|
Algunos hechos de la vida y la muerte de Alar el Ilirio, Estratega de la
Emperatriz Irene en el Thema de Lycandos, ocuparon la atención de la Iglesia
cuando, en el Concilio Ecuménico de Nicea, se habló de la canonización de un
grupo de cristianos que sufrieran martirio a manos de los turcos en una
emboscada en las arenas sirias. Al principio, el nombre de Alar se mencionaba
junto con el de los demás mártires. Quien vino a poner en claro el asunto fue el
patriarca de Laconia, Nicéforo Kalitzés, tras examinar algunos documentos
relativos al Estratega y a su familia, que aportaron nuevas luces sobre la vida
de Alar y alejaron cualquier posibilidad de entronizarlo en los altares.
Finalmente, cuando se dieron a conocer en el Concilio las cartas de Alar a
Andrónico, su hermano, la Iglesia impuso un denso silencio en torno al Ilirio y
su nombre volvió a la oscuridad, de donde lo rescatara la ambición política de
la Iglesia de Oriente.
Alar, llamado el Ilirio por la forma peculiar de sus ojos hundidos y
rasgados, era hijo de un alto funcionario del Imperio, que gozó del favor del
Basileus en tiempos de la lucha de las imágenes. El hábil cortesano se ocupó
bien poco de la educación de su hijo y convino en que la recibiera en Grecia,
bajo la influencia de los últimos neoplatónicos. En el desorden de la decadente
Atenas, perdió Alar todo vestigio, si lo tuvo algún día, de fe en el Cristo.
Tampoco el padre se había distinguido por su piedad, y su alta posición en la
Corte la ganó más por su inagotable reserva de sutilezas diplomáticas que por su
fervor religioso. Pero cuando el muchacho regresó de Atenas el padre no pudo
menos de asombrarse ante la forma descuidada y ligera como se refería a los
asuntos de la iglesia Y, aunque se vivía entonces los momentos de más cruenta
persecución iconoclasta, no por eso dejaba el Palacio de Magnaura de estar
erizado de mortales trampas teológicas y litúrgicas. Gente mejor colocada que
Alar y con mayor ascendiente con el Autocrátor, había perdido los ojos, y, a
menudo, la vida, por una frase ligera o una incompostura en el templo.
Mediante hábiles disculpas, el padre de Alar consiguió que el Emperador
incorporase al Ilirio a su ejército y el muchacho fue nombrado Turmarca en un
regimiento acantonado en el puerto de Pelagos. Allí comenzó la carrera militar
del futuro Estratega. Como hombre de armas, Alar no poseía virtudes muy sólidas.
Un cierto escepticismo sobre la vanidad de las victorias y ninguna atención a
las graves consecuencias de una derrota, hacían de él un mediocre soldado. En
cambio, pocos le aventajaban en la humanidad de su trato y en la cordial
popularidad de que gozaba entre la tropa. En lo peor de la batalla, cuando todo
parecía perdido, los hombres volvían a mirar al Ilirio que combatía con una
amarga sonrisa en los labios y conservando la cabeza fría. Esto bastaba para
devolverles la confianza y, con ella, la victoria. Aprendió con facilidad los
dialectos sirios, armenios y árabes y hablaba corrientemente el latín, el griego
y la lengua franca. Sus partes de campaña le fueron ganando cierta fama entre
los oficiales superiores por la claridad y elegancia del estilo. A la muerte de
Constantino IV, Alar había llegado al grado de General de Cuerpo de Ejército y
comandaba la guarnición de Kipros. Su carrera militar, lejos de las peligrosas
intrigas de la Corte, le permitió estar al margen de las luchas religiosas que
tan sangrientas represiones despertaron en el Imperio de Oriente. En un viaje
que el Basileus León hizo a Paphos en compañía de su esposa, la bella Irene, la
joven pareja fue recibida por Alar, quien supo ganarse la simpatía de los nuevos
autocrátores, en especial la de la astuta ateniense, que se sintió halagada por
el sincero entusiasmo y la aguda erudición del General en los asuntos helénicos.
También León tuvo especial placer en el trato con Alar, y le atraía la
familiaridad y llaneza del Ilirio y la ironía con que salvaba los más peligrosos
temas políticos y religiosos.
Por aquella época, Alar había llegado a los treinta años de edad. Era alto,
con cierta tendencia a la molicie, lento de movimientos, y a través de sus ojos
semicerrados e irónicos dejaba pasar cautelosamente la expresión de sus
sentimientos. Nadie le había visto perder la cordialidad, a menudo un poco
castrense y franca. Se absorbía días enteros en la lectura con preferencia de
los poetas latinos. Virgilio, Horacio y Catulo le acompañaban a dondequiera que
fuese. Cuidaba mucho de su atuendo y sólo en ocasiones vestía el uniforme. Su
padre murió en la plenitud de su prestigio político, que heredó Andrónico,
hermano menor del Estratega, por quien éste sentía particular afecto y mucha
amistad. El viejo cortesano había pedido a Alar que contrajera matrimonio con
una joven de la alta burguesía de Bizancio, hija de un grande amigo de la casa.
Para cumplir con el deseo del padre, Alar la tomó por esposa, pero siempre halló
la manera de vivir alejado de su casa, sin romper del todo con la tradición y
los mandatos de la Iglesia. No se le conocían, por otra parte, los amoríos y
escándalos tan comunes entre los altos oficiales del Imperio. No por frialdad o
indiferencia, sino más bien por cierta tendencia a la reflexión y al ensueño,
nacida de un temprano escepticismo hacia las pasiones y esfuerzos de las gentes.
Le gustaba frecuentar los lugares en donde las ruinas atestiguaban el vano
intento del hombre por perpetuar sus hechos. De allí su preferencia por Atenas,
su gusto por Chipre y sus arriesgadas incursiones a las dormidas arenas de
Heliópolis y Tebas.
Cuando la Augusta lo nombró Hypatoï y le encomendó la misión de concertar el
matrimonio del joven Basileus Constantino con una de las princesas de Sicilia,
el General se quedó en Siracusa más tiempo del necesario para cumplir su
embajada. Se escondió luego en Tauromenium, adonde lo buscaron los oficiales de
su escolta para comunicarle la orden perentoria de la Despoina de comparecer
ante ella sin tardanza. Cuando se presentó a la Sala de los Delfines, después de
un viaje que se alargó más de lo prudente, a causa de las visitas a pequeños
puertos y calas de la costa africana, que escondían ruinas romanas y fenicias,
la Basilissa había perdido por completo la paciencia. «Usas el tiempo del César
en forma que merece el más grave castigo -le increpó-. ¿Qué explicación me
puedes dar de tu demora? ¿Olvidaste, acaso, el motivo por el cual te enviamos a
Sicilia? ¿Ignoras que eres un Hypatoï del Autocrátor? ¿Quién te ha dicho que
puedes disponer de tu tiempo y gozar de tus ocios mientras estás al servicio del
Isapóstol, hijo del Cristo? Respóndeme y no te quedes ahí mirando a la nada, y
borra tu insolente sonrisa, que no es hora ni tengo humor para tus extrañas
salidas». «Señora, Hija de los Apóstoles, bendecida de la Theotokos, Luz de los
Evangelios -contestó imperturbable el Ilirio-, me detuve buscando las huellas
del divino Ulyses, inquiriendo la verdad de sus astucias. Pero este tiempo, ni
fue perdido para el Imperio, ni gastado contra la santa voluntad de vuestros
planes. No convenía a la dignidad de vuestro hijo, el Porphyrogeneta, un
matrimonio a todas luces desigual. No me pareció, por otra parte, oportuno,
enviaros con un mensajero, ni escribiros, las razones por las que no quise
negociar con los príncipes sicilianos. Su hija está prometida al heredero de la
casa de Aragón por un pacto secreto, y habían promulgado su interés en un
matrimonio con vuestro hijo, con el único propósito de encarecer las condiciones
del contrato. Así fue como ellos solos, ante mi evidente desinterés en tratar el
asunto, descubrieron el juego. En cuanto a mi regreso ¡oh escogida del Cristo!,
estuvo, es cierto, entorpecido por algunas demoras en las cuales mi voluntad
puso menos que el deseo de presentarme ante ti».
Aunque no quedó Irene muy convencida de las especiosas razones del Ilirio, su
enojo había ya cedido casi por completo. Como aviso para que no incurriera en
nuevos errores, Alar fue asignado a Bulgaria con la misión de reclutar
mercenarios. En la polvorienta guarnición de un país que le era especialmente
antipático, Alar sufrió el primero de los varios cambios que iban a operarse en
su carácter. Se volvió algo taciturno y perdió ese permanente buen humor que le
valiera tantos y tan buenos amigos entre sus compañeros de armas y aun en la
Corte. No es que se le viera irritado, ni que hubiera perdido esa virtud muy
suya de tratar a cada cual con la cariñosa familiaridad de quien conoce muy bien
a las gentes. Pero a menudo se le veía ausente, con la mirada fija en un vacío
del que parecía esperar ciertas respuestas a una angustia que comenzaba a
trabajar su alma. Su atuendo se hizo más sencillo y su vida más austera.
El cambio, en un principio, sólo fue percibido por sus íntimos, y en el
ejército y la Corte siguió gozando del favor de quienes le profesaban amistad y
admiración. En una carta del higoumeno Andrés, grande amigo de Alar y conocedor
avisado de las religiones orientales, dirigida a Andrónico con el objeto de
informarle sobre la entrevista con su hermano, el venerable relata hechos y
palabras del Ilirio que en mucho contribuyeron a echar por tierra el proyecto de
canonización. Dice, entre otras cosas:
«Encontré al General en Zarosgrad. Pagaba los primeros mercenarios y se
ocupaba de su entrenamiento. No lo hallé en la ciudad ni en los cuarteles. Había
hecho levantar su tienda en las afueras de la aldea, a orillas de un arroyo, en
medio de una huerta de naranjos, el aroma de cuyas flores prefiere. Me recibió
con la cordialidad de siempre, pero lo noté distraído y un poco ausente. Algo en
su mirada hizo que me sintiera en vaga forma culpable e inseguro. Me miró un
rato en silencio, y cuando esperaba que preguntaría por ti y por los asuntos de
la Corte o por la gente de su casa, me inquirió de improviso: “¿Cuál es el dios
que te arrastra por los templos, venerable? ¿Cuál, cuál de todos?” “No comprendo
tu pregunta” -le contesté-. Y él, sin volver sobre el asunto, comenzó a
proponerme, una tras otra, las más diversas y extrañas cuestiones sobre la
religión de los persas y sobre la secta de los brahmanes. Al comienzo creí que
estaba febril. Después me di cuenta que sufría mucho y que las dudas lo acosaban
como perros feroces. Mientras le explicaba algunos de los pasos que llevan a la
perfección o Nirvana de los hindúes, saltó hacia mí, gritando: “¡Tampoco es ese
el camino! ¡No hay nada qué hacer! No podemos hacer nada. No tiene ningún
sentido hacer algo. Estamos en una trampa”. Se recostó en el camastro de pieles
que le sirve de lecho y, cubriéndose el rostro con las manos, volvió a sumirse
en el silencio. Al fin, se disculpó diciéndome: “Perdona, venerable Andrés, pero
llevo dos meses tragando el rojo polvo de Dacia y oyendo el idioma chillón de
estos bárbaros, y me cuesta trabajo dominarme. Dispénsame y sigue tu
explicación, que me atañe en mucho”. Seguí mi exposición, pero había ya perdido
el interés en el asunto, pues más me preocupaba la reacción de tu hermano.
Comenzaba a darme cuenta de cuán profunda era la crisis por la que pasaba. Bien
sabes, como hermano y amigo queridísimo suyo, que el General cumple por pura
fórmula y sólo como parte de la disciplina y el ejemplo que debe a sus tropas,
con los deberes religiosos. Para nadie es ya un misterio su total apartamiento
de nuestra Iglesia y de toda otra convicción de orden religioso. Como conozco
muy bien su inteligencia y hemos hablado en muchas ocasiones sobre esto, no
pretendo siquiera intentar su conversión. Temo, sí, que el Venerable
Metropolitano Miguel Lakadianos, que tanta influencia ejerce ahora sobre nuestra
muy amada Irene y que tan pocas simpatías ha demostrado siempre por vuestra
familia, pueda enterarse en detalle de la situación del Ilirio y la haga valer
en su contra ante la Basilissa, Esto te lo digo para que, teniéndolo en cuenta,
obres en favor de tu hermano y mantengas vivo el afecto que siempre le ha sido
dispensado. Y antes de pasar a otros asuntos, ajenos al General, quiero
relatarte el final de nuestra entrevista. Nos perdimos en un largo examen de
ciertos aspectos comunes entre algunas herejías cristianas y las religiones del
Oriente. Cuando parecía haber olvidado ya por completo su reciente sobresalto, y
habíamos derivado hacia el tema de los misterios de Eleusis, el General comenzó
a hablar, más para sí que conmigo, dando rienda suelta a su apasionado interés
por los helenos. Bien conoces su inagotable erudición sobre el tema. De pronto,
se interrumpió y mirándome como si hubiera despertado de un sueño, me dijo,
mientras acariciaba la máscara mortuoria que le enviaste de Creta: “Ellos
hallaron el camino. Al crear los dioses a su imagen y semejanza dieron
trascendencia a esa armonía interior, imperecedera y siempre presente, de la
cual manan la verdad y la belleza. En ella creían ante todo y por ella y a ella
sacrificaban y adoraban. Eso los ha hecho inmortales. Los helenos sobrevivirán a
todas las razas, a todos los pueblos, porque del hombre mismo rescataron las
fuerzas que vencen a la nada. Es todo lo que podemos hacer. No es poco, pero es
casi imposible lograrlo ya, cuando oscuras levaduras de destrucción han
penetrado muy hondo en nosotros. El Cristo nos ha sacrificado en su cruz, Buda
nos ha sacrificado en su renunciación, Mahoma nos ha sacrificado en su furia.
Hemos comenzado a morir. No creo que me explique claramente. Pero siento que
estamos perdidos, que nos hemos hecho a nosotros mismos el daño irreparable de
caer en la nada. Ya nada somos, nada podemos. Nadie puede poder”. Me abrazó
cariñosamente. No me dijo más, y abriendo un libro se sumió en su lectura. Al
salir, me llevé la certeza de que el más entrañable de nuestros amigos, tu
hermano amantísimo, ha comenzado a andar por la peligrosa senda de una negación
sin límites y de implacables consecuencias».
Es de comprender la preocupación del higoumeno. En la Corte, las pasiones
políticas se mezclan peligrosamente con las doctrinas de la Iglesia. Irene
estaba cayendo, cada día más, en una intransigencia religiosa que la llevó a
extremos tales, como ordenar que le sacaran los ojos a su hijo Constantino por
ciertas sospechas de simpatía con los iconoclastas. Si las palabras de Alar eran
repetidas en la Corte, su muerte sería segura. Sin embargo, el Ilirio cuidábase
mucho, aun entre sus más íntimos amigos, de comentar estos asuntos, que
constituían su principal preocupación. Su hermano, que sorteaba hábilmente todos
los peligros, le consiguió, pasado el lapso de olvido en Bulgaria, el ascenso a
la más alta posición militar del Imperio, el grado de Estratega, delegado
personal y representante directo del Emperador en los Themas del Imperio. El
nombramiento no encontró oposición alguna entre las facciones que luchaban por
el poder. Unos y otros estaban seguros de que no contarían con el Ilirio para
fines políticos y se consolaban pensando en que tampoco el adversario contaría
con el favor del Estratega. Por su parte, los Basileus sabían que las armas del
Imperio quedaban en manos fieles y que jamás se tornarían contra ellos,
conociendo, como conocían, el desgano y desprendimiento del Ilirio hacia todo lo
que fuera poder político o ambición personal.
Alar fue a Constantinopla para recibir la investidura de manos de los
Emperadores. El Autocrátor le impuso los símbolos de su nuevo rango en la
catedral de Santa Sofía y la Despoina le entregó el águila de los stratigoi,
bendecida tres veces por el patriarca Miguel. Cuando el Emperador León tomó el
juramento de obediencia al nuevo Estratega, sus ojos se llenaron de lágrimas.
Muchos citaron después este detalle como premonitorio del fin tristísimo de Alar
y del no menos trágico de León. La verdad era que el Emperador se había
conmovido por la forma austera y casi monástica como su amigo de muchos años
recibía la más alta muestra de confianza y la más amplia delegación de poder que
pudiera recibir un ciudadano de Bizancio, después de la púrpura imperial.
Un gran banquete fue servido en el Palacio de Hiéria. Y el Estratega, sin
mencionar ni agradecer al Augusto el honor inmenso que le dispensaba, entabló
con León un largo y cordialísimo diálogo sobre algunos textos hallados por los
monjes de la isla de Prinkipo y que eran atribuibles a Lucrecio. Irene
interrumpió en más de una ocasión la animada charla, y en una de ellas sembró un
temeroso silencio entre los presentes y fue memorable la respuesta del
Estratega. «Estoy segura -apuntó la Despoina- que nuestro Estratega pensaba más
en los textos del pagano Lucrecio que en el santo sacrificio que por la
salvación de su alma celebraba nuestro patriarca». «En verdad, Augusta -contestó
Alar- que me preocupaba mucho durante la Santa Misa el texto atribuido a
Lucrecio, pero precisamente por la semejanza que hay en él con ciertos pasajes
de nuestras sagradas escrituras. Sólo el Verbo, que da verdad eterna a las
palabras, está ausente del latín. Por lo demás, bien pudiera atribuirse su texto
a Daniel el profeta, o al apóstol Pablo en sus cartas». La respuesta de Alar
tranquilizó a todos y desarmó a Irene que había hecho la pregunta en buena parte
empujada por el Metropolitano Miguel. Pero el Estratega se dio cuenta de cómo su
amiga había caído sin remedio en un fanatismo ciego que la llevaría a derramar
mucha sangre, comenzando por la de su propia casa.
Y aquí termina la que pudiéramos llamar vida pública de Alar el Ilirio. Fue
aquella la última vez que estuvo en Bizancio. Hasta su muerte permaneció en el
Thema de Lycandos, en la frontera con Siria, y aún se conservan vestigios de su
activa y eficaz administración. Levantó numerosas fortalezas para oponer una
barrera militar a las invasiones musulmanas. Visitaba de continuo cada uno de
estos puestos avanzados, por miserable que fuera y por perdido que estuviera en
las áridas rocas o en las abrasadoras arenas del desierto.
Llevaba una vida sencilla de soldado, asistido por sus gentes de confianza,
unos caballeros macedónicos, un anciano retórico dorio por el que sentía
particular afección a pesar de que no fuera hombre de grandes dotes y de
señalada cultura, un juglar provenzal que se le uniera cuando su visita a
Sicilia y su guardia de fieles “kazhares” que sólo a él obedecían y que
reclutara en Bulgaria. La elegancia de su atuendo fue cambiando hacia un simple
traje militar al cual añadía, los días de revista, el águila bendita de los
stratigoi. En su tienda de campaña le acompañaban siempre algunos libros,
Horacio infaliblemente, la máscara funeral cretense, obsequio de su hermano, y
una estatuilla de Hermes Trismegisto, recuerdo de una amiga maltesa, dueña de
una casa de placer en Chipre. Sus íntimos se acostumbraron a sus largos silencios,
a sus extrañas distracciones y a la severa melancolía que en las tardes se
reflejaba en su rostro.
Era evidente el contraste de esta vida del Ilirio con la que llevaban los
demás Estrategas del Imperio. Habitaban suntuosos palacios, haciéndose llamar
“Espada de los Apóstoles”, “Guardián de la Divina Theotokos”, “Predilecto del
Cristo”. Hacían vistosa ostentación de sus mandatos y vivían con lujo y derroche
escandalosos, compartiendo con el Emperador esa hierática lejanía, ese arrogante
boato que despertaba en los súbditos de las apartadas provincias, abandonadas al
arbitrio de los Estrategas, una veneración y un respeto que tenía mucho de
sumisión religiosa. Caso único en aquella época fue el de Alar el Ilirio, cuyo
ejemplo siguieron después los sabios emperadores de la dinastía Comnena, con
pingües resultados políticos. Alar vivía entre sus soldados. Escoltado
únicamente por los “kazhares” y por el regimiento de caballeros macedónicos,
recorría continuamente la frontera de su Thema que limitaba con los dominios del
incansable y ávido Ahmid Kabil, reyezuelo sirio que se mantenía con el botín
logrado en las incursiones a las aldeas del Imperio. A veces se aliaba con los
turcos en contra de Bizancio y, otras, éstos lo abandonaban en neutral
complicidad, para firmar tratados de paz con el Autocrátor.
El Estratega aparecía de improviso en los puestos fortificados y se quedaba
allí semanas enteras, revisando la marcha de las construcciones y comprobando la
moral de las tropas. Se alojaba en los mismos cuarteles, en donde le separaban
una estrecha pieza enjalbegada. Argiros, su ordenanza, le tendía un lecho de
pieles que se acostumbró a usar entre los búlgaros. Allí administraba justicia,
discutía con arquitectos y constructores y tomaba cuentas a los jefes de la
plaza. Tal como había llegado, partía sin decir hacia dónde iba. De su gusto por
las ruinas y de su interés por las bellas artes le quedaban algunos vestigios
que salían a relucir cuando se trataba de escoger el adorno de un puente, la
decoración de la fachada de una fortaleza o de rescatar tesoros de la antigua
Grecia que habían caído en poder de los musulmanes. Más de una vez prefirió
rescatar el torso de una Venus mutilada o la cabeza de una medusa, a las
reliquias de un santo patriarca de la Iglesia de Oriente. No se le conocieron
amores o aventuras escandalosas, ni era afecto a las ruidosas bacanales gratas a
los demás Estrategas. En los primeros tiempos de su mandato solía llevar consigo
una joven esclava de Gales que le servía con silenciosa ternura y discreta
devoción; y cuando la muchacha murió, en una emboscada en que cayera una parte
de su convoy, el Ilirio no volvió a llevar mujeres consigo y se contentaba con
pasar algunas noches, en los puertos de la costa, con muchachas de las tabernas
con las que bromeaba y reía como cualquiera de sus soldados. Conservaba, sí, una
solitaria e interior lejanía que despertaba en las jóvenes cierto indefinible
temor.
En la gris rutina de esta vida castrense, se fue apagando el antiguo
prestigio del Ilirio y su vida se fue llenando de grandes sombras a las cuales
rara vez aludía, ni permitía que fuesen tema de conversación entre sus
allegados. La Corte lo olvidó o poco menos. Murió el Basileus en circunstancias
muy extrañas y pocas semanas después Irene se hacia proclamar en Santa Sofía
“Gran Basileus y Autocrátor de los Romanos”. El Imperio entró de lleno en uno de
sus habituales períodos de sordo fanatismo, de rabiosa histeria teológica, y los
monjes todopoderosos impusieron el oscuro terror de sus intrigas que llevaban a
las víctimas a los subterráneos de las Blanquernas, en donde les eran sacados
los ojos, o al hipódromo, en donde las descuartizaban briosos caballos. Así era
pagada la menor tibieza en el servicio del Cristo y de su Divina Hija, Estrella
de la Mañana, la Divina Irene. Contra el Estratega nadie se atrevió a alzar la
mano. Su prestigio en el ejército era muy sólido, su hermano había sido
designado Protosebasta y Gran Maestro de las Escuelas, y la Augusta conocía la
natural aversión del Ilirio a tomar partido y su escepticismo hacia los
salvadores del Imperio, que por entonces surgían a cada instante.
Y fue entonces cuando apareció Ana la Cretense, y la vida de Alar cambió de
nuevo por completo. Era ésta la joven heredera de una rica familia de
comerciantes de Cerdeña, los Alesi, establecida desde hacía varias generaciones
en Constantinopla. Gozaban de la confianza y el favor de la Emperatriz, a la que
ayudaban a menudo con empréstitos considerables, respaldados con la recolección
de los impuestos en los puertos bizantinos del Mediterráneo. La muchacha, junto
con su hermano mayor, había caído en manos de los piratas berberiscos, cuando
regresaban de Cerdeña en donde poseían vastas propiedades. Irene encomendó al
Ilirio negociar el rescate de los Alesi con los delegados del Emir, quien
amparaba la piratería y cobraba participación en los saqueos.
Pero antes de relatar el encuentro con Ana, es interesante saber cuál era el
pensamiento, cuáles las certezas y dudas del Estratega, en el momento de conocer
a la mujer que daría a sus últimos días una profunda y nueva felicidad y a su
muerte una particular intención y sentido. Existe una carta de Alar a su hermano
Andrónico, escrita cuatro días antes de recibir la caravana de los Alesi.
Después de comentar algunas nuevas que sobre política exterior del Imperio le
relatara su hermano, dice el Ilirio: «...y esto me lleva a confiar mi certeza en
la fugacidad de ese peligroso compromiso de las mejores virtudes del hombre que
es la política. Observa con cuánta razón nuestra Basilissa esgrime ahora
argumentos para implantar un orden en Bizancio, razón que ella misma hace diez
años hubiera rechazado como atentatoria de las leyes del Imperio y grave
herejía. Y cuánta gente murió entretanto por pensar como ella piensa hoy.
Cuántos ciegos y mutilados por haber hecho pública una fe que hoy es la del
Estado. El hombre, en su miserable confusión, levanta con la mente complicadas
arquitecturas y cree que aplicándolas con rigor conseguirá poner orden al
tumultuoso y caótico latido de su sangre. Nos hemos agarrado las manos en
nuestra misma trampa y nada podemos hacer, ni nadie nos pide que hagamos nada.
Cualquier resolución que tomemos, irá siempre a perderse en el torrente de las
aguas que vienen de sitios muy distantes y se reúnen en el gran desagüe de las
alcantarillas para confundirse en la vasta extensión del océano. Podrás pensar
que un amargo escepticismo me impide gozar del mundo que gratuitamente nos ha
sido dado. No es así, hermano queridísimo. Una gran tranquilidad me visita y
cada episodio de mi rutina de gobernante y soldado se me ofrece con una luz
nueva y reveladora de insospechadas fuentes de vida. No busco detrás de cada
cosa significados remotos o improbables. Trato más bien de rescatar de ella esa
presencia que me da la razón de cada día. Como ya sé con certeza total que
cualquier comunicación que intentes con el hombre es vana y por completo inútil,
que sólo a través de los oscuros caminos de la sangre y de cierta armonía que
pervive a todas las formas y dura sobre civilizaciones e imperios podemos
salvarnos de la nada, vivo entonces sin engañarme y sin pretender que otros lo
hagan por mí ni para mí. Mis soldados me obedecen, porque saben que tengo más
experiencia que ellos en ese trato diario con la muerte que es la guerra; mis
súbditos aceptan mis fallos, porque saben que no los inspira una ley escrita,
sino lo que mi natural amor por ellos trata de entender. No tengo ambición
alguna, y unos pocos libros, la compañía de los macedónicos, las sutilezas del
Dorio, los cantos de Alcen el Provenzal y el tibio lecho de una hetaira del
Líbano colman todas mis esperanzas y propósitos. No estoy en el camino de nadie
ni nadie se atraviesa en el mío. Mato en la batalla sin piedad, pero sin furia.
Mato porque quiero que dure lo más posible nuestro Imperio, antes de que los
bárbaros lo inunden con su jerga destemplada y su rabioso profeta. Soy un
griego, o un romano de oriente, como quieras, y sé que los bárbaros, así sean
latinos, germanos o árabes, vengan de Kiev, de Lutecia, de Bagdad o de Roma,
terminarán por borrar nuestro nombre y nuestra raza. Somos los últimos herederos
de la Hellas inmortal, única que diera al hombre respuesta valedera a sus
preguntas de bastardo. Creo en mi función de Estratega y la cumplo cabalmente,
conociendo de antemano que no es mucho lo que se puede hacer, pero que el no
hacerlo sería peor que morir. Hemos perdido el camino hace muchos siglos y nos
hemos entregado al Cristo sediento de sangre, cuyo sacrificio pesa con
injusticia sobre el corazón del hombre y lo hace suspicaz, infeliz y mentiroso.
Hemos tapiado todas las salidas y nos engañamos como las fieras se engañan en la
oscuridad de las jaulas del circo, creyendo que afuera les espera la selva que
añoran dolorosamente. Lo que me cuentas del Embajador del Sacro Imperio Romano
me parece ejemplo que ajusta a mis razones y debieras, como Logoteta que eres
del Imperio, hacerle ver lo oscuro de sus propósitos y el error de sus ideas,
pero esto sería tanto como...».
La caravana de los Alesi llegó al anochecer al puesto fortificado de Al
Makhir, en donde paraba el Estratega en espera de los rehenes. El Ilirio se
retiró temprano. Había hecho tres días de camino sin dormir. A la mañana
siguiente, después de dar las órdenes para despachar la caballería turca que los
había traído, dio audiencia a los rescatados ciudadanos de Bizancio. Entraron en
silencio a la pequeña celda del Estratega y no salían de su asombro al ver al
Protosebasta de Lycandos, a la Mano Armada del Cristo, al Hijo dilecto de la
Augusta, viviendo como un simple oficial, sin tapetes, ni joyas, acompañado
únicamente de unos cuantos libros. Tendido en su lecho de piel de oso, repasaba
unas listas de cuentas cuando entraron los Alesi, eran cinco y los encabezaba un
joven de aspecto serio y abstraído y una muchacha de unos veinte años con un
velo sobre el rostro. Los tres restantes eran el médico de la familia, un
administrador de la casa en Bari y un tío, higoumeno del Stoudion. Rindieron al
Estratega los homenajes debidos a su jerarquía y éste los invitó a tomar
asiento. Leyó la lista de los visitantes en voz alta y cada uno de ellos
contestó con la fórmula de costumbre: «Griego por la gracia del Cristo y su
sangre redentora, siervo de nuestra divina Augusta». La muchacha fue la última
en responder y para hacerlo se quitó el velo de la cara. No reparó en ella Alar
en el primer momento, y sólo le llamó la atención la reposada seriedad de su voz
que no correspondía con su edad.
Les hizo algunas preguntas de cortesía, averiguó por el viaje y al higoumeno
le habló largo rato sobre su amigo Andrés a quien aquél conocía
superficialmente. A las preguntas que Alar hiciera a la muchacha, ella contestó
con detalles que indicaban una clara inteligencia y un agudo sentido crítico. El
Estratega se fue interesando en la charla y la audiencia se prolongó por varias
horas. Siguiendo alguna observación del hermano sobre el esplendor de la Corte
del Emir, la muchacha preguntó al Estratega: «Si has renunciado al lujo que
impone tu cargo, debemos pensar que eres hombre de profunda religiosidad, pues
llevas una vida al parecer monacal». Alar se la quedó mirando y las palabras de
la pregunta se le escapaban a medida que le dominaba el asombro ante cierta
secreta armonía, de sabor muy antiguo, que se descubría en los rasgos de la
joven. Algo que estaba también en la máscara cretense, mezclado con cierta
impresión de salud ultraterrena que da esa permanencia, a través de los siglos,
de la interrelación de ojos y boca, nariz y frente y la plenitud de formas
propias de ciertos pueblos del Levante. Una sonrisa de la muchacha le trajo de
nuevo al presente y contestó: «Conviene más a mi carácter que a mis convicciones
religiosas este género de vida. Por mi parte lamento no poder ofrecerles mejor
alojamiento».
Y así fue como Alar conoció a Ana Alesi, a la que llamó después La Cretense y
a quien amó hasta su último día y guardó a su lado durante los postreros años de
su gobierno en Lycandos. El Estratega halló razones para ir demorando el viaje
de los Alesi y, después, pretextando la inseguridad de las costas, dejó a Ana
consigo y envió a los demás por tierra, viaje que hubiera resultado en extremo
penoso para la joven.
Ana aceptó gustosa la medida, pues ya sentía hacia el Ilirio el amor y la
profunda lealtad que le guardara toda la vida. Al llegar a Bizancio, el joven
Alesi se quejó ante la Emperatriz por la conducta de Alar. Irene intervino a
través de Andrónico para amonestar al Estratega y exigirle el regreso inmediato
de Ana. Alar contestó a su hermano en una carta, que también figura en los
archivos del Concilio y que nos da muchas luces sobre su historia y sobre las
razones que lo unieron a Ana. Dice así:
«En relación con Ana deseo explicarte lo sucedido para que, tal como te lo
cuento, se lo hagas saber a la Augusta. Tengo demasiada devoción y lealtad por
ella para que, en medio de tanto conspirador y tanto traidor que la rodea, me
distinga, precisamente a mí, con su injusto enojo.
»Ana es, hoy, todo lo que me ata al mundo. Si no fuera por ella, hace mucho
tiempo que hubiera dejado mis huesos en cualquier emboscada nocturna. Tú lo
sabes mejor que nadie y como nadie entiendes mis razones. Al principio, cuando
apenas la conocía, en verdad pretexté ciertos motivos de seguridad para
guardarla a mi lado. Después, se fue uniendo cada vez más a mi vida y hoy el
mundo se sostiene para mí a través de su piel, de su aroma, de sus palabras, de
su amable compañía en el lecho y de la forma como comprende, con clarividencia
hermosísima, las verdades, las certezas que he ido conquistando en mi retiro del
mundo y de sus sórdidas argucias cortesanas. Con ella he llegado a apresar, al
fin, una verdad suficiente para vivir cada día. La verdad de su tibio cuerpo, la
verdad de su voz velada y fiel, la verdad de sus grandes ojos asombrados y
leales. Como esto es muy parecido al razonamiento de un adolescente enamorado,
es probable que en la Corte no lo entiendan. Pero yo sé que la Augusta sabrá
cuál es el particular sentido de mi conducta. Ella me conoce hace muchos años y
en el fondo de su alma cristiana de hoy reposa, escondida, la aguda ateniense
que fuera mi leal amiga y protectora.
»Como sé cuán deleznable y débil es todo intento humano de prolongar, contra
todos y contra todo, una relación como la que me une a Ana, si la Despoina
insiste en ordenar su regreso a Constantinopla no moveré un dedo para impedirlo.
Pero allí habrá terminado para mí todo interés en seguir sirviendo a quien tan
torpemente me lastima».
Andrónico comunicó a Irene la respuesta de su hermano. La Emperatriz se
conmovió con las palabras del Ilirio y prometió olvidar el asunto. En efecto,
dos años permaneció Ana al lado de Alar, recorriendo con él todos los puestos y
ciudades de la frontera y descansando en el estío, en un escondido puerto de la
costa en donde un amigo veneciano había obsequiado al Estratega una pequeña casa
de recreo. Pero los Alesi no se daban por vencidos y con ocasión de un
empréstito que negociaba Irene con algunos comerciantes genoveses, la casa
respaldó la deuda con su firma y la Basilissa se vio obligada a intervenir en
forma definitiva, si bien contra su voluntad, ordenando el regreso de Ana. La
pareja recibió al mensajero de Irene y conferenciaron con él casi toda la noche.
Al día siguiente, Ana la Cretense se embarcaba para Constantinopla y Alar volvía
a la capital de su provincia. Quienes estaban presentes no pudieron menos de
sorprenderse ante la serenidad con que se dijeron adiós. Todos conocían la
profunda adhesión del Estratega a la muchacha y la forma como hacía depender de
ella hasta el más mínimo acto de su vida. Sus íntimos amigos, empero, no se
extrañaron de la tranquilidad del Ilirio, pues conocían muy bien su pensamiento.
Sabían que un fatalismo lúcido, de raíces muy hondas, le hacía aparecer
indiferente en los momentos más críticos.
Alar no volvió a mencionar el nombre de la Cretense. Guardaba consigo algunos
objetos suyos y unas cartas que le escribiera cuando se ausentó para hacerse
cargo del aprovisiona-miento y preparación militar de la flota anclada en Malta.
Conservaba también un arete que olvidó la muchacha en el lecho, la primera vez
que durmieron juntos en la fortaleza de San Esteban Damasceno.
Un día citó a sus oficiales a una audiencia. El Estratega les comunicó sus
propósitos en las siguientes palabras:
«Ahmid Kabil ha reunido todas sus fuerzas y prepara una incursión sin
precedentes contra nuestras provincias. Pero esta vez cuenta, si no con el
apoyo, sí con la vigilante imparcialidad del Emir. Si penetramos por sorpresa en
Siria y alcanzamos a Kabil en sus cuarteles, donde ahora prepara sus fuerzas, la
victoria estará seguramente a nuestro favor. Pero una vez terminemos con él, el
Emir seguramente violará su neutralidad y se echará sobre nosotros, sabiéndonos
lejos de nuestros cuarteles e imposibilitados de recibir ninguna ayuda. Ahora
bien, mi plan consiste en pedir refuerzos a Bizancio y traerlos aquí en sigilo
para reforzar las ciudadelas de la frontera en donde quedarán la mitad de
nuestras tropas.
»Cuando el Emir haya terminado con nosotros, sería loco pensar lo contrario,
pues vamos a luchar cincuenta contra uno, se volverá sobre la frontera e irá a
estrellarse con una resistencia mucho más poderosa de la que sospecha y entonces
será él quien esté lejos de sus cuarteles y será copado por los nuestros.
»Habremos eliminado así dos peligrosos enemigos del Imperio con el sacrificio
de algunos de nosotros. Contra el reglamento, no quiero esta vez designar los
jefes y soldados que deban quedarse y los que quieran internarse conmigo.
Escojan ustedes libremente y mañana, al alba, me comunican su decisión. Una cosa
quiero que sepan con certeza: los que vayan conmigo para terminar con Kabil no
tienen ninguna posibilidad de regresar vivos. El Emir espera cualquier descuido
nuestro para atacarnos y ésta será para él una ocasión única que aprovechará sin
cuartel. Los que se queden para unirse a los refuerzos que hemos pedido a
nuestra Despoina formarán a la izquierda del patio de armas y los que hayan
decidido acompañarme lo harán a la derecha. Es todo».
Se dice que era tal la adhesión que sus gentes tenían por Alar, que los
oficiales optaron por sortear entre ellos el quedarse o partir con el Estratega,
pues ninguno quería abandonarlo. A la mañana siguiente, Alar pasó revista a su
ejército, arengó a los que se quedaban para defender la frontera del Imperio y
sus palabras fueron recibidas con lágrimas por muchos de ellos. A quienes se le
unieron para internarse en el desierto, les ordenó congregar las tropas en un
lugar de la Siria Mardaita. Dos semanas después, se reunieron allí cerca de
cuarenta mil soldados que, al mando personal del Ilirio, penetraron en las
áridas montañas de Asia Menor.
La campaña de Alar está descrita con escrupuloso detalle en las «Relaciones
Militares» de Alejo Comneno, documento inapreciable para conocer la vida militar
de aquella época y penetrar en las causas que hicieron posible, siglos más
tarde, la destrucción del Imperio por los turcos. Alar no se había equivocado.
Una vez derrotado el escurridizo Ahmid Kabil, con muy pocas bajas en las filas
griegas, regresó hacia su Thema a marchas forzadas. En la mitad del camino su
columna fue sorprendida por una avalancha de jenízaros e infantería turca que se
le pegó a los talones sin soltar la presa. Había dividido sus tropas en tres
grupos que avanzaban en abanico hacia lugares diferentes del territorio
bizantino, con el fin de impedir la total aniquilación del ejército que había
penetrado en Siria. Los turcos cayeron en la trampa y se aferraron a la columna
de la extrema izquierda comandada por el Estratega, creyendo que se trataba del
grueso del ejército. Acosado día y noche por crecientes masas de musulmanes,
Alar ordenó detenerse en el oasis de Kazheb y allí hacer frente al enemigo.
Formaron en cuadro, según la tradición bizantina, y comenzó el asedio por parte
de los turcos. Mientras las otras dos columnas volvían intactas al Imperio e
iban a unirse a los defensores de los puestos avanzados, las gentes de Alar iban
siendo copadas por las flechas musulmanas. Al cuarto día de sitio, Alar resolvió
intentar una salida nocturna y por la mañana atacar a los sitiadores desde la
retaguardia. Había la posibilidad de ahuyentarlos, haciéndoles creer que se
trataba de refuerzos enviados de Lycandos. Reunió a los macedónicos y a dos
regimientos de búlgaros y les propuso la salida. Todos aceptaron serenamente y a
medianoche se escurrieron por las frescas arenas que se extendían hasta el
horizonte. Sin alertar a los turcos, cruzaron sus líneas y fueron a esconderse
en una hondonada en espera del alba. Por desgracia para los griegos, a la mañana
siguiente todo el grueso de las tropas del Emir llegaba al lugar del combate. Al
primer claror de la mañana una lluvia de flechas les anunció su fin. Una vasta
marea de infantes y jenízaros se extendía por todas partes rodeando la
hondonada. No tenían siquiera la posibilidad de luchar cuerpo a cuerpo con los
turcos; tal era la barrera impenetrable que formaban las flechas disparadas por
éstos. Los macedónicos atacaron enloquecidos y fueron aniquilados en pocos
minutos por las cimitarras de los jenízaros. Unos cuantos húngaros y la guardia
personal del Estratega rodearon a Alar que miraba impasible la carnicería.
La primera flecha le atravesó la espalda y le salió por el pecho a la altura
de las últimas costillas. Antes de perder por completo sus fuerzas, apuntó a un
mahdi que desde su caballo se divertía en matar búlgaros con su arco y le lanzó
la espada pasándolo de parte a parte. Un segundo flechazo le atravesó la
garganta. Comenzó a perder sangre rápidamente, y envolviéndose en su capa se
dejó caer al suelo con una vaga sonrisa en el rostro. Los fanáticos búlgaros
cantaban himnos religiosos y salmos de alabanza a Cristo, con esa fe ciega y
ferviente de los recién convertidos. Por entre las monótonas voces de los
mártires comenzó a llegarle la muerte al Estratega.
Una gozosa confirmación de sus razones le vino de
repente. En verdad, con el nacimiento caemos en una trampa sin salida. Todo
esfuerzo de la razón, la especiosa red de las religiones, la débil y perecedera
fe del hombre en potencias que le son ajenas o que él inventa al torpe avance de la historia, las
convicciones políticas, los sistemas de griegos y romanos para conducir el
Estado, todo le pareció un necio juego de niños. Y ante el vacío que avanzaba
hacia él a medida que su sangre se escapaba, buscó una razón para haber vivido,
algo que le hiciera valedera la serena aceptación de su nada, y de pronto, como
un golpe de sangre más que le subiera, el recuerdo de Ana la Cretense le fue
llenando de sentido toda la historia de su vida sobre la tierra. El delicado
tejido azul de las venas en sus blancos pechos, un abrirse de las pupilas con
asombro y ternura, un suave ceñirse a su piel para velar su sueño, las dos
respiraciones jadeando entre tantas noches, como un mar palpitando eternamente;
sus manos seguras, blancas, sus dedos firmes y sus uñas en forma de almendra, su
manera de escucharle, su andar, el recuerdo de cada palabra suya, se alzaron
para decirle al Estratega que su vida no había sido en vano y que nada podemos
pedir, a no ser la secreta armonía que nos une pasajeramente con ese gran
misterio de los otros seres y nos permite andar acompañados una parte del
camino. La armonía perdurable de un cuerpo y, a través de ella, el solitario
grito de otro ser que ha buscado comunicarse con quien ama y lo ha logrado, así
sea imperfecta y vagamente, le bastaron para entrar en la muerte con una gran
dicha que se confundía con la sangre manando a borbotones. Un último flechazo lo
clavó en la tierra atravesándole el corazón. Para entonces, ya era presa de esa
desordenada alegría, tan esquiva, de quien se sabe dueño del ilusorio vacío de
la muerte.
FIN
|