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Cuento XLVIII
[Cuento: Texto completo.]

Juan Manuel

Lo que sucedió a uno que probaba a sus amigos

Otra vez, hablando el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, le dijo:

-Patronio, tengo muchos amigos, según creo, los cuales me prometen hacer cuanto me convenga, aunque para ello tengan que arriesgar vida o hacienda, e incluso me juran que estarán siempre junto a mí a pesar de cualquier peligro. Como sois de muy agudo entendimiento, os ruego que me digáis de qué manera podré saber si estos amigos míos harán por mí cuanto dicen.

-Señor Conde Lucanor -respondió Patronio-, un buen amigo es lo mejor y más preciado del mundo, pero pensad que, cuando vienen necesidades y desventuras, son muy pocos los que quedan junto a nosotros; además, si el riesgo no es grande, es difícil saber quién sería verdadero amigo en unas circunstancias apuradas. Así, para que sepáis qué amigos son los verdaderos, me gustaría que supierais lo que sucedió a un hombre honrado con un hijo suyo que se jactaba de tener muchos y leales amigos.

El conde le preguntó qué le había pasado.

-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, aquel hombre honrado tenía un hijo al que, entre otras muchas advertencias, siempre le aconsejaba que se esforzara por conseguir muchos y buenos amigos. El hijo lo hizo así y comenzó a rodearse de muchos, a los que agasajó y obsequió para ganarse su amistad. Y todos aquellos le declaraban una y otra vez su amistad, diciéndole que harían por él cuanto fuera necesario, y que incluso arriesgarían su vida y sus bienes llegada la ocasión.

»Un día, estando aquel mancebo con su padre, este le preguntó si había seguido sus consejos y si había ganado muchos amigos. El mancebo le contestó que tenía muchos y que, sobre todo, había diez de quienes podía asegurar que, ni por miedo a la misma muerte, lo abandonarían en un lance de peligro para él.

»Cuando el padre escuchó decir esto, le replicó que se sorprendía de que en tan poco tiempo hubiese ganado tantos y tan fieles amigos, pues él, que ya era anciano, no tenía más que un amigo y medio. El hijo comenzó a porfiar, afirmando una y otra vez que era verdad lo que le contaba de sus amigos. Cuando el padre vio porfiar así a su hijo, le rogó que los probase de este modo: que matara un cerdo, que lo metiera en un saco y que fuera a casa de cada uno de sus amigos y les dijera que llevaba a un hombre a quien él había muerto. También debería decirles que, si su crimen llegaba a ser conocido por la justicia, no podrían, por nada del mundo, escapar a la muerte ni él ni ninguno de sus encubridores; y por eso les rogaba que, como eran sus amigos, ocultaran el cadáver y lo defendieran si fuera necesario.

»Así lo hizo el mancebo y se fue a probar a sus amigos, como su padre le había mandado. Cuando llegó a casa de cada uno de ellos y les contó el peligro que corría, todos le dijeron que en otras necesidades le ayudarían, pero no en esta, porque podrían perder vida y hacienda; y le pidieron, por Dios, que nadie supiese que había hablado con ellos. Algunos de sus amigos le dijeron que, si era condenado a muerte, pedirían clemencia para él; otros le aseguraron que, cuando lo llevaran a ejecutar, estarían con él hasta el último momento y luego lo enterrarían muy solemnemente.

»Cuando el mancebo hubo probado así a todos sus amigos y ninguno le socorrió, fue a casa de su padre y le dijo lo que había pasado. Al oírlo, el padre le respondió que ya había comprobado que más saben quienes mucho han visto y vivido que los que no tienen ninguna experiencia del mundo o de la vida. Entonces le dijo otra vez que él no tenía más que amigo y medio, y le mandó que fuese a probarlos.

»El mancebo fue a probar al que su padre calificaba de medio amigo y llegó a su casa de noche, con el cerdo a cuestas. Llamó a la puerta y le contó al medio amigo de su padre la desgracia que le había ocurrido y cómo sus amigos lo habían abandonado; por último, le rogó que, por la amistad que tenía con su padre, le ayudase en aquella situación tan peligrosa.

»Cuando el medio amigo escuchó sus palabras, le contestó que no tenía con él amistad ni trato como para arriesgarse tanto, pero que, sin embargo, por la estimación que sentía hacia su padre, estaba dispuesto a encubrirlo.

»Y entonces se echó a la espalda el saco con el cerdo muerto, pensando que era efectivamente un hombre, lo llevó a la huerta y lo enterró en un surco de coles; volvió a ponerlas como estaban antes, y despidió al mancebo, al que deseó buena suerte.

»El mancebo regresó a casa de su padre y le contó lo que le había pasado con su medio amigo. Le mandó su padre que al día siguiente, cuando estuviesen en concejo, empezara a discutir sobre cualquier asunto con su medio amigo y que, además de discutir, le diera en el rostro la mayor bofetada que pudiese. El joven hizo lo que su padre le mandó y, cuando el medio amigo se vio abofeteado en público, lo miró y le dijo:

»-En verdad, hijo mío, que has obrado muy mal; pero ten por seguro que ni por esta ofensa ni por otra mayor descubriré las coles de la huerta.

»Cuando el mancebo se lo contó a su padre, este le mandó que probara a quien consideraba un amigo cabal. El hijo así lo hizo. El mancebo llegó a casa del amigo de su padre, le contó la falsa historia del muerto y, al oírlo, el hombre bueno, amigo de su padre, le prometió guardarlo de daño y muerte. Sucedió, casualmente, que por aquellos días habían muerto a un hombre en aquella ciudad y no sabían quién era el culpable. Como algunos vieron a aquel joven ir y venir muchas veces con el saco a cuestas, al amparo de la noche, pensaron que sería él el asesino.

»Pero ¿para qué extenderse más? El mancebo fue juzgado y condenado a muerte. El amigo de su padre había hecho cuanto podía para que consiguiera escapar; pero, cuando vio que era imposible evitar su castigo, declaró ante los jueces que no quería ser responsable de la muerte de un inocente y, así, les dijo que aquel mancebo no era el asesino, sino que el matador era el único hijo que él tenía. Mandó a su hijo que se declarara culpable, cosa que hizo, y fue por ello ajusticiado. Así escapó de la muerte el joven, gracias al sacrificio del amigo de su padre.

»Señor Conde Lucanor, ya os he contado cómo se prueban los amigos. Creo que esta historia nos enseña a reconocer a los buenos amigos, a probarlos antes de ponernos en un grave peligro confiados en su amistad, y también permite saber hasta dónde estarán dispuestos a socorrernos cuando fuera necesario. Podéis estar seguro de que hay algunos amigos verdaderos, pero son muchos más los que se llaman amigos sólo en la prosperidad y, cuando la fortuna es adversa, desaparecen.

»Esta historia tiene también la siguiente interpretación espiritual: todos los hombres creen tener amigos en este mundo, pero, cuando viene la muerte, han de probarlos en este trance y, por eso, piden consuelo a los seglares, que les dicen tener ya bastantes preocupaciones propias; los religiosos les prometen rezos y súplicas por su alma; e incluso su mujer e hijos les contestan simplemente que los acompañarán hasta la sepultura y que harán por ellos exequias muy lujosas. Así prueban a quienes tenían como verdaderos amigos. Y como no hallan en ellos ayuda alguna contra la muerte, se vuelven a Dios, que es nuestro padre, del mismo modo que el mancebo de la historia se refugió en su padre, al verse desamparado de quienes creía amigos suyos, y Dios entonces les manda probar a los santos, que son como medio amigos. Así lo hacen. Tan grandes son la bondad y piedad de los santos y, sobre todo, el amor de Santa María, que no dejan de rogar a Cristo por los pecadores. La Virgen María le recuerda a su hijo cómo fue su Madre y los trabajos que padeció por Él, y los santos le evocan los dolores, las penas, los tormentos y las persecuciones que sufrieron por su nombre; y todo esto lo hacen para encubrir nuestros pecados. Y así, aunque hayan recibido muchas ofensas, no nos descubren ni nos acusan, como no acusó al mancebo el medio amigo de su padre, a pesar de la bofetada que le dio el hijo de su amigo.

»Cuando el pecador siente que, a pesar de estas intercesiones, no puede escapar del castigo eterno, se vuelve a Dios, como volvió el mancebo de la historia a su padre al comprobar que nadie podía evitar su muerte. Y Dios Nuestro Señor, como Padre y Amigo verdadero, acordándose del amor que profesa al hombre, criatura suya, hizo como el buen amigo, pues envió a su Hijo Jesucristo para que muriese por la redención de nuestras culpas y pecados, aunque Él era inocente y estaba limpio de falta alguna. Y Jesucristo, como buen hijo, obedeció a su Padre, y siendo Dios y Hombre verdaderos quiso recibir y padecer la muerte para, con su sangre, limpiarnos de nuestros pecados.

»Y ahora, señor Conde Lucanor, pensad cuáles de estos amigos son los mejores y más fieles, y a quiénes debemos ganar y considerar como tales. Al conde le agradaron mucho estas razones, que encontró claras y excelentes.

Viendo don Juan que este ejemplo era bueno lo mandó escribir en este libro y compuso estos versos:

Nunca podría el hombre tan buen amigo hallar
sino Dios, que lo quiso con su sangre comprar.

FIN

 

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El silencio de Galileo

  • Genial. Universidad de Georgetown, Estados Unidos
  • Pone patas arriba las concepciones actuales. Punto de Libro, España
  • Fascinante. El Comercio, Ecuador
  • Sobresaltante. El Nacional, República Dominicana
  • Arrincona la verdad. Prensa, Panamá
  • Fascinante. El Nuevo Día, Puerto Rico
  • Narración ágil que atrapa. Veintitrés, Argentina

 

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