Cuentos de amor
[Serie de 43 cuentos breves. Textos completos]
Emilia Pardo Bazán |
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El amor asesinado
Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún
medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin
dejarle punto de reposo.
Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper
el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece
el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la
zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó
en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada
punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con
sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.»
Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir
altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos,
defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y
claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un
anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible
y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si
bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se
encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las
hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la
llave.
Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los
intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con
lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en
los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo
que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy
semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno.
Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al
malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él
definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos.
Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía,
sino sólo obtener la victoria.
Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva,
sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz
de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo
inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y
desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole.
Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo
de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y
dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas,
en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se
destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente.
El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido
y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como
varón vigoroso.
Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina
blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y
así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a
estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío.
Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin
embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el
condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad,
caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su
boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus
dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas,
entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos
instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color
de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar...
No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir
digna, respetada, libre..., no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó
las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía,
del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante.
Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El
Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela.
Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal
percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre
que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su
pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía...
El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más
adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado. |
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El viajero
Fría, glacial era la noche. El viento
silbaba medroso y airado, la lluvia caía tenaz, ya en ráfagas, ya en
fuertes chaparrones; y las dos o tres veces que Marta se había
atrevido a acercarse a su ventana por ver si aplacaba la tempestad,
la deslumbró la cárdena luz de un relámpago y la horrorizó el
rimbombar del trueno, tan encima de su cabeza, que parecía echar
abajo la casa.
Al punto en que con más furia se
desencadenaban los elementos, oyó Marta distintamente que llamaban a
su puerta, y percibió un acento plañidero y apremiante que la
instaba a abrir. Sin duda que la prudencia aconsejaba a Marta
desoírlo, pues en noche tan espantosa, cuando ningún vecino honrado
se atreve a echarse a la calle, sólo los malhechores y los perdidos
libertinos son capaces de arrostrar viento y lluvia en busca de
aventuras y presa. Marta debió de haber reflexionado que el que
posee un hogar, fuego en él, y a su lado una madre, una hermana, una
esposa que le consuele, no sale en el mes de enero y con una
tormenta desatada, ni llama a puertas ajenas, ni turba la
tranquilidad de las doncellas honestas y recogidas. Mas la
reflexión, persona dignísima y muy señora mía, tiene el maldito
vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve para amargar
gustos y adobar remordimientos. La reflexión de Marta se había
quedado zaguera, según costumbre, y el impulso de la piedad, el
primero que salta en el corazón de la mujer, hizo que la doncella,
al través del postigo, preguntase compadecida:
-¿Quién llama?
Voz de tenor dulce y vibrante respondió en
tono persuasivo:
-Un viajero.
Y la bienaventurada de Marta, sin meterse
en más averiguaciones, quitó la tranca, descorrió el cerrojo y dio
vuelta a la llave, movida por el encanto de aquella voz tan vibrante
y tan dulce.
Entró el viajero, saludando cortésmente; y
sacudiendo con gentil desembarazo el chambergo, cuyas plumas
goteaban, y desembozándose la capa, empapada por la lluvia,
agradeció la hospitalidad y tomó asiento cerca de la lumbre, bien
encendida por Marta. Esta apenas se atrevía a mirarle, porque en
aquel punto la consabida tardía reflexión empezaba a hacer de las
suyas, y Marta comprendía que dar asilo al primero que llama es
ligereza notoria. Con todo, aun sin decidirse a levantar los ojos,
vio de soslayo que su huésped era mozo y de buen talle, descolorido,
rubio, cara linda y triste, aire de señor, acostumbrado al mando y a
ocupar alto puesto. Sintióse Marta encogida y llena de confusión,
aunque el viajero se mostraba reconocido y le decía cosas
halagüeñas, que por el hechizo de la voz lo parecían más; y a fin de
disimular su turbación, se dio prisa a servir la cena y ofrecer al
viajero el mejor cuarto de la casa, donde se recogiese a dormir.
Asustada de su propia indiscreta conducta,
Marta no pudo conciliar el sueño en toda la noche, esperando con
impaciencia que rayase el alba para que se ausentase el huésped. Y
sucedió que éste, cuando bajó, ya descansado y sonriente, a tomar el
desayuno, nada habló de marcharse, ni tampoco a la hora de comer, ni
menos por la tarde; y Marta, entretenida y embelesada con su labia y
sus paliques, no tuvo valor para decirle que ella no era mesonera de
oficio.
Corrieron semanas, pasaron meses, y en casa
de Marta no había más dueño ni más amo que aquel viajero a quien en
una noche tempestuosa tuvo la imprevisión de acoger. Él mandaba, y
Marta obedecía, sumisa, muda, veloz como el pensamiento.
No creáis por eso que Marta era propiamente
feliz. Al contrario, vivía en continua zozobra y pena. He calificado
de amo al viajero, y tirano debí llamarle, pues sus caprichos
despóticos y su inconstante humor traían a Marta medio loca. Al
principio, el viajero parecía obediente, afectuoso, zalamero,
humilde; pero fue creciéndose y tomando fueros, hasta no haber quien
le soportase. Lo peor de todo era que nunca podía Marta adivinarle
el deseo ni precaverle la desazón: sin motivo ni causa, cuando menos
debía temerse o esperarse, estaba frenético o contentísimo, pasando,
en menos que se dice, del enojo al halago y de la risa a la rabia.
Padecía arrebatos de furor y berrinches injustos e insensatos, que a
los dos minutos se convertían en transportes de cariño y en
placideces angelicales; ya se emperraba como un chico, ya se
desesperaba como un hombre; ya hartaba a Marta de improperios, ya le
prodigaba los nombres más dulces y las ternezas más rendidas.
Sus extravagancias eran a veces tan
insufribles, que Marta, con los nervios de punta, el alma de través
y el corazón a dos dedos de la boca, maldecía el fatal momento en
que dio acogida a su terrible huésped. Lo malo es que cuando
justamente Marta, apurada la paciencia, iba a saltar y a sacudir el
yugo, no parece sino que él lo adivinaba, y pedía perdón con una
sinceridad y una gracia de chiquillo, por lo cual Marta no sólo
olvidaba instantáneamente sus agravios, sino que, por el exquisito
goce de perdonar, sufriría tres veces las pasadas desazones.
¡Que en olvido las tenía puestas.... cuando
el huésped, a medias palabras y con precauciones y rodeos, anunció
que «ya» había llegado la ocasión de su partida! Marta se quedó de
mármol, y las lágrimas lentas que le arrancó la desesperación
cayeron sobre las manos del viajero, que sonreía tristemente y
murmuraba en voz baja frasecitas consoladoras, promesas de escribir,
de volver, de recordar. Y como Marta, en su amargura, balbucía
reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce y vibrante,
alegó por vía de disculpa:
-Bien te dije, niña que soy un viajero. Me
detengo, pero no me estaciono; me poso, no me fijo.
Y habéis de saber que sólo al oír esta
declaración franca, sólo al sentir que se desgarraban las fibras más
íntimas de su ser, conoció la inocentona de Marta que aquel fatal
viajero era el Amor, y que había abierto la puerta, sin pensarlo, al
dictador cruelísimo del orbe.
Sin hacer caso del llanto de Marta (¡para
atender a lagrimitas está él!), sin cuidarse del rastro de pena
inextinguible que dejaba en pos de sí, el Amor se fue, embozado en
su capa, ladeado el chambergo -cuyas plumas, secas ya, se rizaban y
flotaban al viento bizarramente- en busca de nuevos horizontes, a
llamar a otras puertas mejor trancadas y defendidas. Y Marta quedó
tranquila, dueña de su hogar, libre de sustos, de temores, de
alarmas, y entregada a la compañía de la grave y excelente
reflexión, que tan bien aconseja, aunque un poquillo tarde. No
sabemos lo que habrán platicado; sólo tenemos noticias ciertas de
que las noches de tempestad furiosa, cuando el viento silba y la
lluvia se estrella contra los vidrios, Marta, apoyando la mano sobre
su corazón, que le duele a fuerza de latir apresurado, no cesa de
prestar oído, por si llama a la puerta el huésped. |
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El corazón perdido
Yendo una tardecita de paseo por las calles
de la ciudad, vi en el suelo un objeto rojo; me bajé: era un
sangriento y vivo corazón que recogí cuidadosamente. «Debe de
habérsele perdido a alguna mujer», pensé al observar la blancura y
delicadeza de la tierna víscera, que, al contacto de mis dedos,
palpitaba como si estuviese dentro del pecho de su dueño. Lo envolví
con esmero dentro de un blanco paño, lo abrigué, lo escondí bajo mi
ropa, y me dediqué a averiguar quién era la mujer que había perdido
el corazón en la calle. Para indagar mejor, adquirí unos
maravillosos anteojos que permitían ver, al través del corpiño, de
la ropa interior, de la carne y de las costillas -como por esos
relicarios que son el busto de una santa y tienen en el pecho una
ventanita de cristal-, el lugar que ocupa el corazón.
Apenas me hube calado mis anteojos mágicos,
miré ansiosamente a la primera mujer que pasaba, y ¡oh asombro!, la
mujer no tenía corazón. Ella debía de ser, sin duda, la propietaria
de mi hallazgo. Lo raro fue que, al decirle yo cómo había encontrado
su corazón y lo conservaba a sus órdenes de si gustaba recogerlo, la
mujer, indignada, juró y perjuró que no había perdido cosa alguna;
que su corazón estaba donde solía y que lo sentía perfectamente
pulsar, recibir y expeler la sangre. En vista de la terquedad de la
mujer, la dejé y me volví hacia otra, joven, linda, seductora,
alegre. ¡Dios santo! En su blanco pecho vi la misma oquedad, el
mismo agujero rosado, sin nada allá dentro, nada, nada. ¡Tampoco
ésta tenía corazón! Y cuando le ofrecí respetuosamente el que yo
llevaba guardadito, menos aún lo quiso admitir, alegando que era
ofenderla de un modo grave suponer que, o le faltaba el corazón, o
era tan descuidada que había podido perderlo así en la vía pública
sin que lo advirtiese.
Y pasaron centenares de mujeres, viejas y
mozas, lindas y feas, morenas y pelirrubias, melancólicas y
vivarachas; y a todas les eché los anteojos, y en todas noté que del
corazón sólo tenían el sitio, pero que el órgano, o no había
existido nunca, o se había perdido tiempo atrás. Y todas, todas sin
excepción alguna, al querer yo devolverles el corazón de que
carecían, negábanse a aceptarlo, ya porque creían tenerlo, ya porque
sin él se encontraban divinamente, ya porque se juzgaban injuriadas
por la oferta, ya porque no se atrevían a arrostrar el peligro de
poseer un corazón. Iba desesperando de restituir a un pecho de mujer
el pobre corazón abandonado, cuando, por casualidad, con ayuda de
mis prodigiosos lentes, acerté a ver que pasaba por la calle una
niña pálida, y en su pecho, ¡por fin!, distinguí un corazón, un
verdadero corazón de carne, que saltaba, latía y sentía. No sé por
qué -pues reconozco que era un absurdo brindar corazón a quien lo
tenía tan vivo y tan despierto- se me ocurrió hacer la prueba de
presentarle el que habían desechado todas, y he aquí que la niña, en
vez de rechazarme como las demás, abrió el seno y recibió el corazón
que yo, en mi fatiga, iba a dejar otra vez caído sobre los
guijarros.
Enriquecida con dos corazones, la niña
pálida se puso mucho más pálida aún: las emociones, por
insignificantes que fuesen, la estremecían hasta la médula; los
afectos vibraban en ella con cruel intensidad; la amistad, la
compasión, la tristeza, la alegría, el amor, los celos, todo era en
ella profundo y terrible; y la muy necia, en vez de resolverse a
suprimir uno de sus dos corazones, o los dos a un tiempo, diríase
que se complacía en vivir doble vida espiritual, queriendo, gozando
y sufriendo por duplicado, sumando impresiones de esas que bastan
para extinguir la vida. La criatura era como vela encendida por los
dos cabos, que se consume en breves instantes. Y, en efecto, se
consumió. Tendida en su lecho de muerte, lívida y tan demacrada y
delgada que parecía un pajarillo, vinieron los médicos y aseguraron
que lo que la arrebataba de este mundo era la rotura de un
aneurisma. Ninguno (¡son tan torpes!) supo adivinar la verdad:
ninguno comprendió que la niña se había muerto por cometer la
imprudencia de dar asilo en su pecho a un corazón perdido en la
calle. |
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Mi suicidio
A Campoamor
Muerta «ella»; tendida, inerte, en el horrible ataúd de
barnizada caoba que aún me parecía ver con sus doradas molduras de antipático
brillo, ¿qué me restaba en el mundo ya? En ella cifraba yo mi luz, mi regocijo,
mi ilusión, mi delicia toda..., y desaparecer así, de súbito, arrebatada en la
flor de su juventud y de su seductora belleza, era tanto como decirme con
melodiosa voz, la voz mágica, la voz que vibraba en mi interior produciendo
acordes divinos: «Pues me amas, sígueme.»
¡Seguirla! Sí; era la única resolución digna de mi
cariño, a la altura de mi dolor, y el remedio para el eterno abandono a que me
condenaba la adorada criatura huyendo a lejanas regiones.
Seguirla, reunirme con ella, sorprenderla en la otra
orilla del río fúnebre... y estrecharla delirante, exclamando: «Aquí estoy.
¿Creías que viviría sin ti? Mira cómo he sabido buscarte y encontrarte y evitar
que de hoy más nos separe poder alguno de la tierra ni del cielo.»
......................................
Determinado a realizar mi propósito, quise verificarlo
en aquel mismo aposento donde se deslizaron insensiblemente tantas horas de
ventura, medidas por el suave ritmo de nuestros corazones... Al entrar olvidé la
desgracia, y parecióme que «ella», viva y sonriente, acudía como otras veces a
mi encuentro, levantando la cortina para verme más pronto, y dejando irradiar en
sus pupilas la bienvenida, y en sus mejillas el arrebol de la felicidad.
Allí estaba el amplio sofá donde nos sentábamos tan
juntos como si fuese estrechísimo; allí la chimenea hacia cuya llama tendía los
piececitos, y a la cual yo, envidioso, los disputaba abrigándolos con mis manos,
donde cabían holgadamente; allí la butaca donde se aislaba, en los cortos
instantes de enfado pueril que duplicaban el precio de las reconciliaciones;
allí la gorgona de irisado vidrio de Salviati, con las últimas flores, ya secas
y pálidas, que su mano había dispuesto artísticamente para festejar mi
presencia... Y allí, por último, como maravillosa resurrección del pasado,
inmortalizando su adorable forma, ella, ella misma... es decir, su retrato, su
gran retrato de cuerpo entero, obra maestra de célebre artista, que la
representaba sentada, vistiendo uno de mis trajes preferidos, la sencilla y
airosa funda de blanca seda que la envolvía en una nube de espuma. Y era su
actitud familiar, y eran sus ojos verdes y lumínicos que me fascinaban, y era su
boca entreabierta, como para exclamar, entre halago y represión, el «¡qué tarde
vienes!» de la impaciencia cariñosa; y eran sus brazos redondos, que se ceñían a
mi cuello como la ola al tronco del náufrago, y era, en suma, el fidelísimo
trasunto de los rasgos y colores, al través de los cuales me había cautivado un
alma; imagen encantadora que significaba para mí lo mejor de la existencia...
Allí, ante todo cuanto me hablaba de ella y me recordaba nuestra unión; allí, al
pie del querido retrato, arrodillándome en el sofá, debía yo apretar el gatillo
de la pistola inglesa de dos cañones -que lleva en su seno el remedio de todos
los males y el pasaje para arribar al puerto donde «ella» me aguardaba...-. Así
no se borraría de mis ojos ni un segundo su efigie: los cerraría mirándola, y
volvería a abrirlos, viéndola no ya en pintura, sino en espíritu...
La tarde caía; y como deseaba contemplar a mi sabor el
retrato, al apoyar en la sien el cañón de la pistola, encendí la lámpara y todas
las bujías de los candelabros. Uno de tres brazos había sobre el secrétaire de
palo de rosa con incrustaciones, y al acercar al pábilo el fósforo, se me
ocurrió que allí dentro estarían mis cartas, mi retrato, los recuerdos de
nuestra dilatada e íntima historia. Un vivaz deseo de releer aquellas páginas me
impulsó a abrir el mueble.
Es de advertir que yo no poseía cartas de ella: las que
recibía devolvíalas una vez leídas, por precaución, por respeto, por
caballerosidad. Pensé que acaso ella no había tenido valor para destruirlas, y
que de los cajoncitos del secrétaire volvería a alzarse su voz insinuante y
adorada, repitiendo las dulces frases que no habían tenido tiempo de grabarse en
mi memoria. No vacilé -¿vacila el que va a morir?- en descerrajar con violencia
el primoroso mueblecillo. Saltó en astillas la cubierta y metí la mano
febrilmente en los cajoncitos, revolviéndolos ansioso.
Sólo en uno había cartas. Los demás los llenaban
cintas, joyas, dijecillos, abanicos y pañuelos perfumados. El paquete, envuelto
en un trozo de rica seda brochada, lo tomé muy despacio, lo palpé como se palpa
la cabeza del ser querido antes de depositar en ella un beso, y acercándome a la
luz, me dispuse a leer. Era letra de ella: eran sus queridas cartas. Y mi
corazón agradecía a la muerta el delicado refinamiento de haberlas guardado
allí, como testimonio de su pasión, como codicilo en que me legaba su ternura.
Desaté, desdoblé, empecé a deletrear... Al pronto creía
recordar las candentes frases, las apasionadas protestas y hasta las alusiones a
detalles íntimos, de esos que sólo pueden conocer dos personas en el mundo. Sin
embargo, a la segunda carilla un indefinible malestar, un terror vago, cruzaron
por mi imaginación como cruza la bala por el aire antes de herir. Rechacé la
idea; la maldije; pero volvió, volvió..., y volvió apoyada en los párrafos de la
carilla tercera, donde ya hormigueaban rasgos y pormenores imposibles de referir
a mi persona y a la historia de mi amor... A la cuarta carilla, ni sombra de
duda pudo quedarme: la carta se había escrito a otro, y recordaba otros días,
otras horas, otros sucesos, para mí desconocidos...
Repasé el resto del paquete; recorrí las cartas una por
una, pues todavía la esperanza terca me convidaba a asirme de un clavo
ardiendo... Quizá las demás cartas eran las mías, y sólo aquélla se había
deslizado en el grupo, como aislado memento de una historia vieja y relegada al
olvido... Pero al examinar los papeles, al descifrar, frotándome los ojos, un
párrafo aquí y otro acullá, hube de convencerme: ninguna de las epístolas que
contenía el paquete había sido dirigida a mí... Las que yo recibí y restituí con
religiosidad, probablemente se encontraban incorporadas a la ceniza de la
chimenea; y las que, como un tesoro, «ella» había conservado siempre, en el
oculto rincón del secrétaire, en el aposento testigo de nuestra ventura...,
señalaban, tan exactamente como la brújula señala al Norte, la dirección
verdadera del corazón que yo juzgara orientado hacia el mío... ¡Más dolor, más
infamia! De los terribles párrafos, de las páginas surcadas por rengloncitos de
una letra que yo hubiese reconocido entre todas las del mundo, saqué en limpio
que «tal vez».... al «mismo tiempo».... o «muy poco antes»... Y una voz irónica
gritábame al oído: «¡Ahora sí.... ahora sí que debes suicidarte, desdichado!»
Lágrimas de rabia escaldaron mis pupilas; me coloqué,
según había resuelto, frente al retrato; empuñé la pistola, alcé el cañón... y,
apuntando fríamente, sin prisa, sin que me temblase el pulso.... con los dos
tiros.... reventé los dos verdes y lumínicos ojos que me fascinaban. |
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La última ilusión de Don Juan
Las gentes superficiales, que nunca se han tomado el
trabajo de observar al microscopio la complicada mecánica del corazón, suponen
buenamente que a Don Juan, el precoz libertino, el burlador sempiterno, le
bastan para su satisfacción los sentidos y, a lo sumo, la fantasía, y que no
necesita ni gasta el inútil lujo del sentimiento, ni abre nunca el dorado ajimez
donde se asoma el espíritu para mirar al cielo cuando el peso de la tierra le
oprime. Y yo os digo, en verdad, que esas gentes superficiales se equivocan de
medio a medio, y son injustas con el pobre Don Juan, a quien sólo hemos
comprendido los poetas, los que tenemos el alma inundada de caridad y somos
perspicaces.... cabalmente porque, cándidos en apariencia, creemos en muchas
cosas.
A fin de poner la verdad en su punto, os contaré la
historia de cómo alimentó y sostuvo Don Juan su última ilusión..., y cómo vino a
perderla.
Entre la numerosa parentela de Don Juan -que, dicho sea
de paso, es hidalgo como el rey- se cuentan unas primitas provincianas muy
celebradas de hermosas. La más joven, Estrella, se distinguía de sus hermanas
por la dulzura del carácter, la exaltación de la virtud y el fervor de la
religiosidad, por lo cual en su casa la llamaban la Beatita. Su rostro angelical
no desmentía las cualidades del alma: parecíase a una Virgen de Murillo, de las
que respiran honestidad y pureza (porque algunas, como la morena «de la
servilleta», llamada Refitolera, sólo respiran juventud y vigor). Siempre que el
humor vagabundo de Don Juan le impulsaba a darse una vuelta por la región donde
vivían sus primas, iba a verlas, frecuentaba su trato y pasaba con Estrella
pláticas interminables. Si me preguntáis qué imán atraía al perdido hacia la
santa, y más aún a la santa hacia el perdido, os diré que era quizás el mismo
contraste de sus temperamentos.... y después de esta explicación nos quedaremos
tan enterados como antes.
Lo cierto es que mientras Don Juan galanteaba por
sistema a todas las mujeres, con Estrella hablaba en serio, sin permitirse la
más mínima insinuación atrevida; y que mientras Estrella rehuía el trato de
todos los hombres, veníase a la mano de Don Juan como la mansa paloma, confiada,
segura de no mancharse el plumaje blanco. Las conversaciones de los primos podía
oírlas el mundo entero; después de horas de charla inofensiva, reposada y dulce,
levantábanse tan dueños de sí mismos, tan tranquilos, tan venturosos, y Estrella
volaba a la cocina o a la despensa a preparar con esmero algún plato de los que
sabía que agradaban a Don Juan. Saboreaba éste, más que las golosinas, el mimo
con que se las presentaban, y la frescura de su sangre y la anestesia de sus
sentidos le hacían bien, como un refrigerante baño al que caminó largo tiempo
por abrasados arenales.
Cuando Don Juan levantaba el vuelo, yéndose a las
grandes ciudades en que la vida es fiebre y locura, Estrella le escribía difusas
cartas, y él contestaba en pocos renglones, pero siempre. Al retirarse a su
casa, al amanecer, tambaleándose, aturdido por la bacanal o vibrantes aún sus
nervios de las violentas emociones de la profana cita; al encerrarse para
mascar, entre risa irónica, la hiel de un desengaño -porque también Don Juan los
cosecha-; al prepararse al lance de honor templando la voluntad para arrostrar
impávido la muerte; al reír; al blasfemar, al derrochar su mocedad y su salud
cual pródigo insensato de los mejores bienes que nos ofrece el Cielo, Don Juan
reservaba y apartaba, como se aparta el dinero para una ofrenda a Nuestra
Señora, diez minutos que dedicar a Estrella. En su ambición de cariño, aquella
casta consagración de un ser tan delicado y noble representaba el sorbo de agua
que se bebe en medio del combate y restituye al combatiente fuerzas para seguir
lidiando. Traiciones, falsías, perfidias y vilezas de otras mujeres podían
llevarse en paciencia, mientras en un rincón del mundo alentase el leal afecto
de Estrella la Beatita. A cada carta ingenua y encantadora que recibía Don Juan,
soñaba el mismo sueño; se veía caminando difícilmente por entre tinieblas muy
densas, muy frías, casi palpables, que rasgaban por intervalos la luz sulfurosa
del relámpago y el culebreo del rayo, pero allá lejos, muy lejos, donde ya el
cielo se esclarecía un poco, divisaba Don Juan blanca figura velada, una mujer
con los ojos bajos, sosteniendo en la diestra una lamparita encendida y
protegiéndola con la izquierda. Aquella luz no se apagaba jamás.
En efecto, corrían años, Don Juan se precipitaba
despeñado, por la pendiente de su delirio, y las cartas continuaban con
regularidad inalterable, impregnadas de igual ternura latente y serena. Eran tan
gratas a Don Juan estas cartas, que había determinado no volver a ver a su prima
nunca, temeroso de encontrarla desmejorada y cambiada por el tiempo, y no tener
luego ilusión bastante para sostener la correspondencia. A toda costa deseaba
eternizar su ensueño, ver siempre a Estrella con rostro murillesco, de santita
virgen de veinte años. Las epístolas de Don Juan, a la verdad, expresaban vivo
deseo de hacer a su prima una visita, de renovar la charla sabrosa; pero como
nadie le impedía a Don Juan realizar este propósito, hay que creer, pues no lo
realizaba, que la gana no debía de apretarle mucho.
Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió Don
Juan, en vez del ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y
cruzado después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en
que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del espíritu
guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el papel. ¡Oh mujer, oh
agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire! Estrella pedía a don Juan que
ni se sorprendiese ni se enojase, y le confesaba que iba a casarse muy pronto...
Se había presentado un novio a pedir de boca, un caballero excelente, rico,
honrado, a quien el padre de Estrella debía atenciones sin cuento; y los
consejos y exhortaciones de «todos» habían decidido a la santita, que esperaba,
con la ayuda de Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.
Quedó Don Juan absorto breves instantes; luego arrugó
el papel y lo lanzó con desprecio a la encendida chimenea. ¡Pensar que si
alguien le hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le
hubiese tratado de bellaco calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma, sin
rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!
Desde aquel día, Don Juan, el alegre libertino, ha
perdido su última ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás
el resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y el
que aún tenía algo de hombre, es sólo fiera, con dientes para morder y garras
para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una carcajada cínica; su
amor, un latigazo que quema y arranca la piel haciendo brotar la sangre.
Me diréis que la santita tenía derecho a buscar
felicidades reales y goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su
desenfrenado ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la
enana razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de
los poetas, menos malo es ser galeote del vicio que desertor del ideal. La
santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor irrealizable.
Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los dos, el verdadero
soñador. |
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Desquite
Trifón Liliosa nació raquítico y contrahecho, y tuvo la
mala ventura de no morirse en la niñez. Con los años creció más que su cuerpo su
fealdad, y se desarrolló su imaginación combustible, su exaltado amor propio y
su nervioso temperamento de artista y de ambicioso. A los quince, Trifón,
huérfano de madre desde la cuna, no había escuchado una palabra cariñosa; en
cambio, había aguantado innumerables torniscones, sufrido continuas burlas y
desprecios y recibido el apodo de Fenómeno; a los diecisiete se escapaba de su
casa y, aprovechando lo poco que sabía de música, se contrataba en una murga, en
una orquesta después. Sus rápidos adelantos le entreabrieron el paraíso: esperó
llegar a ser un compositor genial, un Weber, un Listz. Adivinaba en toda su
plenitud la magnificencia de la gloria, y ya se veía festejado, aplaudido,
olvidaba su deformidad, disimulada y cubierta por un haz de balsámicos laureles.
La edad viril -¿pueden llamarse así a los treinta años de un escuerzo?- disipó
estas quimeras de la juventud. Trifón Liliosa hubo de convencerse de que era uno
de los muchos llamados y no escogidos; de los que ven tan cercana la tierra de
promisión, pero no llegan nunca a pisar sus floridos valles. La pérdida de
ilusiones tales deja el alma muy negra, muy ulcerada, muy venenosa. Cuando
Trifón se resignó a no pasar nunca de maestro de música a domicilio, tuvo un
ataque de ictericia tan cruel, que la bilis le rebosaba hasta por los
amarillentos ojos.
Lecciones le salían a docenas no sólo porque era, en
realidad, un excelente profesor, sino porque tranquilizaba a los padres su
ridícula facha y su corcova. ¿Qué señorita, ni la más impresionable, iba a
correr peligro con aquel macaco, cuyo talle era un jarrón; cuyas manos,
desproporcionadas, parecían, al vagar sobre las teclas, arañas pálidas a medio
despachurrar? Y se lo espetó en su misma cara, sin reparo alguno, al llamarle
para enseñar a su hija canto y piano, la madre de la linda María Vega. Sólo a un
sujeto «así como él» le permitiría acercarse a niña tan candorosa y tan
sentimental. ¡Mientras mayor inocencia en las criaturas, más prudencia y
precaución en las madres!
Con todo, no era prudente, y menos aún delicada y
caritativa la franqueza de la señora. Nadie debe ser la gota de agua que hace
desbordar el vaso de amargura, y por muy convencido que esté de su miseria el
miserable, recia cosa es arrojársela al rostro. Pensó, sin duda, la
inconsiderada señora que Trifón, habiéndose mirado al espejo, sabría de sobra
que era un monstruo; y, ciertamente, Trifón, se había mirado y conocía su triste
catadura; y así y todo, le hirió, como hiere el insulto cobarde, la frase que le
excluía del número de los hombres; y aquella noche misma, revolviéndose en su
frío lecho, mordiendo de rabia las sábanas, decidió entre sí: «Ésta pagará por
todas; ésta será mi desquite. ¡La necia de la madre, que sólo ha mirado mi
cuerpo, no sabe que con el espíritu se puede seducir a las mujeres que tienen
espíritu también!».
Al día siguiente empezaron las lecciones de María, que
era, en efecto, un niña celestial, fina y lánguida como una rosa blanca, de esas
que para marchitarlas basta un soplo de aire. Acostumbrado Trifón a que sus
discípulas sofocasen la carcajada cuando le veían por primera vez, notó que
María, al contrario, le miraba con lástima infinita, y la piedad de la niña, en
vez de conmoverle, ahincó su resolución implacable. Bien fácil le fue observar
que la nueva discípula poseía un alma delicada, una exquisita sensibilidad y la
música producía en ella impresión profunda, humedeciéndose sus azules ojos en
las páginas melancólicas, mientras las melodías apasionadas apresuraban su
aliento. La soledad y retiro en que vivía hasta que se vistiese de largo y
recogiese en abultado moño su hermosa mata de pelo de un rubio de miel, la
hacían más propensa a exaltarse y a soñar. Por experiencia conocía Trifón esta
manera de ser y cuánto predispone a la credulidad y a las aspiraciones
novelescas. Cautivamente, a modo de criminal reflexivo que prepara el atentado,
observaba los hábitos de María, las horas a que bajaba al jardín, los sitios
donde prefería sentarse, los tiestos que cuidaba ella sola; y prolongando la
lección sin extrañeza ni recelo de los padres, eligiendo la música más
perturbadora, cultivaba el ensueño enfermizo a que iba a entregarse María.
Dos o tres meses hacía que la niña estudiaba música,
cuando una mañana, al pie de cierta maceta que regaba diariamente, encontró un
billetito doblado. Sorprendida, abrió y leyó. Más que declaración amorosa, era
suave preludio de ella, no tenía firma, y el autor anunciaba que no quería ser
conocido, ni pedía respuesta alguna: se contentaba con expresar sus
sentimientos, muy apacibles y de una pureza ideal. María, pensativa, rompió el
billete; pero el otro día, al regar la maceta, su corazón quería salirse del
pecho y temblaba su mano, salpicando de menudas gotas de agua su traje. Corrida
una semana, nuevo billete -tierno, dulce, poético, devoto-; pasada otra más, dos
pliegos rendidos, pero ya insinuantes y abrasadores. La niña no se apartaba del
jardín, y a cada ruido del viento en las hojas pensaba ver aparecerse al
desconocido, bizarro, galán, diciendo de perlas lo que de oro escribía. Mas el
autor de los billetes no se mostraba, y los billetes continuaban, elocuentes,
incendiarios, colocados allí por invisible mano, solicitando respuestas y
esperanzas. Después de no pocas vacilaciones, y con harta vergüenza, acabó la
niña por trazar unos renglones que depositó en la maceta, besándola; y eran la
ingenua confesión de su amor virginal. Varió entonces el tono de las cartas: de
respetuosas se hicieron arrogantes y triunfales; parecían un himno; pero el
incógnito no quería presentarse; temía perder lo conquistado. «¿A qué ver la
envoltura física de un alma? ¿Qué importaba el barro grosero en que se agitaba
un corazón?» Y María, entregado ya completamente el albedrío a su enamorado
misterioso, ansiaba contemplarle, comerle con los ojos, segura de que sería un
dechado de perfecciones, el ser más bello de cuantos pisan la tierra. Ni cabía
menos en quien de tan expresiva manera y con tal calor se explicaba, que María,
sólo con releer los billetes, se sentía morir de turbación y gozo. Por fin,
después de muchas y muy regaladas ternezas que se cruzaron entre el invisible y
la reclusa, María recibió una epístola que decía en sustancia: «Quiero que
vengas a mí»; y después de una noche de desvelo, zozobra, llanto y
remordimiento, la niña ponía en la maceta la contestación terrible: «Iré cuándo
y cómo quieras.»
¡Oh! ¡Que temblor de alegría maldita asaltó a Trifón,
el monstruo, el ridículo Fenómeno, al punto en que dentro de carruaje sin
faroles donde la esperaba, recibió a María con los brazos! La completa oscuridad
de la noche -escogida, de boca de lobo- no permitía a la pobre enamorada ni
entrever siquiera las facciones del seductor... Pero balbuciente, desfallecida,
con explosión de cariño sublime, entre aquellas tinieblas, María pronunció bajo,
al oído del ser deforme y contrahecho, las palabras que éste no había escuchado
nunca, las rotas frases divinas que arranca a la mujer de lo más secreto de su
pecho la vencedora pasión..., y una gota de humedad deliciosa, refrigerante como
el manantial que surte bajo las palmeras y refresca la arena del Sahara, mojó la
mejilla demacrada del corcovado... El efecto de aquellas palabras, de aquella
sagrada lágrima infantil, fue que Trifón, sacando la cabeza por la ventanilla,
dio en voz ronca una orden, y el coche retrocedió, y pocos minutos después
María, atónita, volvía a entrar en su domicilio por la misma puerta del jardín
que había favorecido la fuga.
Gran sorpresa la de los padres de María cuando se
enteraron de que Trifón no quería dar más lecciones en aquella casa; pero mayor
la incredulidad de los contados amigos que Trifón posee cuando le oyen decir
alguna vez, torvo, suspirando y agachando la cabeza:
-También a mí me ha querido, ¡y mucho!, ¡y
desinteresadamente!, una mujer preciosa... |
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El dominó verde
Increíble me pareció que me dejase en paz aquella
mujer, que ya no intentase verme, que no me escribiese carta sobre carta, que no
apelase a todos los medios imaginables para acercarse a mí. Al romper la cadena
de su agobiador cariño, respiré cual si me hubiese quitado de encima un odio
jurado y mortal.
Quien no haya estudiado las complicaciones de nuestro
espíritu, tendrá por inverosímil que tanto deseemos desatar lazos que nadie nos
obligó a atar, y hasta deplorará que mientras las fieras y los animales brutos
agradecen a su modo el apego que se les demuestra, el hombre, más duro e
insensible, se irrite porque le halagan, y aborrezca, a veces, a la mujer que le
brinda amor. Mas no es culpa nuestra si de este barro nos amasaron, si el
sentimiento que no compartimos nos molesta y acaso nos repugna, si las señales
de la pasión que no halla eco en nosotros nos incitan a la mofa y al desprecio,
y si nos gozamos en pisotear un corazón, por lo mismo que sabemos que ha de
verter sangre bajo nuestros crueles pies.
Lo cierto es que yo, cuando vi que por fin guardaba
silencio María, cuando transcurrió un mes sin recibir recados ni epístolas
delirantes y húmedas de lágrimas, me sentí tan bien, tan alegre, que me lancé al
mundo con el ímpetu de un colegial en vacaciones, con ese deseo e instinto de
renovación íntima que parece que da nuevo y grato sabor a la existencia. Acudí a
los paseos, frecuenté los teatros, admití convites, concurrí a saraos y
tertulias, y hasta busqué diversiones de vuelo bajo, a manera de hambriento que
no distingue de comidas. En suma; me desaté, movido por un instinto miserable,
de humorística venganza, que se tradujo en el deseo de regalar a cualquier
mujer, a la primera que tropezase casualmente, los momentos de fugaz embriaguez
que negaba a María -a María, triste y pálida; a María, medio loca por mi
abandono; a María, enferma, desesperada, herida en lo más íntimo por mi
implacable desdén.
Es la casualidad tan antojadiza, en esto de
proporcionar aventuras, que si a veces presenta ocasiones en ramillete, otras
nos brinda una por un ojo de la cara. En muchos días de disipación y bureo, de
rodar por distintas esferas sociales pidiendo guerra, no encontré nada que me
tentase; y ya mi capricho se exaltaba, cuando el domingo de Carnestolendas,
aburrido y por matar el tiempo, entré en el insípido baile de máscaras del
teatro Real.
Transcurrida más de una hora, sentí que empezaba a
hastiarme, y reflexionaba sobre la conveniencia de tomar la puerta y refugiarme
entre sábanas cortando las hojas de un libro nuevo de favorito autor, a tiempo
que cruzó entre el remolino del abigarrado tropel una máscara envuelta en amplio
dominó de rica seda verde. Era la máscara de fino porte y trazas señoriles, cosa
ya de suyo extraña en aquel baile, y noté que con singular insistencia clavaba
en mí los ojos como si desease acercarse y no se atreviese, a pesar de las
franquicias del antifaz. La chispa de las pupilas ardientes de la máscara
determinó en mí un repentino interés, una especie de emoción de la cual me reí
por dentro, pero que me impulsó a hendir la multitud y aproximarme a la
encubierta. Al ir consiguiéndolo, me convencí más y más de que la del verde
dominó era dama, y dama muy principal, y que sólo la curiosidad, o algún empeño
más hondo, debía de haberla arrastrado a un baile de tan mal género. «Grande
será el interés que la trajo aquí -pensé-, y muy visible su posición en la
sociedad para que se venga así, sin la compañía de una amiga, sin el brazo
protector de un hombre. A toda costa quiere que se ignore el lance: que nadie la
reconozca.» Y al advertir que seguía mirándome, que sus ojos me buscaban en
medio del gentío, ocurrióseme que aquel interés decisivo podía ser yo.
Con tal suposición dio un vuelco mi sangre, y jugando
los codos y las rodillas lo mejor que supe, pugné por alcanzar a la gentil
encapuchada. La multitud, desgraciadamente, se arremolinaba compacta y densa,
formando viva muralla que me era imposible romper. De lejos veía asomar la
cabeza del dominó y flotar los lazos complicados de la capucha, que disimulaba
la forma, sin duda hechicera, de la testa juvenil; pero insensiblemente
deslizábase hasta perderse y el miedo de que se escabullese me espoleaba. Iba yo
ganando terreno, más la enmascarada me llevaba gran ventaja, sin duda, y empecé
a recelar que huía de mí, y que, después de derramar en mi alma el veneno de sus
fogosos ojos, ahora me evitaba, se escurría, se volvía duende para evaporarse
como una visión... Este temor que sentí fue ardoroso incentivo del deseo de
reunirme a la máscara. Con sobrehumano esfuerzo rompí la valla que me oprimía, y
aprovechando un resquicio me hallé poco distante del dominó verde. Sólo que
éste, a su vez, apretó el paso y desapareció por una de las puertas del salón.
Una persecución en toda regla emprendí entonces:
persecución franca, ardorosa, caza más bien. Anhelante, acongojado, como si
realmente la mujer que trataba de evadirse fuese algo que me importase mucho,
recorrí velozmente los pasadizos, las escaleras, las galerías, el foyer,
buscando dondequiera a la incitante máscara. Sin duda ella había adivinado con
sagacidad mi violento antojo, pues parecía complacerse en desesperarme; y si
teniéndome lejos se dejaba envolver por algún grupo de hombres o se paraba en
actitud negligente, apenas comprendía que me acercaba, levantaba el vuelo con
ligereza de sílfide y me desorientaba por medio de impensada maniobra. De
improviso alegraba un palco el fresco tono verde del dominó; yo me precipitaba,
y cuando llegaba jadeante a la puerta del palco, la desconocida no estaba ya en
él, sino en otro de más arriba, para subir al cual había que invertir cinco
minutos, tiempo suficiente a que la máscara se enhebrase por un pasillo,
saliendo enfrente de mí a buena distancia. Desolado, loco, con la imaginación
caldeada y secas las fauces por el afán, me apresuraba, bajaba, subía, ponía en
tensión todas las fuerzas de mi cuerpo y de mi espíritu sin dar alcance a la
misteriosa hermosura que (ya era evidente) se complacía en burlarme.
La astucia me sirvió mejor que la agilidad en este
caso. Comprendiendo que tan aristocrático dominó no querría permanecer en el
baile pasadas las primeras horas de la noche y evitaría el momento de las cenas
y de las cabezas calientes; seguro de que sólo había venido allí para marcarme,
y logrado este objeto desaparecería, adiviné que toda su estrategia era batirse
en retirada hacia la puerta, y cortándole la salida la atrapaba de fijo. También
supuse que saldría por el punto más solitario, por la puerta menos alumbrada por
la calle donde es más fácil saltar furtivamente dentro de un coche que espera y
huir sin dejar rastro. Mis cálculos resultaron exactísimos. Me situé en acecho,
con tal fortuna, que al cuarto de hora de espera vi asomar a la encapuchada del
verde dominó, la cual, mirando a uno y otro lado, como recelosa, exploraba el
terreno. Me arrojé a cerrarle el paso, y a mis primeras palabras suplicantes y
rendidas contestó con el chillón falsete habitual en las máscaras, rogándome,
por Dios, que la dejase, que no me opusiese a su marcha y que no insistiese en
acosarla así.
La creí sincera; pero cuanto más demostraba ansia de
evitarme, más crecía en mí la voluntad de detenerla, de que me escuchase de que
me mirase otra vez, de que me amase sobre todo. La vehemencia de aquel súbito
antojo era tal, que si no fuese porque pasaba gente, creo que me dejo caer de
rodillas a los pies del dominó. Hasta me sentí elocuente e inspirado, y noté que
las frases acudían a mis labios incendiarias y dominadoras, con el acento y la
expresión que presta un sentimiento real, aunque sólo dure minutos.
-Si querías huir de mí -dije a la máscara,
estrechándola de cerca-, ¿por qué me miraste con esos ojos que me inflamaron el
corazón? ¿Por qué me clavaste la saeta, dí, si habías de negarte a curar mi
herida? ¿No estás viendo cómo has removido, con esa mirada sola, todo mi ser?
¿No oyes mi voz alterada por la emoción, no observas el trastorno de mis
sentidos, no me ves hecho un loco? ¿No conoces que tengo fiebre? ¿No sabes que
yo te presentía, que adivinaba tu aparición, que vine a este baile en la
seguridad de que tu presencia lo llenaría de luz y de encanto? ¿Y crees que voy
a dejarte escapar así, que lo consentiré, que no te seguiré hasta el infierno?
Si no podrás irte. En tu mirada se delató el amor y sigue delatándose en tu
actitud, en tu agitación, máscara mía.
Era verdad. La máscara, como fascinada, se reclinaba en
la pared. Su cuerpo se estremecía, su seno se alzaba y bajaba precipitadamente,
y al través de los reducidos agujeros del antifaz, vi temblar sobre el negro
terciopelo de sus pupilas dos ardientes lágrimas. Con voz que apenas se oía, y
en la cual también se quebraban los sollozos, murmuró lentamente, cual si
desease grabar sus palabras para siempre en mi memoria.
-Es cierto: sólo por acercarme a ti, por gozar de tu
vista, he adoptado este disfraz, he cometido la locura de venir al baile. Y mira
que extraño caso: queriéndote así, lloro... a causa de que me dices palabras de
amor. Por oírlas con la cara descubierta daría mi sangre. Pero tú, que acabas de
jurar que me adoras, ahora que me ves envuelta en este trapo verde, tú...
huirías de mí si me presentase sin careta. Me has perseguido, me has dado caza,
sólo porque no veías mi rostro. Y ni soy vieja ni fea... ¡No es eso! ¡Mírame y
comprenderás! ¡Mírame y después... ya no tendrás que volver a mirarme nunca!
Y alzándose el antifaz, el dominó verde me enseñó la
cara de mi abandonada, de mi rechazada, de mi desdeñada María... Aprovechando mi
estupor, corrió, saltó al coche que la aguardaba, y al quererme precipitar
detrás de ella oí el estrépito de las ruedas sobre el empedrado.
Desde tan triste episodio carnavalesco sé que lo único
que nos transtorna es un trapo verde. La Esperanza, la máscara eterna, la
encubierta que siempre huye, la que todo lo promete...; la que bajo su risueño
disfraz oculta el descolorido rostro del viejo Desengaño. |
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La aventura del ángel
Por falta menos grave que la de Luzbel, que no alcanzó
proporciones de «caída», un ángel fue condenado a pena de destierro en el mundo.
Tenía que cumplirla por espacio de un año, lo cual supone una inmensa suma de
perdida felicidad; un año de beatitud es un infinito de goces y bienes que no
pueden vislumbrar ni remotamente nuestros sentidos groseros y nuestra mezquina
imaginación. Sin embargo, el ángel, sumiso y pesaroso de su yerro, no chistó;
bajó los ojos, abrió las alas, y con vuelo pausado y seguro descendió a nuestro
planeta.
Lo primero que sintió al poner en él los pies fue
dolorosa impresión de soledad y aislamiento. A nadie conocía, y nadie le conocía
a él tampoco bajo la forma humana que se había visto precisado a adoptar. Y se
le hacía pesado e intolerable, pues los ángeles ni son hoscos ni huraños, sino
sociables en grado sumo, como que rara vez andan solos, y se juntan y acompañan
y amigan para cantar himnos de gloria a Dios, para agruparse al pie de su trono
y hasta para recorrer las amenidades del Paraíso; además están organizados en
milicias y los une la estrecha solidaridad de los hermanos de armas.
Aburrido de ver pasar caras desconocidas y gente
indiferente, el ángel, la tarde del primer día de su castigo, salió de una gran
ciudad, se sentó a la orilla del camino, sobre una piedra miliaria, y alzó los
ojos hacia el firmamento que le ocultaba su patria, y que estaba a la sazón
teñido de un verde luminoso, ligeramente franjeado de naranja a la parte del
Poniente. El desterrado gimió, pensando cómo podría volver a la deleitosa morada
de sus hermanos; pero sabía que una orden divina no se revoca fácilmente, y
entre la melancolía del crepúsculo apoyó en las manos la cabeza, y lloró
hermosas lágrimas de contrición, pues aparte del dolor del castigo, pesábale de
haber ofendido a Dios por ser quien es, y por lo mucho que le amaba. Ya he
cuidado de advertir que, a pesar de su desliz, este ángel era un ángel bastante
bueno.
Apenas se calmó su aflicción, ocurrióle mirar hacia el
suelo, y vio que donde habían caído gotas de su llanto, nacían y crecían y
abrían sus cálices con increíble celeridad muchas flores blancas, de las que
llaman margaritas, pero que tenían los pétalos de finas perlas y el corazoncito
de oro. El ángel se inclinó, recogió una por una las maravillosas flores y las
guardó cuidadosamente en un pliegue de su manto. Al bajarse para la recolección
distinguió en el suelo un objeto blanco -Un pedazo de papel, un trozo de
periódico-. Lo tomó también y empezó a leerlo, porque el ángel de mi cuento no
era ningún ignorante a quien le estorbase lo negro sobre lo blanco; y con gozo
profundo vio que ocupaban una columna del periódico ciertos desiguales
renglones, bajo este epígrafe: A un ángel.
¡A un ángel! ¡Qué coincidencia! Leyó afanosamente, y,
por el contexto de la poesía, dedujo que el ángel vivía en la Tierra y habitaba
una casa en la ciudad, cuyas señas daba minuciosamente el poeta, describiendo la
reja de la ventana tapizada de jazmín, la tapia del jardín de donde se
desbordaban las enredaderas y los rosales, y hasta el recodo de la calle, con la
torre de la iglesia a la vuelta. «Alguno de mis hermanos -pensó el desterrado-
ha cometido, sin duda, otro delito igual al mío y le han aplicado la misma pena
que a mí. ¡Qué consuelo tan grande recibirá su alma cuando me vea!¡Qué felicidad
la suya, y también la mía, al encontrar un compañero! Y no puedo dudar que lo
es. La poesía lo dice bien claro; que ha bajado del cielo, que está aquí en el
mundo, por casualidad, y teme el poeta que se vuelva el día menos pensado a su
patria... ¡Oh ventura! A buscarle inmediatamente».
Dicho y hecho. El ángel se dirigió hacia la ciudad. No
sabía en qué barrio podría vivir su hermano; pero estaba seguro de acertar
pronto. Hasta suponía que de la casa habitada por el ángel se exhalaría un
perfume peculiar que delatase su celestial presencia. Empezó, pues, a recorrer
calles y callejuelas. La luna brillaba, y a su luz clarísima el ángel podía
examinar las rejas y las tapias, y ver por cual de ellas se enramaba el jazmín y
se desbordaban las rosas.
Al fin, en una calle muy solitaria, un aroma que traía
la brisa hizo latir fuertemente el corazón del ángel; no olía a gloria, pero sí
olía a jazmín; y el perfume era embriagador y sutil, como un pensamiento
amoroso. A la vez que percibía el perfume, divisó tras los hierros de una reja
una cara muy bonita, muy bonita, rodeada de una aureola de pelo oscuro... No
cabía duda: aquel era el otro ángel desterrado, el que debía aliviarle la pena
de la soledad. Se acercó a la reja trémulo de emoción.
No archivan las historias el traslado fiel de lo que
platicaron al través de los hierros el ángel verdadero y el supuesto ángel, que
escondía su faz entre el follaje menudo y las pálidas flores del fragante
jazmín. Sin duda desde el primer momento, sin más explicaciones, se convino en
que, efectivamente, era un ángel la criatura resguardada por la reja; habituada
a oírselo llamar en verso, no extrañó que una vez más se le atribuyese en prosa
naturaleza angélica. Así es como los ripios falsean el juicio, y los poetas
chirles hacen más daño que la langosta.
Lo que también comprendió el ángel desterrado fue que
el otro ángel era doblemente desdichado que él, pues se quejaba de no poder
salir de allí, de que le guardaban y vigilaban mucho, de que le tenían sujeto
entre cuatro paredes y de que su único desahogo era asomarse a aquella reja a
respirar el aire nocturno y a echar un ratito de parrafeo. El desterrado
prometió acudir fielmente todas las noches a dar este consuelo al recluso, y tan
a gusto cumplió su promesa que desde entones lo único que le pareció largo fue
el día, mientras no llegaba la grata hora del coloquio.
Cada noche se prolongaba más, y, por último, sólo
cuando blanqueaba el alba y se apagaban las dulces estrellas se retiraba de la
reja el ángel, tan dichoso y anegado en bienestar sin límites, como si nadase
todavía en la luz del empíreo y le asistiese la perfecta bienaventuranza. Sin
embargo, el recluso iba mostrándose descontento y exigente. Sacando los dedos
por la reja y cogiendo los de su amigo, preguntábale, con asomos de mal humor,
cuándo pensaba libertarle de aquel cautiverio.
El ángel, para entretenerle, fue regalándole las
margaritas de corazón de oro y pétalos de perlas; hasta que, muy estrechado ya,
hubo de decir que sin duda el encierro era disposición de Dios, y que no se
debían contrariar sus decretos santos. Una carcajada burlona fue la respuesta
del encerrado, y a la otra noche, al acudir a la reja, el ángel vio con sorpresa
que por la puertecilla del jardín salía una figura velada y tapada, que un brazo
se cogía de su brazo y una voz dulce, apasionada y melodiosa le decía al oído...
«Ya somos libres... Llévame contigo..., escapemos pronto, no sea que me echen de
menos».
El ángel, sobrecogido, no acertó a responder: apretó el
paso y huyeron, no sólo de la calle, sino de la ciudad, refugiándose en el
monte. La noche era deliciosa, del mes de mayo; acogiéronse al pie de un árbol
frondoso; él, saboreando plácidamente, como ángel que era, la dicha de estar
juntos; ella -porque ya habrán sospechado los lectores que se trataba de una
mujer-, nerviosa, sardónica, soltando lagrimitas y haciendo desplantes.
No podía explicarse -ahora que ya no se interponía
entre ellos la reja -cómo su compañero de escapatoria no se mostraba más
vehemente, cómo no formaba planes de vida, cómo no hablaba de matrimonio y otros
temas de indiscutible actualidad. Nada: allí se mantenía tan sereno, tan
contento al parecer, extasiado, sonriendo, abrigándola con su manto de anchos
pliegues y mirando al cielo, lo mismo que si de la luna fuese a caerle en la
boca algún bollo. La mujer, que empezó por extrañarse, acabó por indignarse y
enfurecerse; alejóse algunos pasos, y como el ángel preguntase efectuosamente la
causa del desvío, alzó la mano de súbito y descargó en la hermosa mejilla
angélica solemne y estruendoso bofetón... después de lo cual rompió a correr en
dirección de la ciudad como una loca. Y el abandonado, sin sentir el dolor ni la
afrenta, murmuraba tristemente:
-¡El poeta mentía! ¡No era un ángel! ¡No era un ángel!
Al decir esto vio abrirse las nubes y bajar una legión
de ángeles, pero de ángeles reales y efectivos, que le rodearon gozosos. Estaba
perdonado, había vencido la mayor tentación, que es la de la mujer, y Dios le
alzaba el destierro. Mezclándose al coro luminoso, ascendió el ángel al cielo
entre resplandores de gloria; pero el ascender, volvía la cabeza atrás para
mirar a la Tierra a hurtadillas, y un suspiro hinchaba y oprimía su corazón.
Allí se le quedaba un sueño... ¡Y olía tan bien el jazmín de la reja! |
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El fantasma
Cuando estudiaba carrera mayor en Madrid, todos los
jueves comía en casa de mis parientes lejanos los señores de Cardona, que desde
el primer día me acogieron y trataron con afecto sumo. Marido y mujer formaban
marcadísimo contraste: él era robusto, sanguíneo, franco, alegre, partidario de
las soluciones prácticas; ella, pálida, nerviosa, romántica, perseguidora del
ideal. Él se llamaba Ramón; ella llevaba el anticuado nombre de Leonor. Para mi
imaginación juvenil, representaban aquellos dos seres la prosa y la poesía.
Esmerábase Leonor en presentarme los platos que me
agradaban, mis golosinas predilectas, y con sus propias manos me preparaba, en
bruñida cafetera rusa, el café más fuerte y aromático que un aficionado puede
apetecer. Sus dedos largos y finos me ofrecían la taza de porcelana «cáscara de
huevo», y mientras yo paladeaba la deliciosa infusión, los ojos de Leonor, del
mismo tono oscuro y caliente a la vez que el café, se fijaban en mí de un modo
magnético. Parecía que deseaban ponerse en estrecho contacto con mi alma.
Los señores de Cardona eran ricos y estimados. Nada les
faltaba de cuanto contribuye a proporcionar la suma de ventura posible en este
mundo. Sin embargo, yo di en cavilar que aquel matrimonio entre personas de tan
distinta complexión moral y física no podía ser dichoso.
Aunque todos afirmaban que a don Ramón Cardona le
rebosaba la bondad y a su mujer el decoro, para mí existía en su hogar un
misterio. ¿Me lo revelarían las pupilas color café?
Poco a poco, jueves tras jueves, fui tomándome un
interés egoísta en la solución del problema. No es fácil a los veinte años
permanecer insensible ante ojos tan expresivos, y ya mi tranquilidad empezaba a
turbarse y a flaquear mi voluntad. Después de la comida, el señor de Cardona
salía; iba al Casino o a alguna tertulia, pues era sociable, y nos quedábamos
Leonor y yo de sobremesa, tocando el piano, comentando lecturas, jugando al
ajedrez o conversando. A veces las vecinas del segundo bajaban a pasar un
ratito; otras estábamos solos hasta las once, hora en que acostumbraba a
retirarme, antes de que cerrasen la puerta. Y, con fatuidad de muchacho, pensaba
que era bien singular que no tuviese don Ramón Cardona celos de mí.
Una de las noches en que no bajaron las vecinas -noche
de mayo, tibia y estrellada-, estando el balcón abierto, y entrando el perfume
de las acacias a embriagarme el corazón, me tentó el diablo más fuerte, y
resolví declararme. Ya balbucía entrecortadas las palabras, no precisamente de
pasión, pero de adhesión, rendimiento y ternura, cuando Leonor me atajó
diciéndome que estaba tan cierta de mi leal amistad, que deseaba confiarme algo
muy grave, el terrible secreto de su vida. Suspendí mis confesiones para oír las
de la dama, y me fue poco grato escuchar de sus labios, trémulos de vergüenza,
la narración de un episodio amoroso.
-Mi único remordimiento, mi único yerro -murmuró
acongojada doña Leonor- se llama el marqués de Cazalla. Es, como todos saben, un
perdido y un espadachín. Tiene en su poder mis cartas, escritas en momentos de
delirio. Por recogerlas, no sé qué daría.
Y vi, a la luz de los brilladores astros, que se
deslizaba de las pupilas oscuras una lágrima lenta...
Al separarme de Leonor, llevaba formado propósito de
ver al marqués de Cazalla al día siguiente. Mi petulancia juvenil me dictaba tal
resolución. El marqués, a quien hice pasar mi tarjeta, me recibió al punto en
artístico fumoir y a las primeras palabras relativas al asunto que motivaba mi
visita, se encogió de hombros y pronunció afablemente:
-No me sorprende el paso que usted da; pero le ruego
que me crea, y le empeño palabra de honor de que es la pura verdad cuanto voy a
decirle. Considero el caso de la señora de Cardona el más raro que en mi vida me
ha sucedido. No sólo no poseo ni he poseído jamás los documentos a que esa
señora se refiere, sino que no he tenido nunca el gusto..., porque gusto sería,
de tratarla... ¡Repito que lo afirmo bajo palabra de honor!
Era tan inverosímil la respuesta, que no obstante el
tono de sinceridad absoluta del marqués, yo puse cara escéptica, quizá hasta
insolente.
-Veo que no me cree usted -añadió el marqués entonces-.
No me doy por ofendido. Lo descontaba. Podrá usted dudar de mi palabra; pero ni
usted ni nadie tiene derecho a suponer que soy hombre que rehuye, por medio de
subterfugios, un lance personal. Si lo que busca usted es pendencia, me tiene a
su disposición. Sólo le suplico que antes de resolver esta cuestión de un modo o
de otro consulte... al señor Cardona. He dicho «al señor». No me mire usted con
esos ojos espantados... Oígame hasta que termine. Doña Leonor Cardona, que según
opinión general es una señora honradísima, ha debido de padecer una pesadilla y
soñar que teníamos relaciones, que nos veíamos, que me había escrito, etcétera.
Bajo el influjo de ilusorios remordimientos le ha contado a su marido «todo»....
es decir, «nada»...; pero «todo» para ella; y el marido ha venido aquí como
usted, sólo que más enojado, naturalmente, a pedirme cuentas, a querer beber mi
sangre. Si yo no la tuviese bastante fría, a estas horas pesa sobre mi
conciencia el asesinato de Cardona... o él me habría matado a mí (no digo que no
pudiese suceder). Por fortuna no me aturdí, y preguntando a Cardona las épocas
en que su esposa afirmaba que habían tenido lugar nuestras entrevistas
criminales, pude demostrarle de un modo fehaciente que a la sazón me encontraba
yo en París, en Sevilla o en Londres. Con igual facilidad, probé la inexactitud
de otros datos aducidos por doña Leonor. Así es que el señor Cardona, muy
confuso y asombrado, tuvo que retirarse pidiéndome excusas. Si usted me pregunta
cómo me explico suceso tan extraordinario, le diré que creo que esta señora, a
quien después he procurado conocer (¡por la memoria de mi madre le juro a usted
que antes, ni de vista!...), sufre alguna enfermedad moral.... y ha tenido una
visión...; vamos, que se le ha aparecido un espectro de amor..., y ese espectro,
¡vaya usted a saber por qué!, ha tomado mi forma. Y no hay más... No se admire
usted tanto. Dentro de diez años, si trata usted algunas mujeres, se habituará a
no admirarse de casi nada.
Salí de casa del marqués en un estado de ánimo
indefinible. No había medio de desmentirle, y al mismo tiempo la incredulidad
persistía. Impresionado, no obstante, por las firmes y categóricas declaraciones
del dandi, me dediqué desde aquel punto, no a cortejar a Leonor, sino a observar
a Cardona. Procuré hablarle mucho, hacerle espontanearse, y fui sacando, hilo a
hilo, conversaciones referentes a la fidelidad conyugal, a los lances que puede
originar un error, a las alucinaciones que a veces sufrimos, a los estragos que
causa la fantasía... Por fin, un día, como al descuido, dejé deslizar en el
diálogo el nombre del marqués de Cazalla y una alusión a sus conquistas... Y
entonces Cardona, mirándome cara a cara, con gesto entre burlón y grave,
preguntó:
-¿Qué? ¿Ya te han enviado allá a ti también?
¡Pobrecilla Leonor, está visto que no tiene cura!
No necesité más para confesar de plano mis gestiones, y
Cardona, sonriendo, aunque algo alterada su sonora voz, me dijo:
-Has de saber que cuando fui a casa del marqués de
Cazalla, ya llevaba yo ciertos barruntos y sospechas de la alucinación de
Leonor, de la cual me convencí plenamente después. Si bien no parezco celoso, y
hasta se diría que me pierdo por confiado, he vigilado a Leonor siempre, porque
la quiero mucho, y en ninguna época hubiese podido ella cometer, sin que yo me
enterase, los delitos de que se acusaba. Comprendí que se trataba de una
fantasmagoría, de un sueño, y me resigné a la hipótesis de una falta
imaginaria... ¡Quién sabe si ese fantasma de pasión y arrepentimiento le sirve
de escudo contra la realidad! Lo que te aseguro es que Leonor, viviendo yo,
nunca saldrá de la región de los fantasmas... ¡Y no volvamos a hablar de esto en
la vida!
Aproveché el aviso, y de allí en adelante evité
quedarme a solas con Leonor, y hasta fijar la mirada en sus oscuros ojos,
nublados por la quimera. |
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La perla rosa
Sólo el hombre que de día se encierra y vela muchas
horas de la noche para ganar con qué satisfacer los caprichos de una mujer
querida -díjome en quebrantada voz mi infeliz amigo-, comprenderá el placer de
juntar a escondidas una regular suma, y así que la redondea, salir a invertirla
en el más quimérico, en el más extravagante e inútil de los antojos de esa
mujer. Lo que ella contempló a distancia como irrealizable sueño, lo que apenas
hirió su imaginación con la punzada de un deseo loco, es lo que mi iniciativa,
mi laboriosidad y mi cariño van a darle dentro de un instante... Y ya creo ver
la admiración en sus ojos y ya me parece que siento sus brazos ceñidos a mi
cuello para estrecharme con delirio de gratitud.
Mi único temor, al echarme a la calle con la cartera
bien lastrada y el alma inundada de júbilo, era que el joyero hubiese despachado
ya las dos encantadoras perlas color de rosa que tanto entusiasmaron a Lucila la
tarde que se detuvo, colgada de mi brazo, a golosinear con los ojos el
escaparate. Es tan difícil reunir dos perlas de ese raro y peregrino matiz, de
ese hermoso oriente, de esa perfecta forma globulosa, de esa igualdad absoluta,
que juzgué imposible que alguna señora antojadiza como mi mujer, y más rica, no
la encerrase ya en su guardajoyas. Y me dolería tanto que así hubiese sucedido,
que hasta me latió el corazón cuando vi sobre el limpio cristal, entre un collar
magnífico y una cascada de brazaletes de oro, el fino estuche de terciopelo
blanco donde lucían misteriosamente las dos perlas rosa orladas de brillantes.
Aunque iba preparado a que me hiciesen pagar el
capricho, me desconcertó el alto precio en que el joyero tasaba las perlas.
Todas mis economías, y un pico, iban a invertirse en aquel par de botoncitos, no
más gruesos que un garbanzo chiquitín. Me asaltó la duda -¡soy tan poco experto
en compras de lujo!- de si el joyero pretendería explotar mi ignorancia
pidiéndome, sólo por pedir, un disparate, creyendo tal vez que mi pelaje no era
el de un hombre capaz de adquirir dos perlas rosa. A tiempo que pensaba así,
observé, al través del alto y diáfano vidrio de la tienda, que pasaba por la
acera mi antiguo condiscípulo y mejor amigo Gonzaga Llorente. Ver su apuesta
figura y salir a llamarle fue todo uno. ¿Quién mejor para ilustrarme y
aconsejarme que el elegante Gonzaga, tan al corriente de la moda, tan lanzado al
mundo, tan bien relacionado, que cada visita que hacía a nuestra modesta y
burguesa casa -y hacía bastantes desde algún tiempo acá- yo la estimaba como
especialísima prueba de afecto?
Manifestando cordial sorpresa, Gonzaga se volvió y
entró conmigo en la joyería, enterándose del asunto. Inmediatamente se declaró
admirador de las perlas rosa, y añadió que sabía que andaban bebiendo los
vientos por adquirirlas ciertas empingorotadas señoras, entre las cuales citó a
dos o tres de altisonantes títulos. En un discreto aparte me aseguró que el
precio que exigía el joyero no tenía nada de excesivo, en atención a la
singularidad de las perlas. Y, como yo recelase aún, molestado por el piquillo
que en aquel momento no me era posible abonar, Gonzaga, con su simpática
franqueza, abrió la cartera y me entregó varios billetes bromeando y jurando que
si yo no admitiese tan pequeño servicio, en todos los días de su vida volvería a
mirarme a la cara. ¡Qué miserables somos! No debí aceptar el préstamo; no debí
llevar a mi casa sino lo que pudiese pagar al contado... Pero la pasión me
dominaba y hubiese besado de rodillas la mano que me ofrecía medio de
satisfacerla. Convinimos en que Gonzaga almorzaría con nosotros al día
siguiente, en celebración del estreno de las perlas rosa, y con el estuche en el
bolsillo me dirigí a mi casa disparado; quisiera tener alas.
Lucila trasteaba cuando yo entré, y al verme plantado
delante de ella, diciéndole con cara de beatitud: «Regístrame», comprendió y
murmuró: «Regalo tenemos». Viva y traviesa (¡su manera de ser!) revolvió mis
bolsillos haciéndome cosquillas deliciosas, hasta acertar con el estuche. El
grito que exhaló al ver las perlas fue de esos que no se olvidan jamás. En la
efusión de su agradecimiento, me sobó la cara y hasta me besó... ¡Puede que en
aquel instante me quisiese un poco! No acertaba a creer que joya tan codiciada y
espléndida le perteneciese; no podía convencerse de que iba a ostentarla. Y yo
mismo, desabrochando los sencillos aretes de oro que Lucila llevaba puestos,
enganché las perlas rosa en las orejitas pequeñas, encendidas de placer. Me hace
mucho daño acordarme de estas tonterías, pero me acuerdo siempre.
Al otro día, que era domingo, almorzó en casa Gonzaga,
y estuvimos todos bulliciosos y decidores. Lucila se había puesto el vestido de
seda gris, que le sentaba muy bien, y una rosa en el pecho -una rosa del mismo
color de las perlas-. Gonzaga nos convidó al teatro y nos llevó a Apolo, a una
función alegre, en que sin tregua nos reímos. A la mañana siguiente volví con
afán a mis quehaceres, pues deseaba saldar cuanto antes el pico, resto de las
perlas. Regresé a mi casa a la hora de costumbre, y al sentarme a la mesa, mi
primera mirada fue para las orejas de Lucila. Di un salto y lancé una
interjección al ver que faltaba del diminuto cerco de brillantes una de las
perlas rosa.
-¡Has perdido una perla! -exclamé.
-¿Cómo una perla? -tartamudeó mi mujer echando mano a
sus orejas y palpando los aretes. Al ver que era cierto, quedóse tan aterrada
que me alarmé, no ya por la perla, sino por el susto de Lucila.
-Calma -le dije-. Busquemos, que aparecerá.
Excuso decir que empezamos a mirar y a registrar por
todas partes, recorriendo la alfombra, sacudiendo las cortinas, alzando los
muebles, escudriñando hasta cajones que Lucila afirmaba no haber abierto desde
un mes antes. A cada pesquisa inútil, los ojos de Lucila se arrasaban de
lágrimas. Mientras resolvíamos, se me ocurrió preguntarle:
-¿Has salido esta tarde?
-Sí..., creo que sí... -respondió titubeando.
-¿A dónde?
-A varios sitios... Es decir... Fui.... por ahí.... a
compras...
-Pero... ¿a qué tiendas?
-¡Qué sé yo! A la calle de Postas..., a la plazuela del
Ángel..., a la Carrera...
-¿A pie o en coche?
-A pie... Luego tomé un cochecillo.
-¿No recuerdas el punto.... el número?
-¿Cómo quieres que lo recuerde? ¡Válgame Dios! Si era
un coche que pasaba -objetó nerviosamente Lucila, que rompió a sollozar con
amargura.
-Pero las tiendas sí las recordarás... Dímelas, que iré
una por una, a ver si en el suelo o en el mostrador... Pondremos anuncios...
-¡Si no me acuerdo! ¡Por Dios, déjame en paz! -exclamó
tan afligida que no me atreví a insistir, y preferí aguardar a que se calmase.
Pasamos una noche de inquietud y desvelo. Oí a Lucila
suspirar y dar vueltas en la cama como si no consiguiese dormir. Yo, entre
tanto, discurría modos de recuperar la perla rosa. Levantéme temprano, me vestí,
y a las ocho llamaba a la puerta de Gonzaga Llorente. Había oído decir que la
Policía, en casos especiales, averigua fácilmente el paradero de los objetos
perdidos o robados, y esperaba que Gonzaga, con su influencia y sus altas
relaciones, me ayudaría a emplear este supremo recurso.
-El señorito está durmiendo; pero pase usted al
gabinete, que dentro de diez minutos le entraré el chocolate y preguntaré si
puede usted verle -dijo el criado, al notar mi insistencia y mi premura.
Me avine a esperar. El criado abrió las maderas del
gabinete, en cuyo ambiente flotaban esencias y olor de cigarro. ¡Cuando pienso
en lo distinta que sería mi suerte si aquel criado me hace pasar inmediatamente
a la alcoba...!
Lo cierto es... que al primer alegre rayo de sol que
cruzó las vidrieras, y antes de que el criado me dijese «tome usted asiento», ya
había visto brillar sobre el ribete de paño azul de la piel de oso blanco,
tendida al pie del muelle diván turco, ¡la perla, la perla rosa!
Si esto que me sucedió le sucede a usted, y usted me
pregunta qué debe hacerse en tales circunstancias, yo respondo de seguro con
gran energía: «Coger una espada de la panoplia que supera el diván y
atraversársela por el pecho al que duerme ahí al lado, para que nunca más
despierte». ¿Sabe usted lo que hice? me bajé, recogí la perla, la guardé en el
bolsillo, salí de aquella casa, subí a la mía, encontré a mi mujer levantada y
muy desencajada; la miré y no la ahogué. Con voz tranquila le ordené que se
pusiese los pendientes. Saqué la perla del bolsillo.... y cogiéndola entre los
dedos, le dije:
-Aquí está lo que perdiste. ¿Qué tal, lo encontré
pronto?
Es cierto que al acabar me dio no sé qué arrechucho o
qué vértigo de locura. Eché mano a aquellas orejas diminutas, arranqué de ellas
los pendientes, y todo lo pisoteé. Por fortuna, pude dominarme en el acto.... y
bajar la escalera y refugiarme en el café más próximo, donde pedí coñac...
¿Qué si he vuelto a ver a Lucila?... Una vez.... iba
del brazo de «otro», que ya no era Gonzaga. Por cierto que me fijé en que el
lóbulo de la oreja izquierda lo tiene partido. Sin duda se lo rasgué yo
involuntariamente. |
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Un parecido
No hay discusión más baldía que la de la hermosura. Mil
veces la entablamos en aquella especie de senadillo de gentes al par
desengañadas y curiosas, donde se agitaban tantos problemas a un tiempo
atractivos e insolubles; y siempre -aunque no escaseaban las disertaciones-
quedábamos en mayor confusión. Uno sostenía que la belleza era la corrección de
líneas; otro, que la armonía del color; éste, que la fusión de ambos elementos;
aquél, que la juventud; el de más allá, que la salud y robustez, o el donaire,
chiste y garabato, o el arte del tocador, o la melodía de la voz, y hasta hubo
alguno que identificó la belleza con la bondad y con la inteligencia... Y el
original de Donato Abréu, que solía escuchar callando, al fin se descolgó con la
sentencia siguiente:
-La belleza no es nada.
Acostumbrados a sus salidas, callamos para ver cómo se
desenredaba, y fue así:
-No es nada, nada absolutamente. Si nos ataca a los
presentes una oftalmía, se acabaron líneas, colores, aire de salud, juventud,
adorno... Todo eso estaba en nuestra retina..., y en ninguna parte más.
-¡Vaya una gracia! -exclamamos-. Si empieza usted por
dejarnos ciegos...
-Es que lo están ustedes ya cuando tienen por realidad
lo que no existe fuera de nosotros. ¡Déjenme continuar! Yo aduciré ejemplos.
Ante todo, ¿supongo que se trata de la belleza femenil?
-¡Ah pícaro! -protestó el escultor-. ¡Se refugia usted
ahí..., porque es donde menor refutación tienen sus herejías! A los escultores
no vale cegarnos. Acuérdese usted de aquel que, privado de la vista, admiraba
con las yemas de los dedos el torso de una estatua griega...
-¡Bah! Tampoco ustedes reconocen ley fija, tipo
inalterable... La Venus dormida en su concha, que presentó usted hace dos años y
se llevó la medalla, no se asemeja a la Venus clásica, y no por eso deja de ser
hermosa..., es decir, de parecerlo... Pero no nos salgamos del terreno general,
porque el arte es patrimonio de pocos. ¿Hablábamos de mujeres, sí o no?
-¿De mujeres? ¡Siempre! -afirmó el vizconde de Tresmes,
el cual, según malas lenguas, tenía un pasado asaz borrascoso-. ¿Qué otra cosa
merece la pena de discutirse en este mundo?
-Entonces, pleito ganado -insistió Donato recalcándose
en la butaca-. ¿Sostienen ustedes que la hermosura de determinada mujer es la
causa de los sentimientos especiales que esa mujer nos inspira?
-¿Pues qué había de ser? -repuso Tresmes-. ¿Su fealdad?
O es hermosa, o hermosa la creemos, y de esa belleza nos enamoramos..., más o
menos... ¡Que en eso cabe una escala infinita de grados y matices!
-Oigan -suplicó Donato- no mis razones, sino la
historia muy verdadera de un amigo mío que se ha muerto en el extranjero, porque
no logrando aliviarse de un delito amoroso, se dedicó a viajar, y en Roma una
fiebre palúdica, lo que allí conocen por malaria, le curó la enfermedad de
vivir.
Mi amigo era el hijo de segundas nupcias de un señor
bastante rico. Los otros, fruto del primer tálamo, le adoraban y le ampararon
como padre cuando todos quedaron huérfanos. Casóse el mayor de sus hermanos con
una señorita llamada Jacinta, y mi amigo Marcelo le diremos, por no divulgar su
verdadero nombre, fue a vivir a Madrid con el nuevo matrimonio, para terminar la
carrera de arquitecto. Era «muy bella» la cuñadita Jacinta -ya ven ustedes que
me sirvo de lenguaje usual-, y Marcelo, un día tras otro, confianza va y halago
viene, se prendó de Jacinta con la pasión más tirana. Cuando comprendió su
estado, cuando interpretó su afán, se horrorizó de una inclinación tan culpable
y se propuso esconderla, como se esconde la mancha y la vergüenza, y no dejar
asomar por ningún resquicio ni reflejos de la hoguera que le consumía la médula
de los huesos. Y hubiese cumplido su propósito, a no suceder cosa más terrible
aún: que la señora, objeto de tan reprobable afición, o porque la adivinó o
porque se contagió con ella sin adivinarla, al cabo dio en padecer del mismo
achaque, y menos cauta, lo descubrió con indicios tan claros, que Marcelo,
sintiéndose débil y vencido antes de pelear, apeló a poner tierra en medio...
Dijo a su hermano que se encontraba enfermo, y esto no era sino relativa
mentira, y que necesitaba respirar, por receta del médico, aires puros, aires de
campo; y el hermano, solícito y compadecido, le envió a un cortijo que había
heredado de su suegro, y que por encontrarse en lo más florido y frondoso de la
serranía de Córdoba y ser entonces el mes de abril, debía de estar convertido en
vergel delicioso.
-Habrá comodidad suficiente para ti -advirtió-, porque
el padre de mi Jacinta tenía cariño a ese sitio y lo visitaba de vez en cuando,
aunque Jacinta nunca ha puesto allí los pies, ni yo tampoco. He oído susurrar no
sé qué de la mujer del capataz...; pero ¡si se creyese cuanto se oye! En fin, lo
esencial es que no te faltarán ropas ni muebles... Y si algo te falta, pídelo en
seguida.
Marchó Marcelo asaz desesperado a su Tebaida, y el
capataz le recibió con agasajo, encargando a su hija, mocita como de veinte años
de edad, que sirviese y atendiese al forastero. ¡Imagínense la conmoción que
sufriría éste cuando, al fijar los ojos en el rostro de la hija del capataz, vio
en él una copia perfectísima, un acabado trasunto del de Jacinta! Era semejanza,
no sólo de facciones, sino de expresión, modales y gesto, y, lo que más turbó a
Marcelo, hasta de metal de voz, con un ceceo andaluz que hacía encantador el de
Manuelita la cortijera! Reconoció el enamorado los negros ojos que llevaba
clavados en el corazón, el talle cuyas ondulaciones le causaban vértigo, el
color quebrado de la suave tez que le enloquecía, y acordándose de las
indicaciones de su hermano acerca de la mujer del capataz, no se asombró de
encontrar una nueva Jacinta en la sierra. Al pasar días fue notando que la
serrana poseía mil cualidades preciosas: limpia, fina a su modo, viva y lista
como nadie; ya alegre, ya melancólica; oportuna en replicar, aguda en
comprender, sensible a ratos y arisca a tiempo, sabía, además, rasguear la
guitarra y entonar el polo con un salero que quitaba el sentido. Marcelo,
embelesado, pensó que la misma Providencia le deparaba tan sabroso remedio a sus
enfermedades morales, y se dedicó a la serrana, galanteándola y persiguiéndola
sin tregua, a favor de aquella libertad que da el campo y de las rodadas
ocasiones que brinda el vivir bajo un techo mismo. Manuelita se defendió; pero
al cabo fue ablandándose, y consintió en acudir a una reja baja, donde sin
peligro para su recato podía conversar largamente con Marcelo. Mas lo que suele
costar trabajo en estas lides es el primer triunfo, que los restantes vienen
fatalmente a su hora, y Manuelita, aunque se hizo muy de rogar, acabó por
conceder a Marcelo que una noche, en vez de hablarse por la reja, se hablasen
dentro del aposento que la reja defendía...
El narrador se detuvo un instante, como preparando el
efecto de lo que le faltaba por contar.
-Marcelo entró en aquel cuarto temblando de gozo,
paladeando con la imaginación el bien que esperaba. No se había atrevido
Manuelita a encender luz; pero la de la luna entraba a oleadas por la reja, en
la cual se apoyaba la muchacha ruborizada y acaso medio arrepentida ya, y
alumbraba de lleno su rostro, haciéndole parecer más descolorido, del tono de
los jazmines que lucía apiñados en el negro rodete. Marcelo se adelantó como el
que camina en sueños, y al aproximarse a Manuelita, al rodear con los brazos el
talle curvo que se doblegaba, al respirar con los labios el perfume de las
blancas flores tan próximas a la mejilla fresca y a la garganta tornátil, su
boca exhaló entre hondo suspiro, un nombre... ¡el nombre de «Jacinta»! Y al
oírse, al repetir involuntariamente tal nombre, espantado, como si viese a una
sierpe, se desprendió, retrocedió, se tambaleó y, al fin, huyó, subiendo la
escalera a tientas y encerrándose en su dormitorio.... donde pasó la noche entre
remordimientos y lágrimas para salir a la madrugada camino de Córdoba, y desde
Córdoba a París... ¿Comprenden ustedes el motivo de la conducta de Marcelo?
-Que para él sólo existía Jacinta. Manuelita no había
existido nunca, sino por la pasajera realidad que le comunicó su parecido con
«la otra» -respondimos algo impresionados, reflexionando a pesar nuestro.
-Exactamente... Veo que son ustedes perspicaces... Al
pensar Marcelo que se libertaba de su criminal pasión, lo que hacía era recaer
en ella de plano, satisfacerla, entregarse... ¿Y la belleza? Tan guapa era
Manuela la cortijerita como Jacinta la dama. ¡Acaso más!
-Marcelo se me figura demasiado idealista -indicó
Tresmes en tono desdeñoso.
-Todos lo somos... -declaró Donato-. Y la belleza, una
idea, unas gotas de ilusión, para «uso interno»... |
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Memento
El recuerdo más vivaz de mis tiempos estudiantiles
-dijo el doctor sonriendo a la evocación- no es el de varios amorcillos y lances
parecidos a los que puede contar todo el mundo, ni el de ciertas mejillas
bonitas cuyas rosas embalsamaron mis sueños. Lo que no olvido, lo que a cada
paso veo con mayor relieve, es... la tertulia de mi tía Gabriela, doncella
machucha, a quien acompañaban todas las tardes otras tres viejas apolilladas,
igualmente aspirantes a la palma sobre el ataúd.
Reuníanse las cuatro, según he dicho, por la tarde,
pues de noche las cohibían miedos, achaques y devociones, en el gabinetito,
desde cuyas ventanas se divisaban los ricos ajimeces góticos y los altos muros
de la catedral; y yo solía abandonar el paseo, a tal hora lleno de muchachas
deseosas de escuchar piropos, para encerrarme entre aquellas cuatro paredes
vestidas de un papel rameado que fue verde y ya era blancuzco, sentarme en la
butaca de fatigados muelles, anchota y blandufa, al cabo también anciana, y
recibir de una mano diminuta, seca, cubierta por la rejilla de un mitón negro,
palmadita suave en el hombro, mientras una cascada voz murmuraba:
-Hola, ¿ya viniste, calamidad? Hoy se muere de gozo
Candidita.
De las solteronas, Candidita era la más joven, pues no
había cumplido los sesenta y tres. Según las crónicas de los remotos días en que
Candidita lozaneaba, jamás descolló por su belleza.
Siempre tuvo el ojo izquierdo algo caído y las espaldas
encorvadas en demasía. Lo que en ella pudo agradar fue su seráfica condición.
Poseía Candidita en relación con su nombre de pila, alta dosis de credulidad y
buena fe. Cuanta paparrucha inverosímil se me antojase inventar, la tragaba
Candidita sin esfuerzo; en cambio, no había quién la convenciese de la realidad
de picardía ninguna. Su alma rechazaba la maledicencia como se rechaza un
elemento extraño, de imposible asimilación. Yo me divertía infinito disputando
con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias.... y al
hacerlo sentía germinar en mi corazón una especie de ternura, un misterioso
respeto por la inocente, que sin quitarse su traje de merino negro y sus zapatos
de oreja, subiría al cielo al momento menos pensado.
Mi tía Gabriela, en cambio, era sagaz, lista como una
pimienta. Su vida retirada, en una soñolienta ciudad de provincia le impedía
conocer a fondo el mundo, y acaso exageraba las trastadas y gatuperios que en él
se cometen, pero acercándose a la realidad y juzgando mil veces con maligno
acierto. Preciada de su linaje, con pergaminos y sin talegas, la tía Gabriela
era una señora a la vez modesta e imponente, chapada a la antigua, de alma más
enhiesta que un lanzón; las otras tres solteronas parecían sus damas de honor
antes que sus amigas.
Doña Aparición era la curiosidad de aquel museo
arqueológico. Hermosa y mundana en sus verdores, conservaba, a los setenta y
seis, golpes de coquetería y manías de adorno que hacían fruncir los labios a mí
tía Gabriela, tan majestuosa con su liso hábito del Carmen. El peluquín de doña
Aparición, con bucles y sortijillas de un rubio angelical; su calzado estrecho;
sus guantes claros de ocho botones; sus trajes de seda a rayas verde y rosa; sus
abanicos de gasa azul y el grupo de flores artificiales que prendía
graciosamente su mantilla, nos daban harto que reír.
Como estaba semiciega y casi sorda, y la vestía su
fámula, a lo mejor traía la peluca del revés, o en la nariz el toque de carmín
de las mejillas o los guantes uno lila y otro pajizo; y como padecía de gota, el
cepo de las botitas prietas llegaba a mortificarla tanto, que mi tía le prestaba
unas holgadas pantuflas. En caso tal exclamaba infaliblemente doña Aparición:
¡«Jesús! Nunca me pasó cosa igual. Un pliegue de la media me desolló el talón...
Es un fastidio tener tan fino el cutis.»
No sería doña Peregrina, la cuarta solterona, la que se
impusiese torturas para presumir de pie. Al contrario: se declaraba sans façon.
Reducida a mezquina orfandad, compraba en los ropavejeros sus manteletas color
de ala de mosca. Por lo demás, era mujer de empuje y brío, alta, gruesa, de una
frescura rancia -si es lícito expresarse así-, viva de ojos y arrebatada de
color, amiga de la broma, pero gazmoña a ratos, siempre dentro de la nota del
buen humor y la marcialidad.
¡Cómo me festejaban esas cuatro señoras! Hay sitios
adonde vamos atraídos, no por nuestro gusto, sino por el que damos a los demás.
Diez años haría tal vez que las solteronas no veían de cerca un semblante
juvenil. Mi presencia y mi asiduidad eran un rasgo de galantería de incalculable
precio, que halagaba la nunca extinguida vanidad sentimental de la mujer. El
mozo que quiera ganar buen nombre, sea amable con las viejecitas, con las
desechadas, con las retiradas del juego. Las muchachas nada agradecen. Aquellas
cuatro inválidas, con su manso charloteo, me crearon una reputación fabulosa de
discreto, de galán, de simpático, de estudioso. A su manera, me allanaban el
camino de una lúcida posición y de una boda brillante. En los exámenes yo podía
contestar mal o bien, que segura tenía la nota: tal labor subterránea hacían mis
solteronas con los catedráticos. En mi salud no cesaban de pensar «Vienes
descolorido, Gabriel... ¿Qué tienes? ¡Ojo con las bribonas!» Y me enviaban
remedios caseros, y piperetes y vinos cordiales, y reliquias milagrosas, y hasta
sábanas, por si las de la posada no eran «de confianza» y «bien lavaditas».
A fin de animar la tertulia, se me ocurrió leer en alto
versos y novelas románticas. Auditorio semejante no lo ha soñado ningún lector.
Diríase que, para escuchar, hasta la respiración suspendían. Según avanzaba la
lectura, crecía el interés. Una indignación, cómica a fuerza de ser ingenua,
contra los traidores; un terror vivísimo cuando los buenos iban a caer en las
emboscadas de los malos; un gozo pueril cuando la virtud salía triunfante... Las
exclamaciones me interrumpían. «Ese pillo ¿se equivoca y toma el veneno?
¡Castigo de Dios!» «¡Ay, que si Gontrán entra en el bosque, encuentra al otro
con el puñal! ¡Que no entre, que no entre!» «Jesús; al fin le da la puñalada!»
«¡Infame!» «¿Ve usted cómo el niño que robó el titiritero era hijo de una
princesa?» etcétera. En los episodios vehementes, cuando los amantes se dicen
ternezas al claror de la luna, las solteronas se deshacían. Un leve sonrosado
animaba las mejillas amarillentas; se humedecían los áridos ojos; los encogidos
pechos anhelaban; aparecíase el bello fantasma de la lejana juventud, y un aura
dulce y tibia agitaba un momento aquellos espíritus resignados, como el aire
primaveral agita el polvo de una tierra seca y estéril.
Llegó el plazo en que yo tenía que emprender mi viaje a
la corte, para cursar el doctorado. Di la noticia a mis solteronas, y aunque no
podía sorprenderlas, no fue menor el efecto que produjo. Mi tía Gabriela, sin
perder el compás de la dignidad, se puso temblona y me advirtió, en frases que
revelaban verdadera ternura, que era preciso excusar a los viejos si se
afectaban en las despedidas, porque no estaban seguros de volver a ver a los que
partían. Doña Peregrina manoteó, protestó, bufó, me insultó y, al fin se echó a
llorar como una fuente. Doña Aparición suspiró, alzó la vista al cielo y dijo,
haciendo monerías: «Un joven de estas prendas..., naturalmente, ¡va a lucir en
la corte! Mañana recibirá usted un alfiler de esmeraldas..., qué fue de mi
papá.» Por su parte, Candidita, guardó silencio, y a poco se levantó asegurando
que tenía que hacer una visita urgente. Aproveché el pretexto para abreviar la
escena; salí con ella, la ayudé a ponerse el mantón y le ofrecí el brazo por la
escalera de peldaños carcomidos.
De repente, en el primer descanso, escuché un ahogado
sollozo; unos brazos endebles me rodearon el cuello y una cara fría como la
nieve se pegó a mis barbas. Comprendí de súbito.... y, créanlo ustedes, ¡me
quedé más volado y más compadecido que si viese a mi propia madre de rodillas
ante mí! Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse
desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós,
adiós; ya sabe que se la quiere.» Mas como no me soltaba, me encontré ridículo y
la rechacé... Al hacerlo, me pareció que estaba degollando a una ovejuela
enferma, y la lástima me obligó a volver atrás y corresponder al abrazo de
Candidita con una caricia rápida y violenta, amorosa en el aspecto, filial y
santa en la intención. Después eché a correr, y salí a la calle resulto a no
volver por la tertulia... ¡Ah, eso sí! La caridad tiene sus límites...
Y ahora, que también soy viejo yo, suelo acordarme de
Candidita... ¡Pobre mujer! |
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La caja de oro
Siempre la había visto sobre su mesa, al alcance de su
mano bonita, que a veces se entretenía en acariciar la tapa suavemente; pero no
me era posible averiguar lo que encerraba aquella caja de filigrana de oro con
esmaltes finísimos, porque apenas intentaba apoderarme del juguete, su dueña lo
escondía precipitada y nerviosamente en los bolsillos de la bata, o en lugares
todavía más recónditos, dentro del seno, haciéndola así inaccesible.
Y cuanto más la ocultaba su dueña, mayor era mi afán
por enterarme de lo que la caja contenía. ¡Misterio irritante y tentador! ¿Qué
guardaba el artístico chirimbolo? ¿Bombones? ¿Polvos de arroz? ¿Esencias? Si
encerraba alguna de estas cosas tan inofensivas, ¿a qué venía la ocultación?
¿Encubría un retrato, una flor seca, pelo? Imposible: tales prendas, o se llevan
mucho más cerca, o se custodian mucho más lejos: o descansan sobre el corazón o
se archivan en un secrétaire bien cerrado, bien seguro... No eran despojos de
amorosa historia los que dormían en la cajita de oro, esmaltada de azules
quimeras, fantásticas rosas y volutas de verde ojiacanto.
Califiquen como gusten mi conducta los incapaces de
seguir la pista a una historia, tal vez a una novela. Llámenme enhorabuena
indiscreto, antojadizo y, por contera, entremetido y fisgón impertinente. Lo
cierto es que la cajita me volvía tarumba, y agotados los medios legales, puse
en juego los ilícitos, y heroicos... Mostréme perdidamente enamorado de la
dueña, cuando sólo lo estaba de la cajita de oro; cortejé en apariencia a una
mujer, cuando sólo cortejaba a un secreto; hice como si persiguiese la dicha...
cuando sólo perseguía la satisfacción de la curiosidad. Y la suerte, que acaso
me negaría la victoria si la victoria realmente me importase, me la concedió...,
por lo mismo que al concedérmela me echaba encima un remordimiento.
No obstante, después de mi triunfo, la que ya me
entregaba cuanto entrega la voluntad rendida, defendía aún, con invencible
obstinación, el misterio de la cajita de oro. Desplegando zalameras coqueterías
o repentinas y melancólicas reservas; discutiendo o bromeando, apurando los
ardides de la ternura o las amenazas del desamor, suplicante o enojado, nada
obtuve; la dueña de la caja persistió en negarse a que me enterase de su
contenido, como si dentro del lindo objeto existiese la prueba de algún crimen.
Repugnábame emplear la fuerza y proceder como
procedería un patán, y además, exaltado ya mi amor propio (a falta de otra
exaltación más dulce y profunda), quise deber al cariño y sólo al cariño de la
hermosa la clave del enigma. Insistí, me sobrepujé a mí mismo, desplegué todos
los recursos, y como el artista que cultiva por medio de las reglas la
inspiración, llegué a tal grado de maestría en la comedia del sentimiento, que
logré arrebatar al auditorio. Un día en que algunas fingidas lágrimas
acreditaron mis celos, mi persuasión de que la cajita encerraba la imagen de un
rival, de alguien que aún me disputaba el alma de aquella mujer, la vi
demudarse, temblar, palidecer, echarme al cuello los brazos y exclamar, por fin,
con sinceridad que me avergonzó:
-¡Qué no haría yo por ti! Lo has querido.... pues sea.
Ahora mismo, verás lo que hay en la caja.
Apretó un resorte; la tapa de la caja se alzó y divisé
en el fondo unas cuantas bolitas tamañas como guisantes, blanquecinas, secas.
Miré sin comprender, y ella, reprimiendo un gemido, dijo solemnemente:
-Esas píldoras me las vendió un curandero que realizaba
curas casi milagrosas en la gente de mi aldea. Se las pagué muy caras, y me
aseguró que, tomando una al sentirme enferma, tengo asegurada la vida. Sólo me
advirtió que si las apartaba de mí o las enseñaba a alguien, perdían su virtud.
Será superstición o lo que quieras: lo cierto es que he seguido la prescripción
del curandero, y no sólo se me quitaron achaques que padecía (pues soy muy
débil), sino que he gozado salud envidiable. Te empeñaste en averiguar... Lo
conseguiste... Para mí vales tú más que la salud y que la vida. Ya no tengo
panacea; ya mi remedio ha perdido su eficacia; sírveme de remedio tú; quiéreme
mucho, y viviré.
Quedéme frío. Logrado mi empeño, no encontraba dentro
de la cajita sino el desencanto de una superchería y el cargo de conciencia del
daño causado a la persona que, al fin, me amaba. Mi curiosidad, como todas las
curiosidades, desde la fatal del Paraíso hasta la no menos funesta de la ciencia
contemporánea, llevaba en sí misma su castigo y su maldición. Daría entonces
algo bueno por no haber puesto en la cajita los ojos. Y tan arrepentido que me
creí enamorado; cayendo de rodillas a los pies de la mujer que sollozaba,
tartamudeé:
-No tengas miedo... Todo eso es una farsa, un indigno
embuste... El curandero mintió... Vivirás, vivirás mil años... Y aunque hubiesen
perdido su virtud las píldoras, ¿qué? Nos vamos a la aldea, y compramos otras...
Todo mi capital le doy al curandero por ellas.
Me estrechó, y sonriendo en medio de su angustia,
balbuceó a mi oído:
-El curandero ha muerto.
Desde entonces, la dueña de la cajita -que ya no la
ocultaba ni la miraba siquiera, dejándola cubrirse de polvo en un rincón de la
estantería forrada de felpa azul- empezó a decaer, a consumirse, presentando
todos los síntomas de una enfermedad de languidez, refractaria a los remedios.
Cualquiera que no me tenga por un monstruo supondrá que me instalé a su cabecera
y la cuidé con caridad y abnegación. Caridad y abnegación digo, porque otra cosa
no había en mí para aquella criatura de quien había sido verdugo involuntario.
Ella se moría, quizá de pasión de ánimo, quizá de aprensión, pero por mi culpa;
y yo no podía ofrecerle, en desquite de la vida que le había robado, lo que todo
lo compensa: el don de mí mismo, incondicional, absoluto. Intenté engañarla
santamente para hacerla dichosa, y ella, con tardía lucidez, adivinó mi
indiferencia y mi disimulado tedio, y cada vez se inclinó más hacia el sepulcro.
Y al fin cayó en él, sin que ni los recursos de la
ciencia ni mis cuidados consiguiesen salvarla. De cuantas memorias quiso legarme
su afecto, sólo recogí la caja de oro. Aún contenía las famosas píldoras, y
cierto día se me ocurrió que las analizase un químico amigo mío, pues todavía no
se daba por satisfecha mi maldita curiosidad. Al preguntar el resultado del
análisis, el químico se echó a reír.
-Ya podía usted figurarse -dijo- que las píldoras eran
de miga de pan. El curandero (¡si sería listo!) mandó que no las viese nadie...,
para que a nadie se le ocurriese analizarlas. ¡El maldito análisis lo seca todo! |
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La sirena
No es posible pintar el cuidado y desvelo con que la
ratona madre atendió a su camada de ratoncillos. Gordos y lucios los crió, y
alegres y vivarachos, y con un pelaje ceniciento tan brillante que daba gozo; y
no queriendo dejar lo divino por lo humano, prodigó a sus vástagos avisos
morales, sabios y rectos, y los puso en guardia contra las asechanzas y peligros
del pícaro mundo. «Serán unos ratones de seso y buen juicio», decía para sí la
ratona, al ver cuan atentamente la oían y cómo fruncían plácidamente el
hociquillo en señal de gustosa aprobación.
Mas yo os contaré aquí, muy en secreto, que los
ratoncillos se mostraban tan formales porque aún no habían asomado la cabeza
fuera del agujero donde los agasajaba su mamá. Practicada en el tronco de un
árbol la madriguera, los cobijaba a maravilla, y era abrigada en invierno y
fresca en verano, mullida siempre, y tan oculta, que los chiquillos de la
escuela ni sospechaban que allí habitase una familia ratonil.
Sin embargo, de los tres de la nidada, uno ya empezaba
a desear sacar el hocico, a soñar con retozos, deportes y correteos por el verde
prado que al pie del árbol se extendía alegre e incitante, esmaltado de varias
flores y bullente de insectos, mariposas y reptiles. «Me gustaría por los
gustares bajar ahí», pensaba el joven ratón, sin atreverse a decirlo en voz
alta, de puro miedo, a su madre. Un día que se le escapó alguna señal de su
deseo, la madre exclamó trémula de espanto: «Ni en broma lo digas, criatura. Si
no quieres que me disguste mucho, no vuelvas a hablar de salir al prado».
¿Creeréis que la prohibición le quitó al ratoncillo las
ganas? ¡Bah! Ya sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo. No
atreviéndose a bajar aún el antojadizo, se pasaba las horas muertas mirando al
prado deleitable. ¡Qué bueno sería trotar por entre aquella hierba suave y
perfumada! ¡Qué simpático remojarse en el limpio arroyuelo que bañaba de aljófar
las raíces de sauces y mimbreras! ¡Qué divertido dar caza a los viboreznos y
lagartijas que se deslizaban estremeciendo el follaje y haciendo relumbrar al
sol los tonos metálicos de su elegante cuerpo! ¿Por qué, vamos a ver, por qué
prohibía tan inocentes recreos la madre ratona?
Un día que la mamá había salido, según costumbre, en
busca de sustento para su prole, el hijo se asomó al agujero, echando más de la
mitad del tronco fuera. De pronto sintió como un choque eléctrico y vio que
cruzaba por el prado un ser encantador. Era ni más ni menos que una gatita
blanca como la nieve, que fijaba en el ratoncillo sus anchas pupilas de
esmeralda.
Quedóse el ratón fascinado, absorto. Nunca había visto
cosa más linda que la tal gata blanca. ¡Qué gracia y gentileza en sus
movimientos, qué soltura en su flexible andar, qué monería en su cara picaresca,
y qué virginal candor en su ropaje de armiño! ¡Y qué decir de aquellos ojos
verdes con reflejos áureos, aquellos ojos cuyo mirar derretía, incendiaba el
corazón!
A no estar tan próxima la hora en que solía regresar a
la guarida la madre, el ratón se hubiese arrojado sin vacilar de su nido para
acercarse a la preciosa gata. Le contuvieron el temor y el hábito de obedecer,
que siempre reprime un tanto, al principio, los ímpetus rebeldes; pero lo que no
acertó a sujetar fue su lengua, y loco de entusiasmo refirió a la mamá cómo le
tenía fuera de sí la aparición de la gata celeste.
-Qué, ¿has visto a ese monstruo? -exclamó la madre.
-¡Monstruo una criatura tan encantadora! -suspiró el
ratoncillo.
-Monstruo horrible, el más funesto, el más sanguinario,
el más atroz que, por tu negra suerte, pudiste encontrar. Huye de él, hijo mío,
como del fuego; mira que en huir te va la vida; mira que tu padre pereció en las
garras de esa maldita fiera, y que todas mis lágrimas son obra suya.
-Madre -repuso atónito el ratoncillo-, apenas puedo
creer lo que me aseguras. El agua que corre limpia y clara entre las flores del
prado no tiene los matices de aquellos ojos cándidos, ya verdes, ya azulados,
siempre dulces, donde siempre juega misteriosamente la luz. Los pétalos de las
azucenas y de los lirios del valle ceden en blancura a su nevada piel, que debe
de ser más suave que el terciopelo y más flexible que la seda. ¿Cómo quieres que
vea un monstruo sanguinario y horrible en la gata? ¡Ay, madre!, desde que la
contemplé, sólo en ella pienso. Cuanto no es ella, me parece indigno de existir.
Antes me gustaban el prado, y el cielo, y los árboles. Ahora todo me cansa y
todo lo desprecio. Madre, cúrame de este mal, porque me siento tan triste que
creo que se me va a acabar la vida.
Ya supondréis que la pobre ratona haría cuanto cabe
para distraer y aliviar a su retoño. A fin de cambiar sus pensamientos en otros
más lícitos, llevóle al agujero de unas ratas algo parientas suyas, jóvenes,
ricas y honradas, que vivían royendo el trigo del repleto granero; pero el ratón
se aburría de muerte entre los montones de grano, en la oscuridad de la troj, y
echaba de menos el prado, que iluminaba, antes que el sol, la presencia de la
gata blanca. Porque ya varias veces la había visto pasar juguetona y ligera,
fijando sus radiantes pupilas en las inaccesibles alturas del árbol, y siempre
que la gata aparecía, el ratón sentía ensanchársele la vida y escapársele el
alma -sí, el alma, porque el amor hasta en las bestias la infunde- detrás de
aquella maga de los verdes ojos.
No hubiese querido la ratona en tan críticas
circunstancias separarse un minuto de su hijo; pero era forzoso salir a cazar, a
procurar subsistencia para la familia, y llegó una mañana en que habiendo
madrugado la ratona a dejar el nido antes de que amaneciese, el joven ratón,
pensativo y melancólico, se asomó al agujero para ver nacer el día. Recta faja
dorada franjeó el horizonte; poco a poco la bruma se rasgó y fue absorbiéndose
en la clara pureza del cielo, por donde el sol ascendía como una rosa de oro
pálido; los pajaritos saludaron su gloriosa luz con un himno de alegría
alborozada y triunfal, y sobre la hierba, aljofarada aún de rocío, como sobre
una red de diamantes, mostróse pasando con aristocrática delicadeza y remilgada
precaución la hermosa gata blanca.
Exhaló el ratón un chillido de júbilo; la gata le
miraba, parecía llamarle, invitarle a que descendiese. «¿Quieres jugar
conmigo?», preguntóle él, sin reflexionar, sin acordarse para nada de las
maternales advertencias. «Baja», pareció contestar con sus ojos misteriosos la
gatita.
Y el ratón bajó aprisa, disparado, ebrio de felicidad,
y el juego dio principio, con muchos saltos y carreras. Fingía huir la gata,
escondíase entre sauces y mimbres, y cuando el ratón se cansaba de perseguirla,
ella se dejaba caer sobre la muelle alfombra del prado, y, escondiendo las uñas,
recibía con las patitas de terciopelo al ratón, y ya le despedía, en broma, ya
le estrechaba, retozando, en deleitosa mezcla e indescifrable confusión de
tratamiento ásperos y dulces.
Nunca sabía el ratón, en aquel juego de veleidades, si
iba a ser acogido con demostración tierna y mimosa o con fiero y desdeñoso
zarpazo; y en los amados ojos de la esfinge tan pronto veía piélagos de
voluptuosidad y relámpagos de risa, como destellos de ferocidad y chispazos
sombríos y crueles. Más de una vez creyó notar que las patitas blandas y muertas
se crispaban de súbito, y que bajo lo afelpado de la piel surgían uñas de acero.
¡Y cosa rara! No bien pensaba advertir síntomas tan alarmantes, el ratón cerraba
los párpados y volvía gozoso y tembloroso a solazarse con la gata blanca.
Duraba aún el juego, cuando, por la tarde, regresó la
ratona y vio de lejos la escena y a su hijo mano a mano con el monstruo.
Llorando y desesperada, gritóle desde lejos: «¡Hijo mío, que te pierdes!» El
ratón, por supuesto, no le hizo maldito caso. ¡Sí, para oír consejos estaba él!
Subido al quinto cielo, nunca el juego le había encantado más. La gata, por el
contrario, empezaba a fatigarse y a sospechar que había perdido bastante tiempo
con un ratoncillo de mala muerte; y al notar que iba a ponerse el sol, que se
hacía tarde, sin modificar apenas su actitud, siempre graciosa y juguetona, como
el que no hace nada, torció la cabeza, aseguró con la boca al ratoncillo, hincó
los agudos dientes..., y lo lanzó al aire palpitante y moribundo, para recibirlo
en las uñas, tendidas con violencia feroz...
A punto que una nube de sangre cubría ya los ojos del
desdichado, y el delirio de la agonía ofuscaba sus sentidos, todavía pudo oírse
como murmuraba débilmente: «¿Quieres jugar conmigo, gatita blanca?»
Por eso su madre hizo mal en llorar amargamente al
incauto ratón. ¡El expiró tan satisfecho, tan a gusto! |
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Así y todo...
-La sanción penal para la mujer -dijo en voz incisiva
Carmona, aficionado a referir casos de esos que dan escalof | |