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Lo que sucedió al rey Ricardo de Inglaterra
cuando saltó al mar para luchar
contra los moros
Un día se retiró el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, y le dijo así:
-Patronio, yo confío mucho en vuestro buen juicio y sé que, en lo que vos no
sepáis o no podáis aconsejarme, no habrá nadie en el mundo que pueda hacerlo;
por eso os ruego que me aconsejéis como mejor sepáis en los que ahora os diré.
Bien sabéis que yo ya no soy muy joven y que, desde que nací hasta ahora, me
crie y viví siempre envuelto en guerras, unas veces contra moros, otras con los
cristianos y las más fueron contra los reyes, mis señores, o contra mis vecinos.
En mis luchas con mis hermanos cristianos, aunque yo intenté que nunca se
iniciara la guerra por mi culpa, fue inevitable que muchos inocentes recibieran
gran daño. Apesadumbrado por esto y por otros pecados que he cometido contra
Dios Nuestro Señor, y también porque veo que nada ni nadie en este mundo puede
asegurarme que hoy mismo no haya de morir; seguro de que por mi edad no viviré
mucho más y sabiendo que deberé comparecer ante Dios, que es juez que no se deja
engañar por las palabras sino que juzga a cada uno por sus buenas o malas obras;
y en la certeza de que, si Dios halla en mí pecados por los que deba sufrir
castigo eterno, no podrá evitar los males y dolores del Infierno, donde ningún
bien de este mundo podrá aliviar mis penas y donde sufriré eternamente; sabiendo
en cambio que, si Dios se mostrase clemente y me señalara como uno de los suyos
en el Paraíso, no habría placer o dicha en este mundo que pudiera igualársele. Y
como Cielo o Infierno no se merecen sino por las obras, os pido que, de acuerdo
con mi estado y dignidad, me aconsejéis la mejor manera de hacer penitencia por
mis culpas y conseguir la gracia ante Dios.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, mucho me agradan vuestras razones, y
sobre todo porque me habéis dicho que os aconseje según vuestro estado, porque
si me lo hubierais pedido de otra forma pensaría que lo hacíais por probarme,
como sucedió en la historia que os conté otro día -41- de aquel rey con su
privado. Y me agrada mucho que queráis hacer penitencia de vuestras faltas,
según vuestro estado y dignidad, pues tened por cierto que si vos, señor Conde
Lucanor, quisierais dejar vuestro estado y entrar en religión o hacer vida
retirada, no podríais evitar que os sucediera una de estas dos cosas: la
primera, que seríais muy mal juzgado por las gentes, pues todos dirían que lo
hacíais por pobreza de espíritu y porque no os gustaba vivir entre los buenos;
la segunda, que os sería muy difícil sufrir las asperezas y sacrificios de la
vida conventual, y si después tuvieseis que abandonarla o vivirla sin guardar la
regla como se debe, os causaría gran daño para el alma y mucha vergüenza y
pérdida de vuestra buena fama. Como tenéis muy buenos propósitos, me gustaría
contaros lo que Dios reveló a un ermitaño de santa vida sobre lo que habría de
sucederle a él mismo y al rey Ricardo de Inglaterra.
El conde le rogó que le dijese lo ocurrido.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, un ermitaño llevaba muy santa vida,
hacía mucho bien y muchas penitencias para lograr la gracia de Dios. Y por ello,
Nuestro Señor fue con él misericordioso y le prometió que entraría en el reino
de los cielos. El ermitaño agradeció mucho esta revelación divina y, como estaba
ya seguro de salvarse, rogó a Dios que le indicara quién sería su compañero en
el Paraíso. Y aunque Nuestro Señor le dijo por medio de un ángel que no
preguntara tal cosa, tanto insistió el ermitaño que Dios Nuestro Señor accedió a
darle una respuesta y, así, le hizo saber por un ángel que el rey de Inglaterra
y él estarían juntos en el Paraíso.
»Tal respuesta no agradó mucho al ermitaño, pues conocía muy bien al rey y
sabía que siempre andaba en guerras y que había matado, robado y desheredado a
muchos, y había llevado una vida muy opuesta a la suya, que le parecía muy
alejada del camino de la salvación. Por todo esto estaba el ermitaño muy
disgustado.
»Cuando Dios Nuestro Señor lo vio así, le mandó decir con el ángel que no se
quejara ni se sorprendiera de lo que le había dicho, y que debía estar seguro de
que más honra y más galardón merecía ante Dios el rey Ricardo con un solo salto
que él con todas sus buenas obras. El ermitaño se quedó muy sorprendido y le
preguntó al ángel cómo podía ser así.
»El ángel le contó que los reyes de Francia, Inglaterra y Navarra habían
pasado a Tierra Santa. Y cuando llegaron al puerto, estando todos armados para
emprender la conquista, vieron en las riberas tal cantidad de moros que dudaron de poder desembarcar. Entonces el rey de Francia pidió al rey de
Inglaterra que viniese a su nave para decidir los dos lo que habrían de hacer.
El rey de Inglaterra, que estaba a caballo, cuando esto oyó al mensajero, le
contestó que dijese a su rey que como, por desgracia, él había agraviado y
ofendido a Dios muchas veces y siempre le había pedido ocasión para
desagraviarle y pedirle perdón, veía que, gracias a Dios, había llegado el día
que tanto esperaba, pues si allí muriese, como había hecho penitencia antes de
abandonar su tierra y estaba muy arrepentido, era seguro que Dios tendría
misericordia de su alma, y si los moros fuesen vencidos sería para honra de Dios
y ellos, como cristianos, podrían sentirse muy dichosos.
»Cuando hubo dicho esto, encomendó su cuerpo y su alma a Dios, pidió que le
ayudase y, haciendo la señal de la cruz, mandó a sus soldados que le siguieran.
Luego picó con las espuelas a su caballo y saltó al mar, hacia la orilla donde
estaban los moros. Aunque muy cerca del puerto, el mar era bastante profundo,
por lo que el rey y su caballo quedaron cubiertos por las aguas y no parecían
tener salvación; pero Dios, como es omnipotente y muy piadoso, acordándose de lo
que dicen los evangelios (que Él no busca la muerte del pecador sino que se
arrepienta y viva), ayudó en aquel peligro al rey de Inglaterra, evitó su muerte
carnal, le otorgó la vida eterna y le salvó de morir ahogado. El rey, después,
se lanzó contra los moros.
»Cuando los ingleses vieron a su rey entrar en combate, saltaron todos al mar
para ayudarle y se lanzaron contra los enemigos. Al ver esto los franceses,
pensaron que sería una afrenta para ellos no entrar en combate y, como no son
gente que soporte los agravios, saltaron todos al mar y lucharon contra los
moros. Cuando estos les vieron iniciar su ataque, sin miedo a morir y con ánimo
tan gallardo, rehusaron enfrentarse a ellos, abandonando el puerto y huyendo en
desbandada. Al llegar a tierra, los cristianos mataron a cuantos pudieron
alcanzar y consiguieron la victoria, prestando gran servicio a la causa del
Señor. Tan gran victoria se inició con el salto que dio en el mar el rey de
Inglaterra.
»Al oír esto el ermitaño, quedó muy contento y comprendió que Dios le
concedía un gran honor al ponerle como compañero en el Paraíso a un hombre que
le había servido de esta manera y que había ensalzado la fe católica.
»Y vos, señor Conde Lucanor, si queréis servir a Dios y hacer penitencia de
vuestras culpas, reparad el daño que hayáis podido hacer, antes de partir
de vuestra tierra. Haced penitencia por vuestros pecados y no hagáis caso a las
galas del mundo, que es todo vanidad, ni creáis a quienes os digan que debéis
preocuparos por vuestra honra, pues así llaman a mantener muchos criados, sin
mirar si tienen para alimentarlos y sin pensar cómo acabaron o cuántos quedaron
de quienes sólo se preocupaban por este tipo de vanagloria. Vos, señor Conde
Lucanor, porque queréis servir a Dios y hacer penitencia de vuestras culpas, no
sigáis ese camino vacío y lleno de vanidades. Mas, pues Dios os entregó tierras
donde podáis servirle luchando contra los moros, por mar y por tierra, haced
cuanto podáis para asegurar lo que tenéis. Y dejando en paz vuestros señoríos y
habiendo pedido perdón por vuestras culpas, para hacer cumplida penitencia y
para que todos bendigan vuestras buenas obras, podréis abandonar todo lo demás,
estando siempre al servicio de Dios y terminar así vuestra vida.
»Esta es, en mi opinión, la mejor manera de salvar vuestra alma, de acuerdo
con vuestro estado y dignidad. Y también debéis creer que por servir a Dios de
este modo no moriréis antes, ni viviréis más si os quedáis en vuestras tierras.
Y si murierais sirviendo a Dios, viviendo como os he dicho, seréis contado entre
los mártires y bienaventurados; pues, aunque no muráis en combate, la buena
voluntad y las buenas obras os harán mártir, y los que os quieran criticar no
podrán hacerlo pues todos verán que no abandonáis la caballería, sino que
deseáis ser caballero de Dios y dejáis de ser caballero del Diablo y de las
vanidades del mundo, que son perecederas.
»Ya, señor conde, os he aconsejado, como me pedisteis, para que podáis salvar
vuestra alma, permaneciendo en vuestro estado. Y así imitaréis al rey Ricardo de
Inglaterra cuando saltó al mar para comenzar tan gloriosa acción.
Al conde le gustó mucho el consejo que le dio Patronio y le pidió a Dios que
le ayudara para ponerlo en práctica, como su consejero le decía y él deseaba.
Y viendo don Juan que este era un cuento ejemplar, lo mandó poner en este
libro y compuso estos versos que lo resumen. Los versos dicen así:
Quien se sienta caballero
debe imitar este salto,
no encerrado en monasterio
tras de los muros más altos.
FIN |