Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre.
Zumbábanle los oídos y el piso que huía debajo de sus pies le producía una
extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra
abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban
con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que se hundían con vertiginosa
rapidez. En aquel silencioso descenso sin trepidación ni más ruido que el del
agua goteando sobre la techumbre de hierro las luces de las lámparas parecían
prontas a extinguirse y a sus débiles destellos se delineaban vagamente en la
penumbra las hendiduras y partes salientes de la roca; una serie interminable de
negras sombras que volaban como saetas hacia lo alto.
Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los
pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo y el pesado armazón de
hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la
entrada de la galería.
El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en
el negro túnel. Eran de los primeros en llegar y el movimiento de la mina no
empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguir su
elevada talla, sólo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos
maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda
que llenaba la vasta y lóbrega excavación.
A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especie de
gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un
candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la
apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado
delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en
un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado
por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada
interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz
llena de sumisión y de respeto:
-Señor, aquí traigo el chico.
Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el
cuerpecillo endeble del muchacho. Sus delgados miembros y la infantil
inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como
de medrosa bestezuela, lo impresionaron desfavorablemente, y su corazón
endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias, experimentó una piadosa
sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado de sus juegos infantiles y
condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las
humildes galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su
rostro se suavizaron y con fingida aspereza le dijo al viejo que muy inquieto
por aquel examen fijaba en él una ansiosa mirada:
-¡Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo.
¿Es hijo tuyo?
-Sí, señor.
-Pues debías tener lástima de sus pocos años y antes de
enterrarlo aquí enviarlo a la escuela por algún tiempo.
-Señor -balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un
acento de dolorosa súplica-. Somos seis en casa y uno solo el que trabaja, Pablo
cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros,
su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la
mina.
Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un
acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el
capataz vencido por aquel mudo ruego llevó a sus labios un silbato y arrancó de
él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyóse un
rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la
puerta.
-Juan -exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién
llegado- lleva este chico a la compuerta número doce, reemplazará al hijo de
José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.
Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a
murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:
-He visto que en la última semana no has alcanzado a los
cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. No olvides
que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio
otro más activo.
Y haciendo con la diestra un ademán enérgico, lo despidió.
Los tres se marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas
fue alejándose poco a poco en la oscura galería. Caminaban entre dos hileras de
rieles cuyas traviesas hundidas en el suelo fangoso trataban de evitar alargando
o acortando el paso, guiándose por los gruesos clavos que sujetaban las barras
de acero. El guía, un hombre joven aún, iba delante y más atrás con el pequeño
Pablo de la mano seguía el viejo con la barba sumida en el pecho, hondamente
preocupado. Las palabras del capataz y la amenaza en ellas contenida habían
llenado de angustia su corazón. Desde algún tiempo su decadencia era visible
para todos; cada día se acercaba más el fatal lindero que una vez traspasado
convierte al obrero viejo en un trasto inútil dentro de la mina. El balde desde
el amanecer hasta la noche durante catorce horas mortales, revolviéndose como un
reptil en la estrecha labor, atacaba la hulla furiosamente, encarnizándose
contra el filón inagotable, que tantas generaciones de forzados como él arañaban
sin cesar en las entrañas de la tierra.
Pero aquella lucha tenaz y sin tregua convertía muy pronto en
viejos decrépitos a los más jóvenes y vigorosos. Allí en la lóbrega madriguera
húmeda y estrecha, encorvábanse las espaldas y aflojábanse los músculos y, como
el potro resabiado que se estremece tembloroso a la vista de la vara, los viejos
mineros cada mañana sentían tiritar sus carnes al contacto de la vena. Pero el
hambre es aguijón más eficaz que el látigo y la espuela, y reanudaban taciturnos
la tarea agobiadora, y la veta entera acribillada por mil partes por aquella
carcoma humana, vibraba sutilmente, desmoronándose pedazo a pedazo, mordida por
el diente cuadrangular del pico, como la arenisca de la ribera a los embates del
mar.
La súbita detención del guía arrancó al viejo de sus tristes
cavilaciones. Una puerta les cerraba el camino en aquella dirección, y en el
suelo arrimado a la pared había un bulto pequeño cuyos contornos se destacaban
confusamente heridos por las luces vacilantes de las lámparas: era un niño de
diez años acurrucado en un hueco de la muralla.
Con los codos en las rodillas y el pálido rostro entre las
manos enflaquecidas, mudo e inmóvil, pareció no percibir a los obreros que
traspusieron el umbral y lo dejaron de nuevo sumido en la obscuridad. Sus ojos
abiertos, sin expresión, estaban fijos obstinadamente hacia arriba, absortos tal
vez, en la contemplación de un panorama imaginario que, como el miraje del
desierto, atraía sus pupilas sedientas de luz, húmedas por la nostalgia del
lejano resplandor del día.
Encargado del manejo de esa puerta, pasaba las horas
interminables de su encierro sumergido en un ensimismamiento doloroso, abrumado
por aquella lápida enorme que abogó para siempre en él la inquieta y grácil
movilidad de la infancia, cuyos sufrimientos dejan en el alma que los comprende
una amargura infinita y un sentimiento de execración acerbo por el egoísmo y la
cobardía humanos.
Los dos hombres y el niño después de caminar algún tiempo por
un estrecho corredor, desembocaron en una alta galería de arrastre de cuya
techumbre caía una lluvia continua de gruesas gotas de agua. Un ruido sordo y
lejano, como si un martillo gigantesco golpease sobre sus cabezas la armadura
del planeta, escuchábase a intervalos. Aquel rumor, cuyo origen Pablo no
acertaba a explicarse, era el choque de las olas en las rompientes de la costa.
Anduvieron aún un corto trecho y se encontraron por fin delante de la compuerta
número doce.
-Aquí es -dijo el guía, deteniéndose junto a la hoja de
tablas que giraba sujeta a un marco de madera incrustado en una roca.
Las tinieblas eran tan espesas que las rojizas luces de las
lámparas, sujetas a las viseras de las gorras de cuero, apenas dejaban entrever
aquel obstáculo.
Pablo, que no se explicaba ese alto repentino, contemplaba
silencioso a sus acompañantes, quienes, después de cambiar entre sí algunas
palabras breves y rápidas, se pusieron a enseñarle con jovialidad y empeño el
manejo de la compuerta. El rapaz, siguiendo sus indicaciones, la abrió y cerró
repetidas veces, desvaneciendo la incertidumbre del padre que temía que las
fuerzas de su hijo no bastasen para aquel trabajo.
El viejo manifestó su contento, pasando la callosa mano por
la inculta cabellera de su primogénito, quien hasta allí no había demostrado
cansancio ni inquietud. Su juvenil imaginación impresionada por aquel
espectáculo nuevo y desconocido se hallaba aturdida, desorientada. Parecíale a
veces que estaba en un cuarto a oscuras y creía ver a cada instante abrirse una
ventana y entrar por ella los brillantes rayos del sol., y aunque su inexperto
corazoncito no experimentaba ya la angustia que le asaltó en el pozo de bajada,
aquellos mimos y caricias a que no estaba acostumbrado despertaron su
desconfianza.
Una luz brilló a lo lejos en la galería y luego se oyó el
chirrido de las ruedas sobre la vía, mientras un trote pesado y rápido hacía
retumbar el suelo.
-¡Es la corrida! -exclamaron a un tiempo los dos hombres.
-Pronto, Pablo -dijo el viejo-, a ver cómo cumples tu
obligación.
El pequeño con los puños apretados apoyó su diminuto cuerpo
contra la hoja que cedió lentamente hasta tocar la pared. Apenas efectuada esta
operación, un caballo oscuro, sudoroso y jadeante, cruzó rápido delante de
ellos, arrastrando un pesado tren cargado de mineral.
Los obreros se miraron satisfechos. El novato era ya un
portero experimentado, y el viejo, inclinando su alta estatura, empezó a
hablarle zalameramente: él no era ya un chicuelo, como los que quedaban allá
arriba que lloran por nada y están siempre cogidos de las faldas de las mujeres,
sino un hombre, un valiente, nada menos que un obrero, es decir, un camarada a
quien había que tratar como tal. Y en breves frases le dio a entender que les
era forzoso dejarlo solo; pero que no tuviese miedo, pues había en la mina
muchísimos otros de su edad, desempeñando el mismo trabajo; que él estaba cerca
y vendría a verlo de cuando en cuando, y una vez terminada la faena regresarían
juntos a casa.
Pablo oía aquello con espanto creciente y por toda respuesta
se cogió con ambas manos de la blusa del minero. Hasta entonces no se había dado
cuenta exacta de lo que se exigía de él. El giro inesperado que tomaba lo que
creyó un simple paseo, le produjo un miedo cerval, y dominado por un deseo
vehementísimo de abandonar aquel sitio, de ver a su madre y a sus hermanos y de
encontrarse otra vez a la claridad del día, sólo contestaba a las afectuosas
razones de su padre con un "¡vamos!" quejumbroso y lleno de miedo. Ni promesas ni
amenazas lo convencían, y el "¡vamos, padre!", brotaba de sus labios cada vez
más dolorido y apremiante.
Una violenta contrariedad se pintó en el rostro del viejo
minero; pero al ver aquellos ojos llenos de lágrimas, desolados y suplicantes,
levantados hacia él, su naciente cólera se trocó en una piedad infinita: ¡era
todavía tan débil y pequeño! Y el amor paternal adormecido en lo íntimo de su
ser recobró de súbito su fuerza avasalladora.
El recuerdo de su vida, de esos cuarenta años de trabajos y
sufrimientos, se presentó de repente a su imaginación, y con honda congoja
comprobó que de aquella labor inmensa sólo le restaba un cuerpo exhausto que tal
vez muy pronto arrojarían de la mina como un estorbo, y al pensar que idéntico
destino aguardaba a la triste criatura, le acometió de improviso un deseo
imperioso de disputar su presa a ese monstruo insaciable, que arrancaba del
regazo de las madres los hijos apenas crecidos para convertirlos en esos parias,
cuyas espaldas reciben con el mismo estoicismo el golpe brutal del amo y las
caricias de la roca en las inclinadas galerías.
Pero aquel sentimiento de rebelión que empezaba a germinar en
él se extinguió repentinamente ante el recuerdo de su pobre hogar y de los seres
hambrientos y desnudos de los que era el único sostén, y su vieja experiencia le
demostró lo insensato de su quimera. La mina no soltaba nunca al que había
cogido, y como eslabones nuevos que se sustituyen a los viejos y gastados de una
cadena sin fin, allí abajo los hijos sucedían a los padres, y en el hondo pozo
el subir y bajar de aquella marca viviente no se interrumpiría jamás. Los
pequeñuelos respirando el aire emponzoñado de la mina crecían raquíticos,
débiles, paliduchos, pero había que resignarse, pues para eso habían nacido.
Y con resuelto ademán el viejo desenrolló de su cintura una
cuerda delgada y fuerte y a pesar de la resistencia y súplicas del niño lo ató
con ella por mitad del cuerpo y aseguró, en seguida, la otra extremidad en un
grueso perno incrustado en la roca. Trozos de cordel adheridos a aquel hierro
indicaban que no era la primera vez que prestaba un servicio semejante.
La criatura medio muerta de terror lanzaba gritos penetrantes
de pavorosa angustia, y hubo que emplear la violencia para arrancarla de entre
las piernas del padre, a las que se había asido con todas sus fuerzas. Sus
ruegos y clamores llenaban la galería, sin que la tierna víctima, más desdichada
que el bíblico Isaac, oyese una voz amiga que detuviera el brazo paternal armado
contra su propia carne, por el crimen y la iniquidad de los hombres.
Sus voces llamando al viejo que se alejaba tenían acentos tan desgarradores, tan
hondos y vibrantes, que el infeliz padre sintió de nuevo flaquear su resolución.
Mas, aquel desfallecimiento sólo duró un instante, y tapándose los oídos para no
escuchar aquellos gritos que le atenaceaban las entrañas, apresuró la marcha
apartándose de aquel sitio. Antes de abandonar la galería, se detuvo un
instante, y escuchó: una vocecilla tenue como un soplo clamaba allá muy lejos,
debilitada por la distancia:
-¡Madre! ¡Madre!
Entonces echó a correr como un loco, acosado por el doliente
vagido, y no se detuvo sino cuando se halló delante de la vena, a la vista de
la cual su dolor se convirtió de pronto en furiosa ira y, empuñando el mango del
pico, la atacó rabiosamente. En el duro bloque caían los golpes como espesa
granizada sobre sonoros cristales, y el diente de acero se hundía en aquella
masa negra y brillante, arrancando trozos enormes que se amontonaban entre las
piernas del obrero, mientras un polvo espeso cubría como un velo la vacilante
luz de la lámpara.
Las cortantes aristas del carbón volaban con fuerza,
hiriéndole el rostro, el cuello y el pecho desnudo. Hilos de sangre mezclábanse
al copioso sudor que inundaba su cuerpo, que penetraba como una cuña en la
brecha abierta, ensanchándose con el afán del presidiario que horada el muro que
lo oprime; pero sin la esperanza que alienta y fortalece al prisionero: hallar
al fin de la jornada una vida nueva, llena de sol, de aire y de libertad.