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El propósito original de Nabónides, según el profesor Rabsolom, era
simplemente restaurar los tesoros arqueológicos de Babilonia. Había visto con
tristeza las gastadas piedras de los santuarios, las borrosas estelas de los
héroes y los sellos anulares que dejaban una impronta ilegible sobre los
documentos imperiales. Emprendió sus restauraciones metódicamente y no sin una
cierta parsimonia. Desde luego, se preocupó por la calidad de los materiales,
eligiendo las piedras de grano más fino y cerrado.
Cuando se le ocurrió copiar de nuevo las ochocientas mil tabletas de que
constaba la biblioteca babilónica, tuvo que fundar escuelas y talleres para
escribas, grabadores y alfareros. Distrajo de sus puestos administrativos un
buen número de empleados y funcionarios, desafiando las críticas de los jefes
militares que pedían soldados y no escribas para apuntalar el derrumbe del
imperio, trabajosamente erigido por los antepasados heroicos, frente al asalto
envidioso de las ciudades vecinas. Pero Nabónides, que veía por encima de los
siglos, comprendió que la historia era lo que importaba. Se entregó
denodadamente a su tarea, mientras el suelo se le iba de los pies.
Lo más grave fue que una vez consumadas todas las restauraciones, Nabónides
no pudo cesar ya en su labor de historiador. Volviendo definitivamente la
espalda a los acontecimientos, sólo se dedicaba a relatarlos sobre piedra o
sobre arcilla. Esta arcilla, inventada por él a base de marga y asfalto, ha
resultado aún más indestructible que la piedra. (El profesor Rabsolom es quien
ha establecido la fórmula de esa pasta cerámica. En 1913 encontró una serie de
piezas enigmáticas, especie de cilindros o pequeñas columnas, que se hallaban
revestidas con esa sustancia misteriosa. Adivinando la presencia de una
escritura oculta, Rabsolom comprendió que la capa de asfalto no podía ser
retirada sin destruir los caracteres. Ideó entonces el procedimiento siguiente:
vació a cincel la piedra interior, y luego, por medio de un desincrustante que
ataca los residuos depositados en las huellas de la escritura, obtuvo cilindros
huecos. Por medio de sucesivos vaciados seccionales, logró hacer cilindros de
yeso que presentaron la intacta escritura original. El profesor Rabsolom
sostiene, atinadamente, que Nabónides procedió de este modo incomprensible
previendo una invasión enemiga con el habitual acompañamiento de furia
iconoclasta. Afortunadamente, no tuvo tiempo de ocultar así todas sus obras.)
Como la muchedumbre de operarios era insuficiente, y la historia acontecía
con rapidez, Nabónides se convirtió también en lingüista y en gramático: quiso
simplificar el alfabeto, creando una especie de taquigrafía. De hecho, complicó
la escritura plagándola de abreviaturas, omisiones y siglas que ofrecen toda una
serie de nuevas dificultades al profesor Rabsolom. Pero así logró llegar
Nabónides hasta sus propios días, con entusiasmada minuciosidad; alcanzó a
escribir la historia de su historia y la somera clave de sus abreviaturas, pero
con tal afán de síntesis, que este relato sería tan extenso como la Epopeya
de Gilgamesh, si se le compara con las últimas concisiones de Nabónides.
Hizo redactar también -Rabsolom dice que la redactó él mismo- una historia de
sus hipotéticas hazañas militares, él, que abandonó su lujosa espada en el
cuerpo del primer guerrero enemigo. En el fondo, tal historia era un pretexto
más para esculpir tabletas, estelas y cilindros.
Pero los adversarios persas fraguaban desde lejos la perdición del soñador.
Un día llegó a Babilonia el urgente mensaje de Creso, con quien Nabónides había
concertado una alianza. El rey historiador mandó grabar en un cilindro el
mensaje y el nombre del mensajero, la fecha y las condiciones del pacto. Pero no
acudió al llamado de Creso. Pero después, los persas cayeron por sorpresa en la
ciudad, dispersando el laborioso ejército de escribas. Los guerreros babilonios,
descontentos, combatieron apenas, y el imperio cayó para no alzarse más de sus
escombros.
La historia nos ha trasmitido dos oscuras versiones acerca de la muerte de su
fiel servidor. Una de ellas lo sacrifica a manos de un usurpador, en los días
trágicos de la invasión persa. La otra nos dice que fue hecho prisionero y
llevado a una isla lejana. Allí murió de tristeza, repasando en la memoria el
repertorio de la grandeza babilonia. Esta última versión es la que se acomoda
mejor a la índole apacible de Nabónides.
FIN
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