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Hubo una vez un rey tan poderoso que se enseñoreó de toda
la Tierra. Fue el señor del mundo. A un gesto suyo millones de hombres se
alzaban dispuestos a derribar las montañas, a torcer el curso de los ríos o
exterminar una nación. Desde lo alto de su trono de marfil y oro, la Humanidad
le pareció tan mezquina que se hizo adorar como un dios y estatuyó su capricho
como única y suprema ley. En su inconmensurable soberbia creía que todo en el
Universo estábale subordinado, y el férreo yugo con que sujetó a los pueblos y
naciones, superó a todas las tiranías de que se guardaba recuerdo en los fastos
de la historia.
Una noche que descansaba en su cámara tuvo un
enigmático sueño. Soñó que se encontraba al borde de un estanque profundísimo,
en cuyas aguas, de una diafanidad imponderable, vio un extraordinario pez que
parecía de oro. En derredor de él y bañados por el mágico fulgor que irradiaban
sus áureas escamas, pululaban una infinidad de seres: peces rojos que parecían
teñidos de púrpura, crustáceos de todas formas y colores, rarísimas algas e
imperceptibles átomos vivientes. De pronto, oyó una gran voz que decía:
-¡Apoderaos del radiante pez y todo en torno suyo
perecerá!
El rey se despertó sobresaltado e hizo llamar a los
astrólogos y nigromantes para que explicasen el extraño sueño. Muchos expresaron
su opinión, mas ninguna satisfacía al monarca hasta que, llegado el turno al más
joven de ellos, se adelantó y dijo:
-¡Oh, divino y poderoso príncipe!, la solución de tu
sueño es ésta: el pez de oro es el sol que desparrama sus dones indistintamente
entre todos los seres. Los peces rojos son los reyes y los grandes de la Tierra.
Los otros son la multitud de los hombres, los esclavos y los siervos. La voz que
hirió vuestros oídos es la voz de la soberbia. Guardaos de seguir sus consejos
porque su influjo os será fatal.
Calló el mago, y de las pupilas del rey brotó un
resplandor sombrío. Aquello que acababa de oír hizo nacer en su espíritu una
idea que, vaga al principio, fue redondeándose y tomando cuerpo como la bola de
nieve de la montaña. Con ademán terrible se echó sobre los hombros el manto de
púrpura y llevando pintada en el rostro la demencia de la ira, subió a una de
las torres de su maravilloso alcázar. Era una tibia mañana de primavera. El
cielo azul, la verde campiña con sus bosques y sus hondonadas, los valles
cubiertos de flores y los arroyos serpenteando en los claros y espesuras, hacían
de aquel paisaje un conjunto de una belleza incomparable. Mas el monarca nada
vio: ningún matiz, ninguna línea, ningún detalle atrajo la atención de sus ojos
de milano, clavados como dos ardientes llamas en el glorioso disco del sol. De
súbito, un águila surgió del valle y flotó en los aires, bañándose en la luz. El
rey miró el ave, y en seguida su mirada descendió a la campiña, donde un grupo
de esclavos recibían, inmóviles como ídolos, el beso del fúlgido luminar. Apartó
los ojos, y por todas partes vio esparcirse en torrentes inagotables aquel
resplandor. En el espacio, en la Tierra y en las aguas miríadas de seres
vivientes saludaban la esplendorosa antorcha en su marcha por el azul.
Durante un momento el rey permaneció inmóvil,
contemplando al astro y, vislumbrando por la primera vez, ante tal
magnificencia, la mezquindad de su gloria y lo efímero de su poder. Mas aquella
sensación fue ahogada bien pronto por una ola de infinito orgullo. ¡El, el rey
de los reyes, el conquistador de cien naciones, puesto en parangón y en el mismo
nivel que el pájaro, el siervo y el gusano!
Una sonrisa sarcástica se dibujó en su boca de esfinge,
y sus ejércitos y flotas cubriendo la Tierra, sus incontables tesoros, las
ciudades magníficas desafiando las nubes con sus almenados muros y soberbias
torres, sus palacios y alcázares, donde desde sus cimientos hasta la flecha de
sus cúpulas no hay otros materiales que oro, marfil y piedras preciosas, acuden
en tropel a su memoria con un brillo tal de poderío y grandeza que cierra los
ojos deslumbrado. La visión de lo que le rodea se empequeñece, el sol le parece
una antorcha vil, digna apenas de ocupar un sitio en un rincón de su regia
alcoba. El delirio del orgullo lo posee. El vértigo se apodera de él, su pecho
se hincha, sus sienes laten y de sus ojos brotan rayos tan intensos como los del
astro hacia el que alarga la diestra, queriendo asirle y detenerle en su carrera
triunfal. Por un momento permanece así, transfigurado, en un paroxismo de
infinita soberbia, oyendo resonar aquella voz que le hablara en sueños:
-Apoderaos de esa antorcha y todo lo que existe
perecerá.
¿Qué son ante tal empresa sus hechos y los de sus
antecesores en la noche pavorosa de los tiempos? Menos que el olvido y que la
nada. Y sin apartar sus miradas del disco centelleante, invocó a Raa, el genio
dominador de los espacios y de los astros.
Obediente al conjuro, acudió el genio envuelto en una
tempestuosa nube preñada de rayos y de relámpagos, y dijo al rey con una voz
semejante al redoble del trueno:
-¿Qué me quieres, oh tú, a quien he ensalzado y puesto
sobre todos los tronos de la Tierra? Y el monarca contestó:
-Quiero ser dueño del sol y que él sea mi esclavo.
Calló Raa, y el rey dijo:
-¿Pido, tal vez, algo que está fuera del alcance de tu
poder?
-No; pero para complacerte necesito el corazón del
hombre más egoísta, el del más fanático, el del más ignorante y vil, y el que
guarde en sus fibras más odio y más hiel.
-Hoy mismo lo tendrás -dijo el rey, y el denso nubarrón
que cubría el alcázar se desvaneció como nubécula de verano.
Después de una breve entrevista con el capitán de su
guardia, el rey se dirigió a la sala del trono, donde ya lo aguardaban de
rodillas y con las frentes inclinadas todos los magnates y grandes de su
imperio. Colocado el monarca bajo la púrpura del dosel, proclamó un heraldo que,
bajo pena de la vida, los allí presentes debían designar al rey al hombre más
ignorante, al más fanático, al más egoísta y vil y al que albergase más odio en
su corazón.
Los favoritos, los dignatarios y los más nobles señores
se miraron los unos a los otros con recelosa desconfianza. ¡Qué magnífica
oportunidad para deshacerse de un rival! Mas, a pesar de que el heraldo repitió
por tres veces su intimación, todos guardaron un temeroso silencio.
El enano del rey, una horrible y monstruosa criatura,
echado como un perro a los pies de su amo, lanzó, al ver la consternación
pintada en los semblantes, una estridente carcajada, lo que le valió un puntapié
del monarca que lo echó a rodar por las gradas del trono hasta el sitio donde
estaba el príncipe heredero, quien lo rechazó, a su vez, del mismo modo, entre
las risas de los cortesanos.
Por un instante se oyeron los rabiosos aullidos del
infernal aborto hasta que, de pronto, enderezando su desmedrada personilla,
gritó con un acento que hizo correr un escalofrío de miedo por los
circunstantes:
-Si aseguras a mi cabeza su permanencia sobre los
hombros, yo, ¡oh, excelso príncipe!, te señalaré a esos que tus reales ojos
desean conocer.
El rey hizo un signo de asentimiento y el repugnante
engendro continuó:
-Nada más fácil que complacerte, ¡oh, rey! ¿Deseas
saber cuál de tus vasallos posee el corazón más vil? Pues no sólo te presentaré
uno, sino toda una legión.
Y mostrando con la diestra a los favoritos que le
escuchaban espantados, prosiguió:
-¡Ved ahí a esos que sacó de la nada tu omnipotencia!
En sus corazones de cieno anidan todas las vilezas. La ingratitud y la envidia
están tras la máscara hipócrita de sus bajas adulaciones. En el fondo te odian.
Son como las víboras; se arrastran, pero saltan y muerden al menor desliz.
En seguida, volviéndose hacia el Sumo Sacerdote, y
señalándolo junto con los magos y los nigromantes, dijo:
-¡Ved ahí al más fanático y al más ignorante de tus
súbditos! ¡Sus dogmas son absurdos, falsa su ciencia, y su sabiduría, necedad!
Hizo una pequeña pausa y con la voz envenenada de odio
prosiguió:
-El corazón más egoísta alienta dentro de tu pecho,
¡oh, rey! No conozco otro que le iguale en dureza y en crueldad, salvo el del
príncipe, tu primogénito. ¡El pedernal es ante sus fibras una blanda y
deleznable cera!
Calló un instante y luego, con voz ronca, profirió:
-Sólo me falta mostrarte dónde se halla el último. Ese
es el mío -y, golpeándose el pecho con fuerza, exclamó-: ¡Aquí está, oh,
príncipe! Con odio y hiel fue fabricado. Si pudiera desbordarse, os ahogaría a
todos con el acíbar y ponzoña de sus rencores. Anídanse en él más cólera que las
que desataron, desatan y fulminarán los cielos y los abismos del mar. Una sola
gota del veneno que encierra bastaría para exterminar todo lo que se mueve y
alienta debajo del sol.
La voz silbante del enano vibraba aún en el vasto
recinto, cuando el rey hizo una imperceptible señal. Al instante se apartaron
los amplios tapices y dieron paso a una falange de guerreros que se precipitaron
sobre los aterrados favoritos, dignatarios y magnates y los pasaron a cuchillo
en un abrir y cerrar de ojos. Inmediatamente, después de decapitados, abríanles
el pecho y les arrancaban el corazón palpitante.
El joven príncipe, al ver aquella carnicería, de un
salto se puso junto a su padre, mas el monarca, alzando el pesado cetro de oro,
lo descargó sobre la desnuda y juvenil cabeza con la celeridad del relámpago.
Apenas el cuerpo se desplomó sobre las gradas, un esclavo le sacó el corazón.
El enano, al ver que un soldado avanzaba hacia él con
el alfanje en alto, gritó:
-¡Oh, rey, has prometido...!
Y una voz, en la que vibraba un acento de ferocidad
implacable, resonó en lo alto del soberbio trono:
-¡Arrancadle, vivo, el corazón!
Han pasado dos días; el rey se encuentra en su cámara
más hosco y torvo que nunca, cuando de improviso se ve en forma de una serpiente
de fuego la temerosa aparición de Raa. El genio desenvuelve sus anillos de
llamas y dice:
-Aquí tienes lo convenido. Esta malla, tejida con las
fibras de los corazones cuya esencia era el egoísmo y el odio, el fanatismo y la
ignorancia, es impenetrable a la luz. Los rayos del sol se romperán contra ella,
sin que logren atravesarla jamás. Aunque su volumen es tan pequeño que puede
ocultarse en el hueco de la mano, sus pliegues, distendidos, cubrirían toda la
Tierra. Oye y graba en tu memoria lo que has de hacer: subirás a la montaña que
se alza sobre el abismo y esperarás que el sol, al salir de su morada nocturna,
roce la cresta más alta para lanzarle la red mágica, cuyos pliegues lo
envolverán aprisionándolo como dentro de una coraza de diamante. Desde ese
momento será tu esclavo y podrás hacer de él lo que quieras.
Salió ocultamente de su palacio por un postigo que daba
al campo, sin más compañía que un cayado de pastor y la malla maravillosa. Tres
días con sus noches, el rey marchó hacia el oriente. La senda por donde caminaba
subía bordeando desfiladeros y barrancas insondables. El flanco de la negra
montaña era cada vez más empinado y más áspero. Pero ni el cansancio ni el frío
ni la sed ni el hambre le molestaban en lo más mínimo. El orgullo y la soberbia
avivaban en él sus hogueras y devoraban toda sensación de malestar físico. Ni
una sola vez volvió la cabeza para contemplar el camino recorrido.
Tres veces vio pasar el sol por encima de su cabeza.
Cruzó sin detenerse, irreverente, con la excelsa majestad de un dios. Lo asaeteó
con sus rayos y fundiendo las nieves desató, para que le salieran al paso con
más ímpetu, los torrentes. Aquel reto del astro exacerbó su furor y amenazando
con la diestra al flamígero viajero profirió:
-¡Oh, tú, ascua errante, fuego fatuo, que un soplo de
Raa enciende y apaga cada día, en breve te arrancaré las insolentes alas!
¡Aherrojado como un esclavo yacerás eternamente tras los muros de oro de mis
alcázares!
Y confortado con esta idea, venció los últimos
obstáculos y se encontró por fin en la cima más encumbrada de la inaccesible
montaña, más arriba de las nubes y de los nidos de las águilas.
En la cúpula sombría centellean calladamente los
astros. La noche toca a su término y un vago resplandor brota del abismo sin
fondo. Poco a poco palidecen las estrellas y un tenuísimo matiz de rosa se
esparce en el oscuro azul del cielo. De pronto un haz de rayos deslumbradores
ciega los ojos del monarca. De la negrura sin límites, abierta bajo sus pies,
una esfera de oro en fusión surge rauda hacia el espacio. A través de sus
cerrados párpados entrevé la fulgurante aureola y lanza por encima de ella la
malla maravillosa. Como una antorcha que se hunde en el agua, de súbito se apagó
el resplandor. Las estrellas se encendieron de nuevo y las sombras fugitivas y
dispersas volvieron sobre sus pasos y ocultaron otra vez la Tierra.
Después de atravesar las salas sumidas en las
tinieblas, el rey se detuvo en la más alta torre del palacio. El alcázar estaba
desierto y debía de haber sido teatro de alguna tremenda lucha, porque todo él
estaba sembrado de cadáveres. Los había en todas partes, en los jardines, en las
habitaciones, en las escaleras y en los sótanos. La desaparición del rey había
encendido la guerra civil y gran número de pretendientes se habían disputado la
abandonada diadema. Mas, la pavorosa ausencia del sol había bruscamente
interrumpido la matanza.
Dentro de la alta torre el tiempo transcurre para el
monarca insensiblemente. Una deliciosa languidez lo invade. En el interior de la
regia cámara, suspendido, como una maravillosa lámpara, está el celeste
prisionero. Por una rendija imperceptible de su cárcel brota un intensísimo rayo
de luz. Afuera una oscuridad profunda envuelve los valles, las llanuras, las
colinas y las montañas. El cielo está negro como la tinta y cual enlutado túmulo
lucen en él como lágrimas los astros. Apoyado en la ventana ha asistido mudo e
impasible a la lenta agonía de todos los seres. Poco a poco han ido
extinguiéndose los clamores y los incendios, hasta que ni el más leve destello
rasgó ya la lobreguez de la noche eterna.
De pronto el rey se estremece. Ha sentido un malestar
extraño, como si le hubiesen atravesado el corazón con una aguja de hielo. Y
desde ese instante su plácida tranquilidad desaparece y la molesta sensación va
aumentando por grados hasta hacérsele intolerable. Siente dentro del pecho un
frío intensísimo que congela su carne y su sangre y, lleno de angustia, evoca de
nuevo a Raa, el genio dominador de los espacios y de los astros, quien contesta
a sus súplicas con ironía desalentadora:
-¿De qué te quejas? ¿Al suprimir la vida no has dejado
al sentimiento que te posee y es el móvil único de tus acciones sin otro refugio
que tu corazón? Para expulsarle sería menester que vibrase en las muertas fibras
un átomo de piedad o amor.
Apenas el genio lo hubo dejado, la desesperación se
apoderó del monarca. Mas, de súbito, rasgó sus vestiduras y expuso el pecho
desnudo al rutilante rayo de luz. Pero ni el más ligero alivio viene a confirmar
su esperanza. Entonces clava sus uñas en las carnes y se abre el pecho, dejando
al descubierto su frígido corazón al contacto del cual el haz luminoso se
debilita y decrece con asombrosa rapidez. Dijérase un caño de oro líquido
cayendo en un tonel sin fondo, y que desmaya y se adelgaza hasta convertirse en
un hilo, en una hebra finísima. De pronto, como una antorcha, como un fuego
fatuo que se extingue, la última chispa brilla, parpadea, desvaneciéndose en la
oscuridad.
A pesar de que el sol ha cambiado de cárcel y lo lleva
ahora en su corazón, parécele que toda la nieve de las montañas se hubiese
trasladado allí. Sube, entonces, a la ventana y se precipita al vacío, en el
cual, como si alas invisibles le sostuviesen, desciende blandamente hasta que
toca con sus pies la tierra. La campiña está helada como un ventisquero, y
envuelto en tinieblas impenetrables, camina a la ventura con los brazos
extendidos, huyendo como medroso fantasma de la agonía del Universo.
Cuando las ciudades no fueron sino escombros humeantes
y las selvas montones de ceniza, cuando todo combustible se hubo agotado, los
hombres cesaron de disputarse un sitio en torno de las hogueras moribundas y se
resignaron a morir. Entonces, a la escasa luz de las estrellas, en la negra
oscuridad que lo rodeaba, buscáronse los unos a los otros, marchando a tientas
con los brazos extendidos, huyendo del silencio y de la soledad del planeta
muerto. Y cuando sus manos tropezábanse en las tinieblas, asíanse para no
soltarse más. Aquel contacto producía en sus yertos organismos una reacción
inesperada. El débil calor que cada uno conservaba, parecía multiplicar su
potencia: deshelábase la sangre, el corazón volvía a latir. Y esa cadena
viviente aumentaba sin cesar por eslabones innumerables, se extendía a través de
los campos, por sobre las montañas, los ríos y los mares helados. Mas, cuando
esos cordones se soldaron, faltó un eslabón para que una cadena sin fin enlazase
todas las vidas, fundiéndolas en una sola y única, invulnerable a la muerte.
De pronto el monarca sintió que el piso faltaba bajo
sus pies. Agitó los brazos buscando un punto de apoyo y dos manos estrecharon
las suyas sosteniéndolo amorosamente. Aquellas manos eran duras y ásperas, tal
vez pertenecían a un siervo o a un esclavo, y su primer impulso fue rechazarlas
con horror; mas, estaban tan yertas, tan heladas, había tanta ternura en su
sencillo ademán, que un sentimiento desconocido hizo que devolviera aquella
presión. Sintió, entonces, que penetraba en él un fluido misterioso, ante el
cual el hielo de sus entrañas, empezó a fundirse como la escarcha al beso del
sol, desbordándose súbitamente de su corazón, cual si se volcase el recipiente
de un mar, el raudal flamígero cuyo curso marcan en el infinito los ortos y los
ocasos. Y por la cadena inmensa, a través de las manos entrelazadas, pasó un
estremecimiento, una cálida vibración que abrasó todos los pechos, anegando las
almas en un océano de luz. Disipáronse en los espíritus las sombras, y el más
allá, el arcano indescifrable salió del caos de su negra noche. Y cada cual se
penetró de que el incendio que ardía en sus corazones irradiaba sus lenguas
fulguradoras hacia lo alto, donde se condensaban en un núcleo que fue creciendo
y agitándose hasta estallar allá arriba, encima de sus cabezas, en un torbellino
deslumbrador. Y aquel foco ardiente era el sol, pero un sol nuevo, sin manchas,
de incomparable magnificencia que, forjado y encendido por la comunión de las
almas, saludaba con la áurea pompa de sus resplandores a una nueva Humanidad. |