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Visitando el convento de una ciudad española, no ha mucho
tiempo, el amable religioso que nos servía de cicerone, al pasar por el
cementerio, me señaló una lápida en que leí, únicamente: Hic iacet frater
Petrus.
-Éste -me dijo- fue uno de los vencidos por el Diablo.
-Por el viejo Diablo que ya chochea -le dije.
-No -me contestó-. Por el demonio moderno que se escuda
con la ciencia.
Y me narró el sucedido.
Fray Pedro de la Pasión era un espíritu perturbado por
el maligno espíritu que infunde el ansia de saber. Flaco, anguloso, nervioso,
pálido, dividía sus horas conventuales entre la oración, las disciplinas y el
laboratorio que le era permitido, por los bienes que atraía a la comunidad.
Había estudiado, desde muy joven, las ciencias ocultas. Nombraba, con cierto
énfasis, en las horas de conversación, a Paracelsus, a Alberto el Grande; y
admiraba profundamente a ese otro fraile Schwartz, que nos hizo el diabólico
favor de mezclar el salitre con el azufre.
Por la ciencia había llegado hasta penetrar en ciertas
iniciaciones astrológicas y quirománticas; ella le desviaba de la contemplación
y del espíritu de la Escritura. En su alma se había anidado el mal de la
curiosidad, que perdió a nuestros primeros padres. La oración misma era olvidada
con frecuencia, cuando algún experimento le mantenía cauteloso y febril.
Como toda lectura le era concedida, y tenía a su
disposición la rica biblioteca del convento, sus autores no fueron siempre los
menos equívocos. Así llegó hasta pretender probar sus facultades de zahorí, y a
poner a prueba los efectos de la magia blanca. No había duda de que estaba en
gran peligro su alma, a causa de su sed de saber y de su olvido de que la
ciencia constituye, en el principio, el arma de la Serpiente que ha de ser la
esencial potencia del Anticristo, y que, para el verdadero varón de fe,
initium sapientiae est timor Domini.
¡Oh ignorancia feliz, santa ignorancia! ¡Fray Pedro de
la Pasión no comprendía tu celeste virtud, que ha hecho a los ciertos
Celestinos! Huysmans se ha extendido sobre todo ello. Virtud que pone un
especial nimbo a algunos mínimos de Dios queridos, entre los esplendores
místicos y milagrosos de las hagiografías.
Los doctores explican y comentan altamente cómo, ante
los ojos del Espíritu Santo, las almas de amor son de mayor manera glorificadas
que las almas de entendimiento. Ernest Hello ha pintado, en los sublimes vitraux
de sus Fisonomías de santos, a esos beneméritos de la caridad, a esos
favorecidos de la humildad, a esos seres columbinos, simples y blancos como los
lirios, limpios de corazón, pobres de espíritu, bienaventurados hermanos de los
pájaritos del Señor, mirados con ojos cariñosos y sororales por las puras
estrellas del firmamento. Joris-Karl, el merecido beato, quizá más tarde
consagrado, a pesar de la literatura, en el maravilloso libro en que Durtal se
convierte, viste de resplandores paradisiacos al lego guardapuercos que hace
bajar a la pocilga la admiración de los coros arcangélicos, y el aplauso de las
potestades de los cielos. Y fray Pedro de la Pasión no comprendía eso...
Él, desde luego, creía, creía con la fe de un
indiscutible creyente. Mas el ansia de saber le azuzaba el espíritu, le lanzaba
a la averiguación de secretos de la naturaleza y de la vida, a tal punto, que no
se daba cuenta de cómo esa sed de saber, ese deseo indominable de penetrar en lo
vedado y en lo arcano del universo, era obra del pecado, y añagaza del Bajísimo,
para impedirle de esa manera su consagración absoluta a la adoración del Eterno
Padre. Y la última tentación sería fatal.
Acaeció el caso no hace muchos años. Llegó a manos de
fray Pedro un periódico en que se hablaba detalladamente de todos los progresos
realizados en radiografía, gracias al descubrimiento del alemán Roentgen, quien
lograra encontrar el modo de fotografiar a través de los cuerpos opacos. Supo lo
que se comprendía en el tubo Crookes, de la luz catódica, del rayo X. Vio el
facsímil de una mano cuya anatomía se transparentaba claramente, y la patente
figura de objetos retratados entre cajas y bultos bien cerrados.
No pudo desde ese instante estar tranquilo, pues algo
que era un ansia de su querer de creyente, aunque no viese lo sacrílego que en
ello se contenía, punzaba sus anhelos... ¿Cómo podría él encontrar un aparato
como los aparatos de aquellos sabios, y que le permitiera llevar a cabo un
oculto pensamiento, en que se mezclaban su teología y sus ciencias físicas?...
¿Cómo podría realizar en su convento las mil cosas que se amontonaban en su
encendida imaginación?
En las horas litúrgicas, de los rezos y de los
cánticos, notábanlo todos los otros miembros de la comunidad, ya meditabundo, ya
agitado como por súbitos sobresaltos, ya con la faz encendida por repentina
llama de sangre, ya con la mirada como extática, fija en lo alto, o clavada en
la tierra. Y era la obra de la culpa que se afianzaba en el fondo de aquel
combatido pecho, el pecado bíblico de la curiosidad, el pecado omnitrascendente
de Adán, junto al árbol de la ciencia del bien y del mal. Y era mucho más que
una tempestad bajo un cráneo... Múltiples y raras ideas se agolpaban en la mente
del religioso, que no encontraba la manera de adquirir los preciosos aparatos.
¡Cuánto de su vida no daría él, por ver los peregrinos instrumentos de los
sabios nuevos en su pobre laboratorio de fraile aficionado, y poder sacar las
anheladas pruebas, hacer los mágicos ensayos que abrirían una nueva era en la
sabiduría y en la convicción humanas!... Él ofrecería más de lo que se ofreció a
Santo Tomás... Si se fotografiaba ya lo interior de nuestro cuerpo, bien podría
pronto el hombre llegar a descubrir visiblemente la naturaleza y origen del
alma; y, aplicando la ciencia a las cosas divinas, como debía permitirlo el
Espíritu Santo, ¿por qué no aprisionar en las visiones de los éxtasis, y en las
manifestaciones de los espíritus celestiales, sus formas exactas y verdaderas?
¡Si en Lourdes hubiese habido un kodak, durante el
tiempo de las visiones de Bernardetta! ¡Si en los momentos en que Jesús, o su
Santa Madre, favorecen con su presencia corporal a señalados fieles, se aplicase
convenientemente la cámara oscura!... ¡Oh, cómo se convencerían los impíos, cómo
triunfaría la religión!
Así cavilaba, así se estrujaba el cerebro el pobre
fraile, tentado por uno de los más encarnizados príncipes de las tinieblas.
Y avino que, en uno de esos momentos, en uno de los
instantes en que su deseo era más vivo, en hora en que debía estar entregado a
la disciplina y a la oración, en su celda, se presentó a su vista uno de los
hermanos de la comunidad, llevándole un envoltorio bajo el hábito.
-Hermano -le dijo-, os he oído decir que deseabais una
de esas máquinas, como ésas con que los sabios están maravillando al mundo. Os
la he podido conseguir. Aquí la tenéis.
Y, depositando el envoltorio en manos del asombrado
fray Pedro, desapareció, sin que éste tuviese tiempo de advertir que debajo del
hábito se habían mostrado, en el momento de la desaparición, dos patas de chivo.
Fray Pedro, desde el día del misterioso regalo,
consagrose a sus experimentos. Faltaba a maitines, no asistía a la misa,
excusándose como enfermo. El padre provincial solía amonestarle; y todos le
veían pasar, extraño y misterioso, y temían por la salud de su cuerpo y por la
de su alma.
Él perseguía su idea dominante. Probó la máquina en sí
mismo, en frutos, llaves dentro de libros, y demás cosas usuales. Hasta que un
día...
O más bien, una noche, el desventurado se atrevió, por
fin, a realizar su pensamiento. Dirigióse al templo, receloso, a pasos callados.
Penetró en la nave principal y se dirigió al altar en que, en el tabernáculo, se
hallaba expuesto el Santísimo Sacramento. Sacó el copón. Tomó una sagrada forma.
Salió veloz para su celda.
Al día siguiente, en la celda de fray Pedro, se hallaba
el señor arzobispo delante del padre provincial.
-Ilustrísimo señor -decía éste-, a fray Pedro le hemos
encontrado muerto. No andaba muy bien de la cabeza. Esos sus estudios creo que
le causaron daño.
-¿Ha visto su reverencia esto? -dijo su señoría
ilustrísima, mostrándole una revelada placa fotográfica que recogió del suelo, y
en la cual se hallaba, con los brazos desclavados y una dulce mirada en los
divinos ojos, la imagen de Nuestro Señor Jesucristo.
FIN |