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Para comenzar quisiera leerles un antiguo cuento chino,
anónimo, que se llama “El ciervo escondido”. Dice así:
Un leñador de Cheng se encontró en el campo con un
ciervo asustado y lo mató. Para evitar que otros lo descubrieran, lo enterró en
el bosque y lo tapó con hojas. Poco después olvidó el sitio en que lo había
ocultado y creyó que todo había sido un sueño.
Lo contó, como si fuera un sueño, a toda la gente.
Entre los oyentes hubo uno que fue a buscar el
ciervo escondido y lo encontró. Lo llevó a su casa y dijo a su mujer:
-Un leñador soñó que había matado un ciervo y olvidó
dónde lo había escondido, pero yo lo encontré. Ese hombre sí que es un soñador.
La mujer le dijo:
-Tú habrás soñado que viste un leñador que había
matado un ciervo. ¿Realmente crees que hubo un leñador? Bueno, como aquí está el
ciervo, tu sueño debe ser verdadero.
Aquella noche el leñador volvió a su casa, pensando
todavía en el ciervo, y realmente soñó, y en el sueño soñó el lugar donde había
ocultado el ciervo y también soñó quién lo había encontrado. Al alba fue a casa
del otro y encontró el ciervo. Ambos discutieron y fueron ante un juez, para que
resolviera el asunto. El juez le dijo al leñador:
-Realmente mataste un ciervo y creíste que era un
sueño. Después soñaste realmente y creíste que era verdad. El otro encontró el
ciervo y ahora te lo disputa, pero su mujer piensa que soñó que había encontrado
un ciervo que otro había matado. Luego, nadie mató al ciervo. Pero como aquí
está el ciervo, lo mejor es que se lo repartan.
Poco después el caso llegó a oídos del rey de Cheng.
Y el rey de Cheng dijo:
-¿Y ese juez no estará soñando que reparte un
ciervo?
Aquí termina el cuento. Y empiezo mis palabras con una
aclaración: el tema de hoy lo conozco muy poco. Al igual que el rey de Cheng, no
sé si sea posible conocer la “verdad”.
Y no es modestia falsa. Llevo sobre 30 años intentando
descifrar exactamente qué es la historia. A veces creo que sé o que tengo alguna
idea de lo que es, otras veces estoy seguro de que no sé lo que es, y en otros
momentos creo que la “historia”, como tal, simplemente no existe. O sea: pienso
que se trata de un sueño, como en el cuento.
Bueno, debo decir que sí hay datos concretos. Podemos
establecer, por ejemplo, que Cristóbal Colón llegó a Puerto Rico en el 1493...
pero tan pronto lo digo, ya empieza un problema. ¿Qué significó el hecho de que
Colón pusiera el pie en nuestra isla en el 1493? ¿Cómo debo contarlo o narrarlo?
Porque supongo que la historia no es simplemente contar
que Colón llegó a Puerto Rico. Ese es un mero dato. La historia no debe ser,
creo yo, una enumeración de datos... sino la interpretación de esos datos, decir
qué significan los datos, darle inteligencia a estos datos, para entonces
relatarlos.
Pero si vamos a la primera vez que Colon pisó Puerto
Rico, pues para algunas personas ese acto significa (o significó) honor,
descubrimiento, valentía, hombría, hidalguía... y otras necedades parecidas.
Pero para muchos otros la primera pisada de Colón significa el comienzo de una
campaña de genocidio como nunca se había visto en el mundo. Es decir, significa
el comienzo de una empresa criminal, sin honor, sin valentía, sin hombría, etc.
De hecho, ahora mismo tenemos muchos ejemplos de este
tipo de contraste en el mundo. En Irak un ejército extranjero derribó al
gobierno existente. Creo que en este punto terminan los datos: “Un ejército
extranjero tumbó a un gobierno”. Si vamos a la “interpretación” de este dato, y
a su narración, pues bastantes millones de personas, en el mundo entero, dirían
lo siguiente: El ejército norteamericano llegó a Irak para liberar al país de la
tiranía. Otros millones de personas dirían lo contrario: El ejército
norteamericano invadió Irak y tomó posesión del país para dominarlo con fines
imperiales. Por un lado, liberación; por el otro, dominación.
¿Cuál es la verdad? ¿Cuál es la versión histórica?
¿Quién está soñando y quién está despierto?
De aquí a 30 años, en el 2035, algunos libros de
“historia” hablarán de la “liberación” de Irak en el 2003 y otros hablarán de la
“invasión” en el 2003. ¿Cuál de estos dos libros contendrá la verdadera historia
de Irak? ¿Cuál estará alucinando? ¿Es posible que ambos digan la verdad y que
ambos sueñen o alucinen?
Esto es lo que a mí me confunde. Por eso digo que la
historia realmente no existe. Lo que existe es la literatura. Dentro de la
literatura hay cinco géneros clásicos, como ustedes saben: la poesía, el drama,
el ensayo, el cuento y la novela.
Y yo añado que también debemos incluir la historia,
como el sexto género literario.
Hay gente que cuenta historias basadas en la
imaginación o inspiradas en datos históricos: se les llama novela o cuento o
teatro. Incluso hay novela, cuento y teatro "histórico", inspirados en datos
históricos.
Pero hay otra gente que escribe narraciones partiendo
de datos concretos y con todo un aparato erudito y seudocientífico. Y llaman
"Historia", con mayúscula, a las páginas que producen (libros y artículos). Pero
yo discrepo: creo que han creado literatura, dentro del género llamado historia.
Quizás es tiempo de llamar a la historia por su nombre;
digo, a menos que todos estemos soñando, en cuyo caso realmente no importa qué
le llamemos.
Ahora bien, yo no veo mal que esto sea así, no veo mal
que la historia sea un género literario. Cada país tiene derecho a construir su
propia imagen. ¿Por qué no?
Miren la imagen de sí mismos que se han construido los
norteamericanos. Miren la imagen que construyó Francia de sí misma, salvada de
los ingleses por Juana de Arco, una virgen de diecinueve años de edad. Veamos
también a El Cid, en España. Y muchos otros ejemplos.
Claro, antes era más fácil. Es más difícil crear una
leyenda o un mito contemporáneo, porque casi siempre falta un ingrediente: la
distancia (ya sea física o temporal). Es decir: si yo le digo a una persona
normal, en la calle, que san Francisco de Asís hablaba con los pajaritos, pues
es posible que esta persona acepte estos datos como una verdad incuestionable.
Pero si le digo a la misma persona que mi vecino, en
Hato Rey, esta mañana sostuvo una conversación con sus pajaritos, pues la
reacción probablemente sea muy diferente: me diría que mi vecino necesita ayuda
siquiátrica. O sea: pensaría que la persona está soñando que habla con los
pajaritos.
Los escritores de un país... e incluyo a los
historiadores... los escritores son los que crean las historias de sus países.
Las crean.
Y eso es lo que yo he estado haciendo últimamente:
reescribiendo la historia de Puerto Rico de una manera más positiva y atractiva
para mí.
Porque de pronto me di cuenta de que yo, como
puertorriqueño, estaba empantanado en medio de una historia horrible, espantosa,
que ningún puertorriqueño sensato podía creer, porque no es verosímil.
¿Qué los puertorriqueños somos dóciles? ¿Que somos
"ñangotaos"? ¿Que los taínos recibieron a los españoles con docilidad perruna?
¿Que los boricuas recibimos a los norteamericanos con los brazos abiertos?
¡Imposible! ¡Imposible!
Por eso escribí “Seva”,
un cuento que narra la verdadera invasión norteamericana de Puerto Rico... no la
invasión tonta que nos han contado durante un siglo. Y el mes pasado publiqué en
Claridad un cuento nuevo, “En
la muralla de San Juan”, donde vuelvo a este tema del 1898.
En el año 2000 publiqué el libro
La verdadera muerte de
Juan Ponce de León, una colección de cinco cuentos ubicados en el
siglo XVI puertorriqueño, nuestro siglo más universal, más conocido. El libro
recibió el primer premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña, nuestro Premio Nacional de Literatura.
Tenemos un problema en Puerto Rico: en el 1625 -tema,
dicho sea de paso, de otro cuento que publiqué recientemente en El Nuevo Día,
que se titula “En
el año 1627 un barco zarpa de la Bahía de San Juan"- pues en el 1625
los holandeses quemaron nuestra capital. Como resultado, no quedan documentos
anteriores al 1625. La doctora Elsa Gelpí, estudiosa del siglo XVI, lo llama el
"siglo en blanco".
Pero hay datos, algunos pocos, y con algunos de ellos
escribí el libro. Es decir: decidí narrar lo que, según intuyo, debió de haber
sido el Siglo XVI puertorriqueño.
En el primer cuento, “El gran secreto de Cristóbal
Colón”, reinterpreto los datos históricos para narrar la razón verdadera por la
que Cristóbal Colón vino a Puerto Rico en 1493. En otro cuento, “La última noche
de Rodrigo de las Nieves”, aclaro lo que verdaderamente ocurrió durante el
ataque de Francis Drake a San Juan. En el cuento que le da título al libro, “La
verdadera muerte de Juan Ponce de León”, expongo cómo murió en realidad el
primer gobernador de Puerto Rico, lo cual encontré en un manuscrito que estaba
perdido en el Arzobispado de San Juan. Y en el relato “El conde de Ovando”, el
cual Seymour Menton
incluyó recientemente en su conocida antología del cuento hispanoamericano,
narro la historia de cómo debió de haber sido la vida de un curioso Conde que
gobernaba a Puerto Rico en el 1577.
Es decir: en este libro uso datos que muchos
puertorriqueños conocen. Los uso como los hubiera utilizado cualquier
historiador: para armar mi propia visión de Puerto Rico.
Yo lo hago desde la narrativa. Roberto desde el teatro.
Mercedes lo hace desde el ensayo. Y ahora Juan Manuel García Passalaqua, a quien
le doy la bienvenida al gremio, pues lo está haciendo desde la historia y la
novela.
En fin, nuestro foro de hoy se llama “La novela como
fuente de historia”.
Respetuosamente aclaro que este título tal vez sea
redundante. A mí me suena a algo así como “La novela como fuente de novela” o
“La historia como fuente de historia” o “La ficción como fuente de ficción”. Yo
creo que toda historia es ficción. Pero ya dije al comienzo que realmente no sé
mucho sobre este tema, que me confunde. El juez del cuento chino, que leí al
principio, tal vez soñaba que repartía un ciervo. Igualmente es posible que yo
sueñe que estoy escribiendo literatura, cuando en realidad escribo historia. O
viceversa.
Muchas gracias.
FIN |