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Entre Dios y yo todo ha quedado resuelto desde el momento en que he aceptado
sus condiciones. Renuncio a mis propósitos y doy por terminadas mis labores
apostólicas. El infierno no podrá ser suprimido; toda obstinación de mi parte
será inútil y contraproducente. Dios se ha mostrado en esto claro y definitivo,
y ni siquiera me permitió llegar a las últimas proposiciones.
Entre otros deberes, he contraído el de hacer volver atrás a mis discípulos.
A los de la tierra, se entiende. Los del infierno seguirán esperando
inexorablemente mi regreso. En lugar de la redención prometida, no habré hecho
más que añadir un nuevo suplicio: el de la esperanza. Dios lo ha querido así.
Yo debo volver al punto de partida. Dios se niega a iluminarme y debo colocar
mi espíritu en el plano en que se hallaba antes de seguir el camino equivocado,
esto es, en vísperas de recibir las órdenes menores.
Nuestro coloquio se ha desarrollado en el sitio que ocupo desde que fui
arrebatado del infierno. Es algo así como una celda abierta en lo infinito y
ocupada totalmente por mi cuerpo.
Dios no acudió inmediatamente. Por el contrario, me pareció una eternidad la
espera, y un sentimiento de postergación indecible me hacía sufrir más que todos
los suplicios anteriores. El dolor pasado era un recuerdo grato en cierta
manera, ya que me daba ocasión de comprobar mi existencia y de percibir los
contornos de mi cuerpo. Allí, en cambio, me podía comparar a una nube, a un
islote sensible, de márgenes constituidas por estados cada vez más
inconscientes, de manera que no lograba saber hasta dónde existía ni en qué
punto me comunicaba con la nada.
Mi sola capacidad era el pensamiento, siempre más desbordado y potente. En la
soledad tuve tiempo de andar y desandar numerosos caminos; reconstruí pieza por
pieza edificios imaginarios; me extravié en mi propio laberinto, y sólo hallé la
salida cuando la voz de Dios vino a buscarme. Millones de ideas se pusieron en
fuga, y sentí que mi cabeza era la cuenca de un océano que de pronto se vaciaba.
Está por demás aclarar que fue Dios quien puso todas las condiciones del
pacto, y que a mí sólo me reservó el privilegio de aceptarlas. No fortaleció mi
juicio en modo alguno; el arbitrio fue tan completo, que su imparcialidad me
parece falta de misericordia. Se limitó a indicarme los dos caminos: recomenzar
mi vida, o ir de nuevo al infierno.
Todos dirán que el asunto no era para pensarse y que debí decidirme
inmediatamente. Pero tuve que dudar mucho. Volver atrás no es cosa sencilla; se
trata nada menos que de inaugurar una vida deshaciendo los errores y salvando
los obstáculos de otra; y esto, para un hombre que no ha dado muestras de gran
discernimiento, exige una serenidad y una resignación que Dios mismo echa de
menos en mi persona. No sería difícil errar otra vez y que el camino de
salvación se desviara nuevamente hacia el abismo.
Además, en mi conducta futura está incluida toda una serie de actos
insoportables, de humillaciones sin cuento: debo someterme y aclarar
públicamente mi nueva situación. Han de saberlo todos, discípulos y enemigos.
Los superiores cuya autoridad desprecié recibirán las cumplidas muestras de mi
obediencia. Juro que si entre tales personas no se hallara fray Lorenzo, la cosa
no sería tan grave. Pero es él precisamente quien debe enterarse primero y
aparecer como agente de mi salvación. Tendrá a su cargo la vigilancia estrecha
de mi vida, y cada una de mis acciones deberá desnudarse ante sus ojos.
Volver al infierno es también una idea desalentadora; porque no se trata
únicamente de condenación, sino de algo más fundamental: del fracaso de toda mi
labor. Mi presencia en el infierno carece ya de sentido, no tiene importancia,
desde el momento en que volvería incapacitado para convencer a nadie, para
alentar la menor esperanza, ya que Dios ha puesto punto final a mis ensueños.
Esto, descontando la naturalísima circunstancia de que en el infierno todos
habrían de sentirse defraudados. Llamándome farsante y traidor, darían a mi
mudanza interpretaciones malignas y torcidas; se dedicarían, sin duda alguna, a
martirizarme in aeternum por su cuenta...
Y aquí estoy, al borde del tiempo, asistido de mis más precarias cualidades,
hablando de miedos mezquinos, haciendo gala de amor propio. Porque no puedo
olvidar el éxito que obtuve en el infierno. Un triunfo, me atrevo a asegurarlo,
que no han visto los apóstoles de la tierra. Era un espectáculo grandioso, y en
medio estaba mi fe, inquebrantable, multiplicada, como una espada
resplandeciente en las manos de todos.
Fui a dar de bruces en el infierno, pero no dudé un solo instante. Rodeado de
diablos tenebrosos, la idea de perdición no pudo abrirse paso en mi cabeza.
Legiones de hombres sufrían tormento en máquinas horribles; sin embargo, a cada
hecho desolador, mi fe respondía: Dios quiere probarme.
Las dolencias que en la tierra me causaron mis verdugos no parecían
interrumpirse, sino que hallaban una exacta continuación. Dios mismo ha
examinado todas mis heridas y no ha podido discernir cuáles me fueron causadas
en el mundo y cuáles provenían de manos diabólicas.
No sé cuánto estuve en el infierno, pero recuerdo con claridad la rapidez y
la grandeza del apostolado. Me di incansablemente a la tarea de trasmitir a los
demás las convicciones propias: no estábamos definitivamente condenados; el
castigo subsistía gracias a la actitud rebelde y desesperada. En vez de
blasfemar, había que dar muestras de sacrificio, de humildad. El dolor sería el
mismo y nada iba a perderse con hacer una prueba. Pronto volvería Dios su vista
hacia nosotros, para darse cuenta de que habíamos comprendido sus secretos
fines. Las llamas cumplirían su obra de purificación y las puertas del cielo
iban a abrirse ya a los primeros perdonados.
Pronto empezó a tomar vuelo mi canto de esperanza. El venero de la fe comenzó
a refrescar los corazones endurecidos, con su dulce acento olvidado. Debo
confesar ciertamente que para muchos aquello significaba sólo una especie de
novedad a lo largo de la cruel monotonía. Pero al clamor se unieron hasta los
más empedernidos, y hubo demonios que olvidaron su condición y se sumaban
resueltamente a nuestras filas. Se vieron entonces cosas sorprendentes:
condenados que iban ellos mismos a los hornos y se aplicaban contra el pecho
brasas y cauterios, que saltaban a las calderas hirvientes y bebían con deleite
largos vasos de plomo fundido. Demonios temblorosos de compasión iban a ellos y
los obligaban a tomar reposo, a hacer una tregua en su actitud conmovedora. De
lugar abyecto y abisal, el infierno se había transformado en santo refugio de
espera y penitencia.
¿Qué harán ellos ahora? ¿Habrán vuelto a su rebeldía, a su desesperación, o
estarán aguardando con angustia mi regreso a un infierno que ya no podré mirar
con ojos de iluminado?
Yo, que rechacé todos los argumentos humanos, que vi sonreír el rostro de
Dios detrás de todos los tormentos, debo confesar ahora mi fracaso. Me cabe el
alivio de que fue Dios mismo quien me desengañó, y no fray Lorenzo. Me ha sido
impuesto el sacrificio de reconocerlo como salvador para castigar
suficientemente mi vanidad; y el orgullo que no se rompió en los potros, irá a
doblarse ante sus ojos crueles.
Y todo gracias a que yo quise vivir a la buena de Dios. Cosa sorprendente,
vivir a la buena de Dios trae los peores resultados. A Dios ofende una fe ciega;
pide una fe vigilante, sobrecogida. Yo aniquilé totalmente la voluntad, y por mi
espíritu y por mi cuerpo transitaron libremente los instintos y las virtudes. En
vez de dedicarme a clasificar, puse todas las fuerzas en la fe, para hacer de mi
quietismo una llama recóndita y potente; y las acciones, las dejé al capricho de
esa fuerza oscura y universal que mueve cuanto existe sobre la tierra.
Todo esto se vino abajo de golpe, cuando me di cuenta de que los actos,
buenos y malos, que yo había remitido al depósito de la conciencia general -vana
creación de nuestra mente de herejes-, se hallaban estrictamente anotados en mi
cuenta personal. Dios me hizo comprobar la existencia de balanzas y registros;
señaló uno por uno mis errores y me puso ante los ojos la afrenta de un saldo
negativo. Yo no tuve a mi favor sino la fe, una fe totalmente errada, pero cuya
solvencia Dios quiso reconocer.
Me doy cuenta de que en mi caso se comprueba la predestinación, pero ignoro
si estaré a salvo durante la nueva tentativa. Dios ha fortalecido reiteradamente
mi incertidumbre y me ha soltado de sus manos sin una sola prueba palpable, con
igual turbación ante los diferentes caminos que se abren a mis ojos inexpertos.
La humana incapacidad ha sido cuidadosamente restaurada; lo veo todo como un
sueño y no traigo ni una sola verdad como equipaje.
Poco a poco las fronteras de mi cuerpo se reducen. El vago continente va
incorporándose a la masa de mi persona. Siento que la piel envuelve y limita la
sustancia que se había derramado en un orbe de inconsciencia. Renacen lentamente
los sentidos y me comunican con el mundo y sus objetos.
Estoy en mi celda, sobre el suelo. Veo el crucifijo de la pared. Muevo una
pierna, palpo mi frente. Mis labios se remueven; percibo ya el soplo de la vida
y trato de articular, de ensayar las palabras terribles: "Yo, Alonso de Cedillo,
me retracto y abjuro..."
Luego, frente a la reja, con su linterna en la mano, observándome, distingo a
fray Lorenzo.
FIN
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