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Lo que sucedió a don Pedro Ruy González de Ceballos
y a don Gutierre Ruiz de
Blanquillo con el conde Rodrigo el Franco
Otra vez habló el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
-Patronio, una vez, estando yo en guerra y cuando mis bienes y hacienda
corrían mayor peligro, algunos caballeros, a quienes yo crie en mi casa y a
quienes había favorecido con largueza, me abandonaron y buscaron hacerme mal
junto a mis enemigos, e incluso se distinguieron por su saña contra mí. Tales
cosas han hecho que me han llevado a tener peor opinión de los hombres que la
que tenía antes. Por el buen juicio que Dios puso en vos, os ruego que me
aconsejéis cómo debo pensar y obrar de ahora en adelante.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, si los que os han traicionado hubieran
sido como don Pedro Núñez de Fuente Almejir, don Ruy González de Ceballos y don
Gutierre Ruiz de Blanquillo, y supieran lo que les sucedió, nunca se habrían
portado así.
El conde le preguntó lo que había pasado.
-Señor conde -dijo Patronio-, el conde don Rodrigo el Franco se casó con una
dama, hija de don Gil García de Zagra y mujer muy honrada, contra la cual el
conde su marido levantó falso testimonio. Ella, muy dolida por aquellas
acusaciones, pidió a Dios que, si era, en efecto, culpable, fuera castigada,
pero que castigase a su marido si el culpable era él.
»Apenas terminó su oración, cuando Dios obró el milagro que le pedía y
castigó al conde con la lepra. Entonces, ella se separó de él. Estando ya
separados, el rey de Navarra mandó sus emisarios a aquella dama, se casó con
ella y se convirtió en reina de Navarra.
»El conde, viendo que no podía curarse de la lepra, partió como peregrino
hacia Tierra Santa para morir allí. Aunque era muy ilustre y tenía muchos
y buenos vasallos, sólo aquellos tres caballeros que os dije lo acompañaron.
Como permanecieron allí durante tanto tiempo, no tuvieron bastante con lo que
habían llevado para mantenerse, por lo que llegaron a tales extremos de pobreza
que no tenían nada para alimentar al conde, su señor. Movidos por la necesidad,
cada mañana se ofrecían dos de ellos como mozos en la plaza y el tercero se
quedaba con su señor el conde; de esta forma se alimentaban ellos y cuidaban al
conde. Además, todas las noches lo bañaban, limpiándolo y curándole las llagas
de la lepra.
»Una noche, al lavarle los pies y las piernas, sintieron los tres necesidad
de escupir, y escupieron. Cuando el conde los vio hacer esto, pensó que era por
el asco que su enfermedad les producía y empezó a llorar y a quejarse de su
estado.
»Mas ellos, para que viera su señor que no sentían repugnancia por su
enfermedad, con las manos cogieron agua, que estaba llena de pus y de pústulas
de la lepra, y bebieron de ella varias veces. Luego siguieron viviendo con el
conde, hasta que murió.
»Al verlo muerto, pensaron que sería una deshonra para ellos volver a
Castilla sin su señor, y no quisieron regresar sin su cadáver. Como, para
llevárselo, les ordenaron que cocieran y lavaran sus huesos, respondieron ellos
que nadie tocaría a su señor, ni vivo ni muerto. Y pues no consintieron que lo
cociesen, lo enterraron y esperaron hasta que la carne se deshizo. Después
pusieron los huesos en una arqueta, que llevaban entre todos sobre los hombros.
»Así iban caminando, pidiendo limosna, con los restos de su señor a cuestas,
aunque traían testimonio de cuanto les había sucedido. Tan pobres pero tan
dichosos, llegaron a tierras de Tolosa donde, al entrar en una ciudad, se
encontraron con un grupo de personas que iba a quemar a una dama muy importante,
acusada por un hermano de su marido. Decían aquellas gentes que, si ningún
caballero salía en su defensa, moriría en el tormento, sin que hasta entonces
hubieran encontrado alguno que la defendiera.
»Cuando el venturado y leal don Pedro Núñez comprendió que, por no hallarse
caballero, castigaban así a la dama, dijo a sus compañeros que, si él supiera
que era inocente, saldría al campo a defenderla. Fue luego junto a la dama y le
preguntó sobre el fundamento de las acusaciones. Ella le contestó que jamás
había cometido el delito de que la acusaban, aunque había deseado hacerlo. Al
ver don Pedro Núñez que, pues la mujer había pecado con el corazón, podría
sucederle algún mal a quien la defendiese, como ya había comenzado a protegerla
y la tenía por inocente de cuanto la acusaban, dijo que la defendería.
»Los acusadores quisieron recusarle por no ser caballero, pero, cuando les
enseñó los testimonios e informes que traía, tuvieron que aceptarlo. Los
parientes de aquella dama le dieron caballo y armas para que pelease. Don Pedro
les dijo antes de comenzar la pelea que, con la ayuda de Dios, él ganaría honra
y salvaría a la dama, pero que, como ella no era del todo inocente, podría
venirle algún daño.
»Desde que entraron en el campo, Dios ayudó a don Pedro Leal, que venció en
la lid y salvó a la dama, pero perdió un ojo en el combate, cumpliéndose así
cuanto había dicho don Pedro antes de entrar en el campo de batalla.
»La dama y sus parientes dieron mucho dinero a don Pedro el Leal, con lo que
pudieron seguir llevando los restos de su señor, el conde, sin tantas
penalidades.
»Al enterarse el rey de Castilla de que aquellos tres bienaventurados
caballeros venían con los restos de su señor, el conde, y cómo su viaje había
resultado tan feliz, se puso muy contento y dio gracias a Dios porque tres
caballeros de su reino hubiesen hecho tal hazaña. El rey les envió recado de que
siguiesen a pie su camino, con los mismos andrajos que traían. Cuando ya se
acercaban a la frontera de Castilla, el rey en persona los salió a recibir a
cinco leguas de su reino, haciéndoles tal merced que, todavía hoy, sus
descendientes poseen heredades de las que les concedió el monarca.
»El rey y cuantos caballeros lo acompañaban, para honrar la memoria del conde
y rendir tributo de agradecimiento a los tres caballeros, acompañaron los restos
del conde hasta Osuna, donde recibieron sepultura. Después, los caballeros se
marcharon a sus tierras.
»Cuando Ruy González llegó a su casa, al sentarse a la mesa con su mujer, al
ver ella la carne delante de sus ojos, alzó las manos al cielo y dijo:
»-¡Señor! ¡Bendito seas, por haberme concedido la gracia de vivir este día,
pues bien sabes que, desde que marchó mi marido, don Ruy González, esta es la
primera vez que como carne y que bebo vino!
»Al oírla, don Ruy González se sintió muy triste y le preguntó por qué lo
había hecho. Ella le contestó que, cuando se marchó con el conde, le había dicho
que jamás volvería sin su señor y le había pedido a ella que llevase una
vida sin tacha, pues nunca le faltaría ni el pan ni el agua en su casa; y como
le había dicho esto, no debía ella desobedecerlo, por lo cual sólo había comido
pan y bebido agua.
»Igualmente, cuando don Pedro Núñez llegó a su casa, al quedarse a solas él,
su mujer y sus parientes, su esposa y parientes se encontraban tan felices y
contentos que empezaron a reír. Don Pedro Núñez pensó que se estaban burlando de
él porque había perdido un ojo, por lo cual se cubrió la cabeza con el manto y
se encerró en sus habitaciones. Al verlo así, su esposa se puso muy triste y
tanto le insistió que don Pedro le dijo que estaba así porque se burlaban de él
por estar tuerto. Al oírlo su mujer, se clavó una aguja en el ojo y quedó
tuerta, diciendo a don Pedro Núñez que lo había hecho para que, si alguna vez la
veía reírse, no pudiera pensar que lo hacía por su defecto.
»Así premió Dios a aquellos caballeros por cuanto bien hicieron.
»Vos, señor conde, nunca dejéis de hacer el bien aunque algunos os hagan mal,
porque quienes buscan perjudicaros más daño se hacen a sí mismos que a vos; y
pienso que, si los que se portaron mal con vos hubieran sido como aquellos tres
caballeros y hubieran sabido cuánto bien les reportó ser leales con su señor, no
se habrían portado como lo hicieron. Pensad también que, si algunos quebrantaron
su lealtad, otros muchos os siguen siendo fieles, y que más os benefició la
fidelidad de aquellos que la deslealtad de estos. No creáis tampoco que seréis
correspondido por quienes habéis mantenido con largueza, pero pensad que uno
solo hará tanto por vos que daréis por bien empleado lo que habéis hecho por
todos ellos.
Al conde le pareció este consejo muy bueno y verdadero.
Y viendo don Juan que este cuento era muy bueno, lo mandó escribir en este
libro e hizo estos versos que dicen así:
Nunca dejes de hacer lo que es debido,
aunque algunos no se porten bien contigo.
FIN |