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1. Según Borges, el racionalista Platón
planteó en Ion, su diálogo de juventud -lo pensó para la poesía-,
que en la creación opera algo así como la inspiración, es decir,
un argumento claramente romántico. El romántico Poe, por el
contrario, en su “Método de la composición”, plantea la tesis de
la creación como algo sumamente racional, de puro oficio. ¿Cómo
opera esto en tu creación, cómo concilias los dos elementos en el
momento en que decides que vas a escribir un cuento?
En la ducha, en el tren, al acostarse: la idea llega en cualquier
momento o lugar, sin pedir permiso, y de golpe tenemos ante
nosotros una historia que debemos escribir. Ésta, claro, es la
inspiración. Pero luego viene la redacción del cuento. Al hacerlo
estamos todavía bajo el influjo de esta primera idea (llamémosla
“inspiración”), pero al comenzar a redactar toman control el
oficio y la experiencia. Evitamos los lugares comunes, verificamos
que el comienzo del texto sea llamativo, tratamos de que el
personaje no sea plano, evitamos otros errores graves. Para llevar
esto a cabo hay que echar mano a las herramientas del oficio
porque con la inspiración no basta. Por eso los escritores de poca
experiencia cometen errores graves. Escriben clichés, son
maniqueos, sus personajes son planos. Cuando esto ocurre, es
porque el autor utilizó su inspiración pero no conocía las
herramientas del oficio. También ocurre lo contrario: si el cuento
está correctamente escrito, pero le falta chispa, entonces faltó
la inspiración. Por tanto, creo que se trata de una combinación de
ambos: inspiración y oficio.
2. Aunque el problema de las definiciones tiene siempre sus
dificultades, ¿puedes definir, aunque sea de manera provisoria,
qué es para ti un cuento?
Un cuento consiste de la narración artística, breve y en prosa, de
un conflicto que se resuelve.
3. Algunos escritores dicen andar libreta en mano a la caza de
fragmentos de la realidad que les puedan servir como disparadores
para la escritura. Otros afirman que la imagen simplemente llega y
ya, está la semilla del cuento. En tu caso ¿cuál es ese momento
inicial para la escritura de tus cuentos?
Los escritores naturalistas insisten en ser muy fieles a la
realidad. He sabido de autores que pasan una semana buscando el
nombre exacto de la calle X de Madrid antes de empezar a escribir
un cuento. Por otro lado, están los escritores que no necesitan
observar la supuesta “realidad”. En mi caso, me siento muy lejos
de los naturalistas que insisten en retratar la realidad con
exactitud. Uso lo que tengo en la memoria. A veces me documento
pero sólo para precisar algún detalle. Nunca jamás ando con
libretas en caza de fragmentos de la realidad. Para eso existe el
periodismo.
4. En esa biblioteca de preferencias que todos tenemos,
parafraseando a Borges, ¿cuáles son esos diez cuentos memorables
que no podemos dejar de leer?
Qué pregunta. Llevo sobre 50 años leyendo cuentos, he leído miles
y miles de cuentos. En mi portal digital,
CiudadSeva.com, tengo
sobre 3300 cuentos que también he leído. Por tanto, pedirme que
escoja diez es muy cruel. Pero sufriré un poco y escogeré los
primeros diez que me vengan a la mente. Hay muchos otros cuentos
que están en la misma categoría, porque pienso que debe haber al
menos cien cuentos de calidad archisuprema en el mundo. Pero los
primeros diez cuentos clásicos que me vienen a la mente son:
- “La
esperanza”, de Villiers de L’Isle Adam
- “La metamorfosis”, de Franz Kafka
- “Dos amigos”, de Guy de Maupassant
- “La mujer del
boticario”, de Anton Chejov
- “La capa”, de Dino Buzzati
- “Encender
una hoguera”, de Jack London
- “A la deriva”, de Horacio Quiroga
- “Bartleby”,
de Herman Melville
- “Meter el diablo en el infierno”, de Giovanni
Boccaccio
- “El cocodrilo”, de Felisberto
Hernández
5. He leído en alguna parte que Roberto Arlt no era lo que se dice
un buen escritor, incluso, se afirma que escribía mal; sin
embargo, qué cuentos los suyos, cómo nos llegan hasta el fondo.
¿Cómo es posible eso? En tu caso ¿en qué te fijas a la hora de
juzgar el mérito de un buen cuento?
Para juzgar la calidad de un cuento me pregunto si me conmovió, si
me asombró, si es original y si de alguna manera cambió mi visión
del mundo. La originalidad es un criterio fundamental: debo sentir
que nunca antes había leído un cuento similar. Otro criterio
importante, pero que se activa mucho más tarde, es el recuerdo. Si
han pasado cinco años y todavía recuerdo el cuento con claridad,
normalmente se debe a que es un buen cuento. Los cuentos malos se
olvidan. Son como las series de televisión: quizás las disfrutamos
al instante, pero a los tres días ya hemos olvidado el programa,
no lo andamos analizando ni discutiendo con nadie ni se nos ocurre
escribir ensayos sobre el programa. En cambio, aunque leí grandes
cuentos como “La esperanza” y “La metamorfosis” cuando era adolescente,
todavía los recuerdo y los sigo comentando con mis amigos.
6. La idea del libro de cuentos “redondo” es casi un espejismo,
una ilusión. Leemos en algún libro un buen cuento y de repente, el
siguiente, ya no nos gusta tanto. ¿Podrías indicarnos cuáles son
esos diez libros de cuentos redondos, en el que ninguna pieza
falla?
Realmente no se me ocurre ninguno. Siempre hay algunos cuentos que
sobresalen sobre otros. ¿Un libro en que todos los cuentos están
al mismo nivel? Ni siquiera recuerdo un libro de Cortázar en que
todos los cuentos sean extraordinarios. Además, los cuentos de
grandes monstruos como Maupassant y Chejov no los he leído como
libros, sino sueltos o en colecciones variadas.
7. Un problema con los cuentos es la poca difusión, la poca
circulación, como si un cuentista no fuera digno de
habitar en el canon literario. ¿A qué crees que se deba esa
especie de paternalismo de la novela sobre el cuento?
No creo que la premisa de la pregunta es correcta. No olvidemos
que tanto Borges como Cortázar, Felisberto Hernández, Arreola y
muchos otros autores son del canon y deben sus grandes famas a sus
cuentos, que se siguen leyendo hoy como hace muchos años. Para
responder a esta pregunta necesito mucho tiempo porque es un tema
complejo. El cuento moderno tuvo su momento en los siglos XIX (y
una parte del XX) porque los periódicos los publicaban con
frecuencia. No había televisión ni radio ni cine. Por la noche los
pequeños y grandes burgueses llegaban a sus casas y podían
divertirse con la lectura de un cuento... ya que no había mucho
más para hacer. Sin embargo, en gran medida esa necesidad práctica
de una hora de descanso y lectura la ha sustituido hoy día la
televisión e Internet. La gente llega a la casa de noche y ve
televisión un rato o navega por Internet, como antes leía un
cuento. Así que tal vez la gente no lea los cuentos en libros,
pero yo tengo un portal de Internet,
CiudadSeva.com, que contiene
3300 cuentos clásicos. Mi portal recibe hasta 30,000 visitantes
diarios de todo el mundo. Por tanto, te diría que hay mucha gente
leyendo cuentos pero nadie se entera porque no se refleja en las
ventas de las librerías ni en las visitas a las bibliotecas de
papel.
8. ¿Puedes plantear, otra vez de manera provisoria, una especie
de decálogo personal del género?
Llevo sobre 30 años dirigiendo talleres de cuento, conozco el tema
bastante bien, pero la verdad es que nunca me había pasado por la
mente redactar un decálogo. No sé si realmente pueda resumir en
diez oraciones lo que he aprendido. No soy Moisés. Pero si algún
día decidiese escribir sobre el asunto, creo que sería preferible
un manual. Sin embargo, creo que mi poética la puedo resumir de la
siguiente manera: No contar lo obvio, lo que cualquier vecino ya
sabe. La televisión y el cine existen. Los periódicos existen. El
escritor no es cronista, guionista ni periodista. Tampoco es el
chismoso del barrio. El escritor es un artista. Nuestro objetivo
es crear arte.
9. En el momento de la escritura parece existir una especie de
pulso con el tema para decidir entre el cuento y la novela. ¿Cómo
sabes tú que el tema que tienes entre manos da para un cuento, por
ejemplo, y no para una novela?
El cuento es breve y trata un solo incidente. Su trama es
sencilla, como una raya; no es compleja, como las ramas de un
árbol. Por tanto, si en mi historia hay más de un incidente (hay
muchas ramas) y si veo que su redacción me exigirá, digamos, más
de cien páginas, pues es claro que tengo en la cabeza una novela y
no un cuento.
10. ¿Podrías sugerirnos diez pequeñas ideas para que los jóvenes
narradores se ejerciten en la escritura de cuentos?
Estos ejercicios los he ido recopilando o creando a través de los
últimos treinta años. Ya no recuerdo cuáles son míos, cuáles tomé
de algún manual o cuáles inventamos entre todos en un taller.
Hecha la aclaración de que probablemente no me los he inventado
todos, enumero los siguientes:
- Una mujer con falda se baja del autobús. Tropieza, cae, se le
ve la ropa interior, se levanta rápidamente. Mira a su alrededor,
avergonzada, porque hay mucha gente. Capta la mirada sonriente de
un hombre sentado en la parada. Narrar este incidente en varios
tonos radicalmente diferentes: coraje, tristeza, humor, erotismo,
sátira, etc. Objetivo: controlar el tono.
- Escribir una escena de muerte que sea sentimental, pero sin
melodrama. Objetivo: evitar el sentimentalismo barato.
- Entra una mujer a la oficina de un médico y habla con la
secretaria. Contar la escena de varias maneras diferentes, para
caracterizar en cada ocasión a una mujer distinta: maniática,
depresiva, violenta, dócil, arrogante, etc. Objetivo: practicar
caracterización indirecta.
- Llega un autobús. Una mujer bella entra y se sienta.
Comunicarle al lector que es bellísima, pero sin decirlo
directamente ni usar palabra la palabra “bella” ni sinónimos.
Objetivo: practicar subtexto.
- Redactar varias versiones de “La Cenicienta” (o cualquier
cuento semejante) en primera persona: desde la perspectiva de la
Cenicienta, del príncipe, de la madrastra, etc. Objetivo:
practicar puntos de vista.
- Redactar varias versiones de “Caperucita Roja” (o cualquier
cuento semejante) en tercera persona, pero nunca comenzar por el
principio. Empezar por la escena de la cama, por el disparo del
cazador, por la escena en que el lobo corre a la casa de la
abuela, etc. Objetivo: experimentar con estructuras.
- Oler un perfume con los ojos cerrados. Describir a la persona
que lo usaría. Objetivo: utilizar la sugestión.
- El escritor describirá en tercera persona un lugar específico
en que fue muy feliz durante su niñez. Objetivo: trabajar lo
íntimo con objetividad.
- Sustituir las palabras en mayúsculas con palabras concretas:
“La PERSONA conducía su VEHÍCULO mientras comía (QUÉ COMÍA). De
pronto vio el ANIMAL en el medio de la VÍA. Desvió el VEHÍCULO y
chocó contra un OBSTÁCULO. Objetivo: evitar la narración
abstracta.
- Contar la historia de un hombre armado y violento que
encuentra a su mujer con otro, en un hotel. Parece que sólo hay
dos opciones: que la mate o que no la mate. Buscar una tercera
opción para finalizar el cuento. Objetivo: evadir lo predecible.
FIN |