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Lo que, al morirse, dijo un genovés a su alma
Un día hablaba el Conde Lucanor con su consejero Patronio y le contaba lo
siguiente:
-Patronio, gracias a Dios yo tengo mis tierras bien cultivadas y pacificadas,
así como todo lo que preciso según mi estado y, por suerte, quizás más, según
dicen mis iguales y vecinos, algunos de los cuales me aconsejan que inicie una
empresa de cierto riesgo. Pero aunque yo siento grandes deseos de hacerlo, por
la confianza que tengo en vos no la he querido comenzar hasta hablaros, para que
me aconsejéis lo que deba hacer en este asunto.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que hagáis lo más conveniente, me
gustaría mucho contaros lo que le sucedió a un genovés.
El conde le pidió que así lo hiciera.
Patronio comenzó:
-Señor Conde Lucanor, había un genovés muy rico y muy afortunado, en opinión
de sus vecinos. Este genovés enfermó gravemente y, notando que se moría, reunió
a parientes y amigos y, cuando estos llegaron, mandó llamar a su mujer y a sus
hijos; se sentó en una sala muy hermosa desde donde se veía el mar y la costa;
hizo traer sus joyas y riquezas y, cuando las tuvo cerca, comenzó a hablar en
broma con su alma:
»-Alma, bien veo que quieres abandonarme y no sé por qué, pues si buscas
mujer e hijos, aquí tienes unos tan maravillosos que podrás sentirte satisfecha;
si buscas parientes y amigos, también aquí tienes muchos y muy distinguidos; si
buscas plata, oro, piedras preciosas, joyas, tapices, mercancías para traficar,
aquí tienes tal cantidad que nunca ambicionarás más; si quieres naves y galeras
que te produzcan riqueza y aumenten tu honra, ahí están, en el puerto que se ve
desde esta sala; si buscas tierras y huertas fértiles, que también sean frescas
y deleitosas, están bajo estas ventanas; si quieres caballos y mulas, y aves y
perros para la caza y para tu diversión, y hasta juglares para que te
acompañen y distraigan; si buscas casa suntuosa, bien equipada con camas y
estrados y cuantas cosas son necesarias, de todo esto no te falta nada. Y pues
no te das por satisfecha con tantos bienes ni quieres gozar de ellos, es
evidente que no los deseas. Si prefieres ir en busca de lo desconocido, vete con
la ira de Dios, que será muy necio quien se aflija por el mal que te venga.
»Y vos, señor Conde Lucanor, pues gracias a Dios estáis en paz, con bien y
con honra, pienso que no será de buen juicio arriesgar todo lo que ahora poseéis
para iniciar la empresa que os aconsejan, pues quizás esos consejeros os lo
dicen porque saben que, una vez metido en ese asunto, por fuerza habréis de
hacer lo que ellos quieran y seguir su voluntad, mientras que ahora que estáis
en paz, siguen ellos la vuestra. Y quizás piensan que de este modo podrán medrar
ellos, lo que no conseguirían mientras vos viváis en paz, y os sucedería lo que
al genovés con su alma; por eso prefiero aconsejaros que, mientras podáis vivir
con tranquilidad y sosiego, sin que os falte nada, no os metáis en una empresa
donde tengáis que arriesgarlo todo.
Al conde le agradó mucho este consejo que le dio Patronio, obró según él y
obtuvo muy buenos resultados.
Y cuando don Juan oyó este cuento, lo consideró bueno, pero no quiso hacer
otra vez versos, sino que lo terminó con este refrán muy extendido entre las
viejas de Castilla:
El que esté bien sentado, no se levante.
FIN |