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Estando en esto, llegó otro mozo de los que les traían del
aldea el bastimento, y dijo:
-¿Sabéis lo que pasa en el lugar, compañeros?
-¿Cómo lo podemos saber? -respondió uno dellos.
-Pues sabed -prosiguió el mozo- que murió esta mañana
aquel famoso pastor estudiante llamado Grisóstomo, y se murmura que ha muerto de
amores de aquella endiablada moza de Marcela, la hija de Guillermo el rico,
aquélla que se anda en hábito de pastora por esos andurriales.
-Por Marcela dirás -dijo uno.
-Por ésa digo -respondió el cabrero-. Y es lo bueno,
que mandó en su testamento que le enterrasen en el campo, como si fuera moro, y
que sea al pie de la peña donde está la fuente del alcornoque; porque, según es
fama, y él dicen que lo dijo, aquel lugar es adonde él la vio la vez primera. Y
también mandó otras cosas, tales, que los abades del pueblo dicen que no se han
de cumplir, ni es bien que se cumplan, porque parecen de gentiles. A todo lo
cual responde aquel gran su amigo Ambrosio, el estudiante, que también se vistió
de pastor con él, que se ha de cumplir todo, sin faltar nada, como lo dejó
mandado Grisóstomo, y sobre esto anda el pueblo alborotado; mas, a lo que se
dice, en fin se hará lo que Ambrosio y todos los pastores sus amigos quieren; y
mañana le vienen a enterrar con gran pompa adonde tengo dicho. Y tengo para mí
que ha de ser cosa muy de ver; a lo menos, yo no dejaré de ir a verla, si
supiese no volver mañana al lugar.
-Todos haremos lo mesmo -respondieron los cabreros-; y
echaremos suertes a quién ha de quedar a guardar las cabras de todos.
-Bien dices, Pedro -dijo uno-; aunque no será menester
usar de esa diligencia, que yo me quedaré por todos. Y no lo atribuyas a virtud
y a poca curiosidad mía, sino a que no me deja andar el garrancho que el otro
día me pasó este pie.
-Con todo eso, te lo agradecemos -respondió Pedro.
Y don Quijote rogó a Pedro le dijese qué muerto era
aquél y qué pastora aquélla; a lo cual Pedro respondió que lo que sabía era que
el muerto era un hijodalgo rico, vecino de un lugar que estaba en aquellas
sierras, el cual había sido estudiante muchos años en Salamanca, al cabo de los
cuales había vuelto a su lugar, con opinión de muy sabio y muy leído.
-«Principalmente, decían que sabía la ciencia de las
estrellas, y de lo que pasan, allá en el cielo, el sol y la luna; porque
puntualmente nos decía el cris del sol y de la luna.»
-Eclipse se llama, amigo, que no cris, el escurecerse
esos dos luminares mayores -dijo don Quijote.
Mas Pedro, no reparando en niñerías, prosiguió su
cuento diciendo:
-«Asimesmo adevinaba cuándo había de ser el año
abundante o estil.»
-Estéril queréis decir, amigo -dijo don Quijote.
-Estéril o estil -respondió Pedro-, todo se sale allá.
«Y digo que con esto que decía se hicieron su padre y sus amigos, que le daban
crédito, muy ricos, porque hacían lo que él les aconsejaba, diciéndoles:
“Sembrad este año cebada, no trigo; en éste podéis sembrar garbanzos y no
cebada; el que viene será de guilla de aceite; los tres siguientes no se cogerá
gota”.»
-Esa ciencia se llama astrología -dijo don Quijote.
-No sé yo cómo se llama -replicó Pedro-, mas sé que
todo esto sabía y aún más. «Finalmente, no pasaron muchos meses, después que
vino de Salamanca, cuando un día remaneció vestido de pastor, con su cayado y
pellico, habiéndose quitado los hábitos largos que como escolar traía; y
juntamente se vistió con él de pastor otro su grande amigo, llamado Ambrosio,
que había sido su compañero en los estudios. Olvidábaseme de decir como
Grisóstomo, el difunto, fue grande hombre de componer coplas; tanto, que él
hacía los villancicos para la noche del Nacimiento del Señor, y los autos para
el día de Dios, que los representaban los mozos de nuestro pueblo, y todos
decían que eran por el cabo. Cuando los del lugar vieron tan de improviso
vestidos de pastores a los dos escolares, quedaron admirados, y no podían
adivinar la causa que les había movido a hacer aquella tan estraña mudanza. Ya
en este tiempo era muerto el padre de nuestro Grisóstomo, y él quedó heredado en
mucha cantidad de hacienda, ansí en muebles como en raíces, y en no pequeña
cantidad de ganado, mayor y menor, y en gran cantidad de dineros; de todo lo
cual quedó el mozo señor desoluto, y en verdad que todo lo merecía, que era muy
buen compañero y caritativo y amigo de los buenos, y tenía una cara como una
bendición. Después se vino a entender que el haberse mudado de traje no había
sido por otra cosa que por andarse por estos despoblados en pos de aquella
pastora Marcela que nuestro zagal nombró denantes, de la cual se había enamorado
el pobre difunto de Grisóstomo.» Y quiéroos decir agora, porque es bien que lo
sepáis, quién es esta rapaza; quizá, y aun sin quizá, no habréis oído semejante
cosa en todos los días de vuestra vida, aunque viváis más años que sarna.
-Decid Sarra -replicó don Quijote, no pudiendo sufrir
el trocar de los vocablos del cabrero.
-Harto vive la sarna -respondió Pedro-; y si es, señor,
que me habéis de andar zaheriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un
año.
-Perdonad, amigo -dijo don Quijote-; que por haber
tanta diferencia de sarna a Sarra os lo dije; pero vos respondistes muy bien,
porque vive más sarna que Sarra; y proseguid vuestra historia, que no os
replicaré más en nada.
-«Digo, pues, señor mío de mi alma -dijo el cabrero-,
que en nuestra aldea hubo un labrador aún más rico que el padre de Grisóstomo,
el cual se llamaba Guillermo, y al cual dio Dios, amén de las muchas y grandes
riquezas, una hija, de cuyo parto murió su madre, que fue la más honrada mujer
que hubo en todos estos contornos. No parece sino que ahora la veo, con aquella
cara que del un cabo tenía el sol y del otro la luna; y, sobre todo, hacendosa y
amiga de los pobres, por lo que creo que debe de estar su ánima a la hora de
ahora gozando de Dios en el otro mundo. De pesar de la muerte de tan buena mujer
murió su marido Guillermo, dejando a su hija Marcela, muchacha y rica, en poder
de un tío suyo sacerdote y beneficiado en nuestro lugar. Creció la niña con
tanta belleza, que nos hacía acordar de la de su madre, que la tuvo muy grande;
y, con todo esto, se juzgaba que le había de pasar la de la hija. Y así fue,
que, cuando llegó a edad de catorce a quince años, nadie la miraba que no
bendecía a Dios, que tan hermosa la había criado, y los más quedaban enamorados
y perdidos por ella. Guardábala su tío con mucho recato y con mucho
encerramiento; pero, con todo esto, la fama de su mucha hermosura se estendió de
manera que, así por ella como por sus muchas riquezas, no solamente de los de
nuestro pueblo, sino de los de muchas leguas a la redonda, y de los mejores
dellos, era rogado, solicitado e importunado su tío se la diese por mujer. Mas
él, que a las derechas es buen cristiano, aunque quisiera casarla luego, así
como la vía de edad, no quiso hacerlo sin su consentimiento, sin tener ojo a la
ganancia y granjería que le ofrecía el tener la hacienda de la moza, dilatando
su casamiento. Y a fe que se dijo esto en más de un corrillo en el pueblo, en
alabanza del buen sacerdote.» Que quiero que sepa, señor andante, que en estos
lugares cortos de todo se trata y de todo se murmura; y tened para vos, como yo
tengo para mí, que debía de ser demasiadamente bueno el clérigo que obliga a sus
feligreses a que digan bien dél, especialmente en las aldeas.
-Así es la verdad -dijo don Quijote-, y proseguid
adelante, que el cuento es muy bueno, y vos, buen Pedro, le contáis con muy
buena gracia.
-La del Señor no me falte, que es la que hace al caso.
«Y en lo demás sabréis que, aunque el tío proponía a la sobrina y le decía las
calidades de cada uno en particular, de los muchos que por mujer la pedían,
rogándole que se casase y escogiese a su gusto, jamás ella respondió otra cosa
sino que por entonces no quería casarse, y que, por ser tan muchacha, no se
sentía hábil para poder llevar la carga del matrimonio. Con estas que daba, al
parecer justas escusas, dejaba el tío de importunarla, y esperaba a que entrase
algo más en edad y ella supiese escoger compañía a su gusto. Porque decía él, y
decía muy bien, que no habían de dar los padres a sus hijos estado contra su
voluntad. Pero hételo aquí, cuando no me cato, que remanece un día la melindrosa
Marcela hecha pastora; y, sin ser parte su tío ni todos los del pueblo, que se
lo desaconsejaban, dio en irse al campo con las demás zagalas del lugar, y dio
en guardar su mesmo ganado. Y, así como ella salió en público y su hermosura se
vio al descubierto, no os sabré buenamente decir cuántos ricos mancebos,
hidalgos y labradores han tomado el traje de Grisóstomo y la andan requebrando
por esos campos. Uno de los cuales, como ya está dicho, fue nuestro difunto, del
cual decían que la dejaba de querer, y la adoraba. Y no se piense que porque
Marcela se puso en aquella libertad y vida tan suelta y de tan poco o de ningún
recogimiento, que por eso ha dado indicio, ni por semejas, que venga en
menoscabo de su honestidad y recato; antes es tanta y tal la vigilancia con que
mira por su honra, que de cuantos la sirven y solicitan ninguno se ha alabado,
ni con verdad se podrá alabar, que le haya dado alguna pequeña esperanza de
alcanzar su deseo. Que, puesto que no huye ni se esquiva de la compañía y
conversación de los pastores, y los trata cortés y amigablemente, en llegando a
descubrirle su intención cualquiera dellos, aunque sea tan justa y santa como la
del matrimonio, los arroja de sí como con un trabuco. Y con esta manera de
condición hace más daño en esta tierra que si por ella entrara la pestilencia;
porque su afabilidad y hermosura atrae los corazones de los que la tratan a
servirla y a amarla, pero su desdén y desengaño los conduce a términos de
desesperarse; y así, no saben qué decirle, sino llamarla a voces cruel y
desagradecida, con otros títulos a éste semejantes, que bien la calidad de su
condición manifiestan. Y si aquí estuviésedes, señor, algún día, veríades
resonar estas sierras y estos valles con los lamentos de los desengañados que la
siguen. No está muy lejos de aquí un sitio donde hay casi dos docenas de altas
hayas, y no hay ninguna que en su lisa corteza no tenga grabado y escrito el
nombre de Marcela; y encima de alguna, una corona grabada en el mesmo árbol,
como si más claramente dijera su amante que Marcela la lleva y la merece de toda
la hermosura humana. Aquí sospira un pastor, allí se queja otro; acullá se oyen
amorosas canciones, acá desesperadas endechas. Cuál hay que pasa todas las horas
de la noche sentado al pie de alguna encina o peñasco, y allí, sin plegar los
llorosos ojos, embebecido y transportado en sus pensamientos, le halló el sol a
la mañana; y cuál hay que, sin dar vado ni tregua a sus suspiros, en mitad del
ardor de la más enfadosa siesta del verano, tendido sobre la ardiente arena,
envía sus quejas al piadoso cielo. Y déste y de aquél, y de aquéllos y de éstos,
libre y desenfadadamente triunfa la hermosa Marcela; y todos los que la
conocemos estamos esperando en qué ha de parar su altivez y quién ha de ser el
dichoso que ha de venir a domeñar condición tan terrible y gozar de hermosura
tan estremada.» Por ser todo lo que he contado tan averiguada verdad, me doy a
entender que también lo es la que nuestro zagal dijo que se decía de la causa de
la muerte de Grisóstomo. Y así, os aconsejo, señor, que no dejéis de hallaros
mañana a su entierro, que será muy de ver, porque Grisóstomo tiene muchos
amigos, y no está de este lugar a aquél donde manda enterrarse media legua.
-En cuidado me lo tengo -dijo don Quijote-, y
agradézcoos el gusto que me habéis dado con la narración de tan sabroso cuento.
-¡Oh! -replicó el cabrero-, aún no sé yo la mitad de
los casos sucedidos a los amantes de Marcela, mas podría ser que mañana
topásemos en el camino algún pastor que nos los dijese. Y, por ahora, bien será
que os vais a dormir debajo de techado, porque el sereno os podría dañar la
herida, puesto que es tal la medicina que se os ha puesto, que no hay que temer
de contrario acidente.
Sancho Panza, que ya daba al diablo el tanto hablar del
cabrero, solicitó, por su parte, que su amo se entrase a dormir en la choza de
Pedro. Hízolo así, y todo lo más de la noche se le pasó en memorias de su señora
Dulcinea, a imitación de los amantes de Marcela. Sancho Panza se acomodó entre
Rocinante y su jumento, y durmió, no como enamorado desfavorecido, sino como
hombre molido a coces.
Mas, apenas comenzó a descubrirse el día por los
balcones del oriente, cuando los cinco de los seis cabreros se levantaron y
fueron a despertar a don Quijote, y a decille si estaba todavía con propósito de
ir a ver el famoso entierro de Grisóstomo, y que ellos le harían compañía. Don
Quijote, que otra cosa no deseaba, se levantó y mandó a Sancho que ensillase y
enalbardase al momento, lo cual él hizo con mucha diligencia, y con la mesma se
pusieron luego todos en camino. Y no hubieron andado un cuarto de legua, cuando,
al cruzar de una senda, vieron venir hacia ellos hasta seis pastores, vestidos
con pellicos negros y coronadas las cabezas con guirnaldas de ciprés y de amarga
adelfa. Traía cada uno un grueso bastón de acebo en la mano. Venían con ellos,
asimesmo, dos gentiles hombres de a caballo, muy bien aderezados de camino, con
otros tres mozos de a pie que los acompañaban. En llegándose a juntar, se
saludaron cortésmente, y, preguntándose los unos a los otros dónde iban,
supieron que todos se encaminaban al lugar del entierro; y así, comenzaron a
caminar todos juntos.
Uno de los de a caballo, hablando con su compañero, le
dijo:
-Paréceme, señor Vivaldo, que habemos de dar por bien
empleada la tardanza que hiciéremos en ver este famoso entierro, que no podrá
dejar de ser famoso, según estos pastores nos han contado estrañezas, ansí del
muerto pastor como de la pastora homicida.
-Así me lo parece a mí -respondió Vivaldo-; y no digo
yo hacer tardanza de un día, pero de cuatro la hiciera a trueco de verle.
Preguntóles don Quijote qué era lo que habían oído de
Marcela y de Grisóstomo. El caminante dijo que aquella madrugada habían
en[con]trado con aquellos pastores, y que, por haberles visto en aquel tan
triste traje, les habían preguntado la ocasión por que iban de aquella manera;
que uno dellos se lo contó, contando la estrañeza y hermosura de una pastora
llamada Marcela, y los amores de muchos que la recuestaban, con la muerte de
aquel Grisóstomo a cuyo entierro iban. Finalmente, él contó todo lo que Pedro a
don Quijote había contado.
[...]
En estas pláticas iban, cuando vieron que, por la
quiebra que dos altas montañas hacían, bajaban hasta veinte pastores, todos con
pellicos de negra lana vestidos y coronados con guirnaldas, que, a lo que
después pareció, eran cuál de tejo y cuál de ciprés. Entre seis dellos traían
unas andas, cubiertas de mucha diversidad de flores y de ramos. Lo cual visto
por uno de los cabreros, dijo:
-Aquellos que allí vienen son los que traen el cuerpo
de Grisóstomo, y el pie de aquella montaña es el lugar donde él mandó que le
enterrasen.
Por esto se dieron priesa a llegar, y fue a tiempo que
ya los que venían habían puesto las andas en el suelo; y cuatro dellos con
agudos picos estaban cavando la sepultura a un lado de una dura peña.
Recibiéronse los unos y los otros cortésmente; y luego
don Quijote y los que con él venían se pusieron a mirar las andas, y en ellas
vieron cubierto de flores un cuerpo muerto, vestido como pastor, de edad, al
parecer, de treinta años; y, aunque muerto, mostraba que vivo había sido de
rostro hermoso y de disposición gallarda. Alrededor dél tenía en las mesmas
andas algunos libros y muchos papeles, abiertos y cerrados. Y así los que esto
miraban, como los que abrían la sepultura, y todos los demás que allí había,
guardaban un maravilloso silencio, hasta que uno de los que al muerto trujeron
dijo a otro:
-Mirá bien, Ambrosio, si es éste el lugar que
Grisóstomo dijo, ya que queréis que tan puntualmente se cumpla lo que dejó
mandado en su testamento.
-Éste es -respondió Ambrosio-; que muchas veces en él
me contó mi desdichado amigo la historia de su desventura. Allí me dijo él que
vio la vez primera a aquella enemiga mortal del linaje humano, y allí fue
también donde la primera vez le declaró su pensamiento, tan honesto como
enamorado, y allí fue la última vez donde Marcela le acabó de desengañar y
desdeñar, de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida. Y aquí, en
memoria de tantas desdichas, quiso él que le depositasen en las entrañas del
eterno olvido.
Y, volviéndose a don Quijote y a los caminantes,
prosiguió diciendo:
-Ese cuerpo, señores, que con piadosos ojos estáis
mirando, fue depositario de un alma en quien el cielo puso infinita parte de sus
riquezas. Ése es el cuerpo de Grisóstomo, que fue único en el ingenio, solo en
la cortesía, estremo en la gentileza, fénix en la amistad, magnífico sin tasa,
grave sin presunción, alegre sin bajeza, y, finalmente, primero en todo lo que
es ser bueno, y sin segundo en todo lo que fue ser desdichado. Quiso bien, fue
aborrecido; adoró, fue desdeñado; rogó a una fiera, importunó a un mármol,
corrió tras el viento, dio voces a la soledad, sirvió a la ingratitud, de quien
alcanzó por premio ser despojos de la muerte en la mitad de la carrera de su
vida, a la cual dio fin una pastora a quien él procuraba eternizar para que
viviera en la memoria de las gentes, cual lo pudieran mostrar bien esos papeles
que estáis mirando, si él no me hubiera mandado que los entregara al fuego en
habiendo entregado su cuerpo a la tierra.
-De mayor rigor y crueldad usaréis vos con ellos -dijo
Vivaldo- que su mesmo dueño, pues no es justo ni acertado que se cumpla la
voluntad de quien lo que ordena va fuera de todo razonable discurso. Y no le
tuviera bueno Augusto César si consintiera que se pusiera en ejecución lo que el
divino Mantuano dejó en su testamento mandado. Ansí que, señor Ambrosio, ya que
deis el cuerpo de vuestro amigo a la tierra, no queráis dar sus escritos al
olvido; que si él ordenó como agraviado, no es bien que vos cumpláis como
indiscreto. Antes haced, dando la vida a estos papeles, que la tenga siempre la
crueldad de Marcela, para que sirva de ejemplo, en los tiempos que están por
venir, a los vivientes, para que se aparten y huyan de caer en semejantes
despeñaderos; que ya sé yo, y los que aquí venimos, la historia deste vuestro
enamorado y desesperado amigo, y sabemos la amistad vuestra, y la ocasión de su
muerte, y lo que dejó mandado al acabar de la vida; de la cual lamentable
historia se puede sacar cuánto haya sido la crueldad de Marcela, el amor de
Grisóstomo, la fe de la amistad vuestra, con el paradero que tienen los que a
rienda suelta corren por la senda que el desvariado amor delante de los ojos les
pone. Anoche supimos la muerte de Grisóstomo, y que en este lugar había de ser
enterrado; y así, de curiosidad y de lástima, dejamos nuestro derecho viaje, y
acordamos de venir a ver con los ojos lo que tanto nos había lastimado en oíllo.
Y, en pago desta lástima y del deseo que en nosotros nació de remedialla si
pudiéramos, te rogamos, ¡oh discreto Ambrosio! (a lo menos, yo te lo suplico de
mi parte), que, dejando de abrasar estos papeles, me dejes llevar algunos dellos.
Y, sin aguardar que el pastor respondiese, alargó la
mano y tomó algunos de los que más cerca estaban; viendo lo cual Ambrosio, dijo:
-Por cortesía consentiré que os quedéis, señor, con los
que ya habéis tomado; pero pensar que dejaré de abrasar los que quedan es
pensamiento vano.
Vivaldo, que deseaba ver lo que los papeles decían,
abrió luego el uno dellos y vio que tenía por título: Canción desesperada. Oyolo
Ambrosio y dijo:
-Ése es el último papel que escribió el desdichado; y,
porque veáis, señor, en el término que le tenían sus desventuras, leelde de modo
que seáis oído; que bien os dará lugar a ello el que se tardare en abrir la
sepultura.
-Eso haré yo de muy buena gana -dijo Vivaldo.
Y, como todos los circunstantes tenían el mesmo deseo,
se le pusieron a la redonda...
[...]
Bien les pareció, a los que escuchado habían, la
canción de Grisóstomo, puesto que el que la leyó dijo que no le parecía que
conformaba con la relación que él había oído del recato y bondad de Marcela,
porque en ella se quejaba Grisóstomo de celos, sospechas y de ausencia, todo en
perjuicio del buen crédito y buena fama de Marcela. A lo cual respondió
Ambrosio, como aquel que sabía bien los más escondidos pensamientos de su amigo:
-Para que, señor, os satisfagáis desa duda, es bien que
sepáis que cuando este desdichado escribió esta canción estaba ausente de
Marcela, de quien él se había ausentado por su voluntad, por ver si usaba con él
la ausencia de sus ordinarios fueros. Y, como al enamorado ausente no hay cosa
que no le fatigue ni temor que no le dé alcance, así le fatigaban a Grisóstomo
los celos imaginados y las sospechas temidas como si fueran verdaderas. Y con
esto queda en su punto la verdad que la fama pregona de la bondad de Marcela; la
cual, fuera de ser cruel, y un poco arrogante y un mucho desdeñosa, la mesma
envidia ni debe ni puede ponerle falta alguna.
-Así es la verdad -respondió Vivaldo.
Y, queriendo leer otro papel de los que había reservado
del fuego, lo estorbó una maravillosa visión -que tal parecía ella- que
improvisamente se les ofreció a los ojos; y fue que, por cima de la peña donde
se cavaba la sepultura, pareció la pastora Marcela, tan hermosa que pasaba a su
fama su hermosura. Los que hasta entonces no la habían visto la miraban con
admiración y silencio, y los que ya estaban acostumbrados a verla no quedaron
menos suspensos que los que nunca la habían visto. Mas, apenas la hubo visto
Ambrosio, cuando, con muestras de ánimo indignado, le dijo:
-¿Vienes a ver, por ventura, ¡oh fiero basilisco destas
montañas!, si con tu presencia vierten sangre las heridas deste miserable a
quien tu crueldad quitó la vida? ¿O vienes a ufanarte en las crueles hazañas de
tu condición, o a ver desde esa altura, como otro despiadado Nero, el incendio
de su abrasada Roma, o a pisar, arrogante, este desdichado cadáver, como la
ingrata hija al de su padre Tarquino? Dinos presto a lo que vienes, o qué es
aquello de que más gustas; que, por saber yo que los pensamientos de Grisóstomo
jamás dejaron de obedecerte en vida, haré que, aun él muerto, te obedezcan los
de todos aquellos que se llamaron sus amigos.
-No vengo, ¡oh Ambrosio!, a ninguna cosa de las que has
dicho -respondió Marcela-, sino a volver por mí misma, y a dar a entender cuán
fuera de razón van todos aquellos que de sus penas y de la muerte de Grisóstomo
me culpan; y así, ruego a todos los que aquí estáis me estéis atentos, que no
será menester mucho tiempo ni gastar muchas palabras para persuadir una verdad a
los discretos.
»Hízome el cielo, según vosotros decís, hermosa, y de
tal manera que, sin ser poderosos a otra cosa, a que me améis os mueve mi
hermosura; y, por el amor que me mostráis, decís, y aun queréis, que esté yo
obligada a amaros. Yo conozco, con el natural entendimiento que Dios me ha dado,
que todo lo hermoso es amable; mas no alcanzo que, por razón de ser amado, esté
obligado lo que es amado por hermoso a amar a quien le ama. Y más, que podría
acontecer que el amador de lo hermoso fuese feo, y, siendo lo feo digno de ser
aborrecido, cae muy mal el decir “Quiérote por hermosa; hasme de amar aunque sea
feo”. Pero, puesto caso que corran igualmente las hermosuras, no por eso han de
correr iguales los deseos, que no todas hermosuras enamoran; que algunas alegran
la vista y no rinden la voluntad; que si todas las bellezas enamorasen y
rindiesen, sería un andar las voluntades confusas y descaminadas, sin saber en
cuál habían de parar; porque, siendo infinitos los sujetos hermosos, infinitos
habían de ser los deseos. Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se
divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso. Siendo esto así, como yo creo que
lo es, ¿por qué queréis que rinda mi voluntad por fuerza, obligada no más de que
decís que me queréis bien? Si no, decidme: si como el cielo me hizo hermosa me
hiciera fea, ¿fuera justo que me quejara de vosotros porque no me amábades?
Cuanto más, que habéis de considerar que yo no escogí la hermosura que tengo;
que, tal cual es, el cielo me la dio de gracia, sin yo pedilla ni escogella. Y,
así como la víbora no merece ser culpada por la ponzoña que tiene, puesto que
con ella mata, por habérsela dado naturaleza, tampoco yo merezco ser
reprehendida por ser hermosa; que la hermosura en la mujer honesta es como el
fuego apartado o como la espada aguda, que ni él quema ni ella corta a quien a
ellos no se acerca. La honra y las virtudes son adornos del alma, sin las cuales
el cuerpo, aunque lo sea, no debe de parecer hermoso. Pues si la honestidad es
una de las virtudes que al cuerpo y al alma más adornan y hermosean, ¿por qué la
ha de perder la que es amada por hermosa, por corresponder a la intención de
aquel que, por sólo su gusto, con todas sus fuerzas e industrias procura que la
pierda?
»Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la
soledad de los campos. Los árboles destas montañas son mi compañía, las claras
aguas destos arroyos mis espejos; con los árboles y con las aguas comunico mis
pensamientos y hermosura. Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he
enamorado con la vista he desengañado con las palabras. Y si los deseos se
sustentan con esperanzas, no habiendo yo dado alguna a Grisóstomo ni a otro
alguno, el fin de ninguno dellos bien se puede decir que antes le mató su porfía
que mi crueldad. Y si se me hace cargo que eran honestos sus pensamientos, y que
por esto estaba obligada a corresponder a ellos, digo que, cuando en ese mismo
lugar donde ahora se cava su sepultura me descubrió la bondad de su intención,
le dije yo que la mía era vivir en perpetua soledad, y de que sola la tierra
gozase el fruto de mi recogimiento y los despojos de mi hermosura; y si él, con
todo este desengaño, quiso porfiar contra la esperanza y navegar contra el
viento, ¿qué mucho que se anegase en la mitad del golfo de su desatino? Si yo le
entretuviera, fuera falsa; si le contentara, hiciera contra mi mejor intención y
prosupuesto. Porfió desengañado, desesperó sin ser aborrecido: ¡mirad ahora si
será razón que de su pena se me dé a mí la culpa! Quéjese el engañado,
desespérese aquel a quien le faltaron las prometidas esperanzas, confíese el que
yo llamare, ufánese el que yo admitiere; pero no me llame cruel ni homicida
aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito.
»El cielo aún hasta ahora no ha querido que yo ame por
destino, y el pensar que tengo de amar por elección es escusado. Este general
desengaño sirva a cada uno de los que me solicitan de su particular provecho; y
entiéndase, de aquí adelante, que si alguno por mí muriere, no muere de celoso
ni desdichado, porque quien a nadie quiere, a ninguno debe dar celos; que los
desengaños no se han de tomar en cuenta de desdenes. El que me llama fiera y
basilisco, déjeme como cosa perjudicial y mala; el que me llama ingrata, no me
sirva; el que desconocida, no me conozca; quien cruel, no me siga; que esta
fiera, este basilisco, esta ingrata, esta cruel y esta desconocida ni los
buscará, servirá, conocerá ni seguirá en ninguna manera. Que si a Grisóstomo
mató su impaciencia y arrojado deseo, ¿por qué se ha de culpar mi honesto
proceder y recato? Si yo conservo mi limpieza con la compañía de los árboles,
¿por qué ha de querer que la pierda el que quiere que la tenga con los hombres?
Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no codicio las ajenas; tengo libre
condición y no gusto de sujetarme: ni quiero ni aborrezco a nadie. No engaño a
éste ni solicito aquél, ni burlo con uno ni me entretengo con el otro. La
conversación honesta de las zagalas destas aldeas y el cuidado de mis cabras me
entretiene. Tienen mis deseos por término estas montañas, y si de aquí salen, es
a contemplar la hermosura del cielo, pasos con que camina el alma a su morada
primera.
Y, en diciendo esto, sin querer oír respuesta alguna,
volvió las espaldas y se entró por lo más cerrado de un monte que allí cerca
estaba, dejando admirados, tanto de su discreción como de su hermosura, a todos
los que allí estaban. Y algunos dieron muestras -de aquellos que de la poderosa
flecha de los rayos de sus bellos ojos estaban heridos- de quererla seguir, sin
aprovecharse del manifiesto desengaño que habían oído. Lo cual visto por don
Quijote, pareciéndole que allí venía bien usar de su caballería, socorriendo a
las doncellas menesterosas, puesta la mano en el puño de su espada, en altas e
inteligibles voces, dijo:
-Ninguna persona, de cualquier estado y condición que
sea, se atreva a seguir a la hermosa Marcela, so pena de caer en la furiosa
indignación mía. Ella ha mostrado con claras y suficientes razones la poca o
ninguna culpa que ha tenido en la muerte de Grisóstomo, y cuán ajena vive de
condescender con los deseos de ninguno de sus amantes, a cuya causa es justo
que, en lugar de ser seguida y perseguida, sea honrada y estimada de todos los
buenos del mundo, pues muestra que en él ella es sola la que con tan honesta
intención vive.
O ya que fuese por las amenazas de don Quijote, o
porque Ambrosio les dijo que concluyesen con lo que a su buen amigo debían,
ninguno de los pastores se movió ni apartó de allí hasta que, acabada la
sepultura y abrasados los papeles de Grisóstomo, pusieron su cuerpo en ella, no
sin muchas lágrimas de los circunstantes. Cerraron la sepultura con una gruesa
peña, en tanto que se acababa una losa que, según Ambrosio dijo, pensaba mandar
hacer, con un epitafio que había de decir desta manera:
- YACE AQUÍ DE UN AMADOR
- EL MÍSERO CUERPO HELADO,
- QUE FUE PASTOR DE GANADO,
- PERDIDO POR DESAMOR.
- MURIÓ A MANOS DEL RIGOR
- DE UNA ESQUIVA HERMOSA INGRATA,
- CON QUIEN SU IMPERIO DILATA
- LA TIRANÍA DE AMOR.
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