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Lo que sucedió a don Lorenzo Suárez Gallinato
Un día, hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, de este modo:
-Patronio, un hombre quiere ponerse bajo mi protección, y aunque sé que es
buena persona por naturaleza, algunos dicen que ha cometido diversas faltas.
Como conozco vuestro buen juicio, os ruego que me aconsejéis qué hacer en este
caso.
-Señor conde -dijo Patronio-, para que hagáis lo más juicioso, me gustaría
que supierais lo que sucedió a don Lorenzo Suárez Gallinato.
El conde le preguntó lo que había pasado.
-Señor conde -dijo Patronio-, don Lorenzo Suárez Gallinato estuvo a las
órdenes del rey moro de Granada y, cuando volvió al servicio del rey de
Castilla, don Fernando, este le dijo que, como había ofendido tanto a Dios, al
ayudar a los moros contra los cristianos, Nuestro Señor nunca tendría piedad de
él y que, al morir, perdería su alma.
»Don Lorenzo Suárez respondió al rey que ningún motivo tenía él para esperar
la misericordia de Dios, excepto el de haber dado muerte a un misacantano.
»Como al rey le pareció una respuesta muy extraña, le pidió más detalles.
»Don Lorenzo dijo que, mientras vivió con el rey de Granada, disfrutó de toda
su confianza y era miembro de su guardia personal. Yendo un día con el rey,
escuchó mucho ruido de personas que daban voces y gritaban; como escolta del
rey, espoleó su caballo y fue a ver qué pasaba, encontrándose con un clérigo
revestido con los ornamentos sagrados. Se trataba de un sacerdote que había
abjurado del cristianismo y abrazado el islam y que, por complacer a los moros,
les había propuesto entregarles el Dios en quien creen los cristianos, al que
veneran como único Dios verdadero. Para ello, el sacrílego sacerdote se proveyó
de los ornamentos necesarios, hizo un altar, celebró la misa y consagró una
hostia que entregó a los moros; estos se empezaron a mofar de ella, la
llevaban arrastrando por el lodo y recorrían así toda la villa.
»Cuando don Lorenzo Suárez vio esto, aunque él vivía con los moros, se acordó
de que era cristiano y, como creía que aquel era sin duda el cuerpo de Dios,
cuyo hijo Jesucristo había muerto por redimirnos de nuestros pecados, pensó que
sería bienaventurado si moría por vengar aquella ofensa y sacrilegio. Así que,
lleno de cólera e ira, se lanzó contra el renegado que tal crimen había hecho y
le cortó la cabeza. Luego descabalgó, hincó ambas rodillas en tierra y adoró el
cuerpo de Cristo, al que los moros habían arrastrado. En cuanto se arrodilló, la
hostia, que estaba un poco lejos de él, saltó del lodo y vino a caer en la falda
de don Lorenzo Suárez. Al ver esto, todos los moros se encolerizaron, echaron
mano a sus espadas y con piedras y palos se dirigieron hacia él para matarlo.
Don Lorenzo cogió su espada, la misma que le sirvió para decapitar al falso
clérigo, y comenzó a defenderse.
»El rey, al oír tanto ruido y ver cómo querían matar a don Lorenzo Suárez,
ordenó que nadie lo atacase antes de saber lo ocurrido. Los moros, que estaban
muy ofendidos, le dijeron lo que había pasado con don Lorenzo y el clérigo
renegado.
»El rey, muy enojado y con gran violencia, preguntó a don Lorenzo por qué
había actuado así. Este le contestó que ya sabía que él no era moro, pero no
obstante le había confiado la protección de su cuerpo porque lo consideraba un
hombre muy leal, y que él, por miedo a la muerte, no dejaría de protegerlo;
también le dijo que, si lo juzgaba tan leal que pensaba que lo defendería hasta
la muerte, aunque el rey era moro, debía considerar qué estaría él dispuesto a
hacer, como cristiano que era, para salvar el cuerpo del Señor, que es rey de
reyes y señor de los señores, y si, por hacer esto, lo mataban, se sentiría muy
dichoso.
»Al oírle esto, el rey se alegró mucho de lo que don Lorenzo decía, así como
de lo que había hecho, y de allí en adelante le demostró aún mayor aprecio y
profunda admiración.
»Vos, señor conde, si sabéis que ese hombre que busca vuestra protección es
bueno y os podéis fiar de él, aunque os digan que cometió algunas faltas, no
debéis alejarlo de vos, pues a veces lo que la gente considera malo no lo es,
como le ocurrió al rey Fernando cuando pensó que don Lorenzo había cometido el
mayor crimen del mundo, al dar muerte a un sacerdote. Pero, como veis, don
Lorenzo cumplió muy honrosamente con su deber. Sin embargo, si vos supierais que
lo que hizo estaba mal y que lo hizo sin razón, aunque ahora esté arrepentido,
haréis muy bien al rechazarlo de vuestro lado.
Al conde le agradó mucho esto que le dijo Patronio, siguió su consejo y le
fue bien.
Y viendo don Juan que el cuento era bueno, lo mandó poner en este libro y
añadió unos versos que dicen así:
Aunque muchas cosas parezcan sin razón,
miradas más de cerca, ¡qué verdaderas son!
FIN |