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Nunca me había sido posible adivinar qué oculto dolor
consumía a Ricardo de Solís, imprimiendo en sus facciones una huella tan visible
de siniestra amargura.
Todos cuantos le veían experimentaban la misma
curiosidad punzante, igual deseo de conocer el secreto -que había secreto
saltaba a los ojos- de por qué aquel hombre parecía la tétrica imagen de la
pena.
Los más sagaces ni presumían siquiera dónde podría
hallarse la clave del misterio. Ricardo de Solís era soltero; su hacienda,
mucha; limpia y noble su ascendencia; vigorosa su complexión; su presencia,
gallarda. Alguien atribuyó su abatimiento a males físicos; su médico lo
desmintió, asegurando que nada le dolía a Solís. Las damas cuchichearon no sé
qué de amores imposibles y secretos lazos ilegales; púsose en acecho la malicia,
fisgoneando como entremetida dueña, y sólo descubrió patentes indicios de una
indiferencia suprema en cuestiones femeniles.
Se habló de pérdidas en Bolsa, de deudas, de usuras, de
atolladeros sin salida; pero el agente que manejaba fondos de Solís, su abogado,
sus proveedores, sus compañeros de Casino, desmintieron tales voces, declarando
que no existían en Madrid cien fortunas tan saneadas ni tan bien regidas como la
de don Ricardo. Por ninguna parte se veía el punto negro, y justamente el no
verlo excitaba más la sed de saber y enterarse de lo que a nadie importa, sed
que aflige y caracteriza a los desocupados e inútiles, o sea, a la mayoría
social.
A mí también declaro que me daba en qué pensar el
enigma; pero mi curiosidad -y perdónenme los demás curiosos- tenía alguna
justificación, al modo que la tiene la crueldad del vivisector que despelleja a
un conejo en interés de la ciencia. Cuanto más vivo, más voy creyendo en la
Biblia en cuyas páginas se estudia el supremo saber de la humanidad. Como los
rancios y primorosos horarios que iluminaba la mano paciente del monje en la
Edad Media, el libro del corazón humano no tiene página que sea igual a otra.
Como en esos mismos horarios, al lado de la página donde los ángeles, cercados
de luz, saludan a la Inmaculada Doncella, está la página donde los vicios,
representados al natural o en forma de inmundas alimañas, ostentan sin rebozo su
fealdad y desnudez. Como en los mismos horarios, la impresión definitiva que
produce en el alma el conjunto de divina pureza y desnuda fealdad, es una
impresión religiosa.
Defendida así mi propia causa, diré que puse en juego
todos los recursos decorosos y lícitos, todas las estratagemas de buena guerra,
para descifrar el logogrifo viviente. Busqué con maña el trato de Solís, estudié
el modo de atraerle a mi casa, le serví en dos o tres asuntos de poca monta y
tuve la habilidad de presentarme como persona a quien son profundamente
indiferentes las historias ajenas. No sé si lo creyó, pues la impertinencia de
las gentes le tenía muy prevenido y en guardia; sé que aparentó creerlo, y
estimó mi cauta discreción en lo que valía. Quizá lisonjeado por ella -la
discreción es siempre una lisonja, pues implica respeto-, fue dejándose ganar al
trato frecuente, siempre reservado, siempre serio, siempre mudo sobre lo
esencial, lo que todos deseaban saber, y yo más que todos.
Cuando ya íbamos siendo amigos, me pareció notar que la
escondida llaga de la vida de Solís se enconaba. La contracción de su rostro, lo
torvo de su mirar, la expresión de condenado visible en ojos, boca y hasta en la
nerviosa dilatación de la nariz -por donde exhalaba involuntariamente el suspiro
de agonía a que los apretados labios no querían abrir camino-, eran otros tantos
indicios delatores del desastre moral, sujeto, como el físico, a las leyes
fatales de progresión. El alma de Ricardo de Solís naufragaba; hundida en las
olas y sin fuerza ya para combatirlas, sacaba a flor de agua la cabeza, miraba
con desesperación al cielo y volvía a sentirse absorbida por el remolino
inexorable.
Al mismo tiempo que observé todos estos síntomas
alarmantes, creí percibir otros... -¡cuán leves eran!, ¡cuán vagos!, ¡cuán
indefinibles!- de una tendencia a quebrantar aquel horrible silencio, a deshacer
el nudo de la garganta, a despedazar la glacial costra, dejando paso al torrente
de lava que estremecía el subsuelo. Los librepensadores que hacen mofa de la
confesión auricular desconocen la íntima contextura de nuestro espíritu, que
rara vez puede resistir sin desfallecer el peso del secreto propio. El reo que,
acosado, acorralado, con la sentencia de muerte encima, sabe que el confesar es
peligroso, pero confiesa, porque no puede menos, saborea un placer inefable,
cuya causa no adivina, porque ignora que la afirmación de la verdad complace a
nuestra alma racional, como a nuestra vista la línea recta.
Tal era, sin duda, el estado psíquico de Ricardo de
Solís: en varias ocasiones sospeché que le subía a la boca la confesión, y allí
se paraba, espantada de sí misma. Y, por último, adquirí el convencimiento de
que Solís -un día u otro, quizá mañana, quizá dentro de un año- hablaría, porque
era necesario, era fatídico que hablase. Lejos de facilitarle ocasión, me esmeré
más que nunca en que me creyese indiferente y distraída. Los cismáticos griegos
se confiesan a una pared y no tienen rubor. Yo fingí ser de cal y canto, para
que, al llegar la segura y tremenda confidencia, fuese absoluta, sin hipócritas
reticencias, ni atenuaciones, ni distingos.
Una noche entró Solís. Nadie estaba conmigo; ardía
mansamente la chimenea; la pantalla verde apenas dejaba filtrar la claridad del
quinqué; el aposento se encontraba a esa fantástica semiluz que favorece la
expansión de la confianza. Fuera zumbaba el viento de invierno, lúgubre y sordo;
dentro la alfombra y las cortinas amortiguaban el ruido más leve. En el modo de
saludar, de sentarse, de iniciar la conversación, comprendí ¡desde el primer
instante! que aquella noche se descorría el velo misterioso.
He de confesar mi cobardía. A las primeras palabras de
la historia de Solís sentí impresión tal, que quise rechazar la confidencia, y
aconsejé al desgraciado que fuese a arrodillarse a los pies de un hombre bueno y
justo, con facultad para absolver a los mayores culpables en nombre del que
murió por ellos. Mi repulsa fue hábil, pues acrecentó en Solís el ansia de abrir
su corazón.
-No hay sacerdote para mí -me dijo, ronco y tembloroso,
apoyando en las manos la frente-. Ni hay sacerdote, ni yo quiero ser
perdonado... ¡El perdón me horroriza! -añadió, rechinando los dientes-. No, no
se asuste usted todavía. Ahora verá usted. ¿Usted sabe lo que quieren a sus
hijos las madres? Pues pinte usted el cariño de cien madres de las más
extremosas, y comprenderá usted lo que era la mía... No me separé de ella desde
el día en que nací, y creo que eso mismo..., creo que el exceso... Lo cierto es
que, cuando fui un minuto hombre, hirvió en mí un ansia insensata de libertad.
Quería vivir a mi gusto, no sé si mal, o si bien, pero
dueño de mí, sin traba ninguna de voluntad ajena. Un instinto diabólico me
llevaba a hacer todo lo contrario de lo que quería y aconsejaba mi madre.
Sospecho que aquello tenía algo de manía o demencia. El alma es insondable. No
sé cómo fue, puedo jurarlo; pero lo cierto es que la contradecía, la afligía, la
maltrataba con rabia, primero de palabra, después...
Aquí Solís exhaló una especie de gemido convulsivo y
calló. Yo me guardé muy bien de manifestar que me asustaba la revelación
horrenda. Mi silencio y mi serenidad animaron al reo.
-Lo que más la angustiaba era el que yo bebiese..., y,
sin ganas, bebía..., solo por mortificarla, por... Adquirí costumbre... Sucedió
que una vez vine a casa... ebrio..., ebrio... Con toda la energía de su amor me
reprendió, afeó el mal hábito..., y... después... quiso acostarme, cuidarme como
cuando era niño... Salté furioso..., la rechacé brutalmente..., no sé lo que
dije..., la amenacé, jurando que si se empeñaba en tratarme como a un muñeco,
pegaría fuego a la casa... Y al decirlo, arrimé la luz que estaba sobre la mesa
a una cortina... La llama subió de prisa, culebreando... Yo entonces tuve no sé
qué vislumbre de razón, y huí pidiendo a voces: «¡Agua, socorro!» Por pronto que
acudieron los criados, que ya dormían... mi madre..., desmayada, aturdida del
golpe que le di al rechazarla..., caída en el suelo al pie de la cortina..., su
traje en comunicación..., rodeada de llamas...
El parricida alzó la cabeza y clavó en mí dos ojos que
eran dos ascuas vivas. Pedí a Dios que les enviase a aquellos ojos una
lágrima..., y Dios, compasivo, debió de oírme, porque las ascuas se apagaron, se
vidriaron... Un sollozo acompañó el fin de la confesión.
-Mi madre dijo a todos que ella misma, con la bujía, se
había prendido fuego a la ropa... De allí a ocho días..., porque duró ocho
días..., entre sufrimientos que hacen erizar los pelos... Las ballenas del
corsé, de acero, incrustadas en la carne... La camisa adherida a la piel, que
salió con ella a tiras...; los ojos, ciegos...; las costillas, descubiertas; el
hueso del brazo, hecho carbón...
-Segura estoy -dije, interrumpiendo a Solís- de que su
madre de usted, antes de morir, le perdonó y le bendijo.
Contestóme un ahogado grito del hombre que ya no podía
reprimir la convulsión, y su voz, que apenas se oía:
-Eso..., eso fue lo malo... el perdón maldito... No, si
yo no tengo remordimientos..., si yo no me arrepiento, no... Solo quiero me
quiten aquel perdón..., y volveré a gozar, a reír, a tener amores, a comer, a
vivir como los demás... El perdón... El perdón que me dio agonizando... ¡Ese
perdón! ¡Ah! ¡Qué venganza tan infame! El perdón es lo que yo tengo aquí... ¡De
eso me muero! Y seco ya el llanto, rugió una maldición y salió huyendo como en
la noche de su crimen. Oí el portazo que dio, y quedé trémula, pesarosa de saber
y queriendo saber más todavía.
No supe más. Ricardo de Solís no volvió a mi casa.
Pocos días después desapareció de la villa y corte. Se cuenta que pasó al
África, y que en Tánger se pegó un tiro en la sien. |