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Aquella noche, la tercera de la trilla, en un rincón de la extensa ramada
construida al lado de la “era”, un grupo de huasos charlaba alegremente
alrededor de una mesa llena de vasos y botellas, y alumbrada débilmente por la
escasa luz del candil. Aquel grupo pertenecía a los jinetes llamados corredores
a la “estaca” y entre todos descollaba la arrogante figura del Cuyanito que,
llegado sólo el día anterior, era el héroe de la fiesta. Jinete de primera
línea, soberbiamente montado, habíase atraído desde el primer instante todas las
miradas por la gallardía de su apostura y su gracejo en el decir. Excitado por
el vino, relataba algunas peripecias de su accidentada vida. Él, y lo decía con
orgullo, a pesar de su sobrenombre era un chileno a quien cierto asuntillo había
obligado a trasponer la cordillera con alguna prisa.
Tres años había permanecido fuera de la patria cuyo nombre había dejado bien
puesto en las palpas del otro lado. De ello podía dar fe la piel de su cuerpo
acribillada a cicatrices. Al llegar a este punto de la conversación, de su
tostado y moreno semblante, de sus pardos y expresivos ojos, brotaron llamaradas
de osadía.
Envalentonado con los aplausos y las frecuentes libaciones, poco a poco fue
haciéndose más comunicativo, relatando hechos e intimidades que seguramente en
otras circunstancias hubiérase guardado de referir.
El corro en derredor de la mesa había engrosado considerablemente cuando, de
pronto, alguien insinuó al narrador:
-¡Cuéntenos el asuntito aquel que lo hizo emigrar a la otra banda!
El interpelado pronunció débilmente algunas excusas, pero la misma voz con
acento insinuante repitió:
-¡Vaya, déjese de escrúpulos de monja! ¡Aquí estamos entre hombres que saben
cómo se contesta a un agravio! ¡Son cosas de la vida...! Por supuesto que habrá
por medio alguna chiquilla.
Estas razones doblegaron la resistencia del forastero quien, vaciando de un
sorbo un vaso de ponche, exclamó:
-Pues bien, ya que estoy entre caballeros voy a contarles el caso que, como
he dicho, pasó tres años atrás y fue también en una trilla...
No mentaré nombre de lugar ni de persona. ¡Se cuenta el milagro, pero no se
nombra el santo!
Todos asintieron con la cabeza.
Un gran silencio se hizo en el auditorio y después de un instante la voz
musical y cadenciosa del Cuyanito se alzó diciendo:
-Desde el momento que lo vi fue antipático. En el camino me lo presentó un
compadre y nos fuimos juntos a la trilla. Nos tocó ser compañeros en algunas
corridas, hasta que un estrellón que me dio intencionalmente contra la puerta de
la “era”, y al que contesté con un caballazo, nos hizo francamente enemigos. Le
tomé una ojeriza a muerte y conocí que él me pagaba con la misma moneda.
Todo el día lo pasábamos corriendo de firme detrás de las yeguas, y al
oscurecer, después de la comida, se armó en la ramada una de cantos y palmoteos
que alarmó hasta las lechuzas de la montaña.
Yo que estaba un poco alegrillo y en disposición para divertirme, había
tomado asiento al lado de una tocadora de guitarra: una morena con ojos de esos
que parecen decir, cuando nos emborrachan con sus miradas: ¡Cuidado que te
chamuscas, moscardoncito!
Entusiasmado con la muchacha estaba tallándole de lo lindo, cuando, de
repente, al volver con un vaso de ponche para obsequiar a la prenda, encontré el
asiento ocupado por aquel guapetón de los demonios. Fue tan grande el disgusto
que me trabó la lengua de pura rabia, pero pude dominarme y, con buenas
palabras, le dije que el sitio ese me pertenecía y que respetara mi derecho. Me
contestó con toda insolencia que de ahí no lo movía nadie y que me fuese con la
música a otra parte.
Yo, que tenía aún el ponche en la mano, se lo tiré con vaso y todo y se armó
la gresca en un santiamén. A decir verdad, confieso que llevé en la batalla la
peor parte. Mi enemigo, aunque ya era viejo, era mucho más hombre y de mejores
puños. Nos apartaron y lo desafié entonces para fuera de la ramada. Sin decir
una palabra me siguió. Las mujeres empezaron a gritar pidiendo que nos atajaran,
pero los hombres nos hicieron un cerco, y tirando a un lado el poncho y el
sombrero desenvainamos los cuchillos.
Mi compadre, un hombre muy ladino, se metió por medio y dijo que antes de
pelear debían ajustarse las condiciones del desafío y que yo, como ofendido,
tenía derecho para elegir las que mejor me pareciesen. Ciego de coraje dije que
las únicas condiciones eran que se amarrase el pie izquierdo del uno con el pie
derecho del otro y, en seguida, se apartase todo el mundo lo más lejos posible.
Así se hizo, y con una faja de seda nos sujetaron por los tobillos. Cuando
estuvimos bien trabados, mi compadre que nos había pedido los cuchillos para
impedir, según dijo, una traición, los puso de nuevo en nuestras manos. Al
entregarme el mío me miró a los ojos de un modo raro, conociendo en el acto de
apretar la empuñadura que no era la de mi puñal. Y lo mismo debió advertir mi
contrario, porque bajó la vista para fijarla en la hoja que relumbraba a la luz
de la luna... Levanté el brazo y le clavé el cuchillo en el corazón. Cayó
redondo, corté de un tajo la amarra y saltando a mi caballo galopé toda la noche
hacia la cordillera, divisando las primeras nieves.
Mi compadre, que me acompañó una parte del camino, me refirió que,
sospechando que el arma de mi enemigo tuviese algún maleficio, se le ocurrió
aquella astucia del cambio, que me libró de una muerte segura, pues el puñalito
ese tenía marcada la cruz de Salomón, contra la cual, como se sabe, no hay quite
ni barajo que valga.
Y para corroborar el narrador lo que decía, llevó la diestra a la cintura y
extrajo de su vaina un magnífico puñal con mango de cobre cincelado y anillos de
plata, el cual pasó de mano en mano en torno de la mesa, examinando cada uno de
los oyentes la famosa cruz de Salomón grabada en la hoja (dos H mayúsculas muy
juntas).
Uno de los últimos que la tuvo en su poder fue el Abajimo, muchacho de veinte
años a lo sumo, delgado y esbelto, de rostro infantil. Llegado de las provincias
del norte, tenía en aquellos contornos gran nombradía como fabricante de frenos
y espuelas, objetos que cincelaba y plateaba con primor. Retirado de la mesa,
nadie había fijado en él la atención, ignorándose si estaba ahí desde un
principio o si acababa de llegar.
De pronto, enderezando el mozo su esbelta figura y con el rostro alegre de
niño que tropieza con un juguete que creía extraviado, dijo con acento
sorprendido y gozoso:
-¡Vaya con la casualidad! Este puñal es trabajo mío. La hoja, de acero de
lima vieja, está templada al aceite y puede cortar un pelo en el aire.
Y mientras hablaba iba acercándose al forastero, quien lo veía venir un sí es
no es inquieto, pero aquella sonrisa bonachona y aquella ingenua alegría
desterraron de su espíritu una naciente sospecha.
Entretanto, el joven, poniéndole el arma a la altura de los ojos decía:
-¡Vaya y qué cosa más rara! Esto que a usted le parece la cruz de Salomón son
las iniciales del nombre de mi padre: Honorio Henríquez... ¡a quien mataste a
traición, cobarde!
Y, veloz como el rayo, sepultó el puñal en el pecho de su dueño, que rodó
bajo la silla sin exhalar un gemido.
La última frase pronunciada con acento iracundo y la acción imprevista que la
acompañó, hicieron dar un salto en su silla a los circunstantes, pero,
paralizados por la sorpresa que les produjo la terrible escena, no dieron un
paso para detener al Abajino, quien, llevando a la diestra el puñal tinto en
sangre, abandonó con altivo y fiero continente la ramada. Un momento después, y
mientras los del grupo se miraban aún consternados, resonó en el silencio de la
campiña dormida, el furioso galope de un caballo que se alejaba a revienta
cinchas por el camino de la montaña.
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