¡Así que ustedes quieren saber lo que pasó allí! Bueno, si vienen, como dice, de
parte de don
Sergio... Pero primero dejen que les pida un favor: no mencionen mi nombre.
Todavía mis hermanos están allá, me figuro. No es que los defienda. Supongo que
habrán cometido muchas fechorías detrás de sus barbas. Pero, de todos modos, son
mis hermanos. Por otra parte, bien estará que se sepan las
cosas, y si ustedes son periodistas... ¿creen
ustedes que de verdad vamos a regresar? ¡Ojalá!
Entonces habrá mucho más que contar... Vamos por
parte. Yo tenía entonces (fue en el 58) once años. De eso hace cinco.
En tantos años se ven muchas cosas mientras uno crece. De lejos, desde
aquí, en Nueva York, se puede mirar mejor en
redondo...No ha sido fácil para mí comprender. Cuando don Sergio me sacó de
allí a fines de aquel año, estaba groggy. Sólo luego,
atando cabos... Fue a don Sergio a quienes nosotros
habíamos comprado, y pagado poco a poco, la tierra que
teníamos. Buena gente. Fue el primero en acudir al hospital, y cuando me
dieron de alta y hube declarado, me puso en el ferry y me mandó para acá.
Por eso no soy un exiliado, como ustedes dicen que
son. Aunque en cierto modo sí lo soy.
Por entonces, ni pensar podía. Era como una bocanada de sangre. No tenía
entendimiento.
Vayamos a lo de allá. Yo iba entonces a una escuela de El Cruce, cerca del
puesto Rural. Buen alumno, decía la maestra. El mejor
que había visto nunca. La escuela era nueva, y venían
niños de todos los sitios a la redonda. Unos, a
caballo; otros, a pie; unos pocos, en jeep. Yo iba a caballo. ¡Qué habrá sido de
mi penquito, me pregunto! Nuestra finquita quedaba
lejos, arriba, en la falda de la loma.
De todos los de la casa, yo era el más canijo. Quizá por eso era tan buen
alumno,
oí decir una vez a la maestra. Eso pasa. Los mayores, Juan y Demetrio, no
habían ido nunca a la escuela, porque al principio no la había y ahora tenían
que
trabajar. De todos modos, no tenían ninguna afición al estudio. Más bien les
atraía la escopeta y montar a caballo, y aun reventar al animal. Así eran ellos:
fuertes y duros y sin muchos amigos. Dicen que eran como mi padre, que había
muerto cuando yo tenía cinco años. En cuanto a Fela (así llamábamos todos a
mi madre), mal les podía enseñar lo que tampoco ella sabía. Además, tenía
bastante con cuidar a los menores, Cira y Felipe, entonces de seis y cinco años,
y
ayudar en la finca.
Así que ahí tienen a la familia: mis hermanos mayores, mi madre, los chiquitos.
Todos en aquella casa de madera (no de guano) en la falda de la loma, con sus
sembríos de maíz, calabaza, malanga, yuca... Y con sus crías de pollos y
puerquitos. Antes teníamos cinco vacas, pero ahora sólo nos quedaban dos, una
vieja y otra preñada. Añádale mi arrenquín, y tendrán toda la familia de los
Sobrados, guajiros pobres con una finquita.
Esta finquita quedaba, por desgracia, en un mal sitio para los tiempos que
corrían. Por allí se subía, rodeando una lomita, al monte alto. Quiero decir que
no sólo era buen lugar de paso para los alzados, sino que de un brinco podían
meterse en monte tejido y desaparecer, si acaso la Rural le caía atrás. Aunque
debe decirles que la Rural no parecía tener ya muchos bríos para eso. Había
otros sitios, finquitas y sitierías por las cercanías, pero nosotros estábamos
en el
paso mismo, y no a campo descubierto. Por eso, desde mediados del 58
empezaron a pasar por allí algunos cuatreros. Así le llamaban, y también
forajidos. Yo supe luego que, además, casi detrás de nosotros, unas dos leguas
para arriba, había unas cuevas donde era fácil esconderse, porque tenían salidas
y entradas secretas.
Antes que se hablaran de alzados, habíamos visto pasar hacia esas cuevas unos
hombres que se decían es... espeleólogos, y a quienes la Rural no molestaba. Un
tal Jiménez era su jefe. La Rural, al contrario, a veces los acompañaba y les
ayudaba a llevar el equipo en su jeep. Ahora yo sé que lo de la espe... o como
se
llame, era una finta. Hasta se dejaban la barba. Luego volvían a pasar, llevando
maletas de piedras y raspaduras de roca y bichitos petrificados. Una noche
entraron a tomar café y nos hicieron una explicación que sólo yo podía entender
un poco. En esas cuevas, decían, habían garabatos y figuras que nos ayudarían a
entender la historia de los siboneyes. Hablando, eran amables, y nosotros
siempre les brindábamos algo: comida, café...
El café no se niega a nadie. Y Fela hacía buen ajiaco, y aquellos hombres
siempre venían con hambre. El jefe, un tipo flaco, de cara afilada y ojos de
jutía,
nos dijo una vez: -A estos niños no los llevaremos un día para La Habana. Un día no lejano...
Y sonrió con una sonrisa fría de dientes largos que entonces yo no podía
descifrar. Ahora sé quién era, pero eso no viene mucho al caso. La historia es
otra. Como les digo, eso fue antes de que esto empezaran a pasar –furtivos y de
noche– las pequeñas partidas de armados. Y cuando esto ocurrió, Fela tenía
también siempre para ellos un bocado y un buchito de café. No porque nosotros
estuviéramos todavía con ellos, sino porque eso –un buchito de café– no se le
niega a nadie. Además, hablaban bonito e... iban armados. Ustedes, los
periodistas, saben lo que es eso. Decían que Cuba sería libre y grande. Nosotros
no éramos esclavos de nadie, pero las palabras sonaban bien al oído, y Fela
decía, además, que a un alzado no se le niega nunca nada. Su propio padre lo
había sido en la guerra grande del 65 contra España, y luego en algunas guerras
chiquitas. Esto empieza a explicar lo que sucedió. En total, creo que habrán pasado por
allí
unas cuatro o cinco pequeñas partidas, una de ellas al mando de un americano,
cuando a mis hermanos mayores, Juan y Demetrio les picó también la mosca.
Eran los hombres de la familia, aunque sólo tenían diecisiete y diecinueve años.
Eran los que trabajaban, los únicos que podían hacerlo, salvo Fela, que les
ayudaba. Pues bien, un día levantaron también el vuelo y nos dejaron solos. Y
entonces éramos Fela y yo los únicos que podíamos trabajar, porque los fiñes
eran muy chiquitos. Fela quedó aturdida. Dos hombres vinieron a medianoche y llamaron por detrás
con contraseñas. Ya mis hermanos estaban preparados, esperándolos. Los
hombres, un viejo y dos muchachos, entraron armados. Fue el viejo quien le
habló a mamá: –Señora, sus hijos se van con nosotros. La Revolución los necesita. Pero no
tenga cuidado. Le mandaremos un hombre acá, para el trabajo. ¡Nos vamos!
Fela no tuvo apenas tiempo aliento para contestar. Juan y Demetrio no se
atrevieron a mirarle a los ojos. Agacharon la cabeza, cogieron las armas que
tenían escondidas y partieron velozmente con sus amigos.
Fela, alelada y como loca. En los días siguientes no habló con nadie. ¡Los dos
únicos hombres de la casa, y sus hijos, dejarla así, sin más ni más! Nadie había
sospechado que tuvieran tal intención. Pero el viejo cumplió su palabra: días
después se presentó allí un hombre, también medio viejo, pero aún fuerte, y
dijo: –Vengo a trabajar con ustedes. No
pregunten más. Yo sé que me necesitan. Y así
fue. El hombre –Nardo– vino al pelo, para dar guataca y demás. No dio más
explicaciones. Tampoco mamá se atrevió a preguntarle. Estaba claro que todo
había sido tramado por mis hermanos y sus amigos. Nardo dijo una noche:
–Usted no se ocupe, señora. Yo también tengo hijos en el Escambray. Todo eso
está bien. Ya verá. Mamá le dio el cuarto que habían tenido Juan y Demetrio, al fondo de la casa.
Se levantaba temprano y desde el primer día se hizo cargo de todo el trabajo.
Conocía el campo. No hubo que indicarle nada.
–Tú coge el potrillo y vete a la escuela –me dijo a mí–. Aquí no ha pasado nada.
Si te preguntan, di que tus hermanos fueron a trabajar a La Habana, y que yo
soy amigo de la familia. –Sonrió–. Eso les dará una idea. Ve y estudia: aquí
vamos a necesitar muchos niños estudiosos como tú. Ya verás.
Hay que reconocer que el hombre era sincero. Como todos, además. Sólo que...
Bueno, baste decir que el hombre –Nardo– creía realmente en eso. Ahora
sabemos que era lo mismo en toda la Isla. No crean que yo no me doy cuenta.
Esos años me han servido de mucho.
Pero entonces era otra cosa. Aquel hombre –Nardo– se me había atravesado en
la garganta. De mi padre no tenía yo una imagen clara. Quizá por eso su
recuerdo se había agrandado en mí, más que nunca entonces, cuando mis
hermanos se habían ido a las lomas. Yo volvía mi pensamiento al padre muerto,
preguntándole, con el pensamiento, qué pensaba de aquél intruso. A mí se me
figuraba, más y más, como el que venía a ocupar su lugar. No me da empacho
decir que de buena gana le hubiera chapeado la cabeza... a ese Nardo.
Y quién sabe si no lo hubiera hecho de no haberse dado cuenta Fela de mis
sentimientos. Ella me dijo una mañana: –Anda, vete a la escuela y no sean bobo. Tus hermanos lo mandaron para
ayudarnos. Es un hombre bueno y... demasiado viejo para mí.
Así volvió a casa una la paz desasosegada. Y yo, a mi escuela, y todos alertas.
No éramos tan guajiros. Juan y Demetrio no estaban tan lejos, después de todo. A
veces venía un propio, que tomaba café, nos daba noticias y seguía camino hacia
arriba o hacia abajo. De aquí y de allá, recibíamos otros informes. Sabíamos que
había alzados en varias partes y que nosotros, de algún modo, por medio de
Juan y Demetrio, teníamos que ver con ellos. Nardo, de por sí, apenas hablaba.
Criaba los pollos, cuidaba los puercos, cultivaba la yuca... A la noche llegaba
demasiado cansado para hablar. Pero tenía unos ojillos claros y vivos que
hablaban por él. Una noche nos dijo: –Esto se arregla. Ya verán.
Fela no estaba tan segura de eso. No veía de qué modo aquellos grupitos de
alzados dispersos por el monte podían derrotar al ejército y a la Rural juntos.
¡Todavía creía ella que existían estos! Por eso callaba y no negaba jamás un
buchito de café al que por allí pasara, fuera quien fuese.
Ahora pasaba cada vez más gente, y siempre de noche, escapando o
persiguiendo. Rurales entre ellos. Pero éstos no iban en busca de alzados para
caerles arriba. No podía hacer eso una pareja. A veces venían, hacían preguntas
y seguían de largo. Por casualidad... ¿a dónde andaban mis hermanos? Fela les
hizo un cuento. Sus hijos mayores, dijo, no se iban a quedar toda la vida en el
campo. Habían ido a La Habana a abrirse paso. En cuanto a Nardo –les guiñó
un ojo–, era un viejo amigo de la familia.
Era lo mejor que podía decirles. Los guardias ya no iban creyendo en casi nada,
salvo en eso: que una mujer todavía joven se echara un hombre, aunque fuera
medio viejo, para trabajar, cuando se había quedado sin sus hijos mayores.
Para mí, que los Rurales no creyeron siquiera en eso. Pero parecía lógico.
Hacían, como siempre, el recorrido, pero sólo para cubrir las formas. La furia y
el deber se les habían escapado. Quizá porque ya no sabían a qué atenerse.
También a ellos llegaban los periódicos, y la radio, y las revistas... Esa misma
revista, Bohemia, que ustedes dicen están tirando aquí, en Nueva York, ya
revisada... Y ya no eran la famosa pareja de antes. Pasaban y tomaban café, y
más nada. Eran otra pareja de nada. Otra cosa, bien diferente, eran las partidas de soldados nuevos, los Casquitos,
que a veces pasaban rastreando a los alzados. Estos soldados parecían ir en
serio, con casquitos y todo. Pero tampoco llegaban muy lejos. Hacían el paripé.
Subían en fila, marcando el paso; se adentraban en el monte, pero poco más. No
subían realmente a las lomas. Días después regresaban barbudos, sucios,
hambrientos y cansados. En casa no se les negaba nada, pero no pedían apenas
nada, salvo café. Supongo que también los Casquitos escuchaban la radio.
Ocurría, incluso, que se cruzaban con las partidas de alzados. Podía ocurrir que
un grupo de éstos estuviera esperando, agazapado en el matorral, a que se
fueran los Casquitos para entrar en casa a pedir algo. Y por el mismo jarro, y
en las mismas tazas, mamá les servía café. Pero éstos pedían más que café. Hasta
vacas estaban pidiendo. Nardo decía que se las daba con gusto, como si todo
aquello fuera suyo, y mamá no protestaba. A callar, también uno va
aprendiendo. De paso les mandaba recados de palabras a mis hermanos, por si
acaso se encontraban con ellos. Otras veces eran los correos los que subían y bajaban, y nos traían noticias de
Juan y Demetrio, que ya tenían grados entre los alzados. Pero tampoco los
correos nos decían mucho, ni nosotros les preguntábamos. Nunca sabía uno
realmente con quién hablaba. Podían ser o no ser alzados. Podían ser o no ser
espías. Nuestro vecino más cercano, Bernardo García, se había explicado
demasiado bien, y ése había sido su fin. La pareja vino una noche por él. No lo
volvimos a ver. Así estaban las cosas. Mamá decía:
–Ustedes, callados. ¿Saben? Ni palabra. Ustedes no saben nada de nada.
Yo no sé lo que sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hecho
mucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mis
hermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabía
cuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, no
robaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba a
negarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega.
Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles,
unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía una
ametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subían
del pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo.
Sabíamos que la candela se iba animando por allí. La gente –alzados o
amarillos– pasaban ahora de prisa, como escapando o persiguiendo, y con
miedo. ¡Miedo!. Eso lo explica todo. No hay otra manera de entenderlo. Y el miedo les
daba furia y los cegaba. En nuestra finquita ya quedaba poco. Pollos, puercos,
conejos... todo se lo llevaban. Sólo dos vacas con una ternera y un poco de
malanga y calabaza y mi arrenquín para ir a la escuela. Mamá dijo una noche:
–Quiera Dios que acaben pronto. Quien quiera que gane, que se acabe esto. Ya
es imposible. ¡Y fue como si la oyeran1 Los cinco alzados se aparecieron días después
arrastrándose por detrás de la casa, y uno llamó con voz sorda:
–¡Ey! ¿Quién hay ahí? Era flaco, cetrino con ojos de sapo. Estaba medio doblado por las rodillas y la
cintura, y el dedo en el gatillo de la ametralladora de mano. Mamá encendió la
mariposa –la luz eléctrica estaba cerca, pero aún no había llegado a nosotros– y
todos nos pusimos detrás de ella. Detrás del hombre asomaban los otros cuatro,
perdiéndose en la sombra. –¡Registren la casa! –ordenó el de la ametralladora.
Lo hicieron. Pronto estaban de nuevo reunidos en la sala, y mamá, colando café.
Los cinco se sentaron en taburetes, las armas sobre las rodillas. Los dos niños
se sentaron en el suelo, y Nardo brindó tabaco a los alzados. Un chirrido de
grillos los sobresaltaba, pero mamá los tranquilizó:
–Aquí están ustedes en su casa. No tengan temor. Yo también tengo dos hijos en
las lomas. Se llaman... Pero no dijo sus nombres. Los alzados se miraron entre sí. Yo también me
acurruqué en el suelo, del lado de una puerta pequeña que daba al campo, y el
tinglado donde estaba el perro negro. Era, sin saberlo, como una precaución.
Mamá trajo una bandeja con las tazas y las puso en la mesa, entre ellos.
–¿Así que usted dice que tiene dos hijos alzados? –preguntó el jefe, con una
mueca. Yo temblé. Mamá tartamudeó un poco.
–Sí, señor. Dos hijos tengo...
Nunca habíamos caído en ninguna trampa. Pero bien pudiera ser que éstos
fueran soldados disfrazado. A otros guajiros les había ocurrido eso. Nardo trató
de desviar la conversación. –Empieza a hacer frío allá arriba. No es como en el llano. Yo les voy a dar unas
frazadas. Los cinco se cruzaron miradas, sin contestar, y el jefe apretó la ametralladora
contra el vientre. Mamá vino entonces con el jarro y empezó a llenar las tazas. Uno de los cinco,
que había permanecido detrás, se adelantó bruscamente a coger su café. Era
más bien gordo, de ojos saltones, y respiraba con la boca entreabierta. Me
acuerdo bien de eso. Sentía su respiración rampante y agitada, cuando estiró la
mano y vi cómo se llevaba rápidamente la taza a los labios y tragaba el café
casi de golpe. Los otros no se apuraron. Estaban con la oreja parada, a caza de algún sonido
sospechoso. Antes de que el siguiente cogiera su taza, el gordito se incorporó,
dio un salto, como herido desde abajo, pero no llegó a pararse del todo. Soltó
la taza y se desplomó, de bruces, como un tronco, en medio del cerco. Su cabeza
tropezó con una esquina de la mesa, y las tazas de café salieron volando.
Aquello no duró medio minuto. El jefe se levantó de un brinco y bramó:
–Así que dos hijos en las lomas, ¿eh? ¡Ahora van a ver!... ¡Chivatos es lo que
son ustedes! Miró un instante al caído y exclamó roncamente:
–¡Te han envenenado, Lalo! ¡Te han envenenado! Y ahora van a ver... –Volvió la
mirada en derredor– ¡No va a quedar uno! ¡Imagínense ustedes, mi pobre madre, envenenando a los alzados! Pero no
había tiempo para explicaciones. Ni para averiguar de qué había muerto el
gordito. Un segundo después la ametralladora del jefe estaba vomitando. Él se
echó para atrás, y antes que nadie pudiera moverse estaba disparando. De la
primera pasada se llevó a mamá y a Nardo. De la segunda acribilló a los niños.
La tercera fue contra mí, pero ya yo estaba reculando por la puerta pequeña; la
ráfaga no me alcanzó más que en este brazo que ustedes ven ahora medio
tullido. ¡Más rápido de lo que se puede contar! Un minuto después, los cuatro restantes
estaban saliendo agachados por entre las matas. Yo había podido ganar la
hierba alta próxima a la cerca y aguardaba, aplanado, la cuarta ráfaga. Por
suerte, o por desgracia –vaya usted a saber– ésta no vino. Huyeron los cuatro,
veloces, monte arriba, dejando a su Lalo entre los muertos ¿Qué habrá sido de
ellos? Quisiera saberlo. Pero tengo la impresión de que me los voy a encontrar
algún día, en alguna parte, de algún modo, y entonces...
Yo esperé todavía un rato, porque no sabía qué hacer. Me arrastré luego hacia
la casa, y a la luz que quedaba –al quinqué no le había tocado ninguna bala–
examiné la escena, mientras me apretaba el brazo herido con la otra mano. La
sangre manaba aún de todos los cuerpos, menos del de Lalo, pero éste estaba
tan muerto como los otros. De rodilla me incliné sobre mamá y, soltando mi
brazo herido, le toqué la frente, le toqué el corazón. No era necesario
averiguar más. Cualquiera podía darse cuenta de que todos estaban acribillados. Mis
hermanitos yacían encogidos, en el suelo, cogidos de las manos. En cuanto a
Nardo, el buen viejo Nardo, había caído de espalda contra el tabique y aún
echaba sangre por la boca y por el pecho. Y ahí tienen lo sucedido. Pero aún han oído poco. Apretando mi brazo herido,
pude llegar hasta el penco y a pelo hasta el puesto de la Rural, en el momento
en que se me acercaba también al timón de un jeep un oficial. El teniente me llevó
al interior, me hizo la primera cura, escuchó un resumen de lo sucedido. Luego
me mandó con un cabo a la clínica del pueblo. De ahí me enviaron a la ciudad.
Cuando salí del hospital, ya todos los míos estaban enterrados, salvo mis dos
hermanos de las lomas. De lo que vino después, me enteré de oídas. Estaba aún en el hospital cuando
me enviaron algunos detenidos a ver si los reconocía. ¡Ojalá hubieran sido
aquellos! Pero, no. Aunque habían estado medio en la sobra, los hubiera
reconocido, pues los tenía frescos en la memoria. Los tengo todavía. Por eso sé
que, si viven y vuelvo a encontrármelos, vamos a tener un buen contrapunteo.
Pero volvamos a lo que sucedió al día siguiente. Como dije, a mí me mandaron
al pueblo y luego a la capital. En tanto, el teniente subía allá con un sargento
y dos números. Viendo que todos estaban muertos, les echó unas frazadas por
encima y bajó a informar a sus superiores. Los cadáveres permanecieron dos
días como estaban, por no sé qué demoras en los trámites. Por fin el teniente
recibió órdenes de ir a buscar los muertos y llevárselos a la morgue.
La noticia había corrido, desde luego, de boca en boca, al parecer, deformada, y
llegó a las lomas. No sé cómo, pero fue rápida, pues había llegado a oídos de
mis hermanos antes de que los rurales volvieran a recoger los cuerpos. Dicen
que fue una mujer, y nadie sabe de qué es capaz una mujer enredadora y alzada.
Yo creo conocerla. No la he visto más nunca, pero aún espero también
encontrarme con ella. Y entonces... Era, según creo, una sitiera que vivía por en vuelta de la costa. Alguna vez
había pasado por allí, diciendo que iba al pueblo a llevar o buscar recados, aunque
había un camino más directo. Ahora sé que sus recados eran para los alzados.
Pues bien, parece que esa mujer –Claudia se llamaba– acertó a enterarse de que
a mi familia la habían matado en la casa, y sin más averiguación, corrió a las
lomas a decir que había sido muerta por la Rural. No se averiguó más. Mis
hermanos estaban allí, y no necesitaron más información. Al instante cogieron
sus rifles y se descolgaron sierra abajo, como los endemoniados.
Su idea, al parecer, era ir contra el puesto de la Rural, pero de paso se
detuvieron en la casa, donde estaban aún los cadáveres. Con ellos venían otros
alzados, con granadas de mano. También uno traía una ametralladora.
Caminando toda la noche, llegaron a la casa a media mañana. Era justamente
cuando el teniente y y sus guardias sacaban los cadáveres para llevarlos al
jeep. Acababan de echarle una manta encima cuando desde el matorral mis hermanos
y sus compañeros abrieron fuego. ¡Y ya van siete cadáveres! Sin contar al gordito...
Juan, Demetrio y los suyos huyeron de nuevo a las lomas. ¿Qué habrá sido de
ellos? No tengo la menor idea. Nadie ha podido informarme. Yo no he querido
volver a la casa, y meses después don Sergio me sacaba de allí. Todavía estaba
aturdido. De la muerte del teniente y sus dos guardias hubo testigos: la propia Claudia
que, atrapada más tarde, cantó en el cuartel. Negó haber sido ella quien llevó
la falsa noticia a las lomas, pero se contradijo y la enviaron a Artemisa. De eso,
no sé más. Ahí termina, hasta ahora, mi historia. Hasta ahora, porque aún falta mi parte,
que fatalmente tendrá que venir, si es que, como dicen, vamos a regresar. Este
brazo que me queda sano, aún tiene algo que hacer. Para eso lo estoy
entrenando. Creo que Dios me lo ha dejado para algo. Un día u otro, una noche
u otra, me voy a encontrar con aquellos cuatro, si es que están vivos. Y
entonces... Lo siento por don Sergio que no cesa de aconsejarme: "Hijo, olvida eso. Ya no
tiene remedio..." ¡Olvidar! Se dice fácil. Y ustedes que, según me dicen, son exiliados, ¿qué me
dicen? ¿Qué harían en mi caso? Pero... ¿por qué callan? ¿Por qué me miran de
ese modo? ¿No saben qué decir? Así me pasa a mí a veces. Pero otras hablo
hasta por los codos, hasta con desconocidos... Ustedes mismos. No los conozco.
¿Dicen que los ha enviado don Sergio? ¡Extraño! Haciendo memoria... Don Sergio está ahora en el hospital y no le
dejan recibir visitas. Oigan... ¿Por qué se marchan así, sin decir nada?
¿Quiénes son ustedes? Cuatro... ¡Un momento! Oigan...
(tac-tac-tac-tac.)
FIN |