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En el jardín de Brighton, colegio de señoritas, hay dos
estatuas: la de la fundadora y la del profesor más famoso. Cierta noche -todo el
colegio, dormido- una estudiante traviesa salió a escondidas de su dormitorio y
pintó sobre el suelo, entre ambos pedestales, huellas de pasos: leves pasos de
mujer, decididos pasos de hombre que se encuentran en la glorieta y se hacen el
amor a la hora de los fantasmas. Después se retiró con el mismo sigilo,
regodeándose por adelantado. A esperar que el jardín se llene de gente. ¡Las
caras que pondrán! Cuando al día siguiente fue a gozar la broma vio que las
huellas habían sido lavadas y restregadas: algo sucias de pintura le quedaron
las manos a la estatua de la señorita fundadora.
FIN |