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Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles.
Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados.
Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido
inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de
justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con
frases entrecortadas y trémulos ademanes.
En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La
biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era
un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas
atrocidades por el estilo.
El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las
mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la
prehistoria. Si sus libros hubieran estado a mano, él habría puesto a la
muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer
cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el
hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.
Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel período
matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su
resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las
escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente,
en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz
Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.
«En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se
reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma
esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad
formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos
esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio
cuenta, demasiado tarde, de que le faltaba ya la mitad de sus elementos y tuvo
necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación
progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.»
La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. «El hombre
es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia»,
dijo casi con lágrimas en los ojos.
Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió
resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el
desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y
de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.
Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de
los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a
semejanza de la vida en los palafitos.
FIN
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