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No es extraño que Cuba
aparezca una y otra vez en los magníficos cuentos y novelas de
Luis López Nieves, considerado ahora mismo el gran escritor de
Puerto Rico. Y si se le pregunta la razón, la respuesta le sale
sin demora, pero convincente: «Cuba es nuestro faro... Siempre he
dicho... ¿Sabes? Suena ridículo, pero estás hablando con un
escritor... Siempre he dicho que un día, si yo estuviera por algún
sitio viajando y me cogieran de rehén, y hubiese que negociar,
solicitaría que no me representara el embajador norteamericano,
sino que pediría al cubano que me ayudara...
«Hace un tiempo
participé en el jurado de un premio muy importante que convoca
Venezuela, el Adriano González León, el cual estuvo integrado por
tres nacionales y dos internacionales: un español y yo. En el
último minuto, para la ceremonia final, la cual era de mucho
protocolo, la organizadora me informó que habían invitado al
embajador español y al de Estados Unidos, y yo le dije: Entonces,
no puedo asistir. Ah, ¿pero cómo? Chica, pero ¿conoces la
situación de Puerto Rico?, le esclarecí. Pero es que había que
invitarlo, agregó. Pues me lo hubieras dicho, y yo hubiese
invitado al embajador de Cuba... Y no me presenté, porque no iba a
sentarme al lado de un embajador de Estados Unidos. Es como
pedirle a un judío que se siente al lado de Hitler. ¿A quién se le
ocurre? ¡Ni por cortesía!
«Es más, en los actos
públicos de Puerto Rico tocan el himno norteamericano y el
puertorriqueño, y cuando le toca el turno al norteamericano yo me
siento, no veo por qué tengo que respetar, en mi país, a un himno
que ha sido impuesto.
«Y Cuba... Bueno, la
influencia de la Revolución cubana en mi generación fue inmensa.
Todos quisimos ser Che Guevara, todos quisimos hacer algo por
América Latina, y mi visión de América Latina la he heredado del
Che. ¿Qué más puedo decir?».
Así de sincero y
apasionado es el autor de El corazón de Voltaire, título
que acaba de ser presentado por la Casa Editora Abril en la 19
Feria Internacional del Libro. La más que original novela, sin
dudas entre los textos más sobresalientes que han visto la luz por
estos días en La Habana, ha hecho fijar la mirada en este hombre
de sonrisa y palabra fáciles que asegura sentirse honrado por
dialogar con un periodista de Juventud Rebelde, «después de tantos
años leyendo el diario», y quien, antes de comenzar a contestar
las preguntas, agradece al pueblo cubano, «porque siempre me ha
tratado como un rey a pesar de ser socialista (sonríe). No, estoy
bromeando, pero es que aquí hacen sentir a uno tan especial... Es
que cuando visito a Estados Unidos me hacen sentir inferior; sin
embargo, en esta Isla consiguen que me crea que soy superior».
Lo más curioso es que
López Nieves nació en Washington. Pero este notable intelectual,
Premio Nacional de Literatura en dos ocasiones y doctor en
Literatura Comparada por la Universidad del estado de Nueva York
en Stony Brook, se apura a aclarar, con la velocidad de un rayo,
que su nacimiento en aquel lugar fue un accidente.
«No fue mi culpa,
asegura sonriendo. Mis padres, como muchos puertorriqueños, se
fueron un rato a Estados Unidos. Y papi trabajaba en Washington,
donde nací por accidente. A los siete años ya estaba en la isla. Y
no obstante, en mi casa siempre se habló y leyó en español... Más
que inmigrantes fuimos simplemente exiliados por razones
profesionales de mi padre. Luego regresamos a Puerto Rico y ya
tengo 60 años, así que llevo 53 de puertorriqueño a tiempo
completo».
-Si su papá era
ingeniero, ¿fue su mamá la que lo acercó al mundo literario?
-Ambos leían mucho. Por
suerte, me crié en una casa con biblioteca. Mami fue profesora
universitaria, tiene una maestría en Trabajo Social, y antes fue
maestra. Pero agradezco haber vivido en una casa donde, desde
pequeño, mi madre me leía y donde se leía mucho.
-Es decir, que de ahí
viene su afición por escribir...
-No sé de dónde viene,
porque nunca me dijeron escribe, sino lee. Alrededor de los 13
años, empecé... Bueno, te digo la verdad... Una vez invité a una
chica a salir y me rechazó. Me quedé muy frustrado porque íbamos a
una fiestecita. Esa noche, cuando llegué a casa, le escribí un
poema y se lo di al día siguiente. Ella se emocionó toda y
entonces aproveché para volverle a preguntar: ¿Quieres ir a la
fiesta conmigo? Y aceptó. Entonces fue que descubrí el poder de la
poesía y de la palabra (sonríe con ganas). A partir de entonces,
cada vez que invitaba a una chica le escribía un poemita, y eso
era éxito seguro, casi como llevarle flores...
«Bueno, ya más en
serio: comencé a escribir poesía de joven, no sé las razones. De
hecho escribí un libro que después boté. Pero recuerdo que a los
15 años leí El extranjero, de Albert Camus, el cual cambió
mi vida. Esa novela me conmovió tanto, que me dije: Algún día
quiero hacer esto. Tres o cuatro años después, cuando estudiaba la
licenciatura, tuve el privilegio de tomar un taller de cuentos con
René Marqués, uno de los escritores más significativos de mi
tierra -a pesar de que no se conoce mucho fuera-, figura
fundamental de la generación del 40. Después de este taller no me
quedó ninguna duda de que quería ser escritor y, definitivamente,
de prosa. Me quedó claro que la poesía había sido una experiencia
de juventud, pero que ya no me interesaba escribirla».
-En los 70 ya usted
escribía; sin embargo, esperó el año 1984 para publicar lo que se
convertiría en todo un suceso literario: Seva...
-En los 70 estudié la
licenciatura. Entonces, todos mis compañeros empezaron a escribir
y tal, pero yo decidí que no iba a publicar. Estaba muy inmaduro,
todavía me faltaba. Muchos de mis amigos, desesperados, publicaban
obras que después andaban buscando para quemarlas, y yo me
acordaba de que Cortázar había publicado su primer libro a los 38
años. No fue, por tanto, hasta el 83, 84, que salió a la luz
Seva, cuando tenía 34 años de edad. Hablo del 83 y el 84
porque primero el cuento apareció, el 23 de diciembre de 1983, en
la sección En Rojo del semanario Claridad, y causó
el escándalo que se explica en la segunda parte del libro
-llamaron hasta de las Naciones Unidas, de Prensa Unida, Prensa
Latina, porque todo el mundo creyó que era cierto lo que se
narraba en el texto-. Luego se publicó el libro en el 1984 para
satisfacer la gran demanda de la gente que no lo había leído.
-Seva demuestra
que le place «jugar» con la Historia...
-Absolutamente, porque
la Historia juega con nosotros. Y, por otra parte, estoy
convencido de que la historia es el sexto género literario. Yo
escribo una especie de historia simulada. Seva, por
ejemplo, parte de una desmitificación de la Historia. A mí se me
enseñó desde niño en la escuela que nosotros habíamos recibido a
los norteamericanos con los brazos abiertos, con limonada,
dulcecitos y aplausos... A mí no me convencía esa versión oficial
que nos inculcan de cómo estábamos tan agradecidos por la llegada
de esa gente.
«Claro, no contábamos
en ese momento con el ejemplo de Iraq y Afganistán, donde los
norteamericanos dicen la misma mierda: que los quieren, que esa
gente está agradecida y no desea que se vayan. Entones, yo dije:
Sé que la verdad no es esa. Es imposible que en 1898, cuando la
guerra significaba expolio, violación de mujeres..., un pueblo
como el puertorriqueño viera llegar unos barcos de metal atestados
de anglosajones, con cañones inmensos, y empezaran: Ay,
bienvenidos, invádanos, mátenos. Eso no lo creo. Por supuesto,
llevan cien años limpiando la Historia en Puerto Rico, pero estoy
seguro de que tarde o temprano se encontrarán evidencias señalando
lo contrario.
«Sin embargo, como no
soy historiador, sino escritor, me dije: Ya que no puedo escribir
la verdad, pues me la invento. De ese modo salió Seva,
donde presento mi versión: la invasión oficial de Puerto Rico, la
del 25 de julio de 1898, en verdad fue la segunda, pues planteo
que hubo una anterior en mayo, que fracasó porque los
puertorriqueños se alzaron y resistieron. Lo escribí de tal forma
que todavía hoy la gente, aunque se le aclare que es un cuento,
cuando lo leen se quedan con la duda: ¿Esto es cierto?».
-Se dice que, a
diferencia de los escritores que le precedieron, a la hora de
asumir la defensa de la identidad cultural de Puerto Rico por
medio de sus textos, usted acude a la sátira, al humor. ¿Por qué?
-Lo que pasa es que la
generación del 30, del 40, hacían todo de una manera muy sublime,
muy trágica, muy seria, tipo Doña Bárbara, La vorágine
o La llamarada. Sin embargo, cuando lees Seva te
percatas de que es un libro serio, pero en el que hay un
cachondeo, porque, claro, estoy jugando con la Historia. Ahí es
donde está el juego, no en el humor. Y sí hay unos guiños, y un
humorcito, porque yo no puedo tomarme eso demasiado en serio.
Llegó un momento en mi vida en que mi angustia por la situación
política de toda América Latina, y en especial de Puerto Rico
-sobre todo después del asesinato de Salvador Allende- era tan
fuerte que solo tenía dos caminos: el suicidio o reír.
«Vi cómo muchos de mis
compañeros se quemaron, se arrimaron a la extrema derecha o
terminaron alcohólicos o fanáticos religiosos. Y quien me dio la
clave fue Voltaire. ¿Qué hacía él con el enemigo? Lo satirizaba de
tal forma que lo hacía trizas. Por ejemplo en el Cándido,
se burla de la filosofía de Leibniz, quien afirmaba que vivía en
el mejor de los mundos posibles. En lugar de escribir un tratado
muy serio e indignarse, entregó esta obra donde ironiza al tipo y
barre el piso con él. Cada diez páginas dice: Estoy viviendo en el
mejor de los mundos posibles, pero el tipo estaba pasando hambre y
vive innumerables desgracias. Esa sátira, ese humor, se ha quedado
conmigo; aunque esté escribiendo algo serio, por debajo me estoy
riendo un poquito. Sí, es cierto».
-En El corazón de
Voltaire hace exactamente lo mismo que en Seva. ¿Por qué
escogió esta vez al famoso filósofo francés?
-Ya te conté lo de
Seva. En mi tercer libro, La verdadera muerte de Juan Ponce
de León, que me valió mi primer Premio Nacional de Literatura,
jugué con las figuras de Cristóbal Colón, Juan Ponce de León...
Este último, por ejemplo, se fue a La Florida a buscar la fuente
de la juventud, y encontró la muerte aquí en Cuba. Cuento cómo un
indio de 20 años le tomó el pelo. Qué tal si había un taíno bien
inteligente, quien se dio cuenta de que los españoles creían
cualquier cosa, alucinados como estaban con el oro, los árboles,
las frutas exóticas... Este indio se le acerca a Ponce de León y
le pregunta: «¿Qué edad me calculas? Hombre, 20 años, le responde
aquel, y este le dice: Pues no, son más de cien... La fuente de la
juventud...». El taíno inteligente lo cogió de pendejo, como
decimos nosotros. Bueno, esto lo narro en La verdadera...,
tratando de ser creíble.
«Así, luego de
experimentar primero con Puerto Rico en Seva, y después con
el Caribe en La verdadera muerte de Ponce de León, decidí
irme hacia Europa. ¿Si ella escribe sobre nosotros, por qué no
puede suceder lo contrario? Me puse a indagar sobre Voltaire, una
de las personalidades que más he admirado en mi vida. Pero cuando
me puse a explorar, hallé que su corazón se hallaba en la
Biblioteca Nacional de París. ¿Cómo es eso?, me alarmé. Y se
encendió mi suspicacia: ¿Cómo podemos estar seguros de que se
trata efectivamente del corazón de Voltaire? Han pasado 200 años,
¿no pudo haber sucedido que un empleado encabronado con el salario
y con sus superiores cambiara un día, por venganza, el corazón de
Voltaire por el de un cerdo? ¿Te imaginas a la gente admirando el
corazón de un cerdito? «En El corazón
de Voltaire se pone este hecho en duda, y el presidente de Francia
contrata a un famoso genetista, a quien le encomienda que
compruebe si el órgano corresponde al gran filósofo».
-Lo primero que llama
la atención de este libro es que toda la historia se cuenta a
través de correos electrónicos...
-Siempre me ha gustado
la literatura epistolar. En ese estilo concebí Seva. Mi
segundo y tercer libros tienen cuentos epistolares; y este, El
corazón de Voltaire, lo empecé a escribir de esa manera. ¿Por
qué? La carta me encanta por varias razones. Detesto la literatura
con floripondios, con verborrea... A mí me gusta la comunicación
directa. La gente no empieza una carta diciendo: Te escribo hoy,
que el sol dorado flota sobre la tímida luna... No, dice: «Coño,
me duele la rodilla. ¿Qué te pasa que no sé de ti hace dos
semanas». En la carta hay una inmediatez, un acceso directo a los
personajes, al tiempo que me ahorra como escritor todas esas
transiciones. Voy directo y no me pongo a describir que soltó la
pluma con gesto elegante y se fue a mirar a los pájaros preñados.
No, se acabó la carta y vamos a la otra.
«Claro, plantea, por
otra parte, otros retos, porque está ausente la voz del narrador.
Si es importante que la gente sepa que tú traes un vaquero y unas
gafas en la cabeza, tienes que encontrar la manera de decirlo sin
que parezca algo forzado, impuesto. Es decir, que la literatura
epistolar me presenta grandes desafíos que debo aceptar como
escritor.
«En el 2005 comencé a
escribir El corazón de Voltaire como cartas, pero cuando
iba por la página 40 me pregunté: ¿Qué hago? ¿Qué tiempo hace que
no escribo una carta, si lo que utilizo es el correo electrónico?
Déjame ver si esto funciona. Y decidí cambiar a correo
electrónico. Según fui avanzando se fue apoderando de mí una
euforia. Como en la ciencia, había hecho un descubrimiento.
«Estaba consciente de
que era importante conseguir que cada correo, que cada persona que
escribiera, tuviese una voz. Por eso me alegra cuando me dicen que
llega un momento en que no es necesario leer los cabezotes, porque
al leer la primera línea ya saben quién está hablando. Y ese era
un factor determinante, porque un hombre de 40 años no escribe
igual que una anciana de 80.
«El correo electrónico
llegó para alterarlo todo, porque me cambiaba el ritmo
dramáticamente. Con una novela epistolar normal hubiera tenido que
esperar dos semanas para que la carta llegara a su destino, y
otras dos para que se recibiera la respuesta, pues hay personajes
ubicados en Francia, Argentina, Puerto Rico, México. Pero 15
segundos son suficientes con el correo electrónico. El ritmo se
fue acelerando y yo con él. Cuando ya iba como por la página cien,
o mucho antes, resolví escribir toda la novela de esa manera, sin
emplear ningún tipo de nota aclaratoria. Y esa ha sido una de las
cosas que más ha atrapado a los lectores, porque pueden leer la
novela en un solo día».
-Otra novela suya,
El silencio de Galileo, acaba de salir. ¿Qué nos cuenta en
ella ahora?
-Creo que va a ser
parte de una trilogía, porque estoy escribiendo un poco al modo de
Balzac con su Comedia humana. A mí me gustó mucho el mundo
que creé en El corazón de Voltaire, y cuando me puse a
escribir El silencio de Galileo regresaron algunos de sus
personajes, pero con otra capacidad. En esta novela empleo la
misma estructura de correo electrónico y el ambiente académico
francés, pero esta vez me muevo hacia Italia a bregar con Galileo.
Son dos novelas independientes, pero comparten algunos personajes.
-¿De qué viene la
tercera propuesta? ¿Ya está en la cabeza?
-Vas a creer que estoy
bromeando -eso me pasa mucho. He leído, y lo puedes verificar en
Internet, que un urólogo norteamericano compró el pene de
Napoleón. Mi hermano, eso para un escritor es irresistible. Lo
tiene en su casa, chico. ¿Qué hace? ¿Todas las noches lo mira?
¿Para qué lo quiere? No me iré por la línea de cómo sabe que se
trata del pene de Napoleón, pues ya lo hice con El corazón de
Voltaire, pero alguna punta, como decimos nosotros, tendré que
sacarle a ese lápiz. Esa es una idea que tengo pendiente.
«También me “atormenta”
otra novela, que ya no tendría este estilo, la cual hace muchos
años me da vueltas en la mente, pero no la escribo porque no acabo
de encontrar cómo contarla. Creo que se está acercando el momento.
No digo más porque es una idea tan fácil de copiar... Además tengo
una superstición con ella...».
-¿Y no teme que le
copien la última parte de la trilogía?
-Esa no me preocupa. El
que lo haga... Un genetista, investigando, con correo
electrónico... Bueno... Además, lo desafío a que lo haga (ríe).
-Casa de las Américas
publicó Seva y ahora la Casa Editora Abril entregó El
corazón..., ¿algún otro libro suyo que quisiera que leyeran
los cubanos?
-Bueno, obviamente
todos, pero La verdadera muerte de Ponce de León, que está
integrado por cinco cuentos ubicados en el siglo XVI del Caribe,
quizá le pueda interesar al lector cubano, porque es el mismo
Caribe de todos nosotros... Es un espacio literario que
compartimos. Y, aunque todavía es muy pronto, porque acaba de
salir, a quien le haya gustado El corazón de Voltaire tal
vez le interese leer El silencio de Galileo.
-Terminó la
Licenciatura General, la Maestría en Estudios Hispánicos y el
Doctorado en Literatura Comparada. ¿Cuánto le ha aportado la
academia?
-Efectivamente, poseo
todos esos títulos, pero no me considero un académico, aunque
parezca paradójico. Mira, te voy a explicar: yo estudié literatura
porque quería aprenderla. Pero no me interesaba convertirme en
crítico -ya sabemos que los doctorados forman críticos,
historiadores, teóricos de la literatura... Mi interés era
convertirme en escritor. Es decir, que en primer lugar quería
aprender literatura, y, en segundo, poder mantener un vicio muy
serio que tengo: comer (ríe). Por tanto, necesitaba un empleo. Y
en Puerto Rico, con una licenciatura, eres desempleado seguro.
«Entonces me dije, si
voy a estudiar literatura -mi familia me estaba presionando para
que estudiara leyes- pues tenía que llegar al doctorado para poder
asegurar un trabajo bueno. Lo terminé y empecé a trabajar en
universidades, pero siempre enseñando a escribir. Como no había
ninguna institución que se dedicara a la creación literaria,
estuve muchos años enseñando comunicación. Impartía un curso de
redacción para los medios. En el 2004 fundé la Maestría de
Creación Literaria, la primera de América Latina. Desde entonces
me dedico a enseñar a escribir narrativa.
«El ambiente en ambos
espacios siempre ha sido muy poco académico, en el sentido ese del
almidón y la corbata. Imagínate, escritores... Y es que la
erudición y el arte no combinan, algo que a veces se confunde en
la literatura latinoamericana. Hay muchos eruditos que son
escritores, y hay críticos escritores, profesores escritores...
Mientras que el erudito tiene que ser un tipo muy sabio, muy
serio, muy responsable, muy documentado, el artista es
irresponsable, creativo. Es medio loco porque dice cosas que no
tiene que documentar: Como dijo Aristóteles en la página 3, en tal
párrafo... No, qué sé yo... Escribe: Un paraguas en la mesa de
operaciones. ¿Y por qué? Porque le dio la gana. Entonces, es muy
diferente.
«Obviamente, ese es el
ambiente que como profesor de escritura he fomentado. Yo, desde
que terminé el doctorado hace mil años, jamás he vuelto escribir
una reseña, una crítica, una monografía ni un ensayo. Simplemente
lo que me interesa es la narrativa, y eso es lo que he hecho todos
estos años. Por eso no me considero un académico, a pesar de que
realmente lo soy».
-¿Cómo se accede a esa
maestría que usted creó?
-Bueno, se solicita, y
luego se debe mostrar las notas y cartas de referencia, para
después tomar un examen donde pedimos que hagan un escrito como
muestra. Pero sinceramente todo eso es un poco contradictorio,
porque son los requisitos burocráticos que exigen todas las
maestrías, debido a que necesitan la acreditación de la
universidad. Sin embargo, yo no puedo prestarle tanta atención a
eso porque tengo alumnos que son médicos, abogados, contadores. Es
una maestría muy atípica, porque la típica se cursa para recibir
un empleo o para mejorar la vida. Sin embargo, en el primer año
tenía cuatro médicos, que ya tienen doctorado y no necesitan una
maestría, y como 12 abogados. Entonces era gente que quería
aprender a escribir.
«Entonces, si no está
bien el ensayo que deben redactar... ¿acaso no vienen a aprender a
escribir? ¿Voy a admitir sólo a los que ya escriben bien?
Entonces, claro, uno mira los exámenes, pues hay personas que
escriben muy incoherentemente y no tienen posibilidades, pero
hasta en esos casos me da trabajo cerrarles las puertas. Porque
algo así le dijeron a García Márquez en la Editorial Suramericana
cuando presentó Cien años de soledad: Que se dedicara a
otra cosa. Luego, hemos recibido estudiantes que, en el primer
semestre, me llevaban a preguntarme qué hacían allí. Pero, dos
años después, cuando ya están terminado, me obligan a decir: Madre
mía, ¡como ha crecido esta persona! Claro, en dos años se han
metido en el cuerpo una cantidad de lectura masiva de clásicos...,
además de que todos los trimestres reciben talleres y se les
critican sus trabajos semana tras semana. Por tanto, hemos
cumplido nuestra misión. Les hemos enseñado a escribir».
-¿Fue la maestría la
que lo llevó a crear la biblioteca virtual?
-Así es. La maestría
tiene seis años, pero yo llevaba dando talleres sueltos por todo
el país desde mucho antes. Ocurría que cuando en la primera semana
les pedía que leyeran Maupassant, iban a la librería o a la
biblioteca y no estaba, o solo había cinco ejemplares y eran 15
estudiantes. Lean Chéjov, les decía, pero sucedía lo mismo, y eso
que estaba hablando de los más conocidos, porque si me refería a
Villiers, Machado de Assís, Saki, Felisberto Hernández, Lugones,
Shólojov..., no había posibilidad de conseguirlos, y me estaba
frustrando. Tenía que sacar fotocopias, y era un poco pesado. Un
día, -ya existía www.ciudadseva.com-, se me ocurrió colocar esos
cuentos allí. Primero llegaron los estudiantes, pero poco a poco
comenzó a sumarse mucha gente de afuera, que me enviaban notas
agradeciéndome por los relatos.
«Tanto ha crecido el
asunto que en estos momentos estamos recibiendo unos 37 000
visitantes diarios de todo el mundo. Es decir, que surgió como un
proyecto para mis estudiantes, pero ahora me llegan diariamente
correos de profesores que me aseguran que si no fuera por Ciudad
Seva no podrían leer o impartir cursos. Ahora mismo como escritor,
pero también como profesor, ese es mi proyecto de vida».
-El cuento es el género
que más desarrollo ha conseguido en Puerto Rico. ¿Alguna razón en
especial?
-Bueno, no hay un
estudio científico, pero mi intuición me dice que se debe al
factor tiempo. En Puerto Rico, hasta mi generación, había pocos
novelistas. Uno de los más importantes fue Zeno Gandía, un médico;
pero la generación del 40, del 50, y después, la del 70, escribía
básicamente cuentos. Muchos escritores se dieron a conocer a
través del cuento. Mis primeros tres libros fueron cuentos, y todo
se debía al tiempo, porque tenía que ganarme la vida.
«Y es que con un cuento
tú puedes sentarte y trabajarlo una semana, un fin de semana, un
día; pero una novela tienes que tenerla toda en la mente. ¿Por
qué? Porque si tienes un personaje que en la página 5 dice que no
sabe nadar, cuando vas por la 300 no puedes ponerlo a bracear en
una piscina, de espaldas; si en la página 5 habla de una forma, en
la 300 tiene que seguir hablando de esa misma forma. Pero si uno
está escribiendo novela, y tiene que dejarla dos meses y volver, y
dejarla otros dos meses y volver, pues se te hace muy difícil
mantener esa continuidad.
«Creo que lo que ha
sucedido es que muchos novelistas son profesores universitarios
que han conseguido algún tipo de apoyo o beca que les ha permitido
ganar tiempo. Ese es, a mi entender, el porqué se están publicando
ahora más novelas, aunque el cuento sigue imperando en Puerto
Rico.».
-Me gustaría
preguntarle en qué momento está la literatura latinoamericana...
-¿Qué te puedo decir?
Todavía permanece la sombra del boom, que fue tan brutal. Creo que
está pasando como con los escritores españoles del siglo XVIII,
quienes, después de los que reinaron en el XVII, después de
Calderón de la Barca, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo...,
seguramente se preguntaban: ¿Qué hacemos ahora? Sin embargo, hay
figuras importantes que están destacándose. Quizá no han hecho el
ruido a nivel internacional que consiguió el boom, el cual todavía
está vivo (ahí están García Márquez, Carlos Fuentes, Vargas
Llosa...), pero pienso que nuestra literatura está bien.
-Puerto Rico, como la
mayoría de los países, debe estar bombardeado todo el tiempo por
los best seller y la literatura chatarra. ¿Dónde está el secreto
del éxito de Luis, si escribe una literatura que no se regala?
-Me preguntas lo mismo
que muchos de mis estudiantes. Si yo supiera la respuesta estaría
ahora mismo escribiendo otro libro para hacerme multi,
multimillonario (ríe). Mira, la única respuesta que se me ocurre
-tan arrogante que me da trabajo decirla- es: El secreto consiste
en escribir un libro bueno.
«Sin embargo, por otra
parte, sé que hay muchos libros buenos, excelentes, que no se
venden. Conozco varios. Entonces no sé qué más decir... Cuando
salió El silencio de Galileo se hizo una edición enorme en
Latinoamérica y en España, donde funcionó excelentemente, mientras
que en Puerto Rico nos quedamos sin libros durante un mes, pues se
vendieron al instante. Y como tú dices, compitiendo con Dan Brown
y esas cosas. ¿Cómo lo logré? No sé, esas cosas pasan. Mas el
secreto no debe estar muy lejos de escribir un libro bueno, de
escribir sobre cosas que a la gente le interese, un libro que sea
novedoso.
«Lo que más me
enorgullece es que mis libros no se parecen al de otro autor,
desde Seva hasta el último. Al contrario, los críticos
siempre dicen: Esto es nuevo, esto es original, esto nadie lo ha
hecho. Eso para mí siempre ha sido muy importante. El corazón
de Voltaire, según dicen, es la primera novela epistolar del
siglo XXI. Magnífico. Quizá haya sido eso lo que ha llamado la
atención de la gente que dice: Caramba, una novela en correo
electrónico. Y es sobre una figura sobresaliente, Voltaire, ¡vamos
a ver!... La verdad es que, además de lo que te he dicho, no sé
qué contestarte».
-Como otros, usted pudo
haberse dejado absorber por el sistema, instalarse en Estados
Unidos, y quizá el camino del escritor hubiese sido más llano y
cómodo. ¿Por qué insiste en ser un escritor puertorriqueño...?
-No, latinoamericano.
-Perfecto,
Latinoamericano...
-A mí me ofrecieron
trabajos muy buenos en la Universidad de Columbia y en el Hunter
College de Nueva York, los cuales eran muy bien remunerados.
Déjame explicarte: yo soy latinoamericano primero y puertorriqueño
segundo. Prefiero ser latinoamericano en cualquier país de América
Latina, donde estaré con mis hermanos, que un ciudadano de segunda
clase en Estados Unidos. Incluso aunque gane el triple de dinero,
para mí sería horrendo vivir en un país al que no pertenezco, y
donde me tratan como un inferior. Quizá sea que nunca fue una meta
en mi vida convertirme en millonario, sino ser escritor. Por eso
me basta con un ingreso que me deje vivir cómodo y que me permita
escribir. Es decir, que realmente el «sueño americano» nunca me ha
seducido, y creo que ya estoy muy viejo para que lo haga.
-Casi todos los
escritores que comienzan, tratan de echar a un lado a quienes les
antecedieron, rompen con todo, los «matan». ¿Ese también fue su
caso?
-Aprendemos de ellos,
pero tenemos que matarlos. Yo tuve la dicha, en un momento
importante de mi vida, de entregarle a Julio Cortázar un cuento
que escribí en su estilo, y se lo di con una notita diciéndole que
se lo dedicaba, que él era mi maestro y le daba las gracias por
todo lo que me había enseñado sin saberlo. Pero que,
lamentablemente, había llegado la hora de «matarlo» -como él mismo
decía, que había que matar a papá. Él me contestó y me dijo que le
había gustado el cuento, pero que, por favor, que lo matara
simbólicamente (sonríe).
«Tuve que dejar de leer
a Cortázar, a Kafka... Se lo digo a mis estudiantes, que tienen
que aprender de los maestros, pero que no pueden imitar
servilmente porque se convertirían en un Cortazarito, un Borgito,
un García Marquecito..., que tienen que desarrollar un estilo
propio. Por eso estos grandes autores son maestros, porque no
imitaron servilmente».
-¿Otro consejo para los
que empiezan a escribir?
-Un «secreto» mío es el
énfasis que le pongo a los clásicos. Veo muchos jóvenes leyendo
solamente lo contemporáneo y se ponen a experimentar,
supuestamente trayendo cosas nuevas, pero sin conocer lo viejo. Y
no es posible rebelarse contra algo que no conoces. Por ello hay
tantos problemas con la forma. Creen que están escribiendo un
cuento, sin embargo lo que están haciendo es una monserga. En el
cuento debes y tienes que experimentar, pero un cuento es un
cuento. ¿Que quieres mezclar y meter cosas? Hazlo, pero ponle otro
nombre, como hizo Unamuno que lo llamó nivola; como Gómez de la
Serna que hablaba de greguerías, o Valle Inclán de esperpento...
Ponle otro nombre, pero no me digas que es un cuento cuando la
tradición tiene cinco mil años, ni tampoco que es una novela,
cuando evidentemente es una mera anécdota o reflexión en prosa
poética... por ponerte un ejemplo.
«Mi aprendizaje
principal ha sido con los clásicos. De hecho, cuando he querido
pensar, descubrir, inventar cosas nuevas, a veces las he
encontrado en clásicos que tienen 400 años. Algunos clásicos son
más novedosos que los autores contemporáneos».
-¿Algún tema que
angustie a Luis López Nieves?
-La libertad de Puerto
Rico. Estamos hablando de un genocidio cultural. Estados Unidos
invadió Kosovo, porque supuestamente estaban llevando a cabo un
genocidio. Y exigía que el «gran tirano» se marchara de Iraq...
Sin embargo, sabemos que las reglas cambian cuando se trata de
ellos. Fíjate lo que está haciendo Israel en Gaza todos los días,
y nadie invade Israel para ayudar a los palestinos...
«La gente piensa: si tú
hablas en Puerto Rico te meten preso o te reprimen. No, es que la
represión dentro de Estados Unidos es diferente, más sofisticada.
Allí realmente consiste en la marginación, en el desempleo (yo
perdí varios empleos por ser independentista, antes de finalmente
ubicarme)...
«Desde el principio,
ellos intentaron implantar en Puerto Rico lo que hicieron en
Alaska y Hawai. Pensaron que podían erradicar nuestra cultura. No
pudieron. Desde 1898, que llegaron a Puerto Rico, hasta 1948, el
idioma oficial fue el inglés. Estaba prohibida la bandera
puertorriqueña, la gente iba presa por sacarla. Puerto Rico cambió
de nombre y se empezó a llamar Porto Rico. El campesino, el
guajirito, iba el primer día de clase a la escuela pública y no
entendía nada, porque todo era en inglés. Por eso hay una
generación, la de mis abuelos, que estudió poco en las escuelas.
Claro, mi tía me contaba que la maestra ponía un muchachito a
velar en la ventana y daba las clases en español. Cuando venía el
supervisor, entonces cambiaba: yes, fine... Después que este se
marchaba, volvían al español.
«En el 48 se dieron por
vencidos, se percataron de que estaban tratando con una cultura
muy fuerte, y nos permitieron que volviera nuestra lengua al
sistema público, pero, aún así, continúan con las mismas
motivaciones, solo que a un nivel más sutil. Por ejemplo, entregan
muchas becas y premios para el que no sabe inglés, muchos
proyectos de enseñanza de inglés... Ahora mismo en Puerto Rico es
más fácil aprender inglés que español, y eso se llama genocidio
cultural. Eso me preocupa mucho, porque Puerto Rico es parte de
América Latina, y excepto el apoyo de Cuba, que siempre ha estado
ahí, me encantaría que Chávez, por ejemplo, denunciara la
situación que vive Puerto Rico. Tampoco escucho al ALBA, a Evo
Morales o a Correa, hablar de Puerto Rico. Y la Argentina pide
apoyo para Las Malvinas, y tienen mi apoyo, pero no oigo que la
Argentina denuncie la situación colonial de Puerto Rico, aunque sí
denuncia la situación colonial de Las Malvinas...».
-Usted ha tenido el
privilegio de ser el tercer puertorriqueño que ha sido nombrado
Escritor Residente de la Universidad del Sagrado Corazón...
-Y como dice, ha sido
un honor. El primero fue Juan Ramón Jiménez, quien se refugió en
Puerto Rico después de la Guerra Civil española. El segundo fue un
poeta, Francisco Matos, que estuvo preso con Albizu Campos por
cuestiones políticas, pues era nacionalista. Por todo lo que
sufrió en la cárcel se volvió loco. Escribió un poemario muy
famoso titulado Canto a la locura. Se recuperó cuando salió
de la cárcel y lo nombraron Escritor Residente. Yo fui el tercero.
Además del reconocimiento innegable que implica, es muy
estimulante que una institución te diga: Mira, dedícate a escribir
y te pagamos. Y sí, ha sido un privilegio enorme porque me ha
dejado tiempo para poder escribir, que es lo más importante,
porque lo que queremos los escritores siempre es tiempo.
-Es evidente que en
Puerto Rico el Premio Nacional de Literatura se otorga al mejor
libro del año, y El corazón de Voltaire permitió que
recibiera ese importante reconocimiento por segunda ocasión...
-Esa distinción la
otorga el Instituto de Literatura Puertorriqueña. El nombre
oficial no es Premio Nacional, porque allá la palabra “nacional”
es como prohibida, suena medio subversiva. Lo «nacional» es lo
norteamericano. En ese reconocimiento participan varias
instituciones: la Universidad de Puerto Rico, el Instituto de
Cultura Puertorriqueña, el Ateneo Puertorriqueño, la Academia de
Historia, la Academia de la Lengua... Es el premio oficial más
importante.
«Cuando recibí el
primero, obviamente me sentí más que satisfecho, porque me
otorgaban esa distinción académica, crítica, mientras el libro se
vendía bien. Pero cuando rompieron reglas para concedérmelo
nuevamente por El corazón de Voltaire -yo ni pensaba en él
porque no es un concurso al que uno somete-, la satisfacción fue
mayor. Tranquiliza conocer que no han sido en vano tantas horas de
soledad frente al monitor, días enteros... O sea, que agradezco
mucho estos premios».
-Ahora mismo, la
crítica y los conocedores lo aclaman como el mejor escritor de
Puerto Rico...
-Gracias.
-¿Llega a molestarle
esa nominación?
-Bueno, uno escribe
para que lo lean, y es una gran satisfacción. En la literatura hay
dos tipos de éxito: el de ventas, que quizá no ande acompañado de
ningún reconocimiento crítico (como un Paulo Coelho, por ejemplo);
y el que está avalado por el aplauso de los doctores, pero que
cuando el lector común recibe el libro dice: Yo no entiendo nada.
Mis libros, por suerte, gozan de mucho éxito de ventas. Seva
tiene más de 20 años y se sigue vendiendo como el primer día, lo
que también sucede con El corazón de Voltaire y los otros.
Al mismo tiempo, han recibido el reconocimiento de la crítica.
«Debo decir que me
alegran las críticas que han recibido mis libros en Puerto Rico,
pero prefiero aquellas que vienen de afuera de Puerto Rico, porque
entre quienes las firman y yo no media ningún compromiso ni
amistad. Cuando es un Seymour Menton, autor de la afamada
antología El cuento hispanoamericano, profesor desde hace
más de 35 años en la Universidad de California, o cuando la
escribe la doctora Estelle Irizarry, de la Universidad de
Georgetown, que tampoco me conocía cuando empezó a escribir sobre
mí, entonces me atrevo a pensar que mi trabajo ha valido la pena».
FIN |