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Preguntáronle sus amigos al marqués de Bahama
-riquísimo criollo conocido por su fausto, sus derroches y su aristocrática
manía de defender la esclavitud- porqué singular capricho llevaba a su lado en
el coche y sentaba a su mesa a cierto negrazo horrible, de lanuda testa y morros
bestiales, y por contera siempre ebrio, siempre exhalando tufaradas de
aguardiente, que no lograban encubrir el característico olorcillo de la Raza de
Cam.
-Hay -le decían- negros graciosos, bien configurados,
de dientes bonitos, de piel de ébano, de formas esculturales. Pero éste da
grima. Más que negro es verde violeta; es una pesadilla.
Y el marqués, sonriendo, defendía a su negrazo con
algunas frases de conmiseración indolente:
-¡Probrecillo! ¡Qué diantre!... Yo soy así.
Al cabo en una alegre cena donde se calentaron las
cabezas, merced a que se bebió más champaña y más manzanilla y más licores de lo
ordinario, y lo ordinario no era poco; viendo yo al marqués animado, decidor -en
plata, algo chispo-, aproveché la ocasión de repetir la pregunta. ¿Por qué
Benito de Palermo -así se llamaba el negrazo- gozaba de tan extraordinarias
franquicias? Y el marqués, a quien le relucían los hermosos ojos negros, de
pupila ancha, contestó sonriendo y señalando a Benito, que yacía bajo la mesa,
completamente beodo:
-Por borracho, cabal; por borracho.
No logré que entonces se explicase más, Parecióme tan
rara la causa de privanza de Benito como la privanza misma. De allí a dos días,
paseando juntos, recordé al marqués su extraña contestación y él, arrojando el
magnífico «recorte» que chupaba distraídamente, murmuró con entonación perezosa:
-Bueno; pues ya que solté esa prenda, diré lo que
falta... Ahora se sabrá cómo si no es por la borrachera de Benito estoy yo
muerto hace años, y de la muerte más horrorosa y cruel.
No ignora usted que me he educado en los Estados
Unidos, y me aficioné a los viajes desde la niñez, porque allí el viajar se
considera complemento de toda escogida educación. Antes de cumplir los
veinticinco años había recorrido las principales ciudades de Francia, Inglaterra
y Alemania; sabía cómo se vive en cada nación culta. En París, sobre todo, me
había pasado inviernos enteros. Sin embargo, la monotonía de la civilización
empezaba a causarme tedio, y me hurgaba el caprichillo de ver países menos
cultos a la moderna. Dediqué unos meses a registrar la hermosa Italia, parando
mucho en Roma y consagrando temporaditas a Florencia, Nápoles, Sicilia, Malta y
Córcega. Y engolosinado ya -Italia siempre será un paraíso-, propúseme realizar
al año siguiente otro delicioso viaje, el de Oriente: Grecia, Turquía y
Palestina. Para venir a lo que importa de este cuento, lleguemos ya a Atenas,
donde, por recomendaciones que llevaba, encontré excelente acogida en el cuerpo
diplomático y en la corte, lo cual, y otra, cosa que añadiré contribuyó a que se
prolongase mi estancia en la capital de Grecia bastante más de los que pensaba.
Es el caso que en una fonda magnífica de Florencia
había yo visto, por espacio de pocas horas, a una hermosísima inglesa, la cual
grabó en mi espíritu una impresión que no habían conseguido borrar el tiempo ni
la distancia. Era de esas mujeres que no se olvidan porque a la belleza plástica
incomparable, reunía una gracia, una viveza y una originalidad excéntrica y
picante, que empeñaban en perseguirla y adorarla. El vulgo cree que todas las
inglesas son sosas; pero yo le aseguro a usted que la que sale donosa vale por
diez. Eva... (suponga usted que se llamaba así) era viuda, y viajaba con una
dama de compañía, sin rumbo fijo a donde le llevaba su imaginación artística y
fogosa. En los cortos momentos que conseguí hablarle, volvióme loco. No me
atrevía a galantearla abiertamente, y sólo con los ojos le revelé el efecto que
en mí causaba.
Debo advertir que no me hizo maldito caso, que me
toreó, y en una vuelta que di me encontré con que había desaparecido, sin que me
fuese posible acertar con ella, por más que la busqué desalado al través de toda
Italia.
Calcule usted mi sorpresa y mi emoción, cuando en el
primer sarao a que asisto en la embajada inglesa en Atenas, me encuentro a Eva
radiante de hermosura, divinamente prendida y dispuesta a valsar. Excuso decir
que inmediatamente me dediqué a cortejarla y a fuerza de atenciones logré
algunas ligeras señales de complacencia, pequeños indicios de que no le era
desagradable mi persona. Sin embargo, en los saraos sucesivos, y en todos los
lugares donde yo procuraba encontrarme con Eva y acompañarla, noté cuán difícil
era ganar terreno en aquel corazón caprichoso y rebelde. Eva me desesperaba con
sus coqueterías y sus arrechuchos; nunca estaba yo seguro de llegar a vencerla;
si me veía alegre me quería triste; y si yo decía negro, ella respondía blanco.
Creo que este sistema me trastornaba más, y ya me encontraba a punto de darme a
todos los demonios, cuando...
-Pero -interrumpí- lo que no sale a relucir es Benito
de Palermo; y confieso que Benito me importa más que la hermosa Eva.
-Cachaza, ya llegaremos a Benito -respondió, sonriendo,
el marqués-. Iba a decir que por entonces fue cuando parte de la colonia inglesa
que se encontraba en Atenas dispuso organizar una excursión a caballo y en
coche, con objeto de visitar la célebre llanura de Maratón.
-¡Ah! -exclamé estremeciéndome involuntariamente-. ¡Ya
sé, ya sé! ¡Con que lo tocó a usted ese chinazo! ¡Qué cosa tan horrible!
-Veo que recuerda usted el episodio. ¿No es para
olvidarlo, no! Toda la Prensa europea habló de eso detenidamente, publicando
grabados, retratos y por menores, día por día. Pues sepa usted que la expedición
se combinó en la embajada entre un rigodón y un vals de Strauss. La colonia
acogió la idea con fruición y entusiasmo; las mujeres, sobre todo, estaban
alborotadísimas. Pero yo, que había conversado largamente con palikaros,
intérpretes y comerciantes judíos, recordé las noticias que me habían dado sobre
una gavilla de bandoleros que infestaba las inmediaciones de Atenas, y cuyo
número, arrojo y sanguinarias costumbres eran motivo suficiente para alarmarse y
reflexionar. Emití un dictamen de prudencia, indicando que convendría, o llevar
numerosa y bien armada escolta, o renunciar al proyecto. Y entonces adquirí la
persuasión de que todos los ingleses tienen vena. Lord*** y los demás, que
formaron parte de la fatal expedición, sonrieron desdeñosamente cuando les hablé
de peligros; y a aquella sonrisa, que ya me encendió la sangre, correspondió Eva
con algunas frases tan secas y burlonas, que me restallaron como latigazos sobre
las mejillas. Vino a decir que el que no se sintiese con ánimos para arrostrar
el riesgo haría mucho mejor en quedarse, pues las inglesas no quieren compañía
sino de gente resuelta, capaz de no achicarse ante los bandidos, caso de
haberlos, que eso estaba por ver. El que recuerde los veintiséis años que yo
tenía y lo enamorado que andaba de Eva comprenderá que me propuse formar parte
de la expedición, aunque supusiese que nos acechaban todos los salteadores del
mundo. ¡Ir con Eva de viaje! ¡Galopar a su lado! ¡Qué felicidad! Y ella, al
conocer mi propósito, giró como una veletita me sonrió, y estuvo conmigo
insinuante, coqueta, hasta mimosa. La excursión quedó fijada para la mañana
siguiente; al despuntar el día nos reuniríamos en un punto dado, fuera de las
murallas de Atenas llevando cada cual o coche o caballo, provisiones y armas. De
los guías se encargaba Lord***.
Aquí aparece Benito de Palermo; no se impaciente usted,
que ya sale el figurón. Nacido en casa de mis padres, yo le llevaba conmigo como
quien lleva un perro de lanas, porque la verdad es que no me servía para maldita
la cosa, pues siempre ha sido torpón y desidioso. Escondiéndole la bebida, aún
se lograba hacer carrera de él, pero en cuanto lo cataba, un cepo, una piedra.
En Atenas a fuerza de prohibir yo en el hotel que le diesen a probar ni vino ni
alcohólicos, íbamos saliendo del paso. Al regresar de la embajada, la víspera de
la excursión, llamo al bueno de Benito, y le doy órdenes y las llaves, y le
encargo repetidamente que al rayar el día tenga mi caballo ensillado y
preparadas mis armas, y me despierte aunque sea a trompicones; hecho lo cual me
adormezco pensando en Eva.
Cuando abro los ojos, el sol entra a torrentes en mi
cuarto. Despavorido, me echo de la cama y miro el reloj; marcaba las once. Grito
como un insensato llamando a Benito. Benito no contesta. Salgo al cuarto del
tocador, de allí al pasillo... y tropiezo con un bulto negro, una bestia que
ronca...; es Benito, ¡Benito, más borracho que un pellejo! Comprendo
instantáneamente... Dueño de mis llaves, había asaltado un armario donde yo
guardaba, entre mis trastos, una cave a liqueurs, y a aquellas horas la
cabalgata se encontraría cerca de Maratón, y yo sería para Eva el ser más
despreciable y más ridículo.
Desde que estaba en el viejo continente, no había
empleado el bejuco. Cegué, y arremetiendo contra el negro, le di tal soba, que
volvió en sí llorando y gimiendo que le asesinaban. Cuando me harté de pegarle,
pensé en ensillar el caballo y reunirme a la comitiva... Pero era preciso buscar
guía, pues de otro modo, ¿cómo orientarme en la planicie? Y antes de que el guía
pareciese, ya se divulgaba por Atenas la noticia espantosa; los bandoleros
habían copado la expedición, cogiendo prisioneros a los expedicionarios, después
de una heroica resistencia y de herir gravemente a alguno; las mujeres habían
sufrido peor suerte, escarnecidas a la vista de sus maridos y hermanos, que,
atados de pies y manos, no las podían defender... Ya supone usted cuál me
quedaría, no he sufrido nunca impresión más atroz.
-Recuerdo el caso... Se llevaron a los ingleses,
exigiendo un enorme rescate y amenazando con atormentarlos mientras el rescate
no llegara... Si no me equivoco a Lord*** le fueron mechando y cortando en
pedacitos: no hay idea de martirio semejante...
-¡Ea!, pues de eso me libré yo por estar Benito
borracho perdido -afirmó el marqués, requiriendo la petaca-. Desde entonces le
dejo beber lo que quiera... y el amo aquí es él.
-Según eso, ¿habrá usted comprendido que un hombre de
color no es un perro?
-Claro que no. Los perros no se emborrachan nunca.
-¿Y Eva? ¿Sufrió el destino de las otras? Estaría muy
bien empleado.
-¡Pues ahora caigo en que falta lo mejor! -exclamó el
marqués-. Eva, por un antojito, porque no le gustaba su traje de amazona,
también se había quedado en Atenas... ¡y si Benito me despierta y acierto a ir
con la expedición, no sólo pierdo la vida, sino los deliciosos ratos que debí a
Eva después..., cuando ya se ablandó su corazón intrépido! |