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Desde hacía quince años Mlle. Dargére
tenía a su cargo una colonia de niños débiles que había sido fundada por una de
sus abuelas. La casa estaba situada a la orilla del mar y ella desde su juventud
había vivido en la parte lateral del asilo, en el último piso de la torre.
En los primeros tiempos vivía en el
primer piso, pero de noche en los vidrios de la ventana se le aparecía la cabeza
de un hombre en llamas. Una cabeza espantosamente roja, pegada al vidrio como
las pinturas de los vitraux. Se mudó al segundo piso: la misma cabeza la
perseguía. Se mudó al tercer piso: la misma cabeza la perseguía; se mudó de
todos los cuartos de la casa con el mismo resultado.
Mlle. Dargére era extremadamente
bonita y los chicos la querían, pero una preocupación constante se le instaló en
el entrecejo en forma de arrugas verticales que estropeaban un poco su belleza.
Sus noches se llenaban de insomnios y en sus desvelos oía los coros de los
sueños de los niños subir, con blancura de camisón, de los dormitorios de veinte
camas en donde depositaba besos cotidianos.
Las mañanas eran diáfanas a la orilla
del mar; los chicos salían todos vestidos con trajes de baño demasiado largos
que se enredaban en las olas. No era la culpa de los trajes, pensaba Mlle.
Dargére apoyada contra la balaustrada de la terraza; los chicos no podían usar
sino trajes hechos a medida, para no quedar ridículos. Tenían un bañero negro
que los mortificaba diariamente con una zambullida dolorosa, que lo resguardaba
a él sólo, cuidadosamente, de las olas. Pero ella no podía oír llorar a los
chicos y se acordaba del suplicio de los baños con bañeros en su infancia, que
habían llenado su vida de sueños eternos de maremotos.
Se bañaba de tarde con el agua a la
altura de las rodillas, cuando la playa estaba desierta; entonces llevaba a
veces un libro que no leía y se acostaba sobre la arena después del baño; era el
único momento del día en que descansaba. Era la madre de ciento cincuenta chicos
pálidos a pesar del sol, flacos a pesar de la alimentación estudiada por los
médicos, histéricos a pesar de la vida sana que llevaban.
Mlle. Dargére derramaba su prestigio
de belleza sobre ellos. Su proximidad los serenaba un poco y los engordaba más
que los alimentos estudiados por los mejores médicos, pero la cabeza del hombre
en llamas seguía de noche en la ventana hasta que llegó a ser una horrible cosa
necesaria que se busca detrás de las cortinas.
Una noche no durmió un solo minuto; la
cabeza estaba ausente, la buscó detrás de las cortinas, y la desveló esta vez la
posibilidad de poder dormir tranquila: la cabeza parecía haberse perdido para
siempre.
A la mañana siguiente, en los
dormitorios, una extraña exasperación retenía a los chicos al borde de las
lágrimas. Llantos contenidos se amontonaban en las bocas. Mlle. Dargére creyó
ver un asilo de ancianos en traje de baño azul marino desfilando hacia la playa.
Carolina, su preferida, la única que tenía un cuerpo capaz de rellenar el traje
de baño, se escapó de entre sus brazos.
La playa esa mañana se llenó de
llantos obscuros y atorados dentro de las olas.
Mlle. Dargére, después de apoyar su
melancolía sobre la balaustrada, que fue como una despedida a la belleza, subió
corriendo hasta el espejo de su cuarto. La cabeza del hombre en llamas se le
apareció del otro lado; vista de tan cerca era una cabeza picada de viruela y
tenía la misma emotividad de los flanes bien hechos. Mlle. Dargére atribuyó el
arrebato de su cara a las quemaduras del sol que se derraman en líquidos
hirvientes sobre las pieles finas. Se puso compresas de óleo calcáreo, pero la
imagen de la cabeza en llamas se había radicado en el espejo.
FIN |