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En Santiago, la más importante ciudad del Reino de Chile,
justamente cuando se producía el gran terremoto del año de 1647, en el que
tantos seres perecieron, estaba atado a una pilastra de la prisión el español
Jerónimo Rugera, acusado de un hecho criminal, a punto de ser ejecutado.
Don Enrique Asterón, uno de los nobles más acaudalados
de la ciudad, le había echado de su casa hacía poco más de un año, donde se
desempeñaba como maestro, cuando descubrió sus relaciones con su única hija,
doña Josefa.
Como después de haber amonestado a su hija con
severidad el noble anciano descubriese una oculta cita que se habían dado,
gracias al celo de su orgulloso hijo con este motivo decidió confiar a la joven
al monasterio carmelita de Nuestra Señora del Monte. Gracias a una feliz
casualidad, Jerónimo había podido reanudar sus relaciones con ella, de manera
que en una tranquila noche sirviendo de escena el jardín del cementerio,
alcanzaron su total felicidad.
En la fiesta del Corpus, cuando partía la procesión de
las monjas, tras de las cuales iban las novicias, acaeció que justo entonces,
cuando sonaban las campanas, le sorprendieron a la desdichada Josefa los dolores
del parto, derrumbándose sobre los escalones de la Catedral. Este hecho provocó
un escándalo extraordinario; llevose a la pobre pecadora, sin prestar atención a
su estado, a la prisión, y apenas hubo dado a luz, por orden del arzobispo se le
instruyó proceso. En la ciudad se comentó con gran saña este escándalo y las
lenguas se dieron a tan agrias murmuraciones sobre el monasterio, donde había
sucedido todo, que ni los ruegos de la familia Asterón, ni el deseo de la misma
abadesa, que se había encariñado con la joven a causa de su conducta intachable,
pudieron atenuar el rigor con que le amenazaba la ley eclesiástica. Todo lo más
que podía suceder era que la muerte en la hoguera, a la que había sido condenada
para escarmiento de doncellas y damas de Santiago, le fuese conmutada por la
pena de ser decapitada. Ya se alquilaban las ventanas en las calles por donde
iba a pasar el cortejo de la ejecución, ya se levantaban los tejadillos de las
casas y las piadosas hijas de la ciudad invitaban a sus amigas a presenciar el
espectáculo que les depararía la ira divina.
Jerónimo, que estaba en prisión, creyó perder el juicio
cuando se enteró del giro que tomaba el asunto. Barajó en vano alguna
posibilidad de salvación; en alas de su ardiente fantasía sólo lograba
estrellarse contra los muros y los cerrojos y un intento que hizo de limar los
barrotes de su ventana le costó ser encerrado en un calabozo peor. Entonces se
prosternó a los pies de la Madre de Dios y rezó con ardiente piedad, pues Ella
era la única que podía llevarle la salvación.
Al fin llegó el día señalado y sintió en su pecho que
se desvanecía toda esperanza. Sonaron las campanas que acompañaban a Josefa al
lugar de la ejecución y la desesperación se adentró en su alma. La vida le
pareció repudiable y resolvió matarse colgándose de una correa que por azar le
habían dejado. Estaba, como ya dijimos, sujeto a una pilastra, e intentaba
asegurar el lazo que le sacaría de este valle de lágrimas de un gancho que
sobresalía de la cornisa cuando, de repente, hundióse la mayor parte de la
ciudad, con un crujido como si el cielo se derrumbase y todo lo que alentaba
vida quedó sepultado en las ruinas.
Jerónimo Rugera quedó inmóvil de espanto, al tiempo
que, como si hubiera perdido el conocimiento, se aferró a la columna donde había
pensado que hallaría la muerte, para no caer. El suelo se estremeció bajo sus
pies, los muros de la prisión se resquebrajaron, todo el edificio se inclinó
para caer hacia la calle, lo que no sucedió gracias al edificio de enfrente, que
también había cedido y le sirvió como apoyo.
Temblando, con el cabello erizado y las rodillas que
parecían querer rompérsele, se deslizó Jerónimo por el declive del suelo del
edificio, con el propósito de salir por el boquete que el choque de ambos
edificios había abierto en la pared delantera de la prisión. Apenas estuvo a
salvo cuando un segundo temblor hizo que toda la calle se desplomase por
completo.
Transcurrió casi un cuarto de hora en que estuvo
completamente sin conocimiento, hasta que despertó de nuevo y, con la espalda
vuelta hacia la ciudad, medio se incorporó del suelo. Inconsciente, sin saber
cómo podría salvarse de esta catástrofe, se apresuró a huir lejos de los
cascotes y maderos, que por todos lados amenazaban con matarle, en busca de la
puerta más cercana de la ciudad. Todavía aquí se derrumbó una casa, por lo que
corrió, para evitar los escombros, hacia una calle cercana; más lejos, llamas
refulgentes entre grandes humaredas lamían las cúpulas, haciéndole huir asustado
hacia otra calle, pero he aquí que el Mapuche sale de cauce y le arrastra en sus
hirvientes ondas hacia otra.
Aquí yace un montón de cadáveres, allá se oye una voz
plañidera entre las ruinas, acá se oyen los gritos de la gente encaramada en los
tejados ardiendo, allí hombres y animales luchan con las olas; ora un hombre de
coraje se lanza a salvar a alguien, ora otro, pálido como la muerte, extiende
mudo las manos trémulas al cielo.
Cuando Jerónimo estuvo a las puertas de la ciudad y
pudo alcanzar una colina cayó sin sentido sobre la tierra. Luego se palpó la
frente y el pecho, incapaz de saber qué debía hacer en tales circunstancias y
sintió un inefable placer cuando la brisa del mar le refrescó al volver en sí, y
su vista se volvió en todas direcciones para admirar la hermosa región de
Santiago. Sólo la entristecida muchedumbre que se veía en derredor acongojaba su
corazón; no comprendía por qué tanto él como ellos estaban en aquel lugar, y
sólo cuando al volverse vio la ciudad hundida recordó los terribles instantes
vividos. Se inclinó profundamente, hasta tocar el suelo con la frente, para dar
gracias a Dios por su salvación; y a la vez, como si se despojase de la terrible
impresión que oprimía su alma y sofocaba todas las demás, se echó a llorar,
rebosante de alegría, pues aún gozaba de la vida espléndida y de todas sus
bellas imágenes.
Como viese en su mano un anillo, recordó de pronto a
Josefa, a la prisión, a las campanas que había oído y el instante en que todo se
había desplomado. Su pecho volvió a llenarse de congoja, y se arrepintió de su
alegre oración y le pareció terrible el Ser que reinaba desde el firmamento. Se
confundió con el pueblo, que se preocupaba por salvar el resto de sus
propiedades, y fue a la puerta, y con gran temor se atrevió a preguntar si
habían ejecutado a la hija de Asterón; pero nadie supo responderle. Una mujer
que cargaba una gran cantidad de utensilios, hasta el punto de llevar doblada la
cerviz casi hasta tocar la tierra, y dos niños pendiendo del pecho, le dijo al
pasar como si ella misma le hubiera visto, que la habían decapitado. Jerónimo
diose la vuelta, y como ya no podía dudar de que Josefa hubiese muerto, se
internó en un bosque donde se dejó caer entregado a su dolor. Hubiera deseado
que la furia de la Naturaleza volviera a descargar sobre él. No entendía por qué
ahora la muerte se apartaba de su alma ensombrecida, ya que tanto la ansiaba y
le parecía su verdadera salvación. Se propuso entonces no vacilar, aunque los
robles estuviesen desarraigados y las copas a punto de caer sobre él. Así pues,
después de haber llorado mucho, como del ardiente llanto volviesen a renacer las
esperanzas, se levantó y miró el campo en todas direcciones. Luego recorrió
todas las cimas de las montañas donde la gente se había agrupado; anduvo por
todos los caminos donde rebullía la corriente de la marea; allá donde el viento
agitaba una túnica femenina, allí le arrastraban sus vacilantes pies; con todo,
ninguna cubría a la adorada hija de Asterón.
El sol declinaba hacia el ocaso y con él morían sus
esperanzas, cuando llegó a lo alto de un peñasco que daba sobre un vasto valle
en el que se veían muy pocas personas. Vacilante, sin saber qué hacer, recorrió
con la vista los distintos grupos, y ya estaba a punto de volverse cuando vio a
una mujer joven ocupada en bañar en las ondas de un arroyo a un niño. Al ver
esto, con el corazón palpitante, echó a correr cuesta abajo lleno de
presentimientos, gritando: "¡Virgen Santísima!", y reconoció a Josefa, que, al
oír ruidos, se había vuelto, temerosa.
¡Con cuánta dulzura se estrechan los infortunados
amantes que un milagro había salvado! Josefa iba camino de la muerte y estaba al
borde del cadalso, cuando de repente los edificios se desmoronaron sobre la
comitiva. Lo primero que hizo fue dirigirse a la puerta más cercana, pero se
detuvo a pensar y se dirigió presurosamente donde estaba su hijito desamparado.
En la puerta del monasterio en llamas encontró a la abadesa, que en aquellos sus
últimos momentos pedía que salvasen al niño. Josefa, con valor, se abalanzó por
medio de la humareda que la ahogaba, y aunque por todas partes se desmoronaban
las paredes, como si todos los ángeles del cielo la guardasen, pudo salir
indemne con el niño en los brazos.
Quiso prestar auxilio a la abadesa desesperada, cuando
he aquí que tanto ella como las demás monjas quedan sepultadas bajo la fachada
que se derrumba. Josefa se estremeció a la vista de este horrible hecho, tan
rápidamente como pudo cerró los ojos a la abadesa y se alejó aterrorizada con su
adorado niño que el cielo le devolvía, para salvarlo de la catástrofe. Apenas
había dado unos pasos cuando tropezó con el cuerpo del arzobispo que, al
derrumbarse la Catedral, había quedado al descubierto. El Palacio del Virrey se
había hundido, la Audiencia donde se le había juzgado era devorada por las
llamas y en el lugar donde había estado su casa paterna había un lago del que
emergían tejados encendidos. Josefa trató de darse fuerzas y conservó toda su
entereza. Tratando de sofocar la pena de su pecho, con gran valor, con su
preciado botín en los brazos corrió de calle en calle y ya cerca de la puerta de
la ciudad vio los escombros de la cárcel donde debía estar Jerónimo. A la vista
de esto vaciló y estuvo a punto de caer desvanecida, a no ser porque justamente
en ese momento poco faltó para que la aplastase un edificio que se derrumbaba,
de modo tal que el desfallecimiento fue superado merced al terror; besó al niño,
se secó las lágrimas y sin prestar atención a la catástrofe que la rodeaba llegó
a la puerta. Cuando estuvo a salvo en el campo pensó que no todos los que
hubieran estado en un edificio tenían que haber perdido la vida. En el primer
recodo que encontró se detuvo y aguardó por si aparecía aquel a quien amaba más
que a nadie en el mundo, después de su pequeño Felipe. Después, vertiendo muchas
lágrimas, se internó en un valle sombreado de pinos para orar por el alma de
quien creía perdido; y he aquí que da en el valle con el amado, como si este
valle fuese el del Paraíso.
Muy conmovida, refirió todo esto a Jerónimo y cuando
terminó le acercó el niño para que lo besase. Jerónimo lo tomó en sus brazos y
le hizo mil caricias y como el niño llorase extrañando su rostro, volvió a
acariciarlo hasta hacerlo callar. Mientras tanto, caía la noche hermosísima y
plateada, embalsamada por suaves aromas, tan refulgente y callada que pudiera
soñarla un poeta. Por todas partes, a lo largo del valle, reposaban los hombres
a la luz de la luna y disponían muelles, lechos de hierba y follaje para
descansar tras tantos días penosos. Pero como muchos desdichados se lamentasen,
unos por haber perdido la casa, otros la mujer y el hijo y otros por haber
perdido completamente todo, Jerónimo y Josefa se deslizaron hacia un denso
matorral para no molestar a nadie con el secreto júbilo de sus almas.
Encontraron un granado soberbio que extendía sus ramas, cargadas de frutos, y en
cuya copa el ruiseñor hacía resonar su alegre melodía.
Jerónimo y Josefa, en cuyo regazo reposaba el niño, se
sentaron cerca del tronco y, cubriéndose con la capa, descansaron. La sombra del
árbol, alternando con las luces, se alargaba sobre ellos y la luna se desvaneció
al amanecer, antes de que se durmiesen, pues tenían mucho que decirse, del
convento, de la prisión y de todo lo que los dos habían padecido; y mucho se
emocionaron al considerar cuánta desgracia había tenido que caer sobre el mundo
para que ellos pudiesen ser dichosos. Resolvieron que, no bien acabasen los
temblores de tierra, irían a la Concepción, donde Josefa tenía una fiel amiga,
para luego, con un pequeño préstamo que esperaban obtener, viajar en barco a
España, donde vivían los familiares maternos de Jerónimo. Allí podrían llevar
una vida feliz. Con esto, entre beso y beso, se durmieron.
Despertaron cuando el sol ya estaba muy alto en el
cielo y advirtieron que cerca de ellos había muchas familias ocupadas en
preparar algo de comer. Jerónimo estaba pensando que también él debería buscar
provisiones para los suyos, cuando un hombre bien vestido, con un niño en los
brazos, se acercó a Josefa y le preguntó con humildad si podría darle el pecho,
aunque sólo fuese un poco, a aquel pobre niño, cuya madre enferma yacía entre
los árboles. Josefa quedó desconcertada ante ese rostro, que le era conocido.
Él, que interpretó mal su desconcierto, agregó: "Sólo un poco, doña Josefa, pues
este niño, desde la hora en que nos hizo a todos desdichados, no ha probado
nada". Ella repuso: "Callo por otras razones, don Fernando; en estos tiempos
horribles que nos ha tocado vivir nadie se puede negar a compartir lo que
tiene"; tomó al niño en sus brazos, en tanto que daba su propio hijo al padre, y
se lo llevó al pecho. Don Fernando quedó muy agradecido por el favor y le
preguntó si no quería unirse al grupo, donde preparaban al fuego algo de comer.
Josefa respondió que aceptaba con gusto su ofrecimiento. Y como Jerónimo no
hiciese ninguna objeción, le siguió hasta donde estaba su familia, por la cual
fue recibido cariñosamente. Allí estaban las dos cuñadas de don Fernando, a las
que reconoció como nobles damas.
También doña Elvira, esposa de don Fernando, que yacía
en tierra con los pies lastimados, con mucha amabilidad atrajo hacia sí a
Josefa, que aún llevaba a su pobre niño al pecho. Asimismo don Pedro, su suegro,
herido en un hombro, le hizo una cordial inclinación de cabeza. Por la mente de
Jerónimo y de Josefa cruzaron muchos y raros pensamientos. Al verse tratados con
tanta bondad y confianza no supieron qué pensar del pasado, del cadalso, de la
prisión y de las campanas. ¿Todo había sido un sueño acaso? Parecía como si los
ánimos se hubiesen reconciliado después de la horrorosa conmoción. No deseaban
recordar nada. Únicamente doña Isabel, que había sido invitada por una amiga el
día anterior para ver el espectáculo, y que había rechazado la invitación, a
veces volvía su mirada soñadora a Josefa. Con todo, la idea de haber escapado a
un infortunio cruel le volvía el ánimo que parecía desalojado de su ser. Se
contaba que en la ciudad, que estaba llena de mujeres, al primer temblor de
tierra todas sucumbieron a la vista de los hombres, cómo los monjes con el
crucifijo en la mano corrían dando gritos de que había llegado el fin del mundo
y cómo un centinela a quien por orden del virrey le dijeron que evacuase una
iglesia, exclamó: que ya no había virrey, y cómo este, en aquellos momentos
terribles, quiso levantar patíbulos para reprimir el pillaje y cómo un infeliz
que había escapado de una casa ardiendo fue atrapado por su dueño y ahorcado.
Doña Elvira, cuyas heridas Josefa cuidaba, aprovechando
un momento en que los relatos tan vivazmente hechos se habían entrecruzado,
aprovechó para preguntarle qué le había ocurrido aquel día terrible, a lo que
Josefa respondió, con ánimo apesadumbrado, contándole lo principal, y sintió
gran satisfacción al notar llanto en los ojos de la dama. Doña Elvira le tomó la
mano, la oprimió y con un gesto le indicó que callara. Josefa sintió que la
embargaba la felicidad. No podía desechar el sentimiento de que aquel día, por
muchas desgracias que hubiera causado, era para ella un gran beneficio, mejor
que ningún otro de los que el cielo le hubiese otorgado. Y aunque todos los
bienes terrenales se destruían en aquellos odiosos instantes y la naturaleza
entera amenazaba desplomarse, en verdad le parecía que el espíritu humano, tal
una bella flor, volviera a renacer.
En los campos hasta donde llegaba la mirada veíanse
hombres de toda condición, príncipes y mendigos, damas y campesinas,
funcionarios y jornaleros, monjes y monjas, ayudándose unos a otros y
compadeciéndose, comportándose entre sí, con alegría quien había salido con
vida, como si la desgracia general los hubiera agrupado en una gran familia en
lugar de las intranscendentes conversaciones que son corrientes en los
comensales cuando se reúnen en torno a una mesa. Referíanse casos de acciones
heroicas: hombres que apenas eran tomados en cuenta por la sociedad habían
realizado hechos de romanos, ejemplos sin par de coraje, de total desdén por el
peligro, de abnegación y de entrega maravillosa, de inmediato sacrificio de la
vida como si poco o nada valiera, y poco después se volviera a encontrar. Sí, no
había nadie en este día que no pudiese dar cuenta de algo emocionante que le
hubiese sucedido o algo grandioso que hubiese realizado de modo que el dolor se
confundía con el placer en el pecho de los hombres hasta el punto de que Josefa
no podía asegurar si la suma de la generosidad no vencería los perjuicios que
habían sido ocasionados. Jerónimo tomó a Josefa por el brazo, después que ambos
se habían hecho, callados, estas reflexiones y, con mucha alegría, la llevó
hacia el sombreado rincón del bosquecillo de granados. Allí le dijo que, después
de considerar el estado de los ánimos y de las circunstancias, desistía del
viaje a Europa: que iría a echarse a los pies del virrey, en caso de que aún
estuviese con vida, y que tenía esperanzas (y aquí le dio un beso) de poder
vivir con ella en Chile. Josefa respondió que a ella ya se le habían pasado por
la mente las mismas ideas, que no dudaba que su padre, si aún vivía, la
perdonaría, pero que en vez de ir a echarse de rodillas era preferible ir a la
Concepción y desde allí pedir clemencia por escrito, de manera que pudiesen
estar cerca del puerto, y en caso de que todo se resolviese favorablemente poder
regresar con facilidad a Santiago. Después de meditar un poco, Jerónimo aprobó
la prudencia de estas medidas y después de alejar sus pasos adelantándose a los
alegres instantes del futuro, regresó con ella hacia el grupo.
Mientras tanto la tarde había caído y los exaltados
ánimos de quienes habían escapado al terremoto se habían tranquilizado un poco,
cuando se divulgó la noticia de que en la iglesia de los Dominicos, la única
librada del terremoto, iba a celebrarse una misa de acción de gracias que diría
el prelado del monasterio para pedir al cielo protección de posibles desgracias.
El pueblo de todas las comarcas se abalanzó en masa
hacia la ciudad. En el grupo de don Fernando todos se preguntaron si no
convendría participar de la solemnidad y unirse a la comitiva. Doña Isabel
recordó con timidez la desgracia que había acaecido la víspera en la iglesia y
dijo que estos oficios de acción de gracias volverían a repetirse, y que
entonces, cuando todo el peligro hubiese quedado atrás, podrían entregarse con
mucha más tranquilidad y alegría a estas manifestaciones. Josefa, manifestando
un excepcional entusiasmo, dijo que jamás hasta entonces había sentido tan vivos
deseos de prosternarse ante el Creador, que demostraba así sus insondables y
poderosos designios. Doña Elvira se puso de parte de Josefa con tanta decisión
que se resolvió ir a oír misa y se llamó a don Fernando para que encabezase la
comitiva, a la que también se incorporó doña Isabel.
Como ésta asistiese a los preparativos de la marcha
toda temblorosa y anhelante, al preguntarle qué le ocurría respondió que no
sabía por qué pero tenía el presentimiento de que algo malo les iba a acontecer.
Doña Elvira la tranquilizó y le pidió que se quedara con ella y con su padre
enfermo. Josefa dijo: "Doña Isabel, tomad ahora al niño, que como habréis
advertido se encuentra muy a gusto conmigo". "De muy buena gana" -respondió doña
Isabel, disponiéndose a tomarlo, pero éste, al ver lo que ocurría, empezó a
gritar lastimosamente y no accedió, según dijo Josefa, a que lo separasen, por
lo que Josefa volvió a besarlo dulcemente.
Don Fernando, que estaba muy complacido con su generoso
proceder, le ofreció el brazo; Jerónimo, que cargaba en brazos al pequeño
Felipe, acompañaba a doña Constanza, y tras de éstos iban todos los demás
componentes del grupo. Apenas habían dado cincuenta pasos cuando doña Isabel,
que entre tanto había hablado por lo bajo y con cierta viveza a doña Elvira,
gritó: "Don Fernando" y fue presurosa hacia la comitiva con pasos vacilantes.
Don Fernando se detuvo y se volvió; esperó a que llegase, sin abandonar a
Josefa, y como pareciese que ella le aguardaba a cierta distancia, le preguntó
qué quería. Doña Isabel se acercó, aunque al parecer de no muy buena gana y le
susurró unas palabras al oído, de modo que Josefa no pudiese oírlas. "Entonces
-preguntó don Fernando-, ¿qué desgracia puede seguir a esto?". Doña Isabel
continuó secreteando a su oído con rostro descompuesto. Don Fernando enrojeció
molesto y respondió: "Está bien". Doña Elvira pareció tranquilizarse y continuó
dando el brazo a su dama.
Cuando llegaron a la iglesia de los dominicos el órgano
resonaba en toda su majestuosa belleza y una gigantesca muchedumbre se agitaba
en el interior. La multitud llegaba hasta la puerta principal y salía hasta la
explanada de la iglesia; subidos por las paredes, tomándose de los marcos de los
cuadros, había niños que, con el gorro en la mano, observaban todo con mirada
expectante. Las lámparas brillaban, las pilastras en el atardecer proyectaban
sus sombras misteriosas y el gran rosetón de cristal de colores relucía
enrojecido sobre el muro del fondo de la iglesia, como el sol poniente que lo
encendía. Callado ahora el órgano, la muchedumbre permanecía silenciosa como si
se hubieran ahogado las voces en su pecho. Nunca, en ninguna catedral cristiana,
se había visto una llama de piedad que subiese hasta el cielo tan alta como
aquel día en la catedral de los dominicos de Santiago; y en ningún pecho
alentaba una fe más viva que en los de Jerónimo y Josefa.
La solemnidad comenzó con un sermón que dijo desde el
púlpito el monje más antiguo de la comunidad, vestido con el atavío de fiesta.
Empezó por dar gracias y alabanzas a Dios y elevando sus trémulos brazos hacia
el cielo agradeció que todavía hubiese seres humanos, rescatados de las ruinas
de este descomunal derrumbamiento, con fuerzas para balbucear el nombre de Dios.
Describió lo que parecía una advertencia del Todopoderoso, agregando que el
Juicio Final no le iría en zaga, y como dijese que el terremoto de la víspera
era una señal -y mientras decía esto indicaba una brecha en la catedral- toda la
asistencia sintió un estremecimiento. Después, dejándose llevar por esa fluida
elocuencia de los predicadores, destacó la corrupción de la ciudad; dirigió toda
clase de horrores sobre ella, como Sodoma y Gomorra no habían conocido, y pintó
la inagotable indulgencia divina que no les había reducido a polvo. Pero como si
un puñal atravesase el corazón de los dos desdichados, oyeron al predicador
mencionar la criminal acción que había tenido como escenario el monasterio de
los carmelitas; refutó impía la indulgencia que habían recibido del mundo, y en
una de sus rebuscadas imprecaciones encomendó a los príncipes del infierno las
almas de los culpables, cuyos nombres pronunció cuidadosamente.
Doña Constanza, sacudiendo el brazo de Jerónimo, dijo:
"Don Fernando..." Éste respondió con energía, pero tan quedo que ambos apenas
pudieron oír: "Callad, doña Elvira. No pestañeéis siquiera y simulad que os da
un desmayo, con lo que podremos dejar la iglesia". Pero antes de que doña
Constanza hubiese podido llevar a cabo estas prudentes medidas para su salvación
una voz interrumpió el sermón al grito de: "Apartaos, gente de Santiago, aquí
están los impíos". Como otra voz espantada, que promovió en torno suyo un
círculo de horror, preguntase: "¿Dónde?" "Aquí" -respondió un tercero que,
dominado por una santa ira, agarró a Josefa por los cabellos, de modo tal que
hubiera caído al suelo con el hijo de don Fernando de no haber sido porque éste
la sostuvo. "Estáis locos -exclamó el joven, y tomó a Josefa por el brazo". "Soy
Fernando Ormez, hijo del comandante de la ciudad, a quien todos conocéis". "¿Don
Fernando Ormez?" -gritó, plantándose ante él un zapatero remendón, que había
trabajado para Josefa y la conocía por lo menos tanto como a sus diminutos pies.
"¿Quién es el padre de esta criatura?" -preguntó con desenfado a la hija de
Asterón. Don Fernando palideció al oír la pregunta. Tan pronto echó una mirada a
Jerónimo, como encaró a la multitud, por si había alguien que le conociera.
Obligada por la horrible situación, Josefa exclamó: "Éste no es mi hijo, maestro
Pedrillo, como creéis", y mientras miraba con infinita angustia a don Fernando
dijo: "Este joven caballero es don Fernando Ormez, hijo del comandante de la
ciudad, al que todos conocéis". El zapatero preguntó: "¿Quién de vosotros,
señores, conoce a este joven?". Y varios de los presentes vociferaron: "Quien
conozca a Jerónimo Rugera que se adelante". Sucedió que en ese mismo momento el
pequeño Juan, asustado por el tumulto, se desprendió del pecho de Josefa y
alargó los brazos hacia don Fernando. Una voz exclamó: "Es el padre" y otra
dijo: "Es Jerónimo Rugera", y una tercera voz agregó: "Aquí están los
sacrílegos. ¡Lapidadlos, lapidadlos!", gritaba toda la cristiandad en el templo
de Jesús. Entonces Jerónimo exclamó: "¡Alto, monstruos! Si es a Jerónimo Rugera
a quien buscáis, aquí está. Libertad a ese caballero, que es inocente". La
turba, enardecida y desconcertada por las declaraciones de Jerónimo, se contuvo:
varias manos soltaron a don Fernando, y como en el mismo momento se apresurase
un marino de alto rango, y saliendo de entre la multitud, inquiriese: "Don
Fernando Ormez, ¿qué os sucede?", éste respondió, ya libre, con verdadera sangre
fría, propia de un héroe: "Ya lo veis, don Alonso, son estos desaforados. A
estas horas estaría perdido de no haber sido por este honrado hombre que, para
calmar a la muchedumbre rabiosa, ha simulado ser Jerónimo Rugera. Hacedme la
gracia de guardarles en prisión junto a esta joven dama para su mayor seguridad:
y también a este mequetrefe -dijo agarrando al maestro Pedrillo-, que es el que
ha provocado todo el alboroto".
El zapatero gritó: "Don Alonso Onoreja, en conciencia
os pregunto: ¿Acaso no es esta joven Josefa Asterón?". Como don Alonso, que
conocía muy bien a Josefa, demorase en responder, y varias voces enardecidas por
la ira exclamasen: "Es ella, es ella", y "Matadla", Josefa dio a don Fernando el
pequeño Felipe, que Jerónimo tenía en sus brazos, y casi al mismo tiempo al
pequeño Juan que ella llevaba, diciéndole: "Don Fernando, guardad a los niños y
dejadnos librados a nuestro destino". Don Fernando tomó a ambos niños, y dijo
que prefería morir antes que ceder y que les acaeciese algo malo a sus amigos.
Después de pedirle la espada al oficial marino, ofreció el brazo a Josefa y dijo
a la otra pareja que le siguiesen. De tal manera lograron salir de la iglesia,
mientras todos con respeto les hacían sitio suficiente para pasar y creyéronse a
salvo. Pero apenas habían salido de entre la muchedumbre que llenaba la plaza,
cuando una voz gritó, destacándose de entre el rabioso gentío: "Éste es Jerónimo
Rugera, ciudadanos; yo soy su propio padre", mientras descargaba un mazazo sobre
doña Constanza, que iba a su lado y que se desplomó sin vida junto a Jerónimo.
"Bárbaro -exclamó un desconocido-, ésta era doña Constanza Xares". "¿Por qué nos
habéis mentido? - respondió el zapatero-. Buscad a la verdadera y matadla". Don
Fernando, al ver el cadáver de doña Constanza, presa de incontenible frenesí,
sacó la espada y, blandiéndola, la descargó sobre el fanático asesino que había
causado la atrocidad, el cual se libró del golpe merced a un rápido giro de su
cuerpo. Como viese que no podía contener a la multitud que se abalanzaba, Josefa
gritó: "¡Salvaos, don Fernando, y salvad a los niños!", y exclamando: "¡Matadme,
tigres sedientos de sangre!", se arrojó sin vacilar sobre ellos, para dar fin a
la contienda. El maestro Pedrillo la golpeó con la maza. Luego, salpicado con su
sangre, gritó: "Enviad a ese bastardo al infierno", y lo acometió presa de
insaciable ferocidad homicida.
Don Fernando, este divino héroe, apoyada su espalda en
la pared del templo, sostenía en su mano izquierda a los niños y en su derecha
la espada. De un golpe abatió a uno. Un león no se defiende mejor. Siete perros
cayeron muertos ante él, incluso el cabecilla de la turba satánica estaba
herido. Pero el maestro Pedrillo no cejó hasta arrancarle uno de los niños del
brazo, y después de haberle girado en alto, fue a estamparle contra una pilastra
que había en un rincón de la iglesia. Con esto se apaciguó y todos se retiraron.
Don Fernando, a la vista de su pequeño Juan con los sesos derramados fuera del
cráneo, levantó los ojos al cielo, embargado por un indecible dolor. El oficial
marino acudió de nuevo a su lado, intentó consolarle y le aseguró que le dolía
haber permanecido inactivo durante los desgraciados sucesos aunque había sido
incapaz debido a las circunstancias. Don Fernando le dijo que no había nada que
reprocharle y le rogó que le ayudase a sacar los cadáveres. Los llevaron en la
oscuridad de la noche a casa de don Alonso, donde don Fernando los siguió,
llorando sin consuelo sobre el cuerpo del pequeño Felipe. Pasó la noche con don
Alonso y dudó si decirle a su esposa, mediante falsos rodeos, toda la verdad del
infortunio, en parte porque estaba enferma y en parte porque no sabía cómo
juzgaría su conducta en estos sucesos; poco después, enterada ésta casualmente
por una visita que recibió de todo lo acaecido, esta excelente dama lloró en
silencio su dolor de madre y una mañana, con lágrimas en los ojos, abrazó a su
marido. Don Fernando y doña Elvira adoptaron al pequeño, y cuando don Fernando
comparaba a Felipe con Juan, y cómo los había logrado, le parecía que hasta
debía alegrarse. |