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Hoy me detuve a contemplar este curioso espectáculo: en una plaza de las
afueras, un saltimbanqui polvoriento exhibía una mujer amaestrada. Aunque la
función se daba a ras del suelo y en plena calle, el hombre concedía la mayor
importancia al círculo de tiza previamente trazado, según él, con permiso de las
autoridades. Una y otra vez hizo retroceder a los espectadores que rebasaban los
límites de esa pista improvisada. La cadena que iba de su mano izquierda al
cuello de la mujer, no pasaba de ser un símbolo, ya que el menor esfuerzo habría
bastado para romperla. Mucho más impresionante resultaba el látigo de seda floja
que el saltimbanqui sacudía por los aires, orgulloso, pero sin lograr un
chasquido.
Un pequeño monstruo de edad indefinida completaba el elenco. Golpeando su
tamboril daba fondo musical a los actos de la mujer, que se reducían a caminar
en posición erecta, a salvar algunos obstáculos de papel y a resolver cuestiones
de aritmética elemental. Cada vez que una moneda rodaba por el suelo, había un
breve paréntesis teatral a cargo del público. «¡ Besos!», ordenaba el
saltimbanqui. «No. A ése no. Al caballero que arrojó la moneda.» La mujer no
acertaba, y una media docena de individuos se dejaba besar, con los pelos de
punta, entre risas y aplausos. Un guardia se acercó diciendo que aquello estaba
prohibido. El domador le tendió un papel mugriento con sellos oficiales, y el
policía se fue malhumorado, encogiéndose de hombros.
A decir verdad, las gracias de la mujer no eran cosa
del otro mundo. Pero acusaban una paciencia infinita, francamente anormal, por
parte del hombre. Y el público sabe agradecer siempre tales esfuerzos. Paga por
ver una pulga vestida; y no tanto por la belleza del traje, sino por el trabajo
que ha costado ponérselo. Yo mismo he quedado largo rato viendo con admiración a un inválido que hacía con los pies lo que muy pocos podrían hacer con
las manos.
Guiado por un ciego impulso de solidaridad, desatendí a la mujer y puse toda
mi atención en el hombre. No cabe duda de que el tipo sufría. Mientras más
difíciles eran las suertes, más trabajo le costaba disimular y reír. Cada vez
que ella cometía una torpeza, el hombre temblaba angustiado. Yo comprendí que la
mujer no le era del todo indiferente, y que se había encariñado con ella, tal
vez en los años de su tedioso aprendizaje. Entre ambos existía una relación,
íntima y degradante, que iba más allá del domador y la fiera. Quien profundice
en ella, llegará indudablemente a una conclusión obscena.
El público, inocente por naturaleza, no se da cuenta de nada y pierde los
pormenores que saltan a la vista del observador destacado. Admira al autor de un
prodigio, pero no le importan sus dolores de cabeza ni los detalles monstruosos
que puede haber en su vida privada. Se atiene simplemente a los resultados, y
cuando se le da gusto, no escatima su aplauso.
Lo único que yo puedo decir con certeza es que el saltimbanqui, a juzgar por
sus reacciones, se sentía orgulloso y culpable. Evidentemente, nadie podría
negarle el mérito de haber amaestrado a la mujer; pero nadie tampoco podría
atenuar la idea de su propia vileza. (En este punto de mi meditación, la mujer
daba vueltas de carnero en una angosta alfombra de terciopelo desvaído.)
El guardián del orden público se acercó nuevamente a hostilizar al
saltimbanqui. Según él, estábamos entorpeciendo la circulación, el ritmo casi,
de la vida normal. «¿Una mujer amaestrada? Váyanse todos ustedes al circo.» El
acusado respondió otra vez con argumentos de papel sucio, que el policía leyó de
lejos con asco. (La mujer, entre tanto, recogía monedas en su gorra le
lentejuelas. Algunos héroes se dejaban besar; otros se apartaban modestamente,
entre dignos y avergonzados.)
El representante de las autoridades se fue para siempre, mediante la
suscripción popular de un soborno. El saltimbanqui, fingiendo la mayor
felicidad, ordenó al enano del tamboril que tocara un ritmo tropical. La mujer,
que estaba preparándose para un número matemático, sacudía como pandero el ábaco
de colores. Empezó a bailar con descompuestos ademanes difícilmente procaces. Su
director se sentía defraudado a más no poder, ya que en el fondo de su corazón
cifraba todas sus esperanzas en la cárcel. Abatido y furioso, increpaba la
lentitud de la bailarina con adjetivos sangrientos. El público empezó a
contagiarse de su falso entusiasmo, y quien más, quien menos, todos batían
palmas y meneaban el cuerpo.
Para completar el efecto, y queriendo sacar de la situación el mejor partido
posible, el hombre se puso a golpear a la mujer con su látigo de mentiras.
Entonces me di cuenta del error que yo estaba cometiendo. Puse mis ojos en ella,
sencillamente, como todos los demás. Dejé de mirarlo a él, cualquiera que fuese
su tragedia. (En ese momento, las lágrimas surcaban su rostro enharinado.)
Resuelto a desmentir ante todos mis ideas de compasión y de crítica, buscando
en vano con los ojos la venia del saltimbanqui, y antes de que otro arrepentido
me tomara la delantera, salté por encima de la línea de tiza al círculo de
contorsiones y cabriolas.
Azuzado por su padre, el enano del tamboril dio rienda suelta a su
instrumento, en un crescendo de percusiones increíbles. Alentada por tan
espontánea compañía, la mujer se superó a sí misma y obtuvo un éxito
estruendoso. Yo acompasé mi ritmo con el suyo y no perdí pie ni pisada de aquel
improvisado movimiento perpetuo, hasta que el niño dejó de tocar.
Como actitud final, nada me pareció más adecuado que caer bruscamente de
rodillas.
FIN
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