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Cuando los
últimos convidados se despidieron, la princesa, recogiendo la falda de su
vestido constelado de estrellas, atravesó los desiertos salones y se encaminó a
su alcoba, echando, al pasar, una postrer mirada a aquellos sitios donde, por su
gracia y hermosura, más que por su simbólico traje, había sido durante algunas
horas la reina de la noche.
Sentíase un
tanto fatigada, pero, al mismo tiempo, alegre y satisfecha. El baile había
resultado suntuosísimo. Todo lo que la gran ciudad ostentaba de más valía: la
nobleza de la sangre, del dinero y del talento, desfiló por sus salones,
adornados con deslumbradora magnificencia.
Pero la nota
sensacional, la que arrancó frases de admiración y de entusiasmo, era la de las
flores, de un pálido matiz de aurora, desparramadas con tal profusión por todo
el palacio, que parecía una nevada color de rosa caída en los vastos aposentos,
cubriendo las consolas, los muebles, los bronces, derramándose sobre los tapices
y haciendo desaparecer bajo sus carmenadas plumillas la soberbia cristalería de
la mesa del buffet. Guirnaldas de las mismas envolvían las arañas, trazaban
caprichosos dibujos en los muros y orlaban los marcos dorados de los espejos. El
efecto producido por aquella avalancha de flores rosadas era sencillamente
maravilloso y los asistentes al baile no se cansaban de elogiar aquella
fantástica ornamentación, cuya idea genial llenaba de orgullo a la hermosa dama
que a solas con sus doncellas, que preparaban su tocado nocturno, se complacía
en evocar los detalles de la magnífica fiesta.
Sí, aquel
pensamiento originalísimo había sido de ella, únicamente de ella, y no podía
menos de sonreír al recordar la cara de sorpresa del viejo administrador cuando
le dio orden de despojar de sus flores a todos los durazneros en floración que
existiesen en sus fincas.
Segura estaba
de que el rústico servidor cumpliera el mandato a regañadientes. Pero había
obedecido y el éxito superaba a sus esperanzas.
Obsesionada
por tan deliciosos recuerdos, se metió en la cama, y ya la doncella abandonaba
en puntillas el aposento cuando la voz de su señora la detuvo. Un deseo
repentino, un capricho de niño mimado la había acometido de pronto. Quería
dormirse respirando la suave fragancia de aquellas flores que tan dulces
sensaciones le habían proporcionado. Obedeciendo las órdenes de su ama, la joven
derramó encima de los cobertores puñados de aquellos rosados pétalos, y
suspendió del crucifijo de plata, colocado a la cabecera del suntuoso lecho, un
trozo de guirnalda arrancado de una de las arañas del salón.
La estancia
quedó en silencio y poco a poco fue haciéndose más hondo el sopor de la bella
durmiente.
De pronto se
encontró transportada a una de sus fincas. El cielo estaba azul y un sol de
primavera, tibio y risueño, acariciaba los campos. Caminaba por el medio de un
bosque de durazneros en flor, envuelta en una atmósfera de efluvios y aromas
embriagadores cuando, de súbito, un soplo que parecía brotar de sus labios,
tenue al principio, impetuoso después, arrebató las flores y las dispersó a los
cuatro vientos. Tuvo miedo y quiso huir, pero los árboles, como espectros
vengadores, le cerraron el paso, y fustigándola con su desnudo ramaje, la
estrecharon hasta ahogarla con la pesadumbre de su haz inmenso.
Sintió que su
alma abandonaba la Tierra y comparecía delante del Tribunal Divino, presa de una
angustia y terror infinitos.
Sentado en su
trono, bajo un dosel de flamígeros soles, estaba el Supremo, inexorable Juez. A
su derecha mostraba sus páginas el libro de la vida y a su izquierda un arcángel
sostenía con la diestra la balanza de la justicia.
En el fondo,
guardadas por los ángeles con espadas de fuego, estaban las puertas del
Purgatorio y del Paraíso y a espalda del arcángel veíase una concavidad negra
por la que asomaba, apoyándose en sus garras y alas membranosas, la terrífica
figura de Satanás.
Y como si todo
estuviese calculado para aumentar sus congojas, el alma de la princesa viose
obligada a asistir al juicio de otra que la precediera en aquel trance.
Era ésta la de
un asesino y ladrón. Mientras que en el platillo del mal formaban sus crímenes
una montaña, en el otro, en el de las buenas acciones, nada había que
contrarrestase el peso abrumador de las culpas. Pero la Miseria puso en él una
lágrima y un hilo de sus harapos. La Expiación una gota de la sangre derramada
en el patíbulo y la Ignorancia, despojándose de su venda, la colocó también en
el platillo vacío, el cual salió esta vez de su inmovilidad inclinándose
ligeramente.
Satanás, que
se preparaba para asir al condenado, hizo una horrible mueca. El alma que
contaba por suya era enviada al Purgatorio. Rechinó los dientes, con rabia, y la
vibración de sus alas, sacudidas por la ira, atronó las pavorosas concavidades
del Averno. Aquel fallo revivió, en el alma angustiada de la princesa, la
esperanza. Entre ella y un asesino ladrón, mediaba un abismo. Y esta seguridad
se acentuó viendo que, llegado su turno, el arcángel ponía en el platillo de las
culpas sólo unas cuantas flores ajadas y descoloridas.
Su terror e
inquietud se trocaron entonces en una alegría sin limites, al comprender que
aquellas florecillas, cuyo peso podía neutralizar el más levísimo soplo,
representaban todo el mal que había desparramado en la Tierra. ¡Cuán severamente
se había juzgado! Pero, y ahora estaba cierta, su alma era de las elegidas e
iría recta al Paraíso. Y confortada con la visión de la eterna bienaventuranza,
evocó la legión innumerable de sus buenas obras. Éstas eran tantas que casi
deploró que su culpa fuese tan pequeña, pues le bastaría la más insignificante
de sus nobles acciones para inclinar la balanza a su favor. Y ella quería
ostentarlas allí todas, para que el divino Juez le asignase el máximum del
premio a que era merecedora.
Por eso,
cuando fueron amontonándose en el platillo del bien sus actos de piedad
religiosa, de caridad y de abnegación, sin que la posición de la balanza se
modificase, sólo experimentó un principio de extrañeza, que se convirtió en
asombro, viendo que el arcángel remataba su tarea poniendo sobre aquel cúmulo de
virtudes, las moles gigantescas de un hospital y de una suntuosa capilla con sus
cimientos de piedra, su cruz de hierro fundido y su veleta de latón.
Pero la
balanza permaneció inalterable y, de súbito, un espectáculo pavoroso llenó de
espanto el alma de la princesa. Satanás, que se reía, abandonó de pronto el
escondrijo en que estaba agazapado y como una araña monstruosa se colgó del
platillo rebelde, y tras él, aferrándose del rabo y de sus ganchudas patas, se
suspendieron todos los diablos y réprobos del Infierno, sin que el peso de
aquella cadena, cuyo último eslabón tocaba el fondo del séptimo abismo, lograse
marcar la más leve oscilación en el fiel de la balanza inmutable. En el
platillo, las flores habían desaparecido y en su lugar veíase una montaña de
duraznos en sazón, sobre la cual giraban miríadas de seres, desde el corpúsculo
imperceptible hasta el insecto alado de forma perfecta. Abejas zumbadoras,
mariposas de alas irisadas, aves de plumajes multicolores revoloteaban en
derredor de los frutos, en legiones innumerables y, destacándose por encima de
todo, un inmenso follaje que, en forma de cono invertido, se perdía en el
infinito.
Y entonces fue
cuando resonó la voz terrible:
-¡Mujer, tu
culpa es irrescatable! Todo el peso del Infierno no ha podido equilibrarla. Al
extirpar el germen, has detenido en su curso la proyección de la vida, cuyo
origen es Dios mismo... Ve, pues, con Satán, por toda la eternidad.
Un grito
estridente, vibrante, puso en conmoción a la servidumbre del palacio. La
doncella, que había acudido la primera, encontró a su señora incorporada en el
lecho, presa de violentos espasmos nerviosos. La guirnalda suspendida del
crucifijo se había roto y las flores yacían esparcidas en la almohada y
cabellera de la dama, lo cual hizo exclamar a media voz a la joven:
-¡Ya lo sabía
yo! Dormir con flores es como dormir con muertos. Se tienen pesadillas
horribles. |