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Después de una larga experiencia, los agricultores
llegaron a la conclusión de que la única arma eficaz contra el topo es el
agujero. Hay que atrapar al enemigo en su propio sistema.
En la lucha contra el topo se usan ahora unos agujeros
que alcanzan el centro volcánico de la tierra. Los topos caen en ellos por
docenas y no hace falta decir que mueren irremisiblemente carbonizados.
Tales agujeros tienen una apariencia inocente. Los
topos, cortos de vista, los confunden con facilidad. Más bien se diría que los
prefieren, guiados por una profunda atracción. Se les ve dirigirse en fila
solemne hacia la muerte espantosa, que pone a sus intrincadas costumbres un
desenlace vertical.
Recientemente se ha demostrado que basta un agujero
definitivo por cada seis hectáreas de terreno invadido.
FIN |