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Cuando Diego Fortaleza visitó la ciudad de Villantigua,
sus amigos y admiradores le tributaron una ovación que dejó memoria. Es de notar
que a la ovación se asociaron todas las clases sociales, distinguiéndose
especialmente las señoras y el clero. Y nada tiene de extraño que despertase
entusiasmo y cosechase fervientes simpatías mozo tan elocuente, de tanto saber,
de corazón tan intrépido y fe tan inquebrantable: el de la frase briosa y
acerada, que defendía en el Parlamento y en el periódico, en los círculos y en
los ateneos, los puros ideales del buen tiempo viejo, la santa intransigencia,
las creencias robustas de nuestros mayores y todo lo que constituyó nuestra
gloria y nuestra grandeza nacional. A la voz de Diego Fortaleza, derrumbábase el
hueco aparato de la ruin civilización presente: resurgía la visión heroica del
poderío y del vigor moral que demostramos antaño, y dijérase que nuestro
eclipsado sol volvía a fulgurar en los cielos. Paladín y poeta ala vez, Diego
arrullaba las esperanzas muertas, y los que le escuchaban creían firmemente que
del caos de nuestra actual organización no podía tardar en salir reconstituida
sobre sus venerados cimientos la España de ayer, la sana, la honrada, la amada,
la llorada, la eterna.
Echaron, pues, la casa por la ventana en Villantigua
para obsequiar al que llamaban Niño de Plata del partido. Hubo solemne velada en
el Círculo tradicionalista, con mucho piano, himnos, discursos y lectura de
composiciones poéticas alusivas; al final, cuando Diego se levantó a pronunciar
«dos palabras», estallaron inmediatamente aplausos frenéticos, y a la salida fue
llevado a su residencia casi en triunfo. No faltó la serenata, ni el banquete
monstruo de ciento ochenta cubiertos, ni se omitió la jira a las pintorescas
orillas del Narrio, ni la visita a la Virgen de la Ortigosa. Las gentes de fuste
de Villantigua sobra decir que se rifaban a Diego, el cual todos los días se
veía precisado a rehusar, en galante forma, varios convites, pues si fuese a
comer dondequiera que le invitaban, no tendría bastante con una docena de
estómagos.
Últimamente, cansado ya de enseñarle iglesias y
paisajes, museos provinciales y fábricas, los gabinetes de física e historia
natural del Instituto, y hasta la colección de monedas medallas que el
respetable numismático señor Mohoso, C. de la Historia, ocultaba a todo el mundo
como un crimen y por especial favor dejó admirar a Diego, los admiradores del
joven diputado resolvieron llevarle a la casa de Orates, o dígase al manicomio.
Con gran acompañamiento de médicos y sacerdotes entró
Diego en la morada triste. El director, avisado de antemano, había puesto orden
en las dependencias, procurando que resaltase y luciese la inteligencia de su
gestión. Sonriendo picarescamente, llevó a Diego al departamento de las locas,
por donde pasaron aprisa, pues a algunas infelices las exaltaba la presencia del
varón, y quitado de su espíritu el freno de la vergüenza, que la razón no
quebranta jamás, declaraban con palabras y aun con acciones su penoso extravío.
Llegados al departamento de los hombres, el director fue mostrando a Diego
varios casos curiosos y dignos de ser observados: un loco místico, cuya manía
era haberse encerrado en una cueva y practicar allí la pobreza, la austeridad y
la oración; un inventor que enseñaba los planos de un globo dirigible a voluntad
y una mecánica de palitroques con la cual declaraba resuelto el problema del
movimiento continuo; un enamorado que escribía el nombre de su amada hasta en
las suelas de las botas, y un economista que proponía planes de hacienda dignos
del famoso arbitrista de Quevedo. Entre tanto tipo original, vio Diego uno que
pareció despertar en sumo grado su interés.
Era un vejezuelo calvo, pálido, de ojos sumidos y
párpados amarillentos. Su rostro tenía algo de sepulcral; diríase que ya no
estaba en el mundo de los vivientes: la ausencia de color, la inmóvil solemnidad
de su fisonomía, eran propias de cadáver. Su voz resonaba hueca y sorda, sin
inflexiones. Hablaba con escogida frase, con palabras dignas y majestuosas, y
tomó por asunto del discurso, que dirigió a Diego, la injusticia que se cometía
al retener cautivo, y en el manicomio, a un hombre cuyo único delito consistía
en haber realizado, a fuerza de cavilaciones, cierto descubrimiento soberano.
Como Diego le preguntase qué descubrimiento era ése, el
loco explicó que se trataba nada menos que de parar el mundo, el pícaro mundo en
que habitamos y que hasta que el día no ha cesado de rodar con perenne y
vertiginoso volteo. Ese giro incesante -añadió el loco- es la causa de todos
nuestros males y luchas. ¿Se concibe que existan paz, estabilidad, instituciones
duraderas y próvidas, en un planeta desquiciado, precipitado en carrera
insensata a través del espacio y sometido a una trepidación profunda que todo lo
desmorona y lo hace polvo? ¿Es mucho que pasen y se desvanezcan los imperios,
las civilizaciones, las grandezas y poderíos, si el mundo, epiléptico, agitado
por perpetua convulsión, no puede evitar cubrirse de ruinas, destrozarse a sí
propio, en el estéril y vano temblor que le consume?
El verdadero redentor de la Humanidad sería el que
lograse fijar con clavos de diamante la esfera andariega y corretona, dándole la
hermosa quietud, la serenidad del reposo, la grandeza de lo inmutable que ya por
sí solo tiene algo de divino. Y ese redentor estaba allí: era él, indignamente
sujeto entre cuatro paredes por los que no le comprendían, ni se daban cuenta de
los beneficios del invento.
Y el loco desarrollaba su vasto plan, el sistema de
poleas, pesos, compensaciones, tornillos y barras que habían de fijar, mal de su
grado, al rebelde planeta, quitándole las ganas de hacer cabriolas...
-¡Con qué atención oía nuestro don Diego a ese demente!
-observó el director, siempre bromista, cuando salieron del patio-. Hasta parece
que se ha quedado meditabundo. ¿A que sí?
-En efecto -contestó Diego, alzando la cabeza-, le
aseguro a usted que me ha dado qué pensar el hombre.
-¡Extraña manía! -advirtió uno de los que acompañaban a
Diego, rico propietario muy rígido y neto en sus ideas-. Es el primer caso que
veo.
Diego calló, y al día siguiente salió de Villantigua,
despedido por entusiasta multitud que quiso vitorearle una vez más.
Honda y amarga fue la decepción que padecieron los
villantigüenses o villantigüeños aquel invierno mismo, cuando se reunieron las
Cortes. ¡Diego Fortaleza, el propio Diego, el Niño de Plata, el adalid del
pasado, apostató, reconociendo lo presente, deponiendo su actitud quijotesca y
noble, envainando su fulgurante espada de arcángel exterminador, y dedicándose
exclusivamente a una campaña de moralidad administrativa, raquítico fin de tan
brillantes esperanzas! La Voz del Empíreo le excomulgó, y La Santa Maldición fue
más lejos, pues le supuso vendido al Gobierno por un plato de lentejas viles. En
Villantigua se organizó un comité numeroso, sin más programa que el de silbar a
Diego Fortaleza cuando aporte otra vez por allí, ¡que no aportará el muy Judas!
La única persona que aún habla bien de Diego es el
director del manicomio, porque el joven diputado le envió varias cajas de
soberbios Londres, con encargo de ofrecer una al loco que ha descubierto la
manera de parar el mundo. |