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Ya conocéis la historia de aquella dama del abanico,
aquella viudita del Celeste Imperio que, no pudiendo contraer segundas nupcias
hasta ver seca y dura la fresca tierra que cubría la fosa del primer esposo, se
pasaba los días abanicándola a fin de que se secase más presto. La conducta de
tan inconstante viuda arranca severas censuras a ciertas personas rígidas; pero
sabed que en las mismas páginas de papel de arroz donde con tinta china escribió
un letrado la aventura del abanico, se conserva el relato de otra más terrible,
demostración de que el santo Fo -a quien los indios llaman el Buda o Saquiamuni-
aún reprueba con mayor energía a los hipócritas intolerantes que a los débiles
pecadores.
Recordaréis que mientras la viudita no daba paz al
abanico, acertaron a pasar por allí un filósofo y su esposa. Y el filósofo, al
enterarse del fin de tanto abaniqueo, sacó su abanico correspondiente -sin
abanico no hay chino- y ayudó a la viudita a secar la tierra. Por cuanto la
esposa del filósofo, al verle tan complaciente, se irguió vibrando lo mismo que
una víbora, y a pesar de que su marido le hacía señas de que se reportase, hartó
de vituperios a la abanicadora, poniéndola como solo dicen dueñas irritadas y
picadas del aguijón de la virtuosa envidia. Tal fue la sarta de denuestos y
tantas las alharacas de constancia inexpugnable y honestidad invencible de la
matrona, que por primera vez su esposo, hombre asaz distraído, a fuer de sabio,
y mejor versado en las doctrinas del I-King que en las máculas y
triquiñuelas del corazón, concibió ciertas dudas crueles y se planteó el
problema de si lo que más se cacarea es lo más real y positivo; por lo cual, y
siendo de suyo propenso a la investigación, resolvió someter a prueba la
constancia de la esposa modelo, que acababa de abrumar y sacar los colores a la
tornadiza viuda.
A los pocos días se esparció la voz de que la ciencia
sinense había sufrido cruel e irreparable pérdida con el fallecimiento del
doctísimo Li-Kuan -que así se llamaba nuestro filósofo- y de que su esposa Pan-Siao
se hallaba inconsolable, a punto de sucumbir a la aflicción. En efecto, cuantos
indicios exteriores pueden revelar la más honda pena, advertíanse en Pan-Siao el
día de las exequias: torrentes de lágrimas abrasadoras, ojos fijos en el cielo
como pidiéndole fuerzas para soportar el suplicio, manos cruzadas sobre el
pecho, ataques de nervios y frecuentes síncopes, en que la pobrecilla se quedaba
sin movimiento ni conciencia, y sólo a fuerza de auxilios volvía en sí para
derramar nuevo llanto y desmayarse con mayor denuedo.
Entre los amigos que la acompañaban en su tribulación
se contaba el joven Ta-Hio, discípulo predilecto del difunto, y mancebo en quien
lo estudioso no quitaba lo galán. Así que se disolvió el duelo y se quedó sola
la viudita, toda suspirona y gemebunda, Ta-Hio se le acercó y comenzó a decirle,
en muy discretas y compuestas razones, que no era cuerdo afligirse de aquel modo
tan rabioso y nocivo a la salud; que sin ofensa de las altas prendas y
singulares méritos del fallecido maestro, la noble Pan-Siao debía hacerse cargo
de que su propia vida también tenía un valor infinito y que todo cuanto llorase
y se desesperase no serviría para devolver el soplo de la existencia al ilustre
y luminoso Li-Kuan.
Respondió la viuda con sollozos, declarando que para
ella no había en el mundo consuelo, además de que su inútil vida nada importaba
desde que faltaba lo único en que la tenía puesta; y entonces el discípulo, con
amorosa turbación y palabras algo trabadas -en tales casos son mejores que muy
hilados discursos-, dijo que, puesto que ningún hombre del mundo valiese lo que
Li-Kuan, alguno podría haber que no le cediese la palma en adorar a la bella
Pan-Siao; que si en vida del maestro guardaba silencio por respetos altísimos,
ahora quería, por lo menos, desahogar su corazón, aunque le costase ser arrojado
del paraíso, que era donde Pan-Siao respiraba, y que si al cabo había de morir
de amante silencioso, prefería morir de rigores, acabando su declaración con
echarse a los diminutos pies de la viuda, la cual, lánguida y algo llorosa aún,
tratándole de loquillo, le alzó gentilmente del suelo, asegurando benignamente
que merecía, en efecto, ser echado a la calle, y que si ella no lo hacía, era
sólo en memoria de la mucha estimación en que tenía a su discípulo el luminoso
difunto. Y, sin duda, la misma estimación y el mismo recuerdo fueron los que, de
allí a poco -cuando todavía por mucho que la abanicase, no estaría seca la
tierra de la fosa de Li-Kuan- impulsaron a su viuda a contraer vínculos eternos
con el gallardo Ta-Hio.
Vino la noche de bodas, y al entrar los novios en la
cámara nupcial, notó la esposa que el nuevo esposo estaba no alegre y radiante,
sino en extremo abatido y melancólico, y que lejos de festejarla, callaba y se
desviaba cuanto podía; y habiéndole afanosamente preguntado la causa, respondió
Ta-Hio con modestia que, le asustaba el exceso de su dicha, y le parecía
imposible que él, el último de los mortales, hubiese podido borrar la imagen de
aquel faro de ciencia, el ilustre Li-Kuan. Tranquilizole Pan-Siao con extremosas
protestas, jurando que Li-Kuan era, sin duda, un faro y un sapientísimo
comentador de la profunda doctrina del Libro de la razón suprema, pero
que una cosa es el Libro de la razón suprema y otra embelesar a las
mujeres, y que a ella Li-Kuan no la había embelesado ni miaja. Entonces Ta-Hio
replicó que también le angustiaba mucho estar advirtiendo los primeros síntomas
de cierto mal que solía padecer, mal gravísimo, que no sólo le privaba del
sentido, sino que amenazaba su vida. Y Pan-Siao, viéndole pálido, desencajado,
con los ojos en blanco, agitado ya de un convulsivo temblor...
-Mi sándalo perfumado -le dijo-, ¿con qué se te quita
ese mal? Sépalo yo para buscar en los confines del mundo el remedio.
Suspiró Ta-Hio y murmuró:
-¡Ay mísero de mí! ¡Que no se me quita el ataque sino
aplicándome al corazón sesos de difunto! -y apenas hubo acabado de proferir
estas palabras cayó redondo con el accidente.
Al pronto quedó Pan-Siao tan confusa como el lector
puede inferir; pero en seguida se le vino a las mientes que, en los primeros
instantes de inconsolable viudez, había mandado que al luminoso Li-Kuan le
enterrasen en el jardín, para tenerle cerca de sí y poderle visitar todos los
días. A la verdad, no había ido nunca: de todos modos, ahora se felicitaba de su
previsión. Tomó una linterna para alumbrarse, una azada para cavar y un hacha
que sirviese para destrozar las tablas del ataúd y el cráneo del muerto; y
resuelta y animosa se dirigió al jardín, donde un sauce enano y recortadito
sombreaba la fosa.
Dejó en el suelo la linterna y el hacha, dio un
azadonazo..., y en seguida exhaló un chillido agudo, porque detrás del sauce
surgió una figura que se movía, y que era la del mismísimo Li-Kuan, ¡la del
esposo a quien creía cubierto por dos palmos de tierra!
-Sierpe escamosa -pronunció el filósofo con voz grave-,
arrodíllate. Voy a hacer contigo lo que venías a hacer conmigo; voy a sacarte
los sesos, si es que los tienes. Entre mi discípulo Ta-Hio y yo hemos convenido
que sondaríamos el fondo de tu malicia, y, sobre todo, de tu mentira. No castigo
tu inconstancia que sólo a mí ofende, sino tu fingimiento, tu hipocresía, que
ofenden a toda la Humanidad. ¿Te acuerdas de la dama del abanico?
Y el esposo cogió el hacha, sujetó a Pan-Siao por el
complicado moño, y contra el tronco del sauce le partió la sien.
FIN |