación: algún abrigo «pintado» que su dueña
miraba de frente y de espalda, combinando dos espejos con pueril coquetería;
algún par de guantes superfluo, cuyo importe estaría mejor empleado en bonos de
la Sociedad de San Vicente; alguna butaca mullida en que se arrellanaba con
sobrado gusto para que fuese inocente la complacencia.
El padre Incienso, jesuita avisado y perito en achaques
de escrúpulos y conatos de santidad, sonreía con indulgencia, allá para su faja,
siempre que Regaladita, con harto sobrealiento por lo incómodo de la postura, le
confiaba sus ardientes anhelos de «padecer o morir».
«Muy fondona y acolchada estás tú para echarla de
ascética -pensaba el discreto confesor, calmando, lo mejor que sabía, por medio
de exhortaciones llenas de profunda sensatez, aquel místico afán-. Vamos a ver:
¿por qué se me aflige usted tanto? ¿Por qué en casa de Veniales repitió de la
perdiz estofada y se chupó los dedos? ¡Valiente pecado, hija!... Le voy a poner
a usted de penitencia que se coma una patita más para otra vez... Pero ¿cómo le
he de decir a usted que la acción de comer es de suyo indiferente, y hasta
loable cuando se tiende a reparar las fuerzas y a conservar la salud?...»
No se daba por convencida la pecadora, y escarbando más
y más en la conciencia, sacaba otras faltillas que, a fuerza de argucia,
disfrazaba de gravísimas infracciones a la ley de Dios.
-No diga usted, padre; es usted demasiado bueno; yo soy
terrible, porque no hago sino disparates. El vestido que compré ayer cuesta a
cinco pesetas la vara, y en la tienda había telas que aparentaban lo mismo y
sólo costaban a tres y media. Pude ahorrarme eso... para los pobres. ¡Ya ve
usted si hice mal!
-No, hija -contestaba el padre Incienso sin alterarse-.
No hizo usted mal; la tela que ha comprado será de más duración, y también más
conforme a su posición de usted en el mundo. Son motivos atendibles. No ha de
andar usted metida en un saco.
-Padre -murmuraba otras veces la devota-, ha de saber
que anteanoche en casa de la marquesa de Veniales, se bailó el vals, y el
secretario del Gobierno civil resbaló y fue a dar de narices contra el biombo.
Las muchachas se rieron, pero yo me reía más que todas...
-¿De modo que el interesado lo oyese?
-Yo no sé si lo oiría...
-No me parece caritativo, y bueno será que usted se
contenga para no ofender ni herir a nadie; sin embargo, tampoco veo ahí motivo
para desconsolarse e hipar ahora...
-Sí, señor; que lo hay... Porque ya sabe usted que
quiero ser mejor todos los días, y que no viviré tranquila hasta que llegue a
conseguir...
-¿A conseguir... qué?
-Lo que han conseguido otras -contestaba Regaladita,
bajando los ojos ante la mirada perspicaz y un poquito irónica del padre.
-Hija mía -advertía éste sin descomponerse y en tono
melifluo-, ya le he dicho a usted que eso es... ambicionar demasiado, y
ociosidades; dispénseme usted la expresión. Conténtese con ser lo que está
siendo: una buena señora, que vive cristianamente, sin ofender a Dios en
cuestiones de ésas que..., que le ofenden muchísimo, aunque las pueda absolver
este tribunal, como usted sabe. Yo no la considero a usted perfecta y, sin
embargo, sólo le pido que se vaya sosteniendo como hasta aquí, o un poquito más,
pero sin esos píos de santidades. Créame usted a mí, yo la conozco. Recuerde
usted, hija mía, lo que se cuenta de las santas, y cómo vivieron, y lo que
tuvieron que hacer para alcanzar la santidad dichosa. Ayunos, cilicios,
mortificaciones de todas clases, penitencias durísimas. ¡Si usted se impusiese
un día nada más lo que ellas se imponían a diario, enfermaría usted de peligro,
no lo dude! Represéntese usted lo que es llevar a raíz de la carne un cinturón
con púas de hierro; piense en un mendrugo de pan añejo, aderezado con ceniza;
imagínese una noche en oración, de rodillas y con los brazos en cruz; suponga
por cama una tarima, y por cabezal un guijarro.
Regaladita se estremecía al escuchar tan terrorífica
pintura; parecíale sentir en las costillas y en los muslos mordeduras de férreos
garfios, y en el paladar sabor a ceniza y berzas sin sal ni otro condimento. Una
voz burlona susurraba a su oído: «¡Atrévete, cobarde, comodona, golosa; atrévete
con esos pinchos y esas camas de piedra!» Y compungida, y casi con ganas de
hacer pucheros, balbució:
-¡Quién sabe, padre! Tal vez sirviese yo para todo eso
y mucho más... Usted no me permite nunca que ensaye... ¡No quiere usted que gane
coronas en el cielo...!
-¡No, hija, por Dios! Si yo no se lo prohíbo a usted
-dijo el padre con socarronería dulcísima-. Puesto que siente usted fervores, no
ha de ser su confesor quien la desanime: nada de eso. Le recomiendo, sí, la
prudencia...; pero no me opongo. ¡Qué me había de oponer! ¿Desea usted imitar a
los santos? Pues enhorabuena, hija; yo la aprobaré, yo me complaceré en sus
glorias y merecimientos. No desoiga más la voz de lo alto: empiece, hija,
empiece esa tanda de maceraciones que han de igualarla con Santa Catalina, Santa
Clara y la Venerable Emmerich... ¡Ea! Desde mañana, libertad para obrar como
guste: permiso amplio. ¿Que hábito de estameña? Pues hábito de estameña. ¿Que
ayuno? Pues al traspaso. ¿Que cilicio? Un rallador debajo del corsé. ¿Que
disciplinas? Yo le puedo prestar unas de alambre; las usó mi maestro, el padre
Celís, que, según opinión piadosa, estará en la gloria pidiendo por nosotros...
No supo Regaladita discernir si era chunga o si hablaba
formalmente el confesor: y la sospecha de que fuesen delicada burla las palabras
del padre acrecentó las ganas de martirio y el propósito de asombrarle, el
sábado próximo, con alguna estupenda muestra de santidad.
Lo primero, determinó Regaladita desbaratar su gracioso
peinado y sustituirlo por una castaña y dos cortinillas. Llamó a la costurera, y
quitando los faralaes a un vestido negro de lana, lo dejó liso y propio para la
nueva vida devota. Se lo puso, y como aún sintiese tentaciones de mirarse al
espejo, se pegó un suave pellizco para acostumbrarse a prescindir del profano
mueble. En la comida suprimió el vino, y como trajesen croquetas muy doradas, su
plato predilecto, entornó los ojos, y con una constricción del paladar, que le
llenó la boca de saliva, las rechazó con la mano. Sólo comió del cocido y una
miaja de queso. «Esto del queso lo suprimiré mañana. Hay que ir poco a poco»,
pensó. De noche, al retirarse, tenía determinado rezar de rodillas una hora u
hora y media lo menos. Arrodillóse al pie de la cama, que la criada dejaba
entreabierta, y emprendió la tarea con buen ánimo. Los tres primeros dieces del
rosario iban sobre ruedas; al cuarto, la blancura de las sábanas distrajo a
Regaladita; al quinto, el hueco que esperaba por su humanidad la atrajo como al
náufrago el remolino; se levantó, se desabrochó la ropa, la dejó resbalar al
suelo... y se tendió a la larga, subiendo hasta la barbilla la colcha y el
edredón, y suspirando voluptuosamente... Aquella noche hacía un frío siberiano.
A la mañana se despertó soñolienta, calentita,
avergonzada, y más ansiosa que nunca de realizar grandes y heroicas
mortificaciones del asnillo. Un incidente casual le sugirió singular idea,
penitencia nunca leída en la historia de ninguna santa. Sucedió que la
costurera, mujer parlanchina y sencillota, hubo de referir cómo una hermana que
tenía, cigarrera por más señas, se había ofrecido, por la salud de un hijo, a
visitar a pie el santuario de La Guardia; y no sólo a pie, sino calzando zapatos
llenos de arena... El santuario de La Guardia dista de Marineda dos leguas de
áspero camino.
«¡Yo haré más, mucho más! -pensó Regaladita-. Ya verá
el padre Incienso lo que es bueno. Perfeccionar a ese rasgo de devoción.»
En efecto, el sábado, al postrarse en el conocido
rincón de la iglesia de San Efrén, la señora, ufanísima, manifestó a su director
que, aparte de varias privaciones y maceraciones ejercitadas en la semana, tenía
resuelto oír misa en el santuario de La Guardia, el domingo, llegando a él por
su pie, y habiendo metido previamente en las botas media docena de garbanzos,
con la cual iría en un potro y castigaría bien sus instintos de deleite y
molicie.
-Pues hija -respondió el confesor-, me parece un
disparate. ¡No dará usted un paso llevando los pies así; se caerá usted redonda!
Guíese por mí, y no lo intente siquiera.
-Dios me ayudará -respondió intrépidamente la futura
santa.
-Es que se vendrá usted a tierra sin remedio. ¡Bonita
figura hará tumbada en mitad del camino!
-¿Y no puede Dios sostenerme?
-Claro que puede; lo que yo dudo es que quiera.
-Padre, me quita usted la esperanza -murmuró
Regaladita, casi llorando.
-No, hija, no... la esperanza, nunca. Le represento a
usted los inconvenientes, y le aconsejo desista de su empresa, que me parece
temeraria. Es lo único que hago.
-¿Me lo prohíbe usted?
-Tanto como prohibir..., no. Si ha hecho usted oferta
expresa...
-Oferta hice..., y a la Virgen, y con toda formalidad.
-Pues entonces no hay más que decir. Ya me contará
usted el sábado cómo llegó a La Guardia..., si es que el sábado no está coja,
patitiesa y asistida de médicos.
No estaba coja, sino más lista que nunca, el sábado
siguiente la confesada del padre Incienso. Al verla tan ágil, arrodillándose
viva y pizpireta, el jesuita, lleno de curiosidad, se inclinó, prescindiendo de
las acostumbradas fórmulas, y preguntando aprisa, con interés extraordinario:
-¿Qué tal? ¿Qué tal? ¿Fuimos a La Guardia?
-¡Ya lo creo que fui! -contestó la santa futura.
-¿Y... esos pies?
-Bien...; sin novedad, como siempre.
-¿Y... cumplió usted toda la oferta? ¿Metió los
garbanzos?
-¡Sí por cierto!... ¿No había de meterlos, padre,
cuando la oferta en eso precisamente consistía?
-¡Hija, parece un milagro! -exclamó el Padre,
sorprendidísimo.
-Padre, milagro no... Porque verá usted... Yo... Mire
usted... ¡No se ría! Como los garbanzos me lastimaban tan horriblemente..., que
no podía... dar un paso sin desmayarme de dolor..., se me ocurrió...
cocerlos..., y después de cocidos... ya marchó todo... como una seda... ¡como
una seda..., Padre!
- II -
Cuaresmal
María del Olvido necesitó, para entrar en el convento,
de austerísima regla, dispensa de edad. Era viuda, y sólo ofrecía a Dios los
últimos años de una vida siempre regalona y feliz, pues en el mundo sor María se
llamaba la excelentísima señora doña Pilar Monteverde, y poseía cortijos,
dehesas, casas y valores.
Al perder a su marido, al encontrarse casi vieja, doña
Pilar empezó a pensar seriamente en el negocio del alma. Bueno sería haber
pasado aquí una existencia cómoda y deliciosa, siempre que no por eso fuesen a
hartarla de tizonazos en el Purgatorio, o sabe Dios si en sitio harto peor y
todavía más caliente... Y con la conciencia alborotada y el espíritu lleno de
inquietud, se avistó con su confesor y le dijo, sobre poco más o menos:
-Padre, una gran noticia... ¡Sepa usted que he resuelto
meterme monja!...
-¿Usted, señora? -exclamó él, aturdido.
-Yo misma. ¿Por qué se pasma tanto, padre? ¿Son las
monjas de diferente madera que yo?
-De la misma, pero..., a su edad de usted, y con sus
hábitos de bienestar y de lujo, dificilillo veo que se sujete usted a regla
ninguna.
-Precisamente por mi edad es por lo que deseo entrar en
el claustro. Tengo..., cosa de cincuenta y..., y pico, y he sido tan dichosa,
que recelo que he de pagar la cuenta atrasada en el otro mundo. Con excelente
salud, rica, adorada por mi esposo, considerada por las gentes..., no me ha
faltado, como suele decirse, sino sarna para rascar. Los años que me queden
quiero consagrarlos a ganar la gloria, mucha gloria, una gloria de primera, una
sillita cerca de la que ocupen los santos. ¿Hago mal?
-Mal, precisamente, no; pero la empresa pide energía y
fuerzas..., y pronunciados los votos, no vale arrepentirse. ¡En fin, tiene usted
por delante el tiempo del noviciado!...
Las dudas y la frialdad del padre picaron el amor
propio de doña Pilar. ¿No la creían a ella capaz de mortificación, de heroísmo
en la penitencia y de puntualidad es la observancia de la regla? ¡Ya verían, ya
verían lo que sabía hacer por conseguir asiento de preferencia en la gloria! Y
doña Pilar, con gran edificación de los marinedinos, entró nada menos que en las
monjas de la Buena Muerte, y trocó los vestidos de seda y terciopelo por las
estameñas y el burel de los pobres hábitos, y su vivienda elegante y llena de
delicados refinamientos, por la desnuda celda. Las mismas monjas estaban
asombradas de la resolución y bizarría de la señora, y como porfiasen en que por
fuerza tenía que recordar a cada instante las fruiciones y halagos del mundo, y
ella protestase contra tal supuesto, afirmando que lo había olvidado todo,
resolvieron que al profesar adoptase el nombre de sor María del Olvido, y María
del Olvido la llamaron desde aquel instante. La fecha de la toma del velo se
fijó para el Domingo de Pascua.
Importa saber que comían de vigilia el año entero las
monjas de la Buena Muerte, y este régimen austerísimo, que con mayor rigor, si
cabe, seguían las novicias, no arredró a doña Pilar. Apencó valerosamente con el
bacalao y las sardinas, y puso gesto seráfico a los garbanzos con espinaca y a
las flatulentas lentejas. Mas llegó la Cuaresma, y las monjas de la Buena Muerte
empezaron su redoblado ayuno, sus cuarenta días de abstinencia, lo más parecida
posible a la de Cristo en la montaña. El período cuadragesimal lo engañaban las
pobres reclusas con vegetales y mendrugos de pan, que adrede dejaban ponerse
añejos. Una monja, casi centenaria, era venerada en el convento porque se
sustentaba durante la Cuaresma con puches de mijo y unos puñados de harina
amasada con aceite...
El primer día de este régimen lo sobrellevó bien la
novicia del Olvido. Al segundo notó que el estómago se le contraía y que se le
desvanecía la cabeza. Al tercero se sintió morir, pero no quiso dar su brazo a
torcer; bajó al coro, según costumbre, y mientras sus labios murmuraban las
palabras del rezo, extraña alucinación ofuscaba su vista. Allá en el altar, que
se divisaba al través de las rejas con su alto retablo de talla, creía ver una
piscina muy grande, de verdosa agua marina, dorada por los rayos de sol, y
nadando en la piscina o adheridos a sus paredes, divisó peces y mariscos de los
más sabrosos, de los que la golosina busca y prefiere, de los que en su mesa se
servían cada viernes de Cuaresma, aderezados con exquisitas y picantes salsas.
Allí la langosta incitante; la ostra aperitiva, clara y sabrosa; la almeja recia
y vivaz; el lubrigante que cruje en los dientes de puro terso; la anguila
revestida de amarilla grasa; el salmón rosado y duro como una carne virginal...
Allí el percebe tieso y salobre; el camaroncillo travieso, de dentadas barbas;
el besugo carnoso; el rodaballo, mármol exquisito al paladar; el mejillón, con
sus valvas entreabiertas; el «peón» diminuto, plateado, tan delicioso en
tortilla... La riqueza inagotable del mar Cantábrico, fecundo hervidero de
seres, depósito caudaloso de goces para el aficionado a la buena mesa. Y
mientras la del Olvido, en famélico transporte, mordía silenciosamente el hierro
de la reja, una figura rojiza se alzó sobre la piscina, y, andando por los
aires, vino a colocarse frente a la novicia quintañona. En sus cuernecillos de
llama, en su rabo enroscado, en su hálito de fuego, doña Pilar reconoció al
propio Satanás. El enemigo se reía y murmuraba irónico: «¡Olvido, Olvido, a ver
si olvidas todo esto!».
Y la del Olvido recordaba, recordaba, y la boca se le
llenaba de agua y se le nublaban los ojos...
Pocos días después decíale aquel mismo prudente
confesor, en tono benévolo y consolándola:
-¿No la previne de que no iba a resistir esas asperezas
de la Buena Muerte? No hay cosa tan difícil para los sentidos como «olvidar».
Las monjas tienen que tomar el velo jovencitas.
-Me contentaré -murmuró doña Pilar suspirando- con un
asiento de última fila en el cielo. Fui ambiciosa, y el diablo me pegó un
pellizco para avisarme de que hasta en los buenos propósitos hay que ser modesto
y humilde.
- III -
La conciencia de «Malvita»
Le pusieron el sobrenombre de Malvita, diminuto de
Malva, a causa de su increíble dulzura y su espíritu extraordinario de
docilidad. En este punto se puede afirmar que Malvita era un asombro y un
modelo. El apodo, por otra parte, armonizaba con su tipo físico lo mismo que con
el moral; y al contemplar el rostro delicado, los mansos ojos azules, la sonrisa
beatífica y el pelo de oro de la muchacha, se imponía la trillada comparación
con un ángel, por no haber ninguna que mejor expresase el efecto de la figura de
Malvita.
Era Malvita hija de un ricachón de pueblo, muy iracundo
y despótico, que a deshora cometió la necedad de casarse en segundas con cierta
fidalga, viuda también, muy preciada de pergaminos, y tan altanera y erizada de
púas como rabioso y gruñón era su nuevo esposo. Habíalos forjado el diablo
expresamente para desesperarse el uno al otro, y desde la boda no hubo en la
casa momento de tranquilidad. Disputaban y reñían hasta por si iba a llover al
día siguiente, y todo eran berrinches, desazones, dicterios, porrazos a las
puertas, órdenes contradictorias a los criados, escándalos al vecindario; en
suma, el pavoroso aparato de mal matrimonio, que hace envidiables las calderas
del infierno. En vano la mansedumbre de Malvita trataba de interponerse, a
manera de copo de algodón en rama, entre el choque y la explosión incesante de
aquellos dos genios de nitroglicerina; sólo conseguía que, más embravecidos,
volvieran a la lid como dragones que ansían devorarse.
Cierto día que el señor cura párroco encontró a Malvita
sola en el huerto, recogiendo fresas en una hoja de berza, creyó que estaba en
el deber de prodigarle consuelos, y le dijo con bondad suma:
-¡Pobre Malvita! Pensamos mucho en ti; el pueblo entero
te compadece. Para la vida que llevas, a la verdad, creo que mejor estarías en
un convento. Al fin tú no sabes más que obedecer como una cordera pacífica.
Obediencia por obediencia, aquella sería menos dura; las monjitas son muy
buenas, y la regla, como instituida por un gran santo, es un dechado de
perfección y justicia. ¿No se te ha ocurrido esto, Malvita? Di.
La muchacha sonrió y alzó el verde plato natural que
formaba la berza, ofreciendo cortésmente la roja fruta al buen párroco. Después
de que éste aceptó y picó varias fresas de las más sazonadas, Malvita, con su
acento tranquilo y humilde, respondió pausadamente:
-Sí, se me ha ocurrido; pero, pensándolo bien, y por
conciencia, he desechado tal solución. Yo no practico la obediencia por virtud,
sino por placer; y es tanto mi gusto en ser mandada, que no comprendo
mortificación mayor que la de proceder según mi iniciativa y propio impulso.
Obedecer a una regla tan perfecta y sabia como la de un convento... ¡bah!, ¡gran
cosa! El caso es obedecer a cada minuto a mil caprichos, genialidades y
arrebatos; y esto lo hago yo dichosísima, encantada y lo haré hasta el último
instante de mi vida...
Con tal expansión hablaba la doncella, que el cura se
rió de buena gana, celebrando su original manera de pensar. Malvita, sin
embargo, se puso gradualmente seria y triste.
-La felicidad de la mujer -exclamó, meditabunda-, en
obedecer consiste, y yo no le pido a Dios sino que me permita someterme a la
ajena voluntad, y no me deje nunca entregada a mí misma... Hasta tal extremo es
esto verdad, señor cura, que ahora me veo en un conflicto..., y ya que se trata
de consejos..., espero que usted me ilumine...
Con gesto amable, Malvita señaló un banco de piedra al
párroco, y éste se sentó, teniendo en el regazo de la sotana la hoja de berza,
de la cual tomaba a menudo una fresita para refrescar la boca.
-Escuchemos ese caso de conciencia -murmuró con
interés.
-Lo es sin género de duda... -respondió Malvita dando
señales de congoja y aflicción-. Antes de que se casase otra vez mi padre, yo
cumplía, obedeciéndole a ojos cerrados. Hoy debo igual obediencia a la señora
que hace veces de madre para mí, a mi madrastra, doña Javiera. ¿Es esto cierto?
-Cierto es -declaró, entre fresa y fresa, el párroco.
-Pues bien: yo no puedo cumplir mi deber. Mi padre y mi
madrastra ni por milagro están de acuerdo en cosa ninguna..., y al recibir el
mandato del uno recibo la inmediata contraorden del otro... Ahí tiene usted mi
verdadero apuro, mi verdadera desgracia. Nací para obedecer, y el Destino me lo
veda... Figúrese usted que, por ejemplo, ayer papá quiso que yo le hiciese el
chocolate, porque la cocinera no se lo bate a su gusto..., y cuando me dirigía a
la cocina se interpuso doña Javiera diciendo que es un desdoro para su estirpe
que yo guise y sople la hornilla..., y así se quedó el chocolate hasta hoy. Mi
padre gritó y atronó la casa; mi madrastra me encerró y se encerró ella, y aquí
me tiene usted desobediente involuntaria, sufriendo como sufre todo el que
desmiente su condición natural, y, además llena de remordimientos.
Escenas parecidas ocurren sin cesar... No puedo vivir
así... ¿Qué me aconseja usted, señor cura?
Arrojando el rabillo de la última fresa, el párroco
tosió con majestad y, solemnemente, emitió este dictamen:
-Lo que acabas de confiarme, Malvita, demuestra que
sólo hay para ti una solución, es la que antes te he recomendado: el convento...
Allí no estás en peligro de desobedecer nunca. Piénsalo bien, y al convento irás
a parar.
Malvita se ruborizó, como si las fresas se le hubiesen
subido a las mejillas, y bajando los ojos con modestia respondió apaciblemente:
-Lo pensaré, señor cura; lo pensaré.
Pocas semanas después de este diálogo llegó a casa de
Malvita Jerónimo, el hijo de primeras nupcias de doña Javiera, oficial de
Caballería, en el cual su padrastro tuvo, desde luego, digno colega y
competidor. Si el padre de Malvita era un escorpión, su alnado, un basilisco; si
aquél asustaba a la vecindad, éste la horrorizaba; cuando estaban juntos los
tres, padrastro, hijastro y madre, había que alquilar balcones como para asistir
a un combate de fieras. Increíble parecía que Dios hubiese criado genios tan
semejantes y tan avinagrados y venenosos.
La casa era un campo de Agramante; la existencia, un
vértigo, un frenesí. Y el pueblo, con mayor motivo que nunca, compadecía a
Malvita y la calificaba de mártir viéndola entre los dos leones y la tigre
hircana. Contábase en voz baja que Jerónimo, el recién venido, era tirano y
enemigo cruelísimo de la desdichada Malvita, llegando su ferocidad al extremo de
maltratarla de obra bárbaramente. La lavandera, y el panadero, y los criados, y
los mozos juraban haber visto a Malvita huir de Jerónimo que la perseguía por el
jardín, sin duda con objeto de pegarle una paliza de padre y muy señor mío...
¡Júzguese del asombro, de la estupefacción que causaría
en el pueblo la noticia, primero misteriosa, después pública e indudable, de la
fuga de Malvita en compañía de Jerónimo, y su aparición en la ciudad más
cercana, desde donde escribieron a sus padres solicitando el permiso para
contraer nupcias! Aquello fue desquiciarse la bóveda celeste y hundirse sobre
las cabezas de los lugareños atónitos. ¡Malvita, la mansa borrega, la obediente,
la que parecía salir en andas por Corpus, como las santas de palo de la iglesia!
Cuando el señor cura, que hubo de intervenir para arreglar el cotarro de la
boda, manifestó a Malvita su admiración, mostrando gran severidad y enojo,
Malvita, tímida y reverentemente, clavando los pupilas en tierra, con voz que
parecía, por lo suave, el eco lejano de un arpa, objetó:
-Señor cura, es verdad que mi conducta parece impropia
de mí... Pero usted bien sabe que no lo es... Mi conciencia lo exigía... Para
cumplir mi voto de sumisión incondicional necesité sujetarme a una sola
voluntad... ¡Ahora, que mande Jerónimo, que segura estoy de poder obedecerle!...
- IV -
Los huevos pasados
Parecíase la familia de don Donato López a las demás
familias burguesas que gozan de la consideración pública y respetan la ley y las
fórmulas en que se sustenta, como torre de hierro en postes de caña, la
sociedad.
López figuraba entre la gente de sanas ideas, y no daba
cuartel ni a las doctrinas disolventes, ni a la impiedad en materia religiosa.
La señora de López y sus hijas frecuentaban los templos, solían contribuir para
el culto y, como crecían sinceramente, sinceramente reprobaban a los incrédulos.
A su padre le profesaban respeto sagrado, persuadidas de que la rectitud y la
moralidad inspiraban sus enseñanzas y sus acciones, y de que era modelo de
ciudadanos y de hombres de bien. Al practicar estaban ciertas de seguir el
impulso de un jefe de familia cristiano. Cuando volvían de oír sermón o misa, de
visitar a los pobres o de compartir las tareas de las socias del Roperito, las
niñas de López se agrupaban contentas alrededor de papá, y éste, después de
preguntar y aprobar, las acariciaba, chanceándose con ellas y sintiéndose, allá
en su interior, muy bondadoso, muy perfecto.
Acostumbraba don Donato López desayunarse con un par de
huevos pasados, y los quería siempre bien en punto, ni tan cocidos que
estuviesen duros, ni tan crudos que la clara no se adhiriese, cuajada y suave,
al cascarón. Sabía ya la cocinera el modo de lograr este difícil término medio,
y don Donato saboreaba gustoso el desayuno sano y frugal.
Sucedió que la cocinera fue despedida por no sé qué
sisas extraordinarias, y los huevos pasados comenzaron a venir ya sólidos, ya
mocosos, jamás como le gustaban al señor de López. Al ver a su padre enojado y
rehusando el desayuno, Enriqueta, la mayor de las niñas, compró una maquinilla
de las llamadas «infiernos», que se ceban con alcohol, y haciendo hervir el
agua, se dispuso a pasar los huevos ella misma, en la mesa del comedor, no sin
preguntar a López cómo debía proceder para conseguir el resultado apetecido.
-Hay que rezar tres credos -contestó el padre-, y al
acabar de rezarlos están los huevos perfectamente pasados, ni de menos ni de
más.
Riéronse las muchachas de la receta, y la mayor
exclamó:
-Pues rece usted, papá, mientras yo cuido de echarlos y
sacarlos a tiempo. ¡A ver!
Don Donato López, que también se reía, por seguir la
broma emprendió la tarea de recitar la oración: «Creo en Dios Padre,
Todopoderoso, Creador del Cielo y la Tierra; en Jesucristo, su único Hijo...»
Y al llegar aquí, igual que si hubiese llegado el punto
de darle garrote, don Donato no pudo continuar: no recordaba ni una sílaba más;
un sudor de congoja le humedeció el pelo. Las frases del olvidado símbolo de la
fe, aunque parecían despertarse y bullir dispersas allá en el fondo de su
memoria, no acudían a su lengua torpe. Sintió que se ponía rojo, muy rojo,
mientras Enriqueta, que le miraba fijamente, había dejado de reír, y palidecía,
sin acertar a sostener el rabo del cacillo para que no se derramara el agua
hirviente...
Y como los niños chicos carecen de prudencia, Laurita,
gordinflona de nueve años, soltó la carcajada y gritó:
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Ven! ¡Ay, qué guasa! ¡Papá no sabe el
Credo! |
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La operación
-Los primeros años de mi juventud -dijo el opulento
capitalista que nos había ofrecido una comida indudablemente superior a las
famosas de Lúculo, las cuales tenían al margen el vomitorium y la indigestión a
la vuelta- los pasé en la mayor miseria, en la estrechez más angustiosa. Aquí
donde ustedes me ven -y con una ojeada circular parecía indicarnos toda la
riqueza que le rodeaba-, yo he saltado de martes a jueves sin tropezar en un
garbanzo siquiera; yo he bostezado de hambre frente a los surtidos escaparates
de las pastelerías y los bodegones; yo me he enjabonado y lavado mi camisa
(única que poseía), en el rigor del invierno, en una buhardilla desmantelada que
no podía pagar, y de la cual me despidieron al fin, poniéndome de patitas en la
calle, en mitad de una noche de diciembre. ¡Qué tiempos, señores! Aquélla fue la
pobreza negra, la edad heroica de la pobreza.
-¿Y eso duró mucho?
-Dos o tres años..., los primeros que pasé en el mundo,
huérfano y desamparado de todos. Después principié a aletear... Pero ¡qué triste
y aburrido aleteo! Me contaba más dichoso antes, al soplarme los dedos y hacerme
una cruz sobre el estómago. Mi aleteo consistía en un puesto inferior en una
gran casa de comercio, ocupación que me sublevaba y repugnaba profundamente,
pues mientras hacía números o despachaba la árida correspondencia de negocios mi
fantasía volaba por los espacios y mi corazón latía henchido de savia juvenil...
-¡Qué bien se explica! -dijo, quedito, la señora de
Huete a su amiga la baronesa de Torre del Trueno.
-No sé qué tiene el pícaro dinero, que es capaz de
volver elocuente a un guardacantón -suspiró la baronesa clavando sus angelicales
ojos azules en el ricacho. Éste, sin advertirlo, prosiguió:
-Sujeto a una labor mecánica, que me producía tedio y
cansancio invencible, yo pensaba allá entre mí: «¿Será éste mi destino? ¿No
habré venido al mundo sino a dar vueltas y vueltas a la noria de una tarea
insípida? ¿No dejaré otra señal de mi paso sino cuatro columnas de cifras, o el
acuse de recibo de una partida de arroz y cacao? A lo menos en aquella
buhardilla de marras podía esperar las compensaciones del porvenir; al paso que
ahora veo claramente el camino que me trazan, y es tan trillado, tan mezquino,
tan estrecho, que sólo pensar que he de recorrerlo hasta el último instante de
mi vida me enloquece de rabia. A toda costa es preciso que yo salga del pantano
de esta rutina y realice algo extraordinario y singular, algo que me eleve por
cima de los demás mortales, que lleve en triunfo mi nombre a las generaciones
futuras, que me sirva de pedestal y de aureola... Si para conseguirlo es
menester volver a la miseria, a la miseria volveremos; si a la buhardilla, a la
buhardilla; si hay que ir a la muerte, iremos a la muerte.»
Con tanta exaltación se expresaba el millonario que las
señoras le miraron conmovidas, y los hombres, entre chanzas y veras, le
interpelaron:
-¿Según eso..., a lo que aspiraba usted entonces no era
a la brillantísima posición que ha conseguido..., sino a otra cosa?... ¿A otra
cosa..., vamos, de otro orden... del orden...?
-Del orden espiritual, poético y vano -declaró
terminantemente el hombre de oro-. Sí, de ese pie cojeaba yo... Ni se me pasaba
por las mientes nada real y positivo. Yo soñaba -no sucesivamente, sino a un
tiempo -con inspirar una pasión frenética, o con sentirla; con lances y
aventuras muy dramáticas, y peligros y enredos dignos de una novela; con ser un
artista célebre, un escritor de fama universal, un guerrero victorioso, un
gobernante excelso, un héroe y hasta un mártir, de ésos que vierten su sangre en
un transporte de entusiasmo y no trocarían su suerte, al sucumbir, ni por la del
más venturoso...
-¿Todo eso deseaba usted? -preguntó con ironía el
periodista Anzuelo, reputado por sus mordaces agudezas-. ¡Cómo se varía al
correr de los años!
-Ya verá usted -respondió el millonario con sorna- que
no fueron los años los que me variaron a mí. ¡Los años! ¿A que usted, por más
viejo que llegue a ser, no pierde sus mañitas y la costumbre de soltar pullas
para que se rían los bobos? Genio y figura, amigo Anzuelo... Volviendo a mi
historia, sepan ustedes que aquellos sueños y ansias se apoderaron de mí con tal
fuerza, que acabaron por quebrantar mi salud. Empezó a consumirme una especie de
fiebre hética; mi cuerpo se agostaba como la hierba cuando la cortan, y en mi
espíritu sentía tal abatimiento (unido a cierto sombrío frenesí) que se me puso
entre ceja y ceja un proyecto de suicidio, un fúnebre anhelo de muerte. Nada, lo
mejor era suprimirse, desaparecer del indigno y miserable mundo. ¡Sólo había una
dificultad! Y es que eso de morir no sé qué tiene que hasta a los más
desesperados les hace cosquillas. La prueba es que todo hombre nacido de mujer
piensa alguna vez en el suicidio, y son contadísimos, insignificante minoría,
los que lo ponen por obra. Mientras alimentaba yo tan fatales propósitos,
comprendía su horror, y deseaba vivamente que semejante manía se me quitase de
la cabeza. Con este deseo, se me ocurrió que cualquiera enfermedad del alma
puede curarse desde afuera, al través del cuerpo; y habiendo oído hablar de un
célebre médico cuya especialidad eran las afecciones del cerebro, me decidí a
consultarle. Recibióme el doctor con agrado y esa afabilidad seria de los que se
encuentran en su terreno; me crucificó a preguntas sobre el origen de mi mal,
sus síntomas y caracteres; y ya bien enterado, me reconoció, primero con
reiterados golpecitos de los nudillos, parecidos a los que se usan en las
auscultaciones, después con la percusión ligera y repetida de un martillito de
marfil; hecho lo cual sonrió, complacido, y me dijo en tono y acento animadores:
«No hay cuidado. Eso va a desaparecer inmediatamente por medio de una operación
algo molesta, pero sin consecuencias temibles.» «¿Y qué es eso que va a
desaparecer?», exclamé un tanto alarmado. «Lo que causa los desórdenes de que
usted se queja. ¿Quiere usted que ahora mismo...?» «Sea», murmuré, resignado de
antemano al dolor. «¿Le aplico el cloroformo?» «¡No, no!... ¡Tengo valor
bastante!» Armóse el médico de un sutil berbiquí, me lo apoyó en la sien, y,
poco a poco, vuelta tras vuelta, fue hincándolo y haciéndolo penetrar hasta la
misma sustancia de mi cerebro. Aunque me dolía horriblemente, y no estaba yo
para observar, noté, en el espejo que frente a mí tenía, que de mi cabeza iba
alzándose algo parecido a una columnita de humo, suave, azulado, dorada a
trechos, que ondulaba dulcemente y acababa por disiparse... «¡Qué humareda tenía
yo ahí!...», suspiré así que el doctor, retirando el instrumento, me aplicó una
venda empapada en un líquido que había de curar el taladro. «Es lo que,
generalmente contienen los cerebros al hacerles esta operación delicada -declaró
él, despidiéndome afectuosamente en la puerta-. Humo o aire... A veces también
encierran aserrín; pero entonces renunciamos a operar. ¿Para qué?»
Calló un momento el millonario, satisfecho de la
impresión que nos causaba su fantástica y embustera historia.
-¿Y sanó usted y vivió después de esa barbaridad que le
hicieron? -preguntó, aturdidamente, la baronesita.
-Ya lo ve usted, señora... Aquí estoy, a sus pies, y
vivo aún... No solamente sané, sino que empecé a prosperar...; al principio,
modestamente; después, aprisa; luego, en volandas... Debió de consistir en que
los negocios, que me parecían tan antipáticos, se me hicieron atractivos y
gratos apenas se me quitó, con la salida del humo, aquel desvarío de las
pasiones, los heroísmos, las celebridades y las victorias; y como me apegué al
trabajo y me encariñé con la realidad, la realidad vino a mí con los brazos
abiertos, la fortuna me miró transportada y el capital, el esquivo capital, se
precipitó en mis arcas como el río por su cauce... Y pude hacer infinitas cosas
que me parecen difíciles, y conseguir algunas de las que apetecía en otro
tiempo, ¡porque el capital es fuerza, y la fuerza es la ley del mundo!
Al hablar así, fue tan oronda y esponjada, tan radiante
la sonrisa del millonario, que los concurrentes sufrieron íntima mortificación
en su amor propio, y Anzuelo, siempre irónico, formuló esta pregunta:
-¿Le dijo a usted el médico cómo se llamaba aquella
columnita de humo que le quitaba a usted de la cabeza?
-No por cierto -contestó, receloso, el potentado.
-Pues yo lo sé... Se llama «el ideal».
Y el ricachón, que no siempre era todo lo cortés y
correcto que debe ser el que otorga hospitalidad, se llegó al periodista, le
golpeó suavemente la cabeza y dijo, guiñando un ojo a las señoras:
-Estaba seguro... Si el doctor le reconoce a usted...,
no intenta operarle. |
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Crimen libre
Los tres que nos encontrábamos reunidos en el saloncito
de confianza del Casino de la Amistad nos habíamos propuesto aquella tarde
arreglar el Código y reformar la legislación penal con arreglo a nuestro
personal criterio. Lo malo era que ni con ser tan pocos estábamos conformes. Al
contrario, teníamos cada cual su opinión, inconciliable con los restantes, por
lo cual la disputa amenazaba durar hasta la consumación de los siglos.
Tratábase de un juicio por Jurado, en que una parricida
había sido absuelta; así como suena, absuelta libremente, echada a pasearse por
el mundo «con las manos teñidas en sangre de su esposo», exclamaba el joven
letrado Arturito Cáñamo, alias Siete Patíbulos, el acérrimo partidario y
apologista de la pena de muerte bajo todas sus formas y aspectos. La indignación
del abogado contrastaba con la escéptica indulgencia de Mauro Pareja, solterón
benévolo por egoísmo, que todo lo encontraba natural y a todo le buscaba alguna
explicación benigna, hasta a las enormidades mayores.
-Sabe Dios -decía Mauro- las jugarretas que ese esposo
le haría en vida a su amable esposa... Los hay más brutos que un cerrojo, créalo
usted y más malos que la quina, y el santo de los santos pierde la llave de la
paciencia, agarra lo primero que encuentra por delante, y izas! Entre
matrimonios indisolubles existe a lo mejor eso que puede llamarse «odio de
compañeros de grilletes»... El jurado habrá visto muchas atenuantes, cuando
absolvió a la mujer.
-Perfectamente -refunfuñaba Cáñamo, cuyo bigotillo
temblaba de biliosa cólera-. Ya sabemos lo que son jurados. En tocando la cuerda
de la sensibilidad, capaces de echar a la calle al mismísimo Sacamantecas. A ese
paso, la seguridad, la vida de los ciudadanos llegará a depender del capricho de
unos cuantos ignorantes, que ni han saludado el Código. Ahí tiene usted las
consecuencias funestas..., ¡sí, funestas, no me desdigo!, de las lecturas
perniciosas, de las nocivas teorías de mosié Lucas...
Este mosié Lucas es un abolicionista anterior al año
30, y de quien no se acuerda nadie en el mundo sino Arturo Cáñamo, para
impugnarle una vez por semana en el casino de Marineda.
-Pero hombre -arguyó Pareja- ¿usted cree que los
jurados han leído a ese mosié ni nada? Y los magistrados tampoco, si usted me
apura... Para leer estaban ellos... Lo que hay es que a veces..., ¡qué demonio!,
los que parecen crímenes no son, bien miradas las circunstancias, sino
delitos..., y yo, jurado, probablemente absuelvo también a la infeliz.
-Usted, jurado, desorganizaría la sociedad más aún de
lo que está...
-Pues Dios nos libre de usted, magistrado, que es capaz
de ahorcar al nuncio...
-Y tanto como le ahorcaría, si el nuncio delinque...
Cuando la gresca llegaba a enzarzarse mucho, yo
intervenía prudentemente para templar los ánimos, adoptando la estrategia de dar
la razón a todos, con lo cual lograba no dejar contento a ninguno.
-Señores, eso de que una mujer escabeche a su marido, y
el Tribunal la mande a la calle, fuertecito es. Con algunos años de presidio...
-¡Presidio! -gritaba Cáñamo-. ¡La casi impunidad! ¡Un
fantasma de vindicta pública! ¡Hipocresía y desmoralización!
-¡Presidio!... -exclamaba Mauro-. Cuando regularmente
quien merecía el presidio sería el difunto.
Y ande la marimorena.
Mientras ellos se peleaban, me asaltó con lúcida
precisión un recuerdo. «A ver si los pongo en apuro y doy nueva dirección a sus
ideas», pensé, mientras humedecía un terrón de azúcar en kummel y lo chupaba con
golosina.
-¿No les parece a ustedes -pregunté en alta voz- que
por muy lista que supongamos a la Policía y muy rigurosos y sagaces que sean los
jueces, siempre habrá más crímenes impunes que descubiertos y castigados? ¿No
les parece también que existe un orden de crímenes que no puede estimar como
tales la ley, y, sin embargo, revelan en su autor más perversidad, más ausencia
de sentido moral que ninguna de las acciones penadas por el Código?
Arturito me miró con los ojos blanquecinos y turbios,
que parecían los de un pez cocido acabado de salir de la besuguera; Pareja
sonrió como si medio entendiese.
-¿Quieren un ejemplo? -añadí-. Pues se lo voy a dar,
refiriéndoles un caso que presencié años hace.
Arturito dijo «que sí» con la cabeza; el sibarita de
Mauro encendió un puro con sortija, y yo principié:
-Era un invierno de ésos de prueba que saltan a veces
en Madrid. Nunca he visto días de sol más claro y brillante, ni cielo azul más
limpio; aquello era un trozo de raso turquí: de noche, las estrellas
resplandecían lo mismo que diamantes; hacía una luna soberbia; todo hermoso,
pero con un frío... vamos, un frío de los que cuajan la sangre y hielan en el
aire las palabras. Por la mañana perdía uno lo menos hora y media deliberando si
echaría o no la pierna fuera, intimidado ante la perspectiva del cuarto de la
posada, en cuya atmósfera ya no quedaban ni rastros del braserito de la víspera;
con el terror al lavatorio en agua casi sólida; a la inevitable salida a la
nevera de los pasillos o al comedor, donde tampoco reinaría la más dulce
temperatura...; y a veces acababa uno por seguir los malos consejos de la
pereza, dar al diablo el hato y el garabato, y quedarse entre sábanas, en el
cariñoso nido del hoyo del colchón, leyendo algún libro, sin sacar fuera más que
la punta de los dedos, porque la mano entera se volvería sorbete.
Sólo que esta debilidad de pasarse la mañanita en las
ociosas plumas se pagaba cara después. Como al fin y al cabo no había más
remedio que levantarse, lo realizábamos a mediodía, y no lográbamos ya entrar en
reacción. El aseo se hacía de mala gana y de un modo incompleto: salía uno a la
calle forrado en cobre, con el gabán ruso que aquel año principió a llevarse, y
al sentar el pie en el umbral, al recibir el primer latigazo sutil de un cierzo
afilado como navaja barbera, se le encogía el espíritu, se le ponía carne de
gallina, se le secaban los labios igual que al contacto de un hierro candente, y
no tenía fuerzas sino para sepultarse en un café, aguardando la hora de volverse
a casa, para arrimar las narices al vaho caliente del cocido. Salida de una
atmósfera viciada a la Siberia: romadizo, trancazo o bronquitis segura...
Ya verán ustedes, ya verán cómo esto del frío tiene
mucho que ver con lo del crimen. Si no les hago a ustedes persuadirse de la
inclemencia del invierno aquel, que ha dejado memoria, no comprenderían el
alcance de lo que sigue. Conque tengan cachaza.
-Bueno; ya nos hemos convencido de que hacía mucho
frío...; pero ¡muchísimo! -exclamó Pareja-. Venga la historia.
-A eso vamos inmediatamente... -respondí con firme
propósito de no suprimir ni un toque de mi «efecto de país nevado»-. Ya se
figurarán ustedes que, dada la temperatura boreal que sufríamos, no faltarían
nieves. Las primeras vinieron hacia Nochebuena; pero a mediados de enero
arreciaron en tales términos, que los puertos se cerraron completamente, y como
entonces no se había terminado la línea férrea, estuve más de diez días
incomunicado con mi familia y mi país. En cambio tuve el gusto de ver a Madrid
muy pintoresco; sobre todo, los paseos, como si los hubiesen espolvoreado de
azúcar molida, a ciertas horas del día; a otras, como si los árboles se hubiesen
vuelto de cristal, cristal claro y purísimo. La nevada tuvo también para mí la
ventaja higiénica de arrancarme a mis perezosas costumbres y obligarme a saltar
de la cama a primera hora, con objeto de ver hoy los reyes de la plaza de
Oriente con barbas blancas y flecos y encajes de hielo en los tahalíes y en los
mantos; mañana, la bonita fuente de la Red de San Luis toda cuajada de
estalactitas; al otro día la de Antón Martín convertida en garapiñera.
-Y a todo esto, ¿el crimen? -preguntó Pareja
socarronamente.
-Ya voy... ¡He dicho que los preámbulos son
indispensables! La nieve tiene mucho que ver con el crimen. Sepan ustedes que
más que las fuentes y las estatuas me cautivó el espectáculo del Retiro.
¡Aquello sí que merecía la madrugona! Los árboles de hoja perenne, sobre todo
los pinos, eran pirámides blancas salpicadas de polvo de diamante; los que se
hallaban despojados de hojas tenían, sobre la pureza de la atmósfera, un brillo
raro; parecían de vidrio hilado de Venecia... No íbamos sólo por gozar este
espectáculo bonito y grandioso a la vez; lo que más nos atraía era ver patinar
en el estanque, el cual, enteramente congelado, asemejaba inmensa placa de
vidrio verdoso.
Aquí me detuve un instante, mojé otro terrón en la copa
de kummel, lo saboreé y, viendo impaciente al auditorio, proseguí sin
entretenerme ya en tantas menudencias:
-No estaba por entonces tan extendida como ahora la
costumbre de patinar, y no siempre había valientes que se prestasen a calzarse
los patines y a describir curvas sobre la superficie lisa. Apenas se ablandaba
unas miajas la atmósfera, el temor de que se hubiese adelgazado o resquebrajado
la capa de hielo retraía a los aficionados a ese género de sport, impropio de
nuestros climas, y los mirones nos quedábamos chasqueados, contemplándonos los
unos a los otros por vía de compensación.
Sin embargo, a uno de los susodichos mirones se le
ocurrió una idea sumamente divertida, que podía ayudar a pasar el tiempo
mientras no llegaban los patinadores formales. Sacaba del bolsillo calderilla y
la arrojaba a granel a la superficie del estanque, lo más desparramada y lo más
lejos posible. Inmediatamente, una horda de pilluelos se precipitaba a recoger
las monedas, y teníamos una sesión grotesca de patinaje, de lo más cómico que
ustedes pueden imaginar. Las culadas y las hocicadas de los chicos en el hielo
las coreábamos desde la orilla con risas inextinguibles, agudeza y aplausos. De
aquellos improvisados patinadorcillos, la mayor parte no llegaban a pescar los
cuartos; pero algunos iban adquiriendo singular destreza para evitar resbalones,
y sacaban buena cosecha de «perros» grandes y chicos.
Una mañana de ésas de muchísimo bajo cero (porque los
grados justos no los sé, y más quiero dejar dudoso el punto que dar una cifra
equivocada), estábamos cebados varios curiosos en la diversión de lanzar las
monedas, y se deslizaban en pos de ellas más de veinte granujas, cuando de
pronto se alza un rumor comprimido, uno de esos murmullos hondos de la multitud
que, sobrecogida ante la inmensidad de una desdicha, no tiene fuerza ni para
gritar... Algunos espectadores preguntaban, se empujaban y no comprendían; pero
yo ni preguntar necesité, porque «había visto»: había visto romperse la helada
superficie, como se estrella la luna de un espejo colosal, y desaparecer por la
boca recién abierta a dos de los gurriatos que recogían calderilla... La
multitud, lo repito, no gritó: ¿a qué había de gritar en balde? Allí era inútil
pedir socorro, y segura la muerte de los dos infelices chicos, sobrecogidos por
el frío mortal del agua, sujetos por una losa de plomo transparente a su líquida
tumba... Ni un rumor, ni un eco, ni un quejido venían de la sima que acababa de
tragarse a los muchachos...
De repente se destaca de entre la multitud un hombre,
un mozo como de unos veinte años de edad, delgadillo, pálido, resuelto; sin
falso pudor se quita la chaqueta y el chaleco, se desabrocha los pantalones...
Cobardes, aplastados por la grandeza de la acción, transidos al verle desnudarse
en aquella atmósfera glacial, le dejamos hacer...
La verdad es que todo ello fue, como suele decirse, ni
visto ni oído. Aún no estábamos convencidos de que se arrojaría, cuando se
arrojó, mejor dicho, se enhebró por la rotura del hielo. Pasaron dos minutos,
pasaron tres... o, quizá, no fuesen minutos, sino segundos, que a nosotros nos
parecían horas... y por la grieta ensanchada ya de degolladoras márgenes, salió
un brazo, otro brazo, un grupo informe... Era el salvador..., con las dos
criaturas.
-¿Vivas? -preguntaron a la vez Cáñamo y Pareja.
-Viva una y la otra... tiesa ya; no fue posible
reanimarla. De todos modos entonces sí que gritamos: «¡Bravo! ¡Ole tu madre!
¡Llevarle en triunfo!»
-Un beso le quiero dar -exclamaba una mujer del pueblo,
ronca, trémula de alegría y de entusiasmo.
El pobre y aclamado salvador, morado, chorreando,
tiritaba y temblaba al sol con las ropas interiores pegadas a las carnes.
-¿Quieren ustedes pasarme mi pantalón? -fueron sus
primeras palabras, dictadas no sé si por el frío o, más bien, por la vergüenza
de verse así, medio en cueros y abrazado por la chusma. Buscamos el pantalón...
Él sabía dónde lo había dejado... Pero ¡buen pantalón te dé Dios! Ni chaqueta,
ni chaleco con el reloj y los cuartos... Mientras él salvaba al niño, un ratero
le escamoteaba su ropa.
Callé para apreciar el efecto de mi narración, y
Arturito Cáñamo me miró atónito, abriendo más y más sus blancuzcas pupilas.
-¿Y dónde está el crimen? -preguntó al fin-. Porque yo
ahí veo una acción humanitaria, digna de una recompensa del Gobierno.
-¿Cuál? -preguntó con sorna Pareja-. ¿La de robar los
pantalones al salvador del niño?
-¡Ah! ¿Hablaba usted de eso? -interrogó el abogado-.
Como decía usted que un crimen..., y ése no pasa de un delito penado por el
Código con unos meses de arresto, pues ni hay nocturnidad, ni escalamiento, ni
fractura, ni ninguna de las agravantes... |
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Cuento inmoral
-La oportunidad y la resolución -decíame aquel terrible
doctor en filosofía práctica- han sido siempre cualidades distintas de los
hombres cuyos hechos resaltan sobre el tejido de la Historia. Quien pierde un
instante, todo lo pierde. Sé cierto maravilloso sucedido, y lo referiré para
comprobar de lleno esta verdad, tan grande como olvidada.
Un mozo de ilustre progenie y refinadísima educación,
pero enteramente arruinado por las locuras de sus padres, ocultaba su miseria
entre el bullicio de la populosa ciudad. Careciendo de ropa decente, salía al
oscurecer y se deslizaba avergonzado, pegado a las casas, procurando que no le
reconociesen los que en otro tiempo eran amigos de su familia. Veía pasar trenes
suntuosos, caballos de raza regidos por hábiles jinetes, gente regocijada y
vestida de gala; oía salir de los cafés, de las fondas y de los círculos
torrentes de luz, choques de cristal y carcajadas locas; deteníale la ola de la
multitud al entrar en los teatros; y a veces le sorprendía el soplo glacial de
la madrugada atisbando a la puerta de palacios donde se celebraban saraos
espléndidos, y le encendía el corazón la silueta de las mujeres que, descubierto
el dorado moño y subido hasta la barba el cuello del abrigo forrado de cisne,
apoyaban ligeramente su diminuto pie calzado de raso en el estribo del coche.
¡Qué sufrimiento tener que desviarse del farol para ocultar el sombrero
grasiento y la raída capa, las botas torcidas y la camisa negruzca!
En tan críticas situaciones, cualquiera que sea la
cultura moral del individuo, creed que surge en el alma una protesta enérgica y
ardentísima contra la injusticia de la suerte. Tratadistas hay que aseguran que
todo hombre nace «propietario» y «ladrón»; pero esta desolladora observación
clínica de la naturaleza humana es más verdadera que nunca si se aplica al
individuo que se crió rodeado de bienestar, y a quien ese bienestar impuso
necesidades incompatibles con la estrechez.
De carácter recto y sentimientos delicados; empapado en
las nociones del honor y de la probidad, mi héroe -a quien llamaré Desiderio-
notó con sonrojo que la codicia, furiosamente, se despertaba en su alma, y que
al pasar por delante de las tiendas de los cambistas, sin querer calculaba los
goces que representarían para él aquellos montones de oro y plata, y aquellos
billetes de Banco sembrados a granel en el escaparate. Pensamientos que le
afrentaban; ansias que se apresuraba a rechazar con ira; vergonzosas
sugestiones; instintos brutales de apropiación violenta y súbita le perseguían
sin tregua, y en la deshecha borrasca de su espíritu ya se veía perdiendo lo
único que le restaba de la dignidad de su originaria condición social: el honor
vidrioso y exaltado; y además perdiéndolo sin fruto, sin ventaja alguna, pues
mientras prevaricaba su imaginación, continuaba envuelto en la capa raída y
arrastrando por las calles las innobles y tuertas botas.
Una noche, mientras Desiderio daba vueltas en el
camastro esperando vanamente el sueño porque le desvelaba el estómago vacío, el
cuartucho se iluminó con sulfúrea luz, y a la cabecera del pobrete se apareció
el diablo... o, por mejor decir, «su» diablo; lo que para Desiderio era
realmente el espíritu maligno -llámese Satanás o Eblis-; el Mal que en aquel
instante actuaba sobre el alma de aquel hombre. El ángel rebelde sonreía, y
trazando un círculo en el aire con su dedo índice, incluida en el círculo y
llenándolo por completo se dibujó instantáneamente una gigantesca, relevada,
amarilla y fulgentísima onza de oro.
-¿Quieres poseer, quieres gozar? -preguntó el tentador
a Desiderio.
-¿No lo sabes? -respondió el mozo afanosamente.
-Pues escucha. Hace cinco siglos, yo te haría firmar
con tu sangre un pacto donde declarases que me vendías tu alma por los bienes de
la tierra. Hoy todo ha progresado, hasta la fórmula de los pactos diabólicos. ¿A
qué comprar almas que ya se entregan? El contrato es libre, eres dueño de
romperlo a cada instante. Quedas en posesión de tu albedrío; puedes sacudir mi
yugo con sólo resignarte a eterno trabajo y a perpetua miseria. En cambio yo te
ofrezco el medio de saciar tus apetitos. Cuando al pasar por sitios donde ruede
el oro y se ostenten las riquezas quieras tender la mano y apropiártelas, serás
«invisible»; los poseedores notarán que «han sido robados», pero se volverán
locos sin sospechar ni averiguar «por quién». Como soy leal y no engaño nunca,
digan lo que digan los necios, te añadiré que habrá un momento -no puedo
advertirte cuál-, en que perderás el privilegio, y podrán cogerte in fraganti y
con las manos en la masa. Ese momento será muy corto: llamémosle «la hora de
Dios»; en cambio, «los años del demonio», si los aprovechas, te habrán permitido
vencer en opulencia a los nababs y a los rajás de la India. Sé diestro, decidido
y cauto, y el porvenir te pertenece.
Apagóse la luz; borróse el relieve de la gigantesca
onza, y Desiderio, aturdido, dudando si la calentura de la debilidad era la que
le obligaba a soñar disparates, vio amanecer y se levantó febril. Apenas se echó
a la calle volvieron a atormentarle las palabras del Maldito. Es decir, que con
un impulso de la voluntad, con sólo transformar el acto en deseo, podía
inmediatamente satisfacer sus antojos, apurar las alegrías de la vida.
-Precisamente pasaba entonces por delante de la
joyería, en cuyo escaparate chispeaba una riviére de chatones gordos como
avellanas. Si se apoderaba de ella, el botín representaba una fortuna. Pero ante
todo, en realidad, ¿no podrían verle cuando echase mano a la joya? Era preciso
saber si mentía el diablo, si había querido sencillamente burlarse de un
infeliz.
Entró Desiderio en la tienda, y notó con asombro que
los dependientes no dieron la menor señal de haberle visto, ni se movieron de su
sitio, ni levantaron la cabeza al ruido de sus pasos. Desiderio avanzó, acercóse
al escaparate, descorrió el pasador de la vidriera, alargó la diestra, tomó el
estuche... Los dependientes, como si tal cosa.
No cabía duda, no le veían; estaban cegados por mágico
poder. Ni se les ocurría que un hombre andaba por allí, dueño de las
preciosidades que juzgaban resguardadas por el vidrio. Desiderio sentía bajo sus
dedos los brillantes, comprendiendo que podía llevárselos impunemente. De pronto
los soltó, exhaló una especie de gemido... Le parecía que las soberbias piedras
le abrasaban las yemas de los dedos.
Desde aquel minuto vagó como alma en pena y sufrió como
un condenado, probando todas las amarguras del delito sin recoger su precio. Los
principios mamados con la leche, espectros de un pasado de caballeresca altivez
y de inmaculada honra, se aparecían, le paralizaban. Hamlet de la codicia, como
el otro fue de la venganza, asesinábale la indecisión, y habiendo perdido su
estimación propia al notar la continua tendencia de su voluntad hacia el
atentado, no granjeaba los apetecidos bienes, porque se los impedían vallas
invisibles, telarañas morales interpuestas entre el propósito y su realización.
Y así pasaban días y días, y Desiderio continuaba acongojado, perplejo,
famélico, haraposo, miserable, triste, envidiando y no poseyendo..., y al paso
que con la imaginación pecaba a cada minuto, con las manos no se hubiese
resuelto a tomar ni un alfiler, ni un confite, ni una flor...
Sin embargo, un día en que no había comido nada, en que
la vista se le nublaba y las piernas le temblaban negándose a sostener el
cuerpo, Desiderio, ante el escaparate de una pastelería, sucumbió por fin.
Entró, tendió la mano, asió una morcilla reluciente y olorosa, le hincó el
diente con rabia... Y al punto mismo tuvo la sensación de que aquél era el
momento crítico, el fatal momento en que le verían y le echarían el guante y
pasearían por las calles atado codo con codo, entre befa y escarnio...
Y así fue. De improviso los pasteleros vieron al
raterillo, se lanzaron sobre él, y hartándole de bofetadas y mojicones le
entregaron a la Policía.
Aquella noche durmió en la cárcel.
La moraleja del cuento -añadió el filósofo- es que la
ocasión la pintan calva, y que no conviene pecar a medias.
-Creo -respondí con brío- que, a pesar de esa moraleja
de bronce y acíbar, ni en el mundo físico ni en el moral se pierde un átomo de
fuerza y de energía, y la larga y valerosa resistencia de Desiderio a las malas
sugestiones ya se habrá cristalizado en alguna forma bella. |
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Travesura Pontificia
La gente rutinaria que piensa por patrón, medida y
compás, suele imaginarse a los Papas como a unos hombres abstraídos, formalotes,
serios, encorvados y agobiados, a manera de cariátides bajo el peso de la
Cristiandad entera que gravita sobre sus espaldas; hombres, en fin, que se pasan
la vida en la actitud hierática de sus retratos, juntando las palmas para orar o
extendiendo la diestra para bendecir. Y la verdad es que los Papas, cuya virtud,
de puro grande, presenta caracteres infantiles, son personas de festivo humor,
de angelical alegría, de ingenio salado, que gustan de ejercitar en la
intimidad, y no por acercarse a santos se creen obligados a mantenerse rígidos y
tiesos, lo mismo que si se hubiesen tragado un molinillo, ni a estarse con la
boca abierta para que se les cuelen dentro las moscas.
Los Papas ven, ¡y desde una legua!; sienten crecer la
hierba, ¡y con qué finura!; lo observan todo, ¡con cuánta penetración!, y se
ríen, ¡con qué humana y discreta risa!
¿Y por qué no se habían de reír?, pregunto yo. En
verdad os digo, hermanos, que la seriedad y la formalidad sistemáticas son
condiciones distintivas del borrico. Se dan casos de que asomen lágrimas a los
ojos de los irracionales; nunca se ha visto que la luz de la risa alumbre su faz
cerrada e inmóvil. La risa es la razón, la risa es el alma.
No creáis, sin embargo, que el reír papal se parece a
esa carcajada descompuesta, bárbara y convulsiva, que se manifiesta en grotescas
gesticulaciones, obligando a apretarse con las manos el hipocondrio, a
descuadernarse las costillas y a desencajarse las mandíbulas. La risa de los
Papas apenas rebasa algún tanto los límites de la sonrisa; pero notad que la
sonrisa propiamente dicha suele ser melancólica; y desde que se convierte en
risa, o manifiesta únicamente el contento o la fina sal de la malicia
observadora.
La melancolía tiene un dejo de amargura, misantropía,
aburrimiento y pesimismo. Y como los Papas, rodeados de tanto amor, asistidos
por el espíritu de caridad, no son nunca amargos ni misántropos, y los cercan
demasiadas ocupaciones para que les sobre tiempo de aburrirse, de ahí que no
conozcan la melancolía, ese infecundo amargor psíquico, destilado en nosotros
por la doble hiel de nuestro hígado y de nuestras decepciones. Como, por otra
parte los Papas son gente de talento, de altísima posición, conocedores de la
sociedad, depósito y arca de experiencia, su templada risa encierra la suma
filosofía de la vida mundanal.
Estas observaciones referentes a los Papas me las
sugiere la anécdota que voy a referir, y que cuenta ya bastantes años de fecha,
pues no ocurrió en el actual Pontificado, sino en otro, cuando la soberanía
pontificia se encontraba en todo su auge y esplendor.
El excelentísimo señor don Inocencio Pavón, nacido en
Asturias y recriado en Madrid, a la sombra de las alas de un conspicuo personaje
moderado, había obtenido, después de varios tumbos por el mundo oficinesco y
oficial español y mediante influencias y gestiones que no nos importan un bledo,
asumir en la Corte pontificia la representación de tres o cuatro repúblicas
hispanoamericanas de las más chicas y pobres, y de las más nacientes e informes
en aquel período.
Con esto, el señor Pavón se tenía por tan embajador
como el más pintado. Y no le hablasen a él de que ningún hombre nacido le ganase
la palma en embajadear. A los individuos del cuerpo consular los miraba
desdeñoso y compadecido, y aspiraba a no tratarse, a no alternar ni cruzar
palabra sino con los plenipotenciarios de las grandes potencias.
Desgraciadamente, estos señores gastaban unos hombros tan altos, una cara tan
seria y acartonada, unas patillas tan dignas y simétricas, unos bigotes tan
peinados y correctos y una mirada tan distraída, que era cosa de jurar que ni
veían al resto de la Humanidad que no desempeña Embajadas.
La tiesura del embajador británico; la aristocrática
impertinencia del austríaco; las formas confianzudas pero protectoras y
humillantes del español; la desembozada grosería del francés, teníalas nuestro
Pavón sentadas en la boca del estómago, y no había cataplasma que se las
quitase. Al mismo tiempo las estudiaba como se estudia un arte para aplicar a
los inferiores, cuando le tocaba su vez, tantos modos de desdeñar y de darse
tono diplomáticamente.
Había que ver a Pavón cuando, revestido de un uniforme
de capricho, elegido entre varios modelos, a cual más bordado y recamado,
asistía a las recepciones en la logia vaticana, o acudía a las privadas
audiencias que a cada triquitraque acostumbraba demandar al Pontífice. No le
faltaban nunca pretextos para dar jaqueca al Papa. Como las republiquitas que
representaba Pavón estaban en vías de constituirse, y siempre andaban
engarfiadas por asunto de límites, fronteras y territorios, sucedía que hoy,
verbigracia, acudiese Pavón a exponer las quejas de una república, y mañana a
esforzar argumentos contrarios en favor de su rival. Todo ejecutado con la
imparcialidad más estricta y la solemnidad más profunda, sin que el Papa se
diese nunca por entendido de que Pavón le estaba diciendo y rogando lo contrario
de lo que la víspera le dijera y rogara.
También solía Pavón llevar a la Cámara pontificia
cuestiones de fuero y organización eclesiástica, distribución de parroquias,
provisión de sedes episcopales y otras del mismo jaez.
Para semejantes casos tenía Pavón estudiadas y
aprendidas al dedillo ciertas fórmulas oratorias y muy sonoras e imponentes,
como si de legua arriba o legua abajo de un obispado in pártibus, o de una
parroquia más o menos en el valle de Pachacamac, dependiese la solución de algún
conflicto internacional muy peliagudo, o la salvación del orbe cristiano.
-Reclamo toda la atención de Su Santidad y la del señor
cardenal secretario de Estado acerca de este punto arduo y delicadísimo... El
problema que me trae a vuestros pies, Padre Santísimo, es de aquéllos que sólo
una prudencia exquisita resuelve de un modo satisfactorio... Hoy nos toca
dilucidar materias altamente importantes...
Etcétera, etcétera.
A cada uno de estos delicadísimos asuntos que arreglaba
diciendo por fin amén, y accediendo completamente a las indicaciones del Vicario
de Cristo, Pavón que ya poseía todas las cruces españolas, era agraciado con
alguna orden o condecoración pontificia. Sin embargo, como el número de éstas no
es infinito, fueron agotándose, y finalmente, se concluyeron. Al presentarse una
ocasión nueva de recompensar los servicios, el celo y la diplomacia de Pavón, el
cardenal secretario de Estado hubo de preguntar al Papa:
-Santidad, yo no sé qué vamos a ofrecer a este
benedetto Pavón, porque él se eterniza en su puesto. Lleva en Roma cinco años, y
no le falta ninguna distinción, cruz o cinta. Padre Santo, ¿qué le daríamos?
-Queda de mi cuenta. Yo discurriré lo que se le ha de
dar -contestó tranquilamente el Sumo Pontífice.
En efecto: la primera vez que se apareció Pavón por el
Vaticano a presentar sus respetos al Papa, éste, llamándole con afectuosa
familiaridad al hueco de una inmensa ventana que domina los Jardines deliciosos
donde hoy León XIII tiende redes a los pájaros, sacó del bolsillo una cajita, y
de la cajita preciosa tabaquera de oro. Ligero círculo de brillantes rodeaba la
tapa, haciendo resaltar el primoroso esmalte de la miniatura en que sonreía la
cara bondadosa y plácida del Pontífice.
El Papa estaba lo que se dice hablando. Las perfectas
facciones de su rostro, pintiparadas para una medalla; su frente nítida, que
destellaba inteligencia; los mechones argentados del cabello, escapándose de la
suave presión del solideo blanco, los ojos reidores, benévolos, con su
toquecillo malicioso allá en el fondo de las niñas; hasta los armiños y el
terciopelo rojo de la muceta, todo resaltaba en la obra de arte. La cual, aparte
de valer un tesoro por su mérito intrínseco, suponía como regalo la más cortés y
exquisita atención, porque nada agradaba tanto a Su Santidad como absorber una
pulgarada de tabaco fino, y se refería que en cierta ocasión, habiendo ofrecido
un polvo de rapé a un cardenal, y contestándole éste que «no tenía semejante
vicio», el Papa hubo de replicar:
-¡Ah!, el tabaco no es vicio, que si fuese vicio, lo
tendríais.
¿Qué mayor obsequio de parte del Papa que una
tabaquera? Pavón se confundió y deshizo en expresiones de gratitud, y en
protestas de su indignidad para merecer favor semejante.
Al otro día, el Papa preguntó al cardenal secretario:
-¿Qué tal nuestro Pavón? Supongo que no estará
descontento.
-¡Descontento! ¡Ah, «Santità»! ¿Cómo descontento? ¡Pues
si está loco, trastornado; si no sabe lo que le pasa! De tal manera le ha
sorbido el seso y aturrullado la nueva distinción, que ha llegado al extremo...
-¿De qué?
-De preguntarme... Adivine Su Santidad lo que me habrá
preguntado.
-¿Para qué sirve la tabaquera?
-Mucho más, mucho más... ¡De qué color es la cinta!
-La cinta... ¿para colgarla?
-Justo.
Más luminosa y jovial que nunca retozó la sonrisa del
Papa sobre sus correctas facciones, prestando brillo singular a sus claros y
áureos ojos.
-¡La cinta para colgarla! -repitió-. Dio! E molto
semplice! No había más que responderle...: «color de tabaco».
El secretario de Estado, sin poderse reprimir, lanzó
una carcajada suave y melodiosa, que brotó de entre sus blancos dientes como el
agua de una fontana de mármol antiguo.
Tampoco el cardenal secretario era capaz de reírse con
espasmos brutales ni más ni menos que un gañán, y su fina risa armonizaba bien
con su tipo prelacial, pulcro y elegante, su sotana divinamente cortada y
airosamente ceñida por la faja de seda roja, su pie largo y calzado al primor,
su fisionomía sagaz y melosa de diplomático italiano.
Pasado aquel minuto de broma, el Papa y el secretario
se consagraron al despacho de graves asuntos, y no se habló más de Pavón ni de
su tabaquera.
Pero el primer día de recepción solemne en el Vaticano,
el cardenal y el Pontífice cruzaron una ojeada rápida, vivísima, viendo entrar
al señor don Inocencio todo resplandeciente de cruces, estrellas y placas. Su
pecho era un calvario, y deslumbraba por su magnificencia. Y entre tanto colgajo
y brillete, uno sobre todo atraía la atención, la curiosidad y acaso la envidia
de los circunstantes sorprendidos e ignorando qué significaba aquella
condecoración novísima.
Era -pendiente de ancha cinta de seda color tabaco
maduro- la caja de rapé del Papa, cegando la vista con su círculo de brillantes,
y ostentando en su centro la hermosa cabeza pontificia.
¿Duraron mucho tiempo la broma y los comentarios de
este episodio? ¿Trascendieron al público?
Mal conocería el Vaticano quien tal pensase. El
Vaticano es la discreción y la sobriedad misma. Si se perdiesen las buenas
tradiciones y los selectos moldes de la diplomacia y la cortesanía, volverían a
encontrarse en el Vaticano. Allí no se conciben guasas pesadas, indicio evidente
de pésimo gusto y de rústica educación, ni se concede a las humanas flaquezas,
previstas, adivinadas y absueltas de antemano, mayor atención que la de un
discreto cuchicheo. El que quiera aprender tacto y mundología, al Vaticano debe
acudir para que lo descortecen con el ejemplo. Si los clérigos zafios y los
fanáticos radicales de nuestros partidos extremos fuesen capaces de suavizarse,
en el Vaticano se cumpliría milagro tan asombroso.
A los pocos meses de haberse presentado Pavón con su
tabaquera colgada, se ofreció nuevamente el caso de tener que recompensar de
algún modo sus servicios. De esta vez, el cardenal secretario manifestó al Papa
que él, por su parte, renunciaba a discurrir lo que podría Su Santidad ofrecer a
Pavón. El Papa, con su habitual serenidad, anunció que se disponía a enviar sin
tardanza alguna a casa de don Inocencio una pequeña muestra de su gratitud y del
aprecio en que tenía su celo y actividad en pro de la Santa Sede.
Muerto de curiosidad andaba el secretario de Estado por
averiguar en qué consistía la pontificia dádiva; pero el Papa, con picardía de
chiquillo y reserva de soberano, cerraba su boca o desviaba la conversación al
traerla el cardenal hacia ese punto. Sólo pudieron sacarle unas palabras:
-Lo que le he dado a Pavón.. ¡Ah! Espero que es cosa
que no podrá colgársela.
Por fin, el cardenal, intrigadísimo, se resolvió a
hacer a Pavón una visita en toda regla a ver si lograba esclarecer el misterio.
Y apenas entró en la sala, cuando distinguió un objeto, que indudablemente era
el regalo pontificio.
Aquella inmensa consola, con acanaladas y doradas patas
al estilo del Imperio de Bonaparte; con su inmenso tablero de mosaico, donde se
desplegaban en semicírculo el Panteón, el Coliseo, la columnata de Berinio, el
Acqua Paola, la Mole Adriana y demás monumentos universalmente célebres de Roma,
era, claro está, la fineza ideada por el Vicario de Cristo para que a Pavón no
se le ocurriese colgársela del pescuezo.
Apenas fue admitido a presencia del Papa, el secretario
dijo chuscamente:
-Padre Santo, he tenido el gusto de admirar el presente
que Vuestra Santidad ha ofrecido al signor Pavone. Bella cosa. Sólo que esta vez
no me ha preguntado el color de la cinta.
-Pues si pregunta, no hay que asombrarse ni aturdirse,
sino responder que es color de cable -advirtió benignamente el augusto anciano,
que con su níveo traje, y el sonrosado color de sus mejillas, y la irradiación
casi lumínica de su rostro, parecía un arcángel volando por encima de las
miserias terrenales y las pequeñeces de la vanidad. |
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Vidrio de colores
Esto sucedía en los tiempos en que la Fe, extendiendo
sus alas de azur oceladas de vívidos rubíes, cubría y abrigaba con ellas el
corazón de los mortales; en que la Esperanza, desparramando generosamente las
esmeraldas que bordean su regia túnica, al punto hacía renacer otras más limpias
y transparentes; en que la Caridad, apartando con ambas manos los labios de su
herida, descubría sus entrañas de pelícanos para ofrecer sustento a la Humanidad
entera.
Esto sucedía cuando las ojivas, esbeltas y frágiles
como varas de nardo, empezaban a brotar del suelo, y los rosetones a abrir sus
pétalos de mística fragancia; cuando por las aldeas pasaban hombres vestidos de
sayal y con una cuerda a la cintura, anunciando segunda vez la Buena Nueva, y
por las calles de las ciudades, en larga y lenta procesión a la luz de las
antorchas, cruzaban los flagelantes, de espaldas desnudas acardenaladas por los
latigazos, y las piedras de los altares se estremecían al candente contacto de
las lágrimas de amor que derramaban las reclusas.
Esto sucedía, sin embargo, en una metrópoli de la
Francia meridional, en la floreciente Tolosa, donde, en vez de la devoción y el
temor de Dios, reinaban la impiedad, la molicie y el desenfreno. Un alma pura
sólo motivos de escándalos encontraría allí. La herejía, insinuándose y
dominando las conciencias, había traído de la mano la licencia y el vicio, y lo
mismo en Tolosa que en Beziers y Carcasona y en todo el país de Alby, no oyerais
resonar los rezos, sino los afeminados acordes del laúd y la viola y las
endechas de los trovadores.
Y no vierais penitentes de carnes ennegrecidas por las
disciplinas, sino mancebos de justillo de terciopelo y mujeres vestidas de
joyante seda, con el rostro encendido y el cabello suelto bajo el círculo de oro
que lo ceñía a las sienes. Mujeres que, incitadoras y lánguidas, respirando una
flor, permanecían en los jardines hasta entrada la noche, platicando de gay
saber o de amoríos, lo cual viene a ser platicar de lo mismo, porque la poesía
no es sino voz de la tentación, que a la vez embriaga los sentidos y prende con
redes de oro el espíritu inmortal.
Y es de saber que en todo aquel país la religión estaba
olvidada y vivían en amigable consorcio las más diversas castas de pecadores y
de incrédulos, y se ostentaba en múltiples formas repugnantes la herética
pravedad.
Allí se refugiaban los pérfidos judíos -perseguidos
doquiera menos allí-; allí pululaba todo linaje de sectas, en promiscuidad
indiferente y vergonzosa, como fieras de distinta especie encerradas en una
jaula misma. Pero los que preponderaban, los que extraviaban al pueblo y a los
señores, pegándoles la lepra de las malas doctrinas, eran ciertos sectarios que
en aquel país habían arraigado desde muy antiguo, como cizaña en heredad trigal.
Estos herejes, de índole contumaz y maligna, eran
continuadores de ciertas nefandas doctrinas propagadas desde del siglo II de la
Iglesia. Tal herejía se llamó «maniqueísmo», y fue su martillo el africano
Agustín.
Los sectarios de la malvada doctrina, en vez de adorar
a un solo Dios, Criador del Cielo y de la Tierra, daban culto a dos principios:
uno que causa el bien; otro mucho más poderoso, que es origen del mal; de suerte
que venían a ser adoradores del demonio o antiguo dragón, y seguían sus huellas
negando la obediencia, la sumisión y el respeto a todo poder, y siendo así
precursores de otras herejías peligrosísimas que, en el terreno histórico,
habían de llamarse revoluciones.
Ocurrió, pues, que un varón de Dios, inflamado en santo
celo, apiadado de las muchas almas que diariamente caían al horno infernal en
aquella desgraciada ciudad de Tolosa -fray Filodeo, de la naciente y animosa
Orden de los Hermanos Predicadores, que aquí nombramos dominicos, en memoria de
su fundador, Domingo de Guzmán-, resolvió ir a Tolosa y predicar en la plaza
pública, retando a los herejes a que disputasen con él, para convencerles a
fuerza de irrefutables argumentos, demostrándoles que vivían esclavos del error
y juguetes del espíritu maligno, que los burlaba y los perdía.
Era fray Filodeo un hombre evangélico, de columbina
inocencia, pero de agudo intelecto, alumbrado por una especie de aurora de la
doctrina que después enseñó el divino Tomás, el gran Buey mudo. Y su dialéctica
robusta y armada de punta en blanco sabía acorralar y confundir a sus
adversarios, obligándoles a reconocerse vencidos.
Desde el instante en que fray Filodeo puso el pie en
Tolosa, sintió una turbación extraña. Aquel aire perfumado y seco, con rachas de
solano abrasador, le oprimía; aquellos rostros alegres, picarescos y burlones;
aquellas mujeres, que sonreían echando el cuerpo fuera de las ventanas enramadas
de jazmín; aquellos hidalgos de bizarro atavío, que le miraban con cierta
diferencia compasiva; aquella gente empedernida, que parecía de antemano
burlarse mansamente de la palabra de Dios, todo causó al justo Filodeo dolorosa
confusión y desaliento profundo.
Como se filtra el arroyuelo por la candente arena, su
entusiasmo se filtraba al través de su espíritu. Asustado de su propia sequedad,
Filodeo se arrojó a los pies de una imagen de la Virgen, una efigie de plomo de
la cual no se separaba nunca, y pidió que le fuese devuelta la energía y que su
voluntad no desmayase ni cediese. Aquella misma noche supo que aceptaban su
reto, y que discutirían con él en la plaza pública tres de los herejes más
afamados. Uno era el doctor en leyes, Arnaldo; otro, el canónigo Herberto, y el
tercero, Renato, el trovador cuyas canciones disolutas, procaces y mofadoras
contra el Pontífice romano, se cantaban en todas las plazuelas de Tolosa. Para
luchar con tres combatientes de tal brío, bien necesitaba fray Filodeo poderosa
asistencia divina.
Al subir al día siguiente al tablado, en derredor del
cual hervía un gentío inmenso, el fraile llamó en su auxilio toda la ciencia
aprendida, toda la habilidad polémica que le habían hecho tan famoso, y
prevenido y resuelto aguardó.
Entablóse la disputa, pero desde el primer instante
fray Filodeo se dio cuenta de que en el torneo iba a ser desarzonado. Argüían
por turno sus tres enemigos y desbarataban con infernal malicia sus
razonamientos mejores, sus pruebas más fuertes. Arnaldo, con habilidad perversa
de leguleyo corrompido, hecho a sostener indistintamente el pro y el contra,
retorcía y desfiguraba las cuestiones. Herberto, sirviéndose como de un puñal de
ciertos pasajes de la Escritura, los adaptaba a su error y le prestaba el rostro
resplandeciente de la verdad.
Y Renato, sazonándolo todo con la corruptora sal de su
ingenio, clavaba el aguijón de su ironía hasta el alma del campeón de Cristo.
Escuchaba éste alrededor del tablado murmullos de mofa y carcajadas argentinas
de mujeres, y un sudor glacial brotaba de su frente y un abatimiento mortal
penetraba hasta la médula de sus huesos. Estrechando los brazos contra el pecho,
sintió el realce de la efigie de plomo. Un destello de luz clara, inmensa,
alumbró su mente. Encarándose con sus adversarios, les dijo en voz que retumbó
por todos los ámbitos de la plaza:
-La razón humana es falible; la inteligencia, una
chispa que apaga cualquier soplo de viento. Me confieso vencido en la disputa.
Vuestra sabiduría, vuestro entendimiento, son mayores. Yo no encuentro ya en mí
mismo recursos para defender la justicia. ¡No os alegréis, que no por eso me
rindo todavía! Pues sostenéis que el mal es más poderoso que el bien, llamadle
en vuestra ayuda. Una prueba, la primera y última, y me entrego. Traed tres
copas llenas de vino, y que una sola venga envenenada. Sin moverme de aquí, sin
acercarme a las copas, os diré cual de ellas encierra la ponzoña. Y si me
equivoco, hacédmela beber.
Ante lo terrible de la prueba, enmudeció el gentío,
mientras los tres sofistas, haciéndose guiños de inteligencia, corrían en busca
de las copas.
Por el camino convinieron en la más divertida farsa.
Envenenarían las tres, y así que fray Filodeo señalase una, se reirían de él a
carcajada tendida. Así lo pusieron por obra. Al colocar sobre una mesa, en el
tablado, a vista de todo el concurso, la copa de oro, la de plata y la de barro
llenas hasta el borde del rojo vino de la Provenza, vieron que el dominico, que
tenía los ojos fijos en el cielo y rezaba entre dientes, volvía de pronto la
mirada hacia las copas y gritaba con fuerza terrible:
-Siervos de Satanás, ¿creéis engañarme? ¡Las tres copas
traen veneno, como vuestras tres almas están en poder del demonio!
Y el atónito gentío y los aterrados herejes vieron
surgir de cada copa algo que se movía, que ondulaba, que se erguía y latigueaba
furiosamente, y que por fin se lanzaba fuera en dirección de los tres
adversarios de fray Filodeo, mordidos a un tiempo por una víbora, de esas
víboras negriazules que aún hoy suelen enroscarse en Alby al tobillo del
campesino descuidado.
La dureza de corazón de aquel país era tanta, que a
pesar de este prodigio no se convirtió, y fue casi destruido por los cruzados de
Simón de Monfort en las guerras llamadas de los albigenses. |
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El peregrino
Muy lejanos, muy lejanos están ya los tiempos de la fe
sencilla, y sólo nos los recuerdan las piedras doradas por el liquen y los
retablos pintados con figuras místicas de las iglesias viejas. No obstante,
suelo encontrar en las romerías, ferias y caminos hondos de mi tierra, un tipo
que me hace retroceder con la imaginación a los siglos en que por ásperas sendas
y veredas riscosas, se oía resonar el himno ¡Ultreja!, cántico de las
muchedumbres venidas de tierras apartadísimas a visitar el sepulcro de Santiago,
el de la barca de piedra y la estrella milagrosa, el capitán de los ejércitos
cristianos y jinete del blanco bridón, espanto de la morisma.
Siempre que a orillas de la árida carretera, sentado
sobre la estela de granito que marca la distancia por kilómetros, veo a uno de
esos mendigos de esclavina y sombrero de hule que adornan conchas rosadas, otros
días y otros hombres se me aparecen, surgiendo de una brumosa oscuridad; y así
como en el cielo, trazado con polvo de estrellas, distingo en el suelo el rastro
de los innumerables ensangrentados pies que se dirigían hace siglos a la
catedral hoy solitaria...
Me figuro que los peregrinos de entonces no se
diferenciaban mucho de éstos que vemos ahora. Tendrían el mismo rostro
demacrado, la misma barba descuidada y revuelta, los mismos párpados hinchados
de sueño, las mismas espaldas encorvadas por el cansancio, los mismos labios
secos de fatiga; en la planta de los pies la misma dureza, a las espaldas el
mismo zurrón, repleto de humildes ofertas de la caridad aldeana... Hoy hemos
perfeccionado mucho el sistema de las peregrinaciones, y nos vamos a Santiago en
diligencia y a Roma en tren, parando en hoteles y fondas, durmiendo en cama
blanda y comiendo en mesas que adornan ramos de flores artificiales y
candelabros de gas...
En la choza del aldeano acogen cordialmente al
peregrino. Para una casa donde le despidan con palabras acres, tratándole de
haragán y de vicioso, hay diez o doce que abren la cancilla sin miedo y le
reciben con hospitalaria compasión, dándole por una noche el rincón del «lar» en
invierno y el «mollo» de fresca paja en verano...
De verano era aquella noche -16 de agosto, fiesta de
San Roque milagroso-, cuando un peregrino pidió albergue al labrador más rico de
la parroquia de Rivadas. El labriego, que era de éstos que llaman de «pan y
puerco», había celebrado aquel día una comilona con motivo de ser San Roque
patrón de la aldea y haber llevado él, Remualdo Morgás, el «ramo» en la
procesión. Allí estaba todavía el ramo, respetuosamente apoyado en la pared,
salpicado de flores artificiales, de hojas de talco y de rosquillas atadas con
cintas de colores. Y la «familia», es decir, la parentela y los convidados, bien
bebidos, bien comidos, regalados a cuerpo de rey, con esa abundancia que
despliegan en día de hartazgo los que todo el año se alimentan mal y poco, se
disponían a formar tertulia en la puerta, tomando «el lunar».
Los viejos se sentaron en bancos de madera, taburetes o
«tallos»; una muchacha alegre requirió la pandereta; otra, no menos gaitera de
condición, sacó las postizas; los mozos se colocaron ya en actitud de convidar
al baile; los chiquillos, con el dedo en la boquita, el vientre lleno y estirado
como un tambor, digiriendo el dulce arroz con leche, muertos de sueño y sin
querer acostarse, esperaban a ver el regodeo. La reunión estaba muy alegre,
animada por la buena comida y el vinillo, y dispuesta a solazarse hasta la
medianoche, hora bastante escandalosa en Rivadas.
Aparecióse entonces el peregrino. Le reconocieron de
verle por la mañana en la iglesia, donde había pasado el tiempo que duraron la
misa y la función, arrodillado en la esquina del presbiterio, con los brazos
abiertos, los ojos fijos en el Sagrario, y rezando sin cesar. Las plantas de los
pies, que se le veían por razón de la postura, habían arrancado a las mujeres
-tal las tenía- frases de asombro y lástima. Las guedejas largas, negras,
empolvadas y en desorden, colgaban sobre la esclavina agrietada y vieja, donde
ya faltaban algunas conchas, y otras se zarandeaban medio descosidas. La
calabaza del bordón estaba hecha pedazos; el sayo, de paño burdo, mostraba
infinidad de jirones y remiendos. No debía de llevar ropa interior, porque al
subir los brazos para ponerlos en cruz, aparecían desnudos, flacos, con las
cuerdas de los tendones señaladas de relieve y los huesos mareándose lo mismo
que en una momia.
Con todo, al presentarse de noche el peregrino, no le
miraron los labriegos sin alguna prevención. Estaban contentos, hartos, en ánimo
de divertirse y aquel hombre ni venía a bailar ni a reír; advertíase que no era
de esos bufones de la mendicidad, encanto de las tertulias de los campesinos,
que pagan su escote diciendo agudezas y vaciando el saco sin fondo de los
cantares y los cuentos. Hicieron sitio al peregrino, y hasta le ofrecieron un
rincón del banco; pero se comprendía que hubiesen preferido no tener aquella
noche semejante huésped.
Sentóse, o mejor dicho se dejó caer, rendido, sin duda,
por el calor y la fatiga ya crónica. Desciñóse el zurrón, flojo y vacío por
arriba, pero que en el fondo abultaba, y se quitó el sombrero adornado de
conchas pequeñas. Era un hombre como de treinta a treinta y cinco años, de cara
larga, cóncavos ojos y barba muy crecida. Sentado y todo, en vez de saludar al
concurso, rezaba entre dientes.
-Déjese ahora de oraciones, y coma, que falta le hará
-advirtió compadecido el tío Remualdo-. Rapazas, a traerle «bolla» de la fiesta
y un vaso de vino viejo.
-No bebo vino -contestó el penitente; y todos callaron,
sin atreverse a insistir, porque comprendieron que estaba «ofrecido», que había
hecho voto de no catarlo. La moza de las castañuelas presentó el zoquete de
«bolla» y el peregrino lo tomó con ansia; pero antes de llegarlo a la boca, se
bajó, cogió con los dedos un puñado de polvo y lo esparció sobre el pan,
hincándole al punto los dientes.
Mascó con avidez atragantándose, y pidió agua por
señas, apuntando a la calabaza rota. Un mozo ágil y vivo salió por agua a la
fuente..., pues en día como aquél del patrón San Roque, el agua estaba proscrita
en casa de Morgás. Presto volvió con una «cunca» o escudilla de barro llena de
agua fresquita, y el peregrino, arrojándose a la escudilla, la asió con las dos
manos y la apuró de una vez, sin respiro. Limpióse la boca con el reverso de la
mano, y pronunció en tono de compunción profunda:
-¡Gracias a Dios!
-Pudo venir antes, hombre -indicó en son de censura el
tío Remualdo-. Pudo venir por la tarde..., y comía y bebía a gusto carne y
bacalao a Dios dar.
-Por la tarde no podía, no, señor -objetó el
peregrino-. Tenía que ayunar desde puesto el sol de ayer hasta ponerse el de
hoy. Y tenía que pasar las horas del día éste rezando con los brazos abiertos...
-¡Jesús, Ave María; San Roque bendito! -murmuraron las
mujeres con acento entre lastimero y respetuoso.
Ninguna pensaba ya en cánticos ni en danzas; el
peregrino, que momentos antes les había parecido un estorbo, ahora absorbía su
atención; asediábanle a preguntas.
-¿Va a las Ermitas? -indicaba una.
-No, irá a la Esclavitud -advertía otra-. No, al
Corpiño... A Santa Minia de Briones...
-Voy a Santiago -respondió el peregrino-. Con ésta son
siete las veces que tengo ido, siempre por caminos diferentes, cuanto más largos
y más malos mejor.
-¿Por oferta?
-Por oferta de toda la vida.
-¡De toda la vida! -repitieron atónitos los aldeanos,
que, sin embargo, son gente que hace lo posible por no admirarse de nada.
-¡Ay! -silabearon viejas y muchachas, agrupándose en
torno de él-. ¡Ay, nuestra alma como la suya! ¡Éste sí que gana el Cielo! ¡Es un
santo!
-Soy un pecador malvado, infame -contestó sombríamente
el peregrino, que sin duda tenía aprendido de memoria y preparado el modo de
acusarse y confesarse en público-. Soy un pecador malvado; no soy «dino» de que
la tierra me aguante vivo ni de muerto... ¿Queréis darme de palos o hartarme de
bofetones, almas cristianas? Haréis muy bien, y yo rezaré por vosotros.
Y como los aldeanos se quedasen suspensos, mirándose,
reiteró la súplica.
-Ya me habéis dado de comer, y el Señor vos lo pagará y
vos lo aumentará de gloria; ahora vos pido por el alma de vuestros padres que me
deis con un palo. Hice oferta de dejar que me sacudan y de pedir por Dios aún
más. Nadie quiere... Pues bien lo merezco... ¡Soy un pecador malvado! -repitió
con entonación lastimera.
-¡Jesús! -gimoteó la provecta señora Juana, mujer del
anfitrión, juntando las manos como para orar-. Tanto ayuno y tanta penitencia, «malpocadiño»...
A la fuerza tiene que ser por un pecado muy grande, muy grande. ¿Qué pecado fue,
«santiño»? Todos somos pecadores. ¡Jesús, Jesús!
No respondió el peregrino al pronto, y sus ojos,
relucientes como ascuas, se fijaron en la mujer que le dirigía la pregunta. La
luna había salido ya, y le alumbraba de lleno el rostro. A su luz, clara
entonces como la del mediodía, se vieron correr por las demacradas mejillas del
penitente dos lágrimas.
-Yo tuve un hermano -murmuró al fin con voz cavernosa-.
Éramos solitos, porque quedamos sin padre ni madre. Mi hermano era el más
pequeño. Trabajaba bien la tierra, y vivíamos. Él andaba loco detrás de una
rapaza del lugar, que se llamaba Rosa. Y ella..., Nuestro Señor la perdone...,
ríe de aquí, canta de allí..., y todo se le volvía alabarse de que a mi hermano
le haría cara, pero que a mí me aborrecería, que no me daría ni una palabra si
me arrimase a ella, que más se quería casar con el último de la aldea que
conmigo... Y en las romerías y al salir de misa, me hacía burla y me decía
vituperios... Y yo por tema me arrimé..., y Rosa...
-¿Qué hizo? ¿Le quiso? ¿Dejó a su hermano? -preguntaron
ansiosas las mujeres, interesadas por el drama de amor que entreveían en aquel
relato entrecortado e informe.
-Lo dejó..., ¡Dios la perdone! -respondió el penitente,
arrancando de lo hondo del pecho un suspiro largo-. Y..., tanta rabia tomó el
infeliz, que se vino a mí como un lobo a querer matarme... Yo me defendí...
¡Nunca me defendiera!... ¡Soy un pecador malvado, almas cristianas!...
Los gemidos y sollozos empañaron su voz. Todos
callaban; la señora Juana se persignó devotamente...
-«Ahora» -continuó el peregrino alzando la cabeza-
estoy ofrecido a pasar toda la vida peregrinando a Santiago y pidiendo limosna.
Los días de fiesta, ayuno..., ¡porque un día de fiesta fue cuando!... Vamos, ya
saben quién tienen aquí... ¿No me darán un rincón para pasar la noche?
La señora Juana se levantó y fue a disponer la paja más
fresca y mullida, en un cobertizo pegado a la casa, sitio excelente para tiempo
de verano. Buscó un saco de harina y lo colocó de modo que hiciese de cabezal;
y, dispuesta así una cama envidiable, llamó a su huésped. Pero éste, abriendo el
zurrón, sacó de él un piedra cuadrada, que era lo que abultaba en el fondo, y la
puso en el sitio del saco de harina; hecho lo cual, se tendió en la paja. Sin
duda estaba rendido, exhausto; se comprendía que le era imposible dar un paso
más.
Después de su marcha, las mozas intentaron otra vez
bailar, cantar y divertirse. Sin embargo, lo hacían con poco brío, sin animación
ni empujones ni carcajadas. El peregrino las había «asombrado». Cantaron en
dialecto coplas tristes, como ésta que traduzco:
- Todas las penas se acaban,
- mi glorioso San Martín;
- todas las penas se acaban;
- las mías no tienen fin.
Y los mozos, puesta la mano detrás de la oreja,
columpiando el cuerpo, les respondían con esta otra:
- Cuando oigas tocar a muerto,
- no preguntes quién murió;
- ¡puede ser, niña del alma,
- puede ser que sea yo!
A la madrugada, cuando la caritativa vieja señora Juana
fue al cobertizo a llevar al huésped una «cunca» de leche fresca y espumante, no
vio más que el hueco del cuerpo señalado en la paja.
La piedra había desaparecido, y el hombre también,
continuando su eterno viaje. |
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Desde allí
Don Javier de Campuzano iba acercándose a la muerte, y
la veía llegar sin temor; arrepentido de sus culpas, confiaba en la misericordia
de Aquél que murió por tenerla de todos los hombres. Sólo una inquietud le
acuciaba algunas noches, de ésas en que el insomnio fatiga a los viejos. Pensaba
que, faltando él, entre sus dos hijos y únicos herederos nacerían disensiones,
acerbas pugnas y litigios por cuestión de hacienda. Era don Javier muy
acaudalado propietario, muy pudiente señor, pero no ignoraba que las batallas
más reñidas por dinero las traban siempre los ricos. Ciertos amarguísimos
recuerdos de la juventud contribuían a acrecentar sus aprensiones. Acordábase de
haber pleiteado largo tiempo con su hermano mayor; pleito intrincado,
encarnizado, interminable, que empezó entibiando el cariño fraternal y acabó por
convertirlo en odio sangriento. El pecado de desear a su hermano toda especie de
males, de haberle injuriado y difamado, y hasta -¡tremenda memoria!- de haberle
esperado una noche en las umbrías de un robledal con objeto de retarle a
espantosa lucha, era el peso que por muchos años tuvo sobre su conciencia don
Javier. Con la intención había sido fratricida, y temblaba al imaginar que sus
hijos, a quienes amaba tiernamente, llegasen a detestarse por un puñado de oro.
La Naturaleza había dado a don Javier elocuente ejemplo y severa lección: sus
dos hijos, varón y hembra, eran mellizos; al reunirlos desde su origen en un
mismo vientre, al enviarlos al mundo a la misma hora, Dios les había mandado
imperativamente que se amasen; y herida desde su nacimiento la imaginación de
don Javier, sólo cavilaba en que dos gotas de sangre de las mismas venas,
cuajadas a un tiempo en un seno de mujer, podían, sin embargo, aborrecerse hasta
el crimen. Para evitar que celos de la ternura paternal engendrasen el odio, don
Javier dio a su hijo la carrera militar y le tuvo casi siempre apartado de sí;
sólo cuando conoció que la vejez y los achaques le empujaban a la tumba, llamó a
José María y permitió que sus cuidados filiales alternasen con los de María
Josefa. A fuerza de reflexiones, el viejo había formado un propósito, y empezó a
cumplirlo llamando aparte a su hija, en gran secreto, y diciéndole con
solemnidad:
-Hija mía, antes que llegue tu hermano tengo que
enterarte de algo que te importa. Óyeme bien, y no olvides ni una sola de mis
palabras. No necesito afirmar que te quiero mucho; pero además tu sexo debe ser
protegido de un modo especial y recibir mayor favor. He pensado en mejorarte,
sin que nadie te pueda disputar lo que te regalo. Así que yo cierre lo ojos...,
así que reces un poco por mí..., te irás al cortijo de Guadeluz, y en la sala
baja, donde está aquel arcón muy viejo y muy pesado que dicen es gótico,
contarás a tu izquierda, desde la puerta, dieciséis ladrillos -fíjate,
dieciséis-, una onza de ladrillos, ¿entiendes?, y levantarás el que hace
diecisiete, que tiene como la señal de una cruz, y algunos más alrededor. Bajo
los ladrillos verás una piedra y una argolla; la piedra, recibida con argamasa
fuerte. Quitarás la argamasa, desquiciarás la piedra y aparecerá un escondrijo,
y en él un millón de reales en peluconas y centenes de oro. ¡Son mis ahorros de
muchos años! El millón es tuyo, sólo tuyo; a ti te lo dejo en plena propiedad. Y
ahora, chitón, y no volvamos a tratar de este asunto. ¡Cuando yo falte...!
María Josefa sonrió dulcemente, agradeció en palabras
muy tiernas y aseguró que deseaba no tener jamás ocasión de recoger el cuantioso
legado. Llegó José María aquella misma noche, y ambos hermanos, relevándose por
turno, velaron a don Javier, que decaía a ojos vistas. No tardó en presentarse
el último trance, la hora suprema, y en medio de las crispaciones de una agonía
dolorosa, notó María Josefa que el moribundo apretaba su mano de un modo
significativo y creyó que los ojos, vidriosos ya, sin luz interior, decían
claramente a los suyos: «Acuérdate: dieciséis ladrillos... Un millón de reales
en peluconas...»
Los primeros días después del entierro se consagraron,
naturalmente, al duelo y a las lágrimas, a los pésames y a las efusiones de
tristeza. Los dos hermanos, abatidos y con los párpados rojos, cambiaban pocas
palabras, y ninguna que se refiriese a asuntos de interés. Sin embargo, fue
preciso abrir el testamento; hubo que conferenciar con escribanos, apoderados y
albaceas, y una noche en que José María y María Josefa se encontraron solos en
el vasto salón de recibir, y la luz desfallecida del quinqué hacía, al parecer,
visibles las tinieblas, la hermana se aproximó al hermano, le tocó en el hombro
y murmuró tímidamente, en voz muy queda:
-José María, he de decirte una cosa..., una cosa
rara..., de papá.
-Di, querida... ¿Un cosa rara?
-Sí, verás... Y te admirarás... «Hay» un millón de
reales en monedas de oro escondido en el cortijo de Guadeluz.
-No, tonta -exclamó sobrecogido y con súbita vehemencia
José María-. No has entendido bien. ¡Ni poco ni mucho! Donde está oculto ese
millón es en la dehesa de la Corchada.
-¡Por Dios, Joselillo! Pero si papá me lo explicó
divinamente, con pelos y señales... Es en la sala baja; haya que contar
dieciséis ladrillos a la izquierda desde la puerta, y al diecisiete está la
piedra con argolla que cubre el tesoro.
-¡Te aseguro que te equivocas, mujer! Papá me dio tales
pormenores que no cabe dudar. En la dehesa, junto al muro del redil viejo, que
ya se abandonó, existe una especie de pilón donde bebía el ganado. Detrás hay
una arqueta medio arruinada y al pie de la arqueta, una losa rota por la
esquina. Desencajando esa losa se encuentra un nicho de ladrillo, y en él un
millón en peluconas y centenes...
-Hijo del alma, pero ¡si es imposible! Créeme a mí.
Cuando papá te llamó estaba ya peor, muy en los últimos; quizá la cabeza suya no
andaba firme: ¡pobrecillo! Y tengo sus palabras aquí, esculpidas...
-María -declaró José cogiendo la mano de la joven,
después de meditar un instante-, lo cierto es que hay dos depósitos y sólo así
nos entenderemos. Papá me advirtió que me dejaba ese dinero exclusivamente a
mí...
-Y a mí que el de Guadeluz era únicamente mío...
-¡Pobre papá! -murmuró conmovido el oficial-. ¡Qué cosa
más extraña! Pues..., si te parece, lo que debe hacerse es ir a Guadeluz
primero, y a la Corchada después. Así saldremos de dudas. ¡Qué gracioso sería
que no hubiese sino uno!
-Dices bien -confirmó María Josefa triunfante-. Primero
a donde yo digo, ¡porque verás cómo allí está el tesoro!
-Y también porque tuviste el acierto de hablar antes,
¿verdad, chiquilla? Has de saber... que yo no te lo decía porque temía
afligirte; podías creer que papá te excluía, que me prefería a mí... ¡Qué sé yo!
Pensaba sacar el depósito y darte la mitad sin decirte la procedencia. Ahora veo
que fui un tonto.
-No, no; tenías razón -repuso María, confusa y
apurada-. Soy una parlanchina, una imprudente. Debió prevenírseme eso... Debí
buscar el tesoro y hacer como tú, entregártelo sin decir de dónde venía... ¡Qué
falta de pesquis!
-Pues yo deploro que te hayas adelantado -contestó
sinceramente José, apretando los finos dedos de su hermana.
De allí a pocos días, los mellizos hicieron su
excursión a Guadeluz, y encontraron todo puntualmente como lo había anunciado
María Josefa. El tesoro se guardaba en un cofrecillo de hierro cerrado; la llave
no apareció. Cargaron el cofre, y sin pensar en abrirlo, siguieron el viaje a la
Corchada, donde al pie de la derruida arqueta hallaron otra caja de hierro
también, de igual peso y volumen que la primera. Lleváronse a casa las dos cajas
en una sola maleta, encerráronse de noche y José María, provisto de herramientas
de cerrajero, las abrió o, mejor dicho, forzó y destrozó el cierre. Al saltar
las tapas brillaron las acumuladas monedas, las hermosas onzas y las doblillas,
que los dos hermanos, sin contarlas, uniendo ambos raudales, derramaron sobre la
mesa, donde se mezclaron como Pactolos que confunden sus aguas maravillosas. De
pronto, María se estremeció.
-En el fondo de mi caja hay un papel.
-Y otro en la mía -observó el hermano.
-Es letra de papá.
-Letra suya es.
-El tuyo, ¿qué dice?
-Aguarda..., acerca la luz...; dice así: «hijo mio: si
lees esto a solas, te compadezco y te perdono; si lo lees en compañía de tu
hermana, salgo del sepulcro para bendecirte...»
-El sentido del mío es idéntico -exclamó después de un
instante, sollozando y riendo a la vez, María Josefa.
Los mellizos soltaron los papeles, y, por encima del
montón de oro, pisando monedas esparcidas en la alfombra, se tendieron los
brazos y estuvieron abrazados buen trecho. |
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