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Homenaje a M. A.
Poseí a la huérfana la noche misma en que velábamos a su padre a la luz
parpadeante de los cirios. (¡Oh, si pudiera decir esto mismo con otras
palabras!)
Como todo se sabe en este mundo, la cosa llegó a oídos del viejecillo que
mira nuestro siglo a través de sus maliciosos quevedos. Me refiero a ese anciano
señor que preside las letras mexicanas tocado con el gorro de dormir de los
memorialistas, y que me vapuleó en plena calle con su enfurecido bastón, ante la
ineficacia de la policía ciudadana. Recibí también una corrosiva lluvia de
injurias proferidas con voz aguda y furiosa. Y todo gracias a que el incorrecto
patriarca ¡el diablo se lo lleve! estaba enamorado de la dulce muchacha que
desde ahora me aborrece.
¡Ay de mí! Ya me aborrece hasta la lavandera, a pesar de nuestros cándidos y
dilatados amores. Y la bella confidente, a quien el decir popular señala como mi
Dulcinea, no quiso oír ya las quejas del corazón doliente de su poeta. Creo que
me desprecian hasta los perros.
Por fortuna, estas infames habladurías no pueden llegar hasta mi querido
público. Yo canto para un auditorio compuesto de recatadas señoritas y de
empolvados viejitos positivistas. A ellos la atroz especie no llega; están bien
lejos del mundanal ruido. Para ellos sigo siendo el pálido joven que impreca a
la divinidad en imperiosos tercetos y que restaña sus lágrimas con una blonda
guedeja.
Estoy acribillado de deudas para con los críticos del futuro. Sólo puedo
pagar con lo que tengo. Heredé un talego de imágenes gastadas. Pertenezco al
género de los hijos pródigos que malgastan el dinero de los antepasados, pero
que no pueden hacer fortuna con sus propias manos. Todas las cosas que se me han
ocurrido las recibí enfundadas en una metáfora. Y a nadie le he podido contar la
atroz aventura de mis noches de solitario, cuando el germen de Dios comienza a
crecer de pronto en mi alma vacía.
Hay un diablo que me castiga poniéndome en ridículo. Él me dicta casi todo lo
que escribo. Y mi pobre alma cancelada está ahogándose bajo el aluvión de las
estrofas.
Sé muy bien que llevando una vida un poco más higiénica y racional podría
llegar en buen estado al siglo venidero, donde una poesía nueva está aguardando
a los que logren salvarse de este desastroso siglo XIX. Pero me siento condenado
a repetirme y a repetir a los demás.
Ya me imagino mi papel para entonces y veo al joven crítico que me dice con
su acostumbrada elegancia: "Usted, querido señor, un poco más atrás, si no le es
molesto. Allí, entre los representantes de nuestro romanticismo."
Y yo andaría con mi cabellera llena de telarañas, representando a los ochenta
años las antiguas tendencias con poemas cada vez más cavernosos y más
inoperantes. No señor. No me dirá usted "un poco más atrás por favor". Me voy
desde ahora. Es decir, prefiero quedarme aquí, en esta confortable tumba de
romántico, reducido a mi papel de botón tronchado, de semilla aventada por el
gélido soplo del escepticismo. Muchas gracias por sus buenas intenciones.
Ya llorarán por mí las señoritas vestidas de color de rosa, al pie de un
ahuehuete centenario. Nunca faltará un carcamal positivista que celebre mis
bravatas, ni un joven sardónico que comprenda mi secreto, y llore por mí una
lágrima oculta.
La gloria, que amé a los dieciocho años, me parece a los veinticuatro algo
así como una corona mortuoria que se pudre y apesta en la humedad de una fosa.
Verdaderamente, quisiera hacer algo diabólico, pero no se me ocurre nada.
Cuando menos, me gustaría que no sólo en mi cuarto, sino a través de toda la
literatura mexicana, se extendiera un poco este olor de almendras amargas que
exhala el licor que a la salud de ustedes, señoras y señores, me dispongo a
beber. FIN |