|
¿Qué papel
juega el lector en mi proceso creativo? Esa es la pregunta que me han pedido que
conteste esta noche... y lo haré con mucho gusto.
Les
anticipo que durante los muchos años que llevo dedicados al oficio de escribir
he escuchado varias respuestas a esta pregunta. Una de las más comunes, por
ejemplo, es la del escritor que dice que escribe para sí mismo, que no escribe
para el lector, que no piensa en el lector, y que ni siquiera le importa que lo
lean.
Mi opinión
es que estos autores no dicen la verdad. Quizás por miedo al rechazo... quizás
por arrogancia... no sé por qué, no soy siquiatra, pero la verdad es que no
puedo creer que una persona dedique meses o años a escribir una novela y que
luego realmente no le importe si el libro se lee.
Equivale a
decir que rezamos pero no nos importa que Dios nos escuche; o que leemos un
libro pero no nos importa entenderlo; o como si yo dijera en este momento que
estoy hablando, sí, pero que no me importa que ustedes me escuchen. Entonces,
¿para qué estoy hablando?
Por tanto,
creo que podemos empezar por despachar esas aseveraciones absurdas de los
artistas que dicen que sólo escriben para sí mismos. Si escribimos un libro y
nos tomamos el trabajo de publicarlo, es lógico que lo hacemos para que nos
lean.
Pero esta
respuesta podría llevarnos al otro extremo: “escribo para que todo el mundo me
lea”. ¿Es cierto? Aquí surge un nuevo problema: si escribimos para todo el
mundo, entonces nos arriesgamos a producir una literatura comercial, chata,
simplista, que tal vez se venda mucho y nos haga millonarios, pero que no tendrá
valor como arte. El buen arte nunca es chato ni simplista. Así que podríamos
intentar producir libros como Corín Tellado, Bárbara Cartland o Paolo Coehlo que
todo el mundo lea, entienda y... sobre todo... que compren. Pero en este caso
tendríamos una exitosa carrera como escribidor, vendedor de libros y
millonario... pero habrá muerto el artista. Hemos escrito un producto comercial
que no es una obra de arte.
Entonces,
si no escribimos para nosotros mismos ni escribimos para todo el mundo, ¿para
quién escribimos? ¿Qué papel juega el lector en el proceso creativo? Les contaré
una anécdota.
Mis
primeros pasos como autor los di cuando estudiaba el bachillerato en literatura
en la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Allí, en los pasillos, nos
reuníamos a diario un montón de aspirantes a escritores, algunos de los cuales
hoy día se han hecho famosos. En los pasillos había un ambiente intelectual muy
intenso. Hablábamos sobre nuestras lecturas, los últimos libros, los clásicos,
sobre revistas literarias... en fin, ustedes pueden imaginar cómo eran esas
tertulias de un montón de veinteañeros pedantes que nos creíamos grandes
intelectuales.
Bueno,
pues un día publiqué en un periódico un cuento sencillo. No era chato ni
comercial, pero era un cuento tradicional con un tema que no requería esfuerzo
para entenderlo: el cuento se llamaba “Compañuelo”, un juego con las palabras
“pañuelo” y “compañero”.
Al otro
día, al salir de mi apartamiento en un condominio, me sorprendí cuando empecé a
encontrarme con vecinos que me felicitaban por el cuento. Varias personas me
dijeron que se habían conmovido. Una vecina me dijo que había llorado. Otros me
decían “tremendo cuento”. Y, bueno, pues yo me fui inflando de orgullo y sentía
que esa mañana me había convertido en un gran escritor.
Pero, al
llegar a los pasillos de la UPR como todos los días, mis amigos intelectuales y
escritores me saludaron como siempre, pero no mencionaban el cuento. Me pasmé.
Muy perplejo, empecé a preguntarme qué estaba pasando. Le pregunté a varios si
habían leído el periódico y me contestaban con un simple “sí”. Finalmente me
atreví a preguntarle a un amigo si había leído mi cuento. Me contestó que sí,
que lo había leído, y cambió el tema. Otros amigos reaccionaron igual. O sea: me
estaban diciendo, de forma delicada, que mi cuento no les había gustado.
Finalmente le pregunté a dos de mis mejores amigos por qué no les había gustado
el cuento. Uno me dijo que estaba bien escrito pero que era “simplista”. Otro me
dijo que era un cuento muy tradicional, “para las masas”. Ahí se quedó el
asunto.
Pues unos
seis o siete meses después publiqué en el mismo periódico, a propósito, un
cuento realmente de minorías. Era difícil de leer; digamos que era un cuento
“vanguardista” que inventaba su propia estructura, metía los diálogos en
cualquier sitio, no los marcaba de la forma usual, etc. Ustedes saben a lo que
me refiero: era un cuento “experimental”.
Bueno,
pues al otro día salí de mi apartamiento y me encontré más o menos con los
vecinos de siempre. Me saludaban con cariño, pero ni una palabra sobre el
cuento. Nuevamente me pasmé. Estuve un rato en el vecindario y nada: me
saludaban pero ni una palabra sobre el cuento. Finalmente le pregunté a una
vecina si había leído el cuento y qué le parecía. Me contestó “ah, sí, muy
bonito, pero no lo entendí bien”. Otro vecino me dijo “ah, muy interesante, pero
yo no sé mucho de literatura”. Nosotros los escritores sabemos lo que significan
estas expresiones, especialmente cuando van acompañados de un tono neutro y sin
que nos miren a los ojos. Significan “no me gustó, pero no te lo digo porque no
quiero herirte los sentimientos”.
Muy
alicaído, me fui a la universidad. Cuando llegué al pasillo, estalló de pronto
una fiesta. Todos mis amigos intelectualitos me rodearon y me empezaron a
felicitar por ese “cuentazo”, esa “maravilla, mano, te la comiste”. En fin, sin
que yo tuviera que preguntar, y mirándome todos a los ojos, me felicitaron mucho
por ese cuento “vanguardista y tremendo”.
Esta
experiencia me impresionó muchísimo... y fue bueno que me ocurriera a edad tan
temprana porque me obligó a reflexionar sobre el tema de hoy: los lectores y la
función que deben jugar dentro de mi creación literaria. ¿Para quién escribir?
¿Para intelectuales, artistas y académicos... o para gente normal, como mis
vecinos?
Finalmente
encontré una respuesta, que desde ese día se convirtió en mi regla: escribir
para ambos. No me refiero a dos tipos de escritura: una para los vecinos y otra
para los intelectuales. Me refiero a una sola escritura que le interese a
ambos públicos a la vez. Ese es el desafío, el reto para mí como escritor.
Llegué a la conclusión de que esa es la característica de toda gran obra
literaria. Pensemos en Cien años de soledad, en Romeo y Julieta,
Madame
Bovary, El extranjero, “La metamorfosis” o El Quijote... entre otros muchos
ejemplos. Estos libros son lectura deliciosa, realmente entretenida, que además
de divertir al gran público tienen la profundidad necesaria para también ganar
el interés y la admiración de los intelectuales. Divierten, sin ser chatas.
Provocan reflexión, sin caer en la pedantería y el exceso.
De hecho,
esta es la escritura más difícil. Pablo Neruda dijo que el poema más difícil de
escribir es el poema sencillo, el que dice cosas profundas pero de manera clara.
Es muy difícil encontrar siempre este balance, pero es el que incesantemente he
buscado desde que llegué a esta conclusión a los 20 y pico de años de edad.
Por tanto,
la respuesta a la pregunta que me hacen ustedes, el Círculo de Lectura 1969, es
sencilla: le he declarado la guerra a la literatura aburrida. La literatura es
arte. El arte debe ser placentero. Leer no debe ser un castigo, sino un gusto.
Cuando escribo, quiero decir cosas inteligentes, quiero que el lector sienta que
mi obra ha sido profunda y que lo ha ayudado a reflexionar sobre la condición
humana. Pero para mí también es fundamental que todo el proceso sea placentero.
Hoy día
vemos muchos libros en los dos polos que he mencionado. Algunas novelas
“intelectualizan” tanto que son aburridísimas, son ladrillos. Los autores
debieron escribir un ensayo, no una novela, porque más que contar una historia
lo que quieren es filosofar.
Por otro
lado están las novelas livianas que son como un programa de televisión, una
película comercial o un cómic comercial. Divertidas durante varias horas, pero sin
trascendencia. Son chatas. A los dos meses las hemos olvidado por completo.
En mi
caso, aspiro a escribir obras literarias que sean inteligentes y hermosas... y
que la lectura de estas obras sea una experiencia placentera para ustedes, los
lectores.
Muchas
gracias.
FIN |