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Yo también he luchado con el ángel. Desdichadamente para mí, el ángel era un
personaje fuerte, maduro y repulsivo, con bata de boxeador.
Poco antes habíamos estado vomitando, cada uno por su lado, en el cuarto de
baño. Porque el banquete, más bien la juerga, fue de lo peor. En casa me
esperaba la familia: un pasado remoto.
Inmediatamente después de su proposición, el hombre comenzó a estrangularme
de modo decisivo. La lucha, más bien la defensa, se desarrolló para mí como un
rápido y múltiple análisis reflexivo. Calculé en un instante todas las
posibilidades de pérdida y salvación, apostando a vida o sueño, dividiéndome
entre ceder y morir, aplazando el resultado de aquella operación metafísica y
muscular.
Me desaté por fin de la pesadilla como el ilusionista que deshace sus
ligaduras de momia y sale del cofre blindado. Pero llevo todavía en el cuello
las huellas mortales que me dejaron las manos de mi rival. Y en la conciencia,
la certidumbre de que sólo disfruto una tregua, el remordimiento de haber ganado
un episodio banal en la batalla irremisiblemente perdida.
FIN
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