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Lo que sucedió a un hombre al que tenían que limpiarle el hígado
Otra vez hablaba el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo:
-Ahora estoy necesitado de dinero, aunque Dios me ha hecho venturoso otras
muchas veces. Creo que tendré que vender una de mis tierras, aquella por la que
más cariño siento, aunque, si lo hago, me resultará muy doloroso, o bien tendré
que hacer otra cosa que me dolerá tanto como la anterior. Tengo que hacerlo para
salir del agobio y de la penuria en que estoy, pues, aunque me ven así, y a
pesar de que no lo necesitan verdaderamente, vienen a mí muchas gentes a pedirme
un dinero que tantos sacrificios me va a costar. Por el buen juicio que Dios ha
puesto en vos, os ruego que me digáis lo que debo hacer en este asunto.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio- me parece que os ocurre a vos con esa
gente lo que le pasó a un hombre que estaba muy enfermo.
Y el conde le rogó que le contara lo acaecido.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, había un hombre que estaba muy enfermo,
al cual dijeron los médicos que no podría curarse si no le hacían una abertura
en el costado para sacarle el hígado y lavarlo con unas medicinas. Mientras lo
estaban operando, el cirujano tenía el hígado en las manos y, de pronto, un
hombre que estaba cerca comenzó a pedirle un trozo de aquel hígado para su gato.
»Y vos, señor Conde Lucanor, si queréis perjudicaros para conseguir un dinero
que después vais a dar a quienes no lo necesitan, podréis hacerlo por vuestro
capricho, pero nunca por mi consejo.
Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, siguió sus consejos y le fue
muy bien.
Y como don Juan vio que este cuento era bueno, lo hizo poner en este libro y
escribió unos versos que dicen así:
Si no te piensas bien a quién debes prestar,
sólo muy graves daños te podrán aguardar.
FIN |