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El Gobernador de Puerto Rico quiere vender
la Telefónica. Debo admitir que mi primera reacción, al enterarme
de esta brillante decisión, fue envidia: ¿Por qué
se le ocurrió a él, y no a mí, esta idea tan espléndida?
La respuesta es sencilla: Los gobernadores son seres tremendamente creativos
y visionarios. Al proponer la venta inmediata de la Telefónica nuestro
sabio Gobernador cumple con su función constitucional de señalar
pautas y abrirnos nuevos caminos hacia el progreso. De eso saben los Gobernadores.
Por eso es mejor que los puertorriqueños nos dejemos de tantas protestas
estériles que no conducen a nada. Todo lo contrario: debemos convertirnos
en fervorosos vendedores ad hoc y, en gran gesto de unidad patriótica,
ayudar a vender la Telefónica tan pronto posible.
Y ya que tenemos tantas ganas de vender propiedades del
pueblo de Puerto Rico, ¿por qué detenernos en la Telefónica?
¿Qué nos produce, por ejemplo, El Morro? ¿Cuánto
ingreso nos deja? ¿No sería mejor deshacernos de ese viejo
armatoste? Se me ocurre que por los terrenos, la vista y su localización
en la punta del Viejo San Juan podríamos sacarle unos buenos 50
ó 60 millones de pesos. También está el Castillo de
San Cristóbal, que tampoco cumple, que yo sepa, ninguna función
productiva. En cambio, un buen hotelito de cinco estrellas, en la misma
entrada de la isleta, a sólo una cuadra de Hooters: ¿cuántos
inversionistas se resistirían? ¿Y qué me dicen de
un El Yunque Hilton? ¿Lo pueden concebir? Con la venta de El Yunque
no sólo sacaríamos unos milloncitos más, sino que
podríamos quitarnos de encima la gran preocupación de que
los turistas se nos anden perdiendo por los bosques y luego nos demanden.
En mi angustioso intento por sumarme al llamado de nuestro
gran líder, comencé a preparar esta lista de propiedades
inútiles que podríamos vender. Pero soy un verdadero bruto:
se me olvidó que estas cosas le pertenecen al gobierno federal.
No podemos venderlas porque sobre ellas no tenemos voz ni voto, lo cual
es una lástima y un desperdicio de recursos.
Sin embargo, no hay que darse por vencido. Agarré
el lápiz nuevamente y se me ocurrieron otras propiedades que podríamos
vender: la Catedral de San Juan, por ejemplo, donde podría construirse
una de las discotecas más fabulosas de todos los tiempos. También
pensé en la Capilla del Cristo, donde quedaría muy bien un
bar íntimo que permita tomar piñas coladas mientras se le
tira maíz a las palomas del parque cercano. Pero recordé
de pronto que esos lugares le pertenecen a la iglesia y que seguramente
se opondrá a que Rosselló las venda.
Dicen que la necesidad es la madre de la invención.
En mi angustioso intento por sumarme al patriótico llamado del Gobernador
de Puerto Rico, cogí nuevamente el lápiz y se me ocurrió
de pronto (llegó como un relámpago) que hay un lugar nuestro
absolutamente inútil que podríamos vender hoy mismo sin que
nadie en el mundo (ni en Puerto Rico) lo eche nunca de menos: La Fortaleza.
FIN |