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El caballero Ubaldo, una tranquila tarde de otoño mientras cazaba, se
encontró alejado de los suyos, y cabalgaba por los montes desiertos y boscosos
cuando vio venir hacia él a un hombre vestido con ropas extrañas. El desconocido
no advirtió la presencia del caballero hasta que estuvo delante de él. Ubaldo
vio con estupor que vestía un jubón magnífico y muy adornado pero descolorido y
pasado de moda. Su rostro era hermoso, aunque pálido, y estaba cubierto por una
barba tupida y descuidada.
Los dos se saludaron sorprendidos y Ubaldo explicó que, por desgracia, se
encontraba perdido. El sol se había ocultado detrás de los montes y aquel lugar
se encontraba lejos de cualquier sitio habitado. El desconocido ofreció entonces
al caballero pasar la noche en su compañía. Al día, añadió, le indicaría la
única manera de salir de aquellos bosques. Ubaldo aceptó y lo siguió a través de
los desiertos desfiladeros.
Pronto llegaron a un elevado risco a cuyo pie se encontraba una espaciosa
cueva, en medio de la cual había una piedra y sobre la piedra un crucifijo de
madera. Al fondo estaba situada una yacija de hojas secas. Ubaldo ató su caballo
a la entrada y, mientras, el huésped trajo en silencio pan y vino. Después de
haberse sentado, el caballero, a quien no le parecían las ropas del desconocido
propias de un ermitaño, no pudo por más que preguntarle quién era y qué lo había
llevado hasta allí.
-No indagues quién soy -respondió secamente el ermitaño, y su rostro se
volvió sombrío y severo. Entonces Ubaldo notó que el ermitaño escuchaba con
atención y se sumía en profundas meditaciones cuando empezó a contarle algunos
viajes y gestas gloriosas que había realizado en su juventud. Finalmente Ubaldo,
cansado, se acostó en la yacija que le había ofrecido su huésped y se durmió
pronto, mientras el ermitaño se sentaba en el suelo a la entrada de la cueva.
A la mitad de la noche el caballero, turbado por agitados sueños, se despertó
sobresaltado y se incorporó. Afuera, la luna bañaba con su clara luz el
silencioso perfil de los montes. Delante de la caverna vio al desconocido
paseando intranquilo de aquí para allá bajo los grandes árboles. Cantaba con voz
profunda una canción de la que Ubaldo sólo consiguió entender estas palabras:
- Me arrastra fuera de la cueva el temor.
- Me llaman viejas melodías.
- Dulce pecado, déjame
- O póstrame en el suelo
- Frente al embrujo de esta canción,
- Ocultándome en las entrañas de la tierra.
-
- ¡Dios! Querría suplicarte con fervor,
- Mas las imágenes del mundo siempre
- Se interponen entre nosotros,
- Y el rumor de los bosques
- Me llena de terror el alma.
- ¡Severo Dios, te temo!
-
- ¡Oh, rompe también mis cadenas!
- Para salvar a todos los hombres
- Sufriste tú una amarga muerte.
- Estoy perdido ante las puertas del infierno.
- ¡Qué desamparado estoy!
- ¡Jesús, ayúdame en mi angustia!
Al terminar su canción se sentó sobre una roca y pareció murmurar una
imperceptible oración, semejante a una confusa fórmula mágica. El rumor del
riachuelo cercano a las montañas y el leve silbido de los abetos se unieron en
una misma melodía, y Ubaldo, vencido por el sueño, cayó de nuevo sobre su lecho.
Apenas brillaron los primeros rayos de la mañana a través de las copas de los
árboles, cuando el ermitaño se presentó ante el caballero para mostrarle el
camino hacia los desfiladeros. Ubaldo montó alegre su caballo y su extraño guía
cabalgó en silencio junto a él. Pronto alcanzaron la cima del monte, y
contemplaron la deslumbrante llanura que aparecía súbitamente a sus pies con sus
torrentes, ciudades y fortalezas en la hermosa luz de la mañana. El ermitaño
pareció especialmente sorprendido:
-¡Ah, qué hermoso es el mundo! -exclamó turbado, cubrió su rostro con ambas
manos y se apresuró a adentrarse de nuevo en los bosques. Ubaldo, moviendo la
cabeza, tomó el conocido camino que conducía a su castillo.
La curiosidad lo empujó de nuevo a buscar aquellas soledades, y, aunque con
esfuerzo, consiguió encontrar la cueva, donde el ermitaño lo recibió esta vez
sombrío y silencioso.
Ubaldo, por el canto nocturno del ermitaño en el primer encuentro, supo que
éste quería sinceramente expiar graves pecados, pero le pareció que su espíritu
luchaba en vano contra el enemigo, pues en su conducta no existía la alegre
confianza de un alma verdaderamente sumisa a la voluntad de Dios, y, con
frecuencia, cuando conversaban sentados uno junto al otro, irrumpía una
contenida ansiedad terrenal con una fuerza terrible en los extraviados y
llameantes ojos de aquel hombre, transformando su fisonomía y dándole un cierto
aire salvaje.
Esto impulsó al piadoso caballero a hacer más frecuentes sus visitas para
ayudar con todas sus fuerzas a aquel espíritu vacilante. Sin embargo, el
ermitaño calló su nombre y su vida anterior durante todo aquel tiempo, y parecía
temeroso de su pasado. Pero, con cada visita se tornaba más apacible y confiado.
Así, finalmente consiguió el buen caballero convencerlo para que lo acompañara a
su castillo.
Ya había anochecido cuando llegaron a la fortaleza. El caballero Ubaldo
ordenó encender un hermoso fuego en la chimenea e hizo traer el mejor vino de
cuantos tenía. Era la primera vez que el ermitaño parecía encontrarse a gusto.
Observaba muy atentamente una espada y otras armas que, colgadas en la pared,
reflejaban los destellos de la lumbre, y luego contemplaba silenciosamente al
caballero.
-Vos sois feliz -dijo-, y veo vuestra firme y gallarda figura con verdadero
temor y profundo respeto; vivís sin que os conmueva la alegría ni el dolor, y
domináis con serena tranquilidad la vida, al igual que un navegante que sabe
manejar el timón, y no se deja confundir con el maravilloso canto de las
sirenas. Junto a vos me he sentido muchas veces como un necio cobarde o como un
loco. Hay personas embriagadas de vida. ¡Qué terrible es volver de nuevo a la
sobriedad!
Ubaldo, que no quería desaprovechar aquel desacostumbrado comportamiento de
su huésped, le insistió con entusiasmo para que le revelara la historia de su
vida. El ermitaño se quedó pensativo.
-Si me prometéis -dijo finalmente- mantener eternamente en secreto lo que voy
a contaros y me permitís omitir los nombres, lo haré.
El caballero levantó la mano en señal de juramento y llamó a continuación a
su mujer, de cuyo silencio respondía, para que participase junto con él de la
historia tan ansiosamente esperada.
Ésta apareció con un niño en sus brazos y llevando a otro de la mano. Era
alta y de hermosa figura en su floreciente juventud, silenciosa y dulce como el
crepúsculo, reflejando en los encantadores niños su propia belleza. El huésped
se sintió profundamente confundido al verla. Abrió bruscamente la ventana y,
pensativo, detuvo su mirada unos instantes en el bosque oscurecido.
Tranquilizado, volvió junto a ellos, se sentaron alrededor del fuego y empezó a
hablar de la siguiente manera:
«El tibio sol del otoño se levantaba sobre la niebla azul que cubría los
valles cercanos a mi castillo. La música había callado, la fiesta terminaba y
los animados invitados se dispersaban. Era una fiesta de despedida que yo
ofrecía a mi más querido amigo, que aquel día, con su hueste, se había armado de
la Santa Cruz para unirse al ejército cristiano en la conquista de Tierra Santa.
Desde nuestra más temprana juventud era esta empresa nuestra única meta, el
único deseo y la única esperanza de nuestros sueños de adolescencia. Aún hoy
recuerdo con indescriptible nostalgia aquel tiempo tranquilo como la mañana,
cuando, sentados bajo los altos tilos de mi castillo, seguíamos con la
imaginación las nubes navegantes hacia aquella tierra bendita, donde Godofredo y
otros héroes vivían y combatían en el claro esplendor de la gloria. Pero, ¡qué
pronto cambió todo en mí!
»Una doncella, flor de toda belleza, que había visto muy poco y de la cual,
sin que ella lo supiera, estaba perdidamente enamorado, me retenía en la cárcel
silenciosa de estas montañas. Sí, yo era lo bastante fuerte para luchar, pero no
tuve el valor de alejarme, y dejé marchar solo al amigo.
»También la doncella había participado en la fiesta y yo había sucumbido al
esplendor de su hermosura. Al alba, cuando ella iba a despedirse y yo la ayudaba
a montar en su caballo, tuve el valor de confesarle que, si era su voluntad,
renunciaría a mi empresa. Ella no dijo nada y me miró fijamente, casi con
horror, y salió al galope.»
Oyendo estas palabras, Ubaldo y su mujer se miraron sin ocultar su asombro.
Pero el huésped no lo advirtió y siguió su relato:
«Todos se habían ido. Los rayos del sol, a través de las altas ventanas
ojivales, entraban en los salones vacíos, donde sólo resonaban mis pasos.
Permanecí largo tiempo asomado al mirador; del silencioso bosque llegaban los
acompasados golpes de las hachas de los leñadores. Tan grande era mi soledad,
que, en un momento, se apoderó de mí una indescriptible ansiedad. No pude
soportarlo: monté sobre mi caballo y salí de caza para aliviar mi oprimido
corazón.
»Erré durante mucho tiempo y, finalmente, me encontré perdido en un paraje
desconocido entre las montañas. Cabalgaba pensativo, con mi halcón en la mano a
través de un prado maravilloso que acariciaban los oblicuos rayos del sol
poniente. Las nubes otoñales se movían ligeras en el aire azul y sobre las
montañas se oían los cantos de adiós de los pájaros migratorios.
»De repente llegó a mis oídos el sonido de varios cuernos de caza que
parecían responderse unos a otros desde las cimas. Algunas voces los acompañaban
con un canto. Hasta entonces, ninguna melodía me había conmovido de tal manera,
y, aún hoy, recuerdo algunas de sus estrofas, que llegaban a mí a través del
viento:
- Por lo alto, en bandadas amarillas y rojas
- Se van los pájaros volando.
- Los pensamientos vagan sin consuelo
- ¡Ay de mí, que no encuentran refugio!
- Y las oscuras quejas de los cuernos,
- Golpean el corazón solitario.
-
- ¿Ves el perfil de los azules montes
- Que se yergue a lo lejos sobre los bosques,
- Y los arroyos que en el valle silencioso,
- Se alejan susurrantes?
- Nubes, arroyos, pájaros ruidosos:
- Todo se junta allá a lo lejos.
-
- Mis rizos de oro ondean
- Y florece mi joven cuerpo dulcemente.
- Pronto sucumbe la belleza;
- Igual que el esplendor se apaga del verano
- Debe la juventud inclinar sus flores.
- Callan alrededor todos los cuernos.
-
- Esbeltos brazos para abrazar,
- Y roja boca para el dulce beso,
- El cobijo del blanco seno,
- Y el cálido saludo de amor,
- Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
- Dulce amor, ven, antes de que callen.
»Yo estaba confundido con aquella melodía que había conmovido mi corazón. Mi
halcón, tan pronto como oyó las primeras notas, se intranquilizó, para después
desaparecer en el aire y no volver más. Yo, sin embargo, incapaz de resistir,
seguí oyendo aquella seductora melodía que confusa, unas veces se alejaba y,
otras, llevada por el viento, parecía acercarse.
»Finalmente salí del bosque y divisé delante de mí, sobre la cumbre de una
montaña, un majestuoso castillo. Desde arriba hasta el bosque, sonreía un
bellísimo jardín, repleto de todos los colores, que rodeaba al castillo como un
anillo mágico. Todos los árboles y los setos, encendidos por los tonos violentos
del otoño, aparecían purpúreos, amarillos oro y rojos fuego. Altos áster, las
últimas estrellas del verano, brillaban allí con múltiples destellos. El sol
poniente derramaba sus últimos rayos sobre aquella deliciosa altura, reflejando
sus deslumbrantes llamas en las ventanas y en las fuentes.
»Me di cuenta entonces de que el sonido de los cuernos de caza que había
escuchado poco antes provenía de este jardín. Vi con espanto, en medio de tanta
magnificencia, bajo los emparrados, a la doncella de mis sueños, que paseaba
cantando la misma melodía. Al verme calló, pero los cuernos de caza seguían
sonando. Hermosos muchachos, vestidos de seda, se acercaron a mí y me ayudaron a
desmontar.
»Pasé a través del arco ligero y dorado de la cancela, directo hacia la
explanada del jardín, donde se encontraba mi amada y caí a sus pies, vencido por
tanta belleza. Llevaba un vestido rojo oscuro; largos velos transparentes
cubrían sus rizos dorados, que una diadema de piedras preciosas sujetaba sobre
la frente.
»Me ayudó a levantarme amorosamente y, con voz entrecortada por el amor y el
dolor, me dijo:
»-¡Cuánto te amo, hermoso e infeliz joven! Desde hace mucho tiempo te amo, y
cuando el otoño inicia su fiesta misteriosa despierta mi deseo con nueva e
irresistible fuerza. ¡Infeliz! ¿Cómo has llegado a la esfera de mi canción?
Déjame y vete.
»Al oír estas palabras fui presa de un gran temblor y le supliqué que me
hablara y se explicase. Pero ella no respondió, y recorrimos silenciosos, uno al
lado del otro, el jardín.
»Mientras tanto, había oscurecido y el aspecto de la doncella se había
tornado grave y majestuoso.
»-Debes saber -dijo- que tu amigo de la infancia, el cual hoy se ha despedido
de ti, es un traidor. He sido obligada a ser su prometida. Sólo por celos te ha
ocultado su amor. No ha partido hacia Palestina: mañana vendrá para llevarme a
un castillo lejano donde estaré eternamente oculta a la mirada de todos. Ahora
debo irme. Sólo nos volveremos a ver si él muere.
»Dicho esto, me besó en los labios y desapareció en las oscuras galerías. Una
gema de su diadema heló mi vista, y su beso estremeció mis venas con un
tembloroso deleite.
»Medité con terror las espantosas palabras que, al despedirse, había vertido
como un veneno en mi sangre. Vagué pensativo mucho tiempo por los solitarios
senderos. Finalmente, cansado, me eché sobre los escalones de piedra de la
puerta del castillo. Los cuernos de caza sonaban todavía, y me dormí combatido
por extraños pensamientos.
»Cuando abrí los ojos, ya había amanecido. Las puertas y las ventanas del
castillo estaban cerradas, y el jardín, silencioso. En aquella soledad, con los
nuevos y hermosos colores de la mañana, se despertaban en mi corazón la imagen
de mi amada y todo el sortilegio de la víspera, y yo me sentía feliz sabiéndome
amado y correspondido. A veces, al recordar aquellas terribles palabras, quería
huir lejos de allí, pero aquel beso ardía aún en mis labios y no podía hacerlo.
»El aire era cálido, casi sofocante, como si el verano quisiera volver sobre
sus propios pasos. Recorrí el bosque cercano para distraerme con la caza. De
improviso vislumbré en la copa de un árbol un pájaro con un plumaje tan
maravilloso como jamás lo había visto. Cuando tensé el arco para lanzar la
flecha, voló hacia otro árbol. Lo perseguí ávidamente, pero el pájaro seguía
saltando de copa en copa, mientras sus alas doradas reflejaban la luz del sol.
»Así, fui a parar a un estrecho valle, flanqueado por escarpados riscos. Allí
no llegaba la fría brisa y todo estaba todavía verde y florido como en el
verano. Del centro del valle salía un canto embriagador. Sorprendido, aparté las
ramas de los tupidos matorrales y mis ojos se cegaron ante el hechizo que se
manifestó delante de mí.
»En medio de las altas rocas había un apacible lago circundado de hiedra y
juncos. Muchas doncellas bañaban sus hermosos miembros en las tibias ondas.
Entre ellas se encontraba mi hermosísima amada sin velos, que, silenciosa,
mientras las otras cantaban, miraba fijamente el agua, que cubría sus tobillos,
como encantada y absorta en su propia belleza reflejada en el agua. Permanecí
durante un tiempo mirando de lejos, inmóvil y tembloroso. De golpe, el hermoso
grupo salió del agua, y me apresuré para no ser descubierto.
»Me refugié en lo más profundo del bosque para apaciguar las llamas que
abrasaban mi corazón. Pero cuanto más lejos huía tanto más viva se agitaba
delante de mis ojos la visión de aquellos miembros juveniles.
»La noche me alcanzó en el bosque. El cielo se había oscurecido y una
tremenda tormenta apareció sobre los montes. "Sólo nos volveremos a ver si él
muere", repetía para mí, mientras huía como si me persiguieran fantasmas.
»A veces me parecía oír a mi flanco estrépito de caballos, pero yo huía de
toda mirada humana y de todo rumor que pareciera acercarse. Al cabo, cuando
llegué a una cima, vi a lo lejos el castillo de mi amada. Los cuernos de caza
sonaban como siempre, el esplendor de las luces irradiaba como una tenue luz de
luna a través de las ventanas, iluminando alrededor mágicamente los árboles y
las flores cercanas, mientras todo el resto del paraje luchaba en la tormenta y
la oscuridad.
«Finalmente, incapaz casi de dominar mis facultades, escalé una alta roca, a
cuyos pies pasaba un ruidoso torrente. Llegado a la cima divisé una sombra
oscura que, sentada sobre una piedra, silenciosa e inmóvil, parecía ella misma
también de piedra. Rasgadas nubes huían por el cielo. Una luna color sangre
apareció por un instante, reconocí entonces a mi amigo, el prometido de mi
amada.
«Apenas me vio, se levantó apresuradamente. Temblé de arriba abajo. Entonces
le vi empuñar su espada. Colérico, me lancé contra él y lo agarré. Luchamos unos
instantes y luego lo despeñé.
»De repente el silencio se hizo terrible. Sólo el torrente rugió más fuerte
como si sepultase eternamente mi pasado en medio del fragor de sus ondas
turbulentas.
»Me alejé velozmente de aquel horrible lugar. Entonces me pareció oír a mis
espaldas una carcajada aguda y perversa que venía de las copas de los árboles.
Al mismo tiempo creí ver en la confusión de mis sentidos, al pájaro que poco
antes había perseguido. Me precipité lleno de espanto, a través del bosque, y
salté el muro del jardín. Con todas mis fuerzas llamé a las puertas del
castillo:
»-¡Abre -gritaba fuera de mí-, ¡abre, he matado al hermano de mi corazón!
¡Ahora eres mía en la tierra y en el infierno!
»La puerta se abrió y la doncella, más hermosa que nunca, se echó contra mi
pecho, destrozado por tantas tormentas, y me cubrió de ardientes besos.
»No os hablaré de la magnificencia de las salas, de la fragancia de exóticas
y maravillosas flores, entre las cuales cantaban hermosas doncellas, de los
torrentes de luz y de música, del placer salvaje e inefable que gusté entre los
brazos de la doncella.»
En este punto, el ermitaño dejó de hablar. Fuera se oía una extraña canción.
Eran pocas notas: ora semejaban una voz humana, ora la voz aguda de un
clarinete, cuando el viento soplaba sobre los lejanos montes, encogiendo el
corazón.
-Tranquilizaos -dijo el caballero-. Estamos acostumbrados a esto desde hace
tiempo. Se dice que en los bosques vecinos existe un sortilegio. Muchas veces,
en las noches de otoño, esta música llega hasta nuestro castillo. Pero igual que
se acerca, se aleja y no nos preocupamos de ello.
Sin embargo, un estremecimiento sobrecogió el corazón de Ubaldo y sólo con
esfuerzo consiguió dominarse. Ya no se oía la música. El huésped, sentado,
callaba, perdido en profundos pensamientos. Su espíritu vagaba lejos. Después de
una larga pausa volvió en sí y retomó su narración, aunque no con la calma de
antes:
»Observé que, a veces, la doncella, en medio de todo aquel esplendor, caía en
una invencible melancolía cuando veía desde el castillo que el otoño iba a
despedirse. Pero bastaba un sueño profundo para que se calmase, y su rostro
maravilloso, el jardín y todo el paraje me parecían, a la mañana, frescos y como
recién creados.
»Una vez, mientras estaba junto a ella asomado a la ventana, noté que mi
amada estaba más triste y silenciosa que de costumbre. Fuera, en el jardín, el
viento del invierno jugaba con las hojas caídas. Advertí que mientras miraba el
paisaje palidecía y temblaba. Todas sus damas se habían ido, las canciones de
los cuernos de caza sonaban aquel día en una lejanía infinita, hasta que,
finalmente, callaron. Los ojos de mi amada habían perdido su esplendor, casi
hasta apagarse. El sol se ocultó detrás de los montes, e iluminó con un último
fulgor el jardín y los valles. De repente, la doncella me apretó entre sus
brazos y comenzó una extraña canción, que yo no había oído hasta entonces y
resonaba en toda la estancia con melancólicos acordes. Yo escuchaba embelesado.
Era como si aquella melodía me empujase hacia abajo junto con el ocaso. Mis ojos
se cerraron involuntariamente: Caí adormecido y soñé.
»Cuando desperté ya era de noche. Un gran silencio reinaba en todo el
castillo y la luna brillaba muy clara. Mi amada dormía a mi lado sobre un lecho
de seda. La observé con asombro: estaba pálida, como muerta. Sus rizos caían
desordenadamente como enredados por el viento, sobre su rostro y su pecho. Todo
lo demás, a mi alrededor, permanecía intacto; igual que cuando me había dormido.
Me parecía, sin embargo, como si hubiera pasado mucho tiempo. Me acerqué a la
ventana abierta. Todo lo de fuera me pareció distinto de lo que siempre había
visto. El rumor de los árboles era misterioso. De repente vi junto a la muralla
del castillo a dos hombres que murmuraban frases oscuras, y se inclinaban
curvándose el uno hacia el otro como si quisieran tejer una tela de araña. No
entendí nada de lo que hablaban: sólo oía de vez en cuando pronunciar mi nombre.
Me volví a mirar la imagen de la doncella que palidecía aún más en la claridad
de la luna. Me pareció una estatua de piedra, hermosa, pero fría como la muerte
e inmóvil. Sobre su plácido seno brillaba una piedra similar al ojo del
basilisco y su boca estaba extrañamente desfigurada.
»Entonces se apoderó de mí un terror como nunca había sentido. Huí de la
alcoba y me precipité a través de los desiertos salones, donde todo el esplendor
se había apagado. Cuando salí del castillo vi a los dos desconocidos dejar lo
que estaban haciendo y quedarse rígidos y silenciosos como estatuas. Había al
pie del monte un lago solitario, a cuyo alrededor algunas doncellas con túnicas
blancas como la nieve cantaban maravillosamente, a la vez que parecían
entretenidas en extender sobre el prado extrañas telas de araña a la luz de la
luna. Aquella visión y aquel canto aumentaron mi terror. Salté aprisa el muro
del jardín. Las nubes pasaban rápidas por el cielo, las hojas de los árboles
susurraban a mis espaldas, y corrí sin aliento.
»Poco a poco la noche se fue haciendo más callada y tibia; los ruiseñores
cantaban entre los arbustos. Abajo, en el fondo del valle, se oían voces
humanas, y viejos y olvidados recuerdos volvieron a amanecer en mi corazón
apagado, mientras, ante mí, se levantaba sobre las montañas una hermosa alba de
primavera.
»-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? -exclamé con asombro. No sabía qué me había
pasado-. El otoño y el invierno han transcurrido. La primavera ilumina
nuevamente el mundo. Dios mío, ¿dónde he permanecido tanto tiempo?
»Finalmente alcancé la cima de la última montaña. Salía un sol espléndido. Un
estremecimiento de placer recorrió la tierra; brillaron los torrentes y los
castillos; los tranquilos y alegres hombres preparaban sus trabajos cotidianos;
incontables alondras volaban jubilosas. Caí de rodillas y lloré amargamente mi
vida perdida.
»No comprendí, y aún hoy no lo comprendo, cómo había sucedido todo. Me
propuse no bajar más al alegre e inocente mundo con este corazón lleno de
pecados y de desenfrenada ansiedad. Decidí sepultarme vivo en un lugar desolado,
invocar el perdón del cielo y no volver a ver las casas de los hombres antes de
haber lavado con lágrimas de cálido arrepentimiento mis pecados, lo único que en
mi pasado era claro para mí.
»Así viví todo un año hasta que me encontré con vos. Cada día elevaba
ardientes plegarias y a veces me pareció haber superado todo y haber encontrado
la gracia de Dios, pero era una falsa ilusión que luego desaparecía. Sólo cuando
el otoño extendía de nuevo su maravillosa red de colores sobre el monte y el
valle, llegaban de nuevo del bosque cantos muy conocidos. Penetraban en mi
soledad, y oscuras voces respondían dentro de mí. El sonido de las campanas de
la lejana catedral me espanta cuando, en las claras mañanas de domingo, vuela
sobre las montañas y llega hasta mí como si buscara en mi pecho el antiguo y
callado reino del Dios de la infancia, que ya no existe. Sabed que en el corazón
de los hombres hay un reino encantado y oscuro, en el cual brillan cristales,
rubíes y todas las piedras preciosas de las profundidades con amorosa y
estremecedora mirada, y tú no sabes de dónde vienen ni adónde van. La belleza de
la vida terrenal se filtra resplandeciendo como en el crepúsculo y las
invisibles fuentes, arremolinándose, murmuran melancólicas, todo te arrastra
hacia abajo, eternamente hacia abajo.»
-¡Pobre Raimundo! -exclamó el caballero Ubaldo, que había escuchado con
profunda emoción al ermitaño, absorto e inmerso en su relato.
-¡Por Dios! ¿Quién sois que conocéis mi nombre? -preguntó el ermitaño
levantándose como herido por un rayo.
-Dios mío -respondió el caballero abrazando con afecto al tembloroso
ermitaño-. ¿Es que no me reconoces? Yo soy tu viejo y fiel hermano de armas,
Ubaldo, y ésta es tu Berta, a la que amabas en secreto y a la que ayudaste a
montar a caballo después de la fiesta en el castillo. El tiempo y una vida
venturosa han desdibujado nuestro aspecto de entonces. Te he reconocido sólo
cuando comenzaste a relatar tu historia. Jamás he estado en un paraje como el
que tú describes y nunca he luchado contigo en el acantilado. Inmediatamente
después de aquella fiesta salí para Palestina, donde combatí varios años, y, a mi
vuelta, la hermosa Berta se convirtió en mi esposa. Ella tampoco te ha visto
jamás después de aquella fiesta, y todo lo que has contado es una vana fantasía.
Un malvado sortilegio, que despierta cada otoño y desaparece después, te ha
tenido, mi pobre Raimundo, encadenado con juegos engañosos durante muchos años.
Los días han sido meses para ti. Cuando volví de Tierra Santa nadie supo decirme
dónde estabas y todos te creíamos perdido.
A causa de su alegría, Ubaldo no se dio cuenta de que su amigo temblaba cada
vez más fuertemente a cada una de sus palabras. Raimundo les miraba a él y a su
esposa con ojos extraviados. De repente reconoció a su amigo y a la amada de su
juventud, iluminados por la crepitante llama de la chimenea.
-¡Perdido, todo perdido! -exclamó trágicamente. Se separó de los brazos de
Ubaldo y huyó velozmente en la noche hacia el bosque.
-Sí, todo está perdido, y mi amor y toda mi vida no son más que una larga
ilusión -decía para sí mientras corría, hasta que las luces del castillo de
Ubaldo desaparecieron a sus espaldas. Involuntariamente, se había dirigido hacia
su propio castillo, al que llegó cuando amanecía.
Había amanecido de nuevo un claro día de otoño, como aquel de muchos años
antes, cuando se había marchado del castillo. El recuerdo de aquel tiempo y el
dolor por el perdido esplendor de la gloria de su juventud se apoderaron de toda
su alma. Los altos tilos del jardín susurraban como antaño, pero la desolación
reinaba por todos lados y el viento silbaba a través de los arcos en ruinas.
Entró en el jardín. Estaba desierto y destruido. Sólo algunas flores tardías
brillaban acá y allá sobre la hierba amarillenta. Sobre una rama un pájaro
cantaba una maravillosa canción que llenaba el corazón de una gran nostalgia.
Era la misma melodía que oyera junto a las ventanas del castillo de Ubaldo.
Con terror reconoció también al hermoso y dorado pájaro del bosque encantado.
Asomado a una ventana del castillo había un hombre alto, pálido y manchado de
sangre. Era la imagen de Ubaldo.
Horrorizado, Raimundo alejó la mirada de esa visión y fijó los ojos en la
claridad de la mañana. De repente, vio avanzar por el valle a la hermosa
doncella a lomos de un brioso corcel. Estaba en la flor de su juventud.
Plateados hilos del verano flotaban a sus espaldas; la gema de su diadema
arrojaba desde su frente rayos de verde oro sobre la llanura.
Raimundo, enloquecido, salió del jardín y persiguió a la dulce figura,
precedido del extraño canto del pájaro.
A medida que avanzaba, la canción se transformaba en la vieja melodía del
cuerno de caza, que en otro tiempo le sedujera.
- Mis rizos de oro ondean
- Y florece mi joven cuerpo dulcemente,
-
- oyó, como si fuera un eco en la lejanía...
-
- Y los arroyos que en el valle silencioso,
- Se alejan susurrantes.
-
- Su castillo, las montañas, y el mundo entero, todo se hundió a sus espaldas.
-
- Y el cálido saludo de amor,
- Te ofrece el eco de los cuernos de caza.
- ¡Dulce amor, ven antes de que callen!
-
- resonó una vez más.
Vencido por la locura, el pobre Raimundo siguió tras la melodía por lo
profundo del bosque. Desde entonces nadie lo ha vuelto a ver.
FIN
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