Cuentos del terruño
[Serie de 19 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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El fondo del alma
El día era radiante. Sobre las márgenes del río flotaba desde el amanecer una
bruma sutil, argéntea, pronto bebida por el sol.
Y como el luminar iba picando más de lo justo, los expedicionarios tendieron
los manteles bajo unos olmos, en cuyas ramas hicieron toldo con los abrigos de
las señoras. Abriéronse las cestas, salieron a luz las provisiones, y se
almorzó, ya bastante tarde, con el apetito alegre e indulgente que despiertan el
aire libre, el ejercicio y el buen humor. Se hizo gasto del vinillo del país, de
sidra achampañada, de licores, servidos con el café que un remero calentaba en
la hornilla.
La jira se había arreglado en la tertulia de la registradora, entre
exclamaciones de gozo de las señoritas y señoritos que disfrutaban con el juego
de la lotería y otras igualmente inocentes inclinaciones del corazón no menos
lícitas. Cada parejita de tórtolos vio en el proyecto de la excelente señora el
agradable porvenir de un rato de expansión; paseo por el río, encantadores
apartes entre las espesuras floridas de Penamoura. El más contento fue Cesáreo,
el hijo del mayorazgo de Sanin, perdidamente enamorado de Candelita, la
graciosa, la seductora sobrina del arcipreste.
Aquel era un amor, o no los hay en el mundo. No correspondido al principio,
Cesáreo hizo mil extremos, al punto de enfermar seriamente: desarreglos
nerviosos y gástricos, pérdida total del apetito y sueño, pasión de ánimo con
vistas al suicidio. Al fin se ablandó Candelita y las relaciones se
establecieron, sobre la base de que el rico mayorazgo dejaba de oponerse y
consentía en la boda a plazo corto, cuando Cesáreo se licenciase en Derecho. La
muchacha no tenía un céntimo, pero... ¡ya que el muchacho se empeñaba! ¡Y con un
empeño tan terco, tan insensato!
-Allá él, señores... -así dijo el mayorazgo a sus tertulianos y tresillistas,
otros hidalgos viejos, que sonrieron aprobando, y hasta clamando «enhorabuena»,
fácilmente benévolos para lo que no les «llegaba el bolsillo»... Al cabo, ellos
no habían de dar biberón a lo que naciese de la unión de Cesáreo y Candelita.
-La felicidad del noviazgo la saboreó Cesáreo desatadamente. Loco estaba
antes de rabia, y loco estaba ahora de júbilo; las contadas horas que no pasaba
al lado de su novia las dedicaba a escribirle cartas o a componer versos de un
lirismo exaltado. En el pueblo no se recordaba caso igual: son allí los amoríos
plácidos, serenos, con algo de anticipada prosa casera entre las poesías del
idilio. Envidiaron a Candelita las niñas casaderas, encubriendo con bromas el
despecho de no ser amadas así; y cuando, al preguntarle chanceras qué hubiese
sucedido si Candelita no le corresponde, contestaba Cesáreo rotundamente: «me
moriría», las muchachas se mordían el labio inferior. ¡Qué tenía la tal
Candelita más que las otras, vamos a ver!...
En la jira a Penamoura estuvo hasta imprudente, hasta descortés, el hijo del
mayorazgo: de su proceder se murmuraba en los grupos. Todo tiene límite; era
demasiada cesta. Aquellos ojos que se comían a Candelita; aquellos oídos
pendientes del eco de su voz; aquellos gestos de adoración a cada movimiento
suyo... francamente, no se podían aguantar. Mientras la parejita se aislaba,
adelantándose castañar arriba, a pretexto de coger moras, el sayo se cortó bien
cumplido; sólo el viejo capitán retirado, don Vidal, que dirigía la excursión,
opinó con bondad babosa que eran «cosas naturales», y que si él se volviese a
sus veinticinco, atrás se dejaría en rendimiento y transporte a Cesáreo...
Habían decidido emprender el regreso a buena hora, porque, en otoño, sin
avisar se echa encima la noche; pero ¡estaba tan hermoso el pradito orlado de
espadañas! ¡Si casi parecía que acababan de comer! ¡Si no habían tenido tiempo
de disfrutar la hermosura del campo! Daba lástima irse... Además, tenían luna
para la navegación. Fue oscureciendo insensiblemente, y con la puesta del sol
coincidió una niebla, suave y ligera al pronto, como la matinal, pero que no
tardó en cerrarse, ya densa y pegajosa, impidiendo ver a dos pasos los objetos.
Don Vidal refunfuñó entre dientes:
-Mal pleito para embarcarse. Vararemos.
Y ello es que no había otro recurso sino regresar a la villa...
Al acercarse a la barca los expedicionarios, no parecían ni patrón ni
remeros. La registradora empezó a renegar:
-¡Dadles vino a esos zánganos! ¡Bien empleado nos está si nos amanece aquí!
Por fin, al cabo de media hora de gritos y búsqueda, se presentaron sofocados
y tartajosos los remerillos. Del patrón no sabían nada. Se convino en que era
inútil aguardar al muy borrachín; estaría hecho un cepo en alguna cueva del
monte; y el remero más mozo, en voz baja, se lo confesó a don Vidal:
-Tiene para la noche toda. No da a pie ni a pierna.
-¿Sabéis vosotros patronear? -preguntó Cesáreo, algo alarmado.
-Con la ayuda de Dios, saber sabemos -afirmaron humildemente. Se conformaron
los expedicionarios, y momentos después la embarcación, a golpe de remo, se
deslizaba lentamente por el río. Asía don Vidal la caña del timón y guiaba,
obedeciendo las indicaciones de los prácticos.
Hacía frío, un frío sutil, pegajoso. La gente joven empezó a cantar tangos y
cuplés de zarzuela. El boticario, para lucir su voz engolada, entonó después el
Spirto. Las señoras se arropaban estrechamente en sus chales y manteletas,
porque la húmeda niebla calaba los huesos. Cesáreo, extendiendo su ancho
impermeable, cobijaba a Candelita, y confundiendo las manos a favor de la
oscuridad y del espeso tul gris que los aislaba, los novios iban en perfecto
embeleso.
-Nadie ha querido como yo en el mundo -susurraba el hijo del mayorazgo al
oído de su amada.
-Esto no es cariño, es delirio, es enfermedad. ¡Soy tan feliz! ¡Ojalá no
lleguemos nunca!
-¡Ciar, ciar, pateta! -gritó, despertándole de su éxtasis, la voz vinosa de
un remero-. ¡Que vamos cara a las peñas! ¡Ciar!
Don Vidal quiso obedecer... Ya no era tiempo. La barca trepidó, crujió
pavorosamente; cuantos en ella estaban, fueron lanzados unos contra otros. La
frente de Cesáreo chocó con la de Candelita. En el mismo instante empezó a
sepultarse la barca. El agua entraba a borbollones y a torrentes por el roto y
desfondado suelo. Ayes agónicos, deprecaciones a santos y vírgenes, se perdían
entre el resuello del abismo que traga su presa. Era el río allí hondo y
traidor, de impetuosa corriente. Ningún expedicionario sabía nadar, y se colaban
apelotados en los abrigos y chales que los protegían contra la penetrante
niebla, yéndose a pique rectos como pedruscos.
Aturdido por el primer sorbo helado, Cesáreo se rehízo, braceó
instintivamente, salió a la superficie, se desembarazó a duras penas del
impermeable y exclamó con suprema angustia:
-¡Candela! ¡Candelita!
Del abismo negro del agua vio confusamente surgir una cara desencajada de
horror, unos brazos rígidos que se agarraron a su cuello.
-¡No tengas miedo, hermosa! ¡Te salvo!
Y empezó a nadar con torpeza, a la desesperada. Sentía la corriente, rápida y
furiosa, que le arrastraba, que podía más.
-Suelta... No te agarres... Échame sólo un brazo al cuello... Que nos vamos a
fondo...
La respuesta fue la del miedo ciego, el movimiento del animal que se ahoga:
Candelita apretó doble los brazos, paralizando todo esfuerzo, y por la mente de
Cesáreo cruzó la idea: «Moriremos juntos».
El peso de su amada le hundía, efectivamente; el abrazo era mortal. Se dejó
ir; el agua le envolvió. Su espinilla tropezó con una piedra picuda, cubierta de
finas algas fluviales. El dolor del choque determinó una reacción del instinto;
ciegamente, sin saber cómo, rechazó aquel cuerpo adherido al suyo, desanudó los
brazos inertes; de una patada enérgica volvió a salir a flote, y en pocas
brazadas y pernadas de sobrehumana energía arribó a la orilla fangosa, donde se
afianzó, agarrándose a las ramas espesas de los salces. Miró alrededor: no
comprendía. Chilló, desvariando:
-¡Candelita! Candela!
La sobrina del arcipreste no podía responder: iba río abajo, hacia el gran
mar del olvido.
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El «Xeste»
Alborozados soltaron los picos y las llanas, se estiraron,
levantaron los brazos el cielo nubloso, del cual se escurría una
llovizna menudísima y caladora, que poco a poco había encharcado el
piso. Antes de descender, deslizándose rápidamente de espaldas por
la luenga escala, cambiando comentarios y exclamaciones de gozo
pueril, bromas de compañerismos -las mismas bromas con que desde
tiempo inmemorial se festeja semejante suceso-, uno, no diré el más
ágil -todos eran ágiles-, sino el de mayor iniciativa, Matías,
desdeñando las escaleras, se descolgó por los palos de los
mechinales, corrió al añoso laurel, fondo del primer término del
paisaje, cortó con su navaja una rama enorme, se la echó al hombro,
y trepando, por la escalera esta vez, a causa del estorbo que la
rama hacía, la izó hasta el último andamio, y allí la soltó
triunfalmente. Los demás la hincaron en pie en la argamasa fresca
aún y el penacho del xeste quedó gallardeándose en el remate de la
obra. Entonces, en trope, empujándose, haciéndose cosquillas,
bajaron todos.
Eran obreros -no condenados, como los de la ciudad, a la eterna
rueda de Ixión de un trabajo siempre el mismo-. Mestizo de cantero y
labriego, en verano sentaban piedra, en invierno atendían a sus
heredades. Organizados en cuadrilla, iban a donde los llamasen,
prefiriendo la labor en el campo, porque en las aldeas, ¡retoño!, se
vive más barato que en el pueblo, se ahorra casi todo el jornal,
para llevarlo, bien guardado en una media de lana, a la mujer, y
mercar el ternero, y el cerdo, y las gallinas, y la ropa, y la
simiente del trigo, y algún pedacillo de terruño. No sentían la
punzada del ansia de gozar como los ricos, que asalta al obrero en
los grandes centros; el contacto de la tierra les conservaba la
sencillez, las aspiraciones limitadas del niño; disfrutaban de un
inagotable buen humor, y la menor satisfacción material los
transportaba de júbilo. Sus almas eran todavía las transparentes y
venturosas almas de los villanos medievales.
Se atropellaban por la escala, sonando en los travesaños húmedos
la madera de los zuecos, y ya abajo hacían cabriolas, despreciando
la frialdad insinuante de la llovizna triste y terca. ¿Qué importaba
un poco de friaje? Ya se calentarían bien por dentro, con el mejor
abrigo, el abrigo de Dios que es la comida y la bebida. Allá lejos
divisaban el humo, corona de la chimenea de la casa señorial, y el
montón de leña ardiendo que producía aquel humo les guisaba su cena,
la cena solemne del xeste, el banquete extraordinario ofrecido desde
la primavera para el día en que terminasen las paredes del nuevo
edificio. ¡Daba gusto tratar con señores, no con contratistas
miserables! El xeste del contratista..., sabido: un cuarterón de
aguardiente, una libra de pan reseso. ¡En el obsequio del señor se
vería lo que es rumbo! El agua se les venía a la boca. Se miraron,
se hicieron guiños, saboreando la proximidad del placer, en el cual
pensaban a menudo ya desde el instante en que los peones abrieron la
zanja de los cimientos.
Era temprano aún para que la cena estuviese lista, pero
convinieron en dirigirse cara allá, y Matías se ofreció a
enjaretarse con cualquier pretexto en la cocina y adelantarles
noticias del festín. Vistiéndose las chaquetas sobre las camisas
mojadas y la cuadrilla se puso en camino, zanqueando, aplastando la
hierba sembrada de pálido aljófar. A pocos pasos de la casa, ante la
tapia del huerto, se pararon, irresolutos; pero aquel enredante de
Matías, como más despabilado, se fue muy serio hacia el abierto
portón, lo cruzó, y al cabo de diez minutos volvió agitando las
manos, bailando los pies. ¡Qué cena, recacho, qué convite! Aquello
era lo nunca visto ni pensado. ¡Unas cazuelas así... y que echaban
un olido! ¡El vino en ollas, para sacarlo con el cacillo de la
herrada; y hasta postres, arroz con leche, manzanas asadas con
azúcar! ¡Y orden del señor de que podían entrar y calentarse a la
lumbre mientras se acababa de alistar la comilona! Entrasen todos,
canteros y peones, y el chiquillo carretón de los picos, también...
Matías, volviéndose algo contrariado, añadió:
-Tú no, Carrancha... Tú quédate...
Nadie protestó. Era un parásito desmirriado, un mendigo, que no
formaba parte de la cuadrilla.
Sin fuerzas para trabajar, medio tísico, se pegaba a los
canteros, y como no hay pobre que no pueda socorrer a otro, le daban
corruscos de pan de maíz, restos de su frugal comida. Carracha
padecía hambre crónica; para pedir limosna alegaba males del
corazón, mil alifafes; pero su verdadera enfermedad, el origen de su
consunción, era el no comer, el haber carecido de sustento desde la
lactancia, pues estaba seca su madre... La cocinera de los señores
no quería a Carracha de puertas adentro, en razón de que una vez
faltó una cuchara de plata, coincidiendo con haber dado al mendigo
sopas en escudilla de barro y con cuchara de palo. Carracha quedó
excluido; ni en ocasión tan señalada había indulgencia para él. Se
le oscureció el semblante demacrado, lo mismo que si lo envolviesen
en negro tul. ¡No ver el comidón! Sólo con verlo, sin catarlo,
imaginaba que se le calentaría la panza floja y huera. La cuadrilla,
con alegre egoísmo, reía de la decepción del infeliz, y, a
empellones, se precipitaba adentro, a aquel paraíso de la cocina...
¡Pues lo que es él, Carracha, no se movía de allí! Y se quedó fuera,
hecho un can humilde...
A las siete en punto sacaban, humeantes, las grandes tazas de
caldo de pote, y el señor se aparecía un momento, risueño,
longánimo.
-A comer, muchachos; a rebañarme bien esas tarteras; que no quede
piltrafa; denles cuanto necesiten... ¡Que nada les falte!
Desapareció, para que comiesen con más libertad, y empezó el
cuchareo, alrededor de la larga mesa de nogal bruñido por el uso.
¡Vaya un caldo, amigos, vaya un caldo de chupeta! Caldo lo comían
diariamente los canteros: constituía su alimentación; pero era un
aguachirle, unas patatas y unas berzas cocidas sin chiste ni gracia.
Por real y medio diario de hospedaje, ¿qué manutención se le da a un
cristiano, vamos a ver?
A este caldo no le faltaba requisito: su grasa,sus chorizos, su
rabo, sus tajadas de carne... Y al elevar la cuchara a la boca, los
canteros se estremecían de beatitud. Sólo en Nadal, y allá por
Antruejo, y el día de la fiesta de la parroquia, les tocaba un caldo
algo sabroso, ¿pero como este? ¡Los guisantes de los señores tienen
un sainete particular! Cada cual despachó su tazón; muchos pidieron
el segundo. Que viniese después gloria. No sería mejor que aquel
caldo. Y Matías, chistoso como siempre -¡condenado de Matías!-,
anunció a voz en cuello, jactándose:
-Yo, de cuanto venga, he de arrear tres raciones. Lo que coman
tres, ¿oís? cómolo yo.
-No eres hombre para eso -observó flemáticamente Eiroa, el viejo
asentador de piedra, siempre esquinado con Matías.
Y éste, que acababa de echarse al coleto dos cacillos de vino
seguidos, respondió con chunga y sorna:
-¿Que no soy hombre? Pues aventura algo tú... Aventúrame siquiera
un peso de los que llevas en la faja.
Hubo una explosión de carcajadas, porque la avaricia de Eiroa era
proverbial. ¡Jamás pagaba aquel roña un vaso! Pero el asentador,
echando a Matías una mirada de través, replicó, con igual tono
sardónico:
-Bueno, pues se aventura, ¡retoño! Un peso te ganas o un peso me
gano. ¡Recacho, Dios!
¡Cerrada la apuesta! Los canteros patearon de satisfacción. ¡Cómo
iban a divertirse! Eiroa, sin perder bocado, con la ojeada que tenía
para notar si las piedras iban bien de nivel, se dedicó a vigilar a
Matías. ¡No valen trampas! Sí; en trampas estaba pensando Matías. A
manera de corcel que siente el acicate, su estómago respondía al
reto abriéndose de par en par, acogiendo con fruición el delicioso
lastre. Después de las tres tazas de caldo con tajada y otros
apéndices, cayeron tres platos de bacalao a la vizcaína, de lamerse
los dedos, según estaba blando, sin raspas, nadando en aceite, con
el gustillo picón de los pimientos. Luego, despojos de cerdo con
habas de manteca, y en pos la paella, o lo que fuese; un arroz en
punto, lleno de tropezones de tocino, que alternaban con otros de
ternera frita; y los estipulados tres platos llenísimos a cogulo,
fueron pasando -ya lentamente- por el tragadero de Matías. Sordos
continuos del rico tinto del Borde le ayudaban en la faena. Empezaba
a sentir un profundo deseo de que el lance de la apuesta parase
allí, de que no sirviese la cocinera más platos. La algazara de los
compañeros le avisó: aparecía un nuevo manjar, tremendo; unas
orondas, rubias, majestuosas empanadas de sardina. A Matías le
pareció que eran piedras sillares, y que sentía su peso en mitad del
pecho, oprimiéndole, deshaciéndole las costillas. Una ojeada burlona
del asentador le devolvió ánimos. ¡Aunque reventara! Y,
fanfarroneando, pidió media empanada para sí. Mejor que andar ración
por ración. ¡Venga media empanada! Un murmullo de asombro halagador
para su vanidad corrió por la mesa. La cocinera reía, mirando con
babosa ternura a aquel guapo muchacho de tan buen diente. Y le
partió la empanada, dejándole el trozo mayor.
Principió a engullir despacio, auxiliándose con el tinto.
Masticaba poderosamente, y la indigesta pasta descendía, revuelta
con el craso y plateado cuerpo de las sardinas, con el encebollado y
el tomate del pebre. Le dolían las mandíbulas, y hubo un momento en
que lanzó un suspiro hondo, afanoso, y paseó por la cocina una
mirada suplicante, de extravío. Eiroa soltó una pulla.
-¡No es hombre quien más lo parece!
-¡Recacho! ¡Eso quisieras! ¡Se gana el peso!
Y el cantero, con esfuerzo heroico, supremo, pasó el último
bocado de empanada y tendió el plato para que se lo llenasen de lo
que a la empanada seguía: el arroz con leche y canela, al cual
acompañaban unas tortas de huevo y miel, tan infladas, que metían
susto... A la vez que los postres sirvióse el aguardiente, una caña
de Cuba, especial. ¡Qué regodeo, qué fiesta, qué multiplicidad de
sensaciones voluptuosas, refinadas! La cuadrilla estaba en el quinto
cielo; perdido ya del todo el respeto a la cocina de los señores,
hablaban a gritos, reían, comentaban la colosal apuesta. El
desfallecimiento de Matías era visible. ¿A que no colaban los tres
platazos de arroz? ¡Bah! ¡A fuerza de caña! El cantero, moviendo la
cabeza abotagada, hacía señas de que sí, de que colarían, y pasaba
cucharadas, dolorosamente, como quien pasa un vomitivo.
Allá fuera, Carracha, el excluido, se pegaba a la pared, a fin de
percibir olores, escuchar ruidos, participar con la exaltada
imaginación del hartazgo. Sus narices se dilataban, sus fauces se
colmaban de saliva. ¡Qué no diera él por verse a la vera del fogón!
¡Y cuánto duraba la comilona! Matías le había prometido traerle
algo, la prueba, en un puchero... ¿Se acordaría?... A todo esto, el
agua menuda de antes, el frío orvallo, iba convirtiéndose en lluvia
seria, y el hambrón sentía sus miembros entumecidos, y bajo sus pies
unas suelas de plomo helado. Temblaba, pero no se iba, ¡quiá! El
mastín de guarda le labró dos o tres veces, enseñándole los dientes
agudos, pero le conocía desde antes de aquello de la cuchara, y el
ladrido fue sólo una especie de fórmula, cumplimiento de un deber.
¡Atención! ¿Qué clamor se alzaba de la cocina? ¿Reñían acaso?
¿Una desgracia? El hambriento vio que la puerta se abría con ímpetu,
y salían disparados de la cuadrilla hechos unos locos.
-¡El médico! ¡El médico!... -dijeron al pasar...
Carracha notó que la puerta no se cerraba, y con su timidez
canina, haciéndose el chiquito, se coló dentro, mascando el aire
espeso, saturado de emanaciones de guisos sustanciosos y bebidas
fuertes. Nadie le hizo caso. Rodeaban a Matías; le habían arrancado
la chaqueta, desabrochado la camisa; le echaban agua por la cara, y
su pelo negro, empapado, se pegaba al rostro violáceo por la
fulminante congestión. Y el cantero no volvía en sí..., ni volvió
nunca. Según el médico, que llegó dos horas después -vivía a legua y
media de allí-, de la congestión podría salvársele, pero había sido
lo peor que al hincharse los alimentos, el estómago de Matías se
abrió y se rajó, como un saco más lleno que su cabida máxima...
-El Señor nos dé una muerte tan dichosa -repetía Carracha,
sinceramente, pasándose la lengua por los labios y recordando el
hartazgo que gozó en un rincón, mientras todo el mundo se ocupaba de
Matías. |
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Curado
Al salir el médico rural, bien arropado en su capote porque diluviaba; al
afianzarle el estribo para que montase en su jaco, la mujerona lloraba como una
Magdalena. ¡Ay de Dios, que tenían en la casa la muerte! ¡De qué valía tanta
medicina, cuatro pesos gastados en cosas de la botica! ¡Y a más el otro peso en
una misa al glorioso San Mamed, a ver si hacía un milagriño!
El enfermo, cada día a peor, a peor... Se abría a vómitos. No guardaba en el
cuerpo migaja que le diesen; era una compasión haber cocido para eso la
sustancia, haber retorcido el pescuezo a la gallina negra, tan hermosa, ¡con una
enjundia!, y haber comprado en Areal una libra entera de chocolate, ocho reales
que embolsó el ladrón del Bonito, el del almacén... Ende sanando, bien empleado
todo..., a vender la camisa!... pero si fallecía, si ya no tenía ánimo ni de
abrir los ojos!... ¡Y era el hijo mayor, el que trabajaba el lugar! ¡Los otros,
unos rapaces que cabían bajo una cesta! ¡El padre, en América, sin escribir
nunca! ¡Qué iba a ser de todos! ¡A los caminos, a pedir limosna!
Secándose las lágrimas con el dorso de la negra y callosa mano, la mujerona
entró, cerró la cancilla, no sin arrojar una mirada de odio al médico que,
indiferente, se alejaba al trotecillo animado de su yegua. Estaban arrendados
con él, según la costumbre aldeana, por un ferrado de trigo anual; no costaban
nada sus visitas..., pero, ¡cata!, ellos se hermanan con el boticario, recetan y
recetan, cobran la mitad, si cuadra..., ¡todo robar, todo quitarle su pobreza al
pobre! Y allí, sobre la artesa mugrienta, otro papel, otra recitiña, que sabe
Dios lo que importaría, además del viaje a Areal, rompiendo zapatos y mojándose
hasta los huesos.
Lejos, en el fondo de la cocina, apenas alumbrada por una candileja de
petróleo, se oía el fatigoso anhelar del enfermo y el hálito igual, dulce, de
los tres niños echados en un mismo jergón de hojas de maíz. El fuego del lar aún
ardía semiextinguido. Una sabandija corrió un instante por la pared y se ocultó
en un resquicio, dejando la medrosa impresión de su culebreo fantástico,
agigantado por la proyección de sombra. La vaca, en el establo, mugió
insistente, llamando a su ternerillo; fuera aulló el perro. La mujerona, con
movimiento de cólera, agarró la receta y la echó a las brasas, donde se consumió
trabajosamente el recio papel...
Quejóse el enfermo, con aquel quejido suyo, desgarrador, de rabia y náusea, y
la madre, acercándose al cajón de tablas pegado al muro -el lecho aldeano-, se
inclinó sobre el mozo y susurró a su oído:
-Calla, mi yalma, que ende amaneciendo voy por el mediquín, y te lo traigo, y
te cura.¡Como hay Dios que voy por él! ¡Ya no me pasa el médico esa puerta!
Era el supremo recurso, la postrera ilusión de todo labriego en aquella
parroquia de Noan -el curandero, el médico libre, sin título, que ejercía
secretamente, acertando más, ¡buena comparanza!, que los otros pillos-. El
mediquín no recetaba. Llevaba consigo, en el profundo bolso, tres o cuatro
frasquetes y papelitos doblados, unas gotas y unos polvos, y en el acto
administraba lo preciso; no había que trotar hasta Areal, esperar los siete
esperares en la botica y después largar pesos al boticario, que el diaño cargue
con él. Una peseta o dos al mismo mediquín, y campantes; y el mozo, antes de una
semana, sachando en la heredad.
Aún no blanqueaba el alba, anunciándola tan sólo vago reflejo cárdeno hacia
el bosque, cuando salió la mujerona, arrebujada la cabeza en su mantelo de
burel, haciendo saltar barro líquido ¡flac!, ¡flac! de los charcos, al hincar en
ellos las enormes zuecas. Cuando volvió, acompañada del curandero, que renegaba
del tiempo- ¡vaya una invernía, vaya un perro llover!- a la puerta de la choza
la esperaba el mayor de los pequeños, Juaniño, asustado, descalzo, manoteando.
-¡Señora madre..., que Eugenio está al cabo! ¡Que ya no atiende cuando le
gritan!
La mujerona y el curandero se precipitaron; el interior de la choza parecía
tenebroso a quien venía del exterior, de la claridad que ya empezaba a derramar
un mustio amanecer de noviembre, y el mediquín encendió cerillas, y a la
intermitente luz examinó al moribundo. Un gemido horrible, lento, rumiando, por
decirlo así, salió de la fétida cama.
-¡Ay Virgen de la Guía! ¡Ay San Mamed! -clamó la madre-. ¡Es el estortor!
¡Está gunizando!
-No, mujer, no; calle, no se desdiche, que va a descansar.
La voz del curandero fue como un conjuro. El gemido se atenuó. Por la única
ventana de la choza entró un rayo dorado del sol naciente. Los tres chicuelos,
asombrados y respetuosos, permanecían en pie, mal despiertos, enredados los
rubios rizos, sofocados aún los carrillos, metido el índice en la boca.
Esperaban el milagro que iba a realizarse, y sus almitas cándidas y nuevas se
entreabrían para acoger el rocío de lo maravilloso. ¡Aquel señor regordecho, de
gabán de paño azul y gorra de cuadros verdes, podía curar a Eugenio! ¿Cómo? ¿De
qué manera? Por una virtud... Eso, por una virtud... El caso es que iba a
curarle. Eugenio no gemiría más; no tendría aquellas ansias tan grandísimas;
cerraría los ojos y dormiría como un santo bendito.
El curandero, entretanto, sacaba del bolso uno de sus frasquetes no
rotulados, lo miraba un instante al trasluz, enderezaba el cuentagotas, pedía
agua, que le traían en un cuenco de barro, dosificaba y, cuenco en mano, volvía
a llegarse al lecho... Con un brazo pasado alrededor del cuello del moribundo,
le hacía beber, beber... ¡Asombroso caso! El mozo bebía y guardaba lo bebido...
Cruzó las manos la madre, deshaciéndose en bendiciones. El curandero dejó
suavemente sobre la almohada de follato la cabeza de revueltas greñas, de cara
demacrada, color de arcilla. Una imperceptible sonrisa, una ráfaga de paz, de
bienestar, sosegaron un momento la dolorosa faz atormentada del enfermo.
-Te va bien, yalma? -preguntó, embelesada, la mujerona.
-Sí, señora...; muy bien... -respondió él, dulcemente.
Del pico de un pañuelo salieron tres pesetas, que el curandero, al retirarse,
guardó en el ancho bolsón de su abrigo; el precio de la visita y de la pócima.
Los pequeñuelos permanecían absortos. ¡Eugenio no se quejaba ya! ¡Le veían
así... dormido, tan sereno.... respirando maino, a modo del aire entre el
trigal! ¡Como un santo, un santo bendito!
Ni se enteraron de que, hacia el mediodía, aquel ligero susurro cesó... La
madre, al acercarse para administrarle otra dosis de la medicina milagrosa, tocó
algo ya frío, rígido: un cuerpo inerte. Alzó estridente alarido. Se mesó las
canas a puñados, se clavó las uñas en el pergamino del rostro... y Juaniño,
consolándola, cogiéndose a su zagalejo remendado, repetía:
-No se apure, señora... Voy por el curandero... Calle, que se lo traigo ahora
mismo...
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Consuelos
María Vicenta, la costurera, alzó la cabeza, que tenía caída sobre el pecho,
y momentáneamente llevó sus hinchados y extraviados ojos hacia la puerta de
entrada. Se oía ruido. Era que traían la caja comprada en Areal, y Selme, el
cantero, que se había encargado de la adquisición, la depositaba en el suelo,
refunfuñando:
-Veintitrés reales... Ni una condenada perra menos... Es de las superiores,
bien pintada...
En efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María
Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e interiormente un
forro chillón de percalina rosa. No se hacía en Areal nada más elegante. Con
extrañeza notó Selme que la costurera no admiraba el pequeño féretro. Acababa de
fijar ahincadamente la vista en el jergón donde reposaba el cuerpecito,
amortajado con el traje de los días de fiesta y la marmota de lana blanca y
moños de colores. Sobre la cara diminuta, pálida, se veían manchas amoratadas,
señales de besos furiosos. Selme se creyó en el caso de repetir y ampliar su
relación.
-Vengo cansado como un raposo. De Areal aquí hay la carreriña de un can. No
me paré a resollar ni tan siquiera un menuto, porque te corría prisa la caja,
mujer. Decíame Ramón el de la taberna: «Hombre, echa un vaso, que un vaso en un
estante se echa». Pero ni eso, diaño. Ya sabrás que sólo me diste dazaocho
reales. Cinco los puse yo de mi dinero...
Incorporóse María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su
máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana arrugados,
sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
-Ahí tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Selme desdobló el papel y contó escrupulosamente la suma. Sobraban unas
perras; las devolvió, echándolas en el regazo de la costurera, que había vuelto
a sentarse.
-Aún es de más, mujer... Apaña esos cuartos, que falta te harán... Y, ¡qué
carala!, vuelve por ti, que ese no es modo ni manera. A mí se me llevó Dios a
cuatro rapaces, y para esos menos tengo que trabajar. Anda, que moza eres, y
cuando vuelva tu mozo de servir al rey y casedes, verás... ¡A fellas que los
chiquillos nácente y médrante más pronto que los carballos!
-Selme -respondió la costurera, con la misma frialdad-, coge ahí de la lacena
una botella que hay mediada y echarás un vaso.
No hubo que decirlo dos veces. Mientras Selme revolvía la alacena, fueron
entrando comadres y mocitas aldeanas, porque ya sabían el regreso del cantero
con el ataúd a cuestas, y les picaba curiosidad de ver la caja bonita, un objeto
de lujo. La señora Antonia, la viuda, tenía a su cargo el pésame y la oratoria
consoladora, por ser la más suelta de lengua y de mejor explicación entre todas
las viejas de la parroquia de Boiro. ¡Como que hasta sabía improvisar coplas!
-María Vicentiña, prenda de mi corazón... -exclamó la comadre, abrazando a la
costurera-. Echa cohetes, que hoy le envías a Nuestro Señor del Cielo divino un
ánguele. Dios está alegre, Nuestra Señora está alegre, el bendito San Antón está
que hasta pega gargalladas, y los demás anguelitos..., todo se les vuelve cantar
como locos. Llega allá, a los cielos divinos, tu neno, y lo reciben con
violines, panderetas, conchas, gaita... ¡A fellas que oigo la música! ¡Dichoso
dél! ¡En una caja así, tan preciosa, nos hubiesen llevado a nosotras, enfelices,
que nos hemos pasado la vida sudando para ganar el triste comer! A tu neno ahora
le regala rosquillas la Virgen, y San Antón le está poniendo una ropa toda de
oro, y de plata, y de perlas, con unos fleques colorados... ¡Mujer, boba, María
Vicentiña, alevántate, quita esas manos de la cara, no seas desagradecida con el
Señor, que tanto bien te hizo!
La costurera se levantó, extendiendo los brazos para rechazar a la
consoladora. Involuntariamente la despidió contra la pared. Silenciosa, avanzó
hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo rodeaban las mocitas, admirando
la gorra de moños y el traje con tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María
Vicenta tenía aquella habilidad y aquellos dedos primorosos...
-¡Apartad, apartad! -mandó la madre, sin esforzar la voz; y las rapazas se
desviaron, estremecidas sin saber por qué...
María Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así permaneció
un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se hubiese dormido. Por fin, la
llamaron, la sacudieron, gritaron a su alrededor:
-¡Los señores amos! ¡María Vicenta! ¡Érguete! ¡Están ahí los señores amos!
Rígida, muda, se levantó la costurera, mostrando respeto. Eran, en efecto,
los señores, los propietarios de su humilde casa, los que le daban costura, la
enseñaban a trabajar, la protegían bondadosamente. Eran los amos de la aldea,
los dueños de la quinta; un caballero de barba gris, una dama cuarentona, muy
retocada, de traje de percal incrustado de entredoses, sombrero y sombrilla de
encaje negro. La pareja se aproximó a María Vicenta y la interpeló con dulzura:
-¡Sea todo por Dios! ¡Al fin se te murió la criaturita!... -dijo la dama-. En
cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así se nos quedó muerto un
sobrinito monísimo, que era mi encanto... Tranquilízate tú ahora, María Vicenta,
que, como estabas criando, puede arrebatársete la leche a la cabeza, y eso es
muy serio. ¿Por qué no te vienes allá así que... en cuanto... «no tengas nada
que hacer aquí?» Te pondremos la cama en el cuarto que cae a la carretera... Te
distraerás con los compañeros en la cocina...
No hubo respuesta. La costurera, inmóvil, quizá ni escuchaba el murmullo
sedoso y blando de las consoladoras frases. La señora, entonces, la cogió
suavemente por un brazo, la arrinconó y le secreteó algo más personal y directo.
-Es preciso ser razonable, María Vicenta. Ya sabes que te hemos amparado en
tu... «desgracia». Nada te ha faltado, ¿verdad? Ni asistencia, ni caldo, ni
ropita para el nene... Ya ves, podríamos ser como otros, que en casos así
despiden a las muchachas... Hasta el día antes de tu apuro, has cosido en casa,
has tenido buena comida, que en tu estado... Después, lo mismo. Te llevaban el
chico, le dabas de mamar; nadie te ha dicho una palabra desagradable. ¿Es
cierto? Pues, hija, cuando Dios dispone lo que dispone..., por algo será. ¿No se
te ha ocurrido que puede ser un castigo de..., de tu... ligereza? Recíbelo así;
a título de castigo. Ten paciencia. A serenarse, y a vivir mejor desde ahora.
¿Eh? Aunque vuelva... ese, tu amigo de antes..., como si no existiera. Y si te
persigue, le respondes: «No me propongas picardías... Soy la madre de un ángel».
¡Si hoy debías estar más contenta! ¡Debías reír! Conque ¿te vienes allá? Sin
coser, por supuesto, en unos días... A distraerte...
La madre del ángel hizo con la cabeza signos negativos y trató de volverse
hacia la pared. Las mocitas habían aprovechado la ocasión para meter el cuerpo
en la caja. Selme la cerró y la tomó a cuestas; ya pesaba doble, pero a bien que
hasta el camposanto el viaje era corto. Formadas en fila, las mujeres siguieron
al cantero, y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado
en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto, regocijado
cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron a María Vicenta...
Pegó un salto de fiera y se abalanzó al jergón. No quedaba en él sino la
depresión leve marcando el sitio del cuerpo. Un alarido ronco, profundo, como de
animal herido, salió de la garganta de María Vicenta, al desplomarse al suelo
con el ataque de nervios. Se retorcía, se golpeaba, rugía... y también se reía,
sí. Cumplía la consigna de reírse, con risa violenta, inextinguible, terminada,
a cada acceso, en sollozos. El caballero y la dama se miraron, apurados,
confusos. ¡Qué terquedad! ¿Pues no habían hecho todo lo posible para consolarla?
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Leliña
Siempre que salían los esposos en su cesta, tirada por jacas del país, a
entretener un poco las largas tardes de primavera en el campo, encontraban,
junto al mismo matorral formado por una maraña de saúcos en flor, a la misma
mujer de ridículo aspecto. Era un accidente del camino, cepo o piedra, el hito
que señala una demarcación, o el crucero cubierto de líquenes y menudas
parasitarias. Manolo sonreía y pegaba suave codazo a Fanny.
-Ya pareció tu Leliña... ¡Qué fea, qué avechucho! En este momento, el sol la
hiere de frente... Fíjate.
La mayordoma les había referido la historia de aquella mujer. ¿La historia?
En realidad, no cabe tener menos historia que Leliña. Sin familia, como los
hongos, dormía en cobertizos y pajares -¡a veces en los cubiles y cuadras del
ganado!- y comía..., si le daban «un bien de caridad».
Sin embargo, no mendigaba. Para mendigar se requiere conciencia de la
necesidad, nociones de previsión, maña o arte en pedir..., y Leliña ni
sospechaba todo eso. ¿Cómo había de sospecharlo, si era idiota desde el nacer,
tonta, boba, lela, «leliña»? ¡Ella pedir!
Un can pide meneando la cola; un pájaro ronda las migajas a saltitos...
Leliña ni aun eso; como no le pusiesen delante la escudilla de bazofia, allí se
moriría de hambre.
Inútil socorrerla con dinero; a la manera que su abierta boca de imbécil
dejaba fluir la saliva por los dos cantos, de sus manazas gordas, color de ocre,
se escapaban las monedas, yendo a rodar al polvo, a perderse entre la espesa
hierba trigal. Manolo y Fanny lo sabían, porque, al principio, acostumbraban
lanzar al regazo de la tonta pesetas relucientes... Ahora preferían atenderla de
otro modo: con ropa y alimento. El pañuelo de percal amarillo, el pañolón
anaranjado de lana, el zagalejo azul de Leliña, se lo habían regalado los
esposos. ¡Cosa curiosa! Leliña, indiferente a la comida, gruñó de satisfacción
viéndose trajeada de nuevo. Una sonrisa iluminó su faz inexpresiva, al ponerse,
en vez de sus andrajos, las prendas de esos matices vivos, chillones, por los
cuales se pirran las aldeanas de las Mariñas de Betanzos, el más pintoresco
rincón del mundo...
-¡Hembra al fin!... -fue el comentario de Manolo.
-¡Pobrecilla! -exclamó Fanny-. ¡Me alegro de que le gusten sus galas!...
Fanny ansiaba hacer algo bueno; tenía el alma impregnada de una compasión
morbosa, originada por la íntima tristeza de su esterilidad. Diez años de
matrimonio sin sucesión, el dictamen pesimista de los ginecólogos más afamados
de Madrid y París, pesaban sobre sus tenaces ilusiones maternales. «Ensayen
ustedes una vida muy higiénica, aire libre, comida sana...», les ordenó, por
ordenarles algo, el último doctor a quien acudieron en consulta. Y se agarraron
al clavo ardiendo de la rusticación, método que si no les traía el heredero
suspirado, al menos debía proporcionarles calma y paz. Pero en medio de la
naturaleza remozada, germinadora, florida, despierta ya bajo las caricias
solares, la nostalgia de los esposos revistió caracteres agudos; se convirtió en
honda pena. Fanny no contenía las lágrimas cuando encontraba a una criatura. ¡Y
en la aldea mariñana cuidado si pululaban los chiquillos! A la puerta de las
casucas, remangada la camisa sobre el barrigón, revolcándose entre el estiércol
del curro, llevando a pastar la vaca, tirando peladillas a los cerezos o
agarrándose al juego trasero del coche y voceando: «¡Tralla atrás...!»; en el
atrio de la iglesia, a la salida de misa, con un dedo en la boca, en la romería
comiendo galletas duras, en la playa del vecino pueblecito de Areal
escarabajeando al través de las redes tendidas a manera de cangrejillos
vivaces... no se hallaba otra cosa: cabezas rubias, ensortijadas, que serían
ideales si conociesen el peine; cabezas pelinegras, carnes sucias y rosadas,
chiquillería, chiquillería.
-Los pobres, señorita, cargamos de hijos... Es como la sardina, que cuanta
más apañamos, más cría el mar de Nuestro Señor... -decía a Fanny una pescadora
de Areal, la Camarona, madre de ocho rapaces, ocho manzanas por lo frescos...
La dama torcía el rostro para ocultar al esposo la humedad que vidriaba sus
pupilas, y allá dentro, dentro del corazón, elevaba al cielo una oferta. Quería
realizar algo que fuese agradable al poder que reparte niños, que fertiliza o
seca las entrañas de las mujeres. No permitiría ella aquel invierno que la
idiota, la mísera Leliña, tiritase en la cuneta encharcada y helada; apenas
soplase una ráfaga de cierzo, recogería a la inocente, dándole sustento y
abrigo, y la Providencia, en premio, cuajaría en carne y sangre su honesto amor
conyugal... Por eso -al divisar a Leliña cuando cruzaban al pie del enredijo de
saúcos en flor-, Manolo, confidencialmente, empujaba el codo de Fanny, y una
esperanza loca, mística, ensoñadora, animaba un instante a los dos esposos. La
idiota no les hacía caso. Ellos, en cambio, la contemplaban, se volvían para
mirarla otra vez desde la revuelta. Les pertenecía; por aquel hilo tirarían de
la misericordia de Dios.
Fue Manolo el primero que advirtió que los cocheros se reían y se hacían un
guiño al pasar ante la idiota, y les reprendió, con enojo:
-¿Qué es eso? ¡Bonita diversión, mofarse de una pobre! ¡Cuidadito! ¡No lo
toleraré!
-Señorito... -barbotó el cochero, que era antiguo en la casa y tenía fueros
de confianza-. Si es que... ¿No sabe el señorito?... -y puso las jacas al paso,
casi las paró.
-¿Qué tengo de saber? Porque sea lela esa desdichada, no debéis vosotros...
-Pero, señorito.... ¡si es que ya corre por toda la aldea!...
-¿Qué diantres es lo que corre?
-Que, perdone la señorita, Leliña está...
Un ademán completó la frase; Fanny y Manolo se quedaron fríos, paralizados,
igual que si hubiesen sufrido inmensa decepción. La señora, después de palidecer
de sorpresa, sintió que la vergüenza de la idiota le encendía las mejillas a
ella, que había proyectado redimirla y salvarla. Bajó la frente, cruzó las
manos, hizo un gesto de amargura.
-Eso debe de ser mentira -exclamaba Manolo, furioso-. ¡Si no se comprende!
¡Si no cabe en cabeza humana!... ¡La idiota! ¡La lela! Digo que no y que no...
Marido y mujer, entre el ruido de las ruedas y el tilinteo de los cascabeles
de las jacas, que volvían a trotar, examinaron probabilidades, dieron vueltas al
extraño caso... ¡Vamos, Leliña ni aun tenía figura humana! ¿Y su edad? ¿Qué años
habían pasado sobre su testa greñosa, vacía, sin luz ni pensamiento? ¿Treinta?
¿Cincuenta? Su cara era una pella de barro; su cuerpo, un saco; sus piernas, dos
troncos de pino, negruzcos, con resquebrajaduras... ¡Leliña!... ¡Qué asco! Y al
volver de paseo, envueltos ya en la dulce luz crepuscular de una tarde radiosa,
viendo a derecha e izquierda cubiertos de vegetación y florecillas los linderos,
respirando el olor fecundo, penetrante, que derraman los blancos ramilletes del
vieiteiro, y a Leliña ni triste ni alegre, indiferente, inmóvil en su sitio
acostumbrado, Manolo murmuró, con mezcla indefinible de ironía y cólera:
-¡Como la tierra!...
Fanny, súbitamente deprimida, llena de melancolía, repitió:
-¡Como la tierra!...
No hablaron más del proyecto de recoger a la idiota. Ya era distinto...
¿Quién pensaba en eso? Preguntaron a derecha e izquierda, poseídos de curiosidad
malsana, sin lograr satisfacerla. ¿El culpable del desaguisado? ¡Asús, asús!
Nadie lo sabía, y Leliña de seguro era quien menos. No sería hombre de la
parroquia, no sería cristiano; algún licenciado de presidio que va de paso,
algún húngaro de esos que vienen remendando calderos y sartenes... ¡Qué pecado
tan grande! ¡Hacer burla de la inocente! El que fuese, ¡asús!, había ganado el
infierno...
El verano transcurrió lento, aburrido; comenzaron a rojear las hojas, y Fanny
y Manolo, al acercarse a los saúcos, donde ahora el fruto, los granitos,
verdosos, se oscurecían con la madurez, volvían el rostro por no mirar a Leliña.
De reojo la adivinaban, quieta, en su lugar. Un día, Fanny, girando el cuerpo
de repente, apretó el brazo de su marido, emocionada.
-¡Leliña no está! ¡No está, Manolo!
Cruzaron una ojeada, entendiéndose. No añadieron palabra y permanecieron
silenciosos todo el tiempo que el paseo duró. Durmieron con agitado sueño.
Tampoco estaba Leliña a la tarde siguiente. Más de ocho días tardó la idiota en
reaparecer. Antes aún de llegar al grupo de saúcos, Fanny se estremeció.
-Tiene el niño -murmuró, oprimida por una aflicción aguda, violenta.
-Sí que lo tiene... -balbució Manolo-. Y le da el pecho. ¿No es increíble?
Abierto el ya haraposo pañolón de lana, recostada sobre el ribazo, colgantes
los descalzos pies deformes, la idiota amamantaba a su hijo, agasajándole con la
falda del zagalejo, sin cuidarse de la humedad que le entumecía los muslos.
-¡Si hoy parece una mujer como las demás! -observó Manolo, admirando.
Fanny no contestó; de pronto sacó el pañuelo y ahogó con él sollozos
histéricos, entrecortados, que acabaron en estremecedora risa.
-Calla..., calla... Déjame... No me consueles... ¡No hay consuelo para mí!
Ella con su niño... ¡Yo, nunca, nunca! -repetía, mordiendo el pañuelo,
desgarrándolo con los dientes, a carcajadas.
El esposo se alzó en el asiento, y gritó:
-Den la vuelta... A casa, a escape... ¡Se ha puesto enferma la señora!
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Cuesta abajo
A la feria caminaban los dos: él, llevando de la cuerda a la pareja de bueyes
rojos; ella, guiando con una varita de vimio, larga y flexible, a cinco rosados
lechones. No se conocían: viéronse por primera vez cuando, al detenerse él a
resollar y echar una copa en la taberna de la cima de la cuesta, ella le alcanzó
y se paró a mirarle.
Y si decimos la verdad pura, a quien la zagala miraba no era al zagal, sino
al ganado. ¡Vaya un par de bueyes, San Antón los bendiga! A la claridad del sol,
que comenzaba a subir por los cielos, el pelaje rubio de los pacíficos animales
relucía como el cobre bruñido de la calderilla nueva; de tan gordos, reventaban
y el sudor les humedecía el anca robusta. Fatigados por las acometidas de alguna
madrugadora mosca, se azotaban los flancos, lentamente, con la cola poblada. La
zagala, en un arranque de simpatía, abandonó a sus gorrinos, se llegó a uno de
los castaños que sombreaban la carretera, sacó del seno la navajilla y cortó una
rama, con la cual azotó los morros de los bueyes mosqueados. El zagal, entre
tanto, corría tras un lechón que acababa de huir, asustado por los ladridos del
mastín de la taberna.
-¿De dónde eres? -preguntó él, así que logró antecoger al marranito.
Antes que el nombre, en la aldea se inquiere la parroquia; luego, los padres.
-De Santa Gueda de Marbían. ¿Y tú?
-De Las Morlas.
-¿Cara a Areal?
-Sí, mujer. Soy el hijo del tío Santiago, el cohetero.
-Yo soy nieta de la tía Margarida de Leite.
-¡Por muchos años! -exclamó el zagal, lleno de cortesía rústica.
-¿Cómo te llamas, rapaza?
-Margaridiña.
-Yo, Esteban. Vas a la feria, mujer? -añadió, aunque comprendía que la
pregunta estaba de más.
-Por sabido. A vender esta pobreza. Tú sí que llevas cosa guapa, rapaz. ¡Dos
bueis! Dios los libre de la mala envidia, amén.
El zagal, lisonjeado, acarició el testuz de los animales, murmurando
enfáticamente:
-Mil y trescientas pesetas han de arrear por ellos los del barco inglés, y si
no... pie ante pie tornan a casa. ¡Los bueyes del cohetero de Las Morlas!... ¡No
se pasean otros mejores mozos por toda la Mariña!
-Mira no te den un susto en el camino cuando tornes con el dinero -indicó,
solícita, Margarida-. Hay hombres muy pillos. Andan voces de una gavilla. Yo
tornaré temprano, antes que se meta la noche. ¡La Virgen nos valga!
Esteban contempló un instante a la miedosa. Era una rapaza fornida, morena,
como el pan de centeno; entre el tono melado de la tez resplandecían los
dientes, semejantes a las blancas guijas pulidas y cristalinas que el mar arroja
a la playa; los ojos, negros y dulces, maliciosos, reían siempre.
-Ende tornando yo contigo, asosiégate -exclamó Esteban, fanfarroneando-.
Tengo mi buena navaja y mi buen revólver de seis tiros. Vengan dos, vengan
cuatro ladrones, vengan, aunque sea un ciento. ¡Soy hombre para ellos! ¡Conmigo
no pueden!
A su vez, la mocita miró al paladín. Esteban tenía el sombrero echado atrás,
las manos, a lo jaque, en la faja, y un pitillo, acabado de encender, caído
desgarbadamente sobre la comisura de los labios, bermejos como guindas. Su
rostro fino, adamado, sin pelo de barba, contrastaba con sus alardes de
valentón. La zagala acentuó la alegría de sus ojos; el zagal se puso colorado, y
para disimular la timidez, dio al cigarro una feroz chupada.
Después se encogió de hombros. ¿Qué hacían parados allí? Cruzaba mucha gente
en dirección a la feria. Las mejores ventas se realizan temprano... ¡Hala! Y
ella antecogió sus marranos, y él atirantó la cuerda y dio aguijada a sus
bueyes. Ya no pensó ninguno de los dos en bobería ninguna, sino en su mercado,
en su negocio. ¡Hala, hala!
Al revolver de la carretera, festoneada de olmos, descubrieron el pueblecito,
tendido al borde del río -pintoresco, bañado de luz, con sus tres torres de
iglesia descollando sobre el caserío arcaico, irregular-. Ningún efecto les hizo
la hermosa vista. Se apresuraron, porque ya debía de estar animándose la feria.
Margarida pasaba las del Purgatorio cuidando de que no se perdiesen, entre el
gentío, los cinco diminutos fetiches, adorables con sus sedas blancas nacientes
sobre la tersa piel color rosa. Acabó por coger a dos bajo el brazo, sin atender
a sus gruñidos rabiosos, cómicos, y ya solo por tres tuvo que velar, que era
bastante. Esteban, columbrando entre un grupo de labriegos y un remolino de
ganado las patillas de cerro del tratante inglés, se apresuró a acercarse con su
magnífica pareja de cebones para empatársela a los otros vendedores. Así se
apartaron, sin ceremonias, el zagal y la zagala. Sacó él sus mil y trescientas y
cuarenta pesetas y las ocultó en la faja; guardó ella entre la camisa de estopa
y el ajustador de caña unos duros, producto de la venta de los lechones; fue él
convidado al figón por el inglesote de azules ojos y patillas casi blancas;
devoró ella, sentada en el parapeto del puente, dos manzanas verdes y un zoquete
de pantrigo añejo, y a cosa de las tres y media de la tarde -cuando el sol
empezaba a declinar en aquella estación de otoño-, volvieron a encontrarse en el
camino, y sin decirse oste ni moste, acompasaron el paso, deseosos de regresar
juntos. Margarida tenía miedo a la noche, a los borrachos que vuelven rifando y
metiéndose con quien no se mete con ellos; Esteban, sin saber por qué, iba más a
gusto en compañía, ahora que no necesitaba aguijar ni tirar de la cuerda. El
diálogo, al fin, brotó en lacónicos chispazos.
-¿Vendiste? -dijo la moza.
-Vendí.
-¿Pagáronte a gusto?
-Pagáronme lo que pedí, alabado Dios.
-¡Qué mano de cuartos, mi madre! ¿Y los bueis? ¿Van para el barco? -Para se
los comer allá en Inglaterra... ¡Bien mantenidos estarán los ingleses con esa
carne rica! ¡Qué gordura, qué lomos!
-Callaron. Anochecía. Se escuchó detrás un silbido, pisadas fuertes, y la
zagala, alarmada, se arrimó al zagal. La alarma pasó pronto: eran dos chicuelos
que zuequeaban y soltaban palabrotas. Esteban rodeó los hombros de Margarida con
su brazo derecho, para protegerla, y siguieron andando así, sin romper el
silencio. La carretera serpenteaba por la vertiente de un montecillo cubierto de
pinos; a la izquierda, los esteros y los juncales inundados brillaban,
reflejando en rotos trazos la faz de la luna; el camino, lejos de ser fatigoso,
como a la ida, descendía suavemente. Corría un fresco de gloria, un airecillo
suave, más de primavera que de otoño; y el zagal y la zagala sentían algo muy
hondo, que eran absolutamente incapaces de formular con palabras. Lo único que
Esteban acertó a decir fue:
-¡Qué a gusto se va cuesta abajo, Margaridiña!
-Se anda solo el camino, Esteban -respondió ella, quedito.
-¡Todos los santos ayudan! -insistió él.
-Los pies llevan de suyo -confirmó ella.
Y siguieron dejándose ir, cuesta abajo, cuesta abajo, alumbrados por la luna,
que ya no se copiaba en los esteros, sino en la sábana gris de la ría.
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Dalinda
-¡A echar el mantel bueno! -ordenó el mesonero de Cebre a la moza entrada a
su servicio la víspera-. Nos están ahí los señoritos de Ramidor, y han de querer
almorzar de lo mejorcito. Largay al puchero chorizos gordos... ¡Menéate!
Llegaban, en efecto, los señoritos, levantando polvareda, al trote picado de
sus caballejos del país, y precedidos de alegre repiqueteo de cascabeles y
ladridos atronadores de perros de caza. En el mesón estaban hartos de conocer a
don Camilo, el mayorazgo; al segundón, don Juanito; pero les sorprendió y llenó
de curiosidad la presencia de un caballero guapo, con ropa lucida, polainas de
cuero crujiente y cinturón-canana avellano, flamante, sin la capa de mugre
negruzca que cubría los arreos cinegéticos de los señoritos de Ramidor. Tiempo
le faltó a la mesonera para interrogar a Diaño -el criado que porteaba un saco
de perdices muertas a perdigonadas-. Y Diaño dijo que el forastero era un
señorito de Madrid que estaba pasando temporada con don Camilo; que se llamaba
don Mariano, y que era -no despreciando a nadie- muy llano y muy habladero; que
daba conversa a todo el mundo, y a las rapazas -¡San Cebrián bendito!- las
repicaba como si fueran panderetas...
-Sobre la mesa, tendido ya el mantel blanquísimo, disponía la moza pan de
mollete, platos vidriados, tenedores de peltre y jarrillas para el vino picón,
prescindiendo de vasos para el agua, porque no suelen gastarla los cazadores.
-Estos, aureolados ya por el humo de sus cigarros, sentados a horcajadas, se
fijaron en la muchacha que ponía el cubierto. Era una niña casi, vestida de luto
pobre, dividido en dos trenzas el hermoso pelo rubio; finita de facciones y con
boca de capullo de rosa, menuda y turgente, hinchada de vida. Juanito Ramidor,
el más joven de los cazadores, extendió la mano y ciñó el talle estrecho de la
sirviente. Ella saltó hacia atrás, y hasta la frente se le puso bermeja.
-¡No molestes! -exclamó el forastero, interviniendo-. ¡Es una criatura!
Déjala en paz. ¿Cómo te llamas, hija mía? Contesta, que yo he de tratarte con el
mayor respeto.
-Dalinda me llamo, señor -murmuró ella, con el acento cantarín de la comarca,
fijando en don Mariano la mirada agradecida de sus ojos azules.
-¡Bonito nombre! ¿Hace mucho que estás en el mesón? Y la voz de Mariano
indicaba interés.
-Entré ayer, señor; porque soy huérfana de padre y madre, y ahora se me murió
mi tío, el señor cura de Doas, que si viviera él, no sirviera yo más que a Dios
-respondió la niña, con lágrimas en el acento, pero las lágrimas no brotaron.
-Pues sírvenos bien, Dalinda, y toma esto para comprarte un pañuelito de
seda, que tienes un pelo precioso.
Don Mariano intentó deslizar un duro en la mano de la muchacha, que lo
rechazó suave y porfiadamente.
-Se estima... Al señorito se le sirve de gana, sin necesidad de eso.
Como lo dijo, lo hizo Dalinda. Activa y gentilmente presentó los manjares,
que eran sabrosos y toscos, adecuados al apetito recio de los cazadores: pote
con rabo, olla con jamón y chorizo, y tragos, tragos, tragos de clarete color de
vinagre, que la tierra da copiosamente. Las cabezas se calentaban; don Juanito y
don Camilo, guiñando el ojo, bromeaban con don Mariano, a medias palabras,
convertidas en desvergüenzas enteras cuando la sirvienta salía para traer algo
que hiciese falta.
-Eres un hipócrita, un farandulón -decía Camilo-. El que no te conozca, que
te compre.
-¿De cuándo acá -confirmaba Juanito- te dedicas tú a proteger la inocencia de
estos arcángeles? A fe que la cosa es chusca. Tú, hombre, tú... Si uno no se
hubiese criado contigo, como quien dice, cuando estudiábamos juntos en
Santiago..., nos la pegas; vaya, que nos la pegas.
-¡Chist! -exclamaba Mariano, viendo venir a Dalinda, que alzaba, con gracioso
movimiento, la fuente de arroz con riles y la depositaba en la mesa.
Y así que la niña salía en busca de otro plato, el forastero murmuraba,
atusándose el negro bigote:
-Qué queréis, yo sé refinar. Vosotros tenéis el gusto acostumbrado a estos
guisos de figón, muy sanos, aunque grasientos... Coméis a bocados, andáis
después ocho leguas a caballo o tres a pie..., dormís como canónigos...
Encontráis una muchacha, y con tal que podáis estrujarla y ella no chille, tan
contentos. Que ella sea así o de otro modo... no os importa. Os basta un cacho
de carne con ojos.
-Di claro que somos unos brutos... -refunfuñó Juanito Ramidor, algo picado; y
callóse, porque Dalinda entraba, portadora de un bacalao oloroso y humeante.
-Si lo vuestro es brutalidad, yo la envidio -confesó Mariano-, porque revela
salud y normalidad. Yo necesito otros estimulantes... Me ha caído en gracia esa
niña de las trenzas de oro, porque me parece una figura de retablo.... ¡La
sobrina de un cura! Una azucena mística, intacta... O pierdo el nombre que
tengo, o me la llevo del mesón, a pasar en Madrid una temporadita; y ha de ir
contenta, o, mejor dicho, loca... ¡Si sois buenos amigos, ayudadme!
-Por nosotros que no quede -contestaron riendo los señoritos-. Hacia esta
parte vendremos a cazar, aunque se acaben las perdices en tres leguas a la
redonda.
-Y vosotros la acosáis un poco, no mucho, ¿eh?, y yo soy un paladín; a mí me
cree otro santo como ella.
Cuando Dalinda volvió presentando una olla de castañas cocidas echando vaho
caliente, tapada con un trapo, y recendiendo a anís, aún celebraban
estrepitosamente la ocurrencia los tres comensales. Y al despedirse, pagado el
escote al mesonero, Mariano llamó aparte a la niña y le dijo, en tono sencillo y
confidencial:
-Ya que no quieres dinero, acepta éste dije en recuerdo mío...
El dije era un capricho de oro y turquesas, de esos que se cuelgan en la
cadena del reloj, y se lo había regalado a Mariano, una novia, una señorita con
la cual estuvo a pique de casarse. Dalinda, con movimiento infantil, casto y
apasionado, besó la joyuela al recibirla...
Cumpliendo lo pactado, los señoritos de Ramidor y su huésped llevaron sus
cacerías por la parte de Cedre, y Mariano tuvo frecuente ocasión de ver y hablar
a la sobrinita del cura. Transcurrido algún tiempo, por las bardas de la
corraliza, no muy bajas, tenían sus paliques el forastero y la niña.
-¿Qué tal? ¿Te la llevas? -solían preguntar Juanito y Camilo, ya un poco
burlonamente.
-Paciencia; todo se andará -contestaba, algo mohíno e impaciente, el galán
cortesano-. Es que estas chiquillas educadas a la mística... Lo que os digo es
que mujer más apasionada, y al mismo tiempo más... más... más difícil,
¿entendéis?, no la he encontrado en toda mi larga carrera...
De esta franca confesión tomaron pie los amigos para torearle, primero
solapadamente, después a descubierto, con la clásica pesadez rural en las
bromas. Los dichos, al pronto picantes, se convirtieron en mortificadores. Los
dos gallos de villorrio se reían del intruso y frustrado gallo forastero, al
cual sentían despechado, bajo la capa de una ironía desdeñosa. ¿Fue este
despecho, o estímulos de otra naturaleza, lo que precipitó a Mariano? Cierta
mañana anunció a sus amigos que aquella noche no volvería a Ramidor. Se proponía
pasarla en el mesón, y no en el cuarto que le diesen, sino en otro del piso
segundo, «¿no sabéis? Aquel que tiene, en la solera del balcón sin balaustre, un
tiesto de claveles reventones...» ¡El aposento de Dalinda! Si querían
cerciorarse, que rondasen a medianoche; él entreabriría un momento la ventana, y
le verían...
Y, en efecto, poco después de sonar en el reloj del Ayuntamiento doce tristes
campanadas, Camilo y Juanito Ramidor se internaron en la solitaria calleja que
cae al costado del mesón. Al pasar ante la tapia de la corraliza habían visto la
puerta abierta y se dieron al codo. Apenas avanzaron dos pasos por la calleja,
tropezaron con un bulto que yacía en el fangoso suelo; y una mujer que venía de
la corraliza, desmelenada, retorciéndose las manos, los arrolló.
-¡Ay Dios! ¡Virgen mía! gritaba la mujer.
-¡Ay pobriño del alma! ¡Socórranme, ayúdenme a levantarle de ahí! ¡Ay, no
permita el Señor que esté muerto!
-Pero ¿cómo ha sido? -preguntó Camilo a Dalinda.
-¡Yo misma le tiré por el balcón abajo! -respondió ella, sollozante.
-¿Sabes lo que hiciste? -gritaron, amenazadores, los dos hidalgos.
-¡Hice bien! -exclamó la niña, enderezándose y relampagueando indignación-.
¡Vuelvo a hacerlo ahora mismo! -y rompiendo en convulsivo lloro, se arrodilló en
el barro de la sucia calleja-. ¡Ay Virgen mía! ¡Sangra! ¡Sangra! ¡Está sin
conocimiento! -y sus brazos rodeaban el cuerpo inerte, su cara bañaba en
lágrimas la del señorito...
Mariano tenía rota una pierna por el muslo, herido el cráneo por el tiesto de
claveles, que cayó con él, y dislocada una muñeca.
La asistencia fue larga y penosa; se temió la amputación; al fin sanó,
quedando cojo. Dalinda no se apartó de su cabecera hasta verle respuesto; y
entonces, a sus ofrecimientos, respondió pidiendo una corta suma: el dote para
entrar en un convento de Clarisas.
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La cruz negra
Acabo de verla, tan borrosa, tan chiquita, en la encrucijada, y por uno de
esos fenómenos reflejos de la sensibilidad que difícilmente podrían explicarse,
y que son una de las miserias de nuestro ser, su vista me apretó el corazón. Y,
sin embargo, la persona cuya muerte conmemora esa cruz de palo pintado érame tan
indiferente como la hojarasca que el último otoño arrancó del castañar, y que
hoy se descompone en la superficie de la tierra labradía.
Era una mendiga, la mendiga de la encrucijada, que formaba parte del paisaje,
por decirlo así. Sentada a la orilla del camino, con los pies descansando en la
cuneta, el cuerpo recostado en el cómaro mullido de madraselva y zarzarrosa,
allí estaba en todas las estaciones y con todas las temperaturas. Que el sol
tostase, que bufase el vendaval, que la lluvia encharcase los baches de la
carretera, la mendiga inmóvil, sin más protección contra la intemperie que uno
de esos enormes paraguas escarlata, de algodón, con puño de latón dorado, que en
el país suelen llamarse de familia.
Raro es el mendigo que no tiene instintos de vagabundo. Moverse, trasladarse,
es género de libertad, y los pobres estiman mucho el sumo bien de ser libres.
Hasta los semihombres que carecen de piernas lagartean velozmente sobre las
manos; hasta los paralíticos, en un carro, se hacen zarandear. Una inquietud, un
gigantesco espíritu aventurero suele hurgar y escarabajear a los mendigos. La de
la encrucijada, por el contrario, pertenecía al número de los que se pegan, como
el liquen, a las piedras, o como el insecto al rincón sombrío donde no le
persigue nadie. Dos razones podrían explicar su carácter estadizo: tenía más de
ochenta años y no tenía ojos.
Digo que no tenía ojos -y no a secas que era ciega-, porque en el sitio donde
los ojos se abrirían allá en las olvidadas juventudes, sólo se veían dos
encarnizados huecos. ¿Qué tragedia o qué horrible padecimiento recordaban
aquellas cuencas vacías, que el cristalino globo anima aún apagado? Jamás se lo
preguntamos, ni probablemente nadie lo quiso saber. No agradaba mirar de cerca
los agujeros rojos que el pañuelo de algodón cubría, disimulando también en lo
posible el resto de la cara; plegada por mil arrugas y bajo cuyo pergamino,
endurecido, recurtido por las influencias del aire libre, se adivinaba
exactamente la forma de la calavera. Las manos, siempre extendidas, eran un haz
de sarmientos, y negruzcas, temblonas, ya no aferraban el paraguas; éste se
sostenía por medio de uno de estos puerilmente ingeniosos aparatos que sólo la
pobreza discurre, y que hacen sonreír como las invenciones de los salvajes... El
cuerpo carecía de forma; ¿quién adivina lo que envolvían tres o cuatro refajones
de bayeta, una compacta trapería de colores muertos, secos, que, en agosto,
igual que en enero, cubrían a la mendiga de la encrucijada?
Pasábase las horas silenciosas, aguzando el oído, que a larga distancia
percibía los cascabeles de los coches y el trote de los caballos. Se necesitaba
gran destreza para arrojarle una moneda que recibiese, y lo más acertado era
tomar la resolución de apearse y colocársela en la mano. Si la moneda caía entre
el polvo o en las zarzas, perdida para la mendiga infaliblemente. La
aprovecharían los golfitos de aldea, que siempre están traveseando en la
carretera, a fin de agarrarse a la zaga de los carruajes y disfrutar del
inefable placer de ir quince minutos en la posición más violenta, para que los
cocheros los apeen de un trallazo. Estos gorriones solían comerse el grano de
trigo ofrecido a la mendiga, a no ser que, viéndolos sus madres, les gritasen
indignadas, prontas al estregón de orejas:
-¡Teney vergüenza! ¡Soltay los cuartos! ¡Eso es de la mal pecada!
La mal pecada, por su parte, no reclamaba nunca. Al percibir que le echaban
limosna, que la recogiese o no en el hueco de su regazo, daba las gracias lo
mismo, con interminable retahíla de bendiciones y plegarias en que salían a
relucir Nuestra Señora, los angelitos del cielo, el bienaventurado Santiago
Apóstol, el Santísimo Sacramento del altar, las nobles almas que se compadecen
de los desdichados, los caballeros generosos, toda la retórica de la pordiosería
aldeana. Yo no sé por qué esta retórica, en la desdentada boca oscura, sonaba
con sinceridad humilde, y la indiferencia ante la moneda, olvidada muchas veces
entre el polvo del camino, daba mayor fuerza a la presunción de que la mendiga
era verdaderamente una pobre de Cristo..., un ser que cree con toda su alma que
el que pasa y le arroja una mísera suma es alguien que realiza nada menos que
una obra de caridad...
La hubiésemos sorprendido mucho; hubiésemos escandalizado su espíritu, su
manso espíritu de vejezuela desvalida, si le dijésemos: «¡No somos caritativos;
somos egoístas feroces! ¡Porque tú pides y porque te damos una mezquindad, ya
creemos sancionado el hecho, que debiera ser inaudito, de que una mujer ciega,
de más de ochenta años, esté como tú estás abandonada, desechada en la cuneta
del camino, sin lazarillo, sin un perro siquiera! ¡Ya creemos legítimos pasar
con tilinteo de cascabeles, con golpeteo de cascos de caballos, entre remolinos
de polvo, y dejarte ahí, lo mismo que si fueses un enmohecido pedrusco, sin
saber adónde te recogerás cuando salga la luna, qué reparo aguarda tu débil
estómago aterido de frío, qué manta cubrirá tus áridos huesos! ¡Y todavía nos
lanzas bendiciones y te deshaces en manifestaciones de gratitud! ¡Todavía tu
acento, que parece balido de oveja, nos sigue y nos acompaña y resuena hasta que
transponemos los vetustos castaños, los que acaso te vieron bailar, mocita, a su
sombra!».
Por eso la desaparición de la malpocada, a quien sustituye la tosca negra
cruz, tuvo para mí no sé qué de trágico, algo que removió cenizas y ascuas de
sentimiento... confuso, dormido, pero capaz de despertarse y de convertirse en
la infinita piedad suscitada por el espectáculo del infinito dolor. Acabábamos
de dejar atrás los corpulentos castaños; el sol declinaba, encendiendo al
soslayo, con toques y vislumbres de cobre limpio, el pelaje de las vacas y los
recentales juguetones que aguijoneaba un aldeano, de retorno sin duda de la
feria. El aroma penetrante y ambiguo de la flor del saúco se confundía con el
olor insulso del polvo removido por las pezuñas del ganado. Un automóvil
amarillo cruzó como alma que el diablo lleva, soltando vahos de gasolina. ¡Un
automóvil! ¡Si viviese aún la mal pecada! ¡Cómo pedir limosna a quien vuela en
automóvil!
Y la cruz negra, de repente, la cruz que me había comprimido el pecho, me
pareció consoladora, buena. Era otra súplica de la ciega... «Por amor de
Dios..., acordaos todavía de mí, rezad». Y, entre el silencio campestre, alto y
religioso, que había sucedido al paso de la máquina endemoniada y el correteo de
los becerrillos desmandados de susto, se me representó otra vez la mendiga, en
pie, al lado de la cruz negra. Las cuencas de sus ojos ya no estaban vacías: en
ellas brillaban unas pupilas azules, espléndidas, con limpidez de zafiro. Su
vestimenta era blanca; y alrededor de su cuerpo derecho, casi gallardo, clareaba
un halo de luz, los oros en fusión del poniente y la plata que vierte la luna
nueva...
Y si no existiese esa región misteriosa donde te han engastado otra vez los
ojos en las órbitas y donde tus andrajos son blancuras, ¿qué excusa, qué
explicación tendría para ti este mundo, vejezuela, cuyo monumento es esa negra
cruz desbastada a hachazos por un carpintero de aldea, y que el próximo invierno
pudrirán las lluvias?
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Accidente
Bajo el sol -que ya empieza a hacer de las suyas, porque estamos en junio-,
los tres operarios trabajan, sin volver la cara a la derecha ni a la izquierda.
Con movimiento isócrono, exhalando a cada piquetazo el mismo ¡a hum! de esfuerzo
y de ansia, van arrancando pellones de tierra de la trinchera, tierra densa,
compacta, rojiza, que forma en torno de ellos montones movedizos, en los cuales
se sepultan sus desnudos pies. Porque todos tres están descalzos, lo mismo las
mujeres que el rapaz desmedrado y consumido, que representa once años a lo sumo,
aunque ha cumplido trece. La boina, una vieja de su padre, se la cala hasta las
sienes, y aumenta sus trazas de mezquindad, lo ruin de su aspecto.
Es el primer día que trabaja a jornal, y está algo engreído, porque un real
diario parece poca cosa, pero al cabo de la semana son ¡seis reales!, y la madre
le ha dicho que los espera, que le hacen mucha falta.
Hablando, hablando, a la hora del desayuno se lo ha contado a las compañeras,
una mujer ya anciana, aguardentosa de voz, seca de calcañares, amarimachada, que
fuma tagarnina, y una mozallona dura de carnes, tuerta del derecho, con
magnífico pelo rubio todo empolvado y salpicado de motas de tierra, a causa de
la labor.
-Somos nueve hermanos pequeños -ha dicho el jornalerillo-, y por lo de ahora,
ninguno, no siendo yo, lo puede ganar. Ya el zapatero de la Ramela me tomaba de
aprendís; solamente que, ¡ay carambo!, me quería tener tres años lo menos sin me
dar una perra... Aquí, desde luego se gana.
-En casa éramos doce -corrobora la tuerta, con tono de indefinible vanidad-,
y mi madre baldada, y yo cuidando de la patulea, porque fui la más grande. ¡Me
hicieron pasar mucho! Peleaba con ellos desde l'amanecere. A fe, más quiero
arrancar terrones. Había un chiquillo de siete años que era el pecado. Estando
yo dormida me metió un palo de punta por este ojo y me lo echó fuera...
Y la vieja, entre dos chupadas, declaró sentenciosamente:
-El que con chiquillos se acuesta... Yo, ende viendo uno (que sea ajeno, que
sea mi nieto), le levanto la ropa y le pego un buen azote...
No era verdad; el vecindario de aquel pobre barrio extramuros sabía que la
bruja de la voz carrascuda, aun cuando tuviese el cuerpo muy lastrado de
líquido, no se metía en realidad con nadie; pero andaba siempre alabándose de
abofetear al uno y de destripar al otro. Y la tuerta, con expresión de malicia,
guiñó su ojo viudo, sonriendo al escuchimizado rapaz.
Desde que sonó la hora cesaron las confidencias. La taciturnidad del trabajo
monótono pesaba sobre los espíritus, adormilándolos, como si el aire que sus
pulmones absorbían afanosamente en el trajín les barriese las ideas del seso. Su
faena mecánica les atontaba quitándoles del pensamiento cuanto no fuese la
repetición incesante, espaciada por la acción de alzar y bajar la piqueta, del
golpe que había de socavar aquella trinchera formidable, desmontando tierra y
más tierra, que llevaban los carros ni sabían los jornaleros adónde. ¿Qué les
importaba, además?
El rapaz, Raimundo, trabajaba, lo mismo que las dos mujeres, por cuenta de un
contratista, hombre agenciador, que hacía el negocio de proporcionar gente a los
que tenían obras en planta, cobrando los jornales a peseta y abonándolos a real.
¡Vaya! Para eso, con él, seguros estaban de tener choyo todo el año.
No sospechaban, y si lo sospechasen no les importaría, que aquella tierra se
destinaba a rellenar un parque en una quinta próxima. Nutrirían con sus jugos,
en vez de ortigas y cardos, las plumeadas araucarias, las palmeras elegantes,
las fragantes magnolias, las camelias indiferentes a todo en su charolado
orgullo. La trinchera, abierta por la construcción del nuevo camino que a la
estación conduce, es alta y muestra las zonas de color de las capas del terreno.
El trabajo de excavación ha abierto en ella una cava, que ya ofrece sombra
cuando el calor arrecia, en aquella hondonada que limitan dos taludes y que no
refresca el abanicar del aire de la ría. Y los jornaleros truecan chanzas cuando
se enteran de que ya los cobija el desmonte.
Luego, a darle a la piqueta, a darle duro. ¡A-hum! El rapaz se siente
desfallecer de cansancio. Es fuerte el trabajo así, el primer día, sobre todo el
primer día. Los brazos parece que se los han apaleado, de tanto como le van
doliendo. Las compañeras se ríen.
-¡Mocoso! ¿Pensaste que era como jugar a la billarda?
El amor propio, el pundonor le reaniman. Alza la piqueta con más ánimos. Se
acuerda del contratista, de la ojeada de desprecio con que le dijo al concederle
jornal:
-Te tomo..., no sé por qué; no vas a valer; estás esmirriado; eres un
papulito que siquiera puedes con la herramienta...
¿Esmirriado? Ahora se vería si las otras, las femias, hacían más... La tuerca
notó el arrechucho del novato, y le dijo, maternal, bondadosota:
-No te mates, hombre, que igual ha de ser. El negocio no está en dar tanto
piquetaso, sino en arrincar de cada golpe buena pella.
Y señalaba el hacinamiento a su lado, donde cada fragmento de terrón era
doble de los que hacía caer Raimundo. El suspiro, sin responder, volviendo a la
carga.
Un automóvil pasó, haciendo retemblar la tierra. No vieron sino la rotación
deslumbrante de sus ruedas amarillas. Flotó en el aire un tufo de bencina,
exasperado por el calor. Aún no se había disipado, cuando asomó por la carretera
un cura de aldea, caballero en un borrico. Tan despacio avanzaba, que el jinete
tuvo tiempo de observar sobre las cabezas de los tres jornaleros algo que le
llamó la atención. Era una enorme masa de tierra, suspendida, por decirlo así,
en el aire. La cueva, ahondada por la continua mordedura afanosa de las
piquetas, no tenía ya más cubierta que aquella saliente costra, conmovida sin
tregua, de desplome fatal, inevitable. Y en la imaginación del párroco se
precisó la catástrofe, enlazada al recuerdo de una frase leída por la mañana,
entre sorbo y sorbo de chocolate,en el diario integrista: «Socavan y socavan la
sociedad, y se les vendrá encima cuando menos lo piensen». Refrenó a su rucio,
cerró el paraguas de alpaca oscura y sin apearse arrimóse al socavón, gritando:
-¡Eh! ¡Vosotros! Que se os viene encima esa tierra. ¿Estades ciegos?
La alcoholizada le contestó pintoresca reata de injurias sobre el tema de la
profesión. La moza tuerta solo refunfuñó:
-¡Nos deje en paz! Vusté no nos hace el trabajo.
Raimundo, por su parte, ni se volvió. Enfaenado, cayéndole una gota de cada
pelo, sin aire ya para sus chicos pulmones, se puede creer que ni oiría. El
zumbido de la piqueta, su retumbo mate contra la pared borrosa, era lo único que
vagamente percibía, envuelto en el jadear de su anhelante pecho. ¡Cuándo serían
las doce, señaladas por el paso del tren, para dejarse caer al suelo de golpe y
mascar, ya medio dormido de cansancio, el corrusco de pan de maíz!
El cura, no obstante, seguía vociferando caritativos insultos.
-¡Bárbaros! ¡Brutanes! ¡Ni media hora tarde eso en venirse!
Y como la vieja se lanzase fuera del excave para replicar furiosa, se oyó un
estrépito sordo, apagado; se alzó una nube de polvo rojo, y en seguida, un
silencio siniestro, interrumpido por el rodar de los últimos terrones que caían
de lo alto. De pronto, un escarabajeo, un pataleo, un trajín de fiera soterrada
y que violenta las paredes de su entierro. Era la moza rubia, que vigorosamente
perneaba, cabeceaba para salir de entre la masa de tierra de la impensada
sepultura.
Acudieron al párroco y la bruja; la ayudaron; se le vio sacar primero la
rodilla, después una pierna, al fin el tronco, y la faz lívida, con la
respiración cortada; el único ojo, loco de espanto. Nadie pensó sino en ella. El
rapaz no resollaba; al principio le olvidaron. Cuando se empezó a solevantar la
tierra, porque acudieron vecinos de las casucas y tabernas desparramadas por el
camino real, costó trabajo descubrirle; lo más fuerte del desplome había recaído
sobre el pecho. Tenía los ojos inyectados de sangre, la boca y las orejas
tapiadas con barro bermejo. Los pies parecían incrustados en la tierra, otra vez
compacta.
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Ardid de guerra
¡Aquellas elecciones iban a ser sonadas! Las de más sona desde hacía muchos
años, y cuenta que el distrito de Eiguirey siempre da que hablar en casos tales.
Pero acrecía la resonancia dramática del presente el que luchasen dos hermanos,
últimos vástagos de la antigua estirpe de Landrey Lousada, el señorito Jacinto y
el señorito Julián. Enemistados desde las partijas de la herencia paterna,
enzarzados en interminable pleito, trababan ahora campal batalla en el terreno
electoral. Jacinto representaba a los conservadores; Julián, al poder, a los
fusionistas. El propio ministro de la Gobernación, llamando a su despacho al
candidato, le había dirigido observaciones prudentes, y en vista de su decisión
irrevocable, acabó por transigir. ¡Allá ellos, después de todo! ¡Que se matasen,
si era capricho!
Y es que el odio aproxima como el amor; es que en el alma de los
contrincantes hervía el impulso del encuentro cuerpo a cuerpo y cara a cara (el
montielismo, decía Raide, médico rural muy leído y muy diserto). La vanidad
también los inducía a disputarse a Eiguirey; ahora que no existen vínculos ni
mayorazgos, con igual derecho podían ocupar la cabecera del banco de roble de su
capilla en la iglesia parroquial, donde, sobre ennegrecidas piedras, se
inscriben, en letras góticas, los foros de la familia. ¿Acaso el pazo, el
destartalado caserón, con su torre aún erguida, su escudo rudimentario, sus
balcones de hierro atacados por el orín, su aspecto de majestad caduca; acaso
aquella residencia secular, testigo del dominio de los Landrey, no estaba
también en litigio? ¿Sabía alguien si se lo llevaría el mayor o el menor? Lo
decidirían los jueces; pero el resultado de las elecciones, ¡calcule usted si
pesaría en el desenlace de la cuestión! La telaraña de influencias entretejida
alrededor del importante asunto tendía sus hilos por el campo de la política;
ninguno de los dos Landrey podía retroceder una pulgada.
Dentro de sus gruesas paredes guardaba el pazo a una mujer -elemento patético
en la fratricida contienda-, la viuda de Landrey Losada, la madre de ambos
contendientes. Desde el primer inidicio de la desavenencia entre los hermanos,
la señora, negándose a vivir en la ciudad con ninguno de ellos, se había
retirado allí, al antiguo solar; cada vez que Julián o Jacinto venían a Eiguirey
para manipular la elección, pretendían saludar a su madre, y ella se negaba a
recibirlos, «a no ser que fuesen juntos». Al pasar ante el caserón, las comadres
de la parroquia proferían exclamaciones de lástima, con el enfático tono que
adopta la gente de aldea para comentar las desdichas del señorío.
-¡Vaya una compasión!
-¡A nadie le falta su cruz, Asús, Asús nos valga!
Y tal vez una comadre, dándola de escéptica, formulaba su voto particular:
-Callade, parvas de vosotras... ¡Quién se viera en el pellejo de la señora,
diaño! ¡Mi vida como la suya! ¡La mesa muy bien puesta mañana y tarde, ella muy
bien descansada, con sus criadas para la descalzaren! ¡Desdichadiñas nosotras,
que andamos al sol y a la friaje para nos ganar el no morir!
Un rumor de protesta ahogaba estas manifestaciones díscolas. ¿No veían las
comadres que la señora se iba acabando, acabando? ¿No estaba en la misa el
domingo, flaca, flaca y amarilla, amarilla? ¿No había visto Marijuana la Chosca,
con su único ojo, correr por las mejillas de la señora abajo unas lágrimas así?
¿No tenía el señor cura en su poder la cera para la función solenísima a la
Virgen de los Dolores, que la señora ofrecía si hacían paces sus hijos? ¿Y no
juraba el secretario, Pedro Miñato, que antes se vería al Avieiro remontar
corriente arriba que abrazarse a los dos Landrey? ¿Qué val la comida rica, si
quien hala de comer tiene el corazón atragantado en el gañote? ¿Qué interesa la
cama mol, si quitan el sueño pensares amargos?
Y el caso era que aquella madre dolorosa, recluida en aquel caserón,
complicaba más de lo que parecía el problema electoral. Así lo creía y lo
repetía el gran muñidor y cacique Pedro Miñato, que andaba loco trabajando por
don Julián a fin de desbaratar los planes del terrible cura de Cerverás,
factótum de don Jacinto. Porque, ¡velay!, la señora disponía de una buena mano
de votos, poseía en el distrito numerosos caseros, arrendatarios de sus lugares,
fuerza, en fin, y había dado en la peregrina tema de advertir que si alguno de
los suyos votase le quitaría las tierras inmediatamente. La fuerza de la señora
inclinaría la balanza. ¡No poder apoderarse de elemento tan capital! ¡Si al
menos la señora no residiese allí; si dejase el campo libre! La idea echó raíces
en el fértil cerebro de Miñato, famoso por sus estratagemas y ardides
electorales hasta más allá de los términos de la provinica. ¡Expulsar a la
señora! ¡Aprovechar su ausencia para copar los votos! No se trataba de hacer
picardías..., ¡que si se tratase, allí estaba Miñato también! Solo de un
destierro temporal, de despejar el ruedo... «Y no hace falta -añadía Miñato para
su chaquetón-, que se entere don Julián: puede que se enfadase y lo estropease
todo. Estas cosas, allá, yo, yo solito me las amaño...»
Cuatro días después, observando Miñato a la señora, al salir de misa mayor,
no pudo reprimir la chispa de satisfacción que asomó a sus pupilas. ¡Ya
empezaban a surtir efecto los «avisos» anónimos! Dos había escrito, con su
habilidad pendolística de ex maestro de escuela, disfrazando la letra,
esmerándose en la redacción. Si la señora no daba los votos a su hijo don
Julián, que se atuviese a las consecuencias: la noche menos pensada, el pazo
-¿lo entendía bien?-, el pazo saltaría por los aires. Y al notar cómo la senora
apenas podía sostenerse; al mirar su cara de desenterrada, sus ojos de espanto,
Miñato calculó: «No aguanta el miedo ni una semana. Toma el coche y se limpia».
Corrió la semana y no dio señales de disponer viaje la señora. Al contrario,
tuvo Miñato soplo de que había convocado a todos los caseros, reiterándoles, con
imperiosa energía, la consigna de neutralidad y abstención.
El que vote ya sabe lo que le aguarda. Será despedido y le ejecutaré por
justicia. Todos me debéis. Todos andáis atrasados. Si no os mezcláis para nada
en las elecciones, os perdono. Si no..., os arruino. He de veros pedir limosna.
¡No decir que no os avisé!
Y Miñato, al tratar inútilmente de arrastrarlos a la desobediencia, les decía
al oído.
-No tener miedo, parvos, gallinas. La señora no vos hace nada, porque luego
ha de espichar. ¿No le veis estampada en la cara la muerte?
No moría, sin embargo, y a las elecciones se las llevaba Judas -para el
Gobierno, se entiende-, porque don Jacinto, el conservador, el mejor, gracias al
activo apoyo del cielo y del señorío, ganaba terreno. Miñato vaciló, luchando
con la diabólica tentación o, mejor dicho, con las consecuencias que de ceder a
ella pudieran seguirse. Preocupado e indeciso, rondó a deshora el caserón,
ocultándose entre las sombras de la noche. «Si no es más que asustarla -se
repetía a sí mismo-. Pondré una cantidad insignificante... Bomba de palenque más
o menos».
Entre el silencio nocturno, sólo interrumpido por la queja misteriosa del
Avieiro, que eternamente plañe las miserias de la vida, resonó pavoroso el
estrépito de la detonación; la repercutieron los ecos de las vertientes, la
prolongaron los escarpes de la montaña. ¡La dinamita! ¡Volaba el pazo! Los
aldeanos sacudieron el sueño, corrieron a armarse de hoces, de palos, de
horquillas; las mujerucas rezaban ringleras de oraciones, apretando contra el
seno a los chiquillos. ¡Volaba el pazo! Cuando llegaron al pie de la anciana
torre, la vieron con asombro impertérrita... Ni una grieta, ni conmovido un
sillar. Había resistido como paladín de leyenda al fendiente de un gigantesco
follón. En el cuerpo de edificio los vidrios se hicieron añicos. Algún marco de
puerta se desquició... Insignificante de verdad sería la dosis graduada por el
pirotécnico... Una bomba más o menos, un episodio de fiesta y algazara. Una
estratagema, un chiste, un susto.
A la señora la encontraron tendida en la cama, caliente aún su cuerpo, pero
sin señal de vida. La volvieron, le prestaron auxilios inútiles. Si cada corazón
no guardase su secreto hincado como un puñal, se sabría que aquella madre no
murió de miedo a un ruido, ni del temblor de unas paredes. Lo clavado hasta el
mango en el pobre sangriento corazón maternal era el último anónimo, que decía:
«Por orden del señorito, se va a tomar una providencia...» ¡Por orden de su
hijo! Y temerosa de comprometer a su Julián, uno de sus dos tristes e inmensos
amores, la señora, ya en las ansias del último trance, había quemado en la bujía
el infame papel. Al abrirse la puerta, negras películas cenizosas revolotearon
alrededor del cadáver.
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Inútil
Mientras sus amos y todos los demás servidores salían por la vetusta
portalada tupida de hiedra, que ya encubría el blasón de los Valdelor, Carmelo,
el mayordomo viejo, experimentaba el mismo recelo de costumbre, siempre que le
dejaban así, guardando el pazo, solo, como se deja en un corral a un mastín
desdentado y caduco. «¿Y si vienen?», pensaba, rumiando los noticierismos de
tertulia aldeana en la cocina y en las deshojas de maíz.
La culpa de semejante caso teníala el capellán, su ocurrencia de largarse a
Compostela a consultar con el sapientísimo médico Varela de Montes... Señores y
criados se veían compelidos a oír la misa parroquial de Proenza, a dos leguas y
media de Valdelor; toda una caminata por despeñaderos, para que, al fin, el
abad, reñido de antiguo con don Ciprián de Valdelor por no sé qué cuestiones de
límites de una heredad de patatas, alargase a propósito la misa a fuerza de
plática y reponsos, con el fin de retrasarle al gordo hidalgo la hora de
sentarse ante el monumental cocido de mediodía. ¡Que se fastidiase! Y, adrede,
el abad se eternizaba en los latines, recalcando, de un modo pedantesco por lo
despacioso, los sacros textos. No es de extrañar que don Cipriano saliese hacia
Proenza de humor perruno, al paso que su hija Ermitas iba jubilosa, a lomos de
su pollina gris enjamugada de terciopelo granate y con frontelera de lucios
cascabeles. Ermitas se reía en las narices de Carmelo, al mirarle tan
cariacontecido.
-¿Qué es eso? Hay miedo, ¿eh, viejiño? ¿Y a qué tenemos miedo? ¿Al cocón?
¿Qué va a pasar a las diez de la mañana, con este sol de gloria? ¿Por qué no
vienes también a Proenza?
Carmelo señalaba a sus piernas flojas, temblonas, de achacoso, y murmuraba:
-No hay ánimos... Está uno derreado... Y tampoco se podrá dejar la casa sin
compaña ninguna.
-Si estás derreado, no servirás para guardarla -respondía la mayorazga
alegremente-. Bueno, no te apures. No anda gente mala en estas parroquias.
-Anda más arriba de Proenza, cara a Boán -afirmaba temerosamente el anciano-.
Dijéronme antiyer...
-Cacareos de comadres -intervenía don Cipriano-. ¡Y si andan, que vengan! Se
les hará un bonito recibimiento. Tres criados, el capellán, cuando vuelva, y yo;
total, cinco hombres; armas cargadas de sobra... Llevarían que rascar.
Sin falta, saltaba Ermitas Valdelor:
-¡Cinco hombres! Y luego, ¿María Lorenza y yo íbamos a quedarnos sentadas o a
fecharnos en el desván?
A lo cual, María Lorenza, mozallona fornida, que así barría y guisaba como
ensillaba la yegua de su señor, exclamaba briosa:
-¡A fe, yo tumbo a uno! ¡Así Dios me salve, le tumbo escarranchado!
Carmelo agachaba la cabeza. ¡Cinco hombres! A él no le contaban, y era
natural. No es hombre un abuelo que ni tiene pulso para meter una llave por el
agujero de una cerraja.
-¡Vayan muy dichosos! -mascullaba al alejarse la cabalgata y desaparecer en
el recodo del sendero.
Ya no se oían los cascabeles de la borrica, el golpeteo sonoro de las
herraduras sobre el pedregal, y en el alma del viejo pesaba la impresión honda
de la amplia soledad del campo, sumido en la paz silenciosa, absoluta, del
domingo. La naturaleza estaba vacía y solemnemente muda; ni un soplo de aire
agitaba las hojas; el mismo regato, tan cantador y vivo, los pardillos y
gorriones inquietos, dijérase que callaban y se adormían inmóviles. Allá, a lo
lejos, un jirón de niebla, deshilachado suavemente por el sol, flotaba,
engarzándose en los riscos de Penamoura. La mirada turbia de Carmelo se fijó en
la enhiesta cumbre, y un recuerdo pueril le trajo una asociación de ideas
apropiada a su estado de ánimo. «Ahí, en Penamoura, cuentan que enterraron los
moros un tesoro muy grandísimo», había pensado el viejo; y este pensar le
refrescó el otro, origen principal de sus terrones; el «secreto», la arquilla
repleta de ricas onzas portuguesas y castellanas que, ayudado por él, Carmelo,
había ocultado el señor de Valdelor en el escondrijo que únicamente los dos
conocían... ¿Por qué misteriosos conductos se esparció la noticia del caso? Don
Cipriano no lo dijo ni a su hija, y Carmelo..., ni se lo dijera al confesor, así
fuese pecado mortal. Ello corrido andaba por el país; que en Valdelor existían
onzas, un montón de oro, encanfurnado en un rincón que sólo el amo y el
mayordomo sabían, los muy zorros, ladinos... La propia furia de Carmelo cuando
los aldeanos aludían al secreto de las onzas, era delatora, era imprudente. Y
Carmelo creía que la oculta arquilla hablaba, gritaba, hacía señales,
despertando codicias y atrayendo a los malhechores. Por eso no dormía; Por eso
le temblequeaban las enclenques piernas, al quedarse abandonado en aquel pazo de
carcomidas puertas y tapia desportillada, llena de boquetes. ¡Las onzas! Al olor
de las onzas, la gente mala no podía menos de acudir. Y él, ¿cómo las defendía?
¿Era él capaz de defender algo?
Para distraer el temor, dirigióse a la cocina, a cuidar del puchero. Recebó
el fuego del hogar con leña menuda, y destapó y espumó la olla, lentamente. El
glu-glu del pote colgado le interesó, y lo revolvió con un cucharón largo,
profundo. Sus pasos levantaban eco en la vasta cocina desierta. Hasta los canes,
a hora semejante, andarían correteando por los sembrados; su oficio era vigilar
de noche... De pronto se oyó un pitido de averío que se azora, y unos pollos se
refugiaron en la cocina, a trancos grotescos. Carmelo, que dialogaba con los
bichos, preguntó en alta voz, sin volverse:
-¿Qué tenedes, malpocados?
Detrás de la cáfila de pollos venían cinco figurones, de cara cubierta por
negros pañuelos que el sombrero ancho sujetaba, y en que dos tijeretazos habían
recortado el hueco de los ojos. La partida se echó sobre Carmelo y le sujetó. No
le ataron. ¿Para qué? Y el capitán se le acercó, hablándole con buen modo, en
voz cambiada, de máscara aguardentosa.
-Señor Carmelo, no hay mientes de hacerle mal. Muéstrenos ónden paran las
onzas, y nos vamos por onde hemos venido.
El viejo respiraba congojosamente. Se oía el choque de sus dientes amarillos.
Sus ojos espantados se desviaban de las horribles caras de sombra. Ni acertaba a
contestar: no revolvía la lengua.
-Por señas, amigo -añadió el jefe-. Señale dónde es, que allá vamos.
Débil, extinguido, salió por fin un acento de la apretada gorja.
-No..., no hay... aquí... onzas... No hay.
-¿A ver si tenía yo razón, maldita mi suerte? -vociferó otro de los
enmascarados-. Por bien no le sacaremos ni esto. A preguntar de otro modo:
¡hala!
-Cante la verdad, señor Carmelo -insistió el jefe-. Este asunto se ha de
despabilar pronto; antes que vuelva de misa la demás familia. Sabemos que está
escondido mucho dinero en la casa. ¿Onde? Apriesa, que le conviene.
Un hilito de voz cascada repitió:
-Aquí... no hay nada... nada de onzas.
El jefe blasfemó.
-...¡Dios!... Ya que se le antoja, será... Alistarse, rapaces...
Arrastraron fácilmente al anciano hacia el fuego que acababa de recebar, y
que ardía restallando, enrojeciendo la oscura panza del pote y las trébedes en
que descansaban las ollas. Desviaron las más próximas, y arrodillando a Carmelo
de un empujón, le apoyaron ambas manos en la brasa. Un alarido de salvaje dolor
subió al cielo.
-A levantarlo -dispuso el jefe-. Ahora hablará.
Le enderezaron, le echaron agua por la faz cérea y contraída -estaba
desvanecido-, y al verle entreabrir los párpados, porfiaron con duro tono. El
viejo movía la cabeza, diciendo que no, y que no, débilmente.
-¡Vuelta al fuego!
Y despacio, con rabia fría, le extendieron las palmas sobre el brasero,
avivado por llamitas cortas, en que se evaporaba la resina del pino. Crujían,
desnudándose de piel y tegumento, los secos huesos, al tostarse, y el cuerpo,
inerte ya, no se revolvía. Sólo al principio, al sentir el ardor infernal del
fuego, había sollozado la víctima:
-¡Compasión! ¡Por el alma de vuestras madres!
-Nos ha desgraciado el golpe -refunfuñó el jefe-. Aunque le desollemos no
chista.
-¡Si está medio muerto!
De un puntapié le empujaron más adentro del hogar. La llama prendió en la
ropa y en el pelo canoso. No hizo un movimiento. Ardía mejor que la yesca y la
madera apolillada.
Al volver de misa los señores de Valdelor creyeron que era un accidente
casual -la caída del viejo en la lumbre-, lo que los privaba de un criado bueno,
fiel, pero inútil para el servicio.
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Armamento
Fue en una noche de invierno, ni lluviosa ni brumosa, sino atrozmente fría,
en que por la pureza glacial del ambiente se oía aullar a los lobos lo mismo que
si estuvisen al pie de la solitaria rectoral y la amenazasen con sus siniestros
¡ouu... bee!, cuando el cura de Andianes, a quien tenía desvelado la inquietud,
oyó fuera la convenida señal, el canto del cucorei, y saltando de la cama,
arropándose con un balandrán viejo, encendiendo un cabo de bujía, descendió
precipitadamente a abrir. Sus piernas vacilaban, y el cabo, en sus manos
agitadas también por la emoción, goteaba candentes lágrimas de esperma.
Al descorrerse los mohosos cerrojos y pegarse a la pared la gruesa puerta de
roble, dejando penetrar por el boquete la negrura y el helado soplo nocturno,
alguien que no estuviese prevenido sentiría pavor viendo avanzar a tres hombres,
más que embozados, encubiertos, tapados por el cuello de los capotes, que se
juntaba con el ala del amplio sombrerazo. Detrás del pelotón se adivinaba el
bulto de un carrito y se oía el jadear del caballejo que lo arrastraba, y cuyas
peludas patas temblaban aún, no sólo por el agria subida de la sierra, sino por
haber sentido tan de cerca el ardiente hálito de los lobos monteses hambrientos.
-¿Está todo corriente? -preguntó el que parecía capitanear el grupo.
-Todo. No hay más alma viviente que yo en la casa. ¡Pasen, pasen, que va un
frío que pela a la gente!...
Metiéronse en el portal e hicieron avanzar el carrito, que al fin cupo, no
sin trabajo, por el hueco de la puerta; cerrándola aprisa sólo con llave, sin
echar los cerrojos otra vez, y ya defendidos de curiosidades -aunque en tal
lugar y tal noche no era verosímil ningún riesgo-, bajaron los cuellos de los
abrigos y se vieron unos rostros curtidos por la intemperie, animados por la
resolución; unas barbas salpicadas de goteruelas: la respiración, liquidada al
abrigo del paño.
-Suban -dijo el párroco solícitamente-. Hay en la mesa buen jamón, queso,
vino... Echen un chisco, caliéntense.
-¡Mal truco! -juró el jefe de la partida-. Interín no se acomoda el
género..., nadie bebe un chisco aquí. ¡A lo que venimos!
Obedeció el cura, alzando cuanto pudo la luz; quitaron prestamente la capa de
paja que cubría el carro, y apareció relleno, atestado de armas diversas, desde
la anticuada escopeta de caza y el arcaico trabuco, hasta los revólveres de
ordenanza y el fusil Remington. Una corriente de orgullo, un espíritu de reto,
de provocación, surgió de aquel hacinamiento de bélicos trastos. El párroco
olvidó los temores que momentos antes hacían entrechocarse sus dientes; los tres
mocetones montañeses rieron y blasfemaron de gusto. ¡A ver cuándo llegaba el día
de estrenar el armamento! Y no había de tardar, ¡mal truco! Ahora, a esconder el
arsenal donde ni el mismo diaño acierte con él...
-Más secreto, imposible... -afirmó el cura-. Mis sobrinas, en Compostela
desde anteayer. ¡En lenguas de mujeres no hay fianza. El sacristán pasa todo el
día de hoy y el de mañana en Cebre con su hermano, el tendero, que necesita que
le saque las cuentas del almacén. Por aquí, con el frío lobero, la nieve
amagando, no aporta alma cristiana. Tenemos veinte horas nuestras. Si prefieren
cenar y dormir...
Repitieron que no. En quitándose de encima el ansia de esconder aquello, ya
comerían, ya dormirían... Ahora, ¡al negocio! De la carga del carro tomó cada
cual lo que pudo, y guiando el cura, que amparaba la luz con la mano, salieron
al huerto, comunicado con la iglesia por una puerta baja abierta en el romántico
ábside y que daba acceso a la sacristía. El frío del cañón de los fusiles les
quemaba los dedos, y resbalaban en la escarcha de los senderos, guarnecidos de
árboles frutales sin hojas. Dentro de la iglesia ya, encendió el cura los dos
cirios colocados ante la efigie de Nuestra Señora, y se vio que los tableros que
cubrían la mesa del altar habían sido desclavados; en el suelo yacía una
espuerta con martillos, clavos, tenazas; la piedra de ara descansaba sobre las
gradas del presbiterio, y el hueco oscuro del altar vacío semejaba la boca de un
sepulcro...
-¿Nos cabrán ahí? -preguntó uno de los mocetones.
-Si no caben, ya tengo yo discurrido otro escondrijo muy bueno; pero me
ayudarán a levantar la losa, que no soy hombre de hacerlo solo -añadió,
señalando a un gótico sarcófago sostenido por dos leones toscamente labrados y
sobre el cual reposaba un paladín de granito, armado de punta en blanco, ceñudo,
severo.
Comenzaron a depositar el contrabando en el hueco del altar; a pocos viajes,
quedaron acomodadas las dos terceras partes de las armas, hasta el borde.
Clavaron otra vez los tableros, encajó el cura la piedra de ara, extendió el
mantelillo, restableció en orden las sacras, los candeleros, el atril, y aquí no
ha pasado cosa alguna. Ahora era preciso alzar la losa de la tumba de granito,
interrumpir el sueño secular del guerrero noble. Aplicáronse a ello los tres
forzudos mocetones; arrancaron la argamasa, dura como mármol, y sirviéndose de
trabucos a guisa de palanquetas, lograron desquiciar y alzar la losa,
corriéndola a un lado. El cura retrocedió despavorido: en el fondo del sepulcro
había huesos, cenizas, guiñapos, polvo humano -lo que restaba de aquel
batallador, ¡lo que ha de restar de todos los hombres!-. La idea de la
profanación humedeció su frente con sudor frío; precipitadamente hizo la señal
de la cruz. ¡De aquello no podía salir cosa buena! Entre tanto, los mocetones,
sin cuidarse de la suerte que corrían los despojos del valeroso caballero,
acomodaban en la tumba el resto del depósito -fusiles, escopetas, cartuchos,
balas...-. Al volver a sentar con violento esfuerzo la losa, preguntaron:
-¿No habrá un poco de mezcla?
-No... Dejadlo ahora así; yo le echaré la mezcla cuando esté solo y tenga
tiempo...
Hicieron desaparecer las últimas huellas de la misteriosa labor; apagaron los
cirios; cruzaron el huerto; subieron a la salita de la rectoral, y ni los lobos
que los habían seguido de lejos echándoles unos ojos como brasas, devoran así.
Engulleron todo: el jamón curado de Lugo, el queso de San Simón, el pan de
centeno; tres veces vieron el fondo del botellón de añejo vino. Rieron, contaron
chascarrillos de cazadores, describieron plásticamente a la médica de Cebre, el
mejor bocado en seis leguas a la redonda, y, sobre todo, evocaron las
contingencias de un alzamiento ya inminente, la distribución y empleo de aquella
ferranchinería escondida con tanta habilidad, que ni el mismo diaño... ¡Mal
truco! ¡No tendría tiempo de comérsela el orín! ¡Ya sonaría, ya, manejada por
quien sabemos! Estábamos en Nadal, ¿no? ¡Pues allá por Antruejo... lo más tarde!
¡A embromar al Gobierno y a la Guardia Civil!
Hartos, semichispos aún, después de un sueño de cinco horas, se marcharon a
mediodía con su carrito, donde, por disimular, por si les daban el alto,
metieron cerro, habas secas, haces de paja. Solo quedó el cura con el depósito.
Solo... y espantado. Siempre que decía misa en el altar, relleno de armas,
creía oír que se entrechocaban, que el hierro hablaba y amenazaba, que las balas
querían atravesar los tableros irradiando destrucción. «Paciencia -pensaba-;
esto, poco ha de durar; allá para Antruejo...» Vinieron los gordos Carnavales,
con su escolta de ollas tocineras y de filloas amarillas; vinieron la Semana
Santa, la Pascua, el mes de María, y como si tal cosa; el país reposaba
tranquilo. Estaba el cura lo mismo que si hubiese asesinado a alguien,
enterrando el cadáver secretamente, y temiese a cada minuto que iban a descubrir
el cuerpo. No comía ni dormía; en cada rostro pensaba leer que el secreto había
transpirado, que se cuchicheaba, que vendrían los civiles a registrar, que se le
llevarían a él, ¡un sacerdote!, atado codo con codo, sabe Dios a qué destierro,
a qué presidio..., ¡a qué consejo de guerra! Y corría el año, y volvía la nieve
a poner monteritas blancas a los abruptos picos de la sierra, y del famoso
alzamiento..., ni indicios. «No puedo vivir más con este embuchado -resolvió el
cura-. Me volvería loco». En arranque repentino y febril, metió ropa en el
cofre, se despidió de sus sobrinas, montó en la yegua, llegó a Marineda en tres
jornadas, y el primer vapor de emigrantes que salió de la linda bahía acogió en
su seno a un hombre que iba huyendo de un altar y de un sepulcro.
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La capitana
Aquellos que consideran a la mujer un ser débil y vinculan en el sexo
masculino el valor y las dotes de mando, debieran haber conocido a la célebre
Pepona, y saber de ella, no lo que consta en los polvorientos legajos de la
escribanía de actuaciones, sino la realidad palpitante y viva.
Manceba, encubridora y espía de ladrones; esperándolos al acecho para
avisarlos, o a domicilio para esconderlos; ayudándolos y hasta acompañándolos,
se ha visto a la mujer; pero la Pepona no ejercía ninguno de estos oficios
subalternos; era, reconocidamente, capitana de numerosa y bien organizada
gavilla.
Jamás conseguí averiguar cuáles fueron los primeros pasos de Pepona: cómo
debutó en la carrera hacia la cual sentía genial vocación. Cuando la conocí, ya
eran teatro de sus proezas las ferias y los caminos de dos provincias. No
quisiera que os representaseis a Pepona de una manera falsa y romántica, con el
terciado calañés y el trabuco de Carmen, ni siquiera con una navaja escondida
entre la camisa y el ajustador de caña que usaban por entonces las aldeanas de
mi tierra. Consta, al contrario, que aquella varona no gastó en su vida más arma
que la vara de aguijón que le servía para picar a los bueyes y al peludo rocín
en que cabalgaba. Éranle antipáticos a Pepona los medios violentos, y al
derramamiento de sangre le tenía verdadera repugnancia. ¿De qué se trataba? ¿De
robar? Pues a hacerlo en grande, pero sin escándalo ni daño. No provenía este
sistema de blandura de corazón, sino de cálculo habilísimo para evitar un mal
negocio que parase en la horca.
La táctica de Pepona era como sigue: Montada en su cuartago, iba a la feria,
provista de banasta para las adquisiciones, como una honrada casera del conde de
Borrajeiros o del marqués de Ulloa. En la feria aguardábanla ya los de su
gavilla, bajo igual disfraz de labriegos pacíficos. Mientras feriaba una rueca,
un candil o una libra de cerro, Pepona observaba atentamente a los tratantes; y
sus espías, en la taberna, avizoraban los tratos cerrados por un vaso de lo
añejo. Sabedores de adónde se dirigía el que acababa de vender la pareja de
bueyes y regresaba con las onzas de oro ocultas en el cinto, se adelantaban a
esperarle en sitio favorable y solitario. Los ladrones solían tiznarse o
enmascararse con un paño negro. Pepona no intervenía; asistía emboscada tras un
grupo de árboles. Si aparecía era para impedir que maltratasen o matasen al
robado y para dejarle el consuelo, pequeña cantidad que algunos salteadores
conceden a los despojados para que beban en el camino.
La justicia era favorable a Pepona, que llevaba cordiales relaciones con
oidores, fiscales y procuradores, y con la aristocracia rural. Jamás intentó
aquella sagaz diplomática un golpe contra los castillos y pazos; al revés de los
bandidos andaluces -¡profunda diferencia de las razas!-, Pepona sólo robaba a
los pobres trajinantes, arrieros o labriegos que llevaban al señor su canon de
renta.
¡Ah! Era mejor tener a Pepona amiga que enemiga, y bien lo sabía la única
clase social algo elevada, a la cual profesaba la capitana odio jurado. Verdad
que esta clase siempre ha sufrido persecución de ladrones, al menos en Galicia.
Me refiero a los curas. Se les creía, y se les cree aún, partidarios de esconder
en el jergón los ahorros, y se pierde la cuenta de las tostaduras de pies y
rociones de aceite hirviendo que les han aplicado los bandidos. Sin embargo, en
Pepona se advertía algo especial: una saña de explicación difícil, y acerca de
cuyo origen se fantaseaban mil historias.
Lo cierto es que Pepona, tan clemente, era con los curas encarnizadamente
cruel, y acaso ellos fueron los que añadieron a su nombre el alias de la Loba.
Reinaba, pues, el terror entre la gente tonsurada, que sólo bien provista de
armas y con escolta se atrevía a asomar en romerías y ferias, cuando acertó a
tomar posesión del curato de Treselle un jovencillo boquirrubio, amable y
sociable, eficazmente recomendado por el arzobispo a los señores de diez leguas
en contorno. Al enterarse, por conversaciones de sacristía, del peligro que los
de su profesión corrían con Pepona, el curita sonrió y dijo suavemente, con
cierta ironía delicada:
-¿A qué ponderan? ¿A qué tienen miedo a una mujer? ¡Miedo a una mujer los
hombres!
¡Oídos que oyeron tal! Sus compañeros se le echaron encima como jauría
furiosa. ¿A ver si se atrevía él con la Loba, ya que era tan guapo y tan sereno?
¿A ver si le mandaban a soltar andaluzadas a otra parte? ¡Que se enzarzase con
la gavilla y su capitana, y ya le freirían el cuerpo! ¿Pensaba que los demás
eran algunas madamitas, o qué?
-Con la gavilla no me atrevo -dijo el muchacho cuando se calmó el alboroto-,
por aquello de que dos moros pueden más que un cristiano; pero lo que es con la
señora Loba..., caramba, de hombre a hombre...
Desde aquel día, el joven abad de Treselle pasó por jactancioso y botarate, y
se le dieron bromas pesadas, que en la feria del 15 de agosto tomaron ya
carácter agresivo. Era a los postres de una comida en la posada de la Micaela,
en Cebre, donde se sirve excelente vino viejo y un cocido monumental de chorizo,
jamón y oreja; los curas habían resuelto dormir allí, y no volver a sus casas
hasta el día siguiente, escoltados, porque en la feria rondaba Pepona. Y el abad
de Treselle, sofocado, exclamó al ensopar el último bizcocho en la última copa
de Tostado dulce:
-Pues para que ustedes vean... No soy ningún valentón, pero soy capaz ahora
mismo de largarme solito a la rectoral. ¡Eh! ¡Micaela! ¡Que arreen mi
caballería!
Minutos después, la yegüecita castaña del abad, viva y redonda de ancas,
esperaba a la puerta del mesón. Despidiéndose de los asustados comensales, el
cura montó y desapareció al trote. ¡Madre del Corpiño! ¡En la que se metía!
¡Cosas de muchachos! Ya vería, ya...
Algunos párrocos, avergonzados, repitieron:
-Convenía acompañarle...
Pero nadie se decidió a realizarlo. ¡Allá él, ya que era tan fanfarrón!
Caía el sol, y el cura, al transponer las últimas casas de Cebre, sintió que
el corazón se le apretaba, y refrenó la yegua, mirando receloso alrededor. Sus
mejillas, antes encedidas por la disputa, estaban ahora pálidas. El alma se le
achicaba. «Hice mal, pero no es cosa de volverse. Tengo miedo-pensó-. A
serenarse». Tocó con el arzón las pistoleras; llevaba dos pistolas inglesas
magníficas, regalo del marqués de Ulloa. En el pecho sintió el bulto de un
cuchillo de picar tabaco. Entonces se rehizo e inspeccionó el terreno. La
carretera se hallaba desierta; en los altos pinos el viento gemía fúnebres
estrofas.
El abad aguijó a su montura. Al recodo del camino,donde tuerce y lo dominan
calvos peñascos, surgió una figura membruda y alta. La yegua se detuvo,
empinando las orejas. Era una mujerona, apoyada en una vara de aguijón...
Parecía pedir limosna, pues tendía la mano izquierda; pero el curita, que había
sido estudiante, vio que lo que hacía la supuesta mendiga era una seña
indecorosa. Adquirió energía, prestada por la indignación.
Rápidamente sacó del arzón una pistola y la amartilló. La mujer pegó un
salto, y en su atezado rostro, que alumbraban los últimos reflejos del Poniente,
se pintó una especie de terror animal, el espanto del lobo cogido en la trampa.
No podía el curita adivinar la causa de este fenómeno, en la capitana extraño.
Convencida de que no existía cura ni trajinero que se atreviese a salir solo de
Cebre a tales horas, había licenciado hasta la mañana siguiente a su gavilla y
se retiraba; al ver un barbilindo de curita que se aventuraba en el camino,
había querido jugarle una pasada; pero el ruido del gatillo la hacía temblar y
le aconsejaba como único recurso la fuga. Dio un salto de costado hacia el
pinar, y el joven abad, picando a su viva yegua, se le fue encima, la alcanzó y
la atropelló. Saltó él de su montura, empuñada la pistola; pero la Loba, sin
darle tiempo a nada, desde el mismo suelo en que yacía, se le abrazó a las
piernas y logró tumbarle. Arrancóle la pistola, que arrojó al seto, y después le
echó al cuello las recias y toscas manos, y apretó, apretó, apretó...
El pinar, el cielo, el aire, cambiaron de color para el pobre abad. Primero
lo vio todo rojo, luego, grandes círculos cárdenos y violáceos vibraron ante sus
ojos, que se salían de las órbitas. No fue él, no fue su razón; fue el puro
instinto el que guió su mano derecha en busca del cuchillo oculto en el pecho. Y
mientras la Loba reía con torpes carcajadas del espectáculo del cura sacando la
lengua, a tientas la mano impulsó el arma. La terrible argolla de las manos de
la capitana se abrió y ella cayó hacia atrás con el pecho atravesado...
Carne de perro tienen los bandidos. La Loba curó... Pero su ánimo quedó
quebrantado, su prestigio enflaquecido, deshecha su leyenda. ¡Vencida Pepona por
una madamita de cura mozo! Y el nuevo capitán general que vino a Montañosa
-veterano que gastaba malas pulgas-, tanto persiguió a la gavilla, que los
señores abades pudieron volver en paz, ya anochecido, a sus rectorales.
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El montero
Aquella noche, la roja Sabel -la mujer de Juan Mouro, el montero de la
Arestía- notó algo extraño en aquella actitud de su marido, cuando este regresó
del trabajo, negras las manos de la pólvora de los barrenos, y enredados en el
grueso terciopelo de su chaqueta pequeños fragmentos graníticos.
-Mi hombre, la cena está lista -advirtió Sabel cariñosamente-. Hay un pote
tan cocidito que da gloria. He mercado vino nuevo, y te he puesto una tartera de
bacalao gobernado con patatas. ¡Siéntate, mi hombre, y a comer como el rey!
El montero no respondió. Soltó la herramienta en un ángulo de la cocina,
acomodóse cerca de la lumbre, y sacando la petaca de cuero, amasó un golpe de
tabaco picado entre las palmas de las manos. Lió después el pitillo, y lo
encendió y chupó, sin desarrugar el entrecejo un instante, torvo y sombrío, fija
la vista en el suelo. Sabel, con solicitud, porfió:
-Llégate a la artesa, mi hombre... Te voy a echar el caldo en la cunca...
Mira cómo resciende.
Siempre enfurruñado, Juan Mouro tiró la colilla y se acercó a la artesa, cuya
tapa bruñida y negruzca servía de mesa de comedor. Sabel le sirvió el espeso
caldo de berzas y unto, observándole con el rabillo del ojo y esperando la
confidencia, que no podía faltar. El montero y su mujer se entendían muy bien:
ella afanándose en la casa, él bregando en la cantera de la Arestía, extrayendo
piedra y más piedra, unidos por el deseo de juntar para adquirir el gran pedazo
de sembradura que se extendía al norte de su vivienda y la mancha de castaños
adyacentes. Jóvenes aún, se amaban a su manera, con sanas y rudas caricias, y
ponían en común las aspiraciones limitadas y tercas del humilde. Así es que
Sabel aguardaba, mientras su marido se saciaba, ávidamente, como hombre rendido
que repara sus fuerzas. Y así que la satisfacción de la necesidad le produjo
bienestar, reventó el embuchado.
-¿No sabes, mujer? Es una cosa que parece cuento. Que saltan con que no les
da la gana de que yo arranque más piedra en todo el mes..., ¡y sabe Dios si en
el otro!
-¿Qué dices, hom?...
-¡Asimismo... ray!
-¿Y quién tiene poder para eso? ¿El Auntamiento? ¿Los vecinos de la Arestía?
¿No soltamos por la cantera muy buenos cuartos?-refunfuñó Sabel, indignada,
depositando sobre la artesa la tartera del bacalao y dos platos de barro
vidriado, relucientes como cobre.
-¡Qué Auntamiento ni qué...! ¡No, mujer; si son los de la juelga! Los
canteros de Sainís, de Bertial, de Dosiñas. Me leyeron la sentencia: que no se
trabaja, y que no se trabaja, y que no se trabaja..., ¡ray!
-¿Y ellos mandan en ti? ¡Que manden en sus orejas!
-Mandar..., según: mandan y no mandan... Al tiempo que arman esas juelgas (el
demonio las coma), todo Dios tiene que sujetarse a la voluntá de quien se le
antoja volverlo todo de patas arriba... ¡ray, ray!
-¿Y no se asujetando? -insinuó Sabel-. Su voz trepidaba irritada; veía ya sus
economías devoradas por el paro del trabajo, y el querido pedazo de sembradura
perdido para siempre, adquirido por la codiciosa vecina, la Norteira, a quien un
hijo, desde Montevideo, libraba a veces cantidades. -¿Y no se asujetando?
-repitió ante el mutismo de Juan-. ¿Qué señorío tiene sobre de ti, pregunta mi
curiosidad, para se meter en si subes o no subes a la Arestía?
-Señorío, ninguno; ya se sabe, mujer; pero una mala partida pronto se le hace
a un hombre..., ¡ray!
Volvió Sabel a callar unos instantes. Luchaba con la impresión vaga y
siniestra de las palabras de su marido. Su instinto de hembra sagaz le decía
también que Juan, indeciso, no esperaba sino el consejo, la excitación de la
dona. Fijó los ojos en el arca, en cuyo pico guardaba sus ahorros, y creyó ver
salir los duros, tan bien ganados con el sudor del montero, en fila, para mercar
el pan diario. Su hombre estaba hecho a la buena comida, al traguito, que
arrancar piedra no es como ensartar abalorio..., ¡Y ahora! ¡Con los brazos
quietos, con la cantera comprada, con las piezas encargadas, que sabe Dios si
los maestros se cansarían y las encargarían a otra parte! ¡Gastar todo el peto;
quizá tener que pedir prestado al usurero!... Sabel puso delante de Juan la
jarra de loza colmada de vino. El vino da ánimos...
-¿De modimanera que salen con la suya? ¿No arrancas?-porfió así que Juan hubo
bebido.
-Si arranco o no arranco, eso se verá -respondió él con arrogancia
jactanciosa-. A mí nadie me manda por malas, ¿lo oyes? Y a dormir, que mañana
cumple madrugar.
-Si al fin no vas al monte... -insinuó ella, como el que deja caer las
palabras.
No hubo respuesta. Cubrió Sabel el fuego, y media hora después apagaba la
candileja de petróleo. Al principio durmió con inquieto sueño, no libre de
pesadillas; pero hacia el amanacer la salteó el letargo profundo que preparan la
buena digestión y el cansancio normal de la labor diaria. Despertó con un rayo
de sol matutino y un revuelo de moscas sobre la cara; las maderas, desunidas,
dejaban pasar luz y aire. Al sentirse sola en la cama, saltó precipitadamente al
suelo, despavorida.
-¡Juan, Juan! -gritó, lanzándose por la escalera, que retemblaba bajo sus
pisadas de buena moza.
La cocina estaba desierta; la puerta de la casa, entornada había quedado; de
la esquina faltaban las herramientas. No cabía duda: el montero iba camino del
monte...
Sabel asomóse a la puerta, tembló; una ráfaga fresca, fría más bien,
procedente del mar, que no cesa de abanicar a la tierra mariñana, fue acaso la
causa de su escalofrío: reparó que estaba en camisa y que tenía los pies
descalzos, y aprisa se metió dentro. Mientras se vistió, el temblorcillo
proseguía, y allá en su interior una voz hueca y pavorosa murmuraba palabras de
amenaza, de improperios, de maldición. «Te despabilamos a tu hombre, ahora
mismo... Le abrasamos la cara, le cortamos el pescuezo... Le sacamos afuera las
tripas...» Toda la brutal palabrería de las riñas aldeanas, las interjecciones y
tacos de la guapeza rústica, zumbaban en los oídos de Sabel. El bocado de pan
del desayuno se le atragantó. Ya no se acordaba de los duros, guardados en el
pico del arca, sino sólo de su hombre, de su trabajador, del que lo ganaba, con
los recios brazos y el hercúleo esfuerzo...
-¡Ay, si me lo mancan!... ¡Juaniño!
Poco a poco se fue serenando. El día avanzaba, y la claridad del sol es
certero conjuro para disipar terrores. Sabel se puso a desgranar espigas de
maíz. De improviso oyó en la carretera unas corridas como de animal perseguido
que huye; empujaron la puerta y el montero se precipitó, sin sombrero, sin
herramienta, cubierto de polvo, en mangas de camisa manchadas de sangre...
-Vienen tras de mí. Escóndeme, mujer...
-¿Qué hiciste, mi hombre?-sollozó Sabel-. ¡Ay pobres, desdichados de
nosotros!
-Me salieron al camino. Que no arrancase... Me llamaron vendido. Me querían
apalear. Dejé a uno, que ni da a pie ni a pierna. Le partí la cabeza con el
picachón, así. ¡Ese ya es ánima del Purgatorio!
-Más vale que sea él que tú -contestó Sabel,
abrazándose locamente a su marido, y escuchando ya en la carretera, a lo lejos,
el tropel de la gente que perseguía al matador.
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Mansegura
Siempre que ocurría algo superior a la comprensión de los vecinos de
Paramelle, preguntaban, como a un oráculo, al tío Manuel el Viajante, hoy
traficante en ganado vacuno. ¡Sabía tantas cosas! ¡Había corrido tantas tierras!
Así, cuando vieron al señorito Roberto Santomé en aquel condenado coche que sin
caballos iba como alma que el diablo lleva, acosaron al viejo en la feria de la
Lameiroa. El único que no preguntaba, y hasta ponía cara de fisga, era Jácome
Fidalgo, alias Mansegura, cazador furtivo injerto en contrabandista y sabe Dios
si algo más: ¡buen punto! Acababa el tal de mercar un rollo de alambre, para
amañar sus jaulas de codorniz y perdiz, y con el rollo en la derecha, su
chiquillo agarrado a la izquierda, la vetusta carabina terciada al hombro,
contraída la cara en una mueca de escepticismo, aguardaba la sentencia relativa
a la consabida endrómena. El viejo Viajante, ahuecando la voz, tomó la palabra.
-Parecéis parvosa. Os pasmáis de lo menos. ¡Como nunca somástedes el nariz
fuera de este rincón del mundo! ¡Si hubiésedes cruzado a la otra banda del mar,
allí sí que encontraríades invenciones! Para cada divina cosa, una mecánica
diferente: ¡hasta para descalzar las hay!
Con estas noticias no se dio por enterado el grupo de preguntones. Quién se
rascaba la oreja, quién meneaba la cabeza, caviloso. Fidalgo tuvo la
desvergüenza de soltar una risilla insolente, que rasgó de oreja a oreja su boca
de jimio. Con sorna, guardándose el alambre en el bolsillo de la gabardina,
murmuró:
-Máquinas para se descalzar, ¿eh? ¿Y no las hay también para...?
Soltó la indecencia gorda, provocando en el compadrío una explosión de
risotadas, y chuscando un ojo añadió socarronamente:
-¡A largas tierras, largos engaños! Si el Viajante no cierta a poner claro lo
que es ese coche de Judas, vos lo aclararé yo, ¡careta!, vos lo aclararé yo. ¿Vístedes
vos el camino de fierro?
-Yo, no... yo, no...
-Yo, sí, cuando me llamaron a declarar en Auriabella...
-Pues igual viene a ser. En trueco de caballos lleva dentro un maquinismo, a
modo de reló... Y el maquinismo, ¡careta!, es lo que empuja.
A su vez el Viajante, con desprecio:
-Pero ¿tú no sabes que el tren va por carriles, y esta endrómena por todas
las carreteras, hom? ¿Qué tiene que ver lo negro con lo blanco?
-Pues a ver entonces, ¡careta!, en qué consiste.
-En eso.
-Y eso..., ¿qué es?
-Que va, ¿estamos?, por onde se le entoja -declaró enfáticamente el tío
Manuel, echando a andar en busca de su yegua.
No quería el tratante esperar a que atardeciese, que es mal negocio para
quien lleva dinero en la faja; pero urgíale sobre todo evadirse de aquel
interrogatorio comprometedor para su fama de sabiduría universal. Jácome,
encogiéndose de hombros, mofándose, tiró de su pequeñuelo, su Rosendo, Sendiño,
y se dispuso a emprender también la vuelta a la aldea. No tenía en el mundo más
que aquella criatura: su mujer, hallándose recién parida, había muerto a
consecuencia del susto de ver entrar a los civiles, que venían a prender al
marido por sospechas de no sé qué alijo de tabaco y sal. Solo en la tierra con
el chiquillo, Jácome le crió sabe Dios cómo; y ahora se le caía la baba viendo
despuntar en Sendiño, a los seis años mal contados, otro cazador, otro
merodeador, sin afición alguna al trabajo lento y metódico del labriego, fértil
ya en ardides y tretas de salvaje para sorprender nidos y pajarillos nuevos,
para descubrir dónde ponen las gallinas del prójimo y aun para engolosinarlas
echándoles granos de maíz, hasta atraerlas a la boca del saco. El padre estaba
embelesado con tal retoño, y le enseñaba nuevas habilidades cada día. Era la
criatura lo único que despertaba en Jácome, bajo la dura coraza metálica que
revestía su corazón, palpitaciones de humana ternura.
Apenas echaron carretera arriba, en dirección a las alturas de Sandiás, el
chico, traveseando, corrió delante: saltaba sobre una pierna, haciéndose el
cojo. El padre, con el instinto siempre vigilante del cazador, escrutaba sin
proponérselo los espesos pinares, las madroñeras y los manchones de castaños,
que revestían los escarpes pedregosos de la montaña. «Si volase una perdiz, si
cruzase una liebre...» Pensaba en esta hipótesis, cuando un relámpago blanco y
color canela lució entre un seto. Mansegura se echó la carabina a la cara y
disparó casi sin apuntar. Sendiño, loco de alegría, brincó, tomó vuelo, se lanzó
en dirección a la maleza. Era su encanto hacer de perro, portando la caza. A los
dos minutos salió del matorral el chico, balanceando, agarrada de las patas
traseras, una liebre poco menor que él. Padre e hijo se confundieron en un
grupo, admirando la hermosa pieza. Caliente estaba aún el cuerpo del animal; la
blanca y densa piel de su vientre relucía como seda manchada de sangre; sus
enormes orejas pendían; sus ojos se vidriaban.
-¡Careta, lo que pesa! -balbució, gozoso, el cazador, sopesándola, babándose
de vanidad paternal, porque Sendiño reía fanfarronamente columpiando su carga.
Y se entretuvieron así, padre e hijo, confundidos en la complacencia de la
destrucción y la victoria, palpando la presa, distraídos. Tan distraídos, que el
vigilante contrabandista, habituado al acecho, de sentidos despiertísimos, no
oyó el ruido insólito, semejante al resuello y jadeo trepidante de alimaña
fabulosa y despertó al tener encima ya al monstruo, ¡taf, taf, taf!, al
desgarrarle los oídos el rugido de metal de su bocina. Jácome, instintivamente,
saltó de costado, evitando la embestida furiosa; vio tendido a Sendo; a su lado,
en el polvo, el cuerpo de la liebre... y ya del «coche de Judas» ni rastro, ni
señal en el horizonte... Se arrojó fiero, loco, a recoger al niño, que yacía de
bruces, la cara contra la hierba de la cuneta; le llamó con nombres amantes, le
acarició... El niño le blandeaba en los brazos, inerte, tronchado, roto. Jácome
conocía bien las formas que adopta la muerte... Soltó el cadáver y alzó los ojos
atónitos, sin llanto, al cielo, que consentía aquella iniquidad... Después,
sobre el padre que sufría se destacó el hombre de lucha, pronto a la acometida y
a la emboscada, vengativo y feroz. Cerró los puños y amenazó en la dirección que
llevaba el «coche de Judas». ¡No se reirá don Roberto! ¡Se lo prometo yo!... Él
va a Paramelle... Allí no duerme... ¡Volverá!
Alzó otra vez a Sendiño, y con infinita delicadeza le transportó a lo más
oculto del pinar, depositándole sobre un lecho de ramalla seca. Cerca del muerto
colocó la carabina, y la liebre muerta, polvorienta, ¡vengada ella también!
Volvió a la carretera, y recorrió un largo trecho estudiando el sitio a
propósito para su intento. Una revuelta violenta se le ofreció. Ni de encargo. A
derecha e izquierda, árboles añosos avanzaban sus ramas sobre el camino, como
brazos fuertes que se brindasen a secundar a Mansegura. Él extrajo del bolsillo
el rollo de alambre, desenrolló un trozo, midió, cortó con su navaja, retorció
uno de los extremos, calculó alturas, lo afianzó a una rama sólidamente, ensayó
la resistencia y, pasando al otro lado, probó si había rama que permitiese
tender el hilo metálico recto al través del camino. Mientras practicaba estas
operaciones, atendía, no fuera que pasase alguien y le viese. Nadie: la
carretera desierta; por allí solo se iba a Sandías y al pazo de don Roberto...
Por precaución, sin embargo, Jácome no sujetó el otro cabo del alambre. Tiempo
tenía. Con él agarrado se tumbó en el pequeño resalte de la cuneta, y pegó la
oreja a la tierra lisa, aguardando. Dos veces saltó y se ocultó en la maleza:
eran transeúntes, «gente de a caballo», un cura, una pareja a estilo de
Portugal, hombre y mujer sobre una misma yegua, apretados y contentos. La tarde
caía, el rocío enfriaba y escarchaba la hierba, enmudecían los pájaros o piaban
débilmente. Un sordo trueno, lejano, llenó con su mate redoblar el oído del
contrabandista. Ágil, con la precisión de movimientos del impulsivo, se
incorporó, amarró firme el otro cabo a la rama y se agachó entre el brabádigo
espeso. Si se descuida, ¡careta! El trueno ya se venía encima, resollante y
amenazador. ¡Taaf! Mansegura vio distintamente, un segundo, al señorito, su
gorra blanca, su rostro guapo, desfigurado por los anteojos negros... «¡Ahora!»,
pensó. El rostro guapo se tambaleó violentamente, como cabeza de muñeco que se
desencola; un alarido se ahogó en la catarata de sangre... Fue instantáneo; el
automóvil, loco y sin dirección, corrió a despeñarse por la pendiente,
arrastrando a su dueño, a quien el alambre había degollado, con la misma
prontitud y limpieza que pudiera la mejor navaja de barbería...
Y Mansegura, después de cerciorarse de que el señorito quedaba bien amañado,
se entró en el pinar, recobró su escopeta, echó una mirada de dolor y de triunfo
a Sendiño, que parecía dormir, y dejando el camino real, se perdió en los
montes, por atajos de él conocidos, en dirección de la frontera portuguesa.
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Vampiro
No se hablaba en el país de otra cosa. ¡Y qué milagro! ¿Sucede todos los días
que un setentón vaya al altar con una niña de quince?
Así, al pie de la letra: quince y dos meses acababa de cumplir Inesiña, la
sobrina del cura de Gondelle, cuando su propio tío, en la iglesia del santuario
de Nuestra Señora del Plomo -distante tres leguas de Vilamorta- bendijo su unión
con el señor don Fortunato Gayoso, de setenta y siete y medio, según rezaba su
partida de bautismo. La única exigencia de Inesiña había sido casarse en el
santuario; era devota de aquella Virgen y usaba siempre el escapulario del
Plomo, de franela blanca y seda azul. Y como el novio no podía, ¡qué había de
poder, malpocadiño!, subir por su pie la escarpada cuesta que conduce al Plomo
desde la carretera entre Cebre y Vilamorta, ni tampoco sostenerse a caballo, se
discurrió que dos fornidos mocetones de Gondelle, hechos a cargar el enorme
cestón de uvas en las vendimias, llevasen a don Fortunato a la silla de la reina
hasta el templo. ¡Buen paso de risa!
Sin embargo, en los casinos, boticas y demás círculos, digámoslo así, de
Vilamorta y Cebre, como también en los atrios y sacristías de las parroquiales,
se hubo de convenir en que Gondelle cazaba muy largo, y en que a Inesiña le
había caído el premio mayor. ¿Quién era, vamos a ver, Inesiña? Una chiquilla
fresca, llena de vida, de ojos brillantes, de carrillos como rosas; pero qué
demonio, ¡hay tantas así desde el Sil al Avieiro! En cambio, caudal como el de
don Fortunato no se encuentra otro en toda la provincia. Él sería bien ganado o
mal ganado, porque esos que vuelven del otro mundo con tantísimos miles de
duros, sabe Dios qué historia ocultan entre las dos tapas de la maleta; solo
que.... ¡pchs!, ¿quién se mete a investigar el origen de un fortunón? Los
fortunones son como el buen tiempo: se disfrutan y no se preguntan sus causas.
Que el señor Gayoso se había traído un platal, constaba por referencias muy
auténticas y fidedignas; solo en la sucursal del Banco de Auriabella dejaba
depositados, esperando ocasión de invertirlos, cerca de dos millones de reales
(en Cebre y Vilamorta se cuenta por reales aún). Cuantos pedazos de tierra se
vendían en el país, sin regatear los compraba Gayoso; en la misma plaza de la
Constitución de Vilamorta había adquirido un grupo de tres casas, derribándolas
y alzando sobre los solares nuevo y suntuoso edificio.
-¿No le bastarían a ese viejo chocho siete pies de tierra? -preguntaban entre
burlones e indignos los concurrentes al Casino.
Júzguese lo que añadirían al difundirse la extraña noticia de la boda, y al
saberse que don Fortunato, no sólo dotaba espléndidamente a la sobrina del cura,
sino que la instituía heredera universal. Los berridos de los parientes, más o
menos próximos, del ricachón, llegaron al cielo: hablóse de tribunales, de
locura senil, de encierro en el manicomio. Mas como don Fortunato, aunque muy
acabadito y hecho una pasa seca, conservaba íntegras sus facultades y discurría
y gobernaba perfectamente, fue preciso dejarle, encomendando su castigo a su
propia locura.
Lo que no se evitó fue la cencerrada monstruo. Ante la casa nueva, decorada y
amueblada sin reparar en gastos, donde se habían recogido ya los esposos,
juntáronse, armados de sartenes, cazos, trípodes, latas, cuernos y pitos, más de
quinientos bárbaros. Alborotaron cuanto quisieron sin que nadie les pusiese
coto; en el edificio no se entreabrió una ventana, no se filtró luz por las
rendijas: cansados y desilusionados, los cencerreadores se retiraron a dormir
ellos también. Aun cuando estaban conchavados para cencerrar una semana entera,
es lo cierto que la noche de tornaboda ya dejaron en paz a los cónyuges y en
soledad la plaza.
Entre tanto, allá dentro de la hermosa mansión, abarrotada de ricos muebles y
de cuanto pueden exigir la comodidad y el regalo, la novia creía soñar; por
poco, y a sus solas, capaz se sentía de bailar de gusto. El temor, más
instintivo que razonado, con que fue al altar de Nuestra Señora del Plomo, se
había disipado ante los dulces y paternales razonamientos del anciano marido, el
cual sólo pedía a la tierna esposa un poco de cariño y de calor, los incesantes
cuidados que necesita la extrema vejez. Ahora se explicaba Inesiña los
reiterados «No tengas miedo, boba»; los «Cásate tranquila», de su tío el abad de
Gondelle. Era un oficio piadoso, era un papel de enfermera y de hija el que le
tocaba desempeñar por algún tiempo..., acaso por muy poco. La prueba de que
seguiría siendo chiquilla, eran las dos muñecas enormes, vestidas de sedas y
encajes, que encontró en su tocador, muy graves, con caras de tontas, sentadas
en el confidente de raso. Allí no se concebía, ni en hipótesis, ni por soñación,
que pudiesen venir otras criaturas más que aquellas de fina porcelana.
¡Asistir al viejecito! Vaya: eso sí que lo haría de muy buen grado Inés. Día
y noche -la noche sobre todo, porque era cuando necesitaba a su lado, pegado a
su cuerpo, un abrigo dulce- se comprometía a atenderle, a no abandonarle un
minuto. ¡Pobre señor! ¡Era tan simpático y tenía ya tan metido el pie derecho en
la sepultura! El corazón de Inesiña se conmovió: no habiendo conocido padre, se
figuró que Dios le deparaba uno. Se portaría como hija, y aún más, porque las
hijas no prestan cuidados tan íntimos, no ofrecen su calor juvenil, los tibios
efluvios de su cuerpo; y en eso justamente creía don Fortunato encontrar algún
remedio a la decrepitud. «Lo que tengo es frío -repetía-, mucho frío, querida;
la nieve de tantos años cuajada ya en las venas. Te he buscado como se busca el
sol; me arrimo a ti como si me arrimase a la llama bienhechora en mitad del
invierno. Acércate, échame los brazos; si no, tiritaré y me quedaré helado
inmediatamente. Por Dios, abrígame; no te pido más».
Lo que se callaba el viejo, lo que se mantenía secreto entre él y el
especialista curandero inglés a quien ya como en último recurso había
consultado, era el convencimiento de que, puesta en contacto su ancianidad con
la fresca primavera de Inesiña, se verificaría un misterioso trueque. Si las
energías vitales de la muchacha, la flor de su robustez, su intacta provisión de
fuerzas debían reanimar a don Fortunato, la decrepitud y el agotamiento de éste
se comunicarían a aquélla, transmitidos por la mezcla y cambio de los alientos,
recogiendo el anciano un aura viva, ardiente y pura y absorbiendo la doncella un
vaho sepulcral. Sabía Gayoso que Inesiña era la víctima, la oveja traída al
matadero; y con el feroz egoísmo de los últimos años de la existencia, en que
todo se sacrifica al afán de prolongarla, aunque sólo sea horas, no sentía ni
rastro de compasión. Agarrábase a Inés, absorbiendo su respiración sana, su
hálito perfumado, delicioso, preso en la urna de cristal de los blancos dientes;
aquel era el postrer licor generoso, caro, que compraba y que bebía para
sostenerse; y si creyese que haciendo una incisión en el cuello de la niña y
chupando la sangre en la misma vena se remozaba, sentíase capaz de realizarlo.
¿No había pagado? Pues Inés era suya.
Grande fue el asombro de Vilamorta -mayor que el causado por la boda aún-
cuando notaron que don Fortunato, a quien tenían pronosticada a los ocho días la
sepultura, daba indicios de mejorar, hasta de rejuvenecerse. Ya salía a pie un
ratito, apoyado primero en el brazo de su mujer, después en un bastón, a cada
paso más derecho, con menos temblequeteo de piernas. A los dos o tres meses de
casado se permitió ir al casino, y al medio año, ¡oh maravilla!, jugó su partida
de billar, quitándose la levita, hecho un hombre. Diríase que le soplaban la
piel, que le inyectaban jugos: sus mejillas perdían las hondas arrugas, su
cabeza se erguía, sus ojos no eran ya los muertos ojos que se sumen hacia el
cráneo. Y el médico de Vilamorta, el célebre Tropiezo, repetía con una especie
de cómico terror:
-Mala rabia me coma si no tenemos aquí un centenario de esos de quienes
hablan los periódicos.
El mismo Tropiezo hubo de asistir en su larga y lenta enfermedad a Inesiña,
la cual murió -¡lástima de muchacha!- antes de cumplir los veinte. Consunción,
fiebre hética, algo que expresaba del modo más significativo la ruina de un
organismo que había regalado a otro su capital. Buen entierro y buen mausoleo no
le faltaron a la sobrina del cura; pero don Fortunato busca novia. De esta vez,
o se marcha del pueblo, o la cencerrada termina en quemarle la casa y sacarle
arrastrando para matarle de una paliza tremenda. ¡Estas cosas no se toleran dos
veces! Y don Fortunato sonríe, mascando con los dientes postizos el rabo de un
puro.
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Los de entonces
Nos detuvimos ante la iglesia ojival, abierta al culto, pero agrietada de un
modo amenazador, ruinosa por el abandono de las generaciones, indiferentes a
tanta hermosura. El sol iluminaba oblicuamente los canecillos de la imposta,
prolongando las graciosas caricaturas del imaginero antiguo en sombras
grotescamente elegantes. La floreada cruz recordaba sus pétalos de piedra dorada
por los siglos sobre un fondo de un azul transparente como cristal veneciano. Y
en la desierta plazuela irregular, donde los atrios sobrepuestos de los templos
parecen disputarse la devoción del creyente y el interés del artista, no había
más que nosotros y las golondrinas, describiendo su airosa curva rápida y
silbadora, que desgarra el aire.
Como yo me apoyase en uno de los pilares del pórtico, mi cicerone -uno de
esos duendes familiares imprescindibles en los pueblos de tradición, que conocen
los secretos bien guardados de las silenciosas piedras señaló hacia el pilar,
apoyó el dedo en la base, donde muere la columna formando un esconce, y silabeó:
-Este rinconcito recuerda un hecho novelesco, que pudiera también llamarse
histórico, aunque ningún historiador lo haya recogido en sus anales.
Pedí aquel pedazo de alma que dormía cautivo en la piedra, olvidado de la
gente, y el cicerone, con más pintorescos detalles de los que yo puedo recordar,
me refirió la anécdota.
Según el improvisado cronista, esto pasaba en el tiempo de los
pronunciamientos liberales a favor de una Constitución llamada a labrar la
felicidad de los españoles... Una de las muchas ensoñaciones de oro y luz que
dejan, al desvanecerse, tal vacío en la vida y tal desencanto en los
espíritus... Lo cierto es que de la Niña bonita, o sea la Constitución
salvadora, andaban enamorados muchos brazos mozos en toda España; y no
enamorados platónicamente, sino con resolución firme de dejar por ella fluir de
cien heridas la encarnada sangre, y saltar del roto cráneo los sesos, si los
tuviesen. Sin embargo, la Niña bonita, que no era celosa, permitía infidelidades
a sus galanes, y aquellos exaltados políticos tenían aventuras en las cuales
ponían también su alma juvenil, de época en que no se nacía viejo.
Este era el caso de Ramón Villazás, que, sin descuidar la propaganda,
reuniéndose todas las noches con las demás cabezas calientes del pueblo para
preparar el golpe cuando de Madrid... o de más cerca llegasen instrucciones
precisas, no dejaba tampoco de asistir puntual a cuantas funciones se celebraban
en esta misma iglesia cuya fachada corona la cruz de pétalos de flor. Ni las
novenas con sus gozos y letanías, ni las salves, ni las misas cantadas y
rezadas, ni el rosario marmoneado al oscurecer, hubiesen atraído a Ramón, si no
se diese la casualidad de que una beatita de ojos de infierno y labios de llama
-que bajo la mantilla resplandecían como gajos de coral avivados por el agua
salobre-, también hacía sus devociones aquí.
Y la beata, la linda Tecla Roldán, correspondía a las miradas y señas de
Ramón con mayor empeño de lo que quisiera el comandante de la fuerza acantonada
en el pueblo a fin de asegurar el orden y defender a la sociedad contra sus
«eternos enemigos». Como que en la beatita, doncella rica y noble, había puesto
el jefe la mira, para hacerla su esposa. Al enterarse de que el más empedernido
de los conspiradores locales era también el apasionado de Tecla, redobló sus
deseos de coger entre puertas a Ramón Villazás.
El cual, sin menguar en fervor político, sentía aumentarse el religioso, y a
ser cera estas columnas, guardaría la impronta del gallardo cuerpo que tantas
veces se reclinó en ellas, aguardando la salida de las rezadoras para alumbrarse
el alma con el negro reflejo de unas pupilas y el carmesí relámpago de risa de
unos labios. Para entretener la impaciencia fumaba Ramón papelito tras papelito,
y cuando la gente empezaba a salir, retiraba de los labios el cigarro, lo
depositaba en ese esconce donde se unen la base y el fuste, precipitábase hacia
la portada interior, donde el ángel Gabriel, esbelto y delicado, labrado en
piedra, sonreía a la Virgen, envuelta en la simetría de los pliegues de su
túnica gótica, y sin conceder atención a la gentileza de las dos figuras,
acechaba el paso de Tecla, que salía con los ojos bajos, para murmurar a su oído
palabras del color de su abrasada boca... Después, Ramón echaba a andar, y
recogiendo su cigarro, lo encendía de nuevo si se había apagado ya, y se largaba
cuesta arriba detrás de su quebradero de cabeza, para encontrarla otra vez en la
penumbra de los soportales y decirle de nuevo lo ya sabido de memoria.
Sucedía todo esto en un invierno largo y lluvioso, durante el cual se tramó,
aplazándolo para la primavera, estación favorable, uno de esos alzamientos,
seguro término de un ominoso estado de cosas.
Y al asomar el renuevo, pintado de un verde más tierno la campiña y haciendo
brotar las locas gramíneas y los junquillos tempranos, una mañana que más
convidaba a amor que a lucha, salieron del pueblecito para reunirse con fuerzas
que suponían acampadas ya a corta distancia, unos cuantos exaltados -muchos
menos de los comprometidos, porque, cuando el momento llega, la gente se tienta
la ropa-. Entre los que no retrocedieron contábase Ramón Villazás. Iba
embriagado de esperanza, frenético de alegría, convencido de que era el
resultado infalible y de que volvería y pasaría bajo los balcones de Tecla,
triunfador, entre aclamaciones y vítores...
Y poco después volvía, en efecto, cubierto de polvo, destrozada la ropa,
liados con una soga boyal los brazos al pecho, ensangrentada la sien de un
fogonazo. El comandante había tenido soplo y acechaba; se les siguió de cerca;
la fuerza que contaban encontrar más allá del puente, pronunciada, amiga, no se
había movido de su cuartel en la capital de provincia, abortado el movimiento a
última hora por noticias de Madrid; y al día siguiente, Ramón y tres de sus
compañeros salían de la cárcel para ser pasados por las armas en un campillo
próximo a esta iglesia... Quería despachar pronto el comandante.
Ramón caminaba con paso firme. Entre sus labios oprimía un cigarro acabado de
encender. Al encontrarse delante del pórtico, sus ojos se fijaron en él con
insistencia amorosa. Creía ver bajo su arcada a una beatita de rostro nimbado
por la mantilla, tras de la cual resplandecen dos ojos de misterio y una boca de
tentación. Y, con acción instintiva, recordando las veces que había cruzado
aquel pórtico, para espiar la salida de su amada, quitóse el cigarro de los
labios y lo dejó en el acostumbrado esconce, como si hubiese de volver por él...
Ya estaba arrodillado y vendado, aguardando la descarga, cuando sudoroso,
jadeante, agitando los brazos, llegó un ordenanza, que acababa de reventar un
buen caballo para traer el indulto... Estos golpes teatrales no escaseaban en
tal época, en que las pasiones, los odios y los fanatismos jugaban con vigor
sanguíneo a salvar o perder vidas. Tecla, que se había arrojado bañada en
lágrimas a los pies del capitán general, el terrible Eguía, esperaba detrás de
su ventana, medio muerta de fatiga y miedo, el desenlace...
Los reos, ya perdonados, subían la cuesta que conduce del campillo a los
atrios sobrepuestos... Ramón reía y bromeaba, y el pitido de las golondrinas
resonaba jubiloso en su corazón. ¡Aún quedaban horas de amor, aún vería las
pupilas de sombra y los labios bermejos! Al cruzar ante el pórtico, buscó su
cigarro en el esconce, lo recogió con movimiento pronto y volvió a encenderlo y
a chuparlo...
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Siglo XIII
Era esa hora en que, sin espesarse aún las sombras de la noche, se levanta un
soplo frío y se ve ya la luna, como arco pálido, en el oro verdoso de cielo
donde se apagan las últimas claridades solares, cuando encontré al ciego y a la
niña que le sirve de lazarillo sentados en un ribazo del camino, descansando.
Me interesan, me atraen los mendigos de profesión. Son un resto del pasado;
son tan arcaicos y tan auténticos como un mueble o un esmalte. Van a
desaparecer; se cuentan en el número de lo que la evolución inevitable se
prepara a borrar con el dedo. A la vuelta de una centuria no quedará en la
redondez de la tierra hombre dispuesto a tender la mano a otro. La limosna está
desacreditada; el que puede darla desconfía, ve doquiera lisiados fingidos que
esconden millones en los andrajos; el que puede pedirla va creyendo que tiene
derecho a más, a cosa diferente, que se rebaja, que se deshonra. El altruismo
científico desdeña la caridad. El ciego que hallo en este camino de aldea orlado
de madreselvas en flor que embalsaman, al pie de un castaño, tiene ya para mí
algo de la poesía melancólica del anochecer que envuelve su figura, y al darle
unas monedas de vellón, creo estar realizando un deporte de la Edad Media, a la
puerta de algún reducido santuario, o interrumpiendo el bordado de un tapiz,
sentada en el poyo de alguna fenestra ojival.
Goza de gran popularidad este ciego. Llámase el tío Amaro, el de la
Espadanela, y le conocen y solicitan en veinte leguas a la redonda para todas
las fiestas, holgorios, bodas y romerías, donde su zanfona y sus cantares son
complemento obligado del regocijo de la gente aldeana. El primer vaso de clarete
y la primera escudilla de caldo, al tío Amaro se destinan. Antaño le guiaba un
rapaz más malo que la rabia, listo como una centella, un pillete digno de que le
incluyese Murillo en su colección de granujas; pero el chico creció; el rey se
dignó reclamarle para su servicio, y como no tenía las pesetas de la redención,
allá se fue a barrer el cuartel, mondar patatas y desempeñar otros menesteres
igualmente marciales y heroicos. En las funciones de lazarillo del ciego de
Espadanela le emplazaba ahora Sidoriña, alias Finafrol, una abandonada a quien
sus padres, al embarcar para Buenos Aires, dejaron en el puerto, como se deja un
trasto ya inútil que no vale el trabajo de izarlo a bordo. Allí estaba Finafrol,
con sus ojos verdes, enigmáticos, de líquida pupila; su carita retostada por el
sol, que es la linterna de los vagabundos; sus greñas color de cáñamo, que la
iluminaban como un nimbo, y los remiendos de su saya de grana desteñida, y los
pies descalzos, encallecidos en el trajín de caminar a toda hora sobre polvo
seco, guijarros y abrojos picones.
-¿Dónde se duerme hoy, Sidoriña?
-En la posada de los pobres -contestó naturalmente, con una sonrisa que
parecía significar: «¿Dónde ha de ser?»
Y... la verdad es que yo no sabía hacia qué parte cae esa posada de los
pobres. En el primer momento creí que era el cielo raso, el diamantino pabellón
de estrellas que Dios extiende gratis sobre el mundo; después calculé que sería
cualquier alpendre, cualquier pajar que los dos mendigos encontrasen. A estos
bergantes, ya se sabe, les viene bien todo; aquí caen, aquí se agarran; no hay
garrapata más mala de desprender que ellos. El cubil ruinoso y hediondo del
cerdo, el tibio establo de la vaca, el hórreo vacío, la choza en construcción,
excelentes para una noche. Los aldeanos, con bastante frecuencia, en invierno,
les permiten acostarse a la vera del hogar, al amor del rescoldo que se
extingue. Las únicas puertas que no se abren para el vagabundo son las de los
ricos... Allí ya no llaman. ¿Para qué?
Mientras el ciego, creyendo su deber pagar la limosna, se levanta rígido,
envuelto en el capotón mugriento, previene la zanfona, le arranca un melodioso
mosconeo, y entona en ronca voz las más perfiladas coplas de su repertorio de
salutación y alabanza, no ceso de pensar qué será esa posada de los pobres, en
la cual están seguros el viejo y la niña de pasar la noche, que ya cae
derramando cenizosa neblina entre la arboleda y sobre los setos floridos,
cristalizando la tierra con el rocío glacial de los primeros crepúsculos de
otoño. Sidoriña, también en pie, rasca una contra otra dos grandes veneras o
conchas de Santiago, acompañando el canticio del ciego y el zumbido de la
zanfona, y me cuesta trabajo que interrumpan la serenata, porque se consideran
obligados estrictamente a dar, por cada perrilla, una copla lo menos. Así que
logro imponerles silencio, preguntó a Finafrol, acariciando sus guedejas de
cáñamo tosco y enredado:
-A ver, rapaza... ¿qué posada de los pobres es esa?
-¿No sabe? -exclamó, atónita de mi ignorancia-. Es ahí, en la casa del tío
Cachopal. Ahí en el mismo lugar de Miñobre... Según se baja para la carretera de
Areal, a la orilla del mar... Antes del molino de Breame.
-La mochacha no esprica -intervino el ciego, sentencioso y solícito-. Esto de
la posada lo hay que espricar, porque los señores del señorío, ¿qué les importa?
A ellos no les hace falta, que tienen sus boenas camas compridas, con sus seis
colchones para la blandura, si cuadra, y sus doce mantas si corre frío, y sus
tres colchas muy riquísimas; pero al pobre que anda a las puertas, conviénele
saber dónde está seguro el tejado y el saco relleno de paja para no se molestar
tanto las costillas. Por el día, al ciego -y se dio un golpe en el esternón- no
le falta una sombra en que remediarse con la caridad que va recogiendo de las
boenas almas; y si, verbo en gracia, no tiene más que unas pataquitas crudas,
tan conforme... ¡Nunca nos falten, Asús y la Virgen! Finafrol apaña ramas secas,
arma fuego y asa las patatas, o las castañas, o la espiga tierna, o el tocino
rancio, o lo que venga en la alforja, lo que los dinos caballeros del Señor
misericordioso nos quisieron dar... Pero luego escurece, ¡escurece!, y un
hombre, aunque se quiera valer con la capa, no se vale, que la friaje le entra
mismo hasta la caña de los huesos. Ahí está la cuenta porque el ciego -otra
puñada que sonó como en olla vacía- siempre reza por el tío Cachopal y por el
alma de sus obligaciones y de su abuelo, ¡que ya en tiempo de él era allí posada
de pobres! ¡Si hacerá para arriba de cien años! Esa casta de Cachopal es toda
así, tan santa, que con la sangre de ellos se pueden componer medicinas. El
abuelo fue quien discurrió que tenían un cobertizo muy grandísimo y que los
pobres podíamos dormir allí ricamente. El ciego -golpe a la zanfona- lleva ya
cincuenta años de pedir por los caminos, y cuando no tiene cama, ¡arriba, a casa
de Cachopa! Nos da un saco lleno de paja o de hierba, y la cena, el caldo
caliente... Así hizo su padre, así su abuelo, así hacen él y la mujer todo el
año. Que se junten veinte pobres, que se junten más, no falta el saco de paja ni
el caldo de berzas. Nadie se acuesta con la barriga vacía, nadie, ni un can. Y
con licencia de usía vamos cara allá, ei, Finafrol..., que ya cai el orvallo; ya
será tarde. ¡Santas y boenas noches nos dé Dios! ¡A la obediencia de usía!
La chiquilla y el ciego se levantaron, y despacito emprendieron su caminata,
desapareciendo lentamente entre la neblina gris, húmeda, que penetraba de
melancolía el corazón. Esperábalos allí la caridad aldeana, la caridad tosca y
sencilla y alegre de los tiempos medievales, que ni se anuncia en periódicos ni
se premia en sesiones académicas, entre guirnaldas de discursos y derroche de
retórica moral. Oscura y humilde, la familia de cristianos labradores, que desde
hace un siglo da posada al peregrino y de comer al hambriento, no extraña que no
lo sepan sino los que lo necesitan, y tal vez llega a encontrar su único placer,
el interés de su oscura existencia, en la reunión de los andrajosos
dicharacheros, a su manera oportunos, socarrones, expertos, enterados de todas
las noticias. A dos pasos de la civilización, ahí está esa pintada tabla
mística, ese hogar franciscano abierto al mendigo.
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Los padres del Santo
-¿Usted cree que las almas están sujetas a leyes fisiológicas? -me preguntó
el médico rancio y anticuado, de quien se burlaban sus jóvenes colegas-. ¿No le
parecen mojigangas esas pretendidas leyes de la herencia, del atavismo y demás?
¿Usted supone que por fuerza, por fuerza, hemos de salir a la casta, como si
fuésemos plantas o mariscos? Lo que caracteriza nuestra especie, a mi modo de
ver, es la novedad de cada individuo que produce... Nacemos originales... Somos
ejemplares variadísimos...
Cuando así hablaba, salíamos del hermoso soto de castaños que rodea la
aldeíta de Illaos, y nos deteníamos al pie de uno, ya vetusto y carcomido, que
sombreaba cierta casuca achaparrada y semirruinosa. A la puerta, un viejo
trabajaba en fabricar zuecos de palo. Alzó la cabeza para saludarnos, y vimos un
rostro de mico maligno, en que se pintaban a las claras la desconfianza, la
truhanería y los instintos viciosos. En aquel mismo punto, una vieja de cara
bestial, de recias formas, de saliente mandíbula y juanetudos pómulos, llegó
cargada con un haz de tojo que porteaba en la horquilla, y que depositó sobre el
montículo de estiércol, adorno del corral.
-Fíjese usted bien -advirtió el médico- en esta pareja. A él, por sus
aficiones, le llaman el tío Juan del Aguardiente, y a ella la conocen todos por
Bocarrachada (Bocarrota), porque dice cada cosaza que asusta; pero no crea usted
que se contenta con decir; apenas nota que su marido hace eses, le mide las
costillas con ese mismo horcado de cargar el tojo. Padre alcoholizado y madre
feroz..., ya se sabe: la progenie, criminal, ¿no es eso?
Y como nos hubiésemos alejado algún tanto de la casucha, el médico añadió,
hablando lentamente, para que produjesen mayor efecto sus palabras:
-Pues esos que acaba usted de ver... son el padre y la madre de un santo.
-¿De un santo? -repetí sin comprender bien.
-De un santo, que está en los altares, a quien se le reza...
-¿Un santo... canonizado, verdadero?
-Beatificado solemnemente en Roma... de canonización inminente... En la
catedral de Auriabella ya está en un retablo su efigie.
-¿Un mártir, claro es?
-Un mártir jesuita, sacrificado por los japoneses con todo género de
refinamientos... Se conocen detalles sublimes de sus últimos instantes; no ha
recibido nadie una muerte horrorosa con tanta entereza ni con más alegría. No
crea usted que fue mártir casual: su aspiración de siempre era esa, ir a
predicar a los que desconocen el Evangelio y derramar su sangre para atestiguar
la fe. Desde pequeñito le sedujo tal idea, y puede decirse de él lo que de
pocos: que de la tela de sus sueños cortó su destino.
-¿Y cómo pudo -exclamé sorprendido- ordenarse de sacerdote, estando en poder
de semejantes padres, que le dedicarían a recoger esquilmo y apacentar la vaca?
-¡Ah! Es que como era un chiquillo notable por su fervor y su inteligencia,
el cura que le había enseñado la doctrina se fijó en él, le escogió para ayudar
a misa, y de monaguillo pasó a sacristán, y de sacristán a una plaza gratuita en
el Seminario de Auriabella... Los padres consintieron figurándose que allí se
les criaba un futuro párroco; tener un hijo párroco es la ambición de un
aldeano. ¡Había que verlos cuando se convencieron de que el rapaz, después de
cantar misa, no quería economatos ni curatos, sino entrar en una Orden! Estuvo
en poco que entablasen pleito o reclamasen indemnización...
-Y ahora que ven a su hijo en los altares, ¿qué dicen? Será curioso.
-¡Vaya si es curioso! Más de lo que usted presume... Cuando se supo en
Auriabella el suplicio atroz del que llama el vulgo San Antonio de Illaos;
cuando se tuvieron pormenores de aquella admirable constancia del joven mártir,
que repetía en las torturas, al sentir las agudas cuñas hincársele en los dedos
apretados por tablillas y en las piernas sujetas al cepo: «Jesús mío, sólo te
pido que los salves, que les abras los ojos», refiriéndose a los impasibles
verdugos que le atormentaban con asiática frialdad; cuando se comprendió que el
expediente de beatificación iba a iniciarse con la rapidez que en casos tales se
acostumbra, el obispo de Auriabella quiso venir a Illaos a dar en persona la
enhorabuena a los padres del triunfador, los cuales ni sabían su triunfo ni su
muerte. Era el obispo de Auriabella -que poco después falleció y ya estaba
bastante enfermo del corazón- un señor bondadoso, lleno de unción y de dulzura,
de esos que todo lo gastan en caridades; un verdadero pastor, humilde con
dignidad, y alegre y chancero de puro limpia que tenía la conciencia; pero al
venir a Illaos bajo la impresión de un hecho tan solemne, se encontraba muy
conmovido; traía los ojos humedecidos, la respiración cortada y fatigosa, y aún
parece que le estoy viendo en el momento en que, al divisar la choza de Juan del
Aguardiente, saltó aprisa del caballejo que le habíamos proporcionado, se
descubrió y se inclinó hasta el suelo ante los padres del confesor de
Jesucristo... El viejo y la vieja le miraron pasmados, sin saber lo que les
pasaba: él, con su zueco a medio desbastar en la mano; ella, con una sarta de
cebollas que acababa de enristrar; y como su ilustrísima, sofocado de emoción,
no pudiese articular palabra, tuvo el arcipreste -sacerdote de explicaderas,
orador sagrado de renombre, de genio franco y despejado- que tomar la ampolleta
y dirigirse a los dos aldeanos atónitos y algo recelosos además -no se sabe
nunca qué intenciones traen los señores.
-Vengo a darles una buena noticia, amigos -declaró con afabilidad y hasta con
cariño el arcipreste.
-¿Una buena noticia? Amén y así sea -barbotó socarronamente el tío Juan-, que
malas ya vienen todos los días, señor.
-Pues esta es tan buena, y, diré más, tan excelente, que otra así no la habrá
recibido nadie de la parroquia, y pocos, muy pocos, en el mundo; sólo los
escogidos, los designados por Dios y favorecidos con su especial misericordia,
podrán recibirla igual. ¡Alégrense, mis amigos! Prepárense a dar gracias a la
Providencia.
La vieja se decidió a soltar de la mano la ristra de cebollas, y se aproximó,
abriendo su bocaza sin dientes, sombría. El del Aguardiente guiñó los ojuelos,
rezongando:
-A ver luego si nos ha caído una grande herencia de muchos intereses, señor
abad.
-Mejor es que una herencia; mejor que cuantos bienes terrenales les cayesen,
¿se hacen cargo? Es que su hijo, Antonio, el fruto de sus entrañas, ha sido
elegido, ¡qué gloria tan incomparable!, para dar testimonio de Cristo... Allá en
unas tierras que están muy, muy lejos de aquí, su hijo ha confesado la fe, y la
Iglesia, dentro de poco, le colocará en los altares, ¿entienden ustedes bien?,
en los altares, donde todos nos arrodillaremos para pedirle que interceda por
nosotros...
-Sí, todos le pediremos, será nuestro abogado -afirmó el obispo, cruzando las
manos fervorosamente, en un transporte de su hermosa alma, rebosante de piedad y
unción.
La madre -laboriosa, tardíamente- adivinó algo extraño. ¿En los altares? ¿Qué
era aquello? ¿Sería...? Y, encarándose con el arcipreste, interrogó agresiva y
ronca:
-¿Hanle matado? Me diga. ¿Hanle matado?
-Su alma -respondió el arcipreste- subió gloriosa al cielo, después de sufrir
el cuerpo miserable tormentos muy crueles, que no consiguieron quebrantar su
ánimo. ¡Esa es su corona! -añadió, conmovido también, mientras el obispo,
gravemente, trazaba en el aire la bendición sobre las cabezas de los padres del
santo.
La mal hablada callaba... Algo oscuro se removía en el fondo de su ser; algo
que era a la vez sentimiento y brutalidad, pena y protesta, y que se resolvió en
lágrimas tardías, más que derramadas, exudadas por los encarnizados, durísimos
ojos... Y al fin, arrancándose las greñas grises, hiriéndose el huesudo pecho
con las manos nudosas y negras, exclamó desesperada:
-¡Antón! ¡Antoniño! ¡Yalma mía! ¡Siempre lo dije, siempre lo dije, que habías
de morir de mala muerte! ¡De muerte fea!
Hubo un movimiento de indignación en los familiares, en los señores del
acompañamiento... Solo el obispo no se enojó... Volviéndose al arcipreste,
murmuró:
-Es la madre. Silencio. Dadles el dinero que se pueda, y vámonos.
El arcipreste se encogió de hombros y, en confianza, me susurró a mí:
-En vez de ir a predicar al Japón, debió quedarse predicando en su parroquia
San Antonio... Falta hacía...
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