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Lo que sucedió a un filósofo que por
casualidad entró en una calle donde
vivían malas mujeres
Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:
-Patronio, vos sabéis que una de las cosas de este mundo por la que más
debemos esforzarnos es por alcanzar buena fama y conservarla intacta. Como sé
que en esto y en otras tantas cosas nadie me podrá aconsejar mejor que vos, os
ruego que me digáis cómo podré acrecentar y guardar mi fama.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, mucho me agrada lo que decís. Para que
podáis hacer en esto lo mejor, me gustaría que supierais cuanto ocurrió a un
gran filósofo, que era muy anciano.
El señor conde le preguntó lo que le había ocurrido.
-Señor conde -dijo Patronio-, un gran filósofo, que vivía en una ciudad del
reino de Marruecos, padecía una molesta enfermedad, pues sólo podía obrar con
dolor, con pena y muy despacio.
»Para librarlo de las molestias que padecía, le habían mandado los médicos
que, siempre que lo necesitara, obrase en seguida, sin dejarlo para más tarde,
pues pensaban que, cuanto más lo dejase, las heces se pondrían más secas y
duras, con el consiguiente daño y perjuicio para su salud. Siguiendo el consejo
de sus médicos, obraba como os digo y sentía cierto alivio.
»Sucedió que un día, yendo por una calle de aquella ciudad, en la que tenía
muchos discípulos que seguían sus enseñanzas, le vinieron ganas de obrar como os
he contado. Para hacer lo que sus médicos le aconsejaban y que tan buenos
resultados le daba, se metió en una callejuela para hacer lo excusado.
»Dio la casualidad de que en aquella calleja vivían las mujeres de vida
pública, que si hacen daño a su cuerpo también deshonran su alma. Pero el
filósofo nada sabía de que aquellas mujeres vivieran allí. Por la clase de
enfermedad que padecía, por el tiempo que permaneció en aquel lugar y por el
aspecto que ofrecía al salir de la calleja, aunque ignoraba quiénes vivían
allí, todos pensaron que había ido allí para hacer algo impropio de lo que debe
hacerse y de lo que hasta entonces había hecho. Si alguna persona respetable
hace alguna cosa que merece censura y crítica, por pequeña que sea, a todos les
parece peor y da más que hablar que cuando se trata de alguien que hace
públicamente cosas peores; así, a este filósofo comenzaron a criticarlo y a
hablar mal de él, pues, siendo tan anciano y aparentando tanta virtud, había
visitado un lugar como aquel, tan dañino para su cuerpo, para su alma y para su
propia fama.
»Cuando llegó a su casa, vinieron a él sus discípulos que, con mucha pena y
pesar, le dijeron qué desgracia o pecado había sido aquel por el cual se había
desprestigiado a sí mismo y a ellos, sus discípulos, a la vez que había perdido
la fama que hasta entonces había conservado sin mancha alguna.
»El filósofo, al oírles hablar así, se asombró mucho y les preguntó por qué
decían aquello, o qué falta había cometido, pues no sabía de qué le estaban
hablando. Ellos le contestaron que no debía disimular, pues no quedaba nadie de
la ciudad que no comentara su mala acción al visitar la calleja donde vivían las
malas mujeres.
»Cuando el sabio escuchó esta explicación, sintió gran pesar, pero les pidió
que no se lamentaran, pues de allí a ocho días les podría dar una respuesta.
»Se retiró luego a su estudio, donde escribió un libro, corto pero muy bueno
y provechoso. Amén de otras cosas buenas que tiene, como si mantuviera una
conversación con sus discípulos sobre la buena y mala ventura, les dice así:
»"Hijos, con la buena y la mala suerte sucede así: a veces se la busca y se
la encuentra, aunque a veces es encontrada sin buscarla. La buscada y hallada es
cuando un hombre hace buenas acciones, gracias a las cuales consigue alguna
felicidad; eso mismo ocurre cuando por sus malas obras le sucede alguna
desgracia. Esta es la suerte, buena o mala, hallada y buscada por el hombre,
pues hace cuanto puede para que le venga el bien o el mal que busca.
»"Igualmente, la hallada y no buscada es cuando a un hombre, sin hacer nada
para ello, le sucede alguna cosa buena o algún bien; por ejemplo, un hombre que
vaya por el campo y encuentre un gran tesoro o cualquier cosa de gran valor sin
haberse esforzado en buscarlo. Eso mismo ocurre cuando a un hombre, sin
haberlo merecido, le sobreviene alguna cosa mala o alguna desgracia; es como si
un hombre fuera caminando por la calle y le cayera una piedra que otro lanzó
contra un pájaro que iba por el cielo. Esta es la mala ventura encontrada y no
buscada, puesto que ese hombre nunca hizo nada para que le ocurriera esa
desgracia.
»"Hijos, debéis saber que en la buena o mala suerte hallada y buscada se unen
dos cosas: que el hombre se ayude a sí mismo, haciendo el bien para lograr el
bien y obrando mal si es esto lo que busca; además, merecerá el premio o el
castigo de Dios según sus obras sean buenas o malas. Igualmente, en la suerte
buena o mala, hallada y no buscada, se necesitan otras dos cosas: que el hombre
evite en cuanto le sea posible hacer el mal o parecerlo, de donde le pueda venir
alguna desgracia o mala fama y, en segundo lugar, pedir y rogar a Dios que, pues
Él procura alejar de nosotros la desventura o la mala fama, también le ayude
para que no le sobrevenga alguna desgracia, como me ocurrió a mí el otro día
cuando entré en una calleja para hacer lo que no se podía excusar por mi propia
salud que, aunque era algo inocente y de lo que no podía venirme mala fama, como
por desventura mía vivían allí aquellas mujeres, aunque yo salía sin culpa, fui
muy criticado y quedé infamado".
»Vos, Conde Lucanor, si queréis mantener y acrecentar vuestra fama y honra,
debéis hacer tres cosas: la primera, muy buenas obras que complazcan a Dios y,
logrado esto, que, después, en cuanto sea posible, agraden también a los
hombres, cuidando siempre vuestro estado y dignidad, pero sin olvidar que, por
muy buena fama que tengáis, podéis perderla si, debiendo realizar buenas obras,
hacéis las opuestas, porque muchos hombres obraron bien durante cierto tiempo y,
como después se apartaron de ese camino, perdieron los méritos conseguidos y
acabaron de mala manera. La segunda cosa es rogar a Dios para que os ilumine en
la conservación y aumento de vuestra fama, a la vez que aleje de vos la ocasión
de perderla, por obras o palabras vuestras. La tercera cosa es que ni de palabra
ni de obra hagáis nunca nada por lo que las gentes pongan en duda vuestra fama,
que siempre debéis guardar por encima de todo, pues muchas veces los hombres
hacen buenas acciones, pero, como levantan sospechas y parecen malas, ante la
opinión de las gentes quedan como realmente malas. Tened presente siempre que en
asuntos tocantes a la fama tanto aprovecha o perjudica lo que opinan las gentes
como la propia verdad, aunque para Dios y para el alma sólo cuentan las
obras que el hombre hace, así como la intención que guarda.
Al conde le pareció este cuento muy bueno y rogó a Dios para que le
permitiera hacer las obras necesarias para salvar su alma y aumentar su fama, su
honra y su estado.
Y como don Juan vio que el cuento era excelente, lo mandó escribir en este
libro e hizo unos versos que dicen así:
Haz siempre el bien sin levantar recelos,
que así siempre tu fama se extienda por los cielos.
FIN |