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No se hablaba más que de aquel baile, un acontecimiento
de la vida social madrileña. La antojadiza y fastuosa señora de Cardona había
exigido que no solo la juventud, sino la gente machucha; no solo las damas, sino
los caballeros, todas y todos, en fin, asistiesen «de traje». «No hay -repetía
madame Insausti- más excepción que el nuncio..., y eso porque va 'de traje'
siempre.»
Prohibido salir del apuro con habilidades como narices,
girasoles eléctricos en el ojal, pelucas o trajes de colores. Obligatorio el
traje completo, característico, histórico o legendario.
Se murmuró, naturalmente, de la Cardona (con los sayos
que le cortaron podrían vestirse los concurrentes a la fiesta); se le puso un
nuevo apodo: Villaverde... Pero entre dentellada y dentellada, la gente consultó
grabados y figurines, visitó museos, escribió a París, volvió locos a sastres y
modistas..., y las caras más largas no fueron debidas a la sangría del bolsillo,
sino a omisiones en la lista de invitados.
Quien estaba bien tranquilo era el joven duque de
Lanzafuerte. Al preguntarle Perico Gonzalvo «de qué» pensaba ir, triunfante
sonrisa dilató sus labios. «Voy de abuelo de mí mismo. Ya verás mi martingala»,
añadió satisfecho.
Y es que (en confianza) gastos extraordinarios no le
convenían al duque. Estoy por decir que ni ordinarios. Embrolladísimos andaban
los asuntos de la casa, y gracias que el padre del duque se había muerto a
tiempo; que si dura dos añitos más... En fin: se salió adelante, por la puerta o
por la ventana... Por la ventana, sobre todo. Se vendían cortijos, cuadros de
mérito, literas, tapices... Quedaban aún, testimonio de grandeza pasada, algunas
antiguallas preciosas, y entre ellas, una armadura completa de un paladín
compañero de Carlos V. En esta armadura, arrinconada en una especie de leonera,
se había fijado el duque, haciéndola limpiar de orín, y al parecer limpia vio
que era objeto digno de la Armería, muy semejante (y quizás de la misma mano) al
célebre arnés de parada y guerra del emperador, conocido por «el de los
mascarones». Igual labor milanesa, finísima, de ataujía de oro y plata; igual
empavonado...
A conocerse, hubiese sido cebo de anticuarios y envidia
de coleccionistas. ¿Qué mejor disfraz? ¿Qué cosa más propia de máscaras? Sin
gastos ni cavilaciones, Lanzafuerte sería el rey de la fiesta.
Dicho y hecho. Dos horas antes de la solemne de entrar
en el baile, estaba el duque abierto de brazos y esparrancado de piernas,
dejándose abrochar piezas de la armadura. Fue especialmente arduo el ajuste del
peto y espaldar: se habían olvidado las correas con su hebillaje. Terminada la
difícil obra, se miró el duque en un espejo de cuerpo entero y no se reconoció.
Afeitado el bigote, cayendo a ambos lados del rostro las melenas de la peluca,
era un retrato antiguo bajado del lienzo. La apostura arrogante, la boca
desdeñosa, el diseño de las facciones viril y adamado a un tiempo, convertían al
duque en «doncel» y la raza hirvió en su sangre, causándole la nostalgia de la
edad heroica. «¡Si nazco entonces!», murmuró con orgullo. «Pero ¡ahora...,
claro! No hay medio...» Aumentaba su engreimiento el que la armadura le venía un
poco estrecha. «Soy más hombre que el paladín...»
Al bajar las escaleras, sus ideas tomaron otro giro. Si
no le ayudan los criados, de cabeza al portal. Y precauciones infinitas para
meterse en el coche, para sentarse, para salir, para subir a la regia morada de
Cardona, por peldaños de mármol, entre doble de fila de lacayos empolvados, de
azul librea y calzón corto. En cambio la entrada, de sorprendente efecto.
Destacándose sobre los trajes, que al fin eran disfraces de relumbrón, la
armadura se imponía por el arte, por la verdad, por la seriedad y la extrañeza.
Un guerrero se alzaba del sepulcro, una estatua yacente se había incorporado.
Como animada figura debida al cincel de Pompeyo Leoni, avanzaba el duque,
levantando a su paso murmullos de admiración. Los inteligentes tasaban aquel
noble despojo y lo valuaban en cifras sonoras, con el impudor del hábito de que
todo se venda. Los artistas transportados, clamaban elogios, los preciados de
eruditos recordaban timbres de la casa de Lanzafuerte, y una vez más desfilaba
la clásica lista de nuestros triunfos: San Quintín, Pavía, Orán, Ceriñola. Y el
choque del acero al andar el duque tenía un eco romántico, algo parecido al son
de los escudos en la cabalgata wagneriana. Sólo una voz burlona, casi en la
misma cara de Lanzafuerte, pronunció:
-Se ha disfrazado de héroe para que no le conozca ni su
madre...
Por fin, la maravillosa armadura se confundió entre el
bullicio del baile, en un remolino de cíngaros, andaluces girgels, marquesas
Luis XV, rosas, libélulas y japonesitas de cejas pintadas. El paladín de Carlos
V empezaba a notar indefinible molestia, que fue acentuándose, convirtiéndose en
declarada fatiga.
No podía dudarlo: le pesaba y le apretaba la maldita
armadura... ¡Qué idea haberse metido en semejante caparazón! Ni poder bailar, ni
siquiera estar de pie... ¿Sentarse? ¿Y cómo? ¿Que a lo mejor saltasen las
escarcelas y se quedase allí en calzón de punto? Imposible... Un sudor de
angustia humedeció sus sienes. Irse era exponerse a la chacota... Por fatalidad,
la bella Inés Puenteancha vino a rogarle que hiciese bis en un rigodón.
¿Rigodón? ¿Andar, volverse, inclinarse? Lanzafuerte, acongojado, se excusó lo
mejor que supo... Pidió en el comedor un vaso de ponche helado y experimentó
momentáneo alivio. La Puenteancha le preguntó risueña si estaba malo.
-No es nada... calor... -y a manera de quien huye,
pálido, escalofriado, se escabulló a la serre, casi desierta, y con paso
trabajoso se dirigió a la antesala. Los lacayos le socorrieron, le bajaron en
vilo, avisaron a un coche. Dentro cayó el guerrero, produciendo temeroso ruido.
¡Uf! ¡Por fin! En casa le arrancarían la horrible armadura.
-¡Fuera todo esto, fuera! -gritó cuando estuvo en manos
de sus servidores, que se miraban sorprendidos y descontentos... ¡Ellos que se
prometían una noche de libertad! Y además..., ¡qué compromiso!
-¡Fuera todo, volando! -repetía el duque, abriendo los
brazos otra vez, esparrancando las piernas.
Quitáronle gola, escarcelas, quijotes, grebas,
brazales, cubos, guanteletes... Al llegar a la coraza se pararon.
-¿Qué aguardáis? -interrogó furioso...- ¡Si esto es lo
que más me oprime!
El ayuda de cámara, tartamudeando, se disculpó. ¿No se
acordaba el señor duque? Su coraza, por faltarle el hebillaje y correas, estaba
soldada a fuego.
-¡A fuego! ¡Es verdad! ¡Maldita sea! ¡Volando!... ¡El
armero!... ¡Ya estáis aquí con él!
Nuevas excusas. Confusión. ¡El armero! Si el señor
duque lo deseaba irían...; pero inútil buscar a nadie a la una de la noche del
domingo de Carnaval. Hasta la mañana siguiente...
Ante una orden a rajatabla salieron a caza del armero,
con la convicción de no encontrarle, y quedóse el duque embutido en la coraza,
echado sobre la cama, sin poderse revolver ni resollar. La opresión de su pecho,
la sensación de asfixia eran ya tormento insufrible. Y pasaban las horas de la
noche con cruel lentitud, y comprimía sus pulmones hasta ahogarle una mano de
plomo. ¡Armadura odiosa! ¡Cuánto daría el descendiente de los paladines por
verse libre de ella, por tenerla colgada en la pared, en panoplia decorativa,
luciendo sus labores riquísimas, sus figuras paganas del más puro Renacimiento!
¡En la pared, sí; en el pecho no! ¿Qué sugestión diabólica había sido aquella?
Incrustarse en el molde de otros siglos... ¡y no poder salir! Sentir sobre un
costillaje débil, sobre un corazón sin energía, la cáscara del heroísmo
antiguo... ¡y no romperla! ¡Prisionero de una armadura! El golpe de sus arterias
remedaba el trotar de bridones; el zumbido de la sangre era el fragor de la
batalla...
-Así verás que no es tan fácil disfrazarse de abuelo de
sí mismo -dijo, soltando la carcajada, Perico Gonzalvo, que, según costumbre,
subió a casa de su amigo al retirarse del baile, y penetró en la alcoba de
Lanzafuerte tocando una trompeta de cotillón, toda guarnecida de cascabelitos
dorados...¿Parecerse a la gente de «entonces»? ¡Hombre! Ni en guasa...
Y como Lanzafuerte gimiese medio muerto (ya ni respirar
podía), añadió el gomoso:
-¿Sabes qué me ocurre? España está como tú..., metida
en los moldes del pasado, y muriéndose, porque ni cabe en ellos ni los puede
soltar... Bonito simbolismo, ¿eh? Vaya, voy en persona a traerte alguien que te
libre de ese embeleco... Porque ¡si esperas a los criados...! |