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De raso negro, bordeada de armiño y con gruesos alamares de plata y de ébano,
la gorra de Andrés Salaino es la más hermosa que he visto. El maestro la compró
a un mercader veneciano y es realmente digna de un príncipe. Para no ofenderme,
se detuvo al pasar por el Mercado Viejo y eligió este bonete de fieltro gris.
Luego, queriendo celebrar el estreno nos puso de modelo el uno al otro.
Dominado mi resentimiento, dibujé una cabeza de Salaino, lo mejor que ha
salido de mi mano. Andrés aparece tocado con su hermosa gorra, y con el gesto
altanero que pasea por las calles de Florencia, creyéndose a los dieciocho años
un maestro de la pintura. A su vez, Salaino me retrató con el ridículo bonete y
con el aire de un campesino recién llegado de San Sepolcro. El maestro celebró
alegremente nuestra labor, y él mismo sintió ganas de dibujar. Decía: «Salaino
sabe reírse y no ha caído en la trampa». Y luego, dirigiéndose a mí: «Tú sigues
creyendo en la belleza. Muy caro lo pagarás. No falta en tu dibujo una línea,
pero sobran muchas. Traedme un cartón. Os enseñaré cómo se destruye la belleza».
Con un lápiz de carbón trazó el bosquejo de una bella figura: el rostro de un
ángel, tal vez el de una hermosa mujer. Nos dijo: «Mirad, aquí está naciendo la
belleza. Estos dos huecos oscuros son sus ojos; estas líneas imperceptibles, la
boca. El rostro entero carece de contorno. Ésta es la belleza». Y luego, con un
guiño: «Acabemos con ella». Y en poco tiempo, dejando caer unas líneas sobre
otras, creando espacios de luz y de sombra, hizo de memoria ante mis ojos
maravillados el retrato de Gioia. Los mismos ojos oscuros, el mismo óvalo del
rostro, la misma imperceptible sonrisa.
Cuando yo estaba más embelesado, el maestro interrumpió su trabajo y
comenzó a reír de manera extraña. «Hemos acabado con la belleza», dijo. «Ya no queda sino esta infame caricatura.» Sin comprender, yo seguía contemplando aquel rostro espléndido y sin
secretos. De pronto, el maestro rompió en dos el dibujo y arrojó los pedazos al fuego de la chimenea. Quedé inmóvil de estupor. Y entonces él hizo algo que nunca podré olvidar ni perdonar. De ordinario tan silencioso, echó a reír con una risa odiosa, frenética. «¡Anda, pronto, salva a tu señora del fuego!» Y me tomó la mano derecha y revolvió con ella las frágiles cenizas de la hoja de cartón. Vi por última vez sonreír el rostro de Gioia entre las llamas.
Con mi mano escaldada lloré silencioso, mientras Salaino celebraba ruidosamente la pesada broma del maestro.
Pero sigo creyendo en la belleza. No seré un gran pintor, y en vano olvidé en San Sepolcro las herramientas de mi padre. No seré un gran pintor, y Gioia casará con el hijo de un mercader. Pero sigo creyendo en la belleza.
Trastornado, salgo del taller y vago al azar por las calles. La belleza está en torno de mí, y llueve oro y azul sobre Florencia. La veo en los ojos oscuros de Gioia, y en el porte arrogante de Salaino, tocado con su gorra de abalorios. Y en las orillas del río me detengo a contemplar mis dos
manos ineptas.
La luz cede poco a poco y el Campanile recorta en el cielo su perfil sombrío.
El panorama de Florencia se oscurece lentamente, como un dibujo sobre el cual se
acumulan demasiadas líneas. Una campana deja caer el comienzo de la noche.
Asustado, palpo mi cuerpo y echo a correr temeroso de disolverme en el
crepúsculo. En las últimas nubes creo distinguir la sonrisa fría y desencantada
del maestro, que hiela mi corazón. Y vuelvo a caminar lentamente, cabizbajo, por
calles cada vez más sombrías, seguro de que voy a perderme en el olvido de los
hombres.
FIN
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