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-Bruto calor -dijo el mozo.
Pareció que el tipo de azul iba a aflojarse la
corbata, pero finalmente dejó caer el brazo hacia un costado. Luego, con ojos de
siesta, examinó la calle a través del enorme cristal fijo.
-No hay derecho -dijo el mozo-. En pleno
octubre y achicharrándonos.
-Oh, no es para tanto -dijo el de azul, sin
énfasis.
-¿No? ¿Qué deja entonces para enero?
-Más calor. No se aflija.
Desde la calle, un hombre flaco, de
sombrero, miró hacia adentro, formando pantalla con las manos para evitar el
reflejo del ventanal. En cuanto lo reconoció, abrió la puerta y se acercó
sonriendo.
El de azul no se dio por enterado hasta que
el otro se le puso delante. Sólo entonces le tendió la mano. El otro buscó, de
una ojeada rápida, cuál de las cuatro sillas disponibles tenía el hueco de
pantasote que convenía mejor a su trasero. Después se sentó sin aflojar los
músculos.
-¿Qué tal? -preguntó, todavía sonriendo.
-Como siempre -dijo el de azul.
Vino el mozo, resoplando, a levantar el
pedido.
-Un café... livianito, por favor.
Durante un buen rato estuvieron callados
mirando hacia afuera. Pasó, entre otras, una inquietante mujercita en blusa y el
recién llegado se agitó en el asiento. Después sacudió la cabeza
significativamente como buscando el comentario, pero el de azul no había
sonreído.
-Lindo día para ser rico -dijo el otro.
-¿Por qué?
-Te echás en la cama, no pensás en nada, y a
la tardecita, cuando vuelve el fresco, empezás otra vez a vivir.
-Depende -dijo el de azul.
-¿Eh?
-También se puede vivir así.
El mozo se acercó, dejó el café liviano, y
se alejó con las piernas abiertas, para que nadie ignorase que la transpiración
le endurecía los calzoncillos.
-Tengo la patrona enferma, ¿sabés? -dijo el
otro.
-¿Ah sí? ¿Qué tiene?
-No sé. Fiebre. Y le duelen los riñones.
-Hacela ver.
-Claro.
El de azul le hizo una seña al lustrador.
Éste escupió medio escarbadientes y se acercó silbando.
-Hace unos días que andás de trompa -dijo el
otro.
-¿Sí?
-Yo sé que la cosa es conmigo.
El lustrador dejó de embetunar y miró desde
abajo, con los dientes apretados, entornando los ojos.
-Lo que pasa es que vos embalás en seguida.
-¿De veras?
-Se te pone que un tipo estuvo mal y ya no
hay quien te frene. ¿Vos qué sabés por qué lo hice?
-¿Por qué hiciste qué?
-¿Ves? Así no se puede. ¿Qué te parece si
hablamos con franqueza?
-Bueno. Hablá.
Ambos miraban el zapato izquierdo que
empezaba a brillar. El lustrador le dio el toque final y dobló cuidadosamente su
trapito. «Son veinticinco», dijo. Recogió el peso, entregó el vuelto y se fue
silbando hacia otra mesa, mientras volvía a masticar la mitad del escarbadientes
que había conservado entre las muelas.
-¿Te creés que no me doy cuenta? A vos se te
ocurrió que yo le hablé al Viejo para dejarte mal.
-¿Y?
-No fue para eso, ¿sabés? Yo no soy tan
cretino...
-¿No?
-Le hablé para defenderme. Todos decían que
yo había entrado a la Gerencia antes de las nueve. Todos decían que yo había
visto el maldito papel.
-Eso es.
-Pero yo sabía que vos habías entrado más
temprano.
Un chico rotoso y maloliente se acercó a
ofrecer pastillas de menta. Ni siquiera le dijeron que no.
-El Viejo me llamó y me dijo que la cosa era
grave, que alguien había loreado. Y que todos decían que yo había visto el papel
antes de las nueve.
El de azul no dijo nada. Se recogió
cuidadosamente el pantalón y cruzó la pierna.
-Yo no le dije que habías sido vos -siguió
el otro, nervioso, como si estuviera a punto de echarse a correr, o a llorar-.
Yo dije que habían estado antes que yo, nada más... Tenés que darte cuenta.
-Me doy cuenta.
-Yo tenía que defenderme. Si no me defiendo,
me echa. Vos bien sabés que no anda con chiquitas.
-Y hace bien.
-Chih, decís eso porque sos solo. Podés
arriesgarte. Yo tengo mujer.
-Jodete.
El otro hizo ruido con el pocillo, como para
borrar la ofensa. Miró hacia los costados, repentinamente pálido. Después,
jadeante, desconcertado, levantó la cabeza.
-Tenés que comprender. Figurate que yo sé
demasiado que vos si querés me liquidás. Tenés cómo
hacerlo. ¿Me iba a tirar justamente contra vos? No tenés más que telegrafiar a
Ugarte y yo estoy frito. Te lo digo para que veas que me doy cuenta. No me iba a
tirar justamente contra vos, que tenés flor de banca con el Rengo... ¿Me
entendés ahora?
-Claro que te entiendo.
El otro hizo un ademán brusco, de tímida
protesta, y sin querer empujó el vaso con el codo. El agua cayó hacia adelante,
de lleno sobre el pantalón azul.
-Perdoná. Es que estoy nervioso.
-No es nada. En seguida se seca.
El mozo se acercó, recogió los más
importantes trozos de vidrio. Ahora parecía sufrir menos el calor. O se había
olvidado de aparentarlo.
-Por lo menos, dame la tranquilidad de que
no vas a telegrafiar. Anoche no pude pegar los ojos...
-Mirá... ¿querés que te diga una cosa? Dejá
ese tema. Tengo la impresión de que me tiene podrido.
-Entonces... no vas a...
-No te preocupes.
-Sabía que ibas a entender. Te agradezco. De
veras, che.
-No te preocupes.
-Siempre dije que eras un buen tipo. Después
de todo tenías derecho a telegrafiar. Porque yo estuve mal... lo reconozco...
Debí pensar que...
-¿De veras no podés callarte?
-Tenés razón. Mejor te dejo tranquilo.
Lentamente se puso de pie, empujando la
silla con bastante ruido. Iba a tender la mano, pero la mirada del otro lo
desanimó.
-Bueno, chau -dijo-. Y ya sabés, siempre a
la orden... cualquier cosa...
El de azul movió apenas la cabeza, como si
no quisiera expresar nada concreto. Cuando el otro salió, llamó al mozo y pagó
los cafés y el vaso roto.
Durante cinco minutos estuvo quieto,
mordiéndose despacio una uña. Después se levantó, saludó con las cejas al
lustrador, y abrió la puerta.
Caminó sin apuro, hasta la esquina. Examinó
una vidriera de corbatas, dio una última chupada al cigarrillo y lo tiró bajo un
auto.
Después cruzó la calle y entró en la Oficina
de Telégrafos.
FIN |