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Lo que acostumbraba cuando se acababa de divorciar por
primera vez y se encontraba por fin solo y se sentía tan contento de ser libre
de nuevo, era, después de estar unas cuantas horas haciendo chistes y
carcajeándose con sus amigos en el café, o en el cóctel de la exposición tal,
donde todos se morían de risa de las cosas que decía, volver por la noche a su
departamento nuevamente de soltero y tranquilamente y con delectación morosa
ponerse a acarrear sus instrumentos, primero un sillón, que colocaba en medio
del tocadiscos y una mesita, después una botella de ron y un vaso mediano, azul,
de vidrio de Carretones, después una grabación de la Tercera Sinfonía de Brahms
dirigida por Felix Weingartner, después su gordo ejemplar empastado Editorial
Nueva España S.A., México, 1944, de Los hermanos Karamazov; y en seguida
conectar el tocadiscos, destapar la botella, servirse un vaso, sentarse y abrir
el libro por el capítulo III del Epílogo para leer reiteradamente aquella parte
en que se ve muerto al niño Ilucha en un féretro azul, con las manos plegadas
sobre el pecho y los ojos cerrados, y en la que el niño Kolya, al saber por
Aliocha que Mitya su hermano es inocente de la muerte de su padre y sin embargo
va a morir, exclama emocionado que le gustaría morir por toda la humanidad,
sacrificarse por la verdad aunque fuese con afrenta; para seguir con las
discusiones acerca del lugar en que debía ser enterrado Ilucha, y con las
palabras del padre, quien les cuenta que Ilucha le pidió que cuando lo hubiera
cubierto la tierra desmigajara un pedazo de pan para que bajaran los gorriones y
que él los oiría y se alegraría sintiéndose acompañado, y más tarde él mismo, ya
enterrado Ilucha, parte y esparce en pedacitos un pan murmurando: «Venid, volad
aquí, pajaritos, volad gorriones», y pierde a cada rato el juicio y se desmaya y
se queda como ido y luego vuelve en sí y comienza de nuevo a llorar, y se
arrepiente de no haber dado a la madre de Ilucha una flor de su féretro y quiere
ir corriendo a ofrecérsela, hasta que por último Aliocha, en un rapto de
inspiración, al lado de la gran piedra en donde Ilucha quería ser enterrado, se
dirige a los condiscípulos de éste y pronuncia el discurso en que les dice
aquellas esperanzadas cosas relativas a que pronto se separarán, pero que de
todos modos, cualesquiera que sean las circunstancias que tengan que enfrentar
en la vida, no deben olvidar ese momento en que se sienten buenos, y que si
alguna vez cuando sean mayores se ríen de ellos mismos por haber sido buenos y
generosos, una voz dirá en su corazón: «No, no hago bien en reírme, pues no es
esto cosa de risa», y que se lo dice por si llegan a ser malos, pero no hay
motivo para que seamos malos, verdad muchachos, y que aun dentro de treinta años
recordará esos rostros vueltos hacia él, y que a todos los quiere, y que de ahí
en adelante todos tendrán un puesto en su corazón, con la final explosión de
entusiasmo en que los niños conmovidos gritan a coro ¡viva Karamazov!; lectura
que desarrollaba a un ritmo tal y tan bien calculado que los vivas a Karamazov
terminaban exactamente con los últimos acordes de la sinfonía, para volver
nuevamente a empezar según el efecto del ron lo permitiera, sobre todo que
permitiera por último apagar el tocadiscos, tomar una copa final e irse a la
cama, para ya en ella hundir minuciosamente la cabeza en la almohada y sollozar
y llorar amargamente una vez más por Mitya, por Ilucha, por Aliocha, por Kolya,
por Mitya.
FIN |