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Hace de esto once años. Viajaba por la región agrícola que
se dividen las provincias de Córdoba y de Santa Fe, provisto de las
recomendaciones indispensables para escapar a las horribles posadas de aquellas
colonias en formación. Mi estómago, derrotado por los invariables salpicones con
hinojo y las fatales nueces del postre, exigía fundamentales refacciones. Mi
última peregrinación debía efectuarse bajo los peores auspicios. Nadie sabía
indicarme un albergue en la población hacia donde iba a dirigirme. Sin embargo,
las circunstancias apremiaban, cuando el juez de paz que me profesaba cierta
simpatía. vino en mi auxilio.
-Conozco allá -me dijo- un señor inglés viudo y solo.
Posee una casa, lo mejor de la colonia, y varios terrenos de no escaso valor.
Algunos servicios que mi cargo me puso en situación de prestarle, serán buen
pretexto para la recomendación que usted desea, y que si es eficaz le
proporcionará excelente hospedaje. Digo si es eficaz, pues mi hombre, no
obstante sus buenas cualidades, suele tener su luna en ciertas ocasiones,
siendo, además, extraordinariamente reservado. Nadie ha podido penetrar en su
casa más allá del dormitorio donde instala a sus huéspedes, muy escasos por otra
parte. Todo esto quiere decir que va usted en condiciones nada ventajosas, pero
es cuanto puedo suministrarle. El éxito es puramente casual. Con todo, si usted
quiere una carta de recomendación...
Acepté y emprendí acto continuo mi viaje, llegando al
punto de destino horas después.
Nada tenía de atrayente el lugar. La estación con su
techo de tejas coloradas; su andén crujiente de carbonilla; su semáforo a la
derecha, su pozo a la izquierda. En la doble vía del frente, media docena de
vagones que aguardaban la cosecha. Más allá el galpón, bloqueado por bolsas de
trigo. A raíz del terraplén, la pampa con su color amarillento como un pañuelo
de yerbas; casitas sin revoque diseminadas a lo lejos, cada una con su parva al
costado; sobre el horizonte el festón de humo del tren en marcha, y un silencio
de pacífica enormidad entonando el color rural del paisaje.
Aquello era vulgarmente simétrico como todas las
fundaciones recientes. Notábase rayas de mensura en esa fisonomía de pradera
otoñal. Algunos colonos llegaban a la estafeta en busca de cartas. Pregunté a
uno por la casa consabida, obteniendo inmediatamente las señas. Noté en el modo
de referirse a mi huésped, que se lo tenía por hombre considerable.
No vivía lejos de la estación. Unas diez cuadras más
allá, hacia el oeste, al extremo de un camino polvoroso que con la tarde tomaba
coloraciones lilas, distinguí la casa con su parapeto y su cornisa, de cierta
gallardía exótica entre las viviendas circundantes; su jardín al frente; el
patio interior rodeado por una pared tras la cual sobresalían ramas de
duraznero. El conjunto era agradable y fresco; pero todo parecía deshabitado.
En el silencio de la tarde, allá sobre la campiña
desierta, aquella casita, no obstante su aspecto de chalet industrioso, tenía
una especie de triste dulzura, algo de sepulcro nuevo en el emplazamiento de un
antiguo cementerio.
Cuando llegué a la verja, noté que en el jardín había
rosas, rosas de otoño, cuyo perfume aliviaba como una caridad la fatigosa
exhalación de las trillas. Entre las plantas que casi podía tocar con la mano,
crecía libremente la hierba; y una pala cubierta de óxido yacía contra la pared,
con su cabo enteramente liado por una guía de enredadera.
Empujé la puerta de reja, atravesé el jardín, y no sin
cierta impresión vaga de temor fui a golpear la puerta interna. Pasaron minutos.
El viento se puso a silbar en una rendija, agravando la soledad. A un segundo
llamado, sentí pasos; y poco después la puerta se abría, con un ruido de madera
reseca. El dueño de casa apareció saludándome.
Presenté mi carta. Mientras leía, pude observarlo a mis
anchas. Cabeza elevada y calva; rostro afeitado de clergyman; labios
generosos, nariz austera. Debía de ser un tanto místico. Sus protuberancias
supercialiares, equilibraban con una recta expresión de tendencias impulsivas,
el desdén imperioso de su mentón. Definido por sus inclinaciones profesionales,
aquel hombre podía ser lo mismo un militar que un misionero. Hubiera deseado
mirar sus manos para completar mi impresión, mas sólo podía verlas por el dorso.
Enterado de la carta, me invitó a pasar, y todo el
resto de mi permanencia, hasta la hora de comer, quedó ocupado por mis arreglos
personales. En la mesa fue donde empecé a notar algo extraño.
Mientras comíamos, advertí que no obstante su perfecta
cortesía, algo preocupaba a mi interlocutor. Su mirada invariablemente dirigida
hacia un ángulo de la habitación, manifestaba cierta angustia; pero como su
sombra daba precisamente en ese punto, mis miradas furtivas nada pudieron
descubrir. Por lo demás, bien podía no ser aquello sino una distracción
habitual.
La conversación seguía en tono bastante animado, sin
embargo. Tratábase del cólera que por entonces azotaba los pueblos cercanos. Mi
huésped era homeópata, y no disimulaba su satisfacción por haber encontrado en
mí uno del gremio. A este propósito, cierta frase del diálogo hizo variar su
tendencia. La acción de las dosis reducidas acababa de sugerirme un argumento
que me apresuré a exponer.
-La influencia que sobre el péndulo de Rutter
-dije concluyendo una frase-, ejerce la proximidad
de cualquier substancia, no depende de la cantidad. Un glóbulo homeopático
determina oscilaciones iguales a las que produciría una dosis quinientas o mil
veces mayor.
Advertí al momento, que acababa de interesar con mi
observación. El dueño de casa me miraba ahora.
-Sin embargo -respondió-
Reichenbach ha contestado negativamente esa prueba. Supongo que ha leído usted a
Reichenbach.
-Lo he leído, sí; he atendido sus críticas, he
ensayado, y mi aparato, confirmando a Rutter, me ha demostrado que el error
procedía del sabio alemán, no del inglés. La causa de semejante error es
sencillísima, tanto que me sorprende cómo no dio con ella el ilustre descubridor
de la parafina y de la creosota.
Aquí, sonrisa de mi huésped: prueba terminante de que
nos entendíamos.
-¿Usó usted el primitivo péndulo de Rutter, o el
perfeccionado por el doctor Leger?
-El segundo -respondí.
-Es mejor. ¿Y cuál sería, según sus investigaciones, la
causa del error de Reichenbach?
-Esta: los sensitivos con que operaba, influían sobre
el aparato, sugestionándose por la cantidad del cuerpo estudiado. Si la
oscilación provocada por un escrúpulo de magnesia, supongamos, alcanzaba una
amplitud de cuatro líneas, las ideas corrientes sobre la relación entre causa y
efecto, exigían que la oscilación aumentara en proporción con la
cantidad: diez gramos, por ejemplo. Los sensitivos del barón, eran individuos
nada versados por lo común en especulaciones científicas; y quienes practican
experiencias así, saben cuán poderosamente influyen sobre tales personas las
ideas tenidas por verdaderas, sobre todo si son lógicas. Aquí está, pues, la
causa del error. El péndulo no obedece a la cantidad, sino a la naturaleza del
cuerpo estudiado solamente; pero cuando el sensitivo cree que la cantidad mayor
influye, aumenta el efecto, pues toda creencia es una volición. Un péndulo, ante
el cual el sujeto opera sin conocer las variaciones de cantidad, confirma a
Rutter. Desaparecida la alucinación...
-Oh, ya tenemos aquí la alucinación -dijo
mi interlocutor con manifiesto desagrado.
-No soy de los que explican todo por la alucinación, a
lo menos confundiéndola con la subjetividad, como frecuentemente ocurre. La
alucinación es para mí una fuerza, más que un estado de ánimo, y así
considerada, se explica por medio de ella buena porción de fenómenos. Creo que
es la doctrina justa.
-Desgraciadamente es falsa. Mire usted, yo conocí a
Home, el medium, en Londres, allá por 1872. Seguí luego con vivo interés las
experiencias de Crookes, bajo un criterio radicalmente materialista; pero la
evidencia se me impuso con motivo de los fenómenos del 74. La alucinación no
basta para explicarlo todo. Créame usted, las apariciones son autónomas...
-Permítame una pequeña digresión -interrumpí,
encontrando en aquellos recuerdos una oportunidad para comprobar mis deducciones
sobre el personaje-: quiero hacerle una pregunta, que no
exige desde luego contestación, si es indiscreta. ¿Ha sido usted militar?...
-Poco tiempo; llegué a subteniente del ejército de la
India.
-Por cierto, la India sería para usted un campo de
curiosos estudios.
-No; la guerra cerraba el camino del Tíbet a donde
hubiese querido llegar. Fui hasta Cawnpore, nada más. Por motivos de salud,
regresé muy luego a Inglaterra; de Inglaterra pasé a Chile en 1879; y por último
a este país en 1888.
-¿Enfermó usted en la India?
-Sí -respondió con tristeza el
antiguo militar, clavando nuevamente sus ojos en el rincón del aposento.
-¿El cólera?... -insistí.
Apoyó él la cabeza en la mano izquierda, miró por sobre
mí, vagamente. Su pulgar comenzó a moverse entre los ralos cabellos de la nuca.
Comprendí que iba a hacerme una confidencia de la cual eran prólogo aquellos
ademanes, y esperé. Afuera chirriaba un grillo en la oscuridad.
-Fue algo peor todavía -comenzó
mi huésped-. Fue el misterio. Pronto hará cuarenta años y
nadie lo ha sabido hasta ahora. ¿Para qué decirlo? No lo hubieran entendido,
creyéndome loco por lo menos. No soy un triste, soy un desesperado. Mi mujer
falleció hace ocho años, ignorando el mal que me devoraba, y afortunadamente no
he tenido hijos. Encuentro en usted por primera vez un hombre capaz de
comprenderme.
Me incliné agradecido.
-¡Es tan hermosa la ciencia, la ciencia libre, sin
capilla y sin academia! Y no obstante, está usted todavía en los umbrales. Los
fluidos ódicos de Reichenbach no son más que el prólogo. El caso que va usted a
conocer, le revelará hasta dónde puede llegarse.
El narrador se conmovía. Mezclaba frases inglesas a su
castellano un tanto gramatical . Los incisos adquirían una tendencia imperiosa,
una plenitud rítmica extraña en aquel acento extranjero.
-En febrero de 1858 -continuó-
fue cuando perdí toda mi alegría. Habrá usted oído hablar de los yoghis,
los singulares mendigos cuya vida se comparte entre el espionaje y la
taumaturgia. Los viajeros han popularizado sus hazañas, que sería inútil
repetir. Pero, ¿sabe en qué consiste la base de sus poderes?
-Creo que en la facultad de producir cuando quieren el
autosonambulismo, volviéndose de tal modo insensibles, videntes...
-Es exacto. Pues bien, yo vi operar a los yoghis
en condiciones que imposibilitaban toda superchería. Llegué hasta fotografiar
las escenas, y la placa reprodujo todo, tal cual yo lo había visto. La
alucinación resultaba, así, imposible, pues los ingredientes químicos no se
alucinan... Entonces quise desarrollar idénticos poderes. He sido siempre audaz,
y luego no estaba entonces en situación de apreciar las consecuencias. Puse,
pues, manos a la obra.
-¿Por cuál método?
Sin responderme, continuó:
-Los resultados fueron sorprendentes. En poco tiempo
llegué a dormir. Al cabo de dos años producía la traslación consciente. Pero
aquellas prácticas me habían llevado al colmo de la inquietud. Me sentía
espantosamente desamparado, y con la seguridad de una cosa adversa mezclada a mi
vida como un veneno. Al mismo tiempo, devorábame la curiosidad. Estaba en la
pendiente y ya no podía detenerme. Por una continua tensión de voluntad,
conseguía salvar las apariencias ante el mundo. Mas, poco a poco, el poder
despertado en mí se volvía más rebelde... Una distracción prolongada, ocasionaba
el desdoblamiento. Sentía mi personalidad fuera de mí, mi cuerpo venía a ser
algo así como una afirmación del no yo, diré expresando concretamente
aquel estado. Como las impresiones se avivaban, produciéndome angustiosa
lucidez, resolví una noche ver mi doble. Ver qué era lo que salía de mí,
siendo yo mismo, durante el sueño extático.
-¿Y pudo conseguirlo?
-Fue una tarde, casi de noche ya. El desprendimiento se
produjo con la facilidad acostumbrada. Cuando recobré la conciencia, ante mí, en
un rincón del aposento, había una forma. Y esa forma era un mono, un horrible
animal que me miraba fijamente. Desde entonces no se aparta de mí. Lo veo
constantemente. Soy su presa. A donde quiera él va, voy conmigo,
con él. Está siempre ahí. Me mira constantemente, pero no se le
acerca jamás, no se mueve jamás, no me muevo jamás...
Subrayo los pronombres trocados en la última frase, tal
como la oí. Una sincera aflicción me embargaba. Aquel hombre padecía, en efecto,
una sugestión atroz.
-Cálmese usted -le dije,
aparentando confianza-. La reintegración no es imposible.
-¡Oh, sí! -respondió con
amargura-. Esto es ya viejo. Figúrese usted, he perdido
el concepto de la unidad. Sé que dos y dos son cuatro, por recuerdo; pero ya no
lo siento. El más sencillo problema de aritmética carece de sentido para mí,
pues me falta la convicción de la cantidad. Y todavía sufro cosas más raras.
Cuando me tomo una mano con la otra, por ejemplo, siento que aquélla es
distinta, como si perteneciera a otra persona que no soy yo. A veces veo las
cosas dobles, porque cada ojo procede sin relación con el otro...
Era, a no dudarlo, un caso curioso de locura, que no
excluía el más perfecto raciocinio.
-Pero en fin, ¿ese mono?..., pregunté para agotar el
asunto.
-Es negro como mi propia sombra, y melancólico al lado
de un hombre. La descripción es exacta, porque lo estoy viendo ahora mismo. Su
estatura es mediana, su cara como todas las caras de mono. Pero siento, no
obstante, que se parece a mí. Hablo con entero dominio de mí mismo. ¡Ese animal
se parece a mí!
Aquel hombre, en efecto, estaba sereno; y sin embargo,
la idea de una cara simiesca formaba tan violento contraste con su rostro de
aventajado ángulo facial, su cráneo elevado y su nariz recta, que la
incredulidad se imponía por esta circunstancia, más aún que por lo absurdo de la
alucinación.
Él notó perfectamente mi estado; púsose de pie como
adoptando una resolución definitiva:
-Voy a caminar por este cuarto, para que usted lo vea.
Observe mi sombra, se lo ruego.
Levantó la luz de la lámpara, hizo rodar la mesa hasta
un extremo del comedor y comenzó a pasearse. Entonces, la más grande de las
sorpresas me embargó. ¡La sombra de aquel sujeto no se movía! Proyectada sobre
el rincón, de la cintura arriba, y con la parte inferior sobre el piso de madera
clara, parecía una membrana, alargándose y acortándose según la mayor o menor
proximidad de su dueño. No podía yo notar desplazamiento alguno bajo las
incidencias de luz en que a cada momento se encontraba el hombre.
Alarmado al suponerme víctima de tamaña locura, resolví
desimpresionarme y ver si hacía algo parecido con mi huésped, por medio de un
experimento decisivo. Pedíle que me dejara obtener su silueta pasando un lápiz
sobre el perfil de la sombra.
Concedido el permiso, fijé un papel con cuatro migas de
pan mojado hasta conseguir la más perfecta adherencia posible a la pared, y de
manera que la sombra del rostro quedase en el centro mismo de la hoja. Quería,
como se ve, probar por la identidad del perfil entre la cara y su sombra (esto
saltaba a la vista, pero el alucinado sostenía lo contrario) el origen de dicha
sombra, con intención de explicar luego su inmovilidad asegurándome una base
exacta.
Mentiría si dijera que mis dedos no temblaron un poco
al posarse en la mancha sombría, que por lo demás diseñaba perfectamente el
perfil de mi interlocutor; pero afirmo con entera certeza que el pulso no me
falló en el trazado. Hice la línea sin levantar la mano, con un lápiz Hardtmuth
azul, y no despegué la hoja concluido que hube, hasta no hallarme convencido por
una escrupulosa observación, de que mi trazo coincidía perfectamente con el
perfil de la sombra, y éste con el de la cara del alucinado.
Mi huésped seguía la experiencia con inmenso interés.
Cuando me aproximé a la mesa, vi temblar sus manos de emoción contenida. El
corazón me palpitaba, como presintiendo un infausto desenlace.
-No mire usted -dije.
-¡Miraré! -me respondió con un
acento tan imperioso, que a pesar mío puse el papel ante la luz.
Ambos palidecimos de una manera horrible. Allí ante
nuestros ojos, la raya de lápiz trazaba una frente deprimida, una nariz chata,
un hocico bestial. ¡El mono! ¡La cosa maldita!
Y conste que yo no sé dibujar.
FIN |