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Era en el café acabado de abrir en Marineda, el que les
puso la ceniza en la frente a los demás, desplegando suntuosidad asombrosa para
una capital de segundo orden. Nos tenía deslumbrados a todos la riqueza de las
vidrieras con cifras y arabescos; las doradas columnas; los casetones del techo,
con sus pinturas de angelitos de rosado traserín y azules alas y,
particularmente, la profusión de espejos que revestían de alto a bajo las
paredes; enormes lunas biseladas, venidas de Saint-Gobain (nos constaba,
habíamos visto el resguardo de la Aduana), y que copiaban centuplicándolos, los
mecheros de gas, las cuadradas mesas de mármol y los semblantes de las bellezas
marinedinas, cuando venían muy emperifolladas en las apacibles tardes del
verano, a sorber por barquillo un medio de fresa.
Es de advertir que nosotros no ocupábamos el vasto
salón principal, sino otro más chico bien alhajado, arrendado por los miembros
de la aristocrática Sociedad La Pecera, que, por si ustedes no lo saben, es el
Veloz Club marinedino (tengo la honra de pertenecer a su Junta directiva). La
Pecera, por lo mismo que no admite sino peces gordos, es poco numerosa y no
puede sufragar los gastos de un local suyo. Bástale el saloncillo del café,
forrado todo de azogadas lunas, cerrado por vidrieras clarísimas que caen a dos
fachadas: la que da a la calle Mayor y la del paseo del Terraplén. A este
derroche de cristalería se debió el mote puesto a nuestra Sociedad por la gente
maleante. Algunos divanes y mesas de juego, un biombo completaban los trastos de
aquel observatorio, donde se reunía por las tardes y durante las primeras horas
nocturnas el «todo Marineda» masculino y selecto.
Una noche -serían las doce y media- en que ni había
teatro, ni reunión, ni distracción alguna nos juntábamos en el Club ocho o diez
peces -gran bandada para un acuario tan chico-. Se había fumado, murmurado,
debatido problemas administrativos, científicos y literarios; contado verdores,
aquilatado puntos difíciles de ciencia erotológica; roído algo los zancajos a la
docena de señoritas que estaban siempre sobre la mesa de disección; picado en la
política local y analizado por centésima vez la compañía de zarzuela; pero no se
había enzarzado verdadera gresca, de esas que arrebatan la sangre a los rostros
y degeneran en desagradables disputas, voces y manotadas. A última hora -casi a
la de queda, pues rara vez trasnochaban los peces hasta más de la una- se armó
la cuestión recia e infalible. Minutos antes entraba en La Pecera una persona a
quien yo profeso gran cariño: Rodrigo Osorio, hijo mayor de la marquesa de
Veniales. Habiéndole conocido en ocasión muy crítica para mí, nos unía desde
entonces una amistad, por decirlo así, clandestina. Ni andábamos siempre juntos,
ni con frecuencia siquiera; no cultivábamos ese trato pegajoso que, en opinión
del vulgo, caracteriza a los amigos íntimos. Mis novias podían escribirme sin
que yo enseñase a Rodrigo sus gazapos de ortografía. Pasábamos un mes sin
vernos, y no por eso se nos desquiciaba la vida; nos veíamos al cabo del mes, y
sentíamos -sentía yo, por lo menos- cierta efusión interior, cierto bienestar
del alma. No por eso se entienda que congeniábamos. Al contrario: nuestro
carácter y modo de ser opuestos nos impedían la verdadera compenetración
amistosa. Yo tenía a Rodrigo por estrecho de criterio, medio beato, cerrado,
meticuloso y triste; él, probablemente, me conceptuaba un libertino escéptico,
un vividor egoísta. Entre el hombre que comulga todos los meses y el que sólo lo
hace con ruedas de molino se alza siempre un muro o invisible valla moral.
Al entrar Rodrigo en La Pecera hallábase la disputa en
sus comienzos: era de las que pueden tomar fácilmente un giro peligroso, porque
de comentar ciertas bofetadas y bastonazos administrados aquella misma mañana
por un tendero a un concejal a causa de no sé qué enjuagues de matute, se había
pasado a discutir el valor y los modos de probarlo.
A mí, estos altercados me proporcionaban un género de
distracción muy original. Apenas principiaban a exaltarse los ánimos, fijaba la
vista en la pared de espejos, donde se reflejaba el grupo de contendientes,
observando algo fantástico, al menos para mí. Al copiarse en las lunas no solo
el grupo, sino la imagen del mismo grupo devuelta por las lunas de enfrente,
parecía como si discutiese una innumerable muchedumbre en una galería
larguísima, a la cual no se le veía el fin. Recreo de ilusionismo barato, que me
causaba una especie de extravío imaginativo bastante curioso. Había dado en
figurarme que las imágenes reflejadas en los espejos eran sombras, espectros y
caricaturas morales de los disputadores vivos. Sus actitudes y movimientos, que
reproducían las lunas, me parecían irónicas, lúgubres y mofadoras. Y de fijo era
yo quien reflejaba en el espejo la actitud de mi propio espíritu ante tanta
polémica huera, tanta vanidad, tanta exageración, tanta vaciedad y tanta
palabrota como allí se oía en diciendo que empezaba el debate.
El de la noche a que me refiero iba por los caminos que
ustedes verán, si leen.
-Yo -decía Mauro Pareja, pez de muchas libras-
comprendo que en casos así se ciegue el más pacífico, se le suba el humo a las
narices y la emprenda a linternazos hasta con su propia sombra. Eso de que le
llamen a uno matutero... Señores, aunque yo lo fuese, no le tolero que me lo
llame ni al lucero del alba. Pero... ¡las armas naturales! Ya me apesta lo del
cambio de tarjetitas y la farándula de los padrinos con sus idas y venidas, y la
farsa de los sables romos, y el sueltecillo de cajón: «Anteayer, jugando con
unos sables, recibió un arañazo en una bota el distinguido joven Periquito de
los Palotes...» Pleca, y luego: «Ha quedado honrosamente zanjada la cuestión
surgida entre Periquito de los Palotes y Juanito Peranzules...» ¡A freír monas!
¡Y vaya una manera de volver por la decencia! El puño, señores..., y a vivir.
-El puño es de carreteros -arguyó el comandante Irazu,
hombre desmedrado, lacio como un guante viejo, mirando de soslayo, con aparente
desdén, la enorme diestra huesuda de Mauro Pareja.
-El puño y la bota, y peor para la gente esmirriada
-repitió, con acento incisivo, Mauro-. Y hasta los dientes y las uñas, ¡qué
demontre!
-Como las verduleras -bufó Irazu-. Bonito sistema. El
mejor día nos arrancamos el moño. ¡Taco, oye uno cada cosa!
-El duelo -declaró el redicho jurisconsulto Arturo
Cáñamo en voz muy flauteada- es contrario a las enseñanzas de la religión y a
los adelantos de la moral social. Nos retrotrae..., pues...; nos retrotrae a los
tiempos perturbados de la Edad Media. Es una costumbre bárbara, importada por
los germanos de sus selvas vírgenes...
-¡Que la importase el moro Muza!... -exclamó Pablito
Encinar, el pececillo más nuevo del acuario, acabado de salir del colegio de
artillería-. Mire usted: ¡a mí, qué!
-¿De modo -recalcó Cáñamo, engallándose mucho- que
usted se batiría en duelo? ¿Usted sostiene que cometería un asesinato legal?...
-Señor mío, eso según y conforme... Ahora hablamos a
sangre fría. Pero supóngase usted que un hombre me injuria atroz, mortalmente...
¿Me trago la injuria? ¡Tráguesela usted, y buen provecho le haga! Usted no viste
uniforme. Es decir, yo, aunque tampoco lo vistiese, no me la trago. ¡Qué había
de tragar! Figúrese usted..., vamos, verbigracia..., que aquí, delante de todos
viene un individuo y le planta a usted un bofetón en mitad de la jeta... ¿Qué
hace usted? ¿Se lo guarda y se consuela con que los germanos...?
Al llegar a este punto la discusión, mi observatorio de
los espejos me reveló una cosa rara. Rodrigo Osorio tenía vuelto el rostro hacia
la pared; pero lo copiaba la luna más próxima, y vi que se ponía no pálido, sino
verde, lívido, desencajado como un moribundo. Sus labios se movían
convulsivamente, y su mano crispada hacía dos o tres veces el ademán de aflojar
la corbata, propósito irrealizable, pues era de las que llaman de «plastrón». A
la vez que comprobaba en Rodrigo esta impresión profunda e iba a volverme para
preguntarle si estaba enfermo, las delatoras lunas me hicieron nuevas
revelaciones: en ellas vi a tres o cuatro Mauros Pareja guiñando el ojo y
tirando de la manga a otros tantos Pablitos Encinar, y a los Pablitos Encinar
dándose tres o cuatro palmadas en la boca, de ese modo que significa: «¡Tonto de
mí! Soy un charlatán imprudente». Y al punto que observé estos dos hechos, vi en
el espejo que las figuras cesaban de accionar, mientras mis oídos percibían, en
vez del alboroto de la polémica, un silencio repentino, embarazoso, helado. Dos
o tres segundos después sentí un dramático escalofrío: Rodrigo se levantaba,
tomaba su sombrero y, sin pronunciar una silaba, abandonaba el salón.
Fue todo ello tan de repente, tan impensado, que al
pronto me quedé sobrecogido, no acertando ni a preguntar a los que,
indudablemente..., «sabían». Al fin conseguí exclamar, dirigiéndome a Pareja:
-Pero ¿qué sucede? ¿Qué ha pasado aquí?
-¡Este Pablito! -contestó Pareja señalando al joven
teniente, que se mordía el bigotillo, muy nervioso-. ¡Le ponen a uno en cada
compromiso los novatos!
-¿Pero qué es ello? ¡Si yo no sé nada!
-¡Hombre! ¿No ha de saber usted? Rodrigo le quiere a
usted mucho..., y, además, hasta los gatos lo saben.
-Pues las personas, no; yo, al menos. Le ruego a usted
que me ponga al tanto...
-¡No saberlo usted! -repuso Pareja con suspicacia-.
Bueno; pues en dos palabras le enteraré... La cosa es muy sencilla. ¿Se acuerda
usted de aquella generala tan salada, tan guapetona y tan seria que tuvimos hace
tres años? ¿No? Verdad que usted no estaba entonces aquí... Pues era una
mujer... de patente, y no faltaron almas caritativas para susurrar que este
Rodriguito y ella... En fin, cosas del pícaro mundo. Si fuese verdad, el caso
probaría que los chicos educados en tanto beaterío son lo mismito que los demás
mortales que no andan comiéndose los santos... Digo, no; ya verá usted cómo, en
ciertos casos, resultan diferentes. El general se enteró de las murmuraciones,
hay quien cree si por algún anónimo..., y se dejó decir que él no se batía con
chicuelos, pero que tiraría de las orejas y hartaría de bofetones a Rodrigo
donde le encontrase. La mamá se asustó, se llevó al niño a Compostela y allí le
metió de coronilla, sin duda para acabar de volverle loco, en iglesias,
confesonarios y conventos.
Al cabo de dos o tres meses regresaron aquí. No estaba
la generala. Se había ido a las aguas de Cuntis. El general, sí, y ahora entra
lo bueno de la historia. Una tarde, paseábase el general, con su ayudante al
lado, por la calle Mayor, y Rodriguito, que venía en sentido contrario, se le
acerca, se encara con él y le dice (hay quien lo oyó como usted me oye): «Sé que
usted desea abofetearme. Aquí estoy. Puede usted cumplir su deseo». El general
alza la mano..., y ¡pum! De cuello vuelto, ¡terrible, monumental! Todos creían
que el muchacho iba a sacar un revólver... ¡Nada, señores, nada! Aguantó, agachó
la cabeza, se volvió..., y se retiró lo mismo que ahora, con mucha pausa, sin
decir chuz ni muz, arrimando el pañuelo a las narices, que le sangraban.
Hubo una explosión de risas y de comentarios. Pablito
Encinar juró y se retorció el naciente bigote. Sentí en la cara el ardor del
recio bofetón, como si acabase de recibirlo. Temblé de ira. Comprendí en aquel
instante toda la fuerza del afecto que Rodrigo me inspiraba. La lengua se me
entorpecía, de pura rabia y cólera frenética. Por medio de un esfuerzo terrible
me dominé y pude articular estas frases, que dejaron a los peces más
boquiabiertos de lo que estaban por costumbre:
-He conocido a Rodrigo Osorio hace un año en Madrid. No
le conocí en ninguna soirée ni en ningún teatro, ni en timba ninguna, sino a la
cabecera de mi cama. ¿Cómo? Aguarden ustedes... Parábamos en la misma fonda.
Supo él que un paisano suyo, un marinedino, se encontraba enfermo de una
tifoidea, bastante solo y casi abandonado. No preguntó más. Se metió en mi
cuarto a cuidarme. Me cuidó como un hermano, como una hermana... de la Caridad.
Pasó diez noches sin desnudarse. No contrajo mi mal porque Dios no lo quiso.
Ahora, el que sea más valentón que Rodrigo Osorio, que salga ahí. ¿Lo están
ustedes oyendo? ¡A ver, a ver si alguno tiene ganas de que yo sea el general!
Porque a mí me hormiguea la mano...
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Mauro Pareja no esgrimió contra mí los dientes ni los
puños. No me vi tampoco en ocasión de «jugar» con ningún sable, florete ni otra
arma mortífera. |