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Aquella discreta viuda que en Madrid acostumbraba
referirnos cada jueves una historia me ofreció hospitalidad veraniega en la
bonita quinta que poseía a pocos kilómetros de M***, y como todas las tardes
saliésemos de paseo por las inmediaciones, sucedió que un día nos detuvimos ante
la verja de cierta posesión magnífica, cuyo tupido arbolado rebasaba de las
tapias y cuyas canastillas de céspedes y flores se extendían, salpicadas y
refrescadas por lo hilillos claros y retozones de innumerables surtidores y
fuentes que manaban ocultas y se desparramaban en fino rocío, resplandeciendo a
los postreros rayos del sol. Gentiles estatuas de mármol blanqueaban allá entre
las frondas, y el palacio erguía su bella escalinata y su terraza monumental en
el último término que alcanzaba la vista.
A mis exclamaciones de admiración y a mi deseo de
entrar para ver de cerca tan deleitoso sitio, la viuda respondió sonriente:
-Entraremos, ya lo creo... Llame usted; ahí está la
campana... La finca es de un millonario, el señor Barbastro, que se ha gastado
en ella muy buenos pesos duros, y tiene, como es natural, gusto en ostentarla y
lucirla, y en que se la alaben y ponderen.
En efecto, a mi llamada acudió solícito un criado, que,
abierta la verja y con mil reverencias, se dio prisa a guiarnos hasta un mirador
calado, tupido de enredaderas olorosas, donde encontramos a los dueños de la
regia finca, marido y mujer. Él se levantó, obsequioso, con esa cortesía algo
almidonada de los que han residido en América largo tiempo; ella medio se
incorporó, y, toscamente, y a gritos, nos dijo, alargándonos la manaza, aunque a
mí no me había visto hasta aquel crítico instante:
-Miren, miren por ahí cuanto «haiga»... Dicen que está
muy precioso. No se encuentra otra cosa así en toda la provincia. ¡Vaya!...
Tampoco nadie se gastó el dinero como nosotros. ¿Eh, Barbastro?
Observé que al interpelado dueño le salían a la cara
los colores, y mi asombro subió de punto al detallar bien la catadura y pelaje
de la dueña. Era bizca, morena, curtida, de deprimida faz, de frente angosta, de
cabello escaso y recio; en suma: feísima, y, además, ordinaria y zafia. Vestía
de seda, con lujo y faralaes, en sus negruzcos dedos brillaban anillos caros.
Tenía a su lado una mesita cargada con licorera y copas, y no por adorno, pues
cuando me acerqué me echó vaho de anisete. No continué examinando a tan extraña
señora, porque su esposo, acongojado y confuso, se apresuró a sacarnos de allí a
pretexto de enseñarnos «la chocilla». Dejamos a la castellana platicando con la
licorera, y recorrimos el palacio, jardines y bosques, que, en realidad, bien
merecían la detenida visita que les consagrábamos. A medida que nos alejábamos
del mirador y que íbamos admirando y elogiando calurosamente los amplios
estanques, la linda pajarera, las sombrías grutas, las majestuosas alamedas, y
las estufas, en que tibios chorros de vapor sostenían la vegetación de raras
orquídeas, el semblante del poseedor y creador de tantas maravillas se
despejaba, llegando a irradiar ventura y satisfacción de artista aclamado.
Cuando nos despedimos hízonos mil ofrecimientos cordiales; nosotros, por nuestra
parte, le encargamos que presentase nuestros respetos a la señora, pues se
acercaba la noche y no teníamos tiempo de volver al mirador y romper su íntimo
diálogo con el anís.
Naturalmente, al hallarnos otra vez en el camino real,
al vivo trote de las jaquitas indígenas que arrastaban la cesta, mi primera
pregunta a la viuda tuvo por objeto enterarme de la esposa de Barbastro.
-¿Cómo es que un señor tan correcto, tan cortado, tan
digno, se ha casado con esa farota, que parece una labriega?
-No lo parece, lo es -respondió la viuda, saboreando mi
curiosidad-.
Se llama Dominga de Alfónsiga, y antes de casarse
andaba «sachando» el «millo» y recogiendo y apilando el estiércol; ¡buenas manos
tenía para eso, y menudo rejo el de la bellaca!
-¿Y cómo ascendió al tálamo del ricachón? ¿Era bonita?
-¡Bonita, sí! ¡Bonita! Siempre tuvo cara de carbón a
medio apagar; la conocían por el apodo de Morros Negros.
-Vamos, barrunto que en la boda de este señor opulento,
atildado y de unos gustos tan a la moderna, existe alguno de esos enigmas
indescifrables de «elección conyugal» que usted colecciona para un muestrario de
las extravagancias humanas, y que le interesan a título de rareza, de caso
patológico...
-No es indescifrable, pero sí muy peregrino, el caso...
Verá usted. Este señor Barbastro, que no es todavía ningún viejo, salió muy
joven para América; sus padres habían muerto, y la suerte le deparó en
Montevideo un pariente que ya había juntado rico pellón, esa primera millonada,
doblemente difícil de reunir que las segundas. El pariente se aficionó al
muchacho, le adoptó, le adoctrinó, y tuvo la oportunidad de morirse a los dos o
tres años, legándole cuanto poseía. Sobre la base firme de la herencia,
Barbastro especuló y supo lanzarse a grandes empresas con feliz acierto. En
corto tiempo se encontró riquísimo, y asustado por las revueltas y disturbios de
aquel país, no quiso establecerse definitivamente en él -como si aquí viviésemos
en alguna balsa de aceite-. Liquidó su caudal, lo impuso en fondos europeos, y
se vino a su tierra, deseoso de realizar dos ensueños: construir una casa de
campo nunca vista y desposarse con una muchacha sin bienes, pero linda y
virtuosa, como tantas de M***, que es un vergel en este punto.
Empezó por la quinta: primero el nido; después vendría
el ave de amor, el ave tierna y arrulladora. Para la quinta sólo le convenía
este sitio, porque en él radicaba la vieja y ruinosa casita que habitaron
siempre sus padres, y el orgullo de Barbastro era erigir un palacio en reemplazo
de la casucha. Rescató el terreno, que estaba en las garras de un usurero,
compró predios alrededor, y encargó sus planos, los cuales, como suele suceder,
fueron al principio relativamente modestos, y después adquiriendo vuelo y
grandiosidad. La verja que debía rodear la posesión tenía elegante forma oval;
pero Barbastro saltó al notar que por la izquierda, en vez de la línea
armoniosamente desarrollada del otro lado, presentaba una inflexión, una entrada
que parecía un mordisco. ¡Y aquello caía precisamente hacia el frente del
camino, a la parte en que todos tenían que ver la falta! El arquitecto,
interrogado, respondió sin inmutarse:
-¿Qué haremos? Eso es un pedazo de tierra, un prado,
que no nos quieren vender.
-¿Ha ofrecido usted por él una regular cantidad?
-¡Ya lo creo!
-Ofrezca más.
Extraordinaria desazón sufrió Barbastro al saber que la
aldeana poseedora del prado que mordía la finca se mantenía en sus trece. Las
obras empezaron: el palacio surgió del erial; nacieron los encantadores
jardines; pero Barbastro sólo pensaba en el quiñón maldito que desfiguraba su
verja. Fue en persona a hacer proposiciones a Dominga -ella era la propietaria,
ya lo habrá usted adivinado- y encontró una obstinación estúpida y maligna, un
«no» de argamasa, una indiferencia despreciativa hacia el oro de que ya ofrecía
el indiano cubrir literalmente el malhadado pedazo de tierra. El ansia de
adquirir llegó a convertirse en fiebre. Barbastro, en su opulencia, era
desgraciado, porque cada vez que recorría las obras e inspeccionaba la
colocación de la verja, de ricas labores y dorada, envidia y pasmo de M***, le
saltaba a los ojos el defecto, y hubiese dado, no ya dinero, sangre de las
venas, por el trozo de prado que estropeaba su creación. Esta obsesión no la
comprenderá sino el que haya construido en el campo. Hay motas de terruño
colindantes que pueden ser pedazos del alma, médula del deseo...
Así es que, enloquecido, después de luchas estériles,
de ofrecimientos insensatos, de amenazas, de ruegos, de hacer jugar influencias
y de servirse del párroco, que pretendió despertar la obtusa conciencia de
Dominga, una mañana Barbastro entró en la casuca de la aldeana, como quien se
lanza al mar, resuelto a todo..., y encontró una rural Lucrecia, que sólo ante
el ara sagrada rendiría su zahareña y nunca asaltada virtud. Terrible era la
condición; pero Barbastro se hallaba tan ofuscado, tan emperrado, tan fuera de
sí, que cerró los ojos, a manera del que se precipita a un abismo, y... ¡ya lo
sabe usted!, entregó su mano y sus millones a Dominga de Alfónsiga, alias Morros
Negros.
-¡Desdichado! -exclamé, entre chazas y veras.
-¡Y tan desdichado! -repuso la viuda-. Al principio
quiso pulirla; pero, ¡quiá! Más fácil sería hacer de una guija de la carretera
un diamante... Ella, la Domingona, ha vencido en la lucha; hace lo que quiere,
le tiene bajo el zapato; se pasa la vida echando traguetes de licor, y
merendando, y jugando a la brisca con las doncellas y el cocinero; y él para
consolarse de su atroz mujer, enseña a todo el mundo las bellezas de su amada,
de su verdadera novia..., que es la quinta. |