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Y Dios lo hizo morir durante cien años
y luego
lo animó y le dijo:
-¿Cuánto tiempo has estado aquí?
-Un día o parte de un día, respondió.
Alcorán, II, 261.
La noche del catorce de marzo de 1939,
en un departamento de la Zeltnergasse de Praga, Jaromir Hladík, autor de la
inconclusa tragedia Los enemigos, de una Vindicación de la eternidad
y de un examen de las indirectas fuentes judías de Jakob Boehme, soñó con un
largo ajedrez. No lo disputaban dos individuos sino dos familias ilustres; la
partida había sido entablada hace muchos siglos; nadie era capaz de nombrar el
olvidado premio, pero se murmuraba que era enorme y quizá infinito; las piezas y
el tablero estaban en una torre secreta; Jaromir (en el sueño) era el
primogénito de una de las familias hostiles; en los relojes resonaba la hora de
la impostergable jugada; el soñador corría por las arenas de un desierto
lluvioso y no lograba recordar las figuras ni las leyes del ajedrez. En ese
punto, se despertó. Cesaron los estruendos de la lluvia y de los terribles
relojes. Un ruido acompasado y unánime, cortado por algunas voces de mando,
subía de la Zeltnergasse. Era el amanecer, las blindadas vanguardias del Tercer
Reich entraban en Praga. El
diecinueve, las autoridades recibieron una denuncia; el mismo diecinueve, al
atardecer, Jaromir Hladík fue arrestado. Lo condujeron a un cuartel aséptico y
blanco, en la ribera opuesta del Moldau. No pudo levantar uno solo de los cargos
de la Gestapo: su apellido materno era Jaroslavski, su sangre era judía, su
estudio sobre Boehme era judaizante, su firma delataba el censo final de una
protesta contra el Anschluss. En 1928, había traducido el Sepher Yezirah
para la editorial Hermann Barsdorf; el efusivo catálogo de esa casa había
exagerado comercialmente el renombre del traductor; ese catálogo fue hojeado por
Julius Rothe, uno de los jefes en cuyas manos estaba la suerte de Hladík. No hay
hombre que, fuera de su especialidad, no sea crédulo; dos o tres adjetivos en
letra gótica bastaron para que Julius Rothe admitiera la preeminencia de Hladík
y dispusiera que lo condenaran a muerte, pour encourager les autres. Se
fijó el día veintinueve de marzo, a las nueve a.m. Esa demora (cuya importancia
apreciará después el lector) se debía al deseo administrativo de obrar
impersonal y pausadamente, como los vegetales y los planetas.
El primer sentimiento de Hladík fue de mero terror. Pensó que no lo hubieran
arredrado la horca, la decapitación o el degüello, pero que morir fusilado era
intolerable. En vano se redijo que el acto puro y general de morir era lo
temible, no las circunstancias concretas. No se cansaba de imaginar esas
circunstancias: absurdamente procuraba agotar todas las variaciones. Anticipaba
infinitamente el proceso, desde el insomne amanecer hasta la misteriosa
descarga. Antes del día prefijado por Julius Rothe, murió centenares de muertes,
en patios cuyas formas y cuyos ángulos fatigaban la geometría, ametrallado por
soldados variables, en número cambiante, que a veces lo ultimaban desde lejos;
otras, desde muy cerca. Afrontaba con verdadero temor (quizá con verdadero
coraje) esas ejecuciones imaginarias; cada simulacro duraba unos pocos segundos;
cerrado el círculo, Jaromir interminablemente volvía a las trémulas vísperas de
su muerte. Luego reflexionó que la realidad no suele coincidir con las
previsiones; con lógica perversa infirió que prever un detalle circunstancial es
impedir que éste suceda. Fiel a esa débil magia, inventaba, para que no
sucedieran, rasgos atroces; naturalmente, acabó por temer que esos rasgos
fueran proféticos. Miserable en la noche, procuraba afirmarse de algún modo en
la sustancia fugitiva del tiempo. Sabía que éste se precipitaba hacia el alba
del día veintinueve; razonaba en voz alta: Ahora estoy en la noche del
veintidós; mientras dure esta noche (y seis noches más) soy invulnerable,
inmortal. Pensaba que las noches de sueño eran piletas hondas y oscuras en
las que podía sumergirse. A veces anhelaba con impaciencia la definitiva
descarga, que lo redimiría, mal o bien, de su vana tarea de imaginar. El
veintiocho, cuando el último ocaso reverberaba en los altos barrotes, lo desvió
de esas consideraciones abyectas la imagen de su drama Los enemigos.
Hladík había rebasado los cuarenta años. Fuera de algunas amistades y de muchas
costumbres, el problemático ejercicio de la literatura constituía su vida; como
todo escritor, medía las virtudes de los otros por lo ejecutado por ellos y
pedía que los otros lo midieran por lo que vislumbraba o planeaba. Todos los
libros que había dado a la estampa le infundían un complejo arrepentimiento. En
sus exámenes de la obra de Boehme, de Abnesra y de Flood, había intervenido
esencialmente la mera aplicación; en su traducción del Sepher Yezirah, la
negligencia, la fatiga y la conjetura. Juzgaba menos deficiente, tal vez, la
Vindicación de la eternidad: el primer volumen historia las diversas
eternidades que han ideado los hombres, desde el inmóvil Ser de Parménides hasta
el pasado modificable de Hinton; el segundo niega (con Francis Bradley) que
todos los hechos del universo integran una serie temporal. Arguye que no es
infinita la cifra de las posibles experiencias del hombre y que basta una sola
"repetición" para demostrar que el tiempo es una falacia... Desdichadamente, no
son menos falaces los argumentos que demuestran esa falacia; Hladík solía
recorrerlos con cierta desdeñosa perplejidad. También había redactado una serie
de poemas expresionistas; éstos, para confusión del poeta, figuraron en una
antología de 1924 y no hubo antología posterior que no los heredara. De todo ese
pasado equívoco y lánguido quería redimirse Hladík con el drama en verso Los
enemigos. (Hladík preconizaba el verso, porque impide que los espectadores
olviden la irrealidad, que es condición del arte.)
Este drama observaba las unidades de tiempo, de lugar y de acción; transcurría
en Hradcany, en la biblioteca del barón de Roemerstadt, en una de las últimas
tardes del siglo diecinueve. En la primera escena del primer acto, un
desconocido visita a Roemerstadt. (Un reloj da las siete, una vehemencia de
último sol exalta los cristales, el aire trae una arrebatada y reconocible
música húngara.) A esta visita siguen otras; Roemerstadt no conoce las personas
que lo importunan, pero tiene la incómoda impresión de haberlos visto ya, tal
vez en un sueño. Todos exageradamente lo halagan, pero es notorio -primero para
los espectadores del drama, luego para el mismo barón- que son enemigos
secretos, conjurados para perderlo. Roemerstadt logra detener o burlar sus
complejas intrigas; en el diálogo, aluden a su novia, Julia de Weidenau, y a un
tal Jaroslav Kubin, que alguna vez la importunó con su amor. Éste, ahora, se ha
enloquecido y cree ser Roemerstadt... Los peligros arrecian; Roemerstadt, al
cabo del segundo acto, se ve en la obligación de matar a un conspirador. Empieza
el tercer acto, el último. Crecen gradualmente las incoherencias: vuelven
actores que parecían descartados ya de la trama; vuelve, por un instante, el
hombre matado por Roemerstadt. Alguien hace notar que no ha atardecido: el reloj
da las siete, en los altos cristales reverbera el sol occidental, el aire trae
la arrebatada música húngara. Aparece el primer interlocutor y repite las
palabras que pronunció en la primera escena del primer acto. Roemerstadt le
habla sin asombro; el espectador entiende que Roemerstadt es el miserable
Jaroslav Kubin. El drama no ha ocurrido: es el delirio circular que
interminablemente vive y revive Kubin.
Nunca se había preguntado Hladík si esa tragicomedia de errores era baladí o
admirable, rigurosa o casual. En el argumento que he bosquejado intuía la
invención más apta para disimular sus defectos y para ejercitar sus felicidades,
la posibilidad de rescatar (de manera simbólica) lo fundamental de su vida.
Había terminado ya el primer acto y alguna escena del tercero; el carácter
métrico de la obra le permitía examinarla continuamente, rectificando los
hexámetros, sin el manuscrito a la vista. Pensó que aun le faltaban dos actos y
que muy pronto iba a morir. Habló con Dios en la oscuridad. Si de algún modo
existo, si no soy una de tus repeticiones y erratas, existo como autor de
Los enemigos. Para llevar a término ese drama, que puede justificarme y
justificarte, requiero un año más. Otórgame esos días, Tú de Quien son los
siglos y el tiempo. Era la última noche, la más atroz, pero diez minutos
después el sueño lo anegó como un agua oscura.
Hacia el alba, soñó que se había ocultado en una de las naves de la biblioteca
del Clementinum. Un bibliotecario de gafas negras le preguntó: ¿Qué busca?
Hladík le replicó: Busco a Dios. El bibliotecario le dijo: Dios está
en una de las letras de una de las páginas de uno de los cuatrocientos mil tomos
del Clementinum. Mis padres y los padres de mis padres han buscado esa letra; yo
me he quedado ciego, buscándola. Se quitó las gafas y Hladík vio los ojos,
que estaban muertos. Un lector entró a devolver un atlas. Este atlas es inútil,
dijo, y se lo dio a Hladík. Éste lo abrió al azar. Vio un mapa de la India,
vertiginoso. Bruscamente seguro, tocó una de las mínimas letras. Una voz ubicua
le dijo: El tiempo de tu labor ha sido otorgado. Aquí Hladík se despertó.
Recordó que los sueños de los hombres pertenecen a Dios y que Maimónides ha
escrito que son divinas las palabras de un sueño, cuando son distintas y claras
y no se puede ver quien las dijo. Se vistió; dos soldados entraron en la celda y
le ordenaron que los siguiera.
Del otro lado de la puerta, Hladík había previsto un laberinto de galerías,
escaleras y pabellones. La realidad fue menos rica: bajaron a un traspatio por
una sola escalera de fierro. Varios soldados -alguno de uniforme desabrochado-
revisaban una motocicleta y la discutían. El sargento miró el reloj: eran las
ocho y cuarenta y cuatro minutos. Había que esperar que dieran las nueve.
Hladík, más insignificante que desdichado, se sentó en un montón de leña.
Advirtió que los ojos de los soldados rehuían los suyos. Para aliviar la espera,
el sargento le entregó un cigarrillo. Hladík no fumaba; lo aceptó por cortesía o
por humildad. Al encenderlo, vio que le temblaban las manos. El día se nubló;
los soldados hablaban en voz baja como si él ya estuviera muerto. Vanamente,
procuró recordar a la mujer cuyo símbolo era Julia de Weidenau...
El piquete se formó, se cuadró. Hladík, de pie contra la pared del cuartel,
esperó la descarga. Alguien temió que la pared quedara maculada de sangre;
entonces le ordenaron al reo que avanzara unos pasos. Hladík, absurdamente,
recordó las vacilaciones preliminares de los fotógrafos. Una pesada gota de
lluvia rozó una de las sienes de Hladík y rodó lentamente por su mejilla; el
sargento vociferó la orden final.
El universo físico se detuvo. Las
armas convergían sobre Hladík, pero los hombres que iban a matarlo estaban
inmóviles. El brazo del sargento eternizaba un ademán inconcluso. En una baldosa
del patio una abeja proyectaba una sombra fija. El viento había cesado, como en
un cuadro. Hladík ensayó un grito, una sílaba, la torsión de una mano.
Comprendió que estaba paralizado. No le llegaba ni el más tenue rumor del
impedido mundo. Pensó estoy en el infierno, estoy muerto. Pensó estoy
loco. Pensó el tiempo se ha detenido. Luego reflexionó que en tal
caso, también se hubiera detenido su pensamiento. Quiso ponerlo a prueba:
repitió (sin mover los labios) la misteriosa cuarta égloga de Virgilio. Imaginó
que los ya remotos soldados compartían su angustia: anheló comunicarse con
ellos. Le asombró no sentir ninguna fatiga, ni siquiera el vértigo de su larga
inmovilidad. Durmió, al cabo de un plazo indeterminado. Al despertar, el mundo
seguía inmóvil y sordo. En su mejilla perduraba la gota de agua; en el patio, la
sombra de la abeja; el humo del cigarrillo que había tirado no acababa nunca de
dispersarse. Otro "día" pasó, antes que Hladík entendiera.
Un año entero había solicitado de Dios para terminar su labor: un año le
otorgaba su omnipotencia. Dios operaba para él un milagro secreto: lo mataría el
plomo alemán, en la hora determinada, pero en su mente un año transcurría entre
la orden y la ejecución de la orden. De la perplejidad pasó al estupor, del
estupor a la resignación, de la resignación a la súbita gratitud.
No disponía de otro documento que la memoria; el aprendizaje de cada hexámetro
que agregaba le impuso un afortunado rigor que no sospechan quienes aventuran y
olvidan párrafos interinos y vagos. No trabajó para la posteridad ni aun para
Dios, de cuyas preferencias literarias poco sabía. Minucioso, inmóvil, secreto,
urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces.
Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música.
Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso,
optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los
rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt.
Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras
supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la
palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo
epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito
enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó.
Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la
mañana. |