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En medio del ávido silencio del auditorio alzóse
evocadora, grave y lenta, la voz monótona del vagabundo:
-...Me acuerdo como si fuera hoy; era un día así como
éste; el sol echaba chispas allá arriba y parecía que iba a pegar fuego a los
secos pastales y a los rastrojos. Yo y otros de mi edad nos habíamos quitado las
chaquetas y jugábamos a la rayuela debajo de la ramada. Mi madre, que andaba
atareadísima aquella mañana, me había gritado ya tres veces, desde la puerta de
la cocina: "¡Pascual, tráeme unas astillas secas para encender el horno!"
Yo, empecatado en el juego, le contestaba siguiendo con
la vista el vuelo de los tejos de cobre:
-Ya voy, madre, ya voy.
Pero el diablo me tenía agarrado y no iba, no iba... De
repente, cuando con la redondela en la mano ponía mis cinco sentidos para
plantar un doble en la raya, sentí en la espalda un golpe y un escozor como si
me hubiesen arrimado a los lomos un hierro ardiendo. Di un bufido y ciego de
rabia, como la bestia que tira una coz, solté un revés con todas mis fuerzas...
Oí un grito, una nube me pasó por la vista y vislumbré
a mi madre, que sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con la cara
llena de sangre, al mismo tiempo que me decía con una voz que me heló hasta la
médula de los huesos:
-¡Maldito seas, hijo maldito!
Sentí que el mundo se me venía encima y caí redondo
como si me hubiese partido un rayo... Cuando volví tenía la mano izquierda, la
mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.
Mientras los campesinos se estrechaban en torno del
banco ansiosos de contemplar de cerca el prodigio, el viejo habíase desabrochado
la blusa y puesto al descubierto el pecho hundido, descarnado, con la terrosa
piel pegada a los huesos. Y ahí, justamente debajo de la tetilla derecha, veíase
la mano, una mano pálida, con dedos largos y uñas descomunales adherida por la
palma a esa parte del cuerpo como si estuviese soldada o cosida con él.
Un murmullo temeroso partió del grupo y voces ahogadas
profirieron:
-¡Pobrecito!
-¡Qué castigo, mi Dios!
-¡Qué ejemplo, Jesús bendito!
El vagabundo esperó que los murmullos y las
exclamaciones se extinguiesen y luego continuó:
-Una noche se me apareció, en sueños, Nuestro Señor, y
me ordenó que me fuera por el mundo para que mi castigo, confundiendo a los
incrédulos, sirviese de ejemplo a los malos hijos.
Los padres y las madres clavaron en los rostros
confusos de sus juveniles retoños una mirada que parecía decir:
-¿Han oído? ¡Esto es para ustedes! ¿Olvidarán la
leccioncita?
El silencio tenía algo de religioso y de solemne cuando
el viejo prosiguió:
-Honra a tu padre y a tu madre dice la ley de Dios, y
yo les encarezco, mis hijos, que nunca, jamás, desobedezcan a sus mayores. Sean
siempre dóciles y sumisos y alcanzarán la felicidad en este mundo y la gloria
eterna en el otro.
-¡Amén! -dijeron muchas voces trémulas por la emoción.
La ramada bajo la cual se cobijaba el vagabundo era la
prolongación de un pajizo rancho, morada de uno de los más ancianos vaqueros del
fundo. A cincuenta metros estaba la carretera, a la que daba acceso una puerta
de trancas cuyas varas, corridas de un lado, descansaban por una de sus
extremidades en el suelo, dejando un paso estrecho que un caballo podía salvar
con un pequeño salto. El terreno sobre el cual se alzaba la choza, era llano y
estaba cerrado por una ligera empalizada de ramas secas. En lo alto el sol
fulguraba intensamente derramando sus blancos resplandores sobre los campos
sumidos en el letargo de la quietud y el sopor.
El mendigo, sentado en el banco junto al cual los
campesinos van depositando en silencio sus limosnas, murmura con trémula y
cascada voz:
-¡Dios y la Santísima Virgen se lo paguen, hermano!
De pronto, en el camino, frente a la puerta de trancas,
aparecen dos jinetes magníficamente montados. Uno tras otro salvan el obstáculo
y avanzan en derechura hacia la ramada. Todas las lenguas enmudecen a la vista
del patrón y de su hijo que hablan, al parecer, acaloradamente.
Los labriegos se miran y se hacen guiños con aire
malicioso. Están hartos de aquellas escenas y cuchichean con maligna sonrisa:
-El viejo halló la horma de su zapato.
-La halló, la halló.
Cállanse de nuevo para oír las voces destempladas de
los jinetes, que habiendo refrenado sus cabalgaduras gesticulan con tono áspero
de disputa.
Don Simón, el hacendado, es un hombre de sesenta años,
alto, corpulento, de mirada viva y penetrante. Lleva la barba afeitada y su cano
y retorcido bigote, que la cólera eriza, deja ver una boca de labios delgados,
adusta e imperiosa. Su historia es breve y concisa. Simple vaquero en su
juventud, a fuerza de paciencia y perseverancia alcanzó los empleos de capataz,
mayordomo y, por último, administrador de una magnífica hacienda. Muy hábil,
trabajador infatigable, hizo prosperar de tal modo los intereses del propietario
que éste lo hizo su socio dándole una crecida participación en las ganancias. A
la muerte de su bienhechor adquirió con sus economías un pequeño fundo en los
alrededores, fundo que ensanchó merced a compras sucesivas hasta hacer de él una
propiedad valiosísima. Viudo hacía mucho tiempo, sólo tenía aquel hijo. Contaba
el mozo veintidós años. De estatura mediana, bien conformado, poseía un
semblante expresivo, franco y abierto. Su carácter, como el de su padre, era muy
irritable y arrebatado, mas en su corazón había un gran fondo de bondad.
Los campesinos le querían entrañablemente y eran a
menudo los encubridores y cómplices de sus calaveradas. Ávido de placeres y de
libertad y jinete espléndido, era fanático por las carreras de caballo.
Contábase el caso muy reciente de haber regresado un día a casa, en ancas del
caballejo de un inquilino, sin poncho, sin faja y sin espuelas: todas esas
prendas, incluso el caballo y la montura, habíalas apostado y perdido en unas
famosas carreras en las Playas de la Marisma. Esta conducta del mozo, su
ligereza, su ninguna afección al trabajo y su rebeldía a los consejos
paternales, exasperaban y llenaban de amargura el corazón del hacendado. Todo lo
había intentado para enderezar aquel arbolillo que era carne de su carne y su
único heredero para quien había acumulado esa fortuna, cuya conservación
imponíale a sus años tan durísimas fatigas. En su afán de hacer de él un
campesino, un hombre de trabajo, un continuador de su obra, no quiso enviarle a
la ciudad para recibir una educación cualquiera. Desdeñaba, además,
profundamente, esa sabiduría que conceptuaba inútil, superflua y aun
perjudicial. Con la lectura y la escritura y un poco de aritmética y
contabilidad había de sobra para abrirse camino en la vida. Él no había pasado
de allí y pocos podían vanagloriarse de haber alcanzado una prosperidad como la
suya. Consecuente con los principios que habían sido la norma de toda su vida,
todo su sistema de educación descansaba en la severidad y el rigor. Este
proceder le enajenó, poco a poco, el afecto de su hijo, quien llegó a mirarle, a
veces, como un enemigo a cuyo despotismo era lícito oponer la astucia, la
hipocresía y el engaño. Cuando el niño se hizo hombre, esta oposición de
caracteres se acentuó y cavó entre ellos un abismo. "Son el agua y el aceite",
decían los campesinos, y así era la verdad. Nada podía juntarles y todo les
separaba. Es un perdido, un vagabundo, decía el hacendado, cuya infancia y
juventud pasadas en la servidumbre y cuya vida ulterior, opresora y cruel para
los demás, habían endurecido de tal modo su corazón, que no podía comprender la
esencia de aquella naturaleza tan distinta de la suya. La aversión del mozo por
el trabajo continuado, su desapego por el dinero, su debilidad para con los
inferiores eran para don Simón otros tantos delitos imperdonables. Y redoblaba
las amonestaciones y las amenazas, sin obtener más que una sumisión efímera que
el anuncio de una fiesta, de unas carreras, echaba pronto a rodar.
Los jinetes habían puesto nuevamente sus caballos al
paso y sus voces sonaban claras y distintas en el silencio que reinaba en la
ramada.
-Te digo que no irás...
-Padre, sólo voy a ver correr la yegua overa. En
seguida me vuelvo... Se lo juro a usted.
-Tú debías estar enterado, desde hace tiempo, que
cuando ordeno alguna cosa, no me vuelvo atrás. Déjate, pues, de majaderías. En
la aparta de los novillos podrás correr todo lo que te dé la gana.
Los inquilinos cuchichean en voz baja:
-¿Que hay carreras en la Marisma?
-Sí, la del mulato con la yegua overa. Don Isidrito
está muy interesado porque don Cucho le ha ofrecido la mitad de la apuesta si
jinetea la potranca y gana la carrera.
Padre e hijo se detienen delante de la vara donde están
atados una veintena de caballos y el hacendado, después de recorrer con una
mirada aquellos rostros cohibidos que se desvían temerosos, dijo al dueño del
rancho, que se había adelantado hacia él, sombrero en mano:
-Jerónimo, vas a ir con todos los que están aquí al
potrero de la Aguada para rodear los novillos y encerrarlos en el corral.
Nosotros, y miró de soslayo a su hijo, vamos a ir al cerco de los Pidenes y a la
vuelta haremos la aparta de la novillada de dos años. ¡Cuidado con corretearme
demasiado las reses!
El labriego inclinó la cabeza y murmuró un quedo y
humilde:
-Está bien, señor.
Un sonoro tintineo de espuelas siguió a la orden, y los
campesinos empezaron a desfilar unos tras otros por ambos lados de la ramada
para ir a tomar sus cabalgaduras.
De pronto, en el hueco que dejaran, el hacendado
percibió al vagabundo inmóvil sobre el banco, teniendo junto a sí el montoncillo
de las limosnas. Clavó sobre él una mirada furibunda y con voz vibrante
profirió:
-¿Qué hace aquí este viejo pícaro?
Ninguna voz se alzó para responder. Don Simón paseó su
fiera mirada interrogadora por aquellas cabezas que se bajaban obstinadamente y
prosiguió:
-¡Yo no sé qué gentes son ustedes! Siempre están
llorando hambres y miserias, pero en cuanto aparece por aquí uno de estos
holgazanes, que los embauca con cuentos absurdos, ya están desvalijando la casa
para regalarlo y festejarlo como si fuera un enviado del cielo.
Desde un rincón partió una vocecilla cascada:
-Pero, señor, ¿es un pecado, acaso, la caridad con los
pobres?
-Es que esto no es caridad, es despilfarro,
complicidad; así es como se fomenta el vicio y la holgazanería...
Hablaba atropelladamente, con el rostro rojo de ira, y
volviéndose hacia el anciano inquilino, le dijo:
-A ver, Jerónimo, despégale la mano a ese farsante.
El interpelado alzó la cabeza y miró aterrorizado a don
Simón. Era tan cómica la expresión de aquella fisonomía desfigurada por el
espanto, que el hacendado estuvo a punto de soltar la risa. "Este idiota, pensó,
cree que si hace lo que le mando se abrirá la tierra para tragárselo".
No insistió en repetirle la orden y se dirigió a los
demás:
-Ya que Jerónimo se ha tullido de repente y hasta ha
perdido el habla, vaya uno de ustedes: tú, Pedro; tú, Nicolás; tú, Lorenzo -y
fue pronunciando así varios nombres. Pero al parecer, a todos habíales ocurrido
el mismo fenómeno, pues ninguno se movió ni contestó.
Aquella resistencia produjo, más que cólera, asombro y
admiración en el hacendado. ¡Cómo! ¿Hasta ese extremo llegaba la ciega
credulidad de esas gentes que se atrevían a arrostrar su enojo antes que poner
sus manos en el mentiroso viejo? Y más que nunca se afirmó en su resolución de
sacarlos de su engaño, haciéndoles ver la falsedad de aquella historia ridícula.
Paseó una última mirada por aquellas cabezas que se
abatían en silencio, hoscas y hurañas, y ordenó imperioso:
-Isidro, apéate y desenmascara a ese bribón.
El mozo lo miró extrañado y balbuceó con un tono de
viva repugnancia:
-Padre, téngale lástima, perdónelo por esta vez.
La cólera, amortiguada un instante, resurgió en el
hacendado, furiosa:
-¿Tú, también tú?
El joven, desentendiéndose de este vibrante apostrofe,
prosiguió suplicante:
-¡Déjelo usted, padre, es tan viejito! ¡No me obligue a
cometer una mala acción!
-¿Qué es lo que llamas una mala acción? ¡Dilo, dilo
pronto!
-Violentar a este viejito, padre, avergonzarlo
descubriéndole sus carnes... Además, no creo que por una inocente mentira...
-¡Inocente mentira, inocente mentira...? ¿A esta
criminal superchería llamas inocente mentira...? Lo que me parece a la verdad
mentira es tener un hijo como tú -vociferó frenético don Simón, y enarbolando la
pesada chicotera, avanzó resueltamente sobre el mozo.
Este, viendo en los ojos de su padre la intención
manifiesta de agredirlo, se desmontó prontamente y penetró bajo la ramada,
decidido a cumplir la odiosa orden con toda la blandura y suavidad posibles.
De pronto, aquella misma voz cascada y senil se alzó de
nuevo en su rincón sombrío:
-Padre nuestro que estás en los cielos...
Don Simón, que había recobrado en parte la serenidad,
dijo con tono de zumba:
-¡Ah, le van a rezar las letanías por si muere en la
operación! Pero, ¿le perdonarán allá arriba?
La voz interrumpió el rezo para decir:
-Ya está perdonado.
Don Simón, muy divertido, preguntó:
-¿Cómo lo sabe usted, abuela?
-Porque ya está aquí el Anticristo que lo ha de
crucificar.
El hacendado dio un respingo en la silla y vociferó a
gritos:
-¡Vieja imbécil, piara de brutos! ¿Conque soy el
Anticristo? ¿El Anticristo?
Y mientras repetía el ominoso epíteto, se revolvía en
la montura buscando en torno a alguien en quien descargar el peso de la ira que
lo ahogaba. Pero no vio sino rostros inclinados y ojos que miraban fijamente el
suelo. Volvióse nuevamente hacia el fondo de la ramada y exclamó:
-¡Isidro! ¿Hasta cuándo esperas? ¡Acabemos de una vez!
El vagabundo, que desde la llegada del patrón no había
despegado los labios, guardando una inmovilidad absoluta, cuando el mozo estuvo
a su lado empezó a gemir plañideramente:
-¡Don Isidrito, apiádese de este pobre viejo! Yo lo
conozco a usted de mediano..., no me maltrate. ¡Hágalo por la señorita, su mamá,
esa santa que nos mira desde el cielo! Yo he rezado mucho, muchísimo por ella y
por usted. ¡Ay, mi amito, mi niño Dios, por las llagas de Nuestro Señor,
defiéndame de su padre, favorézcame por amor de Dios!
En el corazón del joven aquellos clamores repercutieron
dolorosamente. Experimentaba por el viejo una profunda piedad. Quiso tentar un
último esfuerzo para aplacar la cólera de su padre, pero las últimas palabras de
éste, reiterándole el imperioso mandato, vencieron sus escrúpulos y resignado
alargó la mano hacia el pecho del vagabundo, quien sin dejar de gemir rechazó
aquel ademán con su huesuda diestra. Esto se repitió varias veces hasta que el
mozo cogió con la suya, robusta y poderosa, aquella mano obstinada y terca. El
viejo, con una fuerza increíble para sus años, trató de libertar su muñeca de
aquellas tenazas, se recogió como una araña y se deslizó al suelo, forcejeando
con tal desesperación, con tanta maña y destreza, que el mozo hubo de soltarle
sin haber logrado su intento. El joven, cuyos dientes estaban apretados, cambió
de táctica. Alargó los brazos y alzando al mendigo del suelo lo tendió de
espalda sobre el asiento. Pero aquel cuerpo decrépito, aquel brazo y aquellas
piernas semejantes a secos y quebradizos sarmientos, se agitaron con tales
sacudidas que, tumbándose el banco, ambos luchadores rodaron por el suelo con
gran estruendo. Se oyó una rabiosa blasfemia y un puño alzándose airado, cayó
sobre la faz del vagabundo, que se tornó roja bajo una oleada de sangre que
brotó de su boca y de su nariz, y manchó sus sucias greñas, sus bigotes y su
barba.
Instantáneamente cesó el viejo de gemir y debatirse, y
el mozo, desabrochándole la blusa, desprendió de su sitio la famosa mano sin
gran trabajo.
Don Simón se desmontó precipitadamente y acudió
presuroso junto al mendigo, diciendo a sus servidores:
-¡Vengan, vengan todos!
Al empezar la refriega, las mujeres habían huido hacia
el interior del rancho lanzando histéricos sollozos, y los campesinos, volviendo
la espalda a la ramada, mostrábanse atareadísimos recorriendo los arreos de sus
cabalgaduras.
Mientras el hacendado se inclina sobre el vagabundo,
que, extenuado por la lucha, no hace el menor movimiento, el mozo, de pie,
cejijunto y huraño, mira hacia la carretera. En su combate con el viejo algo se
ha roto y desvanecido en lo más recóndito de su corazón. Basta mirarlo para
conocer que no es el mismo. Si los campesinos se hubiesen vuelto hacia él, de
seguro que habrían visto que una súbita y total transformación se había operado
en el "Niño", como entre ellos lo llamaban. Parecía haber envejecido de repente
diez años y su mirada dura y brillante y el desdeñoso pliegue de la boca
demostraban que el padre había recobrado su hijo, cegándose en sus almas el
abismo que los separaba.
Entre ambos el viejo yacía de espalda con los ojos
entornados; sus brazos estaban extendidos a lo largo del cuerpo y en su pecho
desnudo veíase un trozo de piel descolorida. Era el sitio en que apoyaba durante
tantos años la mano, la sacrílega mano con que hiriera el rostro de aquella que
le llevó en sus entrañas.
Don Simón examinó largamente aquel miembro, cuyo cutis
delicado, casi blanco y sus largas uñas lo llenaron de admiración. De repente se
enderezó y preguntó triunfalmente:
-¡Qué hay! ¿Te convenciste de que todo no era más que
una mentira?
-Completamente, padre; tenía usted mucha razón.
El hacendado se quedó estupefacto, gozoso. No eran sólo
las palabras sino el tono en que fueron dichas lo que le sorprendía y llenaba de
satisfacción. Aquel acento enérgico no era ya del muchacho taimado y
voluntarioso que tanto lo hiciera sufrir, sino el de un hombre razonable que
reconocía al fin sus errores y enderezaba sus pasos por la senda del deber.
¡Admirable influencia de la justicia y la verdad! Un ciego había abierto los
ojos; faltaban los otros, ¿dónde se habían metido?
Don Simón avanzó hacia la esquina de la ramada y rugió
con amenazador acento:
-¡Aquí todos!
Los campesinos, que se habían echado sobre la hierba
formando pequeños grupos, se alzaron del suelo perezosamente, y viendo que el
patrón los contemplaba de hito en hito, echaron a andar hacia la ramada con una
lentitud y una cachaza tan desesperante, que el hacendado palideció de coraje
ante aquella deliberada y testaruda negligencia.
En ese momento resonó el galope de muchos caballos y
una magnífica cabalgata cruzó por la carretera. A través de la nube de polvo
viéronse brillar un instante los lujosos arreos de los jinetes y de los
corceles.
Una voz viril y poderosa se elevó desde el camino:
-¡Isidro, te esperamos en la Marisma; esta tarde corre
la yegua overa!
El mozo dijo resueltamente a espaldas de don Simón:
-Padre, yo no voy a la aparta.
El hacendado se volvió hosco con la mirada
centelleante:
-¿Qué dices?
-Que tengo que ir allá... adonde le dije.
Don Simón alargó la diestra y cogiendo al joven por la
abertura de la manta, lo zarandeó rudamente, aturdiéndolo con sus gritos:
-¡Que tienes que ir! ¿A dónde? ¿A las carreras...? Dilo
de una vez. Repítelo.
Y la frase desafiadora, irreparable, salió de los
labios trémulos del mozo:
-¡Voy adonde me da la gana!
Aún vibraban estas palabras cuando la diestra del
hacendado cayó sobre la mejilla izquierda del rebelde, que trocó
instantáneamente su palidez cadavérica en una escarlata vivísima...
Los campesinos que llegaban se detuvieron en seco. El
hijo había enlazado al padre por la cintura y echándole diestramente la
zancadilla lo tumbó en tierra boca arriba. Cayó el mozo encima, pero, alzándose
presuroso, se precipitó sobre su caballo, un retinto magnífico, y se lanzó a
toda rienda hacia la puerta de trancas.
El hacendado, de pie, la diestra en alto, los ojos
inyectados de sangre, cárdena la convulsa faz, lanzó entonces, con acento de una
sonoridad extraña, el fatal anatema:
-¡Maldito seas, hijo maldito!
Al oírlo el mozo hizo un movimiento en la montura como
para mirar hacia atrás, y el nervioso bruto, desviado por aquella leve
inclinación del jinete, saltó oblicuamente, yendo a chocar con sus patas
delanteras en la vara superior. Retembló la tierra con el golpe y una densa nube
de polvo se elevó desde el camino frente a la puerta de trancas. Los labriegos
saltaron sobre sus caballos y corrieron a escape en socorro del caído; pero,
antes de que hubiesen recorrido la mitad de la distancia, el retinto, que se
había alzado tembloroso sobre sus patas, lanzando un resoplido de espanto,
emprendió una vertiginosa carrera por la calzada desierta. De la montura pendía
algo informe como un pájaro cuyas alas abiertas fuesen azotando el suelo...
Voces espantadas resbalaron en el aire inmóvil:
-¡Santo Dios, se le enredó la espuela en el lazo!
Mientras los campesinos corren a rienda suelta tras el
desbocado animal, que les lleva una larga delantera, don Simón, sentado en el
suelo, da manotadas al aire queriendo coger algo invisible que gira a su
derredor. De vez en cuando dice con tono de infantil alborozo, mientras
entreabre su cerrada diestra con gran cuidado:
-¡Ven, Isidro, mira, ya lo atrapé!
Pero, en la mano nada hay, y, tendiéndose de espalda
bajo la ramada, con los ojos entornados, quédase inmóvil, tratando de percibir
el toque misterioso que ha cesado de repente. Una idea le obsesiona: ¡Cómo y
cuándo se apagó en su corazón el tañido de aquel cascabel que, a pesar de su
pequeñez, vibra tan poderosamente en los corazones inexpertos! De pronto todo se
aclaró en su espíritu. El insidioso tañido se extinguió en su corazón el día en
que empuñó en sus manos el látigo de capataz. Es verdad que sus voces eran ya
muy débiles y apagadas, pues siempre resistió con entereza sus pérfidas
insinuaciones encaminadas a apartarle de la soñada meta de la fortuna y del
poder. Arrojado de allí, vengativo y malévolo, fue a buscar un albergue en el
corazón de su mujer, donde reinó como soberano absoluto. ¡Ah, cómo le hizo
sufrir, a él, emancipado de toda sensiblería, aquella naturaleza débil, crédula
y enfermiza! Muerta la esposa, el cascabel, obstinado y rencoroso, se anidó en
el corazón de su hijo. Encontró allí un terreno bien preparado para extender su
diabólica influencia, influencia que se mantuviera en ese reducto propicio
quizás hasta cuando si el mozo, desoyendo por primera vez el maligno repique, no
hubiese castigado como se merecía al mendigo, descargando el puño sobre su
hipócrita y mentirosa faz. Libre quedó al instante del huésped maldito. Mas, a
partir de ahí, perdíase su huella. ¿Dónde se había metido? Durante un momento
los dientes del hacendado rechinaron furiosos ante su impotencia para descubrir
el asilo del detestado enemigo. Hacía poco que le pareció oírle repicar
burlonamente en torno de él, mas debió ser aquello una ilusión de sus sentidos.
¡Ah, si pudiera atraparle, si pudiera atraparle!
De repente se estremeció y entreabriendo lentamente sus
cerrados párpados, vio inclinado sobre su rostro el pálido semblante del
vagabundo. Apenas pudo reprimir un grito de victorioso júbilo: el cascabel
estaba dentro del corazón del mendigo y repicaba con inusitado brío su
perturbadora melopea. Si hubiese alguna duda sobre su presencia, allí estaban
para desvanecerla los ojos húmedos del viejo que le miraban como jamás, nadie,
le había mirado nunca. Mientras enderezaba su poderoso busto, su diestra se
deslizó con disimulo bajo la faja que ceñía su cintura.
Algunas mujeres que habían penetrado bajo la ramada
huyeron lanzando espantosos alaridos. En el suelo, tendido de espaldas, yacía el
vagabundo con el pecho abierto, desangrándose por una horrible herida. A su
lado, de rodillas, estaba el hacendado machacando sobre la piedra de moler la
sangrienta entraña. Mientras esgrimía el trozo de granito destinado a triturar
el grano, canturreaba apaciblemente:
-De balde chillas, cascabel del diablo..., te voy a
reducir a polvo, a polvo impalpable que esparciré a los cuatro vientos...
Un galope precipitado resuena en la carretera. Precede
a la cabalgata un jinete en un caballo blanco de espuma. Es Isidro, el hijo del
hacendado. Rota la hebilla de la espuela se desprendió el mozo de la montura y
rodó en el polvo que amortiguó considerablemente la violencia de la caída. Al
trasponer la puerta de trancas un coro de voces femeninas se alzó clamoroso:
-Milagro, milagro, si es el niño, don Isidrito...
¡Alabado sea Dios! |