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Por la calleja triste y solitaria pasan ráfagas zumbadoras. El polvo se
arremolina y penetra en las habitaciones por los cristales rotos y a través de
los tableros de las puertas desvencijadas.
El crepúsculo envuelve con su parda penumbra tejados y muros y un ruido
lejano, profundo, llena el espacio entre una y otra racha: es la voz
inconfundible del mar.
En la tiendecilla de pompas fúnebres, detrás del mostrador, con el rostro
apoyado en las palmas de las manos, la propietaria parece abstraída en hondas
meditaciones. Delante de ella, una mujer de negras ropas, con la cabeza cubierta
por el manto, habla con voz que resuena en el silencio con la tristeza
cadenciosa de una plegaria o una confesión.
Entre ambas hay algunas coronas y cruces de papel pintado.
La voz monótona murmura:
-...Después de mirarme un largo rato con aquellos ojos claros empañados ya
por la agonía, asiéndome de una mano se incorporó en el lecho, y me dijo con un
acento que no olvidaré nunca: “¡Prométeme que no la desampararás! ¡Júrame, por
la salvación de tu alma, que serás para ella como una madre, y que velarás por
su inocencia y por su suerte como lo haría yo misma!”
La abracé llorando, y le prometí y juré lo que quiso.
(Una ráfaga de viento sacude la ancha puerta, lanzan los goznes un chirrido
agudo y la voz plañidera continúa:)
-Cumplía apenas los doce años, era rubia, blanca, con ojos azules tan
cándidos, tan dulces, como los de la virgencita que tengo en el altar.
Hacendosa, diligente, adivinaba mis deseos. Nunca podía reprocharle cosa alguna
y, sin embargo, la maltrataba. De las palabras duras, poco a poco,
insensiblemente, pasé a los golpes, y un odio feroz contra ella y contra todo lo
que provenía de ella, se anidó en mi corazón.
Su humildad, su llanto, la tímida expresión de sus ojos tan resignada y
suplicante, me exasperaba. Fuera de mí, cogíala a veces por los cabellos y la
arrastraba por el cuarto, azotándola contra las paredes y contra los muebles
hasta quedarme sin aliento.
Y luego, cuando en silencio, con los ojos llorosos, veíala ir y venir
colocando en su sitio las sillas derribadas por el suelo, sentía el corazón como
un puño. Un no sé qué de angustia y de dolor, de ternura y de arrepentimiento
subía de lo más hondo de mi ser y formaba un nudo en mi garganta. Experimentaba
entonces unos deseos irresistibles de llorar a gritos, de pedirle perdón de
rodillas, de cogerla en mis brazos y comérmela a caricias.
(Unos pasos apresurados cruzan delante de la puerta. La narradora se volvió a
medias y su perfil agudo salió un instante de la sombra para eclipsarse en
seguida.)
-...La enfermedad -aquí la voz se hizo opaca y temblorosa- me postraba a
veces por muchos días en la cama. ¡Era de ver entonces sus cuidados para
atenderme! ¡Con qué amorosa solicitud ayudábame a cambiar de postura! Como una
madre con su hijo, rodeábame el cuello con sus delgados bracitos para que
pudiese incorporarme.
Siempre silenciosa acudía a todo, iba a la compra, encendía el fuego,
preparaba el alimento. De noche, a un movimiento brusco, a un quejido que se me
escapara, ya estaba ella junto a mí, preguntándome con su vocecita de ángel:
-¿Me llamas, mamá; necesitas algo?
Rechazábala con suavidad, pero sin hablar. No quería que el eco de mi voz
delatase la emoción que me embargaba. Y ahí, en la oscuridad de esas largas
noches, sin sueño, asaltábame tenaz y torcedor el remordimiento. El perjurio
cometido, lo abominable de mi conducta, aparecíaseme en toda su horrenda
desnudez. Mordía las sábanas para ahogar los sollozos, invocaba a la muerta,
pedíale perdón y hacía protestas ardientes de enmienda, conminándome, en caso de
no cumplirlas, con las torturas eternas que Dios destina a los réprobos.
(La vendedora, sin cambiar de postura, oía sin desplegar los labios, con el
inmóvil rostro iluminado por la claridad tenue e indecisa del crepúsculo.)
-Mas la luz del alba -prosigue la enlutada- y la vista de aquella cara
pálida, cuyos ojos me miraban con timidez de perrillo castigado, daban al traste
con todos aquellos propósitos. ¡Cómo disimulas, hipócrita!, pensaba. ¡Te alegran
mis sufrimientos, lo adivino, lo leo en tus ojos! Y en vano trataba de resistir
al extraño y misterioso poder que me impelía a esos actos feroces de crueldad,
que una vez satisfechos me horrorizaban.
Parecíame ver en su solicitud, en su sumisión, en su humildad, un reproche
mudo, una perpetua censura. Y su silencio, sus pasos callados, su resignación
para recibir los golpes, sus ayes contenidos, sin una protesta, sin una
rebelión, antojábanseme otros tantos ultrajes que me encendían de ira hasta la
locura.
-¡Cómo la odiaba entonces, Dios mío, cómo!
(En la tienda desierta las sombras invaden los rincones, borrando los
contornos de los objetos. La negra silueta de la mujer se agigantaba y su tono
adquirió lúgubres inflexiones.)
-Fue a entradas de invierno. Empezó a toser. En sus mejillas aparecieron dos
manchas rojas y sus ojos azules adquirieron un brillo extraño, febril. Veíala
tiritar de continuo y pensaba que era necesario cambiar sus ligeros vestidos por
otros más adecuados a la estación. Pero no lo hacía... y el tiempo era cada vez
más crudo... apenas se veía el sol.
(La narradora hizo una pausa, un gemido ahogado brotó de su garganta, y luego
continuó:)
-Hacía ya tiempo que había apagado la luz. El golpeteo de la lluvia y el
bramido del viento, que soplaba afuera huracanado, teníanme desvelada. En el
lecho abrigado y caliente, aquella música producíame una dulce voluptuosidad. De
pronto, el estallido de un acceso de tos me sacó de aquella somnolencia,
crispáronse mis nervios y aguardé ansiosa que el ruido insoportable cesara.
Mas, terminado un acceso, empezaba otro más violento y prolongado. Me refugié
bajo los cobertores, metí la cabeza debajo de la almohada; todo inútil. Aquella
tos, seca, vibrante, resonaba en mis oídos con un martilleo ensordecedor.
No pude resistir más y me senté en la cama y, con voz que la cólera debía de
hacer terrible, le grité:
-¡Calla, cállate, miserable!
Un rumor comprimido me contestó. Entendí que trataba de ahogar los accesos,
cubriéndose la boca con las manos y las ropas, pero la tos triunfaba siempre.
No supe cómo salté al suelo y cuando mis pies tropezaron con el jergón, me
incliné y busqué a tientas en la oscuridad aquella larga y dorada cabellera y,
asiéndola con ambas manos, tiré de ella con furia. Cuando estuvimos junto a la
puerta comprendió, sin duda, mi intento, porque por primera vez trató de hacer
resistencia y procurando desasirse clamó con indecible espanto:
-¡No, no, perdón, perdón!
Mas yo había descorrido el cerrojo... Una ráfaga de viento y agua penetró por
el hueco, y me azotó el rostro con violencia.
Aferrada a mis piernas, imploraba con desgarrador acento:
-¡No, no, mamá, mamá!
Reuní mis fuerzas y la lancé afuera y, cerrando en seguida, me volví al lecho
estremecida de terror.
(La propietaria escuchaba atenta y muda, y sus ojos se animaban, bajo el arco
de sus cejas, cuando la voz opaca y velada disminuía su diapasón.)
-Mucho tiempo permaneció junto a la puerta lanzando desesperados lamentos,
interrumpidos a cada instante por los accesos de tos. Me parecía, a veces,
percibir entre el ruido del viento y de la lluvia, que ahogaba sus gritos, el
temblor de sus miembros y el castañeteo de sus dientes.
Poco a poco sus voces de:
-¡Ábreme, mamá, mamacita; tengo miedo, mamá! -fueron debilitándose, hasta
que, por fin, cesaron por completo.
Yo pensé: se ha ido al cobertizo, al fondo del patio, único sitio donde podía
resguardarse de la lluvia, y la voz del remordimiento se alzó acusadora y
terrible en lo más hondo de la conciencia:
-¡La maldición de Dios -me gritaba- va a caer sobre ti...! ¡La estás
matando...! ¡Levántate y ábrele...! ¡Aún es tiempo!
Cien veces intenté descender del lecho, pero una fuerza incontrastable me
retenía en él, atormentada y delirante.
¡Qué horrible noche, Dios mío!
(Algo como un sollozo convulsivo siguió a estas palabras. Hubo algunos
segundos de silencio y luego la voz más cansada, más doliente, prosiguió:)
Una gran claridad iluminaba la pieza cuando desperté. Me volví hacia la
ventana y vi a través de los cristales el cielo azul. La borrasca había pasado y
el día se mostraba esplendoroso, lleno de sol. Sentí el cuerpo adolorido,
enervado por la fatiga; la cabeza parecíame que pesaba sobre los hombros como
una masa enorme. Las ideas brotaban del cerebro torpes, como oscurecidas por una
bruma. Trataba de recordar algo, y no podía. De pronto, la vista del jergón
vacío que estaba en el rincón del cuarto, despejó mi memoria y me reveló de un
golpe lo sucedido.
Sentí que algo opresor se anudaba a mi garganta y una idea horrible me
perforó el cerebro, como un hierro candente.
Y estremecida de espanto, sin poder contener el choque de mis dientes, más
bien me arrastré que anduve hacia la puerta; pero, cuando ponía la mano en el
cerrojo, un horror invencible me detuvo. De súbito mi cuerpo se dobló como un
arco y tuve la rápida visión de una caída. Cuando volví estaba tendida de
espaldas en el pavimento. Tenía los miembros magullados, el rostro y las manos
llenos de sangre.
Me levanté y abrí... Falta de apoyo, se desplomó hacia adentro. Hecha un
ovillo, con las piernas encogidas, las manos cruzadas y la barba apoyada en el
pecho, parecía dormir. En la camisa veíanse grandes manchas rojas. La despojé de
ella y la puse desnuda sobre mi lecho. ¡Dios mío, más blanco que las sábanas,
qué miserable me pareció aquel cuerpecillo, qué descarnado: era sólo piel y
huesos!
Cruzábanlo infinitas líneas y trazos oscuros. Demasiado sabía yo el origen de
aquellas huellas, ¡pero nunca imaginé que hubiera tantas!
Poco a poco fue reanimándose, hasta que, por fin, entreabrió los ojos y los
fijó en los míos. Por la expresión de la mirada y el movimiento de los labios,
adiviné que quería decirme algo. Me incliné hasta tocar su rostro y, después de
escuchar un rato, percibí un susurro casi imperceptible:
-¡La he visto! ¿Sabes? ¡Qué contenta estoy! ¡Ya no me abandonará más, nunca
más!
(La ventolina parecía decrecer y el ruido del mar sonaba más claro y
distinto, entre los tardíos intervalos de las ráfagas.)
-Le tomó el pulso y la miró largamente (gime la voz).
Lo acompañé hasta el umbral y volví otra vez junto a ella. Las palabras
hemorragia... ha perdido mucha sangre... morirá antes de la noche, me sonaban en
los oídos como algo lejano, que no me interesaba en manera alguna. Ya no sentía
esa inquietud y angustia de todos los instantes. Experimentaba una gran
tranquilidad de ánimo. Todo ha acabado, me decía y pensé en los preparativos del
funeral. Abrí el baúl y extraje de su fondo la mortaja destinada para servirme a
mí misma. Y, sentándome a la cabecera, púseme inmediatamente a la tarea de
deshacer las costuras para disminuirla de tamaño.
Más blanca que un cirio, con los ojos cerrados, yacía de espaldas respirando
trabajosamente. Nunca, como entonces, me pareció más grande la semejanza. Los
mismos cabellos, el mismo óvalo del rostro y la misma boca pequeña, con la
contracción dolorosa en los labios. Va a reunirse con ella, pensé ¡Qué felices
son! Y convencida de que su sombra estaba ahí, a mi lado, junto a ella, proferí:
-¡He cumplido mi juramento, ahí la tienes, te la devuelvo como la recibí,
pura, sin mancha, santificada por el martirio!
Estallé en sollozos. Una desolación inmensa, una amargura sin límites llenó
mi alma. Entreví con espanto la soledad que me aguardaba. La locura se apoderó
de mí, me arranqué los cabellos, di gritos atroces, maldije del destino... De
súbito me calmé: me miraba. Cogí la mortaja y, con voz rencorosa de odio, díjele,
mientras se la ponía delante de los ojos:
-Mira, ¿qué te parece el vestido que te estoy haciendo? ¡Qué bien te sentará!
¡Y qué confortable y abrigador es! ¡Cómo te calentará cuando estés debajo de
tierra; dentro de la fosa que ya está cavando para ti el enterrador!
Mas ella nada me contestaba. Asustada, sin duda, de ese horrible traje gris,
se había puesto de cara a la pared. En vano le grité:
-¡Ah! ¡Testaruda, te obstinas en no ver! Te abriré los ojos por la fuerza.
Y echándole la mortaja encima, la tomé de un brazo y la volví de un tirón:
estaba muerta.
(Afuera el viento sopla con brío. Un remolino de polvo penetra por la puerta,
invade la tienda, oscureciéndola casi por completo. Y apagada por el ruido de
las ráfagas, se oye aún por un instante resonar la voz:)
-Mañana es día de difuntos y, como siempre, su tumba ostentará las flores más
frescas y las más hermosas coronas.
En la tienda, las sombras lo envuelven todo. La propietaria, con el rostro en
las palmas de las manos, apoyada en el mostrador, como una sombra también,
permanece inmóvil. El viento zumba, sacude las coronas y modula una lúgubre
cantinela, que acompañan con su frufrú de cosas muertas los pétalos de tela y de
papel pintado:
-¡Mañana es día de difuntos!
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